La Gata

Es la única gata cuyo nombre es Gata. Así entiende. Por la mañana me sigue hacia la cocina, mientras tomo el café se enrosca en mi pierna y maúlla seco y breve. Como diciéndome » ¡A qué horas, me sirves! Al retornar a la casa, me espera en el portón, – ella reconoce el ronroneo del carro y corre a recibirme- En realidad no es que sea muy afectuosa, sucede que tiene hambre. Así que maúlla suave y prolongado, como expresando » ¡Joder, pero que tarde llegas!»
La gata tiene una historia de vida y muerte, tal vez en eso se parezca a mí, pues mi vida ha sido eso. No, no soy proclive a las armas. Sucede. Pasa porque la vida tiene sus misterios, y la verdad es un misterio que esté con vida; y lo mismo ha sucedido con ella.

gato.

Los tiempos han cambiado

Los tiempos han cambiado para mal; ayer jugábamos en la calle. Hoy no dejo salir a mi nieto . Carros a velocidad, cazadores de niños y, ofrecedores de droga. Él se enoja y me dice que ya es grande y yo, muevo la cabeza.
niña de juan serolla

Un narrador diferente

Por norma, los lectores nos fiamos del narrador: es lo que se llama el “pacto ficcional”, por el que anulamos nuestro juicio crítico habitual y aceptamos la existencia de dragones, naves espaciales o personajes como la Regenta o Sherlock Holmes. Desde tiempos del Quijote, y probablemente incluso antes, aunque sobre todo desde mediados del siglo XIX, los escritores vienen experimentando con la creación de eso que Wayne Booth llamaba “narradores no fiables”, es decir, voces narrativas cuyas afirmaciones debe poner en duda el lector, para descubrir la verdad detrás de sus palabras: narradores que mienten, engañan, tergiversan u ocultan los hechos, por desconocimiento, malicia o torpeza.
La casa de citas (también publicada como La casa de Hong-Kong) es un ejemplo de cómo a lo largo del siglo XX se ha llevado este juego del gato y el ratón entre narrador y lector hasta el extremo, al igual que las novelas de Pynchon o algunas de Nabokov, por ejemplo. Porque en La casa de citas nada es completamente cierto, y es imposible intentar que la narración tenga sentido, en el sentido clásico del término. Los personajes tienen dos o tres nombres distintos cada uno; el narrador es a veces un personaje, a veces otro, a veces ninguno; el inicio de la novela se cita en medio de la novela, como si fuera un discurso de un personaje; las mismas acciones suceden tres, cuatro o veinte veces en lugares y momentos distintos, y unas veces se trata de una representación teatral, otras de un conjunto escultórico, o de unas figuritas de porcelana; un personaje muere varias veces en la novela, cada vez de una manera distinta…
Por supuesto, todo está manejado con habilidad, humor y frialdad por el autor, que se divierte dejándonos pistas acerca de su propia consciencia de estar mezclándolo todo, con frases como “pero de esto ya hemos hablado más arriba”, “esto está aquí fuera de lugar” o “pero cuando me acerqué vi que no era quien yo pensaba”, etc. Además, las descripciones de situaciones y objetos idénticos en distintas situaciones (el vestido estrecho que se abre hasta el muslo, y más arriba; las sandalias con cintas que se cruzan sobre el tobillo, los enormes perros de Lady Ava…) permiten hilar fragmentos de argumento, pero se ven desmentidos inmediatamente por las incoherencias, los cambios de plano o los saltos narrativos.
Porque en La casa de citas sólo puede hablarse de argumento: hay una fiesta, representaciones eróticas sado-masoquistas, tráfico de drogas, prostitución, un confuso triángulo amoroso, un asesinato. Todo ello da como resultado un ambiente más que una trama. Un aire a novela negra con ribetes románticos y eróticos, pasada por el turmix de la nouveau roman, que nos deja boquiabiertos y patidifusos, y que nos obliga a aceptar un nuevo pacto narrativo, distinto al anterior, que viene a decir: “No te creo, narrador, pero no tengo más remedio que seguirte”.

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El recuerdo de la primera novia

¿Quién no recuerda a la primera novia? ¿Qué se habrá hecho? ¿Estará feliz? ¿Me recordará? Mañana celebraríamos el día en que nos dimos el sí. Son cosas de chamaco, pero de vez en cuando me da por la fuga. Me despedí de ella hace tantos años, pero la memoria no entierra ni lo que besa, ni lo que muerde.
Renoir.muchacha

Entrevista con la escritora Carmen Boullosa -mujeres en la literatura de América-

https://www.facebook.com/Senderoo

 

Carmen boullosa

Cuento de horror de Juan José Arreola

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.

mujer fantasma

 

Famas y Cronopios de J. Cortázar

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

tortuga

La aridez

La palmera se dobla por los vientos silbantes. De aquella primera caricia queda un latido torpe. Del asombro de los primeros meses es más ceniza que braza. La cotidianidad es un muro que cada día escala a lo profundo. Hay una mariposa dentro del pensamiento, tal vez renazca si deseas; ventanas que se abren en algunas noches y piden a la luna que vuelva.

paisaje desolación

Consecuente de Luisa Valenzuela

Los nietitos vienen muy avispados hoy en día. Antes preguntaban cariñosamente, como un juego,
-Abuelita ¿qué hora son?
Ahora nos meten en camisa de once varas. Al menos el mío, que ya de pequeño complejizó el problema al preguntarme:
-¿Abu, qué es el tiempo?
-Mañana te contesto, le prometí. Mañana.
Y por los años de los años me mantuve firme en mi promesa
tiempo

Volver

Hay días que vuelven, brotan a la vera del camino sin que lo esperes. El tronco liso de ayer, hoy es un jardín de hongos. La memoria viajera te lleva al sitio.

Me instalo entregado al vaivén de una cabellera que se mece frente a los ojos, la lluvia escurre sobre mi pecho mientras aupaba tus glúteos. Tu tórax sibilante, la quilla de tu sexo que desprende aromas de ola extendida.

Apuntes sobre el narrador según Mónica Lavín

El narrador es un ente visible, una figura que necesariamente está en todo cuento o novela. Es quien cuenta la historia. La elección del narrador es uno de los dilemas del tratamiento. Recordemos que cuando escribimos un cuento resolvemos dos preguntas grandes: qué (la historia a contar) y cómo (el tratamiento –narrador, tono, personajes, ritmo, lenguaje, etc.).
Hay varias posibilidades para el narrador:
Narrador-personaje  (en primero persona gramatical)
            Confesional, voz íntima, cercana. La menor distancia entre narrador y lector.
Narrador omnisciente (en tercera persona gramatical)
            Lo ve todo, es una especie de dios que puede estar en varios lugares. Sabe todo.
Narrador “avec” (con) (en tercera persona gramatical)
            Sólo tiene el punto de vista de un personaje. Se parece más a la realidad. Es un narrador a medio camino entre la primera persona y el omnisciente.
Narrador en segunda persona gramatical
            Produce el efecto de manejar al personaje como si supiera su destino (Aura, Carlos Fuentes) o puede dar el efecto de voz de la conciencia, desdoblamiento del personaje. De cualquier manera tiene una relación estrecha con el personaje al que se dirige.
Lo narradores pueden utilizar la persona gramatical en plural cuando es desde (nosotros) o sobre (ellos/ellas) o dirigiéndose a un colectivo (ustedes) que se cuenta la historia.
Esta información se puede ampliar con:
Paredes, Alberto. Las voces del relato (de  la Universidad Veracruzana).
Vargas, Llosa, Mario. Cartas a un joven novelista. Planeta.

lectora

Llueve llueve

Siento venir la lluvia:
la olfateo en el desierto,
como la semilla que fue sembrada por una estrella.
Llegará emplumada con sus alas boreales.
Ella late en la horqueta del cactus.
Rompe.
Me transforma en tejado.
Enmudezco al ver que salta como araña pescadora,
Tintinea y baila zapateado en las láminas de zinc.
Me percute.
Y mi espalda es una estepa donde los gitanos bailan dando vueltas.
Entregado a ella exhalo olor de germinales,
corro desnudo y percibo el oleaje debajo de mi vientre;
al ser hombre busco el tam tam que hacen tus pechos, y al encontrar tu sexo bailo contorsionando mis caderas;
húmedos de grito y gemido.
LLueve y mi corazón es una rana
que no obedece las señales de la retórica.

paisaje desierto atacama