Amine Moussa se ha vuelto miedoso con la vejez. Él,
de universidad, amado y respetado por todos, ahora es presa de la angustia y del insomnio. Su mujer, Atika, se ríe de sus paranoias y sospecha que no está llevando bien el acercarse a los sesenta. No le entiende. Amine se sobresalta sin razón por la calle, ha comenzado a hablar solo. No se siente cómodo en ninguna parte. En su casa ya no puede soportar la presencia de la chica de la limpieza.
Odia a esa solterona de boca amarga y su mirada de desprecio. Ella cuenta con fervor cómo su hermano ha partido hacia Damasco y les envía el dinero que ha ganado en el combate. Mucho dinero. Le agradece a Dios con las palmas hacia el cielo el haber guiado a su hermano hacia la yihad. Hace una semana previno a Amine: “Señor, no puedo servirle si bebe usted alcohol. Si toco una botella, Dios me prohibirá la entrada al paraíso”. A Amine le entraron ganas de preguntarle en qué texto había encontrado semejante estupidez, pero no se atrevió. Una tarde, la sorprendió encendiendo una cerilla justo en la cara de su hija, diciendo “Ya lo ves, tú y tus padres vais a arder
en las llamas del infierno, como todos los infieles que desprecian las enseñanzas del islam”. Cuando se quejó, Atika se encogió de hombros. “Olvídalo”, dijo, “Es algo fanática, nada más. No sé por qué le das tanta importancia a esas tonterías. Estás exagerando ».

Sin duda es la edad la que alimenta su inquietud, pero no puede dejar de ver esos pequeños detalles que van pudriendo su vida diaria, que alimentan su malestar y le llenan de miedo y vergüenza. Cuando terminó de cenar, recogió todos los restos de botellas de alcohol, los ocultó en bolsas de basura y condujo dos kilómetros antes de tirarlos a un contenedor. Temía que le denunciase el conserje, ese pelirrojo que se había dejado crecer la barba y llamaba putas y perras a las alumnas del liceo privado. “Deberíamos casarnos con ellas por las buenas o por las malas, ¿no es así,
profesor?”. Amine no responde, no dice nada. Se queda en silencio cuando se sienta al lado de un conductor de taxi que escucha los casetes de un predicador saudí. Le escucha volcar todo su odio sobre los judíos y los infieles y aplaudir a la fatwa que da permiso para asesinar a todo aquel que renuncia al islam. Amine no quiere meterse en problemas, paga la carrera y se va.

Atika opina que está exagerando, que locos hay en todas partes, pero que eso no quiere
decir nada. Aunque se puso furiosa cuando la profesora abofeteó a su hija Mina cuando a ésta se le ocurrió poner en duda un verso del Corán. “Solamente he dicho que una araña no podía tejer en una hora una tela tan grande como para cubrir la cueva en la que se refugió el Profeta.” Tampoco fue ninguna tontería cuando se constituyó una “brigada de promoción de la virtud y prevención del vicio” en el barrio. “¿Y qué opinas de esto?” le gritaba Amine a su esposa, mientras agitaba un recorte de periódico bajo su nariz. Aquellos fanáticos de Dios, armados con cuchillos y porras, habían acorralado a un grupo de jóvenes y los habían golpeado hasta morir. Porque salían de noche, porque no rezaban o porque bebían alcohol, nadie sabía por qué.

Amine ha cambiado, se ha vuelto sombrío. Le obsesionan los velos, esos trozos de nylon
negro que invaden las aulas donde da clase, la playa a donde lleva a su hija, los cines en donde se censuran las más tiernas escenas de besos. Quiere hacer callar a todos esos que invocan a Dios, al diablo, la sharia y el sagrado honor de las mujeres de este país. No quiere dejarse caer en la nostalgia beata como su viejo amigo Hamid. Se niega a
idealizar su infancia, a hablar de cómo coexistían de forma pacífica con sus vecinos judíos, de las minifaldas que llevaban las muchachas y de los ideales marxistas que proliferaban en la universidad. Tampoco habría dicho que en aquella época no se hablaba nunca de religión. Que su padre sin duda rezaba, pero tan discretamente que no recuerda haberlo visto jamás de rodillas.

Atika es tan dulce. Consigue incluso tranquilizarle, abrirle los ojos para mostrarle la
belleza que los rodea. A ella le encanta el ambiente festivo de los últimos días del ramadán. Para darle un capricho, aquella tarde se desvió por el barrio El-Manar y se detuvo en la panadería Nour para comprar las crepes rellenas que tanto le gustan a su mujer y algunas chucherías para Mina. La gente hacía cola hasta la calle. Se balanceaban, impacientándose. Una mujer se coloca detrás de Amine. La ve llegar, con su hermoso rostro enmarcado en un velo malva. Ella le mira con insistencia, marcando el paso. Se acerca tanto que llega a pisarle. “Puede que sea una estudiante”, piensa. Una joven que asiste a sus clases, pero de la que no se acuerda. En ese momento podía casi sentir sus pechos contra su espalda y su aliento en su cuello.

Debe estar imaginando cosas, una chica tan joven, tan hermosa, jamás se fijaría en él. Ella se sale de la fila, y se le encara, acercando su rostro al de Amine. Se disponía a hablarle cuando ella le señaló con el dedo y se puso a gritar “¡Ha fumado! ¡Él, él ha fumado! ¡Ha roto el ayuno, aún huele a cigarrillo!”. Los clientes se alteran. Tras la caja, la panadera llama a la calma. Amine se encoje de hombros en un gesto de impotencia y comienza a andar hacia atrás. Se le acercan unos hombres que le insultan poniendo a Dios por testigo. Alguien le agarra de la chaqueta y echa a correr.

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