Rubén García García
Tras de tus hombros
sediento voy a tu poza.
Afuera llueve.
El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Rubén García García
Tras de tus hombros
sediento voy a tu poza.
Afuera llueve.
Lola Sanabria
Ahora, todos los días lo saco al sol de la terraza en su silla de ruedas, me siento frente a él, con el plato sobre el regazo, y le doy cucharadas de sopa mientras le digo: «Una para ti, otra para la puta con la que pensabas marcharte».

Lola Sanabria nació en Villanueva del Rey (Córdoba), «en una casa grande, llena de gente. Años de infancia y adolescencia donde germinaron las primeras historias». Trabaja como Técnico Auxiliar en Centros Ocupacionales con personas con discapacidad intelectual, y en Centros de Menores. Ha ganado algunos premios literarios (las ediciones 2012 y 2013 del Premio de Relato Policíaco de la Semana Negra de Gijón, o el segundo premio del 58 Concurso de Cuentos Gabriel Miró, por citar algunos). Relatos y microrrelatos suyos han sido publicados en De Antología (la logia del microrrelato), antologada por Rosana Alonso y Manu Espada, editada por Talentura; en la revista Confluencia de la Universidad del Norte de Colorado y en otras antologías. En el 2013 publicó un libro en solitario, editado por Talentura, titulado «Partículas en suspensión».

Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero en seguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.
Elisa de Armas

Del libro: Baraja de minificiones de Rubén García
–¿Qué sucedió?
Hay soledad, bosques petrificados y solo un hombre enfermo de Covid 19.
Al resto, ¿los mató el virus? No. Se mataron entre ellos.

Karla Barajas
Aquí todo es ácido, como el humor de la pareja que forman Norah y Juanjo, quienes beben café americano con Lysol mientras se dicen que verse el día entero es insoportable y prefieren beber
de una botella de cloro sin diluir que pasar la cuarentena juntos. Guardan silencio, fingen fortaleza, pero el insomnio abraza su noche.
Cada uno en su lado de la cama repasa las frases que se dijeron entre bromas y que los hizo sentir insuficientes. Pero más ácida y corrosiva es la recomendación del presidente diciendo que beban o se inyecten desinfectante para evitar contagiarse de un virus, y es surrealista que la gente siga el consejo, como ese par de crédulos e intoxicados habitantes de Estados Unidos que arden por dentro.

Cae la lluvia y nosotros no podemos entenderla, frágil y transparente como el pasar del tiempo, cae la lluvia y con ella un poco de viento, tan raro y suave como tan duro y fuerte, cae la lluvia y los recuerdos vuelven con cada gota, tan lentamente como si los reviviésemos. Cae la lluvia tan […]
Cae la lluvia — Reve Cossue – Encadenado a mis palabras
Fuimos injustos.
Antes de unir los sexos,
deberíamos primero
andar codo a codo.

Del libro O dispara usted o disparo yo, antología de minificciones organizada por Lilian Elphick
Aunque sólo tenía siete años, sabía interpretar el odio en la mirada de Maribel. Mi abuela, aseverando que todas las empleadas eran ladronas, la obligaba a contar varias veces la ropa recién planchada. Yo conocía también el dolor de esas ofensas. Solía hablarme mal de mi madre y avergonzarme por el color oscuro de mi piel. Era distinta con su perro Sam, lo llamaba “mi hijo menor”. Mimándolo por cualquier
motivo besaba su boca. Maribel debía limpiarlo con papel higiénico cuando regresaba del patio. Los ojos de la mujer volvían a irradiar odio.
Durante un viaje de mis padres viví en esa casa. Nos hicimos amigas con la joven. Ella preparaba mis comidas preferidas y reíamos cuando caminaba como mi abuela con las piernas tiesas y dando órdenes. Imitando su voz me pedía respetar a su hijo Sam, porque al ser hermano de mi papá, era mi tío. Una calurosa tarde, Maribel barría el jardín, yo la ayudaba afirmando la pala. Mi abuela lanzó al perro una pelota que se desvió hasta llegar al centro de la piscina. Sam saltó a buscarla y asustado tragó agua. La anciana, con gran dificultad, caminó a rescatarlo. Arrodillada cerca del borde de esa piscina, suplicándole al perro nadar, le estiró sus brazos. Él comenzó a acercarse. Se detuvo con el impacto del cuerpo de su “madre” en el agua, empujada por dos manos grandes, a las que se unieron otras dos más pequeñas. Sam logró salvarse. Nos miró. Supimos que guardaría silencio.
Finaliza la misa dominical. Alarmantes gritos detienen el himno de alabanza: “¡Sangre!” “¡La Pasionaria está llena de sangre!” Los feligreses se apresuran a rodear la enredadera. Varios se paralizan suponiendo un milagro. Los incrédulos prefieren marcharse. Algunos más osados, con manos temblorosas, tocan la sangre y se arrodillan mirando al cielo en busca de explicaciones. El párroco se une al grupo que hace silencio para oír su juiciosa opinión. Una
cuidadora de autos se adelanta para hablar: “Padre, las pasionarias lloran sangre cuando Dios está triste”. El sacerdote observa aquella planta. Advierte que se eleva hasta la ventana de su dormitorio. Viene a su mente una imagen del día anterior, cuando minutos antes de comenzar la catequesis, al salir de ese dormitorio con el tímido Ignacio, lo tomó de los hombros, levantó su mentón y mirándolo a los ojos le dijo: “Recuerda, vienes a este lugar porque eres un buen niño. Por eso Dios te quiere mucho. Los tres, guardaremos el secreto: Dios, tú y yo. Nunca lo cuentes, porque… ¿tú no quieres poner triste a Dios, verdad?”.
Ana María Montalva Campos.
Nace y vive en Santiago, ciudad que recorre observando y jugando a inventar cuentos. Ha sido
publicada en antologías e invitada a encuentros de escritores en Chile, Perú y Venezuela. Cada año se compromete a lanzar su primer libro, deseos que sus rasgos obsesivos se encargan de frenar. Asiste al tallerde cuento dirigido por Lilian Elphick.


Un delicioso texto escrito con imaginación y picardía.
El día que aquel sujeto charlatan y lengua larga llegó a sugerirme que debería tener un novio virtual, me pareció una estupidez de su parte. Siendo yo una profesional de la virtualidad sabía que esto solo funcionaba si se respetaban determinadas reglas y la primera era tener una identidad confiable. Creo que subestimé y caí […]
Laurens y los tríos — Montucanahualt

Me duele pensarte. El ayer cómplice es sombra. Duele porque estoy fuera de tus pensamientos. Rumeo Los falsos de la vida, la promesa enterrada. Es cierto, nada nos debemos. Hay días inevitables, inconfundibles, tus manos en mis mejillas; con mis piernas rodeando tu cintura. nuestras bocas mudas, ahogadas, gritando hacia dentro y después… el silencio.

Compilación de Paola Tena
Patricia Nasello
—El hidalgo y la aldeana de la Mancha —grita un tipo en dirección nuestra.
Papá se enoja y creo que va a enfrentarlo. A mí me da miedo porque el tipo es un gigante. Mamá lo toma del brazo y le dice unas palabras cariñosas para apaciguarlo. La veo preocupada.
Y también la veo parecida a mí cuando tengo vergüenza por algo que hice. ¿Vergüenza de qué tiene ella? Papá sigue enojado y mamá está triste.

Senryu de Ruben García
En la montaña,
la niebla se transforma
en barcos de humo.


Soy una mujer juiciosa, socialmente discreta, compañera y hasta tierna. Veo la grama húmeda y lleva a imaginarme una yegua fina retozando. Me estremezco. Y me posee la hembra en la hierba, De la nada salen remolinos de lumbre y me incendio. Trompos que solo pueden ser calmados por dedos hábiles, una lengua ávida y un falo sublime que acaricie y frote. Mis labios exigen besar hasta tener en mi boca el recipiente exacto de tus germinales. Ser insaciable y ver de lejos a la mujer impoluta que por cualquier cosa se persigna.

Compiladora Paola Tena
Eran diez. Éramos diez. Cinco mujeres. Cinco hombres. A ninguno le importaba el género ni el romance. Estábamos concentrados en un objetivo. Ninguno sobrevivió. Queríamos burlar al destino burlándonos de él y de nosotros mismos. Y nos arrasó la desgracia del amor, en una tormenta de la que ninguno pudo rescatar más que unos pocos objetos rotos. Queríamos reír. Y no sobrevivimos.

Víctor Hugo López Salas (Santiago, 1955 – Bankok, enero 2017)
Rehabilitación
Contiguo a la cárcel había un polígono de tiros, pertenecía a la
fábrica de armamentos militares. De lunes a viernes después de las seis
de la tarde y los sábados en la mañana, practicaban con revólveres y
pistolas de todos los calibres. Me entretenía identificar las armas, según
el sonido de los disparos. En la celda a la hora de sus prácticas,
tomábamos té con canela, fumábamos tabaco negro, releía libros de
espionaje, escuchábamos discos compactos con una selección de rock
sinfónicos, que nos habías enviado. En las mañanas se oían
ametralladoras, subametralladoras, fusiles automáticos. Se apreciaba la
calidad de los tiradores. Los fusiles automáticos son muy sensibles, al
pulsar el gatillo algunos disparan veintiún balas, que se escuchan como
si fuesen una. Un buen tirador logra disparos de tres en tres. Lo mejor
que logré fueron tiros de a siete, muy efectivos por lo demás. Con uno
de esos me fundieron el intestino. No alcanzaste a dar aviso que nos
estaban esperando dentro del banco, en los cubículos de los ejecutivos
de cuenta. Habían interferido por meses las llamadas telefónicas, así
supieron del día que haríamos «la recuperación».
Me condenaron a cuarenta años; a los doce, por un indulto
presidencial, salí del recinto penitenciario. Fui visitarte al servicio de
rehabilitación traumatológica. Enmudecí al saber que una semana
antes, mientras dejabas sobre la cama el uniforme de cajera, tu esposo
te disparó en la pelvis. Por mucho tiempo había estado leyendo los
mensajes de texto, en tu teléfono móvil.
Víctor Hugo López S.
Poeta, narrador e ingeniero informático. Reconocimientos: Primer lugar Concurso «Palabras para el Hombre», Agrupación Cultural Universitaria (ACU), Universidad de Chile, 1982; Mención honrosa
Concurso «Vicente Huidobro», Universidad de Santiago, 1985; Mención honrosa Concurso «La Usach tiene cuento», Universidad de Santiago, 2014. Incluido en la antología Árbol de los libres. Poetas de la
Generación NN en Chile, Guadalajara, México, 2010.
Nota de la E.:
Víctor Hugo me envió su texto vía correo electrónico el 8 de diciembre de 2016. Estaba en Italia. En enero de 2017 falleció esperando un vuelo a Camboya, en el aeropuerto de Bankok, Tailandia.
Sigues viajando, esta vez sin ataduras, querido Víctor Hugo. Que las estrellas iluminen tus caminos.
Mis más profundos respetos a su familia y amigos/as.