Eres tan enigmática como una tarde que parece mañana. Tan serena que no sé si el río corre o se detiene. La señal de tus manos es distinta a la de tu abrazo. ¿ tu abrazo? hace tiempo que lo olvidé. ¿cómo será?

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Fui a la casa del presidente municipal. Mis manos sentían el frío y el filo de mi cuchillo. Esperé. Llegó a la media noche. En la puerta de su casa lo enfrenté y con el coraje en la boca, le dije.
— Ustedes tendrán el gusto de quitarme la casa, pero las cosas no se van a quedar así. ¡Todavía tengo buenas nalgas para ver a quién se las doy!
Me miró viendo mi enojo. Sólo pagué el predial y me disculpó las multas. Fueron ardores de tanto lavar y planchar, con el tiempo fertilizaron en reumas que me sorprenden en las madrugadas. ¡Si tan sólo hubiera tenido otro hijo! A lo mejor estaría aquí; la verdad, ya no quise abrir las piernas, así que no tuve más remedio que ahogar las calenturas.
Me empezó a dar sueño, pero el borrachito me lo quitó.
— ¿Qué quiere? ¿Qué madres quiere?
—Nada, doña Mari, no se asuste; sólo le aviso que el agua ya se metió.
— ¿Me quiere ver la cara? ¡Si aquí no hay agua!
—Aquí no, porque está más alto, pero en la cocina ya entró y no para de llover.
Mi casa es de tres plantas: en la parte baja está la cocina, una sala amplia donde doy de comer, y un pequeño cuarto en desnivel que es el que ocupo. En la intermedia hay un recibidor; y arriba, la recámara que rento, es donde duermen las maestras. Frente a la casa está la falda del cerro.
— ¡Santa Madre de Dios! ¡Muchachas, muchachas! ¡Despierten! ¡Se mete el agua!
Entre todos sacamos los víveres y, en cadena, los acomodamos en la planta alta. Lo que no se pudo subir, lo metimos en bolsas de plástico. El agua hacía remolinos y poco faltaba para que nos llegara a la cintura, así que fuimos a la segunda planta.
—Ahora vengo —dijo el hombre, y se lanzó a bucear.
— ¡Este cabrón se va ahogar!
Regresó con una estufa de petróleo que estaba en la cocina, el garrafón de combustible y una caja de cerillos que traía en la boca. Volvió a bajar y trajo algunas veladoras y medio litro de caña que encontró por ahí; la destapó, le dio dos tragos y volvió a zambullirse; sacó un mecate y pidió que lo ayudáramos; se sumergió y, poco a poco, apareció con un botellón de agua potable.
Era de media noche cuando la cocina había quedado inundada. El agua subía lentamente por las escaleras como un felino al acecho. Los focos se apagaron y sólo quedó el tenue resplandor de una veladora.
El río distaba a dos kilómetros. ¿Y la gente? ¿Cómo estaba la gente que vivía en las zonas bajas? ¡Qué Dios nos ayude! Vi al borracho que, con los ojos entrecerrados, dormitaba recargado en la pared; y en esa oscuridad entendí que sólo era una persona que buscaba compañía.
Quise dormir, pero no pude. La lluvia se iba y regresaba con más fuerza. ¡Sólo le rezaba a la virgencita de Guadalupe! Abrí la ventana y escuché el chiflido del viento y el pendular de las palmeras. ¡Cuántas cosas estarían pasando en la oscuridad! ¡Y yo sin saber qué hacer!
El agua reptaba, primero un escalón y luego otro, hasta que llegó a la segunda planta y ahí se quedó mientras la mañana se abría angustiosamente.
Los gritos del vecino me obligaron a mirar por la ventana.
— ¡Doña Mari, Doña Mari! ¡Mi mamá! ¡Mi mamá!
Entendí las señas. En una batea venía la anciana. Detrás de ella, su hijo, a nado. Llegarían más.
El beodo seguía sumergiéndose y rastreó todos los víveres que aún quedaban en las bolsas. Sacó a flote las reatas, con las que se tendió un puente para que las señoras y los niños pudieran llegar. Éramos cerca de quince personas. Nadie podía contener la tristeza ni tenía forma de evitar las lágrimas. Todos tenían la mirada ansiosa, larga, y el ceño fruncido por la impotencia. Nadie sabía el paradero de seres queridos.
Los víveres escaseaban. Frente a la casa, camino a la cima del cerro, se veían los pollos de Alfonso que buscaban cobijo por los zacatales. A lo lejos divisé a un hombre que corría tras ellos, capturaba a dos y les torcía con habilidad el cuello; vi cómo nadaba hasta la casa y, casi al llegar, lo reconocí. Era él, “el borrachito”.
Fueron tres los días que el agua se mantuvo. El hombre ayudó a todos. Iba a sus casas, buceaba, sacaba papeles, alimentos; siempre callado y respetuoso. Esa noche le ofrecí la botella de ron.
—Mejor guárdela —y se fue a un rincón a dormitar.
En la mañana lo busqué para darle un caldo de pollo, pero un griterío me distrajo: el ruido de los helicópteros y unas lanchas que llegaban para que la gente se fuera a los resguardos. Yo no me quise ir, pues esta casa la compré dos veces. Lo vi ayudando a subir a los ancianos. Me miró con sus barbas de viejo.
—Gracias, doña Mari.
— ¿No quiere un caldito de pollo? —le pregunté cuando estaba por subirse a la lancha.
A veces me asomo mirando hacia el cerro, pensando que anda correteando a las gallinas sueltas, pero no, es que el viento todavía las tiene asustadas ya que él vive conmigo.


Autores Danini y sendero
Pocas veces viajo en avión y cuando lo hago, he tenido conflictos con el cielo. Por fin podré divisar los abismos verdes o el color del agua. Me había sentado al lado de la ventanilla, pero una dama abordó en una escala y reclamó su sitio.
Qué extraño!, la cercanía de este hombre me ha traído sensaciones familiares,sin embargo, mi presencia parece incomodarlo. Seguro estaba embelesado con el azul del cielo y llegué a perturbarlo.
El mar me recuerda a Hemingway. “Morir en el mar, como lo hace el barco o el viejo capitán. Hundirme como ancla, que después se yergue como soldado vigilando el navío. La señora se ha recargado sobre la ventanilla y aunque deje ver un pedazo de cielo, el mar sólo estará en mi pensamiento.
Percibo nostalgia en mi compañero de viaje, no entiendo por qué eso me lastima; no sé de quién se trata;tampoco me atreveré a preguntarle su nombre. Lo invitaré a mirar junto a mí la inmensidad del mar que se aleja y que pronto me acercará. ¡Dios! pero, ¡¿qué estoy pensando?! Sería acercar su aliento y su mirada. ¿Cómo se me ocurre? ¡Qué pensará de mí!
Me imagino ser un pájaro que divisa. ¡Ah son increíbles los pelícanos! Qué aves tan feas cuando caminan, pero son extraordinarias cuando en picada atrapan el pez. Nada de eso veré. Ella no me lo permitirá; está abstraída, casi mete los lentes dentro de la revista. ¿Qué leerá? A veces ríe; tiene una sonrisa bonita, ¡pero no me deja ver el mar! ¡Ufff! La miro y en un dos por tres, se pone seria como tronco.
Si supiera que estoy leyendo porque no me atrevo a cruzar unas palabras con él, que estoy tratando de concentrarme en la lectura para no dar rienda a la imaginación; tampoco quisiera que advirtiera que su figura me ha traído sensaciones. Él me trae recuerdos gratos y al hacerlo me sonrío. ¡Habrá pensado que estoy loca! Mejor me pongo seria; me está mirando raro.
-Estoy por preguntarle de qué se ríe, pero ha llamado a la azafata para pedir un refresco y un café. Aprovecho el servicio y pido lo mismo.
¡Ha ordenado lo mismo que yo! Sé que los hombres son muy decididos en sus gustos, no puede ser que lo haya hecho para plagiar. La altura me tiene delirando; solo pienso en disparates y cuando esto sucede pierdo la noción de lo que es una plática agradable, de las cosas que se deben decir, de las que no y dejo de ser yo.
Lanzó una mirada como preguntando “¿Me arremeda?” Sonrío y le digo:
—Permita que me presente….
—Mucho gusto. —dice.
La azafata nos interrumpe trayendo el servicio.
No pude decir el nombre, y la verdad no escuché el de ella. De nuevo se concentra en la revista. No me atrevo a interrumpirla. Miro discretamente y veo que de la bolsa cuelga un listón parecido al que llevan las mujeres de mi tierra. Estoy por decírselo, “ Ah, qué interesante” podría contestarme y continuaría leyendo. ¡No puedo ver el mar!, el café no me sabe, mi acompañante está absorta con la lectura y en la bolsa se asoma una cinta, como lengua que se burla.
-Tengo la impresión de que perdí una charla más gratificante que este estúpido artículo; pero qué más da, después de todo llegaré pronto a mi destino. Tiemblo con el sólo hecho de pensar que al fin conoceré al hombre que ha transformado mi vida. Gracias a él mis días grises y monótonos tienen ahora el encanto de saber lo que deseo; estoy ansiosa por darle ese abrazo que retuve por muchos años.
. “Pasajeros a bordo, favor de abrocharse los cinturones”
Vuelvo a mirarla. Ha cerrado los ojos. Abrazó la bolsa y parece que reza. Siempre son impactantes los aterrizajes. El avión se detuvo y ella, de un salto felino se instaló en el pasillo, tomó su valija y después de sacar el listón del bolso, salió. No se despidió, debe tener mucha prisa.
De acuerdo a lo convenido hace dos horas debimos encontrarnos en la sala 24 C. La parada que hizo el avión para recoger a los pasajeros varados atrasó la llegada. ¡Dejé el sombrero de palma en uno de los asientos de la sala de espera! Le dije que lo llevaría para que pudiese distinguirme. ¡Cuanta gente! Olvidé que son días de vacaciones, y apenas puede uno transitar.
–Han pasado dos horas, no sé qué hacer. Estoy segura de que esta es la sala que él me dijo. Si voy a buscarlo en otro lugar, podría llegar, entonces estaría en problemas. Debo pensar en algo. La compañía de aviación queda lejos — según dijeron— Esperaré media hora más.
Cabizbajos se encaminaron hacia la zona de taxis. Ella solicitó al chofer que la llevase a una casa de huéspedes. Él enfiló hacia un hotel del centro. Sus pensamientos se hicieron uno esa tarde: “Cuánto tiempo para coincidir un momento en la vida; hice de lado obligaciones, junté el ahorro para disfrutar dos días y romper la cotidianidad de la vida.” Dos días que prometían ser intensos; en lugar de largos correos, estaría la voz y la palabra. La foto daría paso a la imagen corporal.
Ambos soñaban con estrecharse en un abrazo sin tiempo. Dos días que se escaparon como un pez que en el último instante logra escabullirse dejando mudo al captor.
Esa noche ella ingresó al Messenger, él ya no estaba en línea, pero le dejó un mensaje y el teléfono en donde estaba hospedado. Sólo que ella encontró su bandeja sin misiva. —Pueden pasar tantas cosas para que un mensaje no llegue— Ella no le escribió.
Un coraje intenso trotaba en su interior. Pero el vapor del enojo se convirtió en un regato de lágrimas silenciosas que humedecieron la almohada. Cada cual resolvió en adelantar su viaje. Coincidieron en la línea y en el mismo vuelo, pero no en el mismo lugar; ella se sentó por un extremo, él por otro. Poco después tropezaron en el pasillo; se saludaron con una sonrisa forzada. Ensimismados por una mezcla de tristeza y enfado. De las bocinas se escuchó la orden de ocupar sus asientos y sujetarse los cinturones. Después del aterrizaje en la ciudad de conexión, se les comunicó que dispondrían de una hora. Entre los negocios que él encontró en el aeropuerto había uno de artesanías. Ella estaba allí absorta, mirando los collares de plata. El la saludó, y pidió que le mostraran los sombreros de palma.
– ¿A usted le gustan los sombreros?
– Mucho, dijo ella.
– Entonces le gustarán los listones a la cintura.
–También.
Sin mediar más palabras, se estrecharon. Ella lloraba, él la abrazaba al sofoco.
A lo lejos, el avión retomaba el vuelo y ellos sin prisa caminaban por el malecón, al amparo de una luna que parecía ducharse en el mar.



Tiritan los árboles
y las hierbas crepitan
de frío y soledad.

En los corredores de tu vida,
tienes flores,
hamacas,
Te meces en la poltrona, junto a la maceta de barro.
Hay una prisión.
En el cielo la luna se renueva;
entre la oscuridad del silencio.
reclinandote en la mecedora
aparece el claroscuro de tu maldad.
A tus manos,
como mariposas avergonzadas
llega la naúsea,
lo corrupto,
lo servil.
Dando traspiés
llega un corazón confuso.
Pero él no escogió
Ni tu alma, ni tu cuerpo.


