En clase de Historia
(fragmento de “Volver a casa”, por Yaa Gyasi)

Aquél era el décimo año que daba clase en esa escuela. Todos los
cursos eran iguales. La nueva cosecha de alumnos adornaba el patio
de la escuela: pelo recién cortado, uniformes acabados de
planchar. Llevaban consigo los horarios, los libros, el poco
dinero que sus padres o los habitantes de la aldea habían
conseguido reunir para ellos, y se preguntaban unos a otros a
quien tenían para esta asignatura y para aquélla, y siempre que
uno de ellos respondía el nombre del señor Agyekum, otro contaba
la historia que su hermano mayor o su primo había oído sobre el
profesor de historia.
El primer día del segundo semestre, Yaw observó cómo los
estudiantes nuevos entraban sin prisa. Siempre eran niños
obedientes, escogidos para asistir a aquella escuela por su
inteligencia o su patrimonio, para aprender el libro del hombre
blanco. Por los caminos de losas del patio, en dirección a su
aula, armaban tal escándalo que uno podía imaginárselos en sus
aldeas, luchando y cantando y bailando, antes de saber siquiera
lo que era un libro, antes de que sus familias comprendiesen que
un libro era un objeto que un niño podía querer e incluso
necesitar. Sin embargo, al llegar a la clase, cuando posaban los
libros de texto sobre los pequeños pupitres de madera, se quedaban
en silencio, embelesados. El primer día estaban tan callados que
Yaw oía a los polluelos del alféizar suplicando alimento.
-¿Qué pone en la pizarra?- preguntó
Enseñaba a alumnos de secundaria, casi todos de entre catorce y
quince años, que ya habían aprendido a leer y a escribir en inglés
en los cursos anteriores. Cuando acababa de acceder al puesto,
Yaw le había argumentado al director que debería poder dar clase
en las lenguas regionales de los chicos, pero éste se había reído
de él. Yaw sabía que era una esperanza vana: había demasiados
idiomas para intentarlo siquiera.
Yaw los observó. Siempre era capaza de adivinar qué chaval
levantaría la mano primero por la forma en que se echaba hacia
delante en el asiento y miraba a los lados para ver si algún otro
desafiaba su deseo de ser el primero en hablar. En esa ocasión,
la alzó un chico muy menudo llamado Peter.
-Pone: “La historia es contar historias”- repitió Yaw.
Recorrió los pasillos entre las hileras de pupitres asegurándose
de mirar a todos los alumnos a los ojos. Cuando acabó, se quedó
al fondo de aula para que los chicos tuviesen que volver a la
cabeza para verlo, y preguntó:
-¿Quién quiere contar la historia de por qué tengo esta cicatriz?
Los alumnos se revolvieron en los asientos, sus brazos y piernas
flácidos y temblorosos. Se miraban, tosían, apartaban la vista.
-No seáis tímidos- instó Yaw con una sonrisa, y asintió para
animarlos.
>>¿Peter?
El chico, que hacía apenas unos segundos estaba tan dispuesto a
hablar, le lanzó una mirada suplicante. El primer día con un nuevo
grupo de alumnos siempre era el favorito de Yaw.
-¿Señor Agyekum?
-¿Qué historia has oído contar acerca de mi cicatriz?-preguntó el
maestro sin dejar de sonreír y con la esperanza de aliviar el
miedo creciente del niño.
Peter carraspeó y agachó la cabeza.
-Dicen que usted nació del fuego –empezó-. Y por eso es tan listo.
Porque el fuego lo iluminó.
-¿Alguien más?
Un chico que se llamaba Edem alzó la mano con timidez.
-Dicen que su madre estaba luchando contra los espíritus malignos
de Asamando.
Entonces habló William:
-Yo he oído que su padre estaba tan apenado por la pérdida de los
asante que maldijo a los dioses y éstos se vengaron.
Otro llamado Thomas:
-A mí me han dicho que se lo hizo usted mismo para tener algo de
que hablar el primer día de clase.
Todos los chicos rompieron a reír, y Yaw también tuvo que disimular
lo gracioso que le había parecido. Sabía que se había corrido el
rumor sobre aquella clase; los mayores contaban a los jóvenes qué
esperar de él.
Aun así, continuó y regresó hacia el frente de la clase para mirar
a sus alumnos, los chicos más inteligentes de la incierta Costa
del Oro, que estaban allí para aprender el libro de los blancos
de un hombre con la cara marcada.
-¿Cuál de todas es la historia correcta?- les preguntó a todos.
Los demás escudriñaron a los que habían respondido la pregunta
anterior como si al sostener una mirada pudiesen decidir a quienes
serían leales, emitiendo su voto con los ojos.
Al final, cuando lo murmullos se acallaron, Peter levantó la mano.
-Señor Agyekum, no podemos saber cuál es la correcta. –Miró a sus
compañeros, que empezaban a comprender-. No podemos saber cuál es
la verdadera, porque no estábamos allí.
Yaw asintió. Se sentó en la silla al frente de la clase y estudió
a los jóvenes que tenían delante.
-Ése es el problema de la historia. No podemos conocer aquello
que no hemos visto y vivido de primera mano. Tenemos que fiarnos
de la palabra de los demás. Los que estuvieron presentes en los
días de antaño contaban historias a sus hijos para que ellos
pudieran contárselas a los suyos, y así durante generaciones. Pero
ahora nos encontramos ante el problema de las versiones
contradictorias. Kojo Nyarko decía que cuando los soldados fueron
a su aldea, llevaban chaquetas rojas, pero Kwame Adu contaban que
era azules. ¿Qué historia debemos creer?
Los niños guardaron silencio y lo miraron, a la espera.
-Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su
historia. Por eso cuando estudiáis historia, siempre debéis
preguntaros: “¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué
voz fue silenciada para que esta se oyese?” Cuando hayáis
respondido a eso, debéis encontrar también esa otra historia. A
partir de ahí, empezaréis a hacemos una idea más clara, aunque
aún imperfecta, de la situación.
En el aula no se movía ni un alma. Los polluelos del alféizar
todavía esperaban el alimento y seguían llamando a su madre. Yaw
dejó a los chicos un tiempo para pensar en lo que acaba de decirles
y reaccionar, pero al ver que ninguno lo hacía, continuó:
-Abramos el libro por la página…
Uno de los alumnos tosió. Yaw le levantó la mirada y vio que
William había alzado la mano, así que le hizo una seña con la
cabeza para que hablase.
-Señor Agyekum, todavía no nos ha explicado de dónde viene la
cicatriz.
Gyasi, Y (2017): Volver a casa. Barcelona: Salamandra

Yaa Gyasi