Alejandra Barbery La bruja lloraba mientras miraba hacia la ventana por el rabillo del ojo. Algo le había pasado a su huerta la noche anterior. En lugar de hierbas mágicas, solo había galletas.
Alejandra Barbery (Bolivia).
Poeta y artista visual. Ha publicado los poemarios: 3 al hilo junto a Alfredo Rodríguez y Oscar Gutiérrez (Editorial La Hoguera, 2003) y Ánima en el 2014 con el sello La Mancha del grupo editorial La Hoguera. El 2019 publicó la plaquette Calavera con la editorial independiente del colectivo de mujeres Lengua de Urucú. Libro digital de microrrelatos: Miniaturas, colección Serendipia, editorial Velatacú, 2020. Inauguró su primera exposición de pinturas como Maria Zanutti en el año 2014.
Un día al año la luna se aparta del camino. Su luz cobriza ilumina el bosque y una casa cobra brillo, su teja enrojece. Se oye la sonata de Beethoven. Al finalizar hay aplausos, sonrisas y el tintineo de las copas. Poco a poco la casa se oscurece y el silencio la enreda.
Miradas Al parecer, dos ojos ven más que cuatro. Por eso, decidí disparar cuatro tiros silenciosos, justo en el blanco deseado: dos cuerpos inquietos abrazados en el sexo. Cuando salí del motel «Miradas», no sé si alguien me vio y me importó un bledo.
El tapiz de la carne Se miró en el espejo del baño del local. De frente parecía mujer; de espaldas, un hombre. Nadie escuchó sus gritos. Tampoco nadie notó los restos de ensangrentadas prendas íntimas, colgando del respaldo en algunas sillas del restaurant. Quizás pensaron que era parte de la decoración del lugar.
Mariela Ríos Ruiz Tagle
escribe poesía, cuento y narrativa. En el año 1979 ganó Premio Borges, mención Cuento corto, otorgado por Fundación Givré en Buenos Aires. Durante 1984 obtuvo Segundo lugar, mención poesía, por su extenso poema Madre Espina de Campos Absolutos, en Puerto Rico. Ha publicado libros de poesía, cuento, narrativa y participado en variadas antologías. Publicó su libro de microrrelatos Hija única en 2016.
El búho alisa sus plumas y lava su pico antes de dormir. Hoy no saldrá de caza.
La luna canturrea entre las estrellas. Él la acompaña con el pensamiento. No quiere disgustarla; sólo desea estar con su recuerdo. Así que cuando pase, cantará de pico hacia fuera.
Dentro de él, hierven los vientos y agitan el polvo que el tiempo ha depositado.
Es gracioso y él se da cuenta, que no puede evitar su pensamiento analítico. Sonríe y después exhala un silbido que compite con el de los vampiros. Es la manera en que los búhos suspiran.
Ha perdido la figura esbelta y por más que alisa el plumaje da la impresión de ser un paréntesis. Nunca está solo, siempre acompañado por sus pensamientos filosóficos que guarda en las sienes de su testa.
Tuvo amores pasados que fueron y vinieron. “Las féminas estorban las cadenas de mi inferencia”, decía, después de saciar su apetito corporal. Sin embargo, se enamoró de una que no tenía cursos, ni recursos y su método de análisis era un champurrado de tonterías. La veía aletear alrededor de él demostrándole su entusiasmo. Hubo momentos que sonreía, luego se hizo insoportable. No estaba hecho para el dulce y un buen día se alejó.
Hoy la recuerda y comprende que hay fulgores que el pensamiento no puede obsequiar. Y el método de la razón magnifica la inmensa soledad en que vive.
Él ya no suspira, risotea como lo hace la hiena. La verdad es que llora, sólo que disfraza su emoción, pues no es saludable que pierda compostura e imagen: ahora canta alargando el tono como lo haría un bandolón.
A Edgar Núñez Jiménez Edgar me habló de la leyenda japonesa de las grullas: “Si haces 1000 grullas de papel, pides un deseo y se te concederá”. Yo ambicionaba con salir de la pobreza y tenía hojas suficientes para lograrlo. Le propuse un negocio consistente en cumplir la labor, pero dividiendo el número de grullas a 500 cada uno y cuando las tuviéramos hechas pediríamos el mismo deseo: “que nuestra empresa de venta de papiroflexia fuera un éxito y las grullas volaran”. Creamos las 1000 grullas, las situamos en una mesita afuera de mi casa con un letrero de: “Se venden grullas de papel” y sí que volaron. Esa tarde un tornado se llevó los techos de lámina de las casas, mis grullas y mi deseo. El negocio quebró, no ganamos ni un peso. Vi a Édgar sonreír y dijo que la leyenda era incuestionable puesto que las grullas sobrevolaron en el firmamento. Me di cuenta que no podía enojarme con mi mejor amigo por desear su vuelo y no dinero, al ver las aves blancas dando zancadas para elevarse, y al percibir sus graznidos cuando iban a kilómetros de distancia.
Karla Barajas (México).
Publicó Valentina y su amigo pegacuandopuedes y La noche de los muertitos malvivientes (Editorial Imaginoteca, 2016), así como Neurosis de los bichos (Colección Minitauro, La Tinta del Silencio, 2017), Esta es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018), Cuentos desde la Ceiba (Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019). PequeFicciones
Despierto en el hospital con la sensación de una mala resaca. Las imágenes se suceden sin sentido. Mis soldados debieron haber vuelto con el dinero, pero estoy gritando en medio de la farmacia. Disparo al mostrador y pulverizo los cristales. Los medicamentos caen al suelo y el farmacéutico entiende que la cosa va en serio. No recuerdo el nombre de la mujer. Las luces estallan y sus manos se aferran al muro. Embisto con fuerza esos destellos de oscuridad. Dayana tenía todo preparado cuando salí de la cárcel. Coloca líneas delante de mis narices y de nuevo me aturden los miedos. Manipula cada palabra y sus labios devuelven el dolor de cabeza. Me sentía más seguro tras los barrotes. Atado a la cama diviso a enfermeros dueños de un mundo sin respuestas. No recuerdo dónde arrojé la pistola. Hago el amor con este cuerpo que no recuerdo. Los vidrios del mostrador estaban cubiertos de sangre y los policías no tenían como probar que había sido yo. Me sentía aliviado, sin la preocupación de satisfacer a la hembra. La habitación era blanca y no había rastro de mis soldados. Ya no temía que Dayana me fuera a apuñalar por la espalda. Tampoco oía el rotor de los helicópteros persiguiendo cada uno de mis pasos. Sentía paz junto a esta gente desconocida. Hombres de blanco que me hacían sentir en el cielo. Una nueva sesión de electroshocks borrará todas mis huellas. No quiero manchar de rojo este sueño idílico.
Aníbal Ricci Anduaga Ha publicado las novelas «Fear»; «El rincón más lejano»; «Tan lejos. Tan cerca»; «El pasado nunca termina de ocurrir»; las novelas breves «Siempre me roban el reloj»; «El martirio de los días y las noches»; «Sin besos en la boca» (cuentos), «Meditaciones de los jueves» (cuentos y ensayos), «Reflexiones de la imagen» (cine). Ha participado de las antologías: «Hombres con Cuento» (2012), «Justos y Pecadores» (2014), y «Microrrelatos de Amor y Desamor» (Ant. virtual, 2016)
Tomado de la antología » o dispara usted o disparo yo» Antologa Lilian Elphick
Tal vez…Merecido seael final del relatode una odisea convulsade versos trucados. Quizá…Debir ser más realmenos ilusoriodebí leer el guiónque me entregaste en mano. Aposentarme bajo la sombraque nos cautivo antañosentir desde el inicioaquello que en silenciopredicaba aquel banco. El Quijote debió seguirenclaustrado en el pasadoleer atentamentelas plegarias del orfanatosin diseñar un… Acaso debí…Algo no he […]
Arnulfo Serpentina, león sin garras, de colmillos chatos y pequeñitos, más tilico que las ramas secas del otoño, es el animal más temido en su barrio. Su melena más parece pelusa de ombligo: desaliñada, suavecita y grisácea. Cuando ruge (pero no ruge, más bien chilla como gato machucado) nadie dice ni hace nada. ¿Por qué le temen todos a Arnulfo Serpentina? Porque tiene una imaginación como ninguno: cuenta chistes del leopardo, imita al elefante con soltura y todos ríen porque lo hace ver torpe. Es un león con un arma más filosa que las garras que le faltan: una lengua parlanchina que inventa historias sobre el que se descuida. Cuando alguien ve acercarse a Arnulfo Serpentina, pega el grito para dar aviso y todos quedan tiesos como piedra, no sea que este león descubra el más mínimo cojeo, un estornudo extraño, un ojo de camaleón muy distraído. Pero Arnulfo Serpentina es invencible en la guerra de lenguadas: si alguien hace un chiste de su cola erizada, si otro ríe de sus patas demasiado planas, él a cambio suelta carcajadas. Todos ríen con Arnulfo Serpentina y enseguida él toma la revancha.
David Baizabal (México, 1989).
Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica (BUAP). Ha publicado narrativa breve y reseñas en diversos medios nacionales y de Latinoamérica, así como en las antologías El libro de los seres no imaginarios (Minibichario)(Ficticia, 2012), de José Manuel Ortiz Soto, Ráfaga imaginaria (BUAP, 2014) de Fernando Sánchez Clelo, entre otras. Su libro El desamparo de la bestia está en proceso de publicación. Actualmente cursa la Maestría en Literatura Hispanoamericana (BUAP). PequeF
Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesís; eligió un ínfimo destino: fue Judas.
Tres versiones de Judas – J. L. Borges. Tomado del muro de Alma Cervantes
Su intención era cazar para la cena. Regados con vino, atraparon una corzuela. Carnosa y mansa. Frágil, dúctil ante los trazos del cuchillo. Sabrosa. —Esto es lo más rico que comí en mi vida —comentó uno. —Brindo por eso —celebró otro. El fuego alcanzó para medio cuerpo. La otra mitad cabía en la conservadora. La fiesta se desmadró hasta el día siguiente. El monte no era divertido de día y emprendieron el regreso. En el camino, los detuvo una cuadrilla de “Control de caza y pesca”. Pura rutina. Revisaron todo, como siempre. Nada raro encontrarían. Entre bromas, bajaron todo de la camioneta. Medio cuerpo de mujer descansaba en la heladera de los cazadores.
Comienzo a acariciar el cuello; lentamente mis manos recorren sus hombros. Miro sus ojos cerrarse y la escucho murmurar, al parecer, mi nombre. Tomo sus caderas y la levanto desde la cama; frágil se entrega. Mi mano pasa entre sus pechos. Ella suspira fuerte, su respiración agita su vientre abultado. Aprieta sus parpados, siento su placer mientras mi palma baja. Nunca ve el cuchillo. La abro de un solo corte. Encuentro más niñas en su interior.
Preocupación
Recorro su espalda con la yema de mis dedos, conozco cada lunar, cada curva, todo. He hecho caminos en mi imaginación sobre ella. La recorro con los ojos cerrados sentado sobre sus muslos y penetrándola profundo, pero suave. La piel se me eriza, transito desde su cintura hasta la mancha coqueta sobre la cadera derecha. Subo por su costado, tocando el piano de sus costillas, deslizando mi mano entre su brazo y su cuerpo; realizo un masaje suave antes de volver sobre sus omóplatos. Ahora me muevo más rápido, siento que se está endureciendo y me excita, pero comienzo a sentir dolor, aun así continúo agitándome. Me afirmo de sus hombros ya al borde del éxtasis. Pienso en hielo, en árboles, en cualquier cosa que retrase el estallido unos momentos más. Me aferro a su pelo atado, el que lleva en una hermosa trenza y la comienzo a zamarrear como a la yegua que era. ¡Maldita!, está apretando, a pesar del dolor no puedo parar, no quiero. Se pone cada vez más rígida, su pelo más opaco, palpo su cuello con mis manos y siento las marcas de mis propios dedos en donde su piel está aplastada. Estallo, no puedo más, dejo todo dentro, como querías. Luego de tanto tiempo no me preocuparé de que me hables de tus atrasos. Somos uno en dos, ¿no es cierto, Piedad?
Andrés Reveco A. Se especializa en microrrelato y cuento breve. Tiene una caja de textos escritos en servilletas de papel y comandas de restorán. Ha publicado sus textos en el portal web Letras de Chile y otros sitios digitales. Participó activamente en la organización del II Encuentro Chileno de Minificción, Corporación Letras de Chile, Santiago, 2008. Asiste al taller literario de Lilian Elphick.
Solíamos acercarnos a la casa abandonada al caer la tarde, cuando las sombras eran tenues. Mirábamos a través de las cortinas raídas El paisaje interior era una mezcla de soledad, tristeza y añoranza, como si estas cualidades humanas se hubieran quedado impregnadas en las paredes y en los muebles. Paquito decía que la casa tenía corazón, que escuchaba el bombeo de la sangre por las cañerías. Aseguraba que necesitaba el de las personas para poder seguir en pie. Juan propuso aquella noche entrar a través de la ventana que daba al jardín. Recorrimos todas las habitaciones. Hasta el silencio crujía. Poco a poco comenzamos a sentir una sensación de vacío, una tristeza que nos iba hundiendo en la nada, un sentimiento de vulnerabilidad inexplicable. Miguel, el más sensato de la pandilla, nos obligó a salir de la casa y alejarnos de ella. Dicen que la casa sigue allí, entera, abandonada. No regresamos nunca. Nos daba miedo escuchar los latidos del corazón de Paquito.
Me levanto sin pensarlo. Se oye el aleteo de los murciélagos en el perón; la noche ha sido fría y húmeda. A la olla del café le pondré más canela y agua. Despierto al marido y busco un pedazo de pan para que se vaya con algo en la tripa. ya se levantan los chiquillos y piden, —no saben si hay — pero piden. voy de prisa a llevarle el almuerzo: son tortillas untadas con frijoles y un poco de chile para que sienta que algo le pellizca el estómago. Limpiamos la milpa. Él se queda, yo me regreso a preparar un caldo de chayotes. Me llevo los niños a la cañada para que ayuden a cargar agua. con una buena vara se pueden cargar dos cubetas y otra en la cabeza. Agua para el marrano, para las plantitas de olor, las gallinas. Los perros piden después de que se come su mazorca. Agua en la cocina para el atole, el café y para la sed. Nada se desperdicia. Ya mañana que lave aprovecho para bañarlos y de regreso me ayudan cargando con la ropa seca; también compraré un litro de petróleo para los candiles, a oscuras no se puede remendar la ropa. Hace mucho que no tengo un hato seco de leña y los que la traen a vender no se arriman por aquí, saben que el dinero está escaso y los chamacos piden, —ellos no saben si hay— pero piden.