Fragmentos:Traducción comentada de la obra de Leïla Slimani “El diablo está en los detalles”

Amine Moussa se ha vuelto miedoso con la vejez. Él,
de universidad, amado y respetado por todos, ahora es presa de la angustia y del insomnio. Su mujer, Atika, se ríe de sus paranoias y sospecha que no está llevando bien el acercarse a los sesenta. No le entiende. Amine se sobresalta sin razón por la calle, ha comenzado a hablar solo. No se siente cómodo en ninguna parte. En su casa ya no puede soportar la presencia de la chica de la limpieza.
Odia a esa solterona de boca amarga y su mirada de desprecio. Ella cuenta con fervor cómo su hermano ha partido hacia Damasco y les envía el dinero que ha ganado en el combate. Mucho dinero. Le agradece a Dios con las palmas hacia el cielo el haber guiado a su hermano hacia la yihad. Hace una semana previno a Amine: “Señor, no puedo servirle si bebe usted alcohol. Si toco una botella, Dios me prohibirá la entrada al paraíso”. A Amine le entraron ganas de preguntarle en qué texto había encontrado semejante estupidez, pero no se atrevió. Una tarde, la sorprendió encendiendo una cerilla justo en la cara de su hija, diciendo “Ya lo ves, tú y tus padres vais a arder
en las llamas del infierno, como todos los infieles que desprecian las enseñanzas del islam”. Cuando se quejó, Atika se encogió de hombros. “Olvídalo”, dijo, “Es algo fanática, nada más. No sé por qué le das tanta importancia a esas tonterías. Estás exagerando ».

Sin duda es la edad la que alimenta su inquietud, pero no puede dejar de ver esos pequeños detalles que van pudriendo su vida diaria, que alimentan su malestar y le llenan de miedo y vergüenza. Cuando terminó de cenar, recogió todos los restos de botellas de alcohol, los ocultó en bolsas de basura y condujo dos kilómetros antes de tirarlos a un contenedor. Temía que le denunciase el conserje, ese pelirrojo que se había dejado crecer la barba y llamaba putas y perras a las alumnas del liceo privado. “Deberíamos casarnos con ellas por las buenas o por las malas, ¿no es así,
profesor?”. Amine no responde, no dice nada. Se queda en silencio cuando se sienta al lado de un conductor de taxi que escucha los casetes de un predicador saudí. Le escucha volcar todo su odio sobre los judíos y los infieles y aplaudir a la fatwa que da permiso para asesinar a todo aquel que renuncia al islam. Amine no quiere meterse en problemas, paga la carrera y se va.

Atika opina que está exagerando, que locos hay en todas partes, pero que eso no quiere
decir nada. Aunque se puso furiosa cuando la profesora abofeteó a su hija Mina cuando a ésta se le ocurrió poner en duda un verso del Corán. “Solamente he dicho que una araña no podía tejer en una hora una tela tan grande como para cubrir la cueva en la que se refugió el Profeta.” Tampoco fue ninguna tontería cuando se constituyó una “brigada de promoción de la virtud y prevención del vicio” en el barrio. “¿Y qué opinas de esto?” le gritaba Amine a su esposa, mientras agitaba un recorte de periódico bajo su nariz. Aquellos fanáticos de Dios, armados con cuchillos y porras, habían acorralado a un grupo de jóvenes y los habían golpeado hasta morir. Porque salían de noche, porque no rezaban o porque bebían alcohol, nadie sabía por qué.

Amine ha cambiado, se ha vuelto sombrío. Le obsesionan los velos, esos trozos de nylon
negro que invaden las aulas donde da clase, la playa a donde lleva a su hija, los cines en donde se censuran las más tiernas escenas de besos. Quiere hacer callar a todos esos que invocan a Dios, al diablo, la sharia y el sagrado honor de las mujeres de este país. No quiere dejarse caer en la nostalgia beata como su viejo amigo Hamid. Se niega a
idealizar su infancia, a hablar de cómo coexistían de forma pacífica con sus vecinos judíos, de las minifaldas que llevaban las muchachas y de los ideales marxistas que proliferaban en la universidad. Tampoco habría dicho que en aquella época no se hablaba nunca de religión. Que su padre sin duda rezaba, pero tan discretamente que no recuerda haberlo visto jamás de rodillas.

Atika es tan dulce. Consigue incluso tranquilizarle, abrirle los ojos para mostrarle la
belleza que los rodea. A ella le encanta el ambiente festivo de los últimos días del ramadán. Para darle un capricho, aquella tarde se desvió por el barrio El-Manar y se detuvo en la panadería Nour para comprar las crepes rellenas que tanto le gustan a su mujer y algunas chucherías para Mina. La gente hacía cola hasta la calle. Se balanceaban, impacientándose. Una mujer se coloca detrás de Amine. La ve llegar, con su hermoso rostro enmarcado en un velo malva. Ella le mira con insistencia, marcando el paso. Se acerca tanto que llega a pisarle. “Puede que sea una estudiante”, piensa. Una joven que asiste a sus clases, pero de la que no se acuerda. En ese momento podía casi sentir sus pechos contra su espalda y su aliento en su cuello.

Debe estar imaginando cosas, una chica tan joven, tan hermosa, jamás se fijaría en él. Ella se sale de la fila, y se le encara, acercando su rostro al de Amine. Se disponía a hablarle cuando ella le señaló con el dedo y se puso a gritar “¡Ha fumado! ¡Él, él ha fumado! ¡Ha roto el ayuno, aún huele a cigarrillo!”. Los clientes se alteran. Tras la caja, la panadera llama a la calma. Amine se encoje de hombros en un gesto de impotencia y comienza a andar hacia atrás. Se le acercan unos hombres que le insultan poniendo a Dios por testigo. Alguien le agarra de la chaqueta y echa a correr.

Haz clic para acceder a Traduccion_comentada_de_la_obra_de_Leila_Slimani_BETOLAZA_ESCOLANO_ESTIBALIZ.pdf

Nubes de lluvia de Bessie Head, fragmento

La pequeña aldea barolong se extendía hasta la valla de
la frontera. Una de las chozas estaba construida tan cerca
que una parte de la pared circular rozaba la alambrada. En
el interior de esta choza había un hombre que llevaba allí
sentado desde el amanecer. Estaba esperando a que se hiciera de noche, momento en el que intentaría cruzar el tramo
de aproximadamente un kilómetro de tierra de nadie que lo
separaba de la valla fronteriza de Botsuana y acceder así al
espejismo de libertad que había al otro lado. Corría el mes de
junio, era invierno y hacía un frío lacerante, y las piernas del
hombre eran demasiado largas como para permitirle pasearse por el reducido interior de la choza. Cada media hora, el
furgón patrulla de la policía fronteriza sudafricana pasaba a
toda velocidad acompañado del lamento de la sirena, lo que
le provocaba una sensación incómoda en el estómago.
Si sigo así, pronto tendré dolor de estómago, pensó.
Los nervios tampoco los tenía muy allá, ya que se le alteraban con facilidad debido a las contrariedades de la vida.
De hecho, su fuero interno era un revoltijo caótico, oculto
en gran parte por una fachada de serenidad y de una solitaria autosuficiencia. La única forma de notar dicha discordia
interior era el gesto que hacía al apartar ligeramente el rostro, como si nadie pudiese llegar a ser su amigo o siquiera
alguien digno de su confianza. Exceptuando este detalle, su
4 5
semblante era bastante agradable. A menudo lucía una expresión irónica. Su rictus habitual era el de una persona absorta
y concentrada. Los pómulos, finos, alargados y bajos, lo identificaban como un miembro de la tribu xhosa o de la zulú.
Cerca de mediodía, cuando hubo un momento de sosiego
de aquel lamento de las sirenas, el anciano propietario de la
choza abrió la puerta y dejó entrar un haz de luz. Llevaba en
las manos un cuenco humeante de gachas espesas. El hombre, para entonces, tenía ya un terrible dolor de estómago y
la visión de la comida, en principio, no le agradó.
—¿Cómo estás, joven? —preguntó el anciano.
—Estoy bien —mintió el hombre. No le parecía digno
admitir que tenía problemas de estómago.
—Te he traído un poco de comida —dijo el anciano.
—Gracias —respondió el hombre—. Pero ¿sería posible
salir un rato y estirar las piernas? —Necesitaba deshacer los
nudos dolorosos que sentía en el estómago.
—No es seguro —aseveró el anciano—. No puedo garantizar que no haya algún espía. Si te cogen aquí, esto dejará
de ser seguro para los que vengan después. Y yo también iría
a la cárcel.
El joven estaba doblado sobre la banqueta tallada en la
que estaba sentado y el anciano pensó que quizá tuviese frío.
—¿Por qué no tomas un trago de brandy? —preguntó en
tono comprensivo—. Conozco un sitio aquí cerca, puedo pedir que me traigan un poco.
El hombre levantó la cabeza, aliviado, y asintió. Sacó un
billete de una libra y se lo dio al anciano. Este sonrió. Aún no
había coincidido con un solo fugitivo que no necesitara un
trago. Además, con un poco de brandy en el cuerpo pronto
se arrancaban a hablar y a él le gustaba escuchar todo tipo de
historias. Las almacenaba hasta el día en que pudiera tener la
libertad de sorprender a toda la aldea con su vasto acerbo de
5
información acerca de los fugitivos. Cerró la puerta y se alejó
arrastrando los pies. Se oía un murmullo de voces de mujeres
y también música y canciones. Un niño rompió a llorar con
fuerza. Los hombres se reían, y el hombre de la choza se
sorprendió por un momento de que una aldea entera pudiera
vivir con el lamento de unas sirenas que tantos nudos le habían formado a él en el estómago. Pronto, el anciano volvió
arrastrando los pies de nuevo. Ahora que el alivio estaba al
alcance de su mano, se fijó en cómo, una vez que el anciano
abrió la puerta, las motas de polvo del suelo de tierra se levantaban, brillaban y bailaban a la luz del sol. No había traído
solo el brandy, sino también otro cuenco de comida para él. A
aquel joven en la penumbra le gustó que el anciano no cerrara
la puerta, porque en cuanto hubo dado unos cuantos tragos
cautelosos de la botella, pudo distinguir con claridad el patrón de la danza entrecruzada y leve del polvo iluminado por
el sol. El ritmo lento y casi apasionante le aflojó los nudos del
estómago y, casi inconscientemente, sonrió para sí al percibir
el repentino y cálido destello de alivio que se expandió por
su abdomen.
Al notarlo, el anciano dijo:
—Dime, joven, ¿cómo te llamas?
—Makhaya —contestó el hombre.
El anciano abrió los ojos de par en par, perplejo. Ni el
sonido ni el significado del nombre le eran familiares. Las
tribus que dominaban el norte del Transvaal hablaban tsuana.
—No conozco el nombre —declaró el anciano, sacudiendo la cabeza.
—Es zulú —dijo el joven—. Soy zulú. —Y profirió una
risa sarcástica al pensar en que acababa de definirse como
zulú.
—Pero hablas tsuana con fluidez —insistió el anciano.
El joven, ya bastante ebrio, habló con ligereza.
6 7
—Sí, los zulús somos así. Desde los días de Shaka, asumimos que el mundo entero nos pertenece; por eso nos preocupamos por aprender las lenguas de todos los hombres. Pero
una cosa, anciano, a mí no me importan las cuestiones tribales. A mis padres sí, por eso me endosaron este nombre tan
ridículo. Por qué no me llamarían Samuel o Johnson, si yo no
sigo las tradiciones tribales.
—¡Jo! —exclamó el anciano, usando una expresión tsuana
que denotaba sorpresa—. ¿Y qué tiene de malo la tribu?
—Podría pasarte toda una lista de quejas. Ahora no tengo
tiempo para detenerme a exponerlas… —Hizo una pausa,
intentando recopilar sus pensamientos entre la bruma de
brandy que le nublaba ya el cerebro—. Makhaya —dijo—.
Ese nombre tribal no me pega. Le vendría bien a alguien que
se quedara en su país, pero me lo pusieron a mí y aún no he
tenido un día de paz y satisfacción en toda mi vida.
—Eso es por la educación —declaró el anciano, asintiendo con gesto sabio—. No deberían haberte dado ninguna
educación. Quita esa pizca de educación y serás lo suficientemente feliz como para pedirle a tu madre que te busque
una muchacha de la tribu y que os deje labrar la tierra. La
educación es lo único que aleja a un hombre de su tribu.
La conversación amenazaba con derivar hacia una gran
digresión sin sentido. Como buen relator de historias que
era, el anciano la recondujo a los asuntos que importaban en
aquel momento. ¿Por qué estaba allí el joven? ¿De qué huía?
¿Una pena de cárcel, quizá?
El joven lo miró con suspicacia.
—Acabo de salir de la cárcel —dijo. Cerró la botella de
brandy y cogió el cuenco de gachas. Entonces, la ansiedad
pareció asaltarlo de nuevo, porque volvió a dejar el cuenco,
rebuscó algo en el bolsillo interior del abrigo y sacó un trozo de papel. Encendió una cerilla y quemó el papel. Luego
7
cogió el cuenco de gachas y no dijo una sola palabra más. El
anciano tuvo que sacar sus propias conclusiones. Quizá los
trozos de papel y las penas de cárcel eran una única cosa en
la cabeza del joven. ¿Por qué había dado tal respingo al pensar en ese trocito de papel? ¿Y qué era toda aquella diatriba
acerca del tribalismo? ¿Qué pasaba con el hombre blanco, el
único enemigo reconocido de todo el mundo?
—¿Y no tienes quejas acerca del hombre blanco? —preguntó el anciano, tratando de sonsacar algo de información
de aquella boca cerrada a cal y canto.
El joven se limitó a apartar el rostro ligeramente, aunque
una sombra de risa bailó en sus ojos.
—Ah, ya veo —dijo el anciano, fingiendo decepción—.
Huyes del tribalismo. Pero ante ti tienes el peor país tribal
del mundo. Los barolong somos vecinos de los botsuanos,
pero no nos llevamos bien con ellos. Son unos zoquetes que
no piensan más allá de esta puerta. El tribalismo, para ellos, no
es más que carne y bebida.
El joven se echó a reír.
—Vamos, señor —dijo—. Solo quiero pisar tierra libre.
No me importa la gente. No me importa nada, ni siquiera el
hombre blanco. Quiero sentir lo que es vivir en un país libre;
quizás entonces algunos de mis demonios se corrijan solos.
El lamento de las sirenas acercándose sonó de nuevo. Una
vez hubieron pasado de largo, el anciano salió de la choza y
cerró la puerta tras de sí. Makhaya se quedó a solas con sus
pensamientos y, al ver que amenazaban con atormentarle,
siguió nublándolos con un poco de brandy que bebió directamente de la botella.
El sol se ponía temprano en invierno y para las siete ya era
noche cerrada. Makhaya se preparó para cruzar en dirección
al trozo de tierra de nadie. Las dos vallas fronterizas consistían en sendas alambradas de espinos, fuertes y tensas, de
8 9
más de dos metros de altura cada una. Esperó en la choza
hasta que oyó pasar el furgón patrulla. Entonces se quitó el
pesado abrigo que llevaba puesto y lo guardó en una gran
bolsa de piel. Salió de la choza y lanzó la bolsa por encima
de la valla, agarró el alambre con firmeza y saltó al otro lado.
Recogió la bolsa y corrió todo lo deprisa que pudo hasta alcanzar la segunda valla, donde repitió la maniobra. Ya estaba
en Botsuana.
En su ansiedad por alejarse lo más rápido posible de la
frontera, apenas notó el intenso y penetrante frío de la noche
helada. Corrió durante casi media hora ciego, sordo y ajeno
a todo excepto a su mayor miedo. El lamento de la sirena le
hizo pararse en seco. Sonaba cerquísima y temió que su ritmo
atronador lo hubiese delatado. Pero las luces del furgón pasaron de largo y supo, por la frecuencia de paso de la patrulla a
lo largo del tortuoso día, que tenía otra media hora de seguridad por delante. A medida que se relajaba un poco, se dio
cuenta de que había estado aspirando enormes bocanadas
de aire helado y que los pulmones le ardían de dolor. Sacó
el grueso abrigo de la bolsa y se lo puso. También dio varios
sorbos con cuidado a la botella de brandy y después prosiguió
su camino aminorando el ritmo.
No había dado más que unos pocos pasos cuando volvió a
detenerse en seco. Por todas partes se oían sonidos de cascabeles, miles y miles de cascabeles que tintineaban sin parar
con un ritmo resuelto y monótono. No obstante, no había
ningún ser vivo a la vista que explicara de dónde provenía
el sonido. Estaba seguro de que tanto a su alrededor como
delante de él no había más que árboles, matas de espinos que
le rasgaban la ropa cada vez que las rozaba. Pero ¿cómo se
explicaba entonces aquel sobrenatural sonido de cascabeles
en un páramo aparentemente yermo?
Dios, me estoy volviendo loco, pensó.
9
Elevó la mirada hacia las estrellas. Estas parpadeaban
levemente, en silencio. Incluso acertó a distinguir la disposición de las estrellas que formaban las constelaciones
meridionales. Si su mente sufría un desorden a causa de la
tensión de aquel día, ¿no debería ver las estrellas desordenadas también? ¿No debería verlo todo desordenado una persona que hubiese perdido la razón? Sacudió la cabeza, pero
los cascabeles prosiguieron su monótono y rítmico tañido.
Conocía historias horribles acerca de círculos tribales y chamanes que celebraban sus ritos macabros por las noches.
Pero los chamanes eran humanos y nada debía temerse de
los seres humanos, por extraños y perversos que fueran. El
hecho de considerar aquello como una explicación factible a los cascabeles le devolvió el equilibrio y continuó su
camino, alerta por si veía las hogueras o las chozas de los
chamanes.
Pronto vio un fuego entre los matorrales, un atisbo de luz
en aquella abrumadora oscuridad. Avanzó hacia él y, a medida
que se acercaba, el chisporroteo parpadeante alumbró la forma de dos chozas de barro y las siluetas de una mujer y una
niña. Fue la mujer quien levantó la vista al percibir el ruido
de los pasos que se acercaban. Él se quedó quieto, pues no
quería asustarla. Parecía muy mayor. Tenía los ojos pequeños
y completamente hundidos entre las arrugas del rostro. Junto a ella había una niña de unos diez años que mantenía la
cabeza inclinada mientras hacía dibujos distraídamente en
el suelo con un palo. El joven saludó a la anciana en tsuana;
por educación, la llamó «madre» y empleó un tono suave y
tranquilizador.
Ella no le devolvió el saludo. En lugar de eso, exclamó:
—Sí, ¿qué quieres? —Su voz era chillona, aguda y descontrolada, y le desagradó de inmediato.
—Busco refugio para pasar la noche —dijo él.
10 11
Ella guardó silencio y siguió mirando fijamente en la dirección de donde provenía la voz. Después volvió a hablar con
aquella voz chillona:
—Seguro que eres uno de esos espías del otro lado de la
frontera.
Como él no contestaba, la anciana se agitó y levantó aún
más la voz.
—¿Por qué si no ibas a estar vagando por aquí de noche,
si no fueras un espía? Todos los espías del mundo vienen a
nuestro país. ¡Seguro que eres un espía! ¡Eres un espía!
Los gritos lo pusieron nervioso. La frontera estaba aún
muy cerca y en cualquier momento pasaría el furgón patrulla.
—¿Cómo puedes avergonzarme así? —preguntó con voz
queda y desesperada—. ¿A las mujeres en tu país os enseñan
a gritar a los hombres?
—No estoy gritando —chilló ella, aunque en voz un poco
más baja. Las palabras de él, así como su tono consistentemente suave, estaban empezando a impresionarla.
—Vaya, pues mis oídos deben de estar engañándome,
madre —dijo él, divertido—. Dime si puedes ofrecerme o
no refugio. No soy ningún espía. Solo me he perdido en la
oscuridad.
La anciana de mirada fija no vaciló un ápice. Respondió
en tono cortante:
—Tengo una choza libre. Puedes usarla, pero solo esta
noche. Tendrás que pagarme. Quiero diez chelines.
Estiró una mano vieja y arrugada, fría y curtida por años y
años de trabajo. Él avanzó hacia el fuego y le tendió un billete
de diez chelines. La anciana cogió una banqueta pequeña
que tenía detrás y le dijo:
—Siéntate aquí. La niña barrerá la choza y te pondrá unas
mantas.
11
La niña se levantó obediente y se encaminó hacia una de
las chozas. Él se sentó enfrente de aquel monstruo ordinario y
hosco que seguía mirándolo fijamente. El lamento de la sirena sonó de nuevo, muy cerca, casi detrás de ellos. Le sostuvo
la mirada a la anciana con calma.
—Sé que eres un espía —dijo ella—. Estás huyendo de
ellos.
Él sonrió.
—A lo mejor solo quieres molestarme. Pero, como ves, no
me molesto con facilidad.
—¿De dónde eres? —preguntó.
—Del otro lado de la frontera —contestó él—. Tengo un
contrato para empezar a trabajar en este país mañana.
—¿Por qué no has venido en tren? —preguntó, suspicaz.
—Es que mi hogar está muy cerca, en la aldea barolong
—mintió.
La anciana giró la cabeza y escupió en el suelo, resumiendo así de forma elocuente lo que pensaba de él. Luego apartó
la cabeza como si lo hubiese expulsado abruptamente de sus
pensamientos. Los cascabeles seguían tintineando.
—¿Para qué son esos cascabeles? —preguntó él.
—Los atan al pescuezo del ganado mientras pastan libremente en el bush —respondió la anciana.
No eran más que cencerros, y él se avergonzó al pensar
cómo se había asustado. Sintió ganas de reírse en alto y para
evitarlo trató de entablar una conversación relajada:
—No tengo ganado. Supongo que los cencerros son para
poder localizar a las reses si se pierden, ¿no?
—Claro —dijo ella en tono despectivo—. El ganado se
aleja a mucha distancia para pastar.
Mientras hablaban, la niña había vuelto junto al fuego sin
hacer ruido. Casi sin darse cuenta, miró en su dirección y
se sorprendió al ver que lo miraba fijamente, con los ojos de
12 13
par en par. Había algo en ella que no le pareció en absoluto
infantil y eso no le gustó. Miró de nuevo a la anciana. Esta
volvía a observarlo con intención y le pareció ver un destello
en sus ojos viejos y hundidos.
Dios mío, pensó, menudo par de buitres.
—¿Ya está lista la habitación, madre? —preguntó en voz
alta.
La anciana se giró sin más y señaló una de las chozas.
Él se levantó de inmediato, aliviado ante la perspectiva de
librarse de su desagradable compañía. Encendió una cerilla
para entrar en la choza oscura. Parecía un cobertizo. En un
rincón vio una enorme cesta de grano, y varios recipientes de
barro cocido circundaban la estancia. Habían hecho un hueco en el suelo y lo habían cubierto con varias mantas amplias
y cuadradas, confeccionadas con pieles de animales. Prendió
otra cerilla para ver bien dónde iba a dormir. Al tacto parecía
un terciopelo grueso y suave, un montón de mantas cosidas
con las pieles de cientos de animales salvajes. Se limitó a
quitarse los zapatos y el abrigo, que se echó por encima de
las mantas para abrigarse aún más. La cama bien valía diez
chelines, pues le resultó muy cálida.
Se tumbó bocarriba y miró fijamente hacia la oscuridad,
demasiado tenso como para dormir. Un buen trago de brandy
lo habría dejado fuera de juego, pero no se atrevía a tocarlo.
No se fiaba de la vieja arpía. Parecía saber demasiado sobre
la frontera. ¿Qué le impedía ir hasta allí e informar a la policía? Podía sacarse un dinero, si es que también sabía eso. Le
entraron sudores fríos al imaginársela en la valla, gritando al
paso del furgón. ¿Y aquella niña y su terrible mirada carente
de inocencia? Aguzó el oído y estuvo pendiente de cualquier
movimiento. Durante un rato oyó el murmullo de una conversación, y luego apagaron el fuego. A continuación se abrió
la puerta de la choza de al lado. La vieja arpía tosió un poco.
13
Hubo más murmullos y un breve silencio. Luego la puerta
volvió a abrirse y supo que quien había salido era la niña
porque la vieja arpía seguía tosiendo dentro.
Se quedó inmóvil mientras la niña abría la puerta de su
choza, lentamente y con mucho cuidado, para luego cerrarla
tras ella con el mismo cuidado. Se puso de rodillas sin hacer
ruido y tanteó las mantas hasta alcanzar la cara del joven.
—¿Qué quieres? —preguntó él.
Las manos se apartaron de golpe y se hizo un breve silencio; a continuación, la niña dijo:
—Ya sabes.
—No, no sé —repuso él.
Se quedó callada, como desentrañando lo que acababa
de oír.
—A mi abuela no le importa siempre y cuando me pagues
—dijo al fin.
—Vete —dijo él, avergonzado y humillado—. No eres más
que una niña.
Pero ella se quedó allí sentada sin moverse. No podía soportarlo. Se incorporó, encendió una cerilla, sacó un billete
de diez chelines y se lo dio.
—Aquí tienes el dinero —exclamó con brusquedad—.
Ahora, vete.
Durante el breve resplandor de la cerilla, vio que la niña
abría los ojos de incomprensión, pero finalmente cogió el billete y se marchó. Desde la otra choza, oyó la explicación
quejumbrosa de la niña y la reacción sorprendida y escandalosa de la vieja.
—¿Pero te ha dado el dinero a cambio de nada? —preguntó, fuera de sí—. ¡Es un milagro! ¡Nunca había conocido a un
hombre que no viese a una mujer como un regalo de Dios!
¡Debe de estar loco! ¡Todo este tiempo he sabido que estaba
loco! ¡Cerremos la puerta para protegernos del loco!

Epitafio 3, al marido

Epitafio, de una tumba de Guadalajara:

POSADA1
«A mi marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»

Nubes de lluvia de Bessie Head

Tras la lluvia

Escritora. Nació en 1937, en Sudáfrica, de madre escocesa y padre sudafricano negro. En 1964, se traslada a vivir a Botswana, huyendo del régimen represivo sudafricano. Tras residir 15 años en su país de adopción, el gobierno de Botswana inició trámites para obligarle a volver a Sudáfrica. Esta situación, junto con problemas psiquiátricos heredados de su madre, le llevó varias veces a ser internada en instituciones psiquiátricas, aunque siguió escribiendo y creando algunas de las obras que están consideradas entre las más importantes de la literatura africana en inglés. Murió en Botswana en 1986, a la esdad de 49 años.

Tras dos años en la cárcel, Makhaya cruza la frontera de Sudáfrica a Botsuana sin más ambición que la de encontrar un lugar tranquilo donde vivir. En la aldea de Golema Mmidi se contagia del entusiasmo de Gilbert, un agrónomo inglés con ambiciosos planes de futuro que despierta la ira del cacique local. Los problemas para Gilbert y Makhaya se agravan por una terrible sequía que asola el país y unos prejuicios tribales que se convierten en verdaderos óbices para el progreso de la aldea. Solo contarán con el apoyo de las mujeres, aunque el amor que una de ellas le profesa a Makhaya y la indiferencia de este puede poner en jaque cualquier avance.
La escritora sudafricana Bessie Head es una de las autoras más conocidas y admiradas de las letras africanas, aunque nunca antes se ha traducido ninguna de sus novelas al español. De corte autobiográfico y con una prosa de gran belleza, Nubes de lluvia constituye un relato esperanzador sobre la capacidad que tiene el ser humano de enfrentarse a la arbitrariedad de las costumbres, sanar las heridas del alma y alcanzar satisfacción en los detalles sencillos de la vida.

 

Epitafio 2 -Unamuno-

En la tumba de Miguel de Unamuno:

«Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo»

De Unamuno, Miguel

E-mailImprimirPDF

 

BIOGRAFÍA

Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao en 1864, era hijo de un comerciante indiano. Cursó el bachillerato en Bilbao y en 1880 se trasladó a Madrid para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras, donde obtuvo el doctorado con una tesis sobre el pueblo vasco. De regreso a Bilbao, se dedicó a dar clases particulares, hasta que, en 1891 obtuvo la cátedra de griego e historia de la lengua en Salamanca. Ese mismo año contrajo matrimonio con Concepción Lizárraga.
Vivió unos años de militancia socialista y estuvo afiliado al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) entre 1894 y 1897. En 1914 fue desposeído de su cargo de rector de la universidad por declararse partidario de los aliados. Seis años más tarde, Unamuno fue procesado por escribir un artículo injurioso contra el rey Alfonso XIII. Y en 1924 Unamuno fue destituido de su puesto de rector de la Universidad de Salamanca por el dictador Miguel Primo de Rivera. Fue desterrado a una de las islas Canarias, pero se refugió en Francia. La República le devolvió, en 1931, su cátedra de historia de la lengua española y el rectorado, en el que permaneció a pesar de haberse jubilado en 1934, hasta el comienzo de la Guerra Civil, pero fue desposeído de nuevo por haberse adherido al levantamiento del General Franco. Sin embargo cuando las tropas nacionalistas de Francisco Franco se apoderaron de Salamanca al principio de la Guerra Civil, Unamuno tuvo un grave enfrentamiento con el General Millán Astral ante el grito de éste en la universidad: “¡Muera la inteligencia!” a lo que respondió Unamuno con su famoso: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir”.
Murió repentinamente el 31 de diciembre de 1936.
Unamuno fue un hombre de una personalidad original y desbordante, muy polémica y, a veces, contradictoria, tanto en su pensamiento como en su actividad política. Sus temas predilectos: la inmortalidad, la procreación, la maternidad, la lucha del individuo por realizarse, no eran sino pretextos para la exploración de sus ideas filosóficas. No fue un pensador sistemático sino que sus ideas quedaron esparcidas en ensayos, poemas, novelas y dramas, pero es una de las figuras clave de la Generación del 98, y uno de los escritores más importantes del siglo.

Volver a casa de Yaa Gyasi dos

En clase de Historia
(fragmento de “Volver a casa”, por Yaa Gyasi)

Aquél era el décimo año que daba clase en esa escuela. Todos los
cursos eran iguales. La nueva cosecha de alumnos adornaba el patio
de la escuela: pelo recién cortado, uniformes acabados de
planchar. Llevaban consigo los horarios, los libros, el poco
dinero que sus padres o los habitantes de la aldea habían
conseguido reunir para ellos, y se preguntaban unos a otros a
quien tenían para esta asignatura y para aquélla, y siempre que
uno de ellos respondía el nombre del señor Agyekum, otro contaba
la historia que su hermano mayor o su primo había oído sobre el
profesor de historia.
El primer día del segundo semestre, Yaw observó cómo los
estudiantes nuevos entraban sin prisa. Siempre eran niños
obedientes, escogidos para asistir a aquella escuela por su
inteligencia o su patrimonio, para aprender el libro del hombre
blanco. Por los caminos de losas del patio, en dirección a su
aula, armaban tal escándalo que uno podía imaginárselos en sus
aldeas, luchando y cantando y bailando, antes de saber siquiera
lo que era un libro, antes de que sus familias comprendiesen que
un libro era un objeto que un niño podía querer e incluso
necesitar. Sin embargo, al llegar a la clase, cuando posaban los
libros de texto sobre los pequeños pupitres de madera, se quedaban
en silencio, embelesados. El primer día estaban tan callados que
Yaw oía a los polluelos del alféizar suplicando alimento.
-¿Qué pone en la pizarra?- preguntó
Enseñaba a alumnos de secundaria, casi todos de entre catorce y
quince años, que ya habían aprendido a leer y a escribir en inglés
en los cursos anteriores. Cuando acababa de acceder al puesto,
Yaw le había argumentado al director que debería poder dar clase
en las lenguas regionales de los chicos, pero éste se había reído
de él. Yaw sabía que era una esperanza vana: había demasiados
idiomas para intentarlo siquiera.
Yaw los observó. Siempre era capaza de adivinar qué chaval
levantaría la mano primero por la forma en que se echaba hacia
delante en el asiento y miraba a los lados para ver si algún otro
desafiaba su deseo de ser el primero en hablar. En esa ocasión,
la alzó un chico muy menudo llamado Peter.
-Pone: “La historia es contar historias”- repitió Yaw.
Recorrió los pasillos entre las hileras de pupitres asegurándose
de mirar a todos los alumnos a los ojos. Cuando acabó, se quedó
al fondo de aula para que los chicos tuviesen que volver a la
cabeza para verlo, y preguntó:
-¿Quién quiere contar la historia de por qué tengo esta cicatriz?
Los alumnos se revolvieron en los asientos, sus brazos y piernas
flácidos y temblorosos. Se miraban, tosían, apartaban la vista.
-No seáis tímidos- instó Yaw con una sonrisa, y asintió para
animarlos.
>>¿Peter?
El chico, que hacía apenas unos segundos estaba tan dispuesto a
hablar, le lanzó una mirada suplicante. El primer día con un nuevo
grupo de alumnos siempre era el favorito de Yaw.
-¿Señor Agyekum?
-¿Qué historia has oído contar acerca de mi cicatriz?-preguntó el
maestro sin dejar de sonreír y con la esperanza de aliviar el
miedo creciente del niño.
Peter carraspeó y agachó la cabeza.
-Dicen que usted nació del fuego –empezó-. Y por eso es tan listo.
Porque el fuego lo iluminó.
-¿Alguien más?
Un chico que se llamaba Edem alzó la mano con timidez.
-Dicen que su madre estaba luchando contra los espíritus malignos
de Asamando.
Entonces habló William:
-Yo he oído que su padre estaba tan apenado por la pérdida de los
asante que maldijo a los dioses y éstos se vengaron.
Otro llamado Thomas:
-A mí me han dicho que se lo hizo usted mismo para tener algo de
que hablar el primer día de clase.
Todos los chicos rompieron a reír, y Yaw también tuvo que disimular
lo gracioso que le había parecido. Sabía que se había corrido el
rumor sobre aquella clase; los mayores contaban a los jóvenes qué
esperar de él.
Aun así, continuó y regresó hacia el frente de la clase para mirar
a sus alumnos, los chicos más inteligentes de la incierta Costa
del Oro, que estaban allí para aprender el libro de los blancos
de un hombre con la cara marcada.
-¿Cuál de todas es la historia correcta?- les preguntó a todos.
Los demás escudriñaron a los que habían respondido la pregunta
anterior como si al sostener una mirada pudiesen decidir a quienes
serían leales, emitiendo su voto con los ojos.
Al final, cuando lo murmullos se acallaron, Peter levantó la mano.
-Señor Agyekum, no podemos saber cuál es la correcta. –Miró a sus
compañeros, que empezaban a comprender-. No podemos saber cuál es
la verdadera, porque no estábamos allí.
Yaw asintió. Se sentó en la silla al frente de la clase y estudió
a los jóvenes que tenían delante.
-Ése es el problema de la historia. No podemos conocer aquello
que no hemos visto y vivido de primera mano. Tenemos que fiarnos
de la palabra de los demás. Los que estuvieron presentes en los
días de antaño contaban historias a sus hijos para que ellos
pudieran contárselas a los suyos, y así durante generaciones. Pero
ahora nos encontramos ante el problema de las versiones
contradictorias. Kojo Nyarko decía que cuando los soldados fueron
a su aldea, llevaban chaquetas rojas, pero Kwame Adu contaban que
era azules. ¿Qué historia debemos creer?
Los niños guardaron silencio y lo miraron, a la espera.
-Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su
historia. Por eso cuando estudiáis historia, siempre debéis
preguntaros: “¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué
voz fue silenciada para que esta se oyese?” Cuando hayáis
respondido a eso, debéis encontrar también esa otra historia. A
partir de ahí, empezaréis a hacemos una idea más clara, aunque
aún imperfecta, de la situación.
En el aula no se movía ni un alma. Los polluelos del alféizar
todavía esperaban el alimento y seguían llamando a su madre. Yaw
dejó a los chicos un tiempo para pensar en lo que acaba de decirles
y reaccionar, pero al ver que ninguno lo hacía, continuó:
-Abramos el libro por la página…
Uno de los alumnos tosió. Yaw le levantó la mirada y vio que
William había alzado la mano, así que le hizo una seña con la
cabeza para que hablase.
-Señor Agyekum, todavía no nos ha explicado de dónde viene la
cicatriz.
Gyasi, Y (2017): Volver a casa. Barcelona: Salamandra

Yaa Gyasi

 

Yaa Gyasi:Volver a casa

Primera novela de la escritora estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi, la trama de esta cautivante historia de hondo calado humano se desarrolla en la costa suroccidental de África —la actual República de Ghana— y en Norteamérica desde el siglo XVIII hasta el presente. Hijas de una misma madre y de padres pertenecientes a dos etnias distintas, Effia y Esi son dos hermanas de sangre que nunca llegarán a conocerse. Sus caminos están irremediablemente destinados a separarse: así, mientras Effia es obligada a casarse con un gobernador inglés y a residir en una fortaleza junto a la costa, Esi es capturada y enviada como esclava al sur de Estados Unidos. La narración va trazando, pues, el devenir de las dos ramas de la familia, protagonistas de conmovedoras historias de aflicción, esperanza y superación en el marco de una serie de relevantes acontecimientos históricos: las guerras tribales, el negocio del cacao, la llegada de los misioneros, la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850, la Gran Migración Negra, la lucha por los derechos civiles y el renacimiento de Harlem en los años veinte, hasta llegar a la epidemia de heroína de los setenta.

Recibida con entusiasmo desbordante en Norteamérica, Inglaterra y Francia, la crítica especializada de ambos lados del Atlántico celebró la llegada de una voz nueva, límpida y potente, dotada de un especial talento para acercar al lector el microcosmos de los sentimientos más íntimos del individuo en su desigual lucha ante la aplastante fuerza de la Historia. Una lectura apasionante, diríamos irrenunciable, que sirve de carta de presentación de una nueva generación de autores de origen africano que, sin duda, dejada huella en la literatura de este siglo.

Traducción: Maia Figueroa Evans

LA CRÍTICA

El hombre invisible

 

Hombre Invisible

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.
Gabriel Jiménez Emán

 

Tomado del fb

La gorra, de Kaveri

Nadie logró dar con una explicación lógica para el sorprendente hecho, pero el día que Nando, el cartero del barrio, fue atropellado por un tranvía, iba vestido únicamente con su gorra.

cartero.

Epitafios-1 J.S. Bach

En la tumba del compositor alemán Johann Sebastian Bach(1685-1750) reza el siguiente epitafio: «Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga».

La irreverencia

Levantarse temprano, sin que aclare el día, es para masoquistas. Eso pensaba al vestirme meticulosamente de blanco y tomando apresuradamente café con algún bizcocho. Apenas abría la mañana y las avenidas lucían solitarias, uno que otro despistado se cruzaba. Aún, en fila tenía algunos bostezos. Antes de llegar al hospital, me detuve. Es un crucero peligroso, por ser el paso obligado de las ambulancias. El día se había despintado y el cielo azul emergía, me dije, habrá un sol de poca madre y recién terminaba de soltar con el pensamiento la posible realidad, cuando, salió de alguna fisura un relámpago haciendo un zigzag iridiscente. Me salpicó de un verde naranjo y un amarillo crisantemo. Arriba estaba el desmadre, caían en avalancha gritos estridentes que rompían la quietud. Parecido al que se escucha, cuando se cae toda la vajilla del trastero. Un instante glorioso; admirar el vuelo de los cotorros, serpentinas tornasoladas, borrachos de vida, sin respetar el rojo de los semáforos, ni el silencio obligatorio de los hospitales.
Sonriente, atendí a los enfermos.

parvada

 

Nawal El Saadawi -Egipto-

Nació en el seno de una familia acomodada de Egipto, y muy joven sufrió la mutilación de los órganos genitales. Estudió Medicina en la Universidad de El Cairo, donde se graduó en 1955. Trabajando como médica en Kafr Tahl pudo observar las dificultades y desigualdades que enfrentan las mujeres rurales. Después de intentar proteger a una de sus pacientes de la violencia doméstica, fue enviada a El Cairo. Allí consiguió ser directora de Salud Pública. El Saadawi, sin embargo, fue despedida de su cargo en el Ministerio de Salud por sus actividades políticas, que también le costaron los cargos de jefa de redacción de un diario de salud y de secretaria general adjunta de la Asociación Médica de Egipto.
Entre 1973 y 1976 trabajó en la investigación de la neurosis en las mujeres en la Universidad Ain Shams, y entre 1979 y 1980 fue asesora de las Naciones Unidas para el Programa de la Mujer en África (CEP) y de Oriente Próximo (CEPA). Polémica y peligrosa para el Gobierno egipcio, fue encarcelada en 1981 por su oposición a los Acuerdos de Paz de Camp-David entre Egipto e Israel del presidente Anwar al Sadat. En 1991, tras recibir amenazas de muerte de los islamistas, se exilió en Estados Unidos y empezó a trabajar de profesora en la Universidad de Washington. En 1996 regresó a Egipto, donde ejerce su activismo en favor de los derechos de las mujeres, especialmente mediante su obra escrita.
NawalElSaadawi-450x450

 

Libros Publicados

Mujer en punto cero

Nawal El Saadawi

Revocación de Imbolo Mbue -Camerún-

Autora Invitada, Imbolo Mbue 

La publicación de esta historia en castellano ha sido posible gracias a una colaboración entre la revista camerunesa Bakwa, el blog Literafricas y Afribuku, con el permiso de su autora, Imbolo Mbue. 

– Cuando muera, no me llevéis de vuelta a casa -dijo papá-. Enterradme aquí mismo.

Me incorporé en la cama y me restregué los ojos, mirando rápidamente mi teléfono.

– Papá  -susurré-, ¿qué es lo que pasa? Son las dos de la mañana.

– Necesito que sepas esto ahora mismo -dijo-. No consigo dormir. Hagas lo que hagas, no lleves mi cuerpo de vuelta a Camerún.

Miré a través de la oscuridad de mi cuarto, al tiempo que la luz de una ambulancia lo iluminaba brevemente al pasar. Eché una mano hacia la lámpara pero la retiré antes de alcanzarla, decidiendo que la oscuridad era mejor para una conversación como esa.

– ¿Qué dijo el doctor ayer en el control? -pregunté-. ¿El medicamento para la tensión ha vuelto a dejar de funcionar?

– No, nada de eso. Me dijo que tal y como estoy puede que siga viviendo hasta ver cómo la gente va hasta Marte solo para cenar.

No reí. Él tampoco, aunque claramente había hecho la broma para sí mismo.

– Papá, tengo que estar en el trabajo a las seis de la mañana, así que por favor dime ahora mismo por qué me llamas en medio de la noche para darme estas instrucciones tan extrañas.

No respondió inmediatamente.

– Me lo vas a decir ahora, ¿o quieres que vaya conduciendo hasta Brooklyn mañana…?

Mi padre suspiró.

– Yo solamente…

Seguí esperando.

– Quiero quedarme aquí contigo y con tu hermana. En Camerún ya no me queda nada.

– No nos queda nada a ninguno de nosotros en Camerún, papá. Solo la tumba de mamá. Y las tumbas de la abuela y el abuelo. ¿Me estás diciendo que no quieres que te entierren junto a ellos?

– Por favor, no intentes avergonzarme. No es lo que necesito.

– ¡No te estoy intentando avergonzar! Cuando mamá murió estuvimos tres días de viaje y conduciendo por esa carretera horrible para poder enterrarla en el pueblo donde naciste. Y yo haré lo mismo por ti, porque si hay algo que me has repetido una y otra vez es que un hombre tiene que ser enterrado en su pueblo, entre su gente.

– Yo voy hasta la tumba de tu madre cada noche. Me siento allí y le digo buenas noches antes de cerrar los ojos. Todas las noches lo hago.

Resopló y durante unos segundos no dijo nada.

Me quedé callada también, imaginándolo sentado solo en su cama, con las luces apagadas, hablándole al aire, esperando que de alguna manera sus palabras volasen por encima de cuerpos de agua y de colinas y mesetas y valles y llegase hasta la tumba de mamá. Ninguno de nosotros había estado allí después de haberla enterrado, diez años atrás. Ninguno de nosotros había vuelto a visitar Camerún desde entonces.

– Te lo prometo, papá, te llevaré de vuelta a casa y te enterraré justo al lado de mamá. Si me estás diciendo todo esto porque no quieres que pase por tantas molestias por ti…

– Estoy diciéndotelo porque es lo que quiero. Quiero que me entierren aquí mismo en Brooklyn.

– ¿Me estás diciendo que quieres que te entierren al lado de desconocidos, cuando hay un sitio preparado para ti justo entre tu mujer y tu madre?

– Sí – dijo con voz suave-. Te estoy diciendo que tú y tu hermana sois todo lo que me queda. Y hasta el día en que os caséis y tengáis niños, e incluso después de eso, no quiero que estéis sin mí. Vuestra madre está allí lejos en el pueblo. No quiero dejaros aquí solas, en el país de otro hombre.

_______

* [N. de la T.] El título original, ‘A Reversal’, podría traducirse como una «inversión», «retirada», «marcha atrás» y «cambio de opinión», entre otras acepciones. De entre ellas, hemos optado por la palabra «revocación» que, en derecho, es la anulación de un acto jurídico, como podría ser el caso de la revocación de un mandato o de un testamento. 

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

*Imbolo Mbue es una escritora camerunesa afincada en Estados Unidos. Con su primera novela, «Behold the Dreamers», considerada como uno de los Libros Notables del Año por el New York Times y el Washington Post, Mbue ha conseguido ser la primera persona africana en ganar el prestigios premio literario PEN Faulkner.

* Esta historia, publicada por la revista Bakwa, fue leída por la autora en la celebración del vigésimo noveno premio PEN Faulkner que tuvo lugar en octubre de 2017. Para leer la historia original en inglés, clic aquí. Traducción al castellano por Ángela Rodríguez Perea.

* Bakwa Magazine es una revista de crítica cultural y literaria. Fundada en 2011 con el objetivo de llenar el vacío de publicaciones literarias en Camerún, Bakwa publica hoy en día acerca de todo tipo de producciones artísticas contemporáneas, además de organizar y participar en diversos proyectos en off.

* Ilustración de portada: Taha Yeasin. Para ver más trabajos de este ilustrador, clic aquí.

‘La revocación’, por Imbolo Mbue

The-Reversal-without-title-620x270

El viaje de David Lagmanovich

Si el lugar al que vamos estuviera cerca, si supiéramos cuál es el destino del viaje, si algún vocero autorizado aclarase cuál es su motivo, si los compañeros de viaje pronunciaran aunque solo fuera una palabra, si hubiera por lo menos algunos bancos para sentarse en esta barca que hace el viaje en medio de la noche, si el batelero no fuera una figura sombría oculta en sus vestiduras talares, tal vez podríamos disfrutar de este viaje que no sabemos cómo empezó, este viaje cuyo final no nos animamos a sospechar.

-salvador-dali-8865-1

Salvador Dalí

Tomado del Fb