Chinua Achebe es un novelista nigeriano en lengua inglesa y Todo se desmorona una novela inteligente y fascinante. Narra el drama de Okonkwo,
afamado guerrero ibo que se ve obligado a exiliarse de su tribu durante siete años. Cuando regresa, el hombre blanco ya ha llegado y con él y su
civilización, todo empieza a desmoronarse. Primero llegaron los comerciantes con sus baratijas, después los misioneros con sus predicaciones, por
último los colonos con sus armas. La gran novela de Achebe relata la violencia de la penetración europea en äfrica y sus consecuencias al destruir las
estructuras tradicionales. Y con ella tenemos además la oportunidad de ver el problema, por una vez, desde “el lado de los otros” y no del nuestro.
Los misioneros pasaron las primeras cuatro o cinco noches en la plaza del mercado y por la mañana iban a la aldea a predicar el evangelio.
Preguntaron por el rey de la aldea y les dijeron que allí no había rey.
— Tenemos hombres de alto rango y los jefes de los sacerdotes y los ancianos — les dijeron.
No fue nada fácil reunir a los hombres con títulos y a los ancianos después del revuelo del primer día. Pero los misioneros perseveraron y al final los
dirigentes de Mbanta les recibieron. Les pidieron un terreno para construir su iglesia.
Todos los clanes y aldeas tenían un «bosque maligno». Se enterraba en él a los que morían de enfermedades verdaderamente malignas, como la lepra
y la viruela. Era también el basurero de los potentes fetiches de los grandes hechiceros cuando morían. Un «bosque maligno» estaba pues poblado de
fuerzas siniestras y de poderes de las tinieblas. Y fue uno de estos bosques el que los notables de Mbante dieron a los misioneros. No les querían en
realidad en su clan y por eso les hicieron esa oferta, una oferta que nadie en su sano juicio aceptaría.
— Quieren un terreno para construir su santuario — dijo Uchendu a sus compañeros cuando discutieron el asunto —. Les daremos un terreno.
Hizo una pausa y se produjo un murmullo de sorpresa y discrepancia.
— Les daremos una parte del Bosque Maligno. Alardean de vencer a la muerte. Pues les daremos un campo de batalla real en el que demuestren su
victoria.
Se rieron todos y aprobaron la propuesta y avisaron a los misioneros, a quienes habían pedido que les dejaran un rato para poder «cuchichear entre
ellos». Les ofrecieron todo el terreno del Bosque Maligno que quisieran. Y se quedaron absolutamente asombrados cuando los misioneros les dieron
las gracias y se pusieron a cantar.
— No comprenden — comentaron algunos ancianos —, pero ya comprenderán cuando vayan a su terreno mañana por la mañana. Y se dispersaron.
A la mañana siguiente, aquellos locos empezaron realmente a despejar una parte del bosque y a construir su casa. Los habitantes de Mbanta esperaban
que estuvieran todos muertos en cuatro días. Pasó el primer día y el segundo y el tercero y el cuarto y no murió ninguno. Estaban todos
desconcertados. Y luego se supo que el fetiche del hombre blanco tenía un poder increíble. Se decía que llevaba cristales en los ojos para poder ver a
los espíritus malignos y hablar con ellos. Poco después consiguió los tres primeros conversos
Aunque a Nwoye le había atraído la nueva fe desde el primer día, lo mantuvo en secreto. No se atrevía a acercarse demasiado a los misioneros por
miedo a su padre. Pero siempre que iban a predicar al aire libre a la plaza del mercado o al campo de la aldea, allí estaba él. Y empezaba a conocer ya
algunas de las historias sencillas que contaban.
— Hemos construido ya una iglesia — dijo el señor Kiaga, el intérprete, que estaba al cargo de la congregación infantil. El blanco había vuelto a
Umuofia, donde había construido su sede central y desde donde hacía visitas regulares a Mbanta, a la congregación del señor Kiaga.
— Hemos construido ya una iglesia — repitió el señor Kiaga — y queremos que vayáis todos cada séptimo día a adorar al verdadero Dios.
El domingo siguiente, Nwoye pasó una y otra vez por delante del pequeño edificio de tierra roja y paja sin reunir valor suficiente para entrar. Oía la
voz del canto, que era fuerte y segura aunque sólo fuese de un puñado de hombres. La iglesia se alzaba en un claro circular que parecía la boca abierta
del Bosque Maligno. ¿Estaría esperando para cerrar los dientes? Nwoye pasó varias veces por delante de la iglesia y luego volvió a casa.
La gente de Mbanta sabía muy bien que sus dioses y sus antepasados eran a veces pacientes y permitían intencionadamente a un hombre seguir
desafiándolos. Pero hasta en esos casos establecían un límite de siete semanas de mercado o veintiocho días. Pasado ese límite no se permitía seguir a
ningún hombre. Así que cuando ya estaban a punto de cumplirse siete semanas desde que los atrevidos misioneros habían construido la iglesia en el
Bosque Maligno aumentó la expectación en la aldea. Estaban todos tan seguros del destino que aguardaba a aquellos hombres que uno o dos
conversos consideraron prudente retirar su apoyo a la nueva fe.
Por fin llegó el día en que todos los misioneros deberían haber muerto. Pero aún estaban vivos, construyendo una casa nueva de tierra roja y techo de
paja para su maestro el señor Kiaga. Esa semana consiguieron un puñado de conversos más.

Okonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá. Su fama se apoyaba en sólidos triunfos personales. Cuando tenía dieciocho años había honrado a su aldea derribando a Amalinze el Gato. Amalinze fue un gran luchador que se mantuvo siete años invicto, desde Umuofia hasta Mbaino. Le llamaban «el Gato» porque nunca tocaba el suelo con la espalda. Okonkwo había derribado precisamente a aquel hombre en un combate que todos los ancianos decían que había sido uno de los más encarnizados desde que el fundador de su poblado había luchado con un espíritu del bosque durante siete días y siete noches.

Batían los tambores, cantaban las flautas y contenían el aliento los espectadores. Amalinze tenía astucia y oficio, pero Okonkwo era escurridizo como un pez en el agua. Se le marcaban todos los músculos y los nervios de los brazos, la espalda y los muslos, y casi los oías tensarse, a punto de romperse. Al final Okonkwo derribó al Gato.

Eso había sido muchos años atrás, veinte o más, y durante ese tiempo la fama de Okonkwo había crecido como un incendio en el bosque cuando sopla el harmatán. Era alto y enorme, y las cejas pobladas y la nariz ancha le daban un aire muy severo. Respiraba estruendosamente y decían que sus esposas y sus hijos le oían respirar desde sus cabañas cuando dormía. Apenas tocaba el suelo con los talones al caminar y parecía que tuviera muelles en los pies, como si fuera a pegarle a alguien. Y pegaba a la gente con mucha frecuencia. Tartamudeaba un poco, y en cuanto se enfadaba y no conseguía pronunciar las palabras con la suficiente rapidez usaba los puños. No tenía paciencia con los fracasados. No había tenido paciencia con su padre.

Unoka, que así se llamaba su padre, había muerto hacía diez años. En vida había sido perezoso e imprevisor y completamente incapaz de pensar en el futuro. Cuando se encontraba con algo de dinero, que era raras veces, compraba enseguida calabazas de vino de palma, llamaba a los vecinos y lo celebraba. Decía que siempre que miraba la boca de un muerto comprendía que era un disparate no comer lo que tenías mientras estabas vivo. Unoka era un deudor, claro, y debía dinero a todos los vecinos, desde unos cuantos cauris a sumas bastante cuantiosas.

Era alto pero muy flaco y un poco encorvado. Tenía un aspecto triste y ojeroso salvo cuando bebía o tocaba la flauta. Tocaba la flauta muy bien, y sus momentos más felices eran las dos o tres lunas después de la recolección de la cosecha en que los músicos de la aldea descolgaban los instrumentos, que colgaban encima del fuego del hogar. Unoka tocaba con ellos, la cara radiante de paz y beatitud. A veces otra aldea pedía a la banda de Unoka y a sus egwugwu danzantes que fueran y se quedaran con ellos y les enseñaran sus melodías. Se pasaban en estos convites hasta tres o cuatro mercados, haciendo música y festejando. A Unoka le gustaba la buena comida y la buena amistad, y le gustaba la estación del año en que habían pasado ya las lluvias y todas las mañanas salía un

 

 

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