El poeta murió de leucemia el 29 de diciembre de 1926 en el sanatorio suizo de Val-Mont y fue sepultado de 1927 en el cementerio de Raron, en Valais. Es considerado uno de los poetas más importantes de la literatura universal. Él mismo escogió su epitafio, que escribió, como no podía ser de otro modo, en verso.
Crecí pensando que era una canción de mi terruño. Tendría como diez años cuando fuimos a la ciudad de México y la escuché por primera vez. Lo recuerdo porque estábamos en un palco, mi padre, mi madre y mi abuelita Camila. Siempre que escucho la canción, me viene el recuerdo del palco y de mi abuela. Hoy se que es de origen chileno:
Armando González Malbrán es el hombre que escribió »Vanidad», una canción reconocible sin dudas entre las composiciones más elegantes del cancionero popular de Chile. Inclinado al estilo cosmopolita del tango, del foxtrot o del jazz más que a la escuela típica de la tonada propia de su tiempo, el autor escribió además numerosos valses peruanos y con »Vanidad» sentó ya en los años ’30 las bases del futuro bolero chileno, todo en sus apenas treinta y ocho años de vida.
Pianista y compositor, Armando González Malbrán nació en Valparaíso en 1912. Se estableció en la década del ’30 en Lima, Perú, donde se dedicó al vals y escribió en ese género composiciones como »Calvario», »Ten compasión de mí», »Clavel marchito» (1932) y »Después de una ilusión, un desengaño» (1939). Intérprete frecuente de sus canciones fue el cantante chileno Pepe Aguirre, quien grabó del autor el propio »Después de una ilusión, un desengaño» y el tango »Civilización», estrenado además en la bonaerense radio Belgrano por el cantante argentino Agustín Irusta.
Vanidad» fue grabada por Raúl Videla en Buenos Aires, por boleristas mexicanos como Tito Guízar y José Mojica, quien la llevó al cine, por el ídolo argentino del bolero Leo Marini y por intérpretes chilenos como Sonia y Myriam o Los Hermanos Arriagada. Más reciente es la interpretación de »Un amor que se va» en el disco 80 son las razones (2003), del veterano cantor Eduardo Lalo Parra a dúo con su sobrina Javiera Parra, y el alcance de »Vanidad» también llega hasta nuestros días, en versiones como las de los cantantes Luis Jara y Ema Pinto en los discos Para que no me olvides (1998) y Noche callada (1999), que mantienen vivo el lujo universal de una de las canciones indispensables de la música popular chilena.
González Malbrán falleció en el Hospital San José, víctima de una enfermedad pulmonar, incurable para esa época.
En esta versión hay un cantante que formaba parte de este trío, famoso en la época del bolero, es Marco Antonio Muños que es un parteaguas también en la canción romántica y que llegó a ser todo un ídolo en Puerto rico.
Juan Antonio Espinoza Prieto más conocido artísticamente como Antonio Prieto, cantante de y actor, nació el 26 de mayo de 1926 en la ciudad de Iquique, Chile, y falleció en Santiago de Chile el14 de julio de 2011.
Se inició en1949 como cantante aficionado en el show «La Feria de los Deseos» en Radio Minería de Santiago de Chile interpretando el bolero Tú ¿dónde estás? y ese mismo año comenzó su exitosa carrera al igual que otro gran cante, su amigo de hacía mucho tiempo,
En su extensa carrera musical de más de 50 años grabó más de 1.000 canciones, entre ellas exitosos boleros y valses como»La Novia», «Chuquicamata», «Huija», «Cuando calienta el sol», «El Reloj», entre muchos otros, y los cuales le catalputaron a la fama en toda Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.
A lo largo de su triunfal carrera, siempre estuvo acompañado de suhermano, el compositor Joaquín Prieto, quien contribuyó a impulsor de su prestigio y popularidad..
A pesar de su gran fama internacional, en su país natal no tuvo mayor el reconocimiento, quizás porque sus compromisos profesionales le mantenía fuera de Chile, donde actuaba esporádicamente. La mayoría del tiempo cuando no tenía que ir en gira a otros países, debía animar sus propio programa de televisión, “El show de Antonio Prieto” que transmitía el canal de Radio Belgrand en la década de los 60.
Desde 1954 inició su carrera cinematográfica con un papel secundario en la película española «Murió hace 15 años» dirigida por Rafael Gil. Luego de su debut exitoso, intervino en más 30 producciones, tanto en papeles protagónicos como de reparto, prolongando sus actuaciones en el cine durante 14 años hasta 1968.
Su carrera actoral se concentró en España, Argentina, Italia y México, en donde compartió créditos con varios actores de la talla de Brigitte Bardot y Clint Eastwood. El fin de su incursión cinematográfica coincidió con el ocaso del bolero como fenómeno musical masivo, lo cual dio paso a la Nueva Ola de la música Latinoamérica y el apasinante Rock and roll de Estados Unidos y Gran Bretaña.
Parcialmente retirado de los escenarios, fue víctima en su residencia de Santiago de Chile de una afección pulmonar y f¿tuvo que ser hospitalizado en la Clínica Tabancura, donde falleció a causa de una falla multisistémica el 14 de julio de 2011 a los 85 años.
Salta de vez en cuando, solo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consiente de que ninguna metamorfosis se ha operado en el. Es as sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.
Tu nombre tiene un vasto silencio a mi lado ¡ay de mí si lo rompiese! Tendría que vivir contigo como un árbol que permanece mil años en la montaña ofreciendo flores al viento
La barca amaba el mar, por eso levó el ancla de sus prejuicios, para entregarse con pasión al vaivén de sus saladas caricias. Él, en una coqueta demostración de poder, se la tragó.
A veinte años de que Khomeini decretara la fatwa contra Salman Rushdie por Los versos satánicos , los escritores indios han producido un corpus literario poderoso y reconocido en todo el mundo, signado por el cruce entre tradición y modernidad
En un país con 1147 millones de habitantes, las proporciones se pierden y toda cuantificación es estéril. Más aún cuando se trata de literatura. Con tal cantidad de gente, que el gobierno indio invierta más de medio millón de dólares en traducir 50 títulos de autores locales al inglés, francés, alemán y español; que lleve una delegación de 60 escritores y casi 200 editores a la Feria del Libro de Fráncfort; que el festival literario de la ciudad de Jaipur sea uno de los más grandes jamás realizados siempre será poco. De modo que no hay otra manera de aproximarse a la literatura india que distinguiendo individualidades, partes que probablemente nunca hablen por el todo, pero al menos dan ciertas luces.
A fines de los años 90 las editoriales inglesas y norteamericanas comenzaron a fijar su atención en jóvenes autores de raíces indias quienes, desde la novela, traían en sus historias un mundo desconocido, exótico y marcadamente enfocado en los clanes familiares. Hoy muchos de ellos parecen haber mudado la piel y se consolidan con una literatura desmarcada de los apellidos y anclándose, lejos de la ensoñación inicial, en la realidad; un universo lejano, pero sin condimentos; una India occidentalizada que muchas veces funciona como espejo de Sudamérica.
Uno de los primeros referentes de la figuración global de la literatura angloindia se produjo a inicios de los años 80 con la novela Hijos de la medianoche , de Salman Rushdie (Bombay, 1947), la cual se transformó en una suerte de paradigma para los años siguientes no sólo por alcance político (un niño con misteriosos dotes paranormales nace en la víspera de la independencia de la Nación), sino también porque su autor había sido criado y formado académicamente en Inglaterra.
Pese a que esta obra es una de las cien mejores novelas del siglo XX según la revistaTime , sería otro el hecho por el que el autor logró notoriedad: la condena a muerte delayatollah Khomeini por ofensas al islam con su novela Los versos satánicos. Para entonces Rushdie, que acaba de publicar La encantadora de Florencia ( novela llena de historias dentro de la historia, que contrasta la Florencia de los Médicis y el Imperio Mongol), ya había cimentado un prestigio literario del que goza hasta hoy, cuando se han cumplido 20 años de la fatwa decretada por el líder iraní y a la que el novelista, harto de ser visto como un símbolo de persecución, ya dejó de temer.
«El éxito de los Hijos de la medianoche propició la difusión internacional de la literatura angloindia, de la que llegó a afirmarse, quizás exageradamente, que era el fenómeno literario más interesante desde el boom latinoamericano», explica Jorge Herralde, editor de Anagrama, quien publicó en español el segundo gran hito de los últimos años: El dios de las pequeñas cosas , de Arundhati Roy. La novela, que cuenta la historia de tres generaciones familiares, recibió el Premio Booker de Inglaterra y se tradujo a más de 30 idiomas. En España fue el libro de ficción más vendido de 1998 y en Chile estuvo varias semanas encabezando el ranking . El patrón parecía ser el mismo de la generación de García Márquez: contar maravillosas historias fundacionales.
Dejando a un lado a V. S. Naipaul, Nobel de Literatura 2001, de origen indio pero nacido en Trinidad y Tobago además de criado en Inglaterra, el interés de la industria por multiplicar el fenómeno Roy fue instantáneo y los agentes se lanzaron en busca de nuevos autores, varios de los cuales no estaban en India, sino en Inglaterra o Estados Unidos y ya habían publicado en revistas como Granta , The New Yorker y en diversas antologías. Nacidos en la propia India y emigrados a temprana edad, muchos de ellos se especializaron en literatura creativa, como Kiran Desai, quien a los 35 años se transformó en la mujer más joven en ganar el Booker con El legado de la pérdida(Salamandra). Además, el impulso de la industria hizo posible descubrir narradoras londinenses con orígenes en la limítrofe Bangladesh, como Jhumpa Lahiri (1967), ganadora del Pulitzer 2000 con la colección de relatos Intérprete de ilusiones (Planeta). Criada en Estados Unidos, su novela El buen nombre (Emecé) confirmó, según el periódico mexicano La Jornada , «el talento de la autora para establecer, a través de la visión cultural y emocional, una comparación constante con la cultura estadounidense, tan distinta y ajena a la bengalí».
Monica Ali (1967), de padre inglés y madre india, es autora de Siete mares, trece ríos(Emecé) y Azul Alentejo (Alfaguara), novelas que se destacan por su cariz más intimista para abordar las relaciones familiares, aunque en contextos similares a los de sus colegas. «Creo que todo el mundo puede leer mi novela, desde una persona mayor hasta un niño», dijo la autora en un encuentro con sus lectores en España. «Porque trata de temas interculturales. En este sentido, no creo que tenga un público en especial sino que el propio texto tiene cierta vocación universal, no va dirigido a nadie en concreto.»
Otras teclas
Por más que muchas de estas novelas «étnicas» de autores debutantes fueran contratadas por sobre los 150 mil dólares (una cifra más que respetable en los años 90), pocos de ellos estuvieron dispuestos a repetir, en una segunda entrega, el exotismo de tramas o escenarios que tanto interés habían despertado en Europa.
En el caso de Arundhati Roy (Kerala, 1961), en sus siguientes libros cambió de tecla y se empeñó en la escritura de ensayos políticos y reportajes de denuncia frontal, como El fin de la imaginación, que aborda la obsesión de su país por el armamento nuclear y El álgebra de la justicia infinita , sobre las implicancias del atentado al World Trade Center en su país y el resto del vecindario. «Hoy en día, y mientras algunos de nosotros lo contemplamos con auténtico horror, el Gobierno de la India anda meneando furiosa e insinuantemente sus caderas y rogando a los Estados Unidos que instalen allí sus bases, en lugar de hacerlo en Pakistán.»
Allí está, también, el caso de Vikram Seth (Calcuta, 1952), quien luego de retratar, en 1350 páginas, la conformación de las parejas y los matrimonios indios en su novela Un buen partido («es posible que nos hallemos ante una de las mayores obras narrativas de la segunda parte del siglo XX», afirmó el diario español El Mundo ), dio un giro radical con Una música constante , que cuenta la historia de amor de una pareja de músicos europeos, situada en Londres, Venecia y Viena. «Ésta es mi primera novela europea. Me siento indio y soy escritor; por tanto, soy un escritor indio, pero no por ello necesariamente tengo que escribir siempre sobre India», declaró.
El editor Jorge Herralde destaca el éxito que han tenido estos autores, y señala que Seth y Arundhati Roy, además de Rushdie, podrían formar «el podio de honor». Además, entre otros escritores angloindios, en 2007 se publicó la primera novela de Vikas Swarup (1963), ¿Quiere ser millonario? (Anagrama). Situada en Bombay, cuenta la historia de un chico marginal que participa en un concurso televisivo y fue llevada al cine por Danny Boyle con el título Slumdog Millionaire . La película basada en la novela de este diplomático nacido en Allahabad se llevó ocho estatuillas de las diez para las que estaba nominada en la última edición de los premios Oscar, entre ellas la de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado. Tras el éxito de ¿Quiere ser millonario? , Swarup publicó a mediados del año pasado Six Suspects , novela aún no editada en español.
Los actuales escritores indios se mueven sin complejos entre los escenarios locales y europeos; han obtenido premios y notoriedad en Francia, Alemania y Escandinavia. Aunque naturalmente son reacios a hablar de generación, muchos coinciden en que a la hora de hablar de su país, lo hacen situados más en la realidad urbana que desde el exotismo desatado. Así lo cree Anita Nair, de quien recientemente Alfaguara publicó su cuarto libro, El sátiro del metro , una colección de cuentos urbanos. La autora, como varios de sus colegas, proviene del mundo de las comunicaciones y conoce el curso de las aguas.
«El periodismo ha sido una gran influencia», dijo Nair a Revista de Libros . «La investigación de los temas es probablemente un influjo de periodismo. También me inclino a editar como escribo, que es un resultado de mi experiencia en publicidad. Sin embargo, la más profunda influencia ha sido el entendimiento de la condición humana y el querer ir más allá de la superficie.»
El apoyo de la industria y de la prensa no han sido los únicos dentro del auge de la literatura india de la última década. A fines de 2005 el editor de un semanario de Nueva Delhi, sin mostrarse especialmente extrañado por esta expansión, aseveró que ésta es «un reflejo del creciente poder económico de India; la cultura va de la mano con este florecimiento». Pese a lo controversial de la frase, el tiempo terminó dándole la razón: al año siguiente India era el país invitado a Fráncfort y el Estado apoyó, como se ha dicho, con traducciones y viajes masivos.
Por sobre el apadrinamiento, sin embargo, el gran empeño de la literatura india de hoy es poner en Occidente una polaroid de aquel mundo lejos del imaginario turístico del Taj Mahal. No extraña, entonces, que Aravind Adiga (Madrás, 1974), reciente ganador del Booker por su novela Tigre blanco , tampoco dude en ir al frente en temas espinosos cada vez que tenga la opción. «Aunque gran parte de la India siempre ha sido pobre, antes había muy poca delincuencia. Pero hoy la tentación de una persona pobre es mayor: ves los centros comerciales, la publicidad por todas partes; ves que tus vecinos la pasan mejor que tú. Eso te conduce a la frustración y la frustración a la ira.»
Hace tiempo que los indios perdieron el miedo; y que el resto del mundo se dé por enterado.
Cuando Chris, un periodista inglés, llega al sur de la India para entrevistar y escribir sobre Koman, un conocido maestro de danza kathakali, se encuentra con un mundo lleno de magia y no sospecha la cantidad de recuerdos y sentimientos dormidos que van a aflorar con su llegada. Radha, la sobrina de Koman, es una mujer de espíritu independiente,casada desde muy joven y sin hijos, que con la llegada del inglés descubrirá que hay una vida mucho más apasionante que la que lleva con su marido Shyam. Pero la estancia de Chris revelará también historias
ocultas de su familia. Koman rescatará del pasado la historia de amor entre su padre indio y su madre musulmana, quienes vivirán un amor imposible que tal vez más tarde él acabe por repetir.Con la misma sensibilidad que demostró en El vagón delas mujeres, Anita Nair describe a través de las voces de Radha, su esposo Shyam y su tío Koman, la India actual,sus raíces milenarias y las pasiones y los deseos que rigen la vida de las personas.
Bueno, ¿por dónde empiezo?La cara. Sí, empecemos por la cara, que refleja las mudanzas del corazón. Es con la cara con la que transmitimos pensamientos en un lenguaje sin sonidos. ¿Te sorprende esta idea? Te gustaría saber cómo puede existir un lenguaje sin sonidos. No lo niegues. Leo la pregunta en tus ojos.Me doy cuenta de que sabes muy poco sobre el mundo al que te quiero llevar.Entiendo que te preocupe que pueda estar más allá de tu comprensión. Pero quiero que sepas que consideraría que mis intenciones han fracasado si no consiguiera transmitirte amenos una parte del amor que profeso amarte. Cuando acabe, espero que sientas lo mismo que yo. O casi lo mismo.Confía en mí. Es lo único que te pido.Confía en mí y escucha. Y confía en tu inteligencia. No dejes que otros decidan por ti qué es lo que está a tu alcance y qué es lo queestá fuera de él. Te aseguro que eres capaz de abarcar todo esto y mucho más.Mírame. Mírame a la cara. La cara desnuda, despojada de colores y maquillaje,de brillos y adornos. ¿Qué vemos en ella? La frente, las cejas, las fosas nasales, la boca, la barbilla y treinta y dos músculos faciales.Estas son nuestras herramientas y con ellas tenemos que trazar el lenguaje sin palabras.Las navarasas: amor, desprecio, pena, furia,valor, miedo, disgusto, asombro y paz.En la danza, como en la vida, no necesitamos más que nueve formas de expresarnos. Las podríamos llamar las nueve caras del corazón.
Con el tiempo, cada uno de ellos lo recordaría de manera diferente. Pero mientras vivieron nunca llegó a borrarse el recuerdo de aquel momento de magia. La luz que bañaba la escalera de aluminio, arrojando en su sombra un resplandor blanco; la brisa que refrescaba el aire sobre los charcos que quedaban en el lecho del río. Chris esperando, una isla de quietud en aquel andén abarrotado de ferrocarril. Estaba de pie, haciendo caso omiso de las miradas curiosas, de los pilluelos que le rodeaban con ojos hambrientos y las palmas extendidas, de los vendedores que le incitaban a probar sus mercancías. No se había dado cuenta de que su equipaje obstruía el acceso a la escalera mecánica y provocaba las protestas y los gruñidos de la gente, que tropezaba con las maletas.
Chris miró alrededor, con espirales de luz atrapadas en su cabello y lo que parecía estuche de un violín gigante inclinando su cuerpo hacia un lado. Como para compensar,su boca dibujaba una línea ladeada y reflexiva.Se quedaron quietos un momento,mirándole. Luego, él levantó los ojos y los vio al final de la escalera. Un hombre mayor, una mujer joven y un hombre no tan joven.Vacilante, inseguro, eclipsando el paso de la luz e interrumpiendo el flujo de las pisadas.La línea se suavizó en una curva, un gestode alegría tan transparente y tan ajeno a lo quehabría de venir después que sintieron, todos y cada uno de ellos, como si el ala de una polilla, suave y etérea, acariciara sus almas.Fue una caricia tan breve y deliciosa que la echaron de menos dolorosamente en el mismo instante en que pasó.Tal fue la magia de aquel momento.Luego, como si le correspondiera dar el primer paso, la mujer joven se adelantó. —Hola, tú debes de ser Christopher Stewart —dijo—. Yo soy Radha. Bienvenido.Extendió la mano en su dirección, al mismo tiempo que él juntaba las suyas en un gesto de
namaste, como sugería su guía turística que debía hacer para saludar a las mujeres en la India.Ella dejó caer su mano como si la hubieran regañado. Él extendió la suya como pidiendo perdón. Con aquel barullo de gestos, modales y torpezas se plantó Chris en una tierra desconocida. —Hola, soy Chris. Encantado de conocerte, Radha —dijo su nombre suavemente, separando las sílabas, reteniéndolas en la memoria, saboreando cada grupo de sonidos. Radha se estremeció. La forma de pronunciar su nombre acarició la base de su columna vertebral como un manojo de
plumas. Para romper el hechizo, se volvió hacia el hombre no tan joven. —Este es Shyam —dijo. —Sham —dijo Chris casi con un chillido,como si se hubiera pillado los dedos con una puerta. ¿Qué clase de nombre era aquél? Y más aún, ¿qué especie de fiera era aquel hombre?, se preguntó mientras liberaba los dedos de su apretón. Abrió y cerró lentamente los dedos casi entumecidos a su espalda.Ignorando el dolor de Chris, el hombre no tan joven protestó: —Impostor. No soy un impostor. Me llamo S-h-y-a-m.
1
Pero Chris ya se dirigía al hombre mayor. —Y usted, señor —dijo despacio. Le habían dicho que el anciano sabía un poco de inglés—, usted debe de ser el señor Koman. El anciano asintió con la cabeza. Chris sonrió inseguro. En los pocos días que llevaba
en la India ya se había enfrentado a aquel movimiento de cabeza y todavía no había conseguido descifrar si significaba un sí o un no. Radha se acercó al hombre mayor. —Tío —dijo—, éste es Christopher Stewart. Chris habló lentamente, sin saber hasta qué punto le entendería el anciano. —Su amigo Philip Read me ha hablado mucho de usted. Me siento muy honrado de que haya accedido a recibirme.El anciano le tomó ambas manos entre las suyas y sonrió. La calidez de su mirada le caló muy hondo. Chris dejó que sus ojos se deslizaran sobre la cara del anciano,examinando cada uno de los rasgos en busca de una curva, una línea familiar.Vio las patas de gallo que arrugaban sus ojos bajo las espesas cejas. Vio los prominentes pómulos que tensaban la piel de viejo dándole una expresión casi juvenil y, luego, vio el hoyuelo de la barbilla y sintió una llamarada en su interior. Dejó que sus ojos bajaran hasta sus manos entrelazadas. Hola, dijo en silencio. Hola, anciano de otro lado del mar. Hola, posible padre. Hola,hola, hola…
El río recuerda a las lavanderas, gustaba de verlas cada semana en sus orillas, llevando la chorcha de hijos. El splash splash, de cada una de ellas hacia coro y se untaba a los rumores que él traía. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, silbaba y detenía su respiración, abriéndole las puertas al silencio.
y el río complacía a la bóveda del cielo entregándole su música que animaban a la alegría, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.
La casa tiene dos habitaciones; está construida con troncos,
tablas y corteza fibrosa, y el suelo está hecho de tablas resquebrajadas. La cocina, también de corteza, está al final y es más
grande que el resto de la casa, terraza incluida.
Alrededor sólo hay monte. Un monte sin fin en una eterna
llanura. No hay colinas a la vista. El monte es de manzanos
enanos y carcomidos. Pero no hay arbustos, ni nada en que
descansar la vista, salvo el verdor de algunas encinas cuyo follaje
susurra sobre un arroyo seco. Hay que recorrer diecinueve millas
para encontrar alguna señal de civilización: una choza junto a la
carretera principal.
El ganadero, que tuvo en su día tierras propias, está lejos,
conduciendo rebaños de los grandes propietarios, mientras que su
mujer y sus hijos se quedan aquí solos.
Los niños están jugando alrededor de la casa; son cuatro, y
tienen un aspecto andrajoso y polvoriento. De pronto uno de
ellos grita:
—¡Una serpiente! ¡Mamá, aquí hay una serpiente!
La mujer, delgada y de piel morena, sale precipitadamente de
la cocina, recoge al pequeño del suelo, lo apoya sobre su cadera
izquierda y coge un palo.
—¿Dónde está?
—¡Aquí! ¡Se ha metido en el montón de leña! —grita el hijo
mayor, un pilluelo de once años de cara delgada—. ¡Quédate ahí,
mamá! ¡La cogeré! ¡Apártate! ¡Maldita sea! ¡La cogeré!
—Tommy, ¡ven aquí o te morderá! Ven en seguida cuando te
llamo. ¡Basta ya, te digo!
LA MUJER DEL GANADERO
28
El más pequeño acude inmediatamente con un bastón más
grande que él. De repente, grita triunfante:
—¡Se cuela por allí, por debajo de la casa! —y se lanza a
perseguirla con el palo en alto. El perro, que es grande, negro y
tiene los ojos amarillos propios de su raza, muestra un enorme
interés por el incidente, rompe la cadena y echa a correr detrás de
la serpiente. Pero llega demasiado tarde y, cuando mete la nariz
por la grieta de la pared, la cola de la serpiente ya se ha
escondido. A su vez, el niño al golpear con el bastón le pela la
nariz al perro, quien apenas lo nota y sigue inspeccionando la
casa. Con un poco de esfuerzo consiguen amansarlo y lo atan. No
pueden permitirse el lujo de perderlo.
La mujer del ganadero hace que los niños se queden juntos
cerca de la caseta del perro mientras que ella vigila a la serpiente.
Pone leche en dos platos y los deja junto a la pared para hacerla
salir; pero una hora más tarde aún no se ha dejado ver.
Pronto se pondrá el sol, y se aproxima una tormenta. Los niños
deberían entrar en casa, pero ella sabe que la serpiente está allí y
que en cualquier momento podría asomar por una de las grietas
del suelo. Por eso, hace varios viajes a la cocina cargada de leña
y luego lleva a los niños allí. El suelo de la cocina es de tierra o
«natural» como dicen en esta zona. Sienta a los niños a una gran
mesa de madera sin pulir que hay en el centro. Son dos niños y
dos niñas, muy críos. Les da algo de cenar y antes de que
oscurezca, entra rápidamente en la casa para coger algunas
sábanas y almohadas, temiendo que la serpiente se le pueda
aparecer entre la ropa. Improvisa una cama para los niños en la
mesa y se sienta al lado para vigilar durante la noche.
Tiene los ojos bien abiertos, un palo a mano, el costurero y un
ejemplar de Young Ladies’ Journal. El perro también está con
ellos.
Tommy se va a la cama protestando; dice que permanecerá
despierto toda la noche y destrozará a esa maldita serpiente.
Su madre recuerda cuántas veces le ha advertido que no diga
palabrotas.
El niño se ha llevado el bastón a la cama. Su hermano, que está
a su lado se queja:
LA MUJER DEL GANADERO
29
—¡Mamá! ¡Tommy no hace más que molestarme con el palo!
¡Quítaselo!
Tommy:
—¡Cállate enano! ¿O quieres que te muerda la serpiente?
Jacky se calla.
—Si te muerde —dice Tommy—, se te hinchará y apestarás.
Te pondrás rojo y verde y azul y de todos los colores, y entonces
reventarás. ¿Verdad mamá?
—Vamos, no asustes al niño —dice ella—, y haced el favor de
dormir.
Los dos pequeños se ponen a dormir. Jacky no para de
quejarse de que está «apretujado», y al final su hermano tiene
que dejarle más sitio.
Entonces Tommy dice:
—¡Mamá! ¿Oyes esos pequeños rabopelados de m***? Me
gustaría retorcerles el jo*** pescuezo.
Jacky protesta adormilado:
—¡Pero si esos pequeños de m*** no nos hacen ningún daño!
Madre:
—¡Oye! ¿Cómo tengo que decirte que no enseñes palabrotas a
Jacky?
Pero lo que ha dicho Jacky la hace sonreír.
Jacky se queda dormido.
Poco después, Tommy pregunta:
—¡Mamá! ¿Crees que llegará un día en que exterminen a los
malditos canguros?
—¡Pero por Dios! ¿Cómo quieres que sepa yo eso, criatura?
¡Duérmete!
—¿Me despertarás si sale la serpiente?
—Sí… Duérmete ya.
Es casi medianoche. Los niños están durmiendo; ella continúa
allí sentada, a ratos cosiendo, a ratos leyendo. De vez en cuando
echa una mirada al suelo y al zócalo y cuando oye un ruido
agarra el palo. La tormenta se acerca y el viento que se cuela por
las grietas de las paredes de piedra amenaza con apagar la vela,
LA MUJER DEL GANADERO
30
que coloca con reparo en la rinconera y protege con un periódico.
A cada relámpago, las grietas de la pared brillan como plata
pulida. Se desencadena la tormenta y empieza a llover a cántaros.
Caimán, el perro, está estirado a sus anchas en el suelo, con los
ojos vueltos hacia un tabique interior; y gracias a esto, ella sabe
que la serpiente está allí. En ese tabique hay enormes grietas que
se abren por debajo del suelo de la vivienda.
Ella no es cobarde, pero recientemente han sucedido cosas que
le han sacudido los nervios. No hace mucho, al hijo pequeño de
su cuñado le mordió una serpiente y murió. Además, hace seis
meses que no tiene noticias de su marido y está preocupada por
él.
Él era ganadero, y empezó a ocupar estas tierras cuando se
casaron, pero la sequía de 18** lo arruinó y tuvo que sacrificar
los animales y marcharse a trabajar para los grandes propietarios.
Cuando está en casa, suele llevar a la familia al pueblo más
cercano, y cuando no está, su hermano, que vive en la carretera
principal, les trae provisiones cada mes. La mujer tiene aún un
par de vacas, un caballo y unas cuantas ovejas. De vez en
cuando, su cuñado mata una oveja; ella se queda con lo que
necesita y él se lleva el resto a cambio de provisiones.
Está acostumbrada a quedarse sola; en una ocasión su marido
estuvo fuera durante un año y medio. Como todas las chicas, de
joven, ella también construyó castillos en el aire, pero aquellas
esperanzas y anhelos ya se han desvanecido. Ahora toda la
distracción y el entusiasmo que desea lo encuentra en Young
Ladies’ Journal, y a la pobre le encanta mirar las ilustraciones de
moda.
Tanto su marido como ella nacieron en Australia. Él es algo
despreocupado, pero un buen marido al fin y al cabo. Si pudiera,
la llevaría a la ciudad y la trataría como a una reina. Están
acostumbrados a vivir separados, al menos ella sí lo está. «¿Para
qué atormentarse?», suele decir. Quizá haya momentos en los
que él olvide que está casado, pero siempre que vuelve a casa con
dinero se lo da casi todo a ella. Antes de que la sequía lo
arruinara, la llevaba a la ciudad, alquilaba un coche-cama en el
ferrocarril y se hospedaban en los mejores hoteles. Además, en
LA MUJER DEL GANADERO
31
una ocasión incluso le compró una calesa, aunque más tarde
tuvieron que venderla, junto con todo lo demás.
Las dos hijas pequeñas nacieron en la casa, una mientras su
marido traía a la fuerza a un médico borracho para que la
atendiera. Ella estaba sola, y se sentía débil. Había estado
enferma y con fiebre, y pidió a Dios que le enviara ayuda. Dios le
envió a la Negra Mary, la aborigen más «blanca» de la región.
Uno de sus hijos murió cuando su marido no estaba allí y ella
cabalgó diecinueve millas con el niño muerto en busca de ayuda.
Deben ser cerca de la una o las dos. El fuego arde lentamente.
Caimán está echado con la cabeza apoyada sobre las patas,
mirando hacia la pared. No es un perro demasiado bonito; la luz
descubre viejas cicatrices donde el pelo no volverá a crecer. No
teme a nada sobre la faz de la Tierra ni debajo de ella; atacaría a
un buey con la misma facilidad con que atraparía a una mosca.
Odia a todos los perros (excepto a los de la caza del canguro) y
siente una gran antipatía hacia los amigos o conocidos de la
familia, aunque apenas les visitan. A veces se hace amigo de
extraños. Odia las serpientes y ha matado muchas, pero algún día
lo morderá una y Caimán morirá: la mayoría de los «perros
serpiente» acaban así.
De vez en cuando, la mujer deja su trabajo y observa, escucha
y piensa. Piensa acerca de su propia vida, pues hay poco más en
qué pensar.
Gracias a la lluvia, la hierba volverá a crecer. Eso le recuerda
cómo luchó una vez para apagar un incendio en el monte, cuando
su marido se encontraba lejos. La hierba estaba seca y muy
crecida, y el fuego amenazaba con abrasarla. Se puso unos
pantalones viejos de su marido e intentó apagar las llamas con
una rama verde, hasta que gotas de un sudor negro le cubrieron la
frente y le resbalaron por los brazos ennegrecidos. A Tommy le
divertía ver a su madre en pantalones; el niño trabajó a su lado
como un pequeño héroe, aunque gritaba con fuerza para que lo
cogiera en brazos y, de no haber sido por cuatro hombres
valientes que llegaron justo a tiempo, el fuego la habría vencido.
LA MUJER DEL GANADERO
32
Fueron momentos de una gran tensión: cuando fue a coger al
niño, éste gritó y se debatió con fuerza creyendo que se trataba
de un «negro»; y Caimán, confiando en el instinto del chiquillo
más que en el suyo propio, atacó furiosamente, y (puesto que era
viejo y ligeramente sordo) tan emocionado como estaba, no
reconoció en un primer momento la voz de su dueña, por lo que
no la soltó hasta que Tommy tuvo que obligarlo a echarse atrás
golpeándolo con la correa de una silla de montar. El dolor que el
perro sentía y su impaciencia por que los demás comprendieran
que todo había sido un error resultaban evidentes: una enorme
sonrisa bastó para reconfortarlo. Fue un episodio glorioso para
los niños; un día para recordar y del que hablar y reír durante
muchos años.
Recuerda cómo luchó contra una inundación estando su
marido ausente. Permaneció durante horas bajo un fuerte aguacero y cavó un canal de desagüe para salvar la presa del arroyo.
Pero no lo consiguió. Una campesina tampoco lo puede hacer
todo. A la mañana siguiente la presa estaba rota y su corazón
también estuvo a punto de romperse al pensar cómo se sentiría su
marido cuando volviera a casa y viera destrozado el fruto de
meses de trabajo. Entonces lloró.
También se enfrentó a «la pleuro», medicó y sangró las pocas
reses restantes y lloró de nuevo cuando murieron sus dos mejores
vacas.
En otra ocasión luchó contra un novillo enloquecido que sitió
la casa durante un día. Hizo balas y las disparó con una vieja
escopeta por entre las grietas de la pared. Al día siguiente el
novillo había muerto. Lo despellejó y obtuvo 7 peniques con 6
chelines por su piel.
Hace frente asimismo a los cuervos y águilas que tienen la
vista puesta en sus gallinas. Su plan de campaña es muy original:
los niños gritan «¡Mamá, cuervos!», ella sale corriendo, les
apunta con un mango de escoba como si se tratase de una pistola,
y dice «¡Bang!». Los cuervos salen volando; son astutos, pero
una mujer lo es aún más.
A veces viene un campesino borracho y sin dinero, o un
haragán sin trabajo de aspecto salvaje, y le dan un susto de
muerte.
LA MUJER DEL GANADERO
33
—Mi marido y dos hijos están trabajando en la presa —suele
decir al sospechoso desconocido, porque ellos siempre preguntan
por «el jefe».
Precisamente, la semana pasada un jornalero con cara de pocos
amigos, tras informarse y comprobar de que no había hombres en
el lugar, dejó caer su hatillo en el porche y pidió comida. Cuando
ella le hubo dado algo de comer, él mostró intenciones de
quedarse a pasar la noche. El sol se estaba poniendo. Ella cogió
una barra del sofá, soltó al perro y se enfrentó al desconocido:
—¡Váyase ahora mismo! —dijo con la barra en una mano y el
collar del perro en la otra. Él miró a la mujer y al perro.
—¡Tranquila, ya me voy! —dijo servilmente, y se fue. La
mujer parecía decidida. Los ojos amarillos de Caimán se fijaban
en él de un modo desagradable. Además, la mandíbula del animal
era bastante parecida a la de un verdadero caimán.
Ahora, sentada junto al fuego, en guardia contra una serpiente,
tiene pocas alegrías en las que pensar. Todos los días le parecen
iguales. No obstante, los domingos por la tarde se viste, arregla a
los niños, acicala al bebé y sale a dar un solitario paseo por el
camino del bosque, empujando ante sí un viejo cochecito. Hace
lo mismo todos los domingos. Pone tanto afán en que todos,
tanto ella como los niños, estén elegantes que parece como si se
fuera a ir a pasear a Sydney, y sin embargo no hay nada que ver
ni nadie con quien encontrarse. A menos que se sea un
campesino, se pueden andar veinte millas sin encontrar ningún
punto de referencia. Esto es debido a la similitud perpetua y
enloquecedora de los árboles achaparrados, a esa monotonía que
lleva al recién llegado a desear dejar el lugar y marcharse al sitio
más lejano a donde llegue un tren o navegue un barco, y más
lejos aún.
Pero esta campesina está acostumbrada a la soledad. Al
principio la odiaba, pero ahora se sentiría mal si no estuviera
sola. Cuando su marido vuelve se alegra, pero no se deshace en
atenciones ni se muestra especialmente efusiva por ello. Le
prepara un buen plato y arregla a los niños.
LA MUJER DEL GANADERO
34
Parece contenta con su suerte. Ama a sus hijos aunque no
tenga tiempo para demostrarlo y parezca muy severa con ellos.
Las circunstancias tampoco son las propicias para que se
desarrolle el aspecto sentimental o «femenino» de su naturaleza.
Debe estar amaneciendo, pero el reloj está en la otra habitación. La vela ya casi se ha consumido. Había olvidado que se le
habían terminado las velas. Hay que ir a por leña para mantener
el fuego encendido, así que encierra al perro en el interior y corre
a la pila de leña. Ha cesado de llover. Intenta coger un tronco y al
tirar de él – ¡crac! – se derrumba toda la pila de leña, dándole un
susto de muerte.
El día anterior había negociado con un aborigen errante para
que le trajera leños, y mientras él estaba trabajando, ella fue en
busca de una vaca extraviada. Cuando regresó quedó asombrada
al ver una pila de leña junto a la chimenea. Le dio un poco más
de tabaco de lo normal y lo elogió por haber hecho tan buen
trabajo. Él se lo agradeció y se marchó con la cabeza alta. Pero
había dejado un hueco en la pila.
Ahora ella se siente dolida; cuando vuelve a la mesa se le
saltan las lágrimas. Coge un pañuelo para secarlas, sin embargo
se restriega los ojos con los dedos. El pañuelo está lleno de
agujeros y se da cuenta de que ha pasado el pulgar por uno de
ellos y el índice por otro. Eso la hace reír de repente, ante la
sorpresa del perro. Tiene un profundo sentido del ridículo; piensa
que algún día hará reír a los campesinos al contarles este
incidente. A menudo comentaba cómo un día se había sentado
para llorar desconsoladamente y cómo el viejo gato se había
restregado contra su vestido y – como decía – «también lloró».
Entonces ella había tenido que echarse a reír.
Ya casi es de día. La cocina está caldeada por el fuego de la
chimenea. De vez en cuando Caimán mira la pared. De repente,
algo capta su atención. Se acerca a unos centímetros del tabique
LA MUJER DEL GANADERO
35
y se estremece. El pelo de su espalda empieza a erizarse; sus ojos
amarillos brillan de cólera. Ella sabe lo que esto significa y apoya
la mano en el palo. La parte inferior del tabique tiene una grieta a
cada lado. Un par de ojos pequeños de mirada fría brillan desde
una de estas hendiduras. Una serpiente negra sale lentamente,
moviendo su cabeza de arriba a abajo. El perro se queda quieto y
la mujer, fascinada, permanece sentada. La serpiente avanza un
poco más. La mujer levanta el palo, y el reptil, consciente del
peligro, se apresura a esconderse metiendo rápidamente la cabeza
por otra grieta. Caimán salta y su boca se cierra con un
chasquido. Ha sido un intento fallido porque tiene la nariz
demasiado ancha; el cuerpo de la serpiente está pegado al ángulo
que forman el zócalo y el suelo. Cuando mueve la cola intenta
alcanzarla de nuevo. Esta vez la ha cogido y tira de ella unas 20
pulgadas. ¡Cloc! ¡cloc! La mujer da golpes contra el suelo.
Caimán tira otra vez. ¡Cloc! ¡cloc! Caimán tira un poco más. Ya
ha conseguido sacar la serpiente – una bestia negra de 5 pies.
Ésta lleva la cabeza rápidamente, pero el perro tiene a su enemiga
atrapada por el cuello. Es un perro grande y grueso, aunque veloz
como un galgo. Zarandea a la serpiente como si la considerara el
castigo común de la especie humana. El hijo mayor se despierta.
Coge el palo y quiere salir de la cama, pero su madre, con una
sartén de hierro en la mano, le obliga a retroceder. ¡Cloc! ¡cloc!
La espalda de la serpiente está rota en varias partes. ¡Cloc! ¡Cloc!
La cabeza está aplastada y Caimán tiene la nariz pelada.
La mujer recoge el reptil aplastado con la punta del palo, lo
lleva hasta la chimenea y lo tira. Apoyada en la pila de troncos
observa cómo se quema la serpiente. El niño y el perro también
miran. La madre pasa la mano por la cabeza del perro, y toda la
furia y la cólera desaparecen de sus ojos amarillos. Los pequeños
se han tranquilizado y se disponen a dormir. El niño, con las
rodillas sucias, permanece por un momento de pie en camisa,
mirando el fuego. Entonces mira a su madre: le ve las lágrimas
en los ojos, y, de repente, le rodea el cuello con los brazos y
exclama:
—Mamá, yo nunca seré ganadero, ¡te lo juro, mamá!
Ella sin aliento lo abraza y besa, y permanecen sentados, así,
juntos, mientras la luz del día irrumpe en el llano.
LA MUJER DEL GANADERO
36
(1892)
Traducción: Mónica Monleón, Montse González Barri,
Imma Raluy, Eloísa Moyano
. La postura que la modernidad tiene ante el amor mueve un poco a risa y otro poco a compasión. Cuando uno escucha decir a un joven que «no vale la pena enamorarse» o, directamente, que «no hay que enamorarse», uno no puede menos que sonreír con algo de pena mientras espera que el […]
El hombre le pregunta a Dios Hombre:- «¿Por qué has hecho a la mujer tan bella?» Dios:- «Para que te enamores de ella» Hombre:- «Y entonces, ¿por qué la has hecho tan tonta?» Dios:- «Para que se enamore de ti»
“Flor sin retoño”, cantaba Salinas en la década de los cuarenta. “Yo la regaba con agua que cae del cielo/y la regaba con lagrimas de mis ojos/mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor/esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón”. Nadie sabe de dónde salió pero hoy, una pálida flor artificial adorna el nicho en el que se hallan sus restos. En la urna, se mezclaron las cenizas de Genaro y de Malena. Así lo quiso su familia, sumida en un largo silencio que sólo parece explicarse por la trágica y misteriosa muerte del tenor mexicano. https://dospuertos.wordpress.com/2012/11/16/de-tampico-a-chacarita-el-viaje-de-genaro-salinas/?fbclid=IwAR0lJZtplYJqsIbY_YYsAiaSY204JBbKPUFLeJT9d6MGEqHu7yQpIg1EPs0
Lo que he señalado en negritas me servirá de dato para hacerme algunas preguntas relacionadas con la canción. Seguramente la recuerda fue un éxito con Pedro Infante, también con los «Hermanos Martínez Gil» Antes la había interpretado Genaro Salinas* (1918-1957).
La liga de la canción en la voz de Genaro salinas:
Lejos, muy lejos de ser un entendido de música, pero la canción esta cantada con la misma letra que se oye en las últimas versiones y en un ritmo de danzón, no de bolero.
Puse en el google quien era el autor de la canción «flor sin retoño» y en microsegundos me dan la respuesta:
Rubén Fuentes Gassón (Ciudad Guzmán; 15 de febrero de 1926 -), es un violinista clásico y … como: El son de la negra, La culebra, Las alazanas, Como si nada, La Bikina, Que bonita es mi tierra, Flor sin retoño, Ni princesa ni esclava.
Título del álbum Flor Sin Retoño. Sello Peerless. País USA. Numero de Catalogo M-1061. Género Bolero. Location of Label: Los Angeles, California. Transfer …
Letra Flor sin Retoño – Rubén Fuentes – Letra de Canción
Rubén Fuentes nace en 1926, o sea que en la década de los cuarenta tendría entre quince y veinte años. Puede ser el autor, pero me hace dudar. ¿ Alguien me lo puede aclarar?
Seguramente Rubén fuentes que es toda una institución en la canción mexicana, le haya hecho el arreglo para ser cantada en bolero ranchero y por un error se le haya adjudicado a él.
Y si es cierto lo que pienso, entonces ¿de quien es? ¿Alguien lo sabe?
La interpretación de los Hermanos Martínez Gil, De Misantla Veracruz
*Breve biografía
Nació en México y, desde muy joven demostró sus cualidades de cantante, al exhibir una tesitura especial que hizo que sus oyentes, en todo el continente, lo llamaran «El tenor de la voz de oro».
Un día, deja su tierra natal para enseñar su talento en otros escenarios de América Latina. Lamentablemente su primera y única gira, terminò en tragedia; pues, en una presentación en Caracas, ya de regreso a México, una de las amantes del dictador Marcos Pèrez Jimènez, se enamorò de Salinas y, loca de pasión, lo buscó en el hotel donde el artista se hospedaba y le ofreciò sus encantos.
Enterado el dictador de las andanzas de su amante, ordenò la muerte del artista. Su cadáver fue hallado, una aciaga mañana, en una calle de Caracas.
Letra de la canción
Sembré una flor sin interés yo la sembré para ver si era formal a los tres días que la dejé de regar al volver ya estaba seca ya no quiso retoñar al volver ya estaba seca ya no quiso retoñar Yo la regaba con agua que cae del cielo y la regaba con lágrimas de mis ojos mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón Yo la regaba con agua que cae del cielo y la regaba con lágrimas de mis ojos mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón.
Contrasta tu frígida mirada ante el agitado mundo que te ve. Se intuye tu renuncia a ella, y un prematuro abandono a la vida, así como una inesperada bajada de telón. Pero no te engañes, no porque tu vivas fuera de este mundo, este dejará de existir, ni muerto, ni vivo está, sólo duerme para […]