Lupita y las Guayabas

A Lupita se le antojaron las guayabas. Las vio en el puesto de doña Jesusa, a unos cien metros de su casa.
—Mamá cómprame unas.
— ¿No te llenaste con el pan?
—Sí, pero tengo ganas de comer guayabas.
—No hay dinero, apenas alcanza para frijoles y masa. Tu papá fue en busca de trabajo. Espérate a que regrese.
—Mamá quiero unas guayabas…
— ¡Llévate la moneda de diez pesos y cuidado con andar de boba!
La niña tomó el dinero y se fue. Al regresar, traía la fruta en el hueco que se hace cuando juntas las manos. La mujer del puesto no le había dado bolsa.
— ¿Y el cambio de la moneda? —preguntó la madre.
La niña con las manos ocupadas susurró:
—No sé…
—¡Lo primero que te digo, y lo primero que haces!
La mujer furiosa con una vara azotó la espalda de Lupita. La niña oprimió el tesoro contra su pecho y corrió; corrió por solares vacíos, después por pastizales hasta llegar a un potrero. Al dolor del espinazo se le agregó el de las pantorrillas que sangraban por las heridas que se hizo mientras corría.
Allí la encontró su padre, con la mirada perdida y apretando la fruta contra su pecho. La tarde se iba.
Su papá la llevó en brazos hasta la casa, donde la madre lavaba la ropa.
—Allá la hubieras dejado, para que se le quite lo bruta. ¡Perder el cambio, con la necesidad de dinero que tenemos!
El hombre la situó sobre una poltrona y revisó las heridas. Le quitó la tierra con agua limpia, sin evitar que su enojo creciera.
—No ha de estar tan mal, mira, todavía tiene agarradas las guayabas.
Con violencia, le abrió las manos. Las frutas saltaron y detrás de ellas, rodaban las monedas del cambio que le habían dado a la niña.

niña maggie lp

La esposa del violinista

Al violinista le conocía porque habitaba cerca del consultorio. Nunca había tratado con él. De calzón blanco, con un pañuelo rojo en el cuello. nariz de cotorro que se acentuaba al tocar el violín. Su esposa no podía dar a Luz. El día había sido intenso. Dormía cuando escuché que tocaban la puerta. — ¡Qué sucede! — Médico, mi esposa no puede aliviarse. Rumbo a su casa, comentaba que había dado a luz a un niño, pero había otro que no podía nacer. Cuando llegué a la vivienda, divisé a la parturienta en el suelo, acostada sobre un tapiz de palma. La luz de los candiles ilumibaba de cobre la pieza, la palidez de la señora incrementaba. Sobre ella, una manta. Sus manos parecían cargar su vientre y gemía. Al verme, las comadronas se apartaron cuchicheando en su dialecto. Les dije que no se fueran;el esposo se los repitió en totonaco.
El cuarto estaba dividido en dos, por un lienzo. En una, dormía la prole; y en la otra, su mamá daría a luz. Las cosas habían cambiado, no imaginaban que el ser que amaban, pedía ayuda. En las viviendas nunca falta una mesa fuerte y amplia donde sitúan las imágenes y veladoras. También están las fotos; es una manera de tenerlos presentes.
Me incliné aluzando con una lámpara de mano. El cansancio reflejado en su cara, dibujaba con exactitud que la fuerza que le quedaba era breve. Contraía los músculos de las mejillas,  de la frente, cada vez que el dolor se presentaba. Al tocar la piel de su cara, resbaló por mis yemas un sudor frío, pedí a las señoras que sostuvieran las piernas para hacerle un tacto y darme cuenta de lo que había dentro.
Me calcé el guante de látex, lo bañé de agua para quitarle los restos de talco e introduje mis dedos, a lo lejos la voz del maestro: -Recuerden las erres: si es redonda, regular y resistente, el chamaco viene de cabeza. Si es redonda y blanda, viene de nalgas; si no encuentran nada de eso, busquen los pies, los brazos del producto y, después, las manos y traten de saludarlo. Si su mano encaja bien en la de ustedes, entonces, tendrán una idea de cómo está situado el niño en el útero.
No había dudas, el bebé estaba atravesado y la cara estaba del lado derecho de la mamá. También, sabía que estaba vivo, pues ella percibía los movimientos y el corazón latía al auscultarlo. De nuevo, la voz: «todo producto atravesado debe de ser resuelto haciendo una cesárea».
Hablé con el músico. Lejos se escuchaba el trote de un caballo sobre las calles empedradas y el viento fresco sacudía el pelo.
— Tu mujer está muy mal, el niño está atravesado. Requiere ser operada y hay que llevarla a un hospital.
—No tengo dinero doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que sería una operación. Además, ¿cómo la llevamos? A pie nos haríamos como cinco horas a la carretera; y de allí, no sé cuantas horas más. Luego en la ciudad, usted sabe como tratan a la indiada.
Me quedé callado. A lo lejos, el cielo resplandecía presagiando lluvia.
— Dígame doctor ¿podemos hacer algo? Tardé en contestar. La mañana tenía prisa por abrir. Oía cada vez más cerca el canto de los gallos.
— Corremos el riesgo de que se muera. Me dejó helado su respuesta.
—Como quiera se va a morir, doctor. Mire, si decido irme con ella, mientras buscamos gente que ayude, y nos ponemos en marcha, tendremos como escollo el río. Después, a esperar a que pase algún vehículo que nos lleve a la ciudad. Para ese tiempo, ¿podrá resistir? Y luego, ¿cómo la traemos? ¡Usted debe de saber cómo! Se la encomiendo doctorcito.
Olía el viento y sabía que los panaderos ya se habían levantado. Antes de contestarle, escuché el ulular de los búhos.
— Lo intentaré. Sólo te pido que lo qué ordene, se haga, y que Dios nos ayude. Respiré profundo y volví al cuarto con miedo en el corazón..
La mesa de los santitos fue desalojada,  De las vigas, se amarraron unos lazos que servirían para colgar los sueros. Se pasó a la señora al centro de la mesa, canalicé su vena e instalé suero. Hablé con la parturienta, diciéndole que pronto estaría bien. Ella entendía el español. Conseguimos más lámparas, y las comadronas ayudarían a mantener abiertas y dobladas sus piernas. Por fortuna, ella no había probado alimento desde hacía muchas horas. Mi arsenal estaba bien provisto. Apliqué antibióticos, un relajante muscular, un analgésico y dejaría un sedante para el momento más difícil. No tendría mucho tiempo, la luz de la lámpara retrataba mi silueta en la sábana blanca. A un lado, los niños parecían dormir.
Cuando terminé de poner el sedante, escuché las palabras de mi maestro: «antes de la cesárea, los médicos intentaban sacar al bebé, pero en el intento, la matriz podía desgarrarse; sobreviene, entonces, hemorragia y muerte. Ellos palpaban y palpaban hasta reconocer los pies. Con los dedos medio e índice, los sujetaban y poco a poco, situaban al niño perpendicular a la madre. Luego, había que llevar los pies a la parte superior de la matriz, como si el bebé diese una maroma; y muy suave, sacaban, primero, los pies; y por último, la cabeza. -Dios, guíame! Supliqué. Metí mis dedos, mi mano. La señora dormía artificialmente, volví a saludar al niño y palmo a palmo movía las yemas como si estuviese tocando un piano, logré allegarme a sus pies y sujetarlos. Lo demás, lo hizo Dios, yo fui el instrumento de Él. ¡Salió el bebé! Montado en mi brazo lo despojé de las flemas que le obstruían la respiración y lloró, débilmente, pero lo hizo. Se lo di a la partera para que lo aseara y lo mantuviera cerca de las botellas que contenían agua caliente. Puse toda mi atención en la madre. Otra señora sostenía la cabeza de la mamá. Con la luz de dos lámparas, revisé con cuidado, deseando que no hubiese desgarros, por fortuna el sangrado no era abundante. Esperé pacientemente, sólo tensaba el cordón, pero sin aplicar fuerza. Cuando se vino el alumbramiento de la placenta, respiré aliviado y apliqué una sustancia para contraer el útero y evitar la posibilidad de una hemorragia.
Revisé a los bebés, ambos parecían estar bien. A uno de ellos, ya le habían amarrado el cordón, yo traía listón estéril. Lo sujeté como lo hacíamos en el hospital. Puse gotitas de antibiótico en los ojos de los niños y volví con la madre que dormía. Percibí en su cara otro tipo de sueño y le guiñé un ojo. Llegué al día siguiente, y la evolución era satisfactoria para los bebés y la mamá. Dos días después, estaba entregado al diagnóstico de otros pacientes. Me ausenté el fin de semana para visitar a mi familia y cuando llegué me dieron la noticia que uno de los niños había muerto. Fui a verlo y el padre me dijo:
— Se murió el que tú atendiste.
Lo miré directo a los ojos y después lo lleve a un rincón de la vivienda.
—No seas mentiroso —lo enfrenté—. El que murió fue el que nació primero.
— ¿Y cómo lo sabes? — Por la forma que tengo de hacer mis nudos en el ombligo. Sólo por eso. Me di la vuelta y le dije a la mamá: cuídalo. Te costó mucho trabajo.

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Frío en la sabana

los caminos
por donde pasan las mujeres.
el crucero
donde los hombres esperan.
La fogata rebosante de crujidos,
el café se derrama y vuela perfumando.
No es gran cosa,
solo es el frío y el vaho de la gente que pasa
que da otra definición a la sabana,
Ayer, las vacas buscaban la sombra y la siesta dormía en mis ojos.

Franz Marc

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Puente

Si hubiera vientos y montañas en formación, este puente sería un ave dispuesta al vuelo. Sus rodillas tocan la tierra de los mares y sus ojos siempre despiertan al sol. Es un puente de niños, que juega con la voz alta y le grita al mar. Veo tus deseos de revuelo, cuando pasan por tus muros los peces en procesión.

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Efectos secundarios

A las moscas les valió madre que no hubiese letreros en el arca dándoles la bienvenida. Se posaron sobre la mierda y empezaron a proliferar. Al mes, era tal su cantidad que su asedio se volvió intolerable.
Noé habló implorando al cielo; días después un viento gélido envolvió la nave y casi las exterminó. Otras especies valiosas y bellas murieron.

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El café y la mujer

Llegó con la piel vestida de latidos, sometida al escarceo en el café. En el baño, las burbujas se llevaban las caricias, los suspiros entrecortados. ¡Cuánto daría por irse tras ellas! Mas el agua fría la fue calmando.
Vestida con bata, mecía su cuerpo de mujer madura en la poltrona. Reflexionaba lo sucedido en las últimas semanas. ¡Todo fue tan rápido! Había sido un día aburrido, compró un libro en el bazar; a la vuelta había un café. entró  por una puerta diminuta, caminó por el pasillo con piso de madera, sombras, luces que salían de lámparas de juguete. Se sentó en un lugar apartado.
Las pasta del libro le provocaba escozor en la yema y sin pensarlo los llevó a la boca. Respiró profundo, empezó la lectura. Un hilillo de palabras fue removiendo el tedio de los días. Las imágenes corrían nítidas,  poco a poco  participó de ellas. Acudía por las tardes y por instinto acariciaba el lomo terso y rosado del libro; su corazón daba un salto, la imaginación prendía al leer el desfile de pasiones. Siempre iniciaba la lectura después de que el mesero llevaba café con leche y licor de vainilla.
las luces se tornaban diminutas, en otras aumentaba la intensidad; ella seguía con la piel, la piel de la protagonista. No se inmutó cuando percibió unas manos que rozaban sus  hombros, la suave respiración cerca de su cuello, el rechinido de la silla cuando es ocupada. Leía sobre las pasiones intensas que se reproducían  con nitidez en su cuerpo. Tuvo miedo que pudiera ser observada. Para su tranquilidad, la ausencia de luz, la convertía en sombra. Oía el crujir de la silla. Ella, días después escribiría en una libreta la experiencia.
…Sin pedir permiso te sentaste, ofreciste una plática deliciosa. Fue la primera de varias, ¡me habitaste! Me pregunto ¿qué ha sucedido conmigo? Jamás hubiese imaginado hacer todo lo que he hecho. Es como si no fuera yo; una transformación que se da en mi vida cuando estoy a tu lado. Eres un deseo que no he podido controlar. ¡Ni quiero! Yo misma he sido mi diablo. Me mata la curiosidad de saber lo que estás pensando al atreverme a tanto. Te comparo con Esteban; es un señor que deja saber que le gusto. Pienso que si te hubiese conocido como a él, todo sería distinto. Cuando estoy sola con  él me ofrece  su compañía. Me ve con la mirada lejana, ausente. Desea interpretar mi ensimismamiento; suspira y me saluda con un abrazo y un beso en la mejilla. Hace preguntas o me cuenta algún chiste y no puede ocultar que las palabras tiemblan en sus labios.
Otra parte sobre lo mismo la redactó en la computadora personal, en un archivo que hablaba sobre lingüística, palabras que estaban al final del texto.
…Aquella vez, tu olor de varón y el contacto de tu piel con mi oído me estremecieron. Mis pechos gritaban ingurgitados y el filo de la tela se plegaba a mi pezón produciéndo un placer doloroso. No pude más, fui al baño, me quité la braga y regresé. Había una mesa lejana donde jugaban un partido de ajedrez. Un saxofón se escuchaba en el centro y los bajos  dejaban caer su cuota de intensidad. Mi vestido amplio, oscuro y la poca luz ocultaron lo que hacía contigo. No fue difícil sentarme entre tus piernas. Cuando me atreví, el mesero hizo una seña, como interrogando si deseaba algo y con un ademán le di a entender que no. ¡Nadie podría quitarme ese orgasmo tan soñado! ¡Siento la carga en mi pecho! Es culpa, miedo y algo más que no defino. ¡Me insulto! tal vez sólo trato de defenderme de lo que creía imposible hacer, Me maldigo porque quizá un día no me importen los veinte años de matrimonio ¡Se irán por el desagüe! Si te hubiese conocido como a Esteban, nada habría pasado.
El aire fresco de la terraza revolvía su pelo y respiraba dilatando las alas de la nariz como si éstas fuesen a volar de un momento a otro. El esposo, con su corpulencia, hundía sus pisadas en los escalones, haciendo ruido con el propósito de que fuese notada su presencia. Carraspeó cuando la vio en el sillón con los ojos entrecerrados y una mano sobre su vientre y la otra sobre el pecho derecho.
— ¿En qué piensas? —le dijo.
— ¡Me asustas!
— ¡Estás sudando mujer! Tal parece que tienes fiebre. Deberías ver a un médico. Deja de tomar tanto café, dale descanso a tus ojos. Quita esa cara de preocupación. ¡Un cambio de rutina vendrá bien a tu alma! Por cierto, el viejo libro que lees, se ve interesante. ¿Me lo prestas cuando termines?
El día que lo termine, haré una hoguera y lo quemaré. Antes de que el sol llegue lo veré renacer y al hojearlo encontraré que tiene retoños en las palabras.
—Por supuesto que te lo prestaré cuando lo termine.

LA ESPERA toulus lautrec

 

La nieta y la luna

Ven.

Acercate a la puerta,

escucha el canto de los grillos.

el vuelo del murciélago.

No seas floja. Ven…

Hay aroma de geranios,

¡Apura! las nubes emboscan a la luna.

El abuelo sostiene a la nieta;

su cabello danza y contrasta con la quietud del pecho.

Antes de perderse la luna

le siembra flores en la palidez de su frente.

Mañana la llevaran.

abuelo nieta

 

Un tango para los dos

Dejamos ropa, bailamos, llevo las manos por tu cintura, hasta  la media luz que cubre tu  espalda. Seré barco en tu mar y bajo tu vientre náufrago. Tu ombligo redondo, profundo, curvado. Mi aliento, carruaje de ola que vuelca hacía fondos de coral y vida.

paisaje coral

 

Sospecha infundada

Me desordena el color fucsia de la blusa, El vestido corto que descubre tu piel, tu aroma que dispersas al caminar. Me turba la túnica que erecta tus pezones, la seda que hunde su respiración en la intimidad de tu surco, la mirada descarada de los transeúntes. Me Altera qué mis ojos dejen de ser tímidos y capturen tu sonrisa cómplice. Me insulta saber que tienes un amante y que tu esposo sospeche que soy yo.

TOULOUSE 6

Nuestra vecina

Edvard Munch
—Mamá, ¿qué tanto gritaba anoche doña Delia?
Nada que tú debas de saber. Son cosas de mayores.
Recuerdo aquellas visiones. Contaré lo que aconteció a la vecina de mamá. Tal vez alguien la comprenda. Facciones juveniles, ojos grises y un cabello rizado castaño que caía en bucles hasta el hombro. Mediana de estatura, pechos abultados, caderas macizas que iban y venían entre los helechos del jardín. Cantaba y removía la tierra de las rosas. Ella tenía estudios universitarios,  sin que hubiese terminado una carrera.
Los padres murieron. Allí hizo vida con el Capitán. Hombre serio, de bigote ancho. Lo recuerdo con uniforme cubierto de insignias y por su zapateo. Cada pisada era firme, tronadora, como diciendo: ya llegué. Su trabajo en el ejercito consistía, en viajar hacia la sierra para descubrir inconformes, levantados en contra del gobierno.
Durante dos o más años vi lo que sucedía con el matrimonio, sabía que el capitán, la mitad del mes estaba fuera, de los quince días restantes, siete eran de felicidad, otros cinco de indiferencia, enojo y explosión; los tres restantes aparecía una paz interior y él se iba a la montaña con una sonrisa en la boca. Dalia quedaba en casa, corredores matizados por enredaderas en donde el viento iba y venía como niño.
Cuando escuchaba el ronroneo de la Pawer, salía a recibirlo con abrazos y besos para animarle a que dejase el ceño fruncido. De esos siete días los tres primeros era de excitación. Muy temprano salía del baño y antes de que él se levantase, ya tenía el desayuno. Lo sabía porque los olores se filtraban hasta mi dormitorio. Algunas veces comían en el corredor entregados a la sonrisa y el mimo. Lo mecía en la hamaca y cuando dormía, ella se acomodaba. Una noche, mamá me ordenó regar el jardín. El agua llegaba después de medianoche, Estaban acostados en el pasto, iluminados por un débil foco, más por la luna llena. Escuché que ella decía:
¿Dime que me quieres?
—Sabes que sí.
—Dímelo, anda quiero oírlo.
—Te quiero—
Dímelo de nuevo anda quiero oírlo
.—Te quiero —Esa boca dice que me ama y me siento hinchada. No te puedo negar nada, eres mi bebe. No. Eres mi santo de adoración. Nunca puedo decirte no. Tómame Quedaron en silencio, sólo el chasquido de besos caía. Ella sobre él y el reflejo de la luna sobre los rulos de su cabellera que subía y bajaba. Me quedé en silencio. Sabía lo que estaban haciendo. Después entraron a su casa, Delia abrazándolo, él sobándo las caderas. Para el quinto día el entusiasmo se mantenía, pero sin llegar al furor de los primeros. Salían de compras. Ella atendía la casa y él pasaba más tiempo en el cuartel, de tal manera que llegaba hasta entrada la noche. Seguía solícita y cuando él hablaba, de inmediato atendía su deseo. El décimo día era pobre en caricias. zurcía ropa, y por la tarde se perdía en el jardín. Y si hablaba, salían las palabras sin aquella música de los primeros días. Lo atendía a secas, como si fuese algún visitante. En la mudez de la noche se escuchaban sus voces alteradas: gritos, reclamos.
—Me dijeron que te vieron con otra vieja.
—Son chismes
—A mi no me vas a ver la cara de pendeja. Ahora sé porque anoche te hiciste el dormido.
—Estás loca. Sólo tuve reunión con mi general y tomamos unos tragos.
Las voces daban paso al silencio, pero más tarde volvían a la carga. Dos o tres noches se repetía la escena, hasta que explotaban en gritos. Eran como diez minutos de refriega. Ruidos de muebles, como si los arrastraran. Golpes a mano limpia, forcejeo, el plash de la mano abierta. El zumbido del cinturón y la voz suplicante:
—Ya no me pegues. —ya no. —luego la mudez. Al día siguiente el capitán salía temprano y ordenaba:
—Alista la maleta.
Ella volvía a la quietud, volvía a ser la misma, amorosa, servicial y a él se le pasaba el enojo y mientras ella regaba el jardín en la noche, bajo la Luz de la luna, él volvía a meter mano y ella caminaba hacia la recámara preguntándole.
– ¿Compraste la crema de fresa?
Salí de mi ciudad para continuar los estudios en la capital del estado. Regresé para las fiestas de navidad y pregunté por ella.
–Se fue para México.
-¿Se fue con el capitán?
-No, se fue sola. El capitán tal vez lo cambiaron. Dicen las gentes que hubo muchos muertos en la sierra. Primero venían soldados a entregarle cartas o razones, pero desde hace seis meses que no sabe nada de él. Dos años después llegó a visitarnos con su nueva pareja. Eran días de asueto, de vacaciones, semana santa, semana para divertirse en la playa. En la noche, la casa se llenó de luz y la música se escuchaba hasta después de la media noche. Desde mi ventana vi que estaba sobre el pecho de su pareja, acariciándolo.
—¿Verdad que me quieres?
—Claro… claro.
—Pero dilo, me llena escuchar un te quiero en tus labios
—Te quiero…
—Mmmm … lo dices sin ganas, como si te obligaran. ¡Dilo fuerte! Anda dilo. Porque cuando lo dices en voz alta, mi corazón se hincha. Así. Esa boca dice que me ama y yo me siento inflamada.

Mentira que fue verdad

Sobre la frente, manaba sudor, ojos espantados. No lloraba, parecía. Lo encontré en la poltrona. Había dos beatas, una de cada lado, que con abanicos trataban de reanimarlo. La testa, la reclinaba sobre el cabezal del mueble otras fingía ser un péndulo que bamboleaba entre sus piernas.Respiraba superficial, rápido; tenía los globos de los ojos saltones, sus manos  las cerraba, en otras las abría para darse aire; o bien pegarse sobre el pecho.
Él cursaba con una gran crisis. A cada rato repetía:¿Qué tengo? Yo callaba. Su mirada recorría todos los lugares y en ninguno se fijaba.
Sabía con exactitud lo que pasaba: Cuando llegó su secretaria para decirme que fuese a darle atención; me informó que después de una breve e intensa discusión, ella le mencionó que no le había bajado su menstruación. “Se lo dije en broma” “ estaba molesta” de esa manera se disculpó la muy cabrona. El sudor, el sofoco, en un hombre menor de 35 años y con el antecedente de la noticia, me ofrecía un diagnóstico certero y la seguridad de tenerlo activo en un lapso de horas. Abrí su vena, le instalé un suero, metí grandes dosis de vitamina B y por último un tranquilizante. Mañana, antes de clarear, estaría como si nada hubiese sucedido, ofrecería  la misa de gallo para el pueblo.
Eso pensé. Pero no fue así. !Quién me iba a decir que el sacerdote era alérgico a la vitamina B! y el farmacéutico por ser feriado se había ido del pueblo. Hace quince días se le dio sepultura. Y hoy vino la secretaria a decirme, entre sollozos, que la broma que le había dicho al sacerdote, ya no era tal.

Dante G. Rossetti

dante-gabriel rossetti. venus verticordia

El curandero

Llamó el sanador. Juana tiene veinte años, débil, sus rodillas desfallecen. Delgada, con perfil de cuchillo y pálida confía su fe en el rezandero. Él ofrecerá oraciones para restituir la salud.
Al llegar ordena que las veladoras y los santos estén en armonía con las flores. El rosario y el misal al lado de San Judas Tadeo. oró como si platicara con él, y el santo.
—¿ Recuerda la bata de flores amarillas? La noche en que lloró. ¡Qué a nadie dijo! Lo supe  por el libro de misal que es suyo. huele a lágrimas secas.
Su voz resuena en las cuerdas del alma de Juana. Olor de hierbas; murmullos y eructos. Después de tres horas las plegarias están en camino.
Meses después ella canta y corta rosas para los floreros, mientras el sanador la recuerda con dolores intensos en las rodillas, con un perfil de cera y diezmado por fiebres.

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