Levantarse temprano, sin que aclare el día, es para masoquistas. Eso pensaba al vestirme meticulosamente de blanco y tomando apresuradamente café con algún bizcocho. Apenas abría la mañana y las avenidas lucían solitarias, uno que otro despistado se cruzaba. Aún, en fila tenía algunos bostezos. Antes de llegar al hospital, me detuve. Es un crucero peligroso, por ser el paso obligado de las ambulancias. El día se había despintado y el cielo azul emergía, me dije, habrá un sol de poca madre y recién terminaba de soltar con el pensamiento la posible realidad, cuando, salió de alguna fisura un relámpago haciendo un zigzag iridiscente. Me salpicó de un verde naranjo y un amarillo crisantemo. Arriba estaba el desmadre, caían en avalancha gritos estridentes que rompían la quietud. Parecido al que se escucha, cuando se cae toda la vajilla del trastero. Un instante glorioso; admirar el vuelo de los cotorros, serpentinas tornasoladas, borrachos de vida, sin respetar el rojo de los semáforos, ni el silencio obligatorio de los hospitales.
Sonriente, atendí a los enfermos.

parvada