Todas las madrugadas despierto y me levanto a caminar por los recovecos de la casa. Me he sorprendido mirando el cielo y son los azahares del naranjo los que avivan mi vigilia. No sé qué pasa cuando regreso;  ¡puedo vivir sin futuro! Tiendo el lecho para hacerlo confortable y, cierro ruidosamente mi ataúd.

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