A veinte años de que Khomeini decretara la fatwa contra Salman Rushdie por Los versos satánicos , los escritores indios han producido un corpus literario poderoso y reconocido en todo el mundo, signado por el cruce entre tradición y modernidad
A fines de los años 90 las editoriales inglesas y norteamericanas comenzaron a fijar su atención en jóvenes autores de raíces indias quienes, desde la novela, traían en sus historias un mundo desconocido, exótico y marcadamente enfocado en los clanes familiares. Hoy muchos de ellos parecen haber mudado la piel y se consolidan con una literatura desmarcada de los apellidos y anclándose, lejos de la ensoñación inicial, en la realidad; un universo lejano, pero sin condimentos; una India occidentalizada que muchas veces funciona como espejo de Sudamérica.
Uno de los primeros referentes de la figuración global de la literatura angloindia se produjo a inicios de los años 80 con la novela Hijos de la medianoche , de Salman Rushdie (Bombay, 1947), la cual se transformó en una suerte de paradigma para los años siguientes no sólo por alcance político (un niño con misteriosos dotes paranormales nace en la víspera de la independencia de la Nación), sino también porque su autor había sido criado y formado académicamente en Inglaterra.
Pese a que esta obra es una de las cien mejores novelas del siglo XX según la revistaTime , sería otro el hecho por el que el autor logró notoriedad: la condena a muerte delayatollah Khomeini por ofensas al islam con su novela Los versos satánicos. Para entonces Rushdie, que acaba de publicar La encantadora de Florencia ( novela llena de historias dentro de la historia, que contrasta la Florencia de los Médicis y el Imperio Mongol), ya había cimentado un prestigio literario del que goza hasta hoy, cuando se han cumplido 20 años de la fatwa decretada por el líder iraní y a la que el novelista, harto de ser visto como un símbolo de persecución, ya dejó de temer.
“El éxito de los Hijos de la medianoche propició la difusión internacional de la literatura angloindia, de la que llegó a afirmarse, quizás exageradamente, que era el fenómeno literario más interesante desde el boom latinoamericano”, explica Jorge Herralde, editor de Anagrama, quien publicó en español el segundo gran hito de los últimos años: El dios de las pequeñas cosas , de Arundhati Roy. La novela, que cuenta la historia de tres generaciones familiares, recibió el Premio Booker de Inglaterra y se tradujo a más de 30 idiomas. En España fue el libro de ficción más vendido de 1998 y en Chile estuvo varias semanas encabezando el ranking . El patrón parecía ser el mismo de la generación de García Márquez: contar maravillosas historias fundacionales.
Dejando a un lado a V. S. Naipaul, Nobel de Literatura 2001, de origen indio pero nacido en Trinidad y Tobago además de criado en Inglaterra, el interés de la industria por multiplicar el fenómeno Roy fue instantáneo y los agentes se lanzaron en busca de nuevos autores, varios de los cuales no estaban en India, sino en Inglaterra o Estados Unidos y ya habían publicado en revistas como Granta The New Yorker y en diversas antologías. Nacidos en la propia India y emigrados a temprana edad, muchos de ellos se especializaron en literatura creativa, como Kiran Desai, quien a los 35 años se transformó en la mujer más joven en ganar el Booker con El legado de la pérdida(Salamandra). Además, el impulso de la industria hizo posible descubrir narradoras londinenses con orígenes en la limítrofe Bangladesh, como Jhumpa Lahiri (1967), ganadora del Pulitzer 2000 con la colección de relatos Intérprete de ilusiones (Planeta). Criada en Estados Unidos, su novela El buen nombre (Emecé) confirmó, según el periódico mexicano La Jornada , “el talento de la autora para establecer, a través de la visión cultural y emocional, una comparación constante con la cultura estadounidense, tan distinta y ajena a la bengalí”.
Monica Ali (1967), de padre inglés y madre india, es autora de Siete mares, trece ríos(Emecé) y Azul Alentejo (Alfaguara), novelas que se destacan por su cariz más intimista para abordar las relaciones familiares, aunque en contextos similares a los de sus colegas. “Creo que todo el mundo puede leer mi novela, desde una persona mayor hasta un niño”, dijo la autora en un encuentro con sus lectores en España. “Porque trata de temas interculturales. En este sentido, no creo que tenga un público en especial sino que el propio texto tiene cierta vocación universal, no va dirigido a nadie en concreto.”
Otras teclas
Por más que muchas de estas novelas “étnicas” de autores debutantes fueran contratadas por sobre los 150 mil dólares (una cifra más que respetable en los años 90), pocos de ellos estuvieron dispuestos a repetir, en una segunda entrega, el exotismo de tramas o escenarios que tanto interés habían despertado en Europa.
En el caso de Arundhati Roy (Kerala, 1961), en sus siguientes libros cambió de tecla y se empeñó en la escritura de ensayos políticos y reportajes de denuncia frontal, como El fin de la imaginación, que aborda la obsesión de su país por el armamento nuclear y El álgebra de la justicia infinita , sobre las implicancias del atentado al World Trade Center en su país y el resto del vecindario. “Hoy en día, y mientras algunos de nosotros lo contemplamos con auténtico horror, el Gobierno de la India anda meneando furiosa e insinuantemente sus caderas y rogando a los Estados Unidos que instalen allí sus bases, en lugar de hacerlo en Pakistán.”
Allí está, también, el caso de Vikram Seth (Calcuta, 1952), quien luego de retratar, en 1350 páginas, la conformación de las parejas y los matrimonios indios en su novela Un buen partido (“es posible que nos hallemos ante una de las mayores obras narrativas de la segunda parte del siglo XX”, afirmó el diario español El Mundo ), dio un giro radical con Una música constante , que cuenta la historia de amor de una pareja de músicos europeos, situada en Londres, Venecia y Viena. “Ésta es mi primera novela europea. Me siento indio y soy escritor; por tanto, soy un escritor indio, pero no por ello necesariamente tengo que escribir siempre sobre India”, declaró.
El editor Jorge Herralde destaca el éxito que han tenido estos autores, y señala que Seth y Arundhati Roy, además de Rushdie, podrían formar “el podio de honor”. Además, entre otros escritores angloindios, en 2007 se publicó la primera novela de Vikas Swarup (1963), ¿Quiere ser millonario? (Anagrama). Situada en Bombay, cuenta la historia de un chico marginal que participa en un concurso televisivo y fue llevada al cine por Danny Boyle con el título Slumdog Millionaire . La película basada en la novela de este diplomático nacido en Allahabad se llevó ocho estatuillas de las diez para las que estaba nominada en la última edición de los premios Oscar, entre ellas la de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado. Tras el éxito de ¿Quiere ser millonario? , Swarup publicó a mediados del año pasado Six Suspects , novela aún no editada en español.
Los actuales escritores indios se mueven sin complejos entre los escenarios locales y europeos; han obtenido premios y notoriedad en Francia, Alemania y Escandinavia. Aunque naturalmente son reacios a hablar de generación, muchos coinciden en que a la hora de hablar de su país, lo hacen situados más en la realidad urbana que desde el exotismo desatado. Así lo cree Anita Nair, de quien recientemente Alfaguara publicó su cuarto libro, El sátiro del metro , una colección de cuentos urbanos. La autora, como varios de sus colegas, proviene del mundo de las comunicaciones y conoce el curso de las aguas.
“El periodismo ha sido una gran influencia”, dijo Nair a Revista de Libros . “La investigación de los temas es probablemente un influjo de periodismo. También me inclino a editar como escribo, que es un resultado de mi experiencia en publicidad. Sin embargo, la más profunda influencia ha sido el entendimiento de la condición humana y el querer ir más allá de la superficie.”
El apoyo de la industria y de la prensa no han sido los únicos dentro del auge de la literatura india de la última década. A fines de 2005 el editor de un semanario de Nueva Delhi, sin mostrarse especialmente extrañado por esta expansión, aseveró que ésta es “un reflejo del creciente poder económico de India; la cultura va de la mano con este florecimiento”. Pese a lo controversial de la frase, el tiempo terminó dándole la razón: al año siguiente India era el país invitado a Fráncfort y el Estado apoyó, como se ha dicho, con traducciones y viajes masivos.
Por sobre el apadrinamiento, sin embargo, el gran empeño de la literatura india de hoy es poner en Occidente una polaroid de aquel mundo lejos del imaginario turístico del Taj Mahal. No extraña, entonces, que Aravind Adiga (Madrás, 1974), reciente ganador del Booker por su novela Tigre blanco , tampoco dude en ir al frente en temas espinosos cada vez que tenga la opción. “Aunque gran parte de la India siempre ha sido pobre, antes había muy poca delincuencia. Pero hoy la tentación de una persona pobre es mayor: ves los centros comerciales, la publicidad por todas partes; ves que tus vecinos la pasan mejor que tú. Eso te conduce a la frustración y la frustración a la ira.”
Hace tiempo que los indios perdieron el miedo; y que el resto del mundo se dé por enterado.
Tomado de: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-boom-que-viene-de-la-india-nid1109514