Cuando me presentaron a Honorio en la fiesta de fin de curso del instituto me pareció guapo y un poco simplón. Pensé que mejoraría con la edad y con mi empeño en hacer de él el mejor de los hombres. Después de veinticinco años de matrimonio sería injusto que no destacara su habilidad en introducir veleros en miniatura en botellas de vidrio, su tenacidad en el cultivo de bonsáis y su delicadeza en la práctica del cunnilingus. Aunque, eso sí, a pesar de mis esfuerzos, no he logrado jamás que mi Honorio haya cometido ningún acto de genuina inteligencia.
CArmen de la Rosa
Escritora y médica rehabilitadora. Sus relatos y microrrelatos aparecen en los libros “Entre humo y cuentos”, “Todo vuela“, “Acordeón”, las antologías: “Somos Solidarios”, “99 crímenes cotidianos”, “Ellas”, “Eros y Afrodita en la minificción”, “Perdone que no me calle”, “Antología española de Minificción en redes” “100 palabras para mamá”; en varias revistas y blogs. Ganó el I y el X premio de relatos breves“Mujeres” del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.
1. Agrega a los crímenes frecuentes del policiaco (asesinato, robo, desaparición, etc.) los delitos latinoamericanos frecuentes (secuestro, narcotráfico, ejecución, magnicidio, asesinato serial, feminicidio, etcétera). Elige uno para narrarlo: no tiene que haber ocurrido, sino que podría ocurrir. 2. Elige el ambiente (el desastre) social que quieras analizar mediante el relato: la frontera (y la migración, o la frontera y el narcotráfico, o la frontera y las maquiladoras), la ciudad de México (la trata de personas, la prostitución, los enfrentamientos políticos, la industria privada), un país con dictadura, o durante-después de una guerra civil, etcétera. Apégate lo más posible a la realidad (sistemas judiciales, centros comerciales, barrios según las clases sociales, modo de ser de las personas, calles y lugares turísticos…) 3. Perfila a tu asesino: por qué comete el crimen, cómo lo comete, cómo logra ocultarse, si puede corromper a la policía o al sistema de justicia o no, si está al servicio de alguna organización criminal. No olvides su apariencia, profesión y su psicología. También construye a sus personajes cercanos (uno o dos). 4. Perfila a tu detective: nombre propio, profesión, debilidades. 5. Organiza la historia: recuerda que el descubrimiento o la aprehensión del criminal pasa a segundo plano. Durante la investigación, saldrán a la luz nuevos crímenes, incluso el detective cometerá varios delitos durante la investigación. 6. El clímax y el final, como en todos los cuentos, es una revelación, a veces interna, del personaje. 7. Por último, recuerda que aquí nada está prohibido: puedes emplear el humor, lo sobrenatural, los sueños, etcétera (no ha ocurrido que el lector sea el asesino, pero tampoco estaría prohibido).
Durante la noche y por largas cuadras, el detective siguió al hombre de negro. Deseaba saber hacia dónde se dirigía. Si el hombre de negro apuraba el paso, el detective hacía lo mismo; si disminuía su andar el detective lo imitaba. La persecución demoró horas por callejas oscuras e intrincadas donde era fácil extraviarse. Cuando el hombre de negro desapareció al doblar una esquina, el detective lo empezó buscar con insistencia. Miró al frente, a los lados e incluso atrás y, por último, al cielo, por si se hubiera transformado en cuervo.
Walter Garib Chomali
es un escritor y periodista chileno. Nacido en el seno de una familia de descendientes de palestinos, ha publicado alrededor de catorce novelas y varios cuentos. Fuegalardonado en 1989 con el Premio Municipal de Santiago de Chile, en la categoría Novela.
Hace un rato, desde mi ventana escuché una señora que hablaba con un niño y le decía “El gato no; el gato es el diablo. No me gustan los gatos y tampoco a ti…” De inmediato pensé que eso era superstición o ignorancia, pero al verla caminando con quien era posiblemente su nieto, reflexioné y […]
Los lunes Herminia cenaba con su amante bajo el duraznero de la finca, cuando su marido viajaba a la ciudad para hacer negocios. Pero ocurrió que uno de estos lunes, se encontró al susodicho bebiendo un té de gordolobo cuando volvía de disponer bajo el árbol la mesa con un pollo asado y vino tinto. –¿Qué hoy no ibas a dormir en la ciudad? –le preguntó alarmada. –No me siento bien. Creo que estoy afiebrado. Se metieron en la cama, y ella, sin poder avisarle del imprevisto a su amante, se quedó despierta temiendo lo peor. A eso de medianoche, Herminda escuchó un toque leve en la puerta de entrada. –¿Qué es eso? –se levantó asustado el marido. –Es la fiebre, no hagas caso. Vuelve a dormirte. –Qué fiebre ni qué nada, alguien toca a la puerta. –Ay Paco, no te quería decir nada para no asustarte – respondió Herminda, –pero desde hace varias noches sueño que el espíritu de tu abuelo viene y toca en la puerta de entrada, se mete en el cuarto y nos jala los pies a los dos. –¡Ay nanita! –dijo el marido, cubriéndose con las mantas hasta la nariz. Y un segundo golpe en la puerta le sacó otro agudo grito. –Pero no te preocupes, aprendí un conjuro para espantarlo, acompáñame. Los esposos se acercaron a la puerta, y Herminda en voz alta empezó a recitar: Espíritu chocarrero que has venido, con la misma te despido, y para que esta casa se te olvide, pollo y vino por el gaznate recibe. Su amante se fue, aguantándose la risa. A la mañana siguiente, Paco casi se muere otra vez del espanto. Mira lo que hiciste, abuelo, clamó antes de desmayarse junto al cadáver del amante de su mujer, víctima de un hueso de pollo atorado en el gaznate.
llego de puntillas para no despertarlo, me meto bajo las sábanas con sumo cuidado y acurruco y amoldo mi cuerpo al de él en la certeza cotidiana nocturna, de que envuelva mi cintura con su brazo y en ese breve territorio me haga sentir la criatura más colmada del mundo, porque de su costilla me formo cada noche.
De Silvia L. CuesyTomada de su libro de cuentos «Visita al paraíso»Premio Nacional de cuento Efrén Hernández 2009
Silvia L. cuesy
Historiadora, traductora e investigadora mexicana. Egresada del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras ffyl de la Universidad Nacional Autónoma de México unam.
Autora de nueve libros. Trabaja en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México inehrm y en el Colegio de México colmex.Obra de consulta: Enciclopedia de la literatura en México
Para suicidarse cuando llegara a viejo, Diógenes del Carrillo, el pintor de tendencia ingenua y cuyas obras se venden en onzas de oro,compró un revólver y lo guardó en el ropero de su pieza. Ahí estuvo el arma largos años a la espera del día y la hora precisa en que fuese a cumplir su determinación. Como es usual en todo hombre, le llegó la senectud. «Ya es tiempo de suicidarme», sentenció, al observar sus manos marchitas y temblorosas que ya no le permitían pintar. Abrió el ropero y se hizo del revólver. El contacto del frío metal, en vez de amilanarlo, le dio coraje. Apoyó enseguida el cañón en su sien, contó hasta tres y oprimió el gatillo. El arma no pudo funcionar. Había envejecido junto con él.
Tomado de la red. Antología armada por Lilian Elphick
Máquinas de placer Karla Barajas Cuando sentía que su pareja era distante, o que quizá a otras mujeres, ella le recordaba con tono irónico que era reemplazable. Luego de divorciarse, llevó a su casa a un nuevo objeto de pasión que además de hermoso, era trabajador y cuando la escuchaba la veía a los ojos, respondiendo justo lo que ella quería oír. La máquina era poseedora de un gozo inagotable, tanto como su energía. Incluso en las madrugadas, cuando ella se ponía a llorar la abrazaba y ella colocaba la cabeza en su duro pecho, donde no había corazón, pero sí latido. Ella ahogaba los suspiros, porque ni siquiera el autómata más servil del mercado pudo borrarle el amor por los humanos.
Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.
Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.
Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.
La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.
Augusto Monterroso Bonilla Tegucigalpa, Honduras, 21 diciembre 1921 – México, D. F. 7 febrero 2003
Cuando desperté, Gregorio Samsa todavía estaba ahí, en la cama, junto a mí.
De acuerdo con la estructura de los relatos minificcionales, la intertextualidad resulta un recurso de gran importancia. Es por ello que se hace necesario echar una mirada a dicha noción, así como observar las conexiones entre ambos conceptos.
Como parte de la poética, la intertextualidad despliega, por sí misma, diversas cuestiones a revisar. El concepto apunta a los vínculos que se establecen entre los textos, el hecho de que en uno aparezca una referencia a otro u otros más, es decir, la presencia de un texto en otro. Puede ser con una cita explícita, se puede hacer alusión al segundo texto o puede ser de manera estructural, incluso el plagio es una forma de intertextualidad.
Entonces, se parte de la idea de que existen por lo menos dos textos implicados, el primero que trae o incluye un segundo. Se denomina intertexto a ese nuevo texto que se trae al mundo textual, mientras que el exotexto es el marco donde se inserta el intertexto, en este caso, el texto resulta de la suma del intertexto y el exotexto.[1]
Cabe señalar que el intertexto puede ser de procedencia distinta, que el exotexto y el texto; es decir, en literatura, no necesariamente se citará un texto literario, el escrito puede apoyarse en un texto histórico o religioso, puede concernir a alguna teoría, a la ciencia, la música, las películas, el conocimiento en general, es decir con un origen distinto al literario, porque todo constituye un texto, y por lo tanto es capaz de ser retomado en otro.[2]
En la siguiente minificción, el texto aludido corresponde, de acuerdo con la cultura popular, a la idea generalizada sobre la existencia de los fantasmas y sus atributos etéreos.
Los fantasmas y yo
Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes. René Avilés Fabila.[3]
En este caso, el ámbito fantasmagórico corresponde al texto que se trae al relato minificcional, la intertextualidad no reside en un texto específico sino en un código social que concibe la presencia de los fantasmas y su cualidad inmaterial.
Otro ejemplo de un relato minificcional, en el que uno de los textos a los que se hace referencia, corresponde a un “texto cultural” y no a un texto escrito: la idea de que ciertos estratos de la sociedad mexicana son aprovechados, embaucadores y sacan beneficios de las circunstancias que se les presentan, por más extrañas que parezcan; el texto también alude a otra gran parte de los mexicanos que son ignorantes, crédulos y confiados.
El tamaño importa En 1832 llegó a México, con un circo, el primer elefante que pisó tierras aztecas. Se llamaba Mogul. Después de su muerte, su carne fue vendida a elaboradores de antojitos y su esqueleto fue exhibido como si hubiera pertenecido a un animal prehistórico. El circo tenía también un pequeño dinosaurio, no más grande que una iguana, pero no llamaba la atención más que por su habilidad para bailar habaneras. Murió en uno de los penosos viajes de pueblo en pueblo, fue enterrado al costado del camino, sin una piedra que señalara su tumba, y nada sabríamos de él si no lo hubiera soñado Monterroso. Ana María Shua.[4]
En esta minificción, existen varios intertextos, además de lo que se había mencionado antes sobre la sociedad mexicana, que corresponde a un texto como noción, se hace referencia explícita al texto emblemático del género: “El dinosaurio”, así como a su autor.
Aunque la intertextualidad significa observar las relaciones de un texto en otro, esta definición, en un sentido más amplio, puede abarcar toda la literatura. Tomando en cuenta que ninguna obra literaria es creada espontáneamente, el nuevo texto se construye a partir de otros “viejos textos” (aunque coexistan en el mismo momento); el texto no es de ningún modo algo acabado, o cerrado en sí mismo, no nos referimos a su cualidad de múltiples lecturas a las que es sujeto, sino al hecho de que siempre una obra literaria establece vínculos con otros textos, un texto invariablemente viene de otros.
La palabra intertextual derivada de esta teoría del diálogo, es una palabra interiormente dialógica, que representa en el discurso la constante presencia de la palabra ajena… Gracias a Bajtín -reconoce Barthes- es posible “analizar la escritura literaria como un diálogo de otras escrituras…”.[5]
Los textos se forman con ideas conocidas antes, combinación de imágenes, conclusiones de otros textos. Dejando del lado el plagio o la copia, que representa otro problema, los textos influyen unos en otros.[6] En cierto sentido la definición de intertextualidad, a gran escala, también forma parte de la definición de todos los textos, tomando en cuenta que ninguno es autónomo, es decir, independiente de otros. Ningún texto es en sí mismo, de manera intrínseca implica el conocimiento previo de otros materiales.
En las últimas décadas hemos visto desvanecerse la ilusión de la autonomía del texto, tan cara a la crítica literaria de los años cincuenta y sesenta. Cada vez tenemos una mayor conciencia de las relaciones productoras de significación que establece un texto con muchos otros y cuya actualización depende enteramente de la actividad de la lectura.[7]
La llamada hipertextualidad, característica de los textos consiste en el vínculo que establece un texto con otros. La hipertextualidad “…es también un aspecto universal de la literariedad, ya que no hay una obra literaria que no evoque a otra: todas son hipertextuales.”[8] Es bajo este marco que la intertextualidad y la literatura se acercan mucho.
En otro orden de ideas, de acuerdo con Genette, la intertextualidad se presenta de tres formas, puede corresponder a una cita formal, puede ser un plagio o copia o puede ser simplemente una alusión.[9]
Aludir es sugerir algo sin decirlo explícitamente, entraña el acto de evocar otro texto para completar el sentido. La forma más utilizada de intertextualidad en la minificción es la alusión, ya sea hacia la estructura, hacia un personaje, una idea, una construcción, una historia, etc.
La lectura de una minificción atravesada por una alusión, ofrece al lector la oportunidad de construir el sentido a partir de lo dicho, pero también de lo no dicho. El texto aludido o el intertexto, en el relato minificcional, envuelve un doble significado, porque trae consigo su sentido original, el lector parte de ahí y toma otro rumbo, creando un nuevo sentido, que puede ir en muchas direcciones. Entonces las historias, la “vieja” y la “nueva” dialogan entre sí. El nuevo texto se relaciona de manera concordante o discordante con el viejo texto que es a la vez su referencia, a veces se subvierte el sentido, o se toma otro rumbo. Este procedimiento literario está tatuado en la minificción, en la que se alude a otro texto.
En esta reconfiguración del sentido original se juega con el lector, con su capacidad de recordar otros textos, otros significados. Cuando el intertexto aparece de manera más clara, el lector tendrá menos quehacer en el esfuerzo de evocación. Como parte de los procesos desarrollados en la literatura, se establece una nueva relación entre el significado anterior y el nuevo significado, el nuevo sentido está vinculado, desde luego, con su nuevo contexto.
En la siguiente minificción la intertextualidad corresponde a los clásicos griegos, donde las sirenas hacen su aparición. Aunque hay que señalar que el mito ha logrado rebasar su origen, para convertirse en una convención social, todo el mundo sabe que son las sirenas, su canto y lo que provoca en los hombres (tema de muchos escritos), pero no todos lo relacionan con la literatura griega. En este caso particular el relato minificcional aporta una final totalmente contrario a la idea original.
¿Sirenas?
Lo cierto es que las sirenas desafinan. Es posible tolerar el monótono chirrido de una de ellas, pero cuando cantan a coro el efecto es tan desagradable que los hombres se arrojan al agua para perecer ahogados con tal de no tener que soportar esa terrible discordancia. Esto les sucede, sobre todo, a los amantes, de la buena música. Ana María Shua.[10]
La intertextualidad funciona de manera distinta en la minificción que en otros géneros narrativos. En un ensayo, por ejemplo, el segundo texto, el citado se usa para reforzar, completar o incluso contradecir la idea sobre la que se está hablando. En el cuento y la novela el intertexto, generalmente, se utiliza para apoyar la historia que se está relatando, es decir, proporcionar un dato, traer una historia paralela, en el caso de las minificciones la intertextualidad se vuelve fundamental, porque el tema aludido, se vuelve el tema de la minificción.
En aras de la economía narrativa, el relato minificcional tiende a utilizar todos los recursos a su alcance, se trata de aprovechar el conocimiento previo, por ello la información proveniente de otros textos resulta primordial. Por ejemplo, con decir Edipo, el lector infiere todo un universo que entra en relación con el texto actual, en este caso, no es necesario que se expliciten sus componentes, o sea se dice sin decir, la intertextualidad supone información oculta.
Hay que reconocer que en este procedimiento literario entra en juego la competencia del lector, el autor apela a su conocimiento anterior, debido a que no hay espacio para explicar una cita o para mayor aclaración.
La intertextualidad en la minificción tiene funciones desautomatizadoras. El trabajo de comprensión, que se lleva a cabo en las minificciones con estas características, implica recordar el sentido original del intertexto y casi simultáneamente, dotarlo de otro significado, de acuerdo al nuevo contexto. En este caso la intertextualidad apunta a la creación de nuevos mundos (textuales), vinculados a universos anteriores, por ello es que relacionamos el concepto de desautomatización, ya que el procedimiento es recordar el significado del intertexto, para inmediatamente resignificarlo.
Aunque no es una condición sine quan non, resulta una constante que los intertextos, que se utilizan en las minificciones, sean canónicos, su significado original se identifica sin mayores esfuerzos. Es el caso del siguiente ejemplo, en donde la intertextualidad se manifiesta en varios niveles: hay una cita del texto emblemático del género, del autor, del título, pero además la intertextualidad está reflejada también en el contenido, y en la propia estructura de la minificción. Cabe señalar que “El dinosaurio” ha sido re-escrito, y por lo tanto resignificado, de múltiples maneras (incluso el epígrafe de este trabajo corresponde a una reescritura de ese texto).
La culta dama
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio” –Ah, es una delicia –me respondió-, ya estoy leyéndolo. José de la Colina.[11]
Pero existen otros relatos minificcionales en los que se pone a prueba al lector y su destreza para recordar personajes o circunstancias aludidas. En la siguiente minificción, la intertextualidad reside en el texto clásico La Odisea, concretamente en uno de sus personajes y sus consejos, así como en la idea del canto de las sirenas, como algo mágico, embaucador. En este caso el lector tendrá que recordar el capítulo donde la diosa Circe le da a Odiseo las instrucciones para salvarse de las sirenas. La minificción reconfigura el significado del primer texto, para darle una nueva conclusión.
A Circe
¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas. ¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí. Julio Torri.[12]
Por otra parte, la intertextualidad en la minificción ofrece una serie de convenciones sobre los procedimientos literarios, es decir, trae consigo la manera de leer el texto, previniendo al lector sobre su encuentro con la minificción que tiene enfrente, es decir, la simultaneidad entre la permanencia y lo novedoso de un texto.
Cabe señalar que el lector representa la contraparte de la obra literaria, será él quien lleve a cabo el esfuerzo de la interpretación, el responsable de reconstruir el significado anterior y proveer de una nueva expresión al texto, completará el sentido uniendo pistas, configurando otro discurso a través de novedosas secuencias. Sin duda el lector tiene un papel esencial en el circuito de una obra literaria, si hace a un lado la riqueza del segundo texto, la intertextualidad, en la minificción, habrá fracasado.
Culler, Jonathan, “La literaturidad”, Teoría literaria. Marc Angenot et al. México Siglo XXI Editores, 1993.
————- “Sobre la deconstrucción”. Teoría y crítica después del estructuralismo, Cátedra, Madrid, 1992.
Iser, Wolfgang, “La ficcionalización: dimensión antropológica de las ficciones literarias”. Teorías de la ficción literaria. Ed. Antonio Garrido Domínguez, Arco Libros, Madrid, 1997.
Pimentel, Luz Aurora, El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa, Coedición SXXI Editores, Facultad de Filosofía y Letras UNAM, 3era edición, México, 2005.
Zavala, Lauro, Como estudiar el cuento. Con una guía para analizar minificción y cine. Ed. Palo de Hormigo, Colección Tres-k-tunes Serie Xequijel No. 6 (Ensayo) Guatemala, 2002.