Cien años de haiku en español. Homenaje Tablada | Por Hiram Barrios

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Bésame mucho de Consuelito Velázquez

EL FUEGO DE LA PASIÓN Y LA MÚSICA QUE CONQUISTÓ A TODO EL MUNDO
Ricardo Lugo Viñas
Hace más de cien años vino al mundo una mujer que nos dijo, a través de la palabra y la música, cómo se resuelve ese último beso; nos habló del dolor de la separación, de aquella despedida cargada de pasión y del alma envilecida de los enamorados que descubren lo efímero del amor. Su nombre era Consuelo Velázquez, aunque su público prefería referirse a ella con un íntimo y cariñoso “Consuelito”; su canción: Bésame mucho.

 

 

Amor frágil

 

Por supuesto, también existen los que no han experimentado por primera vez el beso de la persona amada. Tal era el caso de Consuelito al componer el afamado bolero que la catapultaría a la fama internacional. La comenzó a escribir en 1938, cuando contaba con apenas veinte años de edad y estaba a punto de concluir su carrera de pianista concertista en el Conservatorio Nacional de Música, en la Ciudad de México. La propia Consuelo lo refiere: “Tenía que estudiar muchas horas al día, ya como descanso me ponía a improvisar una que otra melodía que al día siguiente no recordaba. Ni me interesaba recordarlas porque todavía no me iniciaba como compositora. Un buen día decidí procurar memorizar una de esas cositas que se me ocurrían como descanso mental. Y al día siguiente procuré recordar una que más tarde se llamó Bésame mucho. Digo más tarde porque hice la melodía, la memoricé y algunos años después le acomodé una cierta letra”. Publicaría la pieza tres años después, en plena Segunda Guerra Mundial. Existe una versión sobre que tenía en mente, al momento de componerla, a las parejas que el conflicto bélico separaba.
Pianista extraordinaria
Para ese entonces, Consuelito estaba animada más por el deseo de convertirse en una respetable pianista de música de concierto que por componer. Incluso se avergonzaba de mostrar sus “melodías” en el ambiente de la alta academia en el que se desenvolvía en aquel tiempo.
A finales de 1938, presentó su examen profesional en el Palacio de Bellas Artes. Interpretó La hilandera de Joseph Joachim Raff. Después participó en el curso de Perfeccionamiento de Obras que impartió el connotado pianista chileno Claudio Arrau (1908-1991), con la Sonata para piano número 23 de Beethoven, conocida como Apassionata.
Su interpretación le valió los elogios y el respeto de Arrau, quien escribiría –según lo refiere el investigador Pável Granados– en la partitura de dicha obra: “Para la señorita Consuelo Velázquez, en quien encuentro extraordinarias cualidades pianísticas”.
Su carrera en el ámbito de la música de concierto comenzaba a fluir bien. Ese mismo año, apenas graduada del Conservatorio, recibiría dos importantes ofrecimientos profesionales: incorporarse como solista a la Orquesta Sinfónica Nacional y la invitación a participar en el programa conducido por José Ángel Espinosa, Ferrusquilla, en la recién inaugurada estación radiofónica XEQ, para acompañar a la soprano Irma González. La vida le ofrecía aquellos dos senderos y Consuelito aprovechó ambos.
Sin embargo, pronto se decantaría por ejecutar sus propias canciones y por dedicarse a componer de manera más profesional, pese a ser autodidacta como compositora. Poco a poco se fue entregando de lleno a dicha actividad y abandonó el camino de la música de concierto, aunque en todas sus presentaciones era evidente su veta de concertista y el dominio absoluto que tenía del piano, así como su sensibilidad musical.
En el hit parade
En la XEQ conoció al que sería su marido: Mariano Rivera, director del sello discográfico RCA Victor, que se convertiría en uno de los hombres más poderosos de la industria discográfica mexicana y con quien procreó dos hijos.
En nuestro país cualquiera sabe que el bolero nacional más popular y sonado en el orbe es Bésame mucho. Pero si bien fue escrita entre 1938 y 1941, su popularidad inició en Estados Unidos, en un momento en el que la música mexicana era de las más importantes del mundo y se trasmitía por radio y televisión en ese país. En 1943 fue dada a conocer en Nueva York y en 1944 clasificada como un éxito de ventas, sobre todo por la interpretación de Jimmy Dorsey, con la que comenzaría a alcanzar una gran audiencia.
Un año después sería grabada por vez primera en el extranjero por Andy Russell y también fue una de las canciones más cantadas entre las tropas Aliadas en Asia y Europa durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. En una entrevista que le hiciera Mario Talavera, Consuelito comentó: “Se canta ahora esta canción en toda América, qué digo, en todo el mundo; en Londres, atenuó el ruido de los bombardeos y, según tengo entendido, se hizo la canción predilecta de los soldados que lucharon por la libertad. ¡Es bastante para alcanzar la inmortalidad!”.
En 1949 ingresó al hit parade estadounidense como uno de los más grandes éxitos mundiales y en 1962 el grupo inglés The Beatles la grabaría tres veces. Desde su publicación, Bésame mucho no ha dejado de estar de moda, de ser interpretada por los más jóvenes artistas, de ser “arreglada” y traducida a más y más idiomas, aunque cabe destacar que se traduzca al idioma que sea, se suele conservar en español el estribillo “Bésame, bésamemucho…”.
De esta forma, Consuelito se convirtió en una artista de fama internacional. Nuevamente nos cuenta Pável Granados: “Cuando Consuelo Velázquez visitó Hollywood, en 1944, los rodajes se detuvieron. De los sets salieron los actores y directores a tomarse una foto con la autora de Bésame mucho, la canción que llevaba meses en el hit parade. Walt Disney detuvo la filmación y se tomó una foto con ella. Lo mismo Rita Hayworth, Carmen Miranda, las Andrew Sisters, Gregory Peck e incluso Salvador Dalí, que se encontraba visitando a Disney”.
En México, un sinnúmero de artistas ha interpretado sus canciones, particularmente Bésame mucho, pieza que aparece también en la cinta A toda máquina (Ismael Rodríguez, México, 1951), en voz de Pedro Infante y en inglés, luego de que el personaje encarnado por el actor menciona haberla escuchado en “un disco norteamericano”, y en medio de voces que aluden a Frank Sinatra, cuya interpretación de esa canción es célebre. Además, apareció en el filme Grandes esperanzas (Alfonso Cuarón, EUA, 1998), y como tema principal de la película soviética Moscú no cree en lágrimas (Vladimir Menshov, 1979).
“Se vive solamente una vez”
Consuelo registró 48 canciones, entre las que también destacan Que seas felizAmar y vivir y Franqueza. Buena parte de su vida la pasó en una pequeña casa de la calle de Lancaster, en la Ciudad de México. Fue presidenta de la Sociedad de Autores y Compositores de México, vicepresidenta de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores y diputada por el PRI (1979-1982).
Entre otros reconocimientos, fue nombrada Compositora de América por el Consejo Panamericano de Sociedades Autorales, en 1977 la ONU le otorgó la Medalla de la Paz y en 1989 el gobierno mexicano le concedió el Premio Nacional de Ciencias y Artes.
Murió el 23 de enero de 2005, a la edad de 84 años, y la despidieron con un merecido homenaje en el Palacio de Bellas Artes, escenario donde 67 años atrás había debutado.
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La loca de la casa, Graciela Falvo*

El motor más poderoso para dar fuerza a este diálogo mediante el cual el escritor busca rescatarse y rescatarnos es el de la imaginación.
Esa es la energía que usamos los humanos para poder atravesar unas formas que intentan fijarnos y avanzar a otras no conocidas.
La loca de la casa, llamó Sor Juana Inés de la Cruz a la imaginación.
En escritura es la fuerza cuyo poder es el de trastocar lo ya dicho por ir tras lo que aún no ha podido o sabido decirse.
  • Escritora de Argentina

Cuando llegue la noche de Borgeano, tomado del blog de arena https://wordpress.com/read/blogs/2862430/posts/15571

 

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En estos últimos días he visto algunos artículos que dicen algo así como «Comienza la sexta extinción masiva» o «La ONU advierte que la vida se distinguirán el 2050» (o 2060 según el caso). Es muy probable que esta información sea falsa o exagerada, pero supongamos por un momento que tenga algunos visos de realidad; ¿Qué puede deducirse de ello? De la primera información tenemos que tomar en cuenta un punto importante: si ésta es la sexta extinción masiva quiere decir que antes tuvo otras cinco y, sin embargo, la vida aquí está (de las cinco extinciones anteriores, la peor fue la tercera, la del período Pérmico-triásico, que terminó con el 96% de las especies). La vida es más persistente en la que los seres humanos pensamos y se abrirá paso a través de la sexta extinción masiva. Claro, el punto que es posible que seamos nosotros los que no pasemos esa barrera; y ése es el verdadero temor de algunos. Como bien sabemos el ombligo de los humanos es el verdadero centro del universo y es entonces que muchos se aterrorizan ¿Cómo es que el mundo sobrevivirá sin mí? Ese sin mí no es exagerado; la verdad es que la gente no piensa en la humanidad como concepto ni en sus mejores momentos.

 

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Pues bien, la naturaleza pudo, puede y podrá vivir sin seres humanos (de hecho, lo hizo durante casi toda su existencia); y dentro de poco (más tarde o más temprano tendrá que ocurrir) la humanidad como tal desaparecerá, y será de manera definitiva. ¿Hay que preocuparse por eso? Bueno sí, pero tampoco hay que exagerar con la pérdida. ¿Qué es lo que hay que salvar de la humanidad? Muchos hacen hincapié en la belleza que el hombre ha creado y sacan a relucir la palabra mágica: poesía (y también, en menor grado, sinfonía) y dicen cosas como «¡Pero se perderán todas las poesías y las sinfonías!» o «¡La belleza que el hombre ha creado se perderá en la nada!» y exclamaciones similares. Por una parte tienen un poco de razón quienes así se pronuncian, pero tan sólo un poco. No hay que olvidar que por cada Mozart que ha aparecido han tenido que hacerse presentes varias decenas de millones de seres humanos comunes y corrientes, y por cada Einstein, otro tanto. También hemos creado los elementos complementarios opuestos; es decir, hemos creado a Hitler, Ghengis Khan, Mao Tse Tung, la mayor parte de los presidentes norteamericanos y dos o tres Papas; así que eso de andar contando historia de la humanidad sólo a base de Mozarts y de Szymborkas no es nada justo. Esas son minorías, excepciones, las cerezas del pastel; los demás somos parte de la masa indiferenciada. Por cierto, un punto importante: si la humanidad está a punto de desaparecer, es por sus propios errores; así que eso ya nos demuestra que no somos tan inteligentes como creemos que somos. Así que llegamos a este punto donde la naturaleza está a punto de hacernos caer en el olvido como la plaga que somos y eso es todo. Quién sabe, quizás la próxima vez logre crear una especie realmente inteligente… ¿Se imaginan lo que serán sus poesías y sus sinfonías? Estoy seguro de que eso sí que debería ser preservado.

De Lord Byron a Botswain

Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios.»
de Lord Byron para su perro “Botswain»

George Gordon Byron, 6.º barón de Byron (Londres; 22 de enero de 1788-Mesolongi, Grecia; 19 de abril de 1824), conocido como lord Byron, fue un poeta del movimiento del romanticismo británico, considerado por algunos uno de los mayores poetas en la lengua inglesa y antecedente de la figura del poeta maldito.

una constante búsqueda de la pasión y de la autenticidad.
Su nombre completo era George Gordon Byron; nació en el año 1788, en el seno de una familia de la nobleza inglesa.
Su carácter, ya desde pequeño, se mostraba colérico, generoso y sin duda alguna era lo que se dice un niño temperamental.
Tal vez fuera la influencia de una familia acosada por los escándalos o por su discapacidad física, lo cierto es que su adolescencia fue una continua afirmación de su identidad y de su capacidad para superar cualquier desafío.

De hecho, el defecto físico que padecía –era cojo – afectó profundamente a su sistema de valores. Intentando superarlo, no dudaba en imponerse duras pruebas físicas de las que solía salir airoso gracias a su gran fuerza de voluntad.

Inconformista nato, nunca llevó bien la rígida etiqueta y los convencionalismos de su clase social. Su espíritu libre le hacía olvidar incluso las más sensatas normas de convivencia. Así, a raíz del escándalo que protagonizó por mantener relaciones con su hermanastra, tuvo que huir de Inglaterra, comenzando su periplo por el Sur de Europa, que tiempo después le daría fama mundial.

Su obra poética se enmarca dentro de la tendencia romántica, muy acorde con su personalidad inquieta y viajera. Sus mejores obras son : Childe Harold o Don Juan.
Su mayor fuente de inspiración fueron los países por los que viajó : España, donde conoció el mito de Don Juan que más tarde inmortalizaría en el gran poema del mismo nombre; Italia, donde daría rienda suelta a sus dotes innatas de conquistador; y , sobre todo, en Grecia, donde vivió con auténtica pasión la lucha del pueblo griego contra su opresor turco.

Sin duda Byron había idealizado a la sociedad griega. Cuando llegó allí tal vez esperaba ser recibido con cantos de Homero, pero lo que vio no fue más que una sociedad inculta, atrasada y muy intolerante. A pesar de ello, siguió buscando el ideal de la Grecia clásica, y comenzó a luchar a favor de la Revolución.

Sería allí donde moriría , herido de muerte durante una refriega entre los partisanos griegos, a los que apoyaba, y el ejército turco. Era el año 1824.

Con su muerte prematura entró directamente en la leyenda, tanto por su obra como por su continua búsqueda del ideal romántico de libertad.

Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.

Pues la espada gasta su vaina,
Y el alma desgasta el pecho,
Y el corazón debe detenerse a respirar,
Y aún el amor debe descansar.

Aunque la noche fue hecha para amar,
Y demasiado pronto vuelven los días,
Aún así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.

Byron

MÚSICA Y CEREBRO: por qué disfrutamos la música? — Neurociencias divertidas

¿DESDE CUÁNDO? Es innegable que a los seres humanos nos gusta la música:desde las culturas más primitivas y hasta las generaciones digitales todos y cada uno de los individuos escucha la música, la canta o la baila o todo junto. Y otros individuos la componen para los demás. Los gustos cambian, pero las mutaciones nunca […]

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Leila Slimani: “El hogar es un espacio político, de violencia y de combate”

La ganadora del Goncourt retrata en su cruda ‘En el jardín del ogro’ la vida de una mujer adicta al sexo

Barcelona, 01022019.Entrevista a la escritora Leila Slimani. (Foto: JUAN BARBOSA)
Barcelona, 01/02/2019.Entrevista a la escritora Leila Slimani. (Foto: JUAN BARBOSA) JUAN BARBOSA EL PAÍS

Leila Slimani perturba. Dos veces: por la contundencia de lo que dice; por la serenidad, tan bella como fría, desde donde lo hace. Así son también sus novelas. En la más famosa, el thriller Canción dulce (premio Goncourt, 2016; primera mujer magrebí en ganarlo), inquieta Louise, niñera casi tan perfecta como Mary Poppins, una cara que es “un mar en calma, del que nadie sospecharía los abismos que encierra”; invisible e indispensable, invadirá la casa donde trabaja hasta inundarla de puro dolor. En su obra anterior, El jardín del ogro (su primera novela, que ahora publica en España también Cabaret Voltaire), Adèle, en principio felizmente casada y con un hijo (aunque la maternidad se intuye como estrategia para cortar la tentación de una huida hacia adelante), enlaza un coito salvaje con otro con el primero que encuentra (“no sentía deseo. A lo que aspiraba no era a la carne sino a la situación”).

Hay concomitancias entre aquella Louise y esta Adèle: una pequeña altivez, una vida muy matemática; un hablar parco de frases breves… “Son personajes que no puedo escribir con estilo lírico, piden esa cierta distancia sentimental, algo seco; eso me ayuda también a no juzgarlas. ¿Por qué son así? No percibí las coincidencias; a mí me obsesiona la soledad y para ellas es muy importante: están solas porque no hablan, no se comunican bien con los demás, tienen el convencimiento de que los otros no las entienden ni las van a entender nunca; son mujeres que tienen la sensación de estar solas en el mundo, como los personajes de Albert Camus”, retrata la escritora franco-marroquí, de visita en Barcelona.

TRAS LA INFLUENCIA DE MBAPPÉ

Leila Slimani se va por las mañanas al cine y escribe durante el mediodía. Mientras está con un libro, no lee nada, para que no le influya, dice. “La excepción es Marguerite Duras; no sé por qué, me calma, es lo único”, dice antes de enumerar de corrido a su amados autores rusos y a Toni Morrison y Joyce Carol Oates. Nombrada en noviembre de 2017 representante personal de Emmanuel Macron para la Francofonía (“lo que abordamos queda entre nosotros”) y asidua en los medios, una revista francesa la declaró la persona más influyente de Francia… tras el futbolista Mbappé. “No sigo esas cosas; pero hace unos meses vinieron a verme una chica y un chico homosexual marroquís para ver cómo podían cambiar sus circunstancias; ‘nos gustaría hacer como tú, tener la libertad de tus personajes’, me dijeron; esa influencia sí me interesa”.

Slimani (Rabat, 1981) cita al autor de El extranjero, pero cuando leía En el jardín del ogro, la madre de la escritora (médico, laica como su marido, banquero) le dijo a su hija que le pareció “una Madame Bovary X”. “Es cierto que la temática es un poco trashy cruda y sí, como en la de Flaubert, el marido de Adèle es médico y también viven en Normandía… La escribí pensando en tres personajes: Anna Karenina, Madame Bovary y la Thérèse de François Mauriac; es la mujer burguesa que se aburre y que busca la pasión, que en su caso encuentra en el sexo”. Aunque ni ese frenesí la llena: “Tampoco creo que le ocurra al alcohólico que bebe y bebe o al ludópata que juega sin cesar; ella podría hacer el amor con la humanidad entera y no hallaría satisfacción”. Pero, en cambio, sí parece que el sexo sirve para abolir códigos sociales y legales, lo que emparentaría En el jardín del ogro con el mensaje de la obra de Virginie Despentes. “El sexo es un arma revolucionaria en la medida en que en el sexo todo el mundo es igual, ahí no hay clases sociales; cuando dos personas están juntas unidas por el sexo, mientras mantienen relaciones sexuales todos los códigos sociales desaparecen; uno está fuera de todo rol: sólo es el momento del sexo”.

Adèle, en algunos momentos de una novela de ritmo y prosa cortante que son marca de la casa, da la imagen de una mujer que es también sujeto de provocación sexual, algo que quizá no encajaría en los patrones de movimientos como el Me Too. “Entiendo y acepto el Me Too porque está al lado de los derechos de la mujer, pero no debe interferir en la moral de la sexualidad femenina; toda mujer ha de hacer el amor como quiera y escoger el tipo de erotismo que le plazca; no hay moral para eso. El Me too no entra en mi habitación; en la pareja, si están de acuerdo, hacen lo que quieren; aquí, la clave es el consentimiento”, dice la autora de Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos, en el que recoge crudos testimonios de mujeres de su país, donde el adulterio se penaliza con dos años de cárcel; la actos homosexuales, con tres, y “los que tienen algún poder sostienen el mismo discurso: ‘Haced lo que queráis, pero a escondidas’”.

Aunque quiso estudiar psiquiatría, Slimani, afincada en Francia, rehúye calificar a sus protagonistas, y menos de depresivas: “La psicología de mis personajes se traduce a través de sus actos, se definen por lo que dicen o hacen; pero me gusta que el lector pueda imaginar cualquier cosa con ellos”. Suelen estar encuadrados en matrimonios pequeñoburgueses con hijos, consumiéndose en su autoexplotación laboral: “Están cansados porque están siempre en diversos planos de la vida a la vez y eso es fatigante incluso físicamente; la mayoría de las parejas que conozco están así y en un contexto de crisis, viviendo peor que sus padres al perder poder adquisitivo; es una parte de la sociedad que tiene buenas intenciones, pero que no pueden aplicarlas”.

Se mueven, además, en una violencia latente de baja intensidad y con una sensación angustiosa: uno mismo puede introducir el mal en su propio domicilio. “Hoy, la casa, lo doméstico, es el primer lugar de violencia en el mundo; el hogar es el lugar de la violencia: de hombres sobre mujeres, de padres sobre hijos, de señores sobre el servicio doméstico…. Existe la creencia de que el hogar es un lugar de ternura, de paz y, en cambio, es un espacio político, de combate”, admite. Con El jardín del ogro, pero sobre todo con Canción dulce, Slimani quería demostrar que “la violencia existe por todas partes y que es silenciosa, muchas veces no se ve: violencia es una palabra que se dice, un gesto que se hace, una sonrisa cuando no toca… son pequeñas cosas la que la generan también, no todo es un hombre que se levanta por la mañana y le pega un tiro a su mujer”.

También tiene su punto tristemente agresivo la reducción del amor a “solo paciencia, una paciencia devota, ferviente, tirana, optimista contra toda razón”, como escribe. “El amor, el sentimiento amoroso, no se puede mantener demasiado… Me intimida escribir sobre el amor; es más fácil hacerlo sobre sexo”, dice. Perturbador

https://elpais.com/cultura/2019/03/30/actualidad/1553963847_769991.html

De sepulturas

Es desolador y opresivo sentir que no respiras y en el profundo silencio el roer del gusano espantando el sueño. RGG

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En el muelle de San Blas:Fernando Olvera y Álex González, Maná

Esta es la historia de Rebeca Méndez, a quien llamaban ‘La Loca del Muelle de San Blas’, luego que 1971, en la Playa: «El Borrego» en San Blas, Nayarit, perdió al amor de su vida, ‘Manuel’, quien se adentró en el mar y nunca más regresó.
Dicha historia cobró importancia allá por 1997 cuando el grupo mexicano Maná la utilizó en la canción ‘En el muelle de San Blas’, de su disco ‘Sueños Líquidos’.
Según un historiador, la gente terminó por apiadarse de Rebeca y le llevaban comida, sobre todo porque alguno también perdieron familiares por culpa de esa tormenta.
Rebeca tejía ropa para muñecas y las vendía en la plaza del pueblo, donde vivía a pesar de no tener familia. Dicen que también se dedicaba a trabajar en un restaurante y en algunas casas.
Al ser encontrada por su familia, Rebeca pasó por el cementerio de la marinera, y al ver las cruces creyó que su novio estaba sepultado en una tumba, pero luego le contaron que los que morían en el mar no tenían tumba.
Finalmente, Rebeca falleció en septiembre del 2012 a los 63 años, sus cenizas fueron esparcidas al mar desde el Muelle de San Blas, donde al fin se podrá reencontrar con su amado Manuel.

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Epitafio de Dorothi Parker, escritora (1893-1967)

La escritora y poeta americana Dorothy Parker, se caracterizaba por agregar mucho humor e ingenio a sus escritos y su epitafio no iba a ser menos. En él podemos leer lo siguiente:

“Perdonad el polvo”…

«A los hombres les exijo tres cosas: que sean guapos, implacables y estúpidos»

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Nació el 22 de agosto de 1893 en West EndNueva Jersey, (Estados Unidos).Hija de un judío alemán y de una inglesa.Cursó estudios en el internado del Sagrado Corazón, en Nueva York.
Entre 1916 y 1920 fue crítica literaria y teatral en las revistas Vogue y Vanity Fair, de Nueva York, antes de dedicarse a la literatura.
Autora de libros de poesía, de cuentos y ensayos breves. Sus libros de poesía son Suficiente soga (1926), Muerte e impuestos (1931) y No tan profundo como un pozo(1936). Sus relatos completos se tradujeron al castellano en dos volúmenes: La soledad de las parejas y Una dama neoyorquina. Lectora constante (publicada póstumamente en 1970) comprende las reseñas literarias que escribió para la revista New Yorker de 1927 a 1933 con el seudónimo de Constant Reader.

Dorothy Parker falleció el 7 de junio de 1967, a los 74 años de edad, en la habitación de un hotel neoyorquino.

Estuviste perfectamente bien de Dorothi Parker

El joven pálido se acomodó cuidadosamente en la silla y movió la cabeza a un lado para que el tapiz fresco le aliviara la sien y la mejilla.

-Ay, mi amor -dijo-. Ay, ay, ay, mi amor. Ay.

La muchacha de ojos claros, sentada en el sofá erguida y tranquila, le sonrió vivamente.

-¿Ya no te sientes tan bien como ayer? -dijo ella.

-Qué va, estoy muy bien -dijo él-. Estoy flotando. ¿Sabes a qué hora me levanté? A las cuatro de la tarde en punto. Traté de levantarme, pero cada vez que quitaba la cabeza de la almohada se me iba rodando abajo de la cama. La cabeza que traigo puesta no es la mía. Creo que esta era de Walt Whitman. Ay, mi amor. Ay, ay, mi amor.

-¿Tú crees que con un trago te sentirías mejor? -dijo ella.

-¿Un poco de lo que me noqueó anoche? -dijo él-. No, gracias. Por favor ya nunca vuelvas a mencionarme eso. Estoy muerto. Estoy muerto, completamente muerto. Mira mi mano: tan quieta como un colibrí. ¿Y me vi muy mal anoche?

-Ay, no inventes -dijo ella-, todos estaban iguales. Estuviste muy bien.

-Claro -dijo él-. Estuve de maravillas. Todos deben estar enojados conmigo.

-Por favor, claro que no -dijo ella-. Todos se divirtieron con lo que hacías. Claro que Jim Pierson se enojó un poco a la hora de la cena. Pero la gente lo regresó a su silla y lo calmaron. En las otras mesas ni se dieron cuenta. Nadie se dio cuenta.

-¿Me iba a pegar? -dijo él-. Ay, Dios mío. ¿Qué hice?

-Nada, no hiciste nada -dijo ella-. Estuviste perfectamente bien. Pero ya sabes cómo se pone Jim a veces, cuando se le ocurre que alguien se está metiendo con Elinor.

-¿Coqueteé con Elinor? -dijo él-. ¿Eso hice?

-Claro que no -dijo ella-. Solo estuviste haciéndole chistes, eso fue todo. Le pareciste simpatiquísimo. Ella estaba muy divertida. Solo una vez se desconcertó un poco: cuando le echaste por la espalda el caldo de almejas.

-No, no me digas -dijo él-. Caldo de almejas por la espalda. Cada vértebra como concha. Ay, Dios mío. ¿Qué voy a hacer?

-No te preocupes, ella no te va a decir nada -dijo ella-. Solo mándale unas flores, o algo así. Por eso no te preocupes. No es nada.

-No, si no me preocupo -dijo él-, ni tengo nada de qué apurarme. Estoy muy bien. Ay, mi amor, ay. ¿Y qué otro numerito hice en la cena?

-Ninguno. Estuviste muy bien -dijo ella-. No te pongas así por eso. Todo el mundo estaba fascinado contigo. El maître d’hôtel se apuró un poco porque no parabas de cantar, pero en realidad no le importó. Solo dijo que tenía miedo de que con tanto ruido le volvieran a cerrar el lugar. Pero ni a él le importó. Bueno, estuviste cantando como una hora. Pero después de todo, no fue tanto ruido.

-Entonces me puse a cantar -dijo él-. Un éxito sin dudas. Me puse a cantar.

-¿Ya no te acuerdas? -dijo ella-. Estuviste cantando una tras otra. Todo el mundo te estaba oyendo. Les encantó. Lo único fue que insistías en cantar una canción sobre no sé qué fusileros o qué cosa, y todo el mundo empezó a callarte, pero tú empezabas de nuevo. Estuviste maravilloso. Hubo un rato en que todos tratamos que dejaras de cantar, y que comieras algo, pero no querías saber nada de eso. En serio que estuviste divertido.

-¿Qué, no probé la cena? -dijo él.

-No, nada -dijo ella-. Cada vez que venía el mesero a ofrecerte algo se lo devolvías porque decías que él era tu hermano perdido, que una gitana lo había cambiado por otro en la cuna, y que todo lo tuyo era de él. El mesero estaba doblado de la  risa.

-Seguro -dijo él-. Seguro que estuve cómico. Seguro que fui el Payasito de la Sociedad. ¿Y luego qué pasó, después de mi éxito arrollador con el mesero?

-Pues nada, no mucho -dijo ella-. Te entró una especie de tirria contra un viejo canoso que estaba sentado al otro lado del salón, porque no te gustó su corbata de moño y querías decírselo. Pero te sacamos antes de que el otro se enojara.

-Ah, conque salimos -dijo él-. ¿Pude caminar?

-¡Caminar! Claro que caminaste -dijo ella-. Estabas absolutamente bien. Bueno, la acera tenía una capa de hielo y resbalaste. Caíste sentado con un fuerte golpe. Pero por favor, eso puede pasarle a cualquiera.

-Sí, claro -dijo él-. A la señora Hoover o cualquiera. Así que me caí en la acera. Por eso me duele el… Sí. Ya entendí. ¿Y luego qué? Digo, si te importa.

-¡Vamos, Peter! -dijo ella-. No puedes quedarte sentado ahí y decir que no te acuerdas de lo que pasó después de eso. Creo que solo te viste un poco mal en la mesa; pero en todo lo demás estuviste perfectamente bien, yo sabía que te estabas sintiendo muy bien. Pero desde que te caíste te pusiste muy serio, yo no sabía que tú fueras así, ¿No te acuerdas de cuando me dijiste que yo nunca antes había visto tu verdadero yo? No puedo permitirte, no podría soportar que hayas olvidado ese hermoso paseo en taxi. De eso sí te acuerdas, ¿verdad? Por favor, me muero si no te acuerdas.

-Ah, sí -dijo él-. El paseo en taxi. Ah, sí, de eso sí. Fue un paseo muy largo, ¿no?

-Vueltas y vueltas y vueltas por el parque -dijo ella-. Los árboles se veían tan hermosos a la luz de la luna. Y dijiste que nunca antes te habías dado cuenta de que de veras tenías alma.

-Sí -dijo él-. Yo dije eso. Yo fui.

-Dijiste cosas tan pero tan bonitas -dijo ella-. Nunca me había dado cuenta de todo lo que sientes por mí y no me había atrevido a mostrarte lo que yo siento por ti. Pero lo de anoche, Peter; creo que la vuelta en taxi es lo más importante que nos ha pasado en nuestras vidas.

-Sí -dijo él-. Creo que sí.

-Y vamos a ser tan felices -dijo ella-. Quisiera contárselo a todo el mundo. Pero no sé. Creo que sería más dulce si lo guardamos como un secreto entre nosotros.

-Yo creo que sí -dijo él.

-¿No es muy hermoso? -dijo ella.

-Sí -dijo él-. Fabuloso.

-¡Encantador! -dijo ella.

-Oye -dijo él-, ¿no te importaría que me tomara un trago? O sea, médicamente, ya sabes. Estoy muerto; ayúdame, por favor. Creo que me va a dar un colapso.

-Sí, un trago te va a caer bien -dijo ella-. Pobrecito, qué pena que te sientas tan mal. Voy a prepararte un trago.

-Yo, la verdad -dijo él-, todavía no me explico cómo me sigues dirigiendo la palabra después del ridículo que hice anoche. Yo creo que mi única salida es meterme a un monasterio en el Tíbet.

-¡Estás loco! -dijo ella-. No te voy a dejar ir ahora. Ya deja de pensar en eso. Estuviste perfectamente bien.

De un salto ella se paró del sofá, lo besó con rapidez en la frente y salió corriendo de la  habitación.

El joven pálido la vio alejarse, movió la cabeza lentamente y luego la dejó caer sobre sus manos húmedas y temblorosas.

-Ay, mi amor -dijo-. Ay, ay, ay, Dios mío.

Estuviste perfectamente bien

Eng y Chang* apuntes de los siameses y el alma

La clonación incompleta: Los hermanos siameses
( Publicado en Revista Creces, Enero 1998 )

La clonación sucede normalmente en la naturaleza. Pero a veces esta puede ser imperfecta, como es el caso de los siameses, que es interesante analizar.

La clonación de la oveja Doly, ha sido, sin duda, la noticia más impactante del año 1997. A partir de una célula adulta, fue posible que naciera una oveja igual a la madre, a la que se le extrajo su DNA. Así, teóricamente ambas tendrían igual composición genética. Nadie pudo dejar de pensar que si la clonación había sido posible en una oveja, también tendría que ser posible en los seres humanos, ya que ambas especies son mamíferos. Inmediatamente surgió el rechazo y las peticiones de que se prohibieran tales tipos de experimentos que pudieran realizarse a futuro con seres humanos.

Sin embargo, la clonación sucede normalmente en la naturaleza. Constantemente están naciendo gemelos, a partir de una sola célula fecundada. El hecho es que cuando un óvulo es fecundado por un espermio, se produce la primera división celular y de allí ellas se van subdividiendo rápidamente. Pero puede que suceda que en esa primera división o en algunas de las subsiguientes, se separe una de esas células y a partir de ella se llegue a construir otro ser humano igual al anterior, con igual composición genética.

Pero la naturaleza es muy caprichosa y por razones que no se conocen, en ocasiones los gemelos no llegan a separarse completamente y nacen unidos por diferentes partes del cuerpo. Son los llamados «Siameses». Su nombre deriva de un nacimiento ocurrido en Siam (hoy Tailandia), en el año 1811, con gemelos unidos por el abdomen por tejido blando. Este caso llegó a ser muy famoso, ya que no los separaron y vivieron unidos hasta su edad adulta. Hoy no habría sucedido eso, ya que la cirugía permite separarlos a los pocos días de nacer. Pero estos gemelos permanecieron unidos durante toda su vida, y fueron constantemente exhibidos como fenómenos, con lo que juntaron dinero y fueron famosos. Evidentemente que eran individuos diferentes, ya que a pesar de sus similitudes y de una experiencia común, desarrollaron personalidades muy distintas. Uno tenía muy mal humor y con propensión al alcohol (Eng), mientras que el otro tenía muy buen carácter y era abstemio (Chang). Es decir, a pesar de su igualdad genética su personalidad era diferente. La historia cuenta que los dos se casaron con dos hermanas, y cada uno tuvo diez hijos normales. Las hermanas vivían en dos ciudades diferentes, de modo que los siameses tenían que trasladarse de una casa a otra, alternando la convivencia por semanas. Obviamente que sus vidas en parejas, no tuvieron mucha intimidad (Fig. 1).

Otras veces las uniones de siameses comprometen sectores y órganos más vitales y zonas más extensas del cuerpo. En 1829, nacieron Rita y Christina en Sardinia. Ellas tenían dos cabezas y cuatro brazos, pero una sola pelvis y dos piernas (Fig. 2). También las exhibieron como fenómenos, pero fallecieron siendo lactantes, probablemente debido a los riesgos inherentes a la sobre exposición. En esos tiempos, un periódico de París que relataba el hecho, se preguntaba si se trataba de una sola persona o de dos. ¿Tiene un alma o dos?. Casi todos estaban de acuerdo que eran dos personas diferentes, y por lo tanto debían tener dos almas, ya que tenían dos cabezas. Pero la respuesta no es tan obvia para otros siameses que han nacido con una sola cabeza y dos cuerpos. Así ocurrió en un nacimiento en el año 1851 (Fig. 3).

Más de alguien se ha hecho la misma pregunta, en el supuesto que se llegara a clonar un ser humano a partir de una célula de un individuo adulto. A la luz de los conocimientos actuales la respuesta lógica es que son individuos diferentes, aun cuando posean el mismo DNA nuclear. Sin embargo, genéticamente no serían iguales, ya que el DNA del núcleo es el mismo, pero no así el DNA que poseen las mitocondrias dentro de la célula (DNA que también tiene una función genética), que en este caso sería aportado sólo por el óvulo en el cual se inserta el DNA extraído de la célula adulta. Hay que recordar que la clonación se realiza mediante la extracción del DNA que contiene el núcleo del óvulo, y éste es reemplazado por el DNA proveniente del núcleo de la célula del donante. Es decir, de allí en adelante, el óvulo está aportando el DNA propio de sus mitocondrias, marcando esto la primera diferencia entre el clonado y el donante. Un par de gemelos serían más semejantes entre sí, que si se compara el clonado con respecto a su donante, ya que los primeros no sólo comparten igual DNA nuclear, sino también DNA mitocondrial. En cambio el clonado sólo tendría en común el DNA nuclear. Es decir, frente a la pregunta de que si un ser clonado sería un individuo diferente, obviamente que sí lo es, como lo son los gemelos. Nadie diría que dos gemelos deberían tener la misma alma.

Leva Mimi: MBA — Leva Mimi

¡Felicidades Leva! No siempre el que exige es maestro odioso. Te hace crecer…

 

 

 

¡Lo logramos! Pero llegar hasta aquí no fue fácil….

a través de Leva Mimi: MBA — Leva Mimi

Volver a casa Ya Gyasi

Effia
La noche que nació Effia Otcher, rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante, un fuego hizo estragos en el bosque, junto a la casa de su padre. Avanzó de prisa y se
abrió camino durante varios días. Vivía del aire, dormía en cuevas y se escondía en los árboles. Quemó todo aquello que encontraba, sin preocuparse por la devastación que dejaba a su paso, hasta llegar a una aldea asante. Allí desapareció y se fundió con la oscuridad.
Cobbe Otcher, padre de Effia, dejó a su primera esposa, Baaba, con la recién nacida para evaluar las pérdidas de la plantación de ñame, el preciado cultivo conocido a lo largo y
ancho de su tierra por ser el sustento de tantas familias. Cobbe había perdido siete plantas, y sentía cada pérdida como un golpe que recibían los suyos. Supo entonces que el recuerdo de aquel fuego que había huido después de arder lo acosaría a él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos mientras su linaje perviviera. Al regresar a la choza de Baaba encontró a Effia, la hija de la noche de las llamas, desgañitándose. Miró a su esposa y le dijo:
—Jamás volveremos a hablar de lo que ha ocurrido hoy.
Empezó a rumorearse entre los aldeanos que Effia había nacido del fuego y por ese motivo Baaba no tenía leche. La amamantó la segunda esposa de Cobbe, que tres meses
antes había dado a luz a un varón. Al principio Effia no se agarraba al pezón, pero cuando lo consiguió apretaba tanto las encías que le desgarraba la piel, de manera que la mujer acabó teniendo miedo a alimentarla. Así la niña perdió peso y se convirtió en un pellejo lleno de huesecitos de pájaro, con un gran agujero negro por boca, de donde salía un llanto hambriento que resonaba por toda la aldea, incluso los días que Baaba hacía cuanto podía por sofocarlo cubriéndole los labios con la palma áspera de la mano izquierda.
«Quiérela», le había ordenado Cobbe, como si el amor fuese un acto igual de sencillo que coger comida de un plato de hierro y llevársela a la boca. Por las noches, Baaba soñaba
con dejarla en la negrura del bosque para que el dios Nyame hiciera con ella lo que quisiese.
Effia creció. El verano después de su tercer cumpleaños, Baaba tuvo su primer hijo varón. Lo llamaron Fiifi, y estaba tan rechoncho que en ocasiones, cuando Baaba no miraba, Effia lo hacía rodar por el suelo como una pelota. La primera vez que su madre le permitió sostenerlo en brazos, se le cayó: el bebé rebotó sobre las nalgas, aterrizó de vientre y miró a los que estaban en la habitación sin saber si debía llorar  o no. Decidió no hacerlo, pero Baaba, que en ese momento removía el banku, alzó el cucharón y golpeó con él la espalda desnuda de Effia. Cada vez que levantaba el utensilio del
cuerpo de la niña, le dejaba pedazos calientes y pegajosos de masa que le quemaban la piel, y cuando Baaba hubo acabado, Effia lloraba y chillaba, cubierta de llagas. Desde el
suelo, rodando sobre el vientre de un lado al otro, Fiifi miraba a Effia con ojos como platos, pero sin hacer ningún ruido.

Al regresar a casa, Cobbe encontró a sus otras esposas curando las heridas de Effia y de inmediato comprendió lo que había ocurrido. Baaba y él discutieron hasta bien entrada
la noche, y mientras tanto Effia los oía a través de las finas paredes de la choza. Tumbada en el suelo, la niña dormitaba con fiebre. En sus sueños, Cobbe era un león, y Baaba, un
árbol. El león arrancaba el árbol de la tierra donde estaba  plantado y lo lanzaba contra el suelo, y cuando éste protestaba estirando las ramas, se las arrancaba una a una. Tendido en la arena, el árbol empezaba a llorar hormigas rojas que descendían por entre las grietas de la corteza y se acumulaban sobre la tierra mullida, alrededor de la copa.
Y así empezó el ciclo. Baaba pegaba a Effia. Cobbe, a Baaba. A la edad de diez años, la niña podía recitar la historia de las cicatrices que llevaba en el cuerpo: el verano
de 1764, cuando Baaba le partió unos ñames en el espinazo; la primavera de 1767, cuando Baaba le aplastó el pie con una piedra y le rompió el dedo gordo, que jamás volvió a apuntar hacia el mismo lado que el resto. Todas las cicatrices de Effia tenían una réplica en el cuerpo de Baaba, pero eso no impedía a la madre apalear a la hija, ni al padre apalear a la madre.
Que Effia estuviera convirtiéndose en una mujer bellísima  sólo empeoraba las cosas. Cuando tenía doce años le crecieron los senos: dos bultos que le nacían del pecho, suaves como la pulpa de mango. Los hombres de la aldea sabían que pronto le vendría la primera sangre y esperaban la oportunidad para pedir su mano a Baaba y Cobbe. Los regalos no tardaron en sucederse: uno de los hombres recolectaba vino de palma mejor que cualquier otro, y las redes de pesca de otro vecino jamás aparecían vacías. A punto de hacerse mujer, Effia proporcionaba a la familia de Cobbe un festín tras otro. Ni sus tripas ni sus manos estaban nunca vacías.

En 1775, Adwoa Aidoo fue la primera chica de la aldea a la que uno de los soldados británicos pidió en matrimonio. Tenía la piel clara y la lengua afilada. Por las mañanas, después de bañarse, se frotaba manteca de karité por todo el cuerpo, debajo de los pechos y entre las piernas. Effia no la conocía bien, pero un día que Baaba la había mandado llevar aceite de palma a la choza de la joven, la había visto desnuda. Tenía la piel brillante y lisa, y el pelo majestuoso.

El día que aquel hombre blanco llegó por primera vez, la madre de Adwoa encargó a los padres de Effia que le enseñasen el pueblo mientras la muchacha se preparaba
para él.
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó Effia.
En ese momento corría tras ellos y oyó el «no» de Baaba por un oído y el «sí» de Cobbe por el otro. Ganó el oído de su padre, y pronto se encontró ante el primer hombre blanco
que veía.
—Se alegra de conocerte —dijo el intérprete al tiempo que el hombre blanco ofrecía la mano a Effia. Ella no se la aceptó, sino que se escondió detrás de la
pierna de su padre y lo observó desde allí. El blanco llevaba una chaqueta con una hilera reluciente de botones de oro tirantes por la presión de la panza. Tenía la cara roja, como si en lugar de cuello tuviese un tocón ardiendo; estaba gordo, y de la frente y del labio le caían grandes gotas de sudor. A Effia le recordó a una nube cargada de lluvia: pálido, húmedo e informe.
—Le gustaría ver la aldea, por favor —dijo el intérprete,
y se pusieron en marcha.
La primera parada fue delante de la casa de Effia.
—Aquí vivimos nosotras —anunció la niña al hombre blanco, y él sonrió embobado, con los ojos verdes envueltos en una neblina. No comprendía. Incluso después de que el intérprete se lo tradujera, seguía sin entender.

Cobbe cogió a Effia de la mano y, junto con Baaba, guió al hombre blanco por el recinto.
—En esta aldea —explicó Cobbe—, cada esposa tiene su choza. La comparte con sus hijos. Las noches que el marido debe pasar con ella, la visita en su casa. A medida que le traducían aquello, la mirada del hombre blanco fue aclarándose y de pronto Effia se dio cuenta de que ahora lo contemplaba todo con nuevos ojos. Por fin veía las paredes de adobe, la paja de la techumbre. Continuaron el paseo por el pueblo y le enseñaron la
plaza, las pequeñas barcas de pesca que construían vaciando troncos de árbol y que los hombres cargaban consigo cuando caminaban varios kilómetros hasta la costa. Effia se esforzó por verlo todo con otros ojos; olió el viento salino que le acariciaba los pelillos de la nariz, palpó la corteza áspera y rasposa de una palmera, admiró el rojo intenso de la arcilla que se veía por todas partes.
—Baaba —dijo Effia cuando los hombres se adelantaron unos pasos—, ¿por qué va a casarse Adwoa con este hombre?
—Porque lo dice su madre.
Unas semanas más tarde, el blanco regresó a presentar sus respetos a la madre de Adwoa, y Effia y el resto de los aldeanos se acercaron a ver qué le ofrecía. Acudía con el
precio de la novia, quince libras. También con artículos que algunos asante habían transportado a la espalda desde el castillo. Mientras los sirvientes entraban con telas, mijo, oro y hierro, Cobbe obligó a Effia a ponerse detrás de él.  Después, de regreso a casa, el padre llevó a la joven a un lado y dejó que sus esposas y el resto de sus hijos los
adelantaran.
—¿Entiendes lo que acaba de ocurrir? —le preguntó.
A lo lejos, Baaba cogió a Fiifi de la mano. El hermano de Effia había cumplido once años hacía poco, pero ya era capaz de trepar al tronco de una palmera sin más ayuda que
las manos y los pies descalzos.
—El hombre blanco ha venido a llevarse a Adwoa —repuso Effia.
Su padre asintió.
—Los blancos viven en el castillo de Costa del Cabo.
Desde allí intercambian bienes con nuestra gente.
—¿Como hierro y mijo?
Cobbe le posó la mano en el hombro y le dio un beso en la frente, pero cuando se apartó, su mirada era distante e inquieta.
—Sí, ellos nos dan hierro y mijo, pero nosotros tenemos que darles otras cosas a cambio. Este hombre ha venido de Costa del Cabo a casarse con Adwoa, y después de él vendrán otros a llevarse a nuestras hijas. Sin embargo, para ti, niña mía, tengo otros planes mejores que vivir como esposa de un blanco. Tú te casarás con un hombre de nuestra aldea.
Justo entonces, Baaba se dio la vuelta y Effia la miró a los ojos. La mujer frunció el ceño y ella se volvió hacia su padre para ver si se había dado cuenta, pero Cobbe no dijo
ni una palabra.
Effia sabía a quién elegiría ella como esposo y esperaba de todo corazón que sus padres escogiesen al mismo hombre. Abeeku Badu era el heredero del jefe de la aldea. Alto,
con la piel del color del hueso de un aguacate, manos fuertes y dedos largos y finos que agitaba al hablar como si fueran rayos. Había visitado su casa cuatro veces en el último mes y estaba previsto que esa misma semana Effia y él comiesenjuntos.

Abeeku llevó una cabra. Sus sirvientes cargaron ñames, pescado y vino de palma. Baaba y las otras esposas avivaron los fuegos y calentaron el aceite. El aire se llenó de aromas.
Esa mañana, Baaba había peinado a Effia. Le había hecho dos trenzas largas, una a cada lado de la raya. Con ellas recordaba a un carnero: fuerte, obstinada. Ella misma se había
untado el cuerpo desnudo de aceite y se había puesto oro enlas orejas. Se sentó delante de Abeeku a comer, contenta de ver que él le lanzaba miradas furtivas de admiración.
—¿Fuiste a la ceremonia de Adwoa? —preguntó Baaba
en cuanto hubieron servido a los hombres y las mujeres empezaron por fin a comer.
—Sí, pero sólo un rato. Es una pena que vaya a marcharse de la aldea. Habría sido una gran esposa.
—Cuando seas jefe, ¿trabajarás para los británicos?
—preguntó Effia.

Tanto Cobbe como Baaba le lanzaron miradas reprobatorias, y ella agachó la cabeza, pero enseguida la irguió y vio que Abeeku sonreía.
—Trabajamos con los británicos, Effia. No para ellos.
Eso es lo que significa comerciar. Cuando sea el jefe, continuaremos como hasta ahora, asegurándonos de que el intercambio con los asante y los británicos continúa.
Effia asintió. No estaba del todo segura de qué quería decir aquello, pero a juzgar por las miradas de sus padres, era mejor que mantuviese la boca cerrada. Abeeku Badu era el
primer hombre que llevaban a conocerla, y Effia deseaba con todas sus fuerzas que él la quisiera, pese a no saber aún qué clase de hombre era ni qué tipo de mujer requería. Cuando estaba en su choza, Effia podía preguntar a su padre y a Fiifi todo lo que le apeteciera. Era Baaba quien guardaba silencio y prefería que ella hiciese lo mismo; Baaba, quien la había abofeteado por preguntar por qué no la llevaba a que la bendijesen como hacían otras madres con sus hijas. Sólo cuando no hablaba ni preguntaba nada, cuando se hacía pequeña,
Effia sentía el amor de Baaba, o algo que se le parecía. Tal vez también fuera eso lo que buscaba Abeeku. El joven terminó de comer. Estrechó la mano a todos los
miembros de la familia y se detuvo junto a la madre.
—Avísame cuando esté lista.
Baaba se llevó una mano al pecho y asintió con seriedad.
Cobbe y los demás hombres acompañaron a Abeeku mientras el resto de la familia le decía adiós con la mano.

Esa noche, Baaba despertó a Effia, que dormía en el suelo de la choza. Mientras le hablaba, la joven sentía su aliento cálido en la oreja.
—Cuando te venga la sangre, debes ocultarlo. Tienes
que decírmelo a mí y a nadie más. ¿Entiendes?
Le entregó unas hojas de palma que había convertido en un pliego suave y enrollado.
—Ponte esto dentro y míralo todos los días. Cuando esté manchado de rojo, avísame.

Effia miró las hojas de palma que Baaba le tendía con las manos abiertas. No las aceptó a la primera, pero alzó la vista y distinguió en los ojos de su madre algo que rayaba
la desesperación. Y como esa mirada le suavizaba el rostro y Effia también conocía en carne propia la desesperación, ese fruto del anhelo, hizo lo que su madre le pedía. Todos los días comprobaba el color de las hojas, pero éstas salían siempre del mismo verde blanquecino. Al llegar la primavera, el jefe de la aldea enfermó y todo el mundo empezó a observar a Abeeku con atención para ver si estaba preparado para el puesto. Durante esos meses se casó con dos mujeres: Arekua la Sabia y Millicent, la hija mestiza de una mujer fante y un soldado británico que había muerto de fiebre y había dejado a su esposa e hija muchas riquezas para gastar a placer. Effia rezaba por que llegase el día en que todos los habitantes de su aldea la llamasen Effia la Bella, como hacía Abeeku en las
contadas ocasiones en que les permitían hablar. La madre de Millicent tenía un nombre nuevo que le había dado su marido blanco. Era una mujer oronda y rolliza cuyos dientes centelleaban en la noche oscura de su piel y, cuando enviudó, decidió dejar de vivir en el castillo y regresar al pueblo. Como los blancos no podían dejar dinero en testamento a sus esposas e hijos fante, se lo dejaban a otros soldados y amigos, y éstos pagaban a las mujeres. Así, la madre de Millicent había recibido suficiente dinero para
empezar de nuevo y comprar algo de tierra. Ambas visitaban a Effia y a Baaba a menudo, pues, como decían, pronto iban a formar parte de la misma familia.
Millicent era la mujer de piel más clara que Effia había visto en su vida. La cabellera negra le llegaba hasta la mitad de la espalda, y en los ojos tenía pinceladas verdes. Rara vez sonreía, y hablaba con voz ronca y un acento fante extraño.
—¿Cómo era vivir en el castillo? —preguntó Baaba un día a la madre de Millicent.
Se habían sentado las cuatro a comer cacahuetes y plátanos.

—Estaba bien, sí. Ay, cómo te cuidan esos hombres. Es como si nunca hubieran estado con una mujer. No sé a qué se dedicaban sus esposas británicas. Te digo que mi marido me miraba como si yo fuera agua y él fuego, y todas las noches hubiera que sofocar las llamas.
Las mujeres rompieron a reír. Millicent esbozó una sonrisa furtiva para Effia, y ella quiso preguntarle cómo era con Abeeku, pero no se atrevió. Baaba se acercó a la madre de Millicent, pero aun así Effia oyó:
—Y además pagan un buen precio por la novia, ¿eh?
—Te digo que mi marido le pagó diez libras a mi madre, ¡y eso fue hace quince años! Sí, hermana, el dinero está muy bien, pero me alegro de que mi hija se haya casado con un
fante. Aunque un soldado me ofreciese veinte libras por ella, no sería la esposa de un jefe. Y aún peor: tendría que vivir en el castillo, lejos de mí. No, no, es mucho mejor conseguir a un hombre del pueblo para que tus hijas puedan estar cerca. Baaba asintió y se volvió hacia Effia, que enseguida apartó la mirada.

Esa noche, justo dos días después de su decimoquinto cumpleaños, llegó la sangre. No fue la corriente poderosa de las olas del mar que Effia esperaba, sino un simple hilillo,
gotas de lluvia que caían, una a una, desde el mismo agujero del techo de una choza. Se limpió y esperó a que su padre dejase a Baaba a solas para poder contárselo.
—Baaba —dijo, y le enseñó las hojas de palma teñidas
de rojo—. Tengo la sangre.
Baaba le tapó los labios con una mano.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie.
—Que siga así, ¿me entiendes? Si alguien te pregunta si
ya eres mujer, debes responder que no.
Effia contestó que sí con la cabeza. Se dio media vuelta para marcharse, pero tenía una pregunta ardiéndole en el pecho como si fueran brasas de carbón.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
Baaba le metió los dedos en la boca, le sacó la lengua y
le pellizcó la punta con uñas afiladas.
—¿Quién eres tú para cuestionar lo que te digo? Si no haces lo que te mando, me ocuparé de que jamás vuelvas a hablar. Le soltó la lengua, y durante el resto de la noche Effia notó el sabor de su propia sangre.

A la semana siguiente murió el anciano jefe de la aldea. El funeral se anunció en todas las poblaciones vecinas. Duraría un mes y acabaría con la ceremonia en la que nombrarían jefe a Abeeku. Las mujeres de la aldea preparaban comida
de sol a sol; se fabricaron tambores con la mejor madera y se pidió a los mejores cantores que hicieran oír su voz. Los asistentes al funeral se pusieron a bailar el cuarto día de la estación de lluvias y no descansaron los pies hasta que el suelo quedó seco por completo. Tras la primera noche sin lluvia, Abeeku fue coronado omanhin, jefe de la aldea fante. Lo vistieron con tejidos suntuosos y sus esposas se colocaron una a cada lado. Effia y Baaba se quedaron juntas mirándolo, mientras Cobbe caminaba entre el gentío. De vez en cuando, Effia lo oía murmurar que ella, su hija, la mujer más hermosa del pueblo, debería estar allí con las otras dos.
Como nuevo jefe, Abeeku quería hacer algo grande, algo que llamase la atención sobre su territorio y los convirtiera en una potencia que tener en cuenta. Tras apenas tres
días de mandato, reunió en su casa a todos los hombres de la aldea. Les dio de comer sin parar a lo largo de dos jornadas y los emborrachó de vino de palma hasta que no quedó choza desde donde no resonaran el bullicio de las risas y los gritos exaltados.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Effia.
—No es asunto tuyo —contestó Baaba.

Desde que había empezado a sangrar dos meses antes, Baaba había dejado de pegarle, en pago por su silencio. Algunos días, mientras preparaban la comida para los hombres
o la joven regresaba de buscar agua y miraba a Baaba ahuecar las manos y hundirlas en el cubo, Effia pensaba que por fin se comportaban como correspondía a una madre y una hija. Sin embargo, otros días Baaba fruncía de nuevo el ceño con desdén, y Effia se daba cuenta de que la nueva tranquilidad de su madre era temporal, y su rabia, una bestia salvaje que había logrado apaciguar sólo por el momento.

Cobbe regresó de la reunión con un machete largo. El mango era de oro y llevaba grabadas unas letras que nadie comprendía. Estaba tan borracho que todas sus esposas e
hijos formaron un corro estrecho a su alrededor, a medio metro de distancia, mientras él se tambaleaba y punzaba el aire con el arma afilada.
—¡Vamos a hacernos ricos con sangre! —chillaba.
Arremetió contra Fiifi, que se había metido dentro del
círculo. El muchacho, más esbelto y rápido que cuando era
un bebé rechoncho, giró la cadera y esquivó la punta del
machete por los pelos.
El chico había sido el más joven de la reunión, y todo
el mundo sabía que sería un buen guerrero. Lo veían en su
forma de trepar por las palmeras y de llevar su silencio como
una corona de oro.
Tras marcharse su padre, y una vez estuvo segura de
que su madre dormía, Effia se arrastró hasta donde estaba
Fiifi.
—Despierta —le susurró, y él la apartó.
Incluso medio dormido, era más fuerte que ella. La
joven cayó hacia atrás, pero se levantó con la agilidad de un
gato y se puso en pie.
—Despierta —repitió.
Fiifi abrió los ojos de golpe.
—No me molestes, hermana mayor.
—¿Qué va a pasar? —preguntó ella.
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—Eso es asunto de los hombres.
—Tú aún no eres un hombre —repuso.
—Ni tú una mujer —soltó él—. Si lo fueras, esta noche
habrías estado allí con Abeeku, como su esposa.
A Effia empezó a temblarle el labio. Dio media vuelta
para regresar a su lado de la choza, pero Fiifi la agarró del
brazo.
—Vamos a ayudar a los británicos y a los asante con el
comercio.
—Ah —respondió Effia. Era la misma historia que
había oído de su padre y de Abeeku unos meses antes—.
¿Quieres decir que daremos oro asante y telas a los blancos?
Fiifi le atenazó el brazo.
—No seas boba. Abeeku ha establecido una alianza con
una de las aldeas asante más poderosas. Vamos a ayudarlos
a vender sus esclavos a los británicos.
Y así fue como el hombre blanco llegó a su aldea. Gordos o flacos, rosados o bronceados, iban de uniforme y con
la espada colgando del costado y miraban con el rabillo del
ojo, siempre muy precavidos. Acudían a dar su visto bueno
a las mercancías que Abeeku les había prometido.
Durante los días siguientes a la ceremonia fúnebre del
jefe, Cobbe empezó a inquietarse por la promesa rota de
Effia, pues aún no era mujer. Temía que Abeeku se olvidara
de ella y escogiese a otra joven de la aldea. Él siempre había
dicho que quería que su hija fuese la primera esposa, la más
importante, pero ahora parecía que no podía aspirar siquiera
al puesto de tercera mujer.
Todos los días preguntaba a Baaba qué pasaba con Effia,
y todos los días ella respondía que aún no estaba lista. Desesperado, permitía que su hija visitase la casa de Abeeku
una vez a la semana acompañada por Baaba, para que el
hombre la viese y recordase cuánto le habían gustado su
rostro y su figura.
Arekua la Sabia, la primera de sus esposas, las recibió
cuando llegaron a su choza una tarde.
27
—Por favor, mama —le dijo a Baaba—, hoy no os esperábamos. Han venido los blancos.
—Entonces nos vamos —contestó Effia, pero Baaba la
agarró del brazo.
—Si no os importa, nos gustaría quedarnos —pidió ésta.
Arekua la miró, extrañada.
—Si volvemos demasiado pronto, mi marido se enfadará —arguyó, como si ésa fuera suficiente explicación.
Pero Effia sabía que mentía. Cobbe no las había enviado
allí esa tarde, sino que Baaba se había enterado de que los
hombres blancos estarían allí y había insistido en ir a ofrecer
sus respetos. Arekua se apiadó de ellas y fue a preguntarle a
Abeeku si podían quedarse.
—Comeréis con las mujeres y, si los hombres entran, no
podéis hablar —anunció a su regreso.
Las llevó al interior de la casa, y Effia miró en todas las
chozas por las que iban pasando hasta que llegaron a una
donde las esposas se habían reunido a comer. Se sentó al lado
de Millicent, cuyo embarazo era ya evidente, la barriga baja
y del tamaño de un coco. Arekua había preparado pescado
estofado con aceite de palma, y comieron con las manos
hasta tener los dedos teñidos de color naranja.
Enseguida entró una sirvienta en la que Effia no había
reparado. Era menuda, apenas una niña, y no alzaba la mirada del suelo.
—Mama —le dijo a Arekua—: a los hombres blancos
les gustaría ver la casa. El jefe Abeeku dice que os aseguréis
de estar presentables.
—Rápido, ve a por agua —mandó Millicent.
Cuando la sirvienta regresó con el cubo lleno, todas se
lavaron las manos y la boca. Effia se arregló el pelo: se lamió
las palmas y se frotó con los dedos los rizos diminutos que
tenía alrededor de la frente. Cuando acabó, Baaba la obligó
a colocarse entre Millicent y Arekua, delante de otras mujeres, pero Effia hizo lo posible por empequeñecerse para no
llamar la atención.
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Los hombres no tardaron en llegar. Effia pensó que
Abeeku tenía el porte de un jefe: fuerte y poderoso, como si
fuera capaz de levantar a diez mujeres por encima de la cabeza, hacia el sol. Detrás de él iban dos hombres blancos. Uno
de ellos le pareció el cabecilla, por cómo lo miraba el otro
antes de hablar o de echar a caminar. El jefe blanco llevaba la
misma ropa que sus compañeros, pero la chaqueta y los galones de los hombros tenían más botones de oro relucientes.
Parecía mayor que Abeeku, pues tenía la cabellera castaña
salpicada de gris, pero mantenía una postura erguida, como
se espera de un líder.
—Éstas son las mujeres. Mis esposas e hijos, sus madres
e hijas —dijo Abeeku.
El otro blanco, el más bajo y tímido de los dos, lo
contempló durante la explicación y después se volvió hacia
el jefe blanco y habló en su lengua extraña. El jefe blanco
asintió, sonrió a toda la familia y, mirando con atención a las
mujeres, las saludó una a una en un fante muy pobre.
Cuando le llegó el turno a Effia, ella no pudo reprimir
una risita. El resto de las mujeres le chistaron y se le cubrieron las mejillas de una vergüenza que ardía.
—Aún estoy aprendiendo —se disculpó el jefe blanco
con la mirada fija en Effia.
A oídos de la joven, su manera de pronunciar el fante
producía un sonido feo.
El jefe le sostuvo la mirada durante lo que a ella le parecieron minutos, y notó que el rostro se le calentaba aún
más cuando la expresión de aquellos ojos se tornó algo más
licenciosa. Los círculos oscuros de los iris del hombre blanco
parecían enormes ollas en las que un niño podría ahogarse,
y estaba mirando a Effia así, como si quisiera atraparla allí
dentro, en aquellos ojos profundos. Las mejillas de él no
tardaron en teñirse de rubor. Se volvió hacia el otro hombre
y habló.
—No, no es mi esposa —aclaró Abeeku después de que
el tipo le tradujera, sin tratar de disimular su molestia.
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Effia agachó la cabeza, sonrojada por haber hecho algo
que avergonzase a Abeeku y porque él no pudiese llamarla
«esposa». Humillada también porque no la había llamado por
su nombre: Effia la Bella. En ese momento deseó desesperadamente romper su promesa a Baaba y anunciar que ya era
mujer, pero antes de que pudiese decir ni una palabra, los
hombres se alejaron y, justo cuando el jefe blanco miró hacia
atrás y le sonrió, perdió la determinación.
Se llamaba James Collins y acababan de nombrarlo gobernador del castillo de Costa del Cabo. En menos de una semana, había regresado a la aldea a pedirle a Baaba la mano
de Effia. Cobbe montó en cólera y su rabia llenó todas las
estancias de la casa como una nube de vapor caliente.
—¡Está casi prometida a Abeeku! —gritó a Baaba cuando ella le anunció que consideraría la petición.
—Sí, pero Abeeku no puede casarse con ella hasta que le
llegue la sangre, y llevamos años esperando. Deja que te diga
una cosa, marido; creo que aquel fuego fue una maldición
para ella. Es un demonio que jamás se hará mujer. Piénsalo:
¿qué criatura es tan bella pero no se la puede tocar? Es mujer
en apariencia y, sin embargo, aún no sangra. Pero el hombre
blanco se la llevará de todos modos, porque no sabe lo que es.
Effia había oído al hombre blanco hablar con su madre
durante el día. Como regalo de bodas, le pagaría a Baaba
treinta libras por adelantado y veinticinco chelines al mes
en mercancía para el comercio. Más de lo que Abeeku podía
ofrecer, más de lo que se había ofrecido por cualquier otra
mujer fante en su aldea o en la más cercana.
Durante toda la noche, Effia oyó a su padre caminar de
un lado a otro. Incluso al despertarse, a la mañana siguiente,
el sonido rítmico de sus pisadas en la arcilla endurecida del
suelo seguía presente.
—Hay que conseguir que Abeeku piense que ha sido
idea suya —dijo al final.
30
Así que invitaron al jefe a su casa. Sentado junto a Cobbe, Baaba le expuso su teoría: que el fuego que había destruido tanto patrimonio de la familia había arruinado también a la niña.
—Tiene el cuerpo de mujer, pero su espíritu esconde
algo maligno —explicó Baaba, y escupió en el suelo para
mayor efecto—. Si te casas con ella, no te dará hijos. Si el
hombre blanco se casa con ella, se encariñará con la aldea,
y verás que vuestro comercio prospera.
Abeeku se frotó la barba con suavidad mientras lo pensaba.
—Traedme a la Bella —ordenó al final.
La segunda esposa de Cobbe fue a buscar a Effia. La
joven temblaba y le dolía tanto el vientre que creía que se le
vaciarían las tripas allí mismo, delante de todos los presentes.
Abeeku se levantó para mirarla a la cara. Le recorrió el
paisaje del rostro con los dedos, la cordillera de los pómulos,
las cuevas de la nariz.
—No ha nacido mujer más hermosa —dijo al cabo de
un momento, y se dirigió a Baaba—. Pero veo que tienes
razón. Si el hombre blanco la quiere, puede quedarse con
ella. Será mejor para nuestros tratos con ellos. Y también
para la aldea.
Cobbe, un hombre grande y fuerte, se echó a llorar sin
reparos, pero Baaba se mantuvo erguida. Cuando Abeeku
se hubo marchado, la madre se acercó a Effia y le dio un
colgante de piedra negra que resplandecía como si estuviera
recubierto de polvo de oro.
Se lo puso en las manos y se inclinó hacia ella, hasta que
le tocó la oreja con los labios.
—Llévate esto cuando te vayas —le dijo—. Es un pedazo de tu madre.
Cuando Baaba se apartó, Effia descubrió que detrás de
la sonrisa le danzaba algo que recordaba al alivio.

Gyasi-Yaa

 

 

Anónimo africano:»Los gemelos de una sola cabeza»

Una vez había unos gemelos que solo tenían una cabeza para los dos. Sus
nombres eran Sainey y Sana. A pesar de tener una sola cabeza no estaban
de acuerdo. Sana era fuerte pero obstinado. Sainey era débil pero agudo.
Un día Sana le dijo a su hermano: «Quiero ir a la guerra.» Sainey sabía que
su hermano era tozudo y no quiso escucharle. Por lo tanto le dijo: «Deja
que primero lo consultemos con nuestros padres y nos den su
opinión.Sana les contó su plan. Su madre dijo: «No debéis ir.» Su padre
dijo: «No debéis ir.» Pero Sana estaba decidido a ir. Y Sainey fue forzado a
ir.
A pesar de sus esfuerzos no pudo salvar a su hermano: Sana murió en el
campo de batalla. Y con dolor Sainey cantaba:
Sana, tu madre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Tu padre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Ahora el muerto y el vivo
deben ir en una sola tumba
Oh gente del pueblo
Esto es extraño.
Cogió el cuerpo de su hermano desde el campo de batalla hasta el camino.
Débil, Sainey tuvo que arrastrar el cuerpo. Y de este modo lo llevó hasta su
casa. Los padres se acercaron a ellos. Cuando vieron lo que había
ocurrido, su madre lloró, su padre lloró. La gente del pueblo fue a
consolarles. Y Sainey cantó su canción:
Sana, tu madre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Tu padre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Ahora el muerto y el vivo
deben ir en una sola tumba
Oh gente del pueblo
Esto es extraño.
La gente del pueblo cargó con ellos hasta su campamento. Donde fueron
enterrados en una sola tumba.

siameses

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Leila Slimani

Biografía de

Periodista y escritora franco-marroquí, Leila Slimani nació en Rabat, Marruecos, en octubre del año 1981, se ha consagrado como una de las voces más prometedoras de la literatura francesa del siglo XXI gracias a su segunda novela Canción dulce, galardonada con el Premio Goncourt 2016.

Nacida en una familia burguesa marcada por su diversidad cultural, ya que cada miembro de la misma tenía creencias y una religión diferente pero todos se respetaban, de ahí su gran tolerancia y respeto al ser humano como tal, su sueño es que el mundo sea tan tolerante como lo fue su casa, sus padres le dieron una educación liberal a pesar de estar en un país lleno de restricciones.

Se mudó a París en el año 1999, con tan solo 17 años, donde estudió Ciencias Políticas en el Instituto de Estudios Políticos y se especializó en el ESCP Europe Business School en la rama de medios de comunicación. Ha trabajado en revistas francesas como L’Express y Jeune Afrique, hasta que en 2012 dejó el mundo periodístico para dedicarse por completo a la literatura.

En 2014 escribió su primera novela, Dans le jardin, que aborda el tema de la adicción sexual femenina, consiguiendo muy buenas críticas, pero no fue hasta que publicó Canción dulce (2016) que alcanzó una fama notable al ganar el Premio Goncourt 2016, la obra es un thriller apasionante basado en una historia real donde trata temas como el lugar de la mujer en la sociedad, el dolor y el terror, este libro ha vendido más de medio millón de ejemplares en Francia.

Fragmentos ĺiterarios

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