La casa tiene dos habitaciones; está construida con troncos,
tablas y corteza fibrosa, y el suelo está hecho de tablas resquebrajadas. La cocina, también de corteza, está al final y es más
grande que el resto de la casa, terraza incluida.
Alrededor sólo hay monte. Un monte sin fin en una eterna
llanura. No hay colinas a la vista. El monte es de manzanos
enanos y carcomidos. Pero no hay arbustos, ni nada en que
descansar la vista, salvo el verdor de algunas encinas cuyo follaje
susurra sobre un arroyo seco. Hay que recorrer diecinueve millas
para encontrar alguna señal de civilización: una choza junto a la
carretera principal.
El ganadero, que tuvo en su día tierras propias, está lejos,
conduciendo rebaños de los grandes propietarios, mientras que su
mujer y sus hijos se quedan aquí solos.
Los niños están jugando alrededor de la casa; son cuatro, y
tienen un aspecto andrajoso y polvoriento. De pronto uno de
ellos grita:
—¡Una serpiente! ¡Mamá, aquí hay una serpiente!
La mujer, delgada y de piel morena, sale precipitadamente de
la cocina, recoge al pequeño del suelo, lo apoya sobre su cadera
izquierda y coge un palo.
—¿Dónde está?
—¡Aquí! ¡Se ha metido en el montón de leña! —grita el hijo
mayor, un pilluelo de once años de cara delgada—. ¡Quédate ahí,
mamá! ¡La cogeré! ¡Apártate! ¡Maldita sea! ¡La cogeré!
—Tommy, ¡ven aquí o te morderá! Ven en seguida cuando te
llamo. ¡Basta ya, te digo!
LA MUJER DEL GANADERO
28
El más pequeño acude inmediatamente con un bastón más
grande que él. De repente, grita triunfante:
—¡Se cuela por allí, por debajo de la casa! —y se lanza a
perseguirla con el palo en alto. El perro, que es grande, negro y
tiene los ojos amarillos propios de su raza, muestra un enorme
interés por el incidente, rompe la cadena y echa a correr detrás de
la serpiente. Pero llega demasiado tarde y, cuando mete la nariz
por la grieta de la pared, la cola de la serpiente ya se ha
escondido. A su vez, el niño al golpear con el bastón le pela la
nariz al perro, quien apenas lo nota y sigue inspeccionando la
casa. Con un poco de esfuerzo consiguen amansarlo y lo atan. No
pueden permitirse el lujo de perderlo.
La mujer del ganadero hace que los niños se queden juntos
cerca de la caseta del perro mientras que ella vigila a la serpiente.
Pone leche en dos platos y los deja junto a la pared para hacerla
salir; pero una hora más tarde aún no se ha dejado ver.
Pronto se pondrá el sol, y se aproxima una tormenta. Los niños
deberían entrar en casa, pero ella sabe que la serpiente está allí y
que en cualquier momento podría asomar por una de las grietas
del suelo. Por eso, hace varios viajes a la cocina cargada de leña
y luego lleva a los niños allí. El suelo de la cocina es de tierra o
«natural» como dicen en esta zona. Sienta a los niños a una gran
mesa de madera sin pulir que hay en el centro. Son dos niños y
dos niñas, muy críos. Les da algo de cenar y antes de que
oscurezca, entra rápidamente en la casa para coger algunas
sábanas y almohadas, temiendo que la serpiente se le pueda
aparecer entre la ropa. Improvisa una cama para los niños en la
mesa y se sienta al lado para vigilar durante la noche.
Tiene los ojos bien abiertos, un palo a mano, el costurero y un
ejemplar de Young Ladies’ Journal. El perro también está con
ellos.
Tommy se va a la cama protestando; dice que permanecerá
despierto toda la noche y destrozará a esa maldita serpiente.
Su madre recuerda cuántas veces le ha advertido que no diga
palabrotas.
El niño se ha llevado el bastón a la cama. Su hermano, que está
a su lado se queja:
LA MUJER DEL GANADERO
29
—¡Mamá! ¡Tommy no hace más que molestarme con el palo!
¡Quítaselo!
Tommy:
—¡Cállate enano! ¿O quieres que te muerda la serpiente?
Jacky se calla.
—Si te muerde —dice Tommy—, se te hinchará y apestarás.
Te pondrás rojo y verde y azul y de todos los colores, y entonces
reventarás. ¿Verdad mamá?
—Vamos, no asustes al niño —dice ella—, y haced el favor de
dormir.
Los dos pequeños se ponen a dormir. Jacky no para de
quejarse de que está «apretujado», y al final su hermano tiene
que dejarle más sitio.
Entonces Tommy dice:
—¡Mamá! ¿Oyes esos pequeños rabopelados de m***? Me
gustaría retorcerles el jo*** pescuezo.
Jacky protesta adormilado:
—¡Pero si esos pequeños de m*** no nos hacen ningún daño!
Madre:
—¡Oye! ¿Cómo tengo que decirte que no enseñes palabrotas a
Jacky?
Pero lo que ha dicho Jacky la hace sonreír.
Jacky se queda dormido.
Poco después, Tommy pregunta:
—¡Mamá! ¿Crees que llegará un día en que exterminen a los
malditos canguros?
—¡Pero por Dios! ¿Cómo quieres que sepa yo eso, criatura?
¡Duérmete!
—¿Me despertarás si sale la serpiente?
—Sí… Duérmete ya.
Es casi medianoche. Los niños están durmiendo; ella continúa
allí sentada, a ratos cosiendo, a ratos leyendo. De vez en cuando
echa una mirada al suelo y al zócalo y cuando oye un ruido
agarra el palo. La tormenta se acerca y el viento que se cuela por
las grietas de las paredes de piedra amenaza con apagar la vela,
LA MUJER DEL GANADERO
30
que coloca con reparo en la rinconera y protege con un periódico.
A cada relámpago, las grietas de la pared brillan como plata
pulida. Se desencadena la tormenta y empieza a llover a cántaros.
Caimán, el perro, está estirado a sus anchas en el suelo, con los
ojos vueltos hacia un tabique interior; y gracias a esto, ella sabe
que la serpiente está allí. En ese tabique hay enormes grietas que
se abren por debajo del suelo de la vivienda.
Ella no es cobarde, pero recientemente han sucedido cosas que
le han sacudido los nervios. No hace mucho, al hijo pequeño de
su cuñado le mordió una serpiente y murió. Además, hace seis
meses que no tiene noticias de su marido y está preocupada por
él.
Él era ganadero, y empezó a ocupar estas tierras cuando se
casaron, pero la sequía de 18** lo arruinó y tuvo que sacrificar
los animales y marcharse a trabajar para los grandes propietarios.
Cuando está en casa, suele llevar a la familia al pueblo más
cercano, y cuando no está, su hermano, que vive en la carretera
principal, les trae provisiones cada mes. La mujer tiene aún un
par de vacas, un caballo y unas cuantas ovejas. De vez en
cuando, su cuñado mata una oveja; ella se queda con lo que
necesita y él se lleva el resto a cambio de provisiones.
Está acostumbrada a quedarse sola; en una ocasión su marido
estuvo fuera durante un año y medio. Como todas las chicas, de
joven, ella también construyó castillos en el aire, pero aquellas
esperanzas y anhelos ya se han desvanecido. Ahora toda la
distracción y el entusiasmo que desea lo encuentra en Young
Ladies’ Journal, y a la pobre le encanta mirar las ilustraciones de
moda.
Tanto su marido como ella nacieron en Australia. Él es algo
despreocupado, pero un buen marido al fin y al cabo. Si pudiera,
la llevaría a la ciudad y la trataría como a una reina. Están
acostumbrados a vivir separados, al menos ella sí lo está. «¿Para
qué atormentarse?», suele decir. Quizá haya momentos en los
que él olvide que está casado, pero siempre que vuelve a casa con
dinero se lo da casi todo a ella. Antes de que la sequía lo
arruinara, la llevaba a la ciudad, alquilaba un coche-cama en el
ferrocarril y se hospedaban en los mejores hoteles. Además, en
LA MUJER DEL GANADERO
31
una ocasión incluso le compró una calesa, aunque más tarde
tuvieron que venderla, junto con todo lo demás.
Las dos hijas pequeñas nacieron en la casa, una mientras su
marido traía a la fuerza a un médico borracho para que la
atendiera. Ella estaba sola, y se sentía débil. Había estado
enferma y con fiebre, y pidió a Dios que le enviara ayuda. Dios le
envió a la Negra Mary, la aborigen más «blanca» de la región.
Uno de sus hijos murió cuando su marido no estaba allí y ella
cabalgó diecinueve millas con el niño muerto en busca de ayuda.
Deben ser cerca de la una o las dos. El fuego arde lentamente.
Caimán está echado con la cabeza apoyada sobre las patas,
mirando hacia la pared. No es un perro demasiado bonito; la luz
descubre viejas cicatrices donde el pelo no volverá a crecer. No
teme a nada sobre la faz de la Tierra ni debajo de ella; atacaría a
un buey con la misma facilidad con que atraparía a una mosca.
Odia a todos los perros (excepto a los de la caza del canguro) y
siente una gran antipatía hacia los amigos o conocidos de la
familia, aunque apenas les visitan. A veces se hace amigo de
extraños. Odia las serpientes y ha matado muchas, pero algún día
lo morderá una y Caimán morirá: la mayoría de los «perros
serpiente» acaban así.
De vez en cuando, la mujer deja su trabajo y observa, escucha
y piensa. Piensa acerca de su propia vida, pues hay poco más en
qué pensar.
Gracias a la lluvia, la hierba volverá a crecer. Eso le recuerda
cómo luchó una vez para apagar un incendio en el monte, cuando
su marido se encontraba lejos. La hierba estaba seca y muy
crecida, y el fuego amenazaba con abrasarla. Se puso unos
pantalones viejos de su marido e intentó apagar las llamas con
una rama verde, hasta que gotas de un sudor negro le cubrieron la
frente y le resbalaron por los brazos ennegrecidos. A Tommy le
divertía ver a su madre en pantalones; el niño trabajó a su lado
como un pequeño héroe, aunque gritaba con fuerza para que lo
cogiera en brazos y, de no haber sido por cuatro hombres
valientes que llegaron justo a tiempo, el fuego la habría vencido.
LA MUJER DEL GANADERO
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Fueron momentos de una gran tensión: cuando fue a coger al
niño, éste gritó y se debatió con fuerza creyendo que se trataba
de un «negro»; y Caimán, confiando en el instinto del chiquillo
más que en el suyo propio, atacó furiosamente, y (puesto que era
viejo y ligeramente sordo) tan emocionado como estaba, no
reconoció en un primer momento la voz de su dueña, por lo que
no la soltó hasta que Tommy tuvo que obligarlo a echarse atrás
golpeándolo con la correa de una silla de montar. El dolor que el
perro sentía y su impaciencia por que los demás comprendieran
que todo había sido un error resultaban evidentes: una enorme
sonrisa bastó para reconfortarlo. Fue un episodio glorioso para
los niños; un día para recordar y del que hablar y reír durante
muchos años.
Recuerda cómo luchó contra una inundación estando su
marido ausente. Permaneció durante horas bajo un fuerte aguacero y cavó un canal de desagüe para salvar la presa del arroyo.
Pero no lo consiguió. Una campesina tampoco lo puede hacer
todo. A la mañana siguiente la presa estaba rota y su corazón
también estuvo a punto de romperse al pensar cómo se sentiría su
marido cuando volviera a casa y viera destrozado el fruto de
meses de trabajo. Entonces lloró.
También se enfrentó a «la pleuro», medicó y sangró las pocas
reses restantes y lloró de nuevo cuando murieron sus dos mejores
vacas.
En otra ocasión luchó contra un novillo enloquecido que sitió
la casa durante un día. Hizo balas y las disparó con una vieja
escopeta por entre las grietas de la pared. Al día siguiente el
novillo había muerto. Lo despellejó y obtuvo 7 peniques con 6
chelines por su piel.
Hace frente asimismo a los cuervos y águilas que tienen la
vista puesta en sus gallinas. Su plan de campaña es muy original:
los niños gritan «¡Mamá, cuervos!», ella sale corriendo, les
apunta con un mango de escoba como si se tratase de una pistola,
y dice «¡Bang!». Los cuervos salen volando; son astutos, pero
una mujer lo es aún más.
A veces viene un campesino borracho y sin dinero, o un
haragán sin trabajo de aspecto salvaje, y le dan un susto de
muerte.
LA MUJER DEL GANADERO
33
—Mi marido y dos hijos están trabajando en la presa —suele
decir al sospechoso desconocido, porque ellos siempre preguntan
por «el jefe».
Precisamente, la semana pasada un jornalero con cara de pocos
amigos, tras informarse y comprobar de que no había hombres en
el lugar, dejó caer su hatillo en el porche y pidió comida. Cuando
ella le hubo dado algo de comer, él mostró intenciones de
quedarse a pasar la noche. El sol se estaba poniendo. Ella cogió
una barra del sofá, soltó al perro y se enfrentó al desconocido:
—¡Váyase ahora mismo! —dijo con la barra en una mano y el
collar del perro en la otra. Él miró a la mujer y al perro.
—¡Tranquila, ya me voy! —dijo servilmente, y se fue. La
mujer parecía decidida. Los ojos amarillos de Caimán se fijaban
en él de un modo desagradable. Además, la mandíbula del animal
era bastante parecida a la de un verdadero caimán.
Ahora, sentada junto al fuego, en guardia contra una serpiente,
tiene pocas alegrías en las que pensar. Todos los días le parecen
iguales. No obstante, los domingos por la tarde se viste, arregla a
los niños, acicala al bebé y sale a dar un solitario paseo por el
camino del bosque, empujando ante sí un viejo cochecito. Hace
lo mismo todos los domingos. Pone tanto afán en que todos,
tanto ella como los niños, estén elegantes que parece como si se
fuera a ir a pasear a Sydney, y sin embargo no hay nada que ver
ni nadie con quien encontrarse. A menos que se sea un
campesino, se pueden andar veinte millas sin encontrar ningún
punto de referencia. Esto es debido a la similitud perpetua y
enloquecedora de los árboles achaparrados, a esa monotonía que
lleva al recién llegado a desear dejar el lugar y marcharse al sitio
más lejano a donde llegue un tren o navegue un barco, y más
lejos aún.
Pero esta campesina está acostumbrada a la soledad. Al
principio la odiaba, pero ahora se sentiría mal si no estuviera
sola. Cuando su marido vuelve se alegra, pero no se deshace en
atenciones ni se muestra especialmente efusiva por ello. Le
prepara un buen plato y arregla a los niños.
LA MUJER DEL GANADERO
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Parece contenta con su suerte. Ama a sus hijos aunque no
tenga tiempo para demostrarlo y parezca muy severa con ellos.
Las circunstancias tampoco son las propicias para que se
desarrolle el aspecto sentimental o «femenino» de su naturaleza.
Debe estar amaneciendo, pero el reloj está en la otra habitación. La vela ya casi se ha consumido. Había olvidado que se le
habían terminado las velas. Hay que ir a por leña para mantener
el fuego encendido, así que encierra al perro en el interior y corre
a la pila de leña. Ha cesado de llover. Intenta coger un tronco y al
tirar de él – ¡crac! – se derrumba toda la pila de leña, dándole un
susto de muerte.
El día anterior había negociado con un aborigen errante para
que le trajera leños, y mientras él estaba trabajando, ella fue en
busca de una vaca extraviada. Cuando regresó quedó asombrada
al ver una pila de leña junto a la chimenea. Le dio un poco más
de tabaco de lo normal y lo elogió por haber hecho tan buen
trabajo. Él se lo agradeció y se marchó con la cabeza alta. Pero
había dejado un hueco en la pila.
Ahora ella se siente dolida; cuando vuelve a la mesa se le
saltan las lágrimas. Coge un pañuelo para secarlas, sin embargo
se restriega los ojos con los dedos. El pañuelo está lleno de
agujeros y se da cuenta de que ha pasado el pulgar por uno de
ellos y el índice por otro. Eso la hace reír de repente, ante la
sorpresa del perro. Tiene un profundo sentido del ridículo; piensa
que algún día hará reír a los campesinos al contarles este
incidente. A menudo comentaba cómo un día se había sentado
para llorar desconsoladamente y cómo el viejo gato se había
restregado contra su vestido y – como decía – «también lloró».
Entonces ella había tenido que echarse a reír.
Ya casi es de día. La cocina está caldeada por el fuego de la
chimenea. De vez en cuando Caimán mira la pared. De repente,
algo capta su atención. Se acerca a unos centímetros del tabique
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y se estremece. El pelo de su espalda empieza a erizarse; sus ojos
amarillos brillan de cólera. Ella sabe lo que esto significa y apoya
la mano en el palo. La parte inferior del tabique tiene una grieta a
cada lado. Un par de ojos pequeños de mirada fría brillan desde
una de estas hendiduras. Una serpiente negra sale lentamente,
moviendo su cabeza de arriba a abajo. El perro se queda quieto y
la mujer, fascinada, permanece sentada. La serpiente avanza un
poco más. La mujer levanta el palo, y el reptil, consciente del
peligro, se apresura a esconderse metiendo rápidamente la cabeza
por otra grieta. Caimán salta y su boca se cierra con un
chasquido. Ha sido un intento fallido porque tiene la nariz
demasiado ancha; el cuerpo de la serpiente está pegado al ángulo
que forman el zócalo y el suelo. Cuando mueve la cola intenta
alcanzarla de nuevo. Esta vez la ha cogido y tira de ella unas 20
pulgadas. ¡Cloc! ¡cloc! La mujer da golpes contra el suelo.
Caimán tira otra vez. ¡Cloc! ¡cloc! Caimán tira un poco más. Ya
ha conseguido sacar la serpiente – una bestia negra de 5 pies.
Ésta lleva la cabeza rápidamente, pero el perro tiene a su enemiga
atrapada por el cuello. Es un perro grande y grueso, aunque veloz
como un galgo. Zarandea a la serpiente como si la considerara el
castigo común de la especie humana. El hijo mayor se despierta.
Coge el palo y quiere salir de la cama, pero su madre, con una
sartén de hierro en la mano, le obliga a retroceder. ¡Cloc! ¡cloc!
La espalda de la serpiente está rota en varias partes. ¡Cloc! ¡Cloc!
La cabeza está aplastada y Caimán tiene la nariz pelada.
La mujer recoge el reptil aplastado con la punta del palo, lo
lleva hasta la chimenea y lo tira. Apoyada en la pila de troncos
observa cómo se quema la serpiente. El niño y el perro también
miran. La madre pasa la mano por la cabeza del perro, y toda la
furia y la cólera desaparecen de sus ojos amarillos. Los pequeños
se han tranquilizado y se disponen a dormir. El niño, con las
rodillas sucias, permanece por un momento de pie en camisa,
mirando el fuego. Entonces mira a su madre: le ve las lágrimas
en los ojos, y, de repente, le rodea el cuello con los brazos y
exclama:
—Mamá, yo nunca seré ganadero, ¡te lo juro, mamá!
Ella sin aliento lo abraza y besa, y permanecen sentados, así,
juntos, mientras la luz del día irrumpe en el llano.
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(1892)
Traducción: Mónica Monleón, Montse González Barri,
Imma Raluy, Eloísa Moyano