La francesa de Bioy Casares

Me dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación en francés: «J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con sonriente admiración, no exenta de grivoiserie como si dijeran «comme vous devez être cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprenden -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.

mujer vladimir volegov

La palabra

Camino sobre el precipicio. Entiendo mis pasos lerdos. Abrí ventanas y deje al vuelo mis pensamientos para que tengan oportunidad de salir y ser. «Mis ojos arden y las letras se escabullen”. Encontré razón y vida en la palabra. Ella es corazón latiendo. Me hace lanzarla y me embelesa hacerla flor, cielo o mar.

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Confesión

Siempre estuve, nunca lo soñaste.
Tantas veces fui tuya,
emociona sentirte.
Fui de ti una sola vez dilatada al infinito.
Abrazada por tu ímpetu;
saciando tu sed. Saciando la mía.

Van.

Dormidos de David Lagmanovich

Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás m al». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.
Los cuatro elementos. 

borrachos de james Ensor

Sorpresa

En la mañana se metió un ladrón en la casa.
– !No jodas¡, y ¿qué se llevó?
Una santa madriza de mi mujer, pues ella pensó que era yo borracho.

ladroncuentos que circulan en la red

Al despertar

Despierto.
Mi yo abre
a tus murmullos.

La oscuridad de tu pelo
contrasta con la transparencia de tu mirada;
en el cántaro de tu vientre.
percibo aroma de frutos.

Beso tus brazos,
hombros;
la oscuridad de tus cabellos
serpea por el arroyo que desciende a la espalda.

Soñar contigo es fatigarme.
sentirte verde, líquida, afrutada
¡.mujer sen,

Sin que le temblara de Elpidio Freire

Sin que le temblara la mano le tendió el correo. Su mujer dejó caer la carta y ahogó un sollozo. Durante toda la tarde lloró por su madre muerta. Cuando logró que se acostara para descansar un poco, él abrió el cajón y, con una sonrisa, se probó la corbata de luto que guardaba desde hacía tanto tiempo.
Espido Freire
Cuentos malvados. Paginas de espuma. 2010

corbata

Hacia el oriente

 Desfalleciente, libro mi batalla. Miro la montaña, el viento que mueve la arboleda y el horizonte donde nado persiguiendo al sol. Volver la cabeza y mirarme jugando con la pandilla. Recorrer a pie las grandes avenidas y sentir el frío cortante que adormece. Los hijos son hombres, nadie me acompaña y el eco de mis tacones solo suena para mi. A veces llegan olores de jazmines y me deleito. Alegre vainilla que golpeas, intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared. Sigo en el camino apretando contra mi pecho la esperanza. Llueve y el horizonte cada vez mas cerca. Nadar cerca del sol será bello.

renoir atardecer

Renoir

Agua serenada de Emilio Abreu Gómez

Beber agua serenada es como beber agua de luceros. La gente tiene la costumbre de sacar por la noche una jarra de agua para que reciba el sereno. Al día siguiente muy de mañana, se recoge y se guarda. Para los enfermos del corazón no tiene precio. Unos se alivian y otros se mueren pero éstos llegan a la muerte con gran serenidad.

noche

 

Tomado de Antología virtual mexicana – Alebrije de palabras

Choca erótico

Se fue el transporte, 
se abrazaron, con ansia,
con beso y fiebre.
Bajo el árbol de cedro,
las piernas de ella;
compás acanelado
daban inmensidad.
amor

Nana

Será melón será sandía,
será la niña que llegó de día.
las mariposas llegan y se van.
y vuelan con miguitas de pan.
De su frente ella desprende
aromas de capulines
por eso la luna
la perfuma con jazmines.
Ella detiene el cielo,
pringando de luz
sonríe con las mariposas
que vuelan y se van.
mariposas.2

La trama de Penélope de Paula Cescón

Luego de dos largas décadas de ausencia, se le ocurre aparecer justo ahora cuando ella, rendida de soledad, se enamoró perdidamente de una de sus sirvientas, la dulce joven que con cuerpo seductor como canto de sirena, supo levantarle el velo y transformar en miel tanto infortunio. ¡Maldito el momento en que juró a Ulises fidelidad eterna!
Es hora de conjugar juramentos. Pero, ¿cómo? Si el deseo ya ancló en la más deliciosa y húmeda de las bahías. Y su bahía, se llama Agneta.
Ulises se encuentra con una esposa distante, la cual alegando un shock provocado por las circunstancias, implora tiempo para el encuentro carnal.
El tiempo preciso para terminar otro sudario que, con alevosía, cuatro suaves manos ya comenzaron a tejer.

penelope alex alemani

Alex Alemani

Las razones de San Pedro

La cola era interminable para entrar al cielo. Entre el gentío estaba el cura que la muerte sorprendió vestido con su sotana, a su lado un taxista con su gafete de la ciudad de México. Salió San pedro y tomó al taxista del brazo y lo llevó hacia las puertas del cielo. El cura no podía dar crédito de tamaña injusticia.
-¡Porqué te llevas a él, si yo dedique mi vida a serle fiel al señor, cuerpo, alma y oración!. ¡No es justo!
-No diga burradas padre, cuando estaba en el sermón, sus feligreses eran pasto del aburrimiento, su voz tranquilizante daba como resultado una gimnasia de cabeceos y profundos bostezos. En Cambio Andrés como excelente taxista de la ciudad de México, rebasaba a diestra y siniestra, pasaba altos, iba en doble sentido y sus pasajeros al escuchar el chirriar de las llanta entonaban un padre nuestro colmado de fervor y sinceridad.
Con Andrés, la feligrecía creció.

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