La pequeña aldea barolong se extendía hasta la valla de
la frontera. Una de las chozas estaba construida tan cerca
que una parte de la pared circular rozaba la alambrada. En
el interior de esta choza había un hombre que llevaba allí
sentado desde el amanecer. Estaba esperando a que se hiciera de noche, momento en el que intentaría cruzar el tramo
de aproximadamente un kilómetro de tierra de nadie que lo
separaba de la valla fronteriza de Botsuana y acceder así al
espejismo de libertad que había al otro lado. Corría el mes de
junio, era invierno y hacía un frío lacerante, y las piernas del
hombre eran demasiado largas como para permitirle pasearse por el reducido interior de la choza. Cada media hora, el
furgón patrulla de la policía fronteriza sudafricana pasaba a
toda velocidad acompañado del lamento de la sirena, lo que
le provocaba una sensación incómoda en el estómago.
Si sigo así, pronto tendré dolor de estómago, pensó.
Los nervios tampoco los tenía muy allá, ya que se le alteraban con facilidad debido a las contrariedades de la vida.
De hecho, su fuero interno era un revoltijo caótico, oculto
en gran parte por una fachada de serenidad y de una solitaria autosuficiencia. La única forma de notar dicha discordia
interior era el gesto que hacía al apartar ligeramente el rostro, como si nadie pudiese llegar a ser su amigo o siquiera
alguien digno de su confianza. Exceptuando este detalle, su
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semblante era bastante agradable. A menudo lucía una expresión irónica. Su rictus habitual era el de una persona absorta
y concentrada. Los pómulos, finos, alargados y bajos, lo identificaban como un miembro de la tribu xhosa o de la zulú.
Cerca de mediodía, cuando hubo un momento de sosiego
de aquel lamento de las sirenas, el anciano propietario de la
choza abrió la puerta y dejó entrar un haz de luz. Llevaba en
las manos un cuenco humeante de gachas espesas. El hombre, para entonces, tenía ya un terrible dolor de estómago y
la visión de la comida, en principio, no le agradó.
—¿Cómo estás, joven? —preguntó el anciano.
—Estoy bien —mintió el hombre. No le parecía digno
admitir que tenía problemas de estómago.
—Te he traído un poco de comida —dijo el anciano.
—Gracias —respondió el hombre—. Pero ¿sería posible
salir un rato y estirar las piernas? —Necesitaba deshacer los
nudos dolorosos que sentía en el estómago.
—No es seguro —aseveró el anciano—. No puedo garantizar que no haya algún espía. Si te cogen aquí, esto dejará
de ser seguro para los que vengan después. Y yo también iría
a la cárcel.
El joven estaba doblado sobre la banqueta tallada en la
que estaba sentado y el anciano pensó que quizá tuviese frío.
—¿Por qué no tomas un trago de brandy? —preguntó en
tono comprensivo—. Conozco un sitio aquí cerca, puedo pedir que me traigan un poco.
El hombre levantó la cabeza, aliviado, y asintió. Sacó un
billete de una libra y se lo dio al anciano. Este sonrió. Aún no
había coincidido con un solo fugitivo que no necesitara un
trago. Además, con un poco de brandy en el cuerpo pronto
se arrancaban a hablar y a él le gustaba escuchar todo tipo de
historias. Las almacenaba hasta el día en que pudiera tener la
libertad de sorprender a toda la aldea con su vasto acerbo de
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información acerca de los fugitivos. Cerró la puerta y se alejó
arrastrando los pies. Se oía un murmullo de voces de mujeres
y también música y canciones. Un niño rompió a llorar con
fuerza. Los hombres se reían, y el hombre de la choza se
sorprendió por un momento de que una aldea entera pudiera
vivir con el lamento de unas sirenas que tantos nudos le habían formado a él en el estómago. Pronto, el anciano volvió
arrastrando los pies de nuevo. Ahora que el alivio estaba al
alcance de su mano, se fijó en cómo, una vez que el anciano
abrió la puerta, las motas de polvo del suelo de tierra se levantaban, brillaban y bailaban a la luz del sol. No había traído
solo el brandy, sino también otro cuenco de comida para él. A
aquel joven en la penumbra le gustó que el anciano no cerrara
la puerta, porque en cuanto hubo dado unos cuantos tragos
cautelosos de la botella, pudo distinguir con claridad el patrón de la danza entrecruzada y leve del polvo iluminado por
el sol. El ritmo lento y casi apasionante le aflojó los nudos del
estómago y, casi inconscientemente, sonrió para sí al percibir
el repentino y cálido destello de alivio que se expandió por
su abdomen.
Al notarlo, el anciano dijo:
—Dime, joven, ¿cómo te llamas?
—Makhaya —contestó el hombre.
El anciano abrió los ojos de par en par, perplejo. Ni el
sonido ni el significado del nombre le eran familiares. Las
tribus que dominaban el norte del Transvaal hablaban tsuana.
—No conozco el nombre —declaró el anciano, sacudiendo la cabeza.
—Es zulú —dijo el joven—. Soy zulú. —Y profirió una
risa sarcástica al pensar en que acababa de definirse como
zulú.
—Pero hablas tsuana con fluidez —insistió el anciano.
El joven, ya bastante ebrio, habló con ligereza.
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—Sí, los zulús somos así. Desde los días de Shaka, asumimos que el mundo entero nos pertenece; por eso nos preocupamos por aprender las lenguas de todos los hombres. Pero
una cosa, anciano, a mí no me importan las cuestiones tribales. A mis padres sí, por eso me endosaron este nombre tan
ridículo. Por qué no me llamarían Samuel o Johnson, si yo no
sigo las tradiciones tribales.
—¡Jo! —exclamó el anciano, usando una expresión tsuana
que denotaba sorpresa—. ¿Y qué tiene de malo la tribu?
—Podría pasarte toda una lista de quejas. Ahora no tengo
tiempo para detenerme a exponerlas… —Hizo una pausa,
intentando recopilar sus pensamientos entre la bruma de
brandy que le nublaba ya el cerebro—. Makhaya —dijo—.
Ese nombre tribal no me pega. Le vendría bien a alguien que
se quedara en su país, pero me lo pusieron a mí y aún no he
tenido un día de paz y satisfacción en toda mi vida.
—Eso es por la educación —declaró el anciano, asintiendo con gesto sabio—. No deberían haberte dado ninguna
educación. Quita esa pizca de educación y serás lo suficientemente feliz como para pedirle a tu madre que te busque
una muchacha de la tribu y que os deje labrar la tierra. La
educación es lo único que aleja a un hombre de su tribu.
La conversación amenazaba con derivar hacia una gran
digresión sin sentido. Como buen relator de historias que
era, el anciano la recondujo a los asuntos que importaban en
aquel momento. ¿Por qué estaba allí el joven? ¿De qué huía?
¿Una pena de cárcel, quizá?
El joven lo miró con suspicacia.
—Acabo de salir de la cárcel —dijo. Cerró la botella de
brandy y cogió el cuenco de gachas. Entonces, la ansiedad
pareció asaltarlo de nuevo, porque volvió a dejar el cuenco,
rebuscó algo en el bolsillo interior del abrigo y sacó un trozo de papel. Encendió una cerilla y quemó el papel. Luego
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cogió el cuenco de gachas y no dijo una sola palabra más. El
anciano tuvo que sacar sus propias conclusiones. Quizá los
trozos de papel y las penas de cárcel eran una única cosa en
la cabeza del joven. ¿Por qué había dado tal respingo al pensar en ese trocito de papel? ¿Y qué era toda aquella diatriba
acerca del tribalismo? ¿Qué pasaba con el hombre blanco, el
único enemigo reconocido de todo el mundo?
—¿Y no tienes quejas acerca del hombre blanco? —preguntó el anciano, tratando de sonsacar algo de información
de aquella boca cerrada a cal y canto.
El joven se limitó a apartar el rostro ligeramente, aunque
una sombra de risa bailó en sus ojos.
—Ah, ya veo —dijo el anciano, fingiendo decepción—.
Huyes del tribalismo. Pero ante ti tienes el peor país tribal
del mundo. Los barolong somos vecinos de los botsuanos,
pero no nos llevamos bien con ellos. Son unos zoquetes que
no piensan más allá de esta puerta. El tribalismo, para ellos, no
es más que carne y bebida.
El joven se echó a reír.
—Vamos, señor —dijo—. Solo quiero pisar tierra libre.
No me importa la gente. No me importa nada, ni siquiera el
hombre blanco. Quiero sentir lo que es vivir en un país libre;
quizás entonces algunos de mis demonios se corrijan solos.
El lamento de las sirenas acercándose sonó de nuevo. Una
vez hubieron pasado de largo, el anciano salió de la choza y
cerró la puerta tras de sí. Makhaya se quedó a solas con sus
pensamientos y, al ver que amenazaban con atormentarle,
siguió nublándolos con un poco de brandy que bebió directamente de la botella.
El sol se ponía temprano en invierno y para las siete ya era
noche cerrada. Makhaya se preparó para cruzar en dirección
al trozo de tierra de nadie. Las dos vallas fronterizas consistían en sendas alambradas de espinos, fuertes y tensas, de
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más de dos metros de altura cada una. Esperó en la choza
hasta que oyó pasar el furgón patrulla. Entonces se quitó el
pesado abrigo que llevaba puesto y lo guardó en una gran
bolsa de piel. Salió de la choza y lanzó la bolsa por encima
de la valla, agarró el alambre con firmeza y saltó al otro lado.
Recogió la bolsa y corrió todo lo deprisa que pudo hasta alcanzar la segunda valla, donde repitió la maniobra. Ya estaba
en Botsuana.
En su ansiedad por alejarse lo más rápido posible de la
frontera, apenas notó el intenso y penetrante frío de la noche
helada. Corrió durante casi media hora ciego, sordo y ajeno
a todo excepto a su mayor miedo. El lamento de la sirena le
hizo pararse en seco. Sonaba cerquísima y temió que su ritmo
atronador lo hubiese delatado. Pero las luces del furgón pasaron de largo y supo, por la frecuencia de paso de la patrulla a
lo largo del tortuoso día, que tenía otra media hora de seguridad por delante. A medida que se relajaba un poco, se dio
cuenta de que había estado aspirando enormes bocanadas
de aire helado y que los pulmones le ardían de dolor. Sacó
el grueso abrigo de la bolsa y se lo puso. También dio varios
sorbos con cuidado a la botella de brandy y después prosiguió
su camino aminorando el ritmo.
No había dado más que unos pocos pasos cuando volvió a
detenerse en seco. Por todas partes se oían sonidos de cascabeles, miles y miles de cascabeles que tintineaban sin parar
con un ritmo resuelto y monótono. No obstante, no había
ningún ser vivo a la vista que explicara de dónde provenía
el sonido. Estaba seguro de que tanto a su alrededor como
delante de él no había más que árboles, matas de espinos que
le rasgaban la ropa cada vez que las rozaba. Pero ¿cómo se
explicaba entonces aquel sobrenatural sonido de cascabeles
en un páramo aparentemente yermo?
Dios, me estoy volviendo loco, pensó.
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Elevó la mirada hacia las estrellas. Estas parpadeaban
levemente, en silencio. Incluso acertó a distinguir la disposición de las estrellas que formaban las constelaciones
meridionales. Si su mente sufría un desorden a causa de la
tensión de aquel día, ¿no debería ver las estrellas desordenadas también? ¿No debería verlo todo desordenado una persona que hubiese perdido la razón? Sacudió la cabeza, pero
los cascabeles prosiguieron su monótono y rítmico tañido.
Conocía historias horribles acerca de círculos tribales y chamanes que celebraban sus ritos macabros por las noches.
Pero los chamanes eran humanos y nada debía temerse de
los seres humanos, por extraños y perversos que fueran. El
hecho de considerar aquello como una explicación factible a los cascabeles le devolvió el equilibrio y continuó su
camino, alerta por si veía las hogueras o las chozas de los
chamanes.
Pronto vio un fuego entre los matorrales, un atisbo de luz
en aquella abrumadora oscuridad. Avanzó hacia él y, a medida
que se acercaba, el chisporroteo parpadeante alumbró la forma de dos chozas de barro y las siluetas de una mujer y una
niña. Fue la mujer quien levantó la vista al percibir el ruido
de los pasos que se acercaban. Él se quedó quieto, pues no
quería asustarla. Parecía muy mayor. Tenía los ojos pequeños
y completamente hundidos entre las arrugas del rostro. Junto a ella había una niña de unos diez años que mantenía la
cabeza inclinada mientras hacía dibujos distraídamente en
el suelo con un palo. El joven saludó a la anciana en tsuana;
por educación, la llamó «madre» y empleó un tono suave y
tranquilizador.
Ella no le devolvió el saludo. En lugar de eso, exclamó:
—Sí, ¿qué quieres? —Su voz era chillona, aguda y descontrolada, y le desagradó de inmediato.
—Busco refugio para pasar la noche —dijo él.
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Ella guardó silencio y siguió mirando fijamente en la dirección de donde provenía la voz. Después volvió a hablar con
aquella voz chillona:
—Seguro que eres uno de esos espías del otro lado de la
frontera.
Como él no contestaba, la anciana se agitó y levantó aún
más la voz.
—¿Por qué si no ibas a estar vagando por aquí de noche,
si no fueras un espía? Todos los espías del mundo vienen a
nuestro país. ¡Seguro que eres un espía! ¡Eres un espía!
Los gritos lo pusieron nervioso. La frontera estaba aún
muy cerca y en cualquier momento pasaría el furgón patrulla.
—¿Cómo puedes avergonzarme así? —preguntó con voz
queda y desesperada—. ¿A las mujeres en tu país os enseñan
a gritar a los hombres?
—No estoy gritando —chilló ella, aunque en voz un poco
más baja. Las palabras de él, así como su tono consistentemente suave, estaban empezando a impresionarla.
—Vaya, pues mis oídos deben de estar engañándome,
madre —dijo él, divertido—. Dime si puedes ofrecerme o
no refugio. No soy ningún espía. Solo me he perdido en la
oscuridad.
La anciana de mirada fija no vaciló un ápice. Respondió
en tono cortante:
—Tengo una choza libre. Puedes usarla, pero solo esta
noche. Tendrás que pagarme. Quiero diez chelines.
Estiró una mano vieja y arrugada, fría y curtida por años y
años de trabajo. Él avanzó hacia el fuego y le tendió un billete
de diez chelines. La anciana cogió una banqueta pequeña
que tenía detrás y le dijo:
—Siéntate aquí. La niña barrerá la choza y te pondrá unas
mantas.
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La niña se levantó obediente y se encaminó hacia una de
las chozas. Él se sentó enfrente de aquel monstruo ordinario y
hosco que seguía mirándolo fijamente. El lamento de la sirena sonó de nuevo, muy cerca, casi detrás de ellos. Le sostuvo
la mirada a la anciana con calma.
—Sé que eres un espía —dijo ella—. Estás huyendo de
ellos.
Él sonrió.
—A lo mejor solo quieres molestarme. Pero, como ves, no
me molesto con facilidad.
—¿De dónde eres? —preguntó.
—Del otro lado de la frontera —contestó él—. Tengo un
contrato para empezar a trabajar en este país mañana.
—¿Por qué no has venido en tren? —preguntó, suspicaz.
—Es que mi hogar está muy cerca, en la aldea barolong
—mintió.
La anciana giró la cabeza y escupió en el suelo, resumiendo así de forma elocuente lo que pensaba de él. Luego apartó
la cabeza como si lo hubiese expulsado abruptamente de sus
pensamientos. Los cascabeles seguían tintineando.
—¿Para qué son esos cascabeles? —preguntó él.
—Los atan al pescuezo del ganado mientras pastan libremente en el bush —respondió la anciana.
No eran más que cencerros, y él se avergonzó al pensar
cómo se había asustado. Sintió ganas de reírse en alto y para
evitarlo trató de entablar una conversación relajada:
—No tengo ganado. Supongo que los cencerros son para
poder localizar a las reses si se pierden, ¿no?
—Claro —dijo ella en tono despectivo—. El ganado se
aleja a mucha distancia para pastar.
Mientras hablaban, la niña había vuelto junto al fuego sin
hacer ruido. Casi sin darse cuenta, miró en su dirección y
se sorprendió al ver que lo miraba fijamente, con los ojos de
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par en par. Había algo en ella que no le pareció en absoluto
infantil y eso no le gustó. Miró de nuevo a la anciana. Esta
volvía a observarlo con intención y le pareció ver un destello
en sus ojos viejos y hundidos.
Dios mío, pensó, menudo par de buitres.
—¿Ya está lista la habitación, madre? —preguntó en voz
alta.
La anciana se giró sin más y señaló una de las chozas.
Él se levantó de inmediato, aliviado ante la perspectiva de
librarse de su desagradable compañía. Encendió una cerilla
para entrar en la choza oscura. Parecía un cobertizo. En un
rincón vio una enorme cesta de grano, y varios recipientes de
barro cocido circundaban la estancia. Habían hecho un hueco en el suelo y lo habían cubierto con varias mantas amplias
y cuadradas, confeccionadas con pieles de animales. Prendió
otra cerilla para ver bien dónde iba a dormir. Al tacto parecía
un terciopelo grueso y suave, un montón de mantas cosidas
con las pieles de cientos de animales salvajes. Se limitó a
quitarse los zapatos y el abrigo, que se echó por encima de
las mantas para abrigarse aún más. La cama bien valía diez
chelines, pues le resultó muy cálida.
Se tumbó bocarriba y miró fijamente hacia la oscuridad,
demasiado tenso como para dormir. Un buen trago de brandy
lo habría dejado fuera de juego, pero no se atrevía a tocarlo.
No se fiaba de la vieja arpía. Parecía saber demasiado sobre
la frontera. ¿Qué le impedía ir hasta allí e informar a la policía? Podía sacarse un dinero, si es que también sabía eso. Le
entraron sudores fríos al imaginársela en la valla, gritando al
paso del furgón. ¿Y aquella niña y su terrible mirada carente
de inocencia? Aguzó el oído y estuvo pendiente de cualquier
movimiento. Durante un rato oyó el murmullo de una conversación, y luego apagaron el fuego. A continuación se abrió
la puerta de la choza de al lado. La vieja arpía tosió un poco.
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Hubo más murmullos y un breve silencio. Luego la puerta
volvió a abrirse y supo que quien había salido era la niña
porque la vieja arpía seguía tosiendo dentro.
Se quedó inmóvil mientras la niña abría la puerta de su
choza, lentamente y con mucho cuidado, para luego cerrarla
tras ella con el mismo cuidado. Se puso de rodillas sin hacer
ruido y tanteó las mantas hasta alcanzar la cara del joven.
—¿Qué quieres? —preguntó él.
Las manos se apartaron de golpe y se hizo un breve silencio; a continuación, la niña dijo:
—Ya sabes.
—No, no sé —repuso él.
Se quedó callada, como desentrañando lo que acababa
de oír.
—A mi abuela no le importa siempre y cuando me pagues
—dijo al fin.
—Vete —dijo él, avergonzado y humillado—. No eres más
que una niña.
Pero ella se quedó allí sentada sin moverse. No podía soportarlo. Se incorporó, encendió una cerilla, sacó un billete
de diez chelines y se lo dio.
—Aquí tienes el dinero —exclamó con brusquedad—.
Ahora, vete.
Durante el breve resplandor de la cerilla, vio que la niña
abría los ojos de incomprensión, pero finalmente cogió el billete y se marchó. Desde la otra choza, oyó la explicación
quejumbrosa de la niña y la reacción sorprendida y escandalosa de la vieja.
—¿Pero te ha dado el dinero a cambio de nada? —preguntó, fuera de sí—. ¡Es un milagro! ¡Nunca había conocido a un
hombre que no viese a una mujer como un regalo de Dios!
¡Debe de estar loco! ¡Todo este tiempo he sabido que estaba
loco! ¡Cerremos la puerta para protegernos del loco!