El estornudo de la muerte

Después de haber burlado la defensa, tomó la vía rápida y llegó a la central nerviosa. Un ejército iba tras de él. Hábil traspasó la barrera encefálica y saltando se introdujo por la única rendija al núcleo. Trabajó rápido, las señales genéticas fueron cambiadas, recibiendo nuevas órdenes para clonar al intruso. Millones dispuestos a todo. Un puñado de ellos saldrá a la búsqueda de más humanos susceptibles, cada vez que se estornude volará la muerte.

 

virus

El hombre y el perro callejero

Llegó a su casa con hambre a la media noche. fue la cocina, había sopa con pescuezos y patas de pollo. Al mordisquear tuvo un dolor intenso en la encía inferior. Extrajo la prótesis dental y la puso sobre la mesa. Para rehabilitar la dentadura se endrogó para liquidar al dentista. Al finalizar de comer, los huesos, en vez de tirarlos al cesto buscó al perro de un vecino que dormía bajo el enramado de un árbol situado a un lado de su casa. Regresó a la cocina y al no encontrar el puente dental, corrió a buscarlo. El perro ya no estaba. Inspeccionó el suelo con ojos y mano y el aparato bucal no lo encontró. Pensó lo peor. El perro al mirarlo, apareció  moviendo de un lado a otro la cola. Fuera de sí, lo tomó de la cabeza, forzando a que abriese las fauces, introdujo los dedos con la esperanza de que estuviese el puente dental. El animal sintiéndose agredido le clavó los colmillos en las coyunturas de la mano. Fuera de sí, sujetó al perro del cuello, ambos rodaron por el suelo. Él apretándo, el perro luchando por zafarse. Pateaba, gruñía, arqueaba el espinazo y por el esfuerzo el can lo bañó de excremento desde el cuello hasta el pecho. Se distrajo y el animal huyó. Con rabia buscó una piedra y sólo halló un plástico irregular que lo hizo volar buscando la cabeza del perro.
Cuando se bañaba, tuvo un repentino entendimiento.  Salió en bata  a la calle. Recordó que el objeto que le tiró al perro no tenía la textura de una piedra, sino que era muy liviano. Después de una búsqueda minuciosa, palmo a palmo, había encontrado su prótesis. Estaba hincado en medio de la calle, mirando el cielo y dándole gracias a Dios, cuando fue arrollado por la bicicleta del vigilante que perseguía a un ladrón. Rodó con un dolor intenso en la boca. Horas después era intervenido por fractura del maxilar inferior. Luego de dos meses quiso ponerse la prótesis pero con horror se dio cuenta que no le ajustaba. Ha cambiado. Se ha vuelto medroso y es que el perro bajo el mango lo acecha.

perro

El político

En los corredores de tu vida,

tienes flores,

hamacas,

Te meces en la  poltrona, junto a la maceta de barro.

Hay una prisión.

En el cielo la luna se renueva;

entre la oscuridad del silencio.

reclinandote en la mecedora

aparece el claroscuro de tu maldad.

A tus manos,

como mariposas avergonzadas

llega la naúsea,

lo corrupto,

lo servil.

Dando traspiés

llega un corazón confuso.

Pero él no escogió

Ni tu alma, ni tu cuerpo.

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La cita

Cuídate como si me cuidarás a mí. Eres casi lo que soy. Estás lejos, pero nunca te has ido de mí. Hoy mismo moría por contarte lo que soñé, eres la única en quién confío, la que me conoce a cabalidad. Cuídate, que aún tenemos una cita pendiente, será mañana o en algún nunca, no lo sé.

picasso.

Siempre ganas por decisión

Eres elegante boxeadora. Con pasitos hacia delante, a los lados, mueves tu cuello con gracia; me distraes. Poco a poco me acorralas. Cuando llega tu golpe, me abrazo a ti. En el clinch bailamos, mejilla con mejilla y por instantes golpeo con besos intensos tu cuello y caemos. Murmullos, suspiros, respiraciones entrecortadas de los cuerpos. La campana suena y regresamos a nuestra rutina, esperando la revancha.

.boxeadora

A mis maestras

Me acercas tu voz, mi oído hace fiesta y no sabe qué hacer; como el perro amarrado por días,  y lo sueltas.  Corro, me detengo, te miro, te beso. Deseo abrazarte, permanecer dentro.
 Tu voz cotidiana que platica del viento,  de los fantasmas que van, o te asomas por la ventana para mirar la pileta donde la luna acude a delinearse la sombra.
Me alcanza tu voz instructora, las frases que corriges, se transforman. Tienen tus ojos saber, y las cucarachas del lenguaje corren en desbandada. Me amenazas con tu sonrisa; bajo tu mirada, atento, pongo mi parco entendimiento para comprender las declinaciones que susurras.
En el devenir  escucho  tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con su sapiencia  alcanza mis viejas paredes. Cuando hablas y cantas mi nombre, mi oído se hincha y baila.

Maestra manet

Tu presencia

Tu presencia hubiera sido una estrella violeta
caminando por el parque central de mi ciudad.
¿Cómo hacerte invisible?
si el amor no admite espejismos.
¿Cómo ocultar mis silbidos?
si con ellos te nombro;
¡Cómo no llamar la atención!
¡ Por Dios! Si estuvieras a mi lado
todos verían caer la lluvia
sobre la palma de mis manos.

Sorolla, La bella Raquel

Y la pelota nunca para

Mi silencio desbarata los poemas grotescos que la realidad dicta.  En mi oreja se etiquetan los coletazos del río, algunos cantos de sirena, el chismerío de las hojas que mueve el viento. Voces que no preguntan; la vida cotidiana distrae, o mi nombre tiene gérmenes de ausencia que desconozco. Son días fértiles para la nada. Te das cuenta que con o sin ti, la vida sigue; sigue como una pelota que nunca para de rebotar.

gente Renoir

¡Ah mi memoria!

Picasso-41

Tengo ansias de poseer una buena memoria,

brillante como set de fotografía.

Alegre como pista de circo.

Una memoria que salte en un triple mortal.

Y logre que la compañera diga:

¿Cómo es posible que recuerde el día que me dio el primer beso?

La verdad es que tengo memoria de espuma.

Mis hechos son terrones de sal que disuelve la humedad;

y tal vez por eso y algo más; amo la palabra.

La madre

Doña Candi era esposa de un vaquero que  sabía de vacas y hacer hijos. Ella tenía como oficio ser mamá. Él, como muchos varones, gustaba de la cerveza, gastar lo ganado en mujeres. Doña Candi, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor,  a los maltratos que le propinaba su esposo. ¿Quién me lo decía? Nadie, sólo veía,  lavaba ropa ajena y ayudaba a los pequeños. Nadie me decía nada. De vez en cuando, me ofrecía un café, un bocadillo.  Veía su silencio. sonrisa y su trajín. Sabía, entonces, que esa mujer no escondía celos, rencillas sino un profundo amor para sus hijos.

Tribute-to-Diego