La cola era interminable para entrar al cielo. Entre el gentío estaba el cura que la muerte sorprendió vestido con su sotana, a su lado un taxista con su gafete de la ciudad de México. Salió San pedro y tomó al taxista del brazo y lo llevó hacia las puertas del cielo. El cura no podía dar crédito de tamaña injusticia.
-¡Porqué te llevas a él, si yo dedique mi vida a serle fiel al señor, cuerpo, alma y oración!. ¡No es justo!
-No diga burradas padre, cuando estaba en el sermón, sus feligreses eran pasto del aburrimiento, su voz tranquilizante daba como resultado una gimnasia de cabeceos y profundos bostezos. En Cambio Andrés como excelente taxista de la ciudad de México, rebasaba a diestra y siniestra, pasaba altos, iba en doble sentido y sus pasajeros al escuchar el chirriar de las llanta entonaban un padre nuestro colmado de fervor y sinceridad.
Con Andrés, la feligrecía creció.

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