Choka un pájaro en la nieve

Todo está en calma.
El peso de la nieve
dobla la rama
y el pájaro asustado
se refugia en mi choza.

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Ratones de Alfonso Reyes

Tenía unas bodegas llenas de ratones. Se hizo traer una gata, que extingió la plaga. Un día la gata se comió un merengue, y se desencantó y volvió a ser princesa. La princesa era muy agradable. Pero la casa se llenó de ratones.

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Chimamanda Ngozi Adichie, breve biografía y fragmento

Autora nigeriana de diversas novelas premiadas que incide sobre la necesidad de usar referentes africanos en la obra que sale del continente, para evitar que las historias sólo tengan elementos occidentales.
Chimamanda Ngozi Adichie nació en Nigeria, concretamente en la aldea de Abba. Es la quinta hija de un matrimonio de etnia igbo formado por Grace Ifeoma y James Nwoye Adichie.
Pasó su infancia en la ciudad de Nsukka, sede de la Universidad de Nigeria, en una casa que anteriormente había sido habitada por el célebre escritor nigeriano Chinua Achebe, autor por quien esta autora siente una gran admiración.
Su padre era profesor de estadística y su madre trabajaba también en la Universidad, como secretaria. A la edad de diecinueve años, Chimamanda Ngozi Adichie se trasladó a Estados Unidos con una beca de dos años para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad de Drexel, Filadelfia.
Posteriormente continuó sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut, en la que se graduó en 2001. También ha llevado a cabo estudios de escritura creativa en la Universidad John Hopkins de Baltimore y obtuvo un máster de estudios africanos en la Universidad de Yale.
En 2003, mientras se encontraba estudiando en Connecticut, publicó su primera novela, La flor púrpura (Purple Hibiscus), que fue muy bien recibida por la crítica y recibió el Commonwealth Writers’ Prize for Best First Book en 2005.
La acción de su segunda novela, Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006), así titulada en referencia al diseño de la bandera de la efímera nación de Biafra, se desarrolla durante la Guerra Civil nigeriana. En 2007 esta obra, alabada, entre otros, por el escritor nigeriano Chinua Achebe, fue galardonada con el Orange Prize for Fiction.
En 2009 publicó una colección de relatos breves, titulada The Thing Around Your Neck.
En este vídeo, la autora nos explica el peligro de conocer sólo una versión de la historia, de conocer sólo un punto de vista y de ahí la importancia de conocer autores africanos que usan recursos africanos en sus obras y no sólo referencias y puntos de vista occidentales. En este otro vídeo nos da los argumentos necesarios para entender por qué todos deberíamos ser feministas
  • La flor púrpura (Purple Hibiscus, 2003). Barcelona: Grijalbo, 2004 (Edición de Bolsillo, Barcelona: Debolsillo, 2005).
  • Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006). Barcelona: Mondadori, 2007.
  • Algo alrededor de tu cuello (The Thing Around Your Neck, 2009). Barcelona: Mondadori, 2010.

 

Chimamanda Ngozi Adichie

Al abrir, buscar una liga que te lleva a la prosa de Chimamanda

Certeza de Rubén Pesquera

Tal vez fue él quien comió de mi sopa o quien puso en orden mis papeles en el escritorio luego de que caí dormido en el sillón. Acaso él me haya puesto la pijama y me haya lavado los dientes… Hasta hace unos instantes abrigaba mis dudas, mas ahora que veo dormir a mi esposa y reconozco en ella la tez propia de sus ansiares satisfechos a plenitud, tengo la certeza: él… estuvo aquí.

Tomado de fb

Chimamanda Ngozi. contra la historia única, la feminista

Soy narradora. Y me gustaría narraros algunas anécdotas personales acerca de lo que me gusta llamar «el peligro de la historia única». Crecí en un campus universitario del este de Nigeria. Mi madre dice que aprendí a leer con dos años, aunque creo más probable que fuera con cuatro. En cualquier caso, fui una lectora precoz, y lo que leía eran libros infantiles británicos y estadounidenses.
También fui una escritora precoz, y cuando, hacia los siete años, empecé a escribir cuentos a lápiz ilustrados con ceras que mi pobre madre tenía la obligación de leerse, escribía exactamente el mismo tipo de historias que leía: todos mis personajes eran blancos de ojos azules, jugaban en la nieve y comían manzanas, y hablaban mucho del tiempo, de lo delicioso que era que saliera el sol.
Ahora bien, eso sucedía a pesar de vivir en Nigeria. Nunca había salido de Nigeria. Nosotros no teníamos nieve, comíamos mangos y nunca hablábamos del tiempo porque no hacía falta.
Mis personajes también bebían mucha cerveza de jengibre, porque los personajes de los libros británicos que leía la bebían. Daba igual que no tuviera ni idea de lo que era. Y durante muchos años me morí de ganas de probar la cerveza de jengibre. Pero esa es otra historia.
Lo que esto demuestra, creo yo, es lo impresionables y vulnerables que somos ante una historia, sobre todo de niños. Como solo había leído libros con personajes extranjeros, me había convencido de que los libros, por naturaleza, debían estar protagonizados por extranjeros y tratar de cosas con las que no podía identificarme. Pues bien, la situación cambió cuando descubrí los libros africanos.
No había muchos disponibles, y no eran tan fáciles de encontrar como los extranjeros. Pero gracias a escritores como Chinua Achebe y Camara Laye, mi percepción de la literatura cambió. Comprendí que en la literatura también podía existir gente como yo, chicas con la piel de color chocolate cuyo pelo rizado no caía en colas de caballo. Empecé a escribir sobre asuntos que reconocía.
Adoraba aquellos libros británicos y estadounidenses. Avivaron mi imaginación. Me abrieron mundos nuevos. Pero la consecuencia involuntaria fue que no sabía que en la literatura cabía gente como yo. Así que el descubrimiento de los escritores africanos hizo esto por mí: m …

 

Chimamanda Ngozi , sus libros

Durante siglos, la cultura africana se ha visto oprimida por unas potencias extranjeras que trataron de inculcar su visión del mundo en gran parte del continente negro. Y es ahora, en pleno siglo XXI, cuando diferentes voces se han alzado para contar la realidad de ayer, hoy y mañana, siendo la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie una de las mayores embajadoras de esta nueva ola. Te invitamos a conocer los mejores  libros de Chimamanda Ngozi Adichie a fin de sumergirte en todas esas historias congeladas en el tiempo y que hoy se abren al mundo para reivindicar la igualdad en todos sus sentidos.

Mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie

Mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie

Nacido como quinta hija de un matrimonio de la etnia igbo de Nigeria, Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) vivió durante gran parte de su infancia en la misma casa que una vez perteneció al famoso escritor Chinua Achebe. Influencias que cimentaron la inquietud de una joven Adichie que a los 19 años,obtuvo una beca para cursar estudios de Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad Drexel de Filadelfia. Una formación que enlazaría con diversos cursos de escritura creativa y un máster en Estudios Africanos en la Universidad de Yale.

Con el paso de los años, Chimamanda se ha convertido en una de las grandes voces literarias de África, especialmente gracias a su habilidad para narrar todos los sucesos desde una posición tejida entre África y Estados Unidos. Entre las temáticas de sus historias, el feminismo y la globalización se encuentran entre los recurrentes, siendo sus diferentes conferencias Ted Talk las que consagraron su posición en un mundo globalizado que necesita de nuevas perspectivas.

Esto son los mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie:

La flor púrpura

La flor púrpura

Publicada en 2003, La flor púrpura se convirtió en el primer gran éxito de Adichie. Una historia que presenta a dos hermanos, Kambili y Jaja, dominados por un padre millonario y fanático. Expuestos a la cara más dura de la dictadura de Nigeria, ambos jóvenes cambiarán su perspectiva acerca de su propio país  tras pasar unos días en el cálido apartamento de su tía Ifeoma. Muestra innata de la capacidad de la autora para ahondar en la problemática africana y retorcerla como miembro de una nueva generación, La flor púrpura es un inteligente ejercicio por parte de la autora a la hora de tratar de configurar la historia de su propio país. De un continente entero.

Medio sol amarillo

Medio sol amarillo

El 30 de mayo de 1967, la región nigeriana de Biafra consiguió independizarse del resto del país tras una guerra civil que acabó con miles de personas. Un conflicto analizado en Medio sol amarillo a través de tres personajes: Ugwu, el empleado de un profesor universitario, Olanna, la esposa del profesor,  y Richard, un joven inglés enamorado de la misteriosa hermana gemela de Olanna. Personajes que se ven sacudidos por la guerra y  deben adaptarse a la reescritura de la historia de un país a través de temas como el feminismo, la identidad o los efectos de las potencias extranjeras en la África postcolonial. La novela ganó el Orange Prize for Fiction en 2007.

Algo alrededor de tu cuello

Algo alrededor de tu cuello

Publicada en 2009, esta colección de cuentos evoca la esencia literaria de Adichie en su estado puro. Doce relatos que hablan de la realidad africana, de inmigrantes que llegan a Estados Unidos y desconocen qué es El Rey León, de familiares que crecen y callan historias del pasado o mujeres que aguardan en una Embajada cubiertas por moscas aferradas a un halo de esperanza. La perfecta obra con la que introducirse en el universo de esta escritora y comprender los diferentes aspectos en la vida de unos nigerianos que sueñan con alcanzar esa “tierra prometida” llamada América. Sin duda, uno de los mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie.

¿Te gustaría leer Algo alrededor de tu cuello?

Americanah

Americanah

Ifemelu y Obinze son dos jóvenes nigerianos enamorados quienes un buen día dejarán su país para marcharse juntos a Estados Unidos. Sin embargo, es Ifemelu quien consigue la visa para saltar al otro lado del Atlántico. Tras llegar a Occidente, y con vistas a estudiar en la universidad, la joven debe enfrentarse a los diferentes prejuicios latentes en Estados Unidos respecto a personas con su color de piel. Americanahtítulo que hace referencia al término en que los nigerianos se refieren a los compatriotas que vuelven de Estados Unidos con aires de grandeza, fue publicada en 2013 convirtiéndose en la obra cumbre de Adichie. Una historia capaz de adentrarnos en los muchos obstáculos que supone para un africano encontrarse en otra tierra diferente, tratando de alcanzar su propia visión de una vida próspera. La novela, un recurrente de los primeros puestos en las listas de literatura africana, ganó el premio National Book Critics Circle Award en 2014 y será adaptada en una miniserie protagonizada por Lupita Nyong’o.

Todos deberíamos ser feministas

Todos deberíamos ser feministas

Durante su Ted Talk de 2012, Chimamanda habló al mundo de feminismo, de uno equitativo y que respetase al hombre. Una igualdad que no supusiera la mirada extrañada de un aparcacoches de Laos cuando una mujer le da una propina o de un recepcionista al ver a la autora en tacones caminando por el hall de un hotel. Un discurso que se ganó el aplauso del público para, posteriormente, ser recogido en forma de ensayo en este Todos deberíamos ser feministas, un libro tan ligero como poderosos ideal para leer durante un vuelo.

El peligro de la historia única

El peligro de la historia única

Si bien Todos deberíamos ser feministas recoge el discurso de Adichie durante su Ted Talk 2012, su último libro publicado en España, El peligro de la historia única, transcribe el discurso de la escritora realizado en 2009. Un ensayo que clama la necesidad de no reducir una persona o país a una historia única, tratando de comprender todas las perspectivas y versiones que existen del mismo. Un ejemplo reside en el primer encuentro de la autora con su compañera de cuarto en la universidad de Filadelfia. Ella quedó sorprendida por su fluído acento inglés y le preguntó si escuchaba música tribal en su walkman. “Escucho a Mariah Carey”, contestó Adichie.

¿Te animas a leer estos mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie?

Del Pachatantra, el leon y el chacal

En cierta región de un bosque vivía un león llamado Kharanakhara que corriendo un día hambriento por todas partes no pudo cazar ninguna bestia. A eso de la puesta del sol, llegó a una gran cueva, entró en ella y pensó: «Seguramente que algún animal vendrá a pasar la noche en esta cueva; de modo que me voy a quedar aquí escondido». Estando allí en tal situación, llegó el dueño de la cueva, que era un chacal llamado Adhipuchchha, el cual miró y vio las huellas del pie de un león que había entrado y no salido de la cueva. Entonces pensó: «¡Ah!, perdido estoy; seguramente que aquí dentro hay un león. ¿Qué hago? ¿Cómo he de huir?». Pensando así y sin moverse de la puerta empezó a gritar:

-¡Eh, caverna! -Dicho esto, añadió de nuevo-: ¿ignoras que tienes un pacto conmigo, según el cual yo te he de hablar al venir de fuera y tú me has de responder? Si no me respondes, pues, me voy a otra gruta.

El león al oír esto pensó: «Sin duda que caverna invita a éste siempre que viene y hoy se calla por temor a mí. Pues se ha dicho esto:

Cuando el miedo oprime el corazón, quedan sin poder obrar las manos, los pies, la lengua y demás; el temblor es el único que domina.

« Voy, pues, a llamarle yo para que entre y me sirva de comida». Habiéndolo pensado así, le llamó. El rugido del león llenó todo el ámbito de la caverna, retumbando en ella cien veces; de tal modo, que puso en fuga hasta las bestias que estaban lejos. El chacal huyó enseguida a todo correr y recitó esta zloka:

Quien procede con cautela vive feliz, y no vive el que obra sin discernimiento. Yo me he hecho viejo viviendo en el bosque, y nunca he oído que una cueva hable.

Chinua Achebe: «Todo se desmorona» Lit. africana

Chinua Achebe es un novelista nigeriano en lengua inglesa y Todo se desmorona una novela inteligente y fascinante. Narra el drama de Okonkwo,
afamado guerrero ibo que se ve obligado a exiliarse de su tribu durante siete años. Cuando regresa, el hombre blanco ya ha llegado y con él y su
civilización, todo empieza a desmoronarse. Primero llegaron los comerciantes con sus baratijas, después los misioneros con sus predicaciones, por
último los colonos con sus armas. La gran novela de Achebe relata la violencia de la penetración europea en äfrica y sus consecuencias al destruir las
estructuras tradicionales. Y con ella tenemos además la oportunidad de ver el problema, por una vez, desde “el lado de los otros” y no del nuestro.
Los misioneros pasaron las primeras cuatro o cinco noches en la plaza del mercado y por la mañana iban a la aldea a predicar el evangelio.
Preguntaron por el rey de la aldea y les dijeron que allí no había rey.
— Tenemos hombres de alto rango y los jefes de los sacerdotes y los ancianos — les dijeron.
No fue nada fácil reunir a los hombres con títulos y a los ancianos después del revuelo del primer día. Pero los misioneros perseveraron y al final los
dirigentes de Mbanta les recibieron. Les pidieron un terreno para construir su iglesia.
Todos los clanes y aldeas tenían un «bosque maligno». Se enterraba en él a los que morían de enfermedades verdaderamente malignas, como la lepra
y la viruela. Era también el basurero de los potentes fetiches de los grandes hechiceros cuando morían. Un «bosque maligno» estaba pues poblado de
fuerzas siniestras y de poderes de las tinieblas. Y fue uno de estos bosques el que los notables de Mbante dieron a los misioneros. No les querían en
realidad en su clan y por eso les hicieron esa oferta, una oferta que nadie en su sano juicio aceptaría.
— Quieren un terreno para construir su santuario — dijo Uchendu a sus compañeros cuando discutieron el asunto —. Les daremos un terreno.
Hizo una pausa y se produjo un murmullo de sorpresa y discrepancia.
— Les daremos una parte del Bosque Maligno. Alardean de vencer a la muerte. Pues les daremos un campo de batalla real en el que demuestren su
victoria.
Se rieron todos y aprobaron la propuesta y avisaron a los misioneros, a quienes habían pedido que les dejaran un rato para poder «cuchichear entre
ellos». Les ofrecieron todo el terreno del Bosque Maligno que quisieran. Y se quedaron absolutamente asombrados cuando los misioneros les dieron
las gracias y se pusieron a cantar.
— No comprenden — comentaron algunos ancianos —, pero ya comprenderán cuando vayan a su terreno mañana por la mañana. Y se dispersaron.
A la mañana siguiente, aquellos locos empezaron realmente a despejar una parte del bosque y a construir su casa. Los habitantes de Mbanta esperaban
que estuvieran todos muertos en cuatro días. Pasó el primer día y el segundo y el tercero y el cuarto y no murió ninguno. Estaban todos
desconcertados. Y luego se supo que el fetiche del hombre blanco tenía un poder increíble. Se decía que llevaba cristales en los ojos para poder ver a
los espíritus malignos y hablar con ellos. Poco después consiguió los tres primeros conversos
Aunque a Nwoye le había atraído la nueva fe desde el primer día, lo mantuvo en secreto. No se atrevía a acercarse demasiado a los misioneros por
miedo a su padre. Pero siempre que iban a predicar al aire libre a la plaza del mercado o al campo de la aldea, allí estaba él. Y empezaba a conocer ya
algunas de las historias sencillas que contaban.
— Hemos construido ya una iglesia — dijo el señor Kiaga, el intérprete, que estaba al cargo de la congregación infantil. El blanco había vuelto a
Umuofia, donde había construido su sede central y desde donde hacía visitas regulares a Mbanta, a la congregación del señor Kiaga.
— Hemos construido ya una iglesia — repitió el señor Kiaga — y queremos que vayáis todos cada séptimo día a adorar al verdadero Dios.
El domingo siguiente, Nwoye pasó una y otra vez por delante del pequeño edificio de tierra roja y paja sin reunir valor suficiente para entrar. Oía la
voz del canto, que era fuerte y segura aunque sólo fuese de un puñado de hombres. La iglesia se alzaba en un claro circular que parecía la boca abierta
del Bosque Maligno. ¿Estaría esperando para cerrar los dientes? Nwoye pasó varias veces por delante de la iglesia y luego volvió a casa.
La gente de Mbanta sabía muy bien que sus dioses y sus antepasados eran a veces pacientes y permitían intencionadamente a un hombre seguir
desafiándolos. Pero hasta en esos casos establecían un límite de siete semanas de mercado o veintiocho días. Pasado ese límite no se permitía seguir a
ningún hombre. Así que cuando ya estaban a punto de cumplirse siete semanas desde que los atrevidos misioneros habían construido la iglesia en el
Bosque Maligno aumentó la expectación en la aldea. Estaban todos tan seguros del destino que aguardaba a aquellos hombres que uno o dos
conversos consideraron prudente retirar su apoyo a la nueva fe.
Por fin llegó el día en que todos los misioneros deberían haber muerto. Pero aún estaban vivos, construyendo una casa nueva de tierra roja y techo de
paja para su maestro el señor Kiaga. Esa semana consiguieron un puñado de conversos más.

Okonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá. Su fama se apoyaba en sólidos triunfos personales. Cuando tenía dieciocho años había honrado a su aldea derribando a Amalinze el Gato. Amalinze fue un gran luchador que se mantuvo siete años invicto, desde Umuofia hasta Mbaino. Le llamaban «el Gato» porque nunca tocaba el suelo con la espalda. Okonkwo había derribado precisamente a aquel hombre en un combate que todos los ancianos decían que había sido uno de los más encarnizados desde que el fundador de su poblado había luchado con un espíritu del bosque durante siete días y siete noches.

Batían los tambores, cantaban las flautas y contenían el aliento los espectadores. Amalinze tenía astucia y oficio, pero Okonkwo era escurridizo como un pez en el agua. Se le marcaban todos los músculos y los nervios de los brazos, la espalda y los muslos, y casi los oías tensarse, a punto de romperse. Al final Okonkwo derribó al Gato.

Eso había sido muchos años atrás, veinte o más, y durante ese tiempo la fama de Okonkwo había crecido como un incendio en el bosque cuando sopla el harmatán. Era alto y enorme, y las cejas pobladas y la nariz ancha le daban un aire muy severo. Respiraba estruendosamente y decían que sus esposas y sus hijos le oían respirar desde sus cabañas cuando dormía. Apenas tocaba el suelo con los talones al caminar y parecía que tuviera muelles en los pies, como si fuera a pegarle a alguien. Y pegaba a la gente con mucha frecuencia. Tartamudeaba un poco, y en cuanto se enfadaba y no conseguía pronunciar las palabras con la suficiente rapidez usaba los puños. No tenía paciencia con los fracasados. No había tenido paciencia con su padre.

Unoka, que así se llamaba su padre, había muerto hacía diez años. En vida había sido perezoso e imprevisor y completamente incapaz de pensar en el futuro. Cuando se encontraba con algo de dinero, que era raras veces, compraba enseguida calabazas de vino de palma, llamaba a los vecinos y lo celebraba. Decía que siempre que miraba la boca de un muerto comprendía que era un disparate no comer lo que tenías mientras estabas vivo. Unoka era un deudor, claro, y debía dinero a todos los vecinos, desde unos cuantos cauris a sumas bastante cuantiosas.

Era alto pero muy flaco y un poco encorvado. Tenía un aspecto triste y ojeroso salvo cuando bebía o tocaba la flauta. Tocaba la flauta muy bien, y sus momentos más felices eran las dos o tres lunas después de la recolección de la cosecha en que los músicos de la aldea descolgaban los instrumentos, que colgaban encima del fuego del hogar. Unoka tocaba con ellos, la cara radiante de paz y beatitud. A veces otra aldea pedía a la banda de Unoka y a sus egwugwu danzantes que fueran y se quedaran con ellos y les enseñaran sus melodías. Se pasaban en estos convites hasta tres o cuatro mercados, haciendo música y festejando. A Unoka le gustaba la buena comida y la buena amistad, y le gustaba la estación del año en que habían pasado ya las lluvias y todas las mañanas salía un

 

https://issuu.com/israelo71/docs/achebe_chinua_-_todo_se_desmorona

 

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China

Tan joven que eras

Sale luz brillante de la lámpara, escucho, “sólo miraras puntitos de colores”.
Llegué a tres y no supe. la náusea brinca bajo la lengua. Tengo frío, frío intenso, dentro. A dos camillas de la mía, una niña se queja. Con señas hice que la enfermera me auxiliara. Me cubre con una frazada y deja un riñón de acero por si vomito. Muevo manos, pies y siento. “es ganancia,” —me dije. Oí del residente, que fueron casi cinco horas de cirugía de espalda. Dormito, sueño, o no sé; despierto e intento arquear. La niña se queja y, me duele. “solo tiene diez años”, escucho otra voz. —Díganle a su médico.
Soy más anciano que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre, si hubieses llegado a mi edad tendrías la canasta llena de olores, de mañanas verdes repletas de pan. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño, como inmenso fue el tuyo. Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras el día que te fuiste y yo tan viejo, y estoy.

reanimacion

Cinco autores para aproximarse a la literatura africana

En el siglo XXI, la literatura se ha vuelto un arte más democrático, aunque aún queden muchas batallas por ganar y prejuicios que sortear. Una situación que responde a una corriente en la que, durante siglos, la literatura occidentalse impuso en todo el mundo, incluyendo aquellos continentes en los que el hombre blanco puse los pies, condicionando el arte de una región o cultura sin permitirles expresarlo en su estado de gracia. Ngũgĩ wa Thiong’o, procedente de Kenia y eterno compañero de Murakami en eso de optar el Nobel, es una de las mejores voces del continente respecto a este tema y uno de estos 5 autores para aproximarse a la literatura africana.

Chinua Achebe

Nacido en Ogidi, un pueblo de Nigeria, como miembro de la etnia igbo, Achebe es posiblemente el autor más universal del continente africano gracias a obras como Todo se desmorona, publicada en 1958. Una obra que toma como inspiración la propia infancia del autor, criado en un ambiente que comenzaba a ser conquistado por la evangelización anglicana, para contarnos la historia de un guerrero, Okonkwo, que asiste a la caída de su mundo tras la llegada del hombre blanco. Uno de los mejores autores para iniciarse en la literatura africana, sin duda.

Chimamanda Ngozi Adichie

La escritores africana más influyente de la actualidad (si entramos en el TOP Amazon de literatura panafricana, los cuatro primeros puestos son suyos) nació en Nigeria en 1977 y se crió en la casa de Chinua Achebe hasta que una beca la llevó a Estados Unidos, donde  se formaría en Literatura Africana y Relaciones Políticas. Años después, el mundo sería testigo del buen hacer de Ngozi Adichie, autora que además de plasmar su visión del continente africano en libros como La flor púrpura o Medio sol amarillo también es la voz más firme de un feminismo presente en obras como Americanah, la más conocida, o el conjunto de cuentos Algo alrededor de tu cuello.

Ngũgĩ wa Thiong’o

El derecho a escribir en tu lengua

Mi favorito para ganar el Nobel de Literatura el pasado año (y el anterior, y el otro) es Ngũgĩ wa Thiong’o, autor keniata que ha sabido como pocos otros plasmar la situación de África en tiempos post-coloniales. Descolonizar la mente, uno de sus pocos libros publicados en España junto con El brujo del cuervo, es un ensayo que aborda la presencia de un hombre blanco que obligaba a los universitarios africanos a desdeñar su propia literatura y abrazar a Shakespeare, que convocaba reuniones de literatura africana marginando a quienes se negaban a abandonar sus lenguas locales en lugar del inglés. Ejemplos a los que habría que añadir el hecho de que una sencilla obra de teatro en en kikuyu, idioma natal del autor, fuera excusa suficiente para meter a su autor entre rejas. Fue en 1978, año durante el que Thiong’o escribió su primera obra en kikuyu en un rollo de papel higiénico.

Wole Soyinka

Convertido en el primer africano en ganar el Nobel de Literatura en 1986, Soyinka es un autor nigeriano caracterizado por una prosa que adapta los mitos africanos a las formas de narración occidentales, especialmente tras haber estudiado varios años en Reino Unido. Su forma de mimetizarse con los blancos le supuso en su momento muchas críticas por parte de los círculos literarios africanos aún dolidos por los efectos del postcolianismo hasta que regresó a su continente, mimetizándose con sus escenas teatral y literaria. Aké: los años de niñez, en la cual narra su vida de los 3 a los 11 años, es posiblemente su obra más conocida.

J.M.Coetzee

Sudáfrica es el país que mejor ha definido los cambios de África durante los últimos cincuenta años, especialmente con episodios tan cruentos como el apartheid abolido en 1994. Coetzee, descendiente de colonizadores daneses llegados en el siglo XVII a Sudáfrica, ha plasmado su visión del racismo en el país del arco iris y sus nocivos efectos en la sociedad en obras como Verano o la más popular, Desgracia. En 2002, Coetzee ganó el Nobel de Literatura, sumándose al mencionado Soyinka, su compatriota Nadine Gordimer y el egipcio Naguib Mahfuz como los cuatro autores africanos reconocidos por el comité sueco hasta ahora.

5 autores para aproximarse a la literatura africana

 

Perdone la pregunta ¿ de dónde viene la palabra carajo?  Elcastellano.org

Juan Gossaín, El Tiempo
Expresa alegría o tristeza. Censura o aprobación. Sorpresa, asombro… Y nada sabemos de su origen.
Voy caminando por el sendero que bordea la bahía de Cartagena y, de repente, me detiene una señora sudorosa, que trota en sentido contrario, vestida con un pantalón corto y zapatos deportivos. Alguien le dijo que soy miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.
–Excuse usted –me detiene, jadeando–. ¿Cuál es el origen de la palabra carajo?
Desde esa tarde estoy metido de cabeza, investigando aquí y rastreando allá. Las leyendas abundan, las fábulas se multiplican, los cuentos son incontables, las teorías crecen, pero hasta el día de hoy nadie sabe con exactitud cuál es su procedencia, eso que los eruditos y los refinados llaman “la etimología”: origen de las palabras, motivo de su existencia, razones de su significado.
Parece mentira, y es una verdadera ironía del destino: la expresión más usada del idioma y ni siquiera sabemos de dónde salió. No ha sido posible establecer con precisión en qué parte fue que nació el término carajo, ni cómo ni por qué, siendo, como es, uno de los vocablos más comunes de nuestro idioma, de los más expresivos y útiles, al que la gente recursiva acude para decir cualquier cosa, tanto buena como mala.
Que yo sepa, es la única palabra castellana que tiene al mismo tiempo su sentido propio y el contrario. Es antónima de sí misma. Es casi hermafrodita. Puede significar, simultáneamente, lo negativo y lo positivo. ‘No valer un carajo’ es lo contrario de ‘valer un carajal’. Todo depende del sentido de la frase, pero, sobre todo, de la entonación que le pongan. ‘Estar del carajo’ es un elogio que se hace por igual a una novela, un vestido o una muchacha. ‘Irse para el carajo’, en cambio, es una desgracia.
Lo cierto es que, con el paso del tiempo, el término perdió su connotación de palabrota y se volvió imprescindible en el lenguaje cotidiano, incluso en las charlas de familia. Ya tiene hasta un sentido de ternura: ‘Ahí te mando esa carajadita de regalo. No será mucho, pero es con cariño’.
No existe otro caso en el idioma español que permita, con una sola palabra de seis letras, expresar todos los estados de ánimo, los sentimientos y los pensamientos humanos. Tanto así que don Roberto Restrepo, el admirable gramático paisa, escribió: “Pongan sobre la tierra un hombre que, con distintas entonaciones, sepa decir carajo. No necesitará nada más, porque ya se sabe todo un idioma”.
El diccionario de la Real Academia Española, que en el Caribe llaman ‘mataburro’ porque sirve para desasnar a la gente, pero también para romperle la crisma a un cristiano por su peso y su tamaño, se limita a decir, en la primera definición, que carajo es voz malsonante, empleada como sinónimo del miembro viril masculino. Es lo único que le faltaba.
La canastilla del marinero
Los portales más populares de internet, como Google y Wikipedia, recogen abundante material sobre una viejísima historia según la cual se le llamaba ‘carajo’ a una especie de canastilla que había en lo más alto del palo mayor en las antiguas naves marinas. Afirman que allí eran enviados, en señal de castigo, los marineros que cometían alguna falta.
Agregan, y se quedan tan frescos, que eso era lo que se denominaba ‘mandar a alguien para el carajo’ o ‘irse para el carajo’. Bonita historia, emocionante y llena de aventuras. Lástima que sea falsa, aunque la hayan recogido hasta libros serios y diccionarios de medio pelo. La enseñan en algunos colegios como si fuera auténtica. Sin embargo, nunca existió en las embarcaciones sitio alguno al que le dijeran ‘carajo’. A los marineros díscolos simplemente se los encerraba en el calabozo, a pan y agua. Más agua que pan. Y la famosa canastilla, que sí existe, es en realidad el puesto del vigía y en castellano se llama ‘cofa’.
Pero la mitología popular es infinita. En tiempos de Cristóbal Colón, los navegantes inventaron que el carajo ya no era una canastilla, sino una isla lúgubre perdida en mitad del mar Caribe, en la que bajaban a los tripulantes indisciplinados, abandonándolos a su suerte. Puras embusterías. La única relación comprobada que hay entre el mar y el carajo es una vela cuadrada, llamada ‘caraja’, que los pescadores mexicanos despliegan cuando sopla mucho viento.
¿Es palabra americana?
Entonces, ¿de dónde carajo proviene carajo? Repito que su cuna es incierta y que sus padres son desconocidos. Contra lo que piensan muchas personas, inclusive eruditos, se ha demostrado que no es palabra inventada en América, pues aparece mencionada con sentido picaresco en el Cancionero de Baena, una colección de poemas recogidos en España hacia 1405 por Juan Alfonso de Baena, para regalárselos al rey Juan II. En ese momento faltaba casi un siglo para el Descubrimiento. Cristóbal Colón ni siquiera había nacido. La reina Isabel, tampoco.
Como si fuera poco, filólogos minuciosos detectaron que hace casi un milenio, en el año 1247, vivía en la villa de Madrid un hombre al que apodaban Pedro Carajo o Carajuelo. Tampoco se sabe por qué.
En Colombia, por allá en los años 30 del siglo pasado, existió el ilustre profesor López de Mesa, que no solo era historiador, sino médico, psicólogo, político, ministro varias veces, y que además pasaba fácilmente de lingüista a biólogo y genetista: un día llegó a sostener que el hombre desciende de la sardina. El profesor también afirmó que la palabra carajo es de origen vascuence porque, según él, los primeros que la trajeron a Colombia fueron unos soldados vascos que llegaron en tiempos de la Colonia. Lo que no dice el profesor es cómo diablos hizo la palabrita para extenderse por el mundo entero de habla hispana. Debe de ser que había soldados vascos en todas partes.
El legendario padre Revollo, en su estupenda obra Costeñismos colombianos, informa que hace trescientos años, en la ciudad de Riohacha, las gentes decentes usaban el disimulo ‘caracha’ para no decir ‘carajo’, y que en Mompox decían ‘caracho’ por la misma razón.
Carajillo, carajito, carajear…
/> Hijo expósito, sin un padre que responda por él, como los huérfanos, y sin una familia que lo reclame, con el paso del tiempo carajo se fue convirtiendo en adjetivo y sustantivo, en exclamación o interjección, en verbo y también adverbio, en agravio y elogio por igual. Sirve hasta para medir las distancias: todos conocemos a alguien que vive más lejos que el carajo.
Ha llegado, incluso, a sentarse en los restaurantes más exquisitos, en España como en América, donde la palabra carajillo describe un café bien caliente que se mezcla con algún licor. Carajada, a su turno, es una cosa insignificante, pero también una réplica tajante: ‘¿Qué es la carajada suya?’, pregunta el agraviado, en tono retador. Carajadita, como dijimos al comienzo de esta crónica, viene siendo una pequeñez cariñosa.
Carajear pertenece a los verbos de la primera conjugación, que son los terminados en -ar. En Colombia significa ‘echar vainas’, ‘ofender a alguien con palabras soeces’, pero en otros países se lo usa para describir el hecho de andar por ahí profiriendo groserías sin ton ni son. Carajete o carajeto, ya en desuso, era el calificativo que le daban en tierras del Huila y Tolima al bobo del pueblo. Carajito, en cambio, es el calificativo cariñoso para referirse a un niño. ‘Ganarse unos carajazos’, de otra parte, es merecerse una reprimenda.
Cuando yo era niño, a comienzos de la Edad Media, los vecinos de San Bernardo del Viento decían: ‘Me importa un carajo a la vela’ para referirse a algo que solo merecía desprecio o indiferencia. Avergonzados por la grosería, comenzaron a decir, con cierto pudor, que les importa ‘un chorizo a la vela’.
Epílogo
Seguiré averiguando. Vale la pena porque se trata de la palabra más expresiva del idioma castellano, la más variable y provechosa, la que cambia de ropa todos los días. Sirve para todo de indistinta manera, para elogiar y condenar, para pelear o departir, para odiar y amar, para felicitar o regañar, para reír y llorar, para gozar o sufrir, para criticar y ponderar, o para referirse a alguien sin mentarlo (‘ese carajo’). Expresa alegría o tristeza con el mismo vigor. Censura o aprobación. Satisfacción y disgusto a la vez. Sorpresa, asombro, complacencia, perplejidad.
Es el recurso apropiado para salir de aprietos cuando uno no recuerda ese término esquivo que se le escapa de la memoria, aunque lo tenga en la punta de la lengua. Pero su verdadero origen sigue siendo un misterio. Antes de terminar, y a propósito de la palabrita que nos ocupa y del Descubrimiento de América, vale la pena recordar aquellos versos de un poeta festivo antioqueño:
Salió Colón para abajo
haciendo navegación.
Y nos descubrió, carajo,
por pura equivocación…

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