NAVIDADES — LOS ESCRITOS DE XAVIER

No entiendo cómo nos ponemos la meta de las Navidades. No entiendo que se cierren las mentes, solo y únicamente, en esa dirección. Sin pensar en nada más. Solo estamos mirando las navidades, nada más, es algo inaudito. Navidades!!! Joder que hay 40.000 muertos!!! Y subiendo!!! Y habrá en aquellas fechas y después más si […]

NAVIDADES — LOS ESCRITOS DE XAVIER

Raul Pérez Torres de la antología » o dispara usted o disparo yo» A. Lilian Elphick

Del ideal



La flaca. Nunca la olvidaré. Su cara triangular, profunda y misteriosa, como las ruinas del Macchu Picchu. Su piel de película quemada. Sus ojos espesos y abatidos. Se parecía a los amores de Gardel. Lástima que no vivió nunca. Explotó como una pompa de jabón en el momento en que Adriana me despertó para el desayuno.

Raúl Pérez Torres.

Narrador, poeta y periodista. Algunas de
sus publicaciones son: Novela: Teoría del desencanto (Quito, 1985);
Cuento: Da llevando (Quito, 1970); Manual para mover las fichas (Quito,
1973); Micaela y otros cuentos (Quito, 1976); Musiquero joven, musiquero viejo
-Premio Nacional «José de la Cuadra»- (Guayaquil, 1977); En la noche y
en la niebla -Premio Casa de las Américas, La Habana, 1979- (Quito,
1980); Un saco de alacranes (Quito, 1989); Sólo cenizas hallarás -Premio
Juan Rulfo, Francia, y Premio Julio Cortázar, España (Quito, 1995); Los
últimos hijos del bolero (Quito, 1997); Poesía: Poemas para tocarte (Quito,
1994). Teatro: La dama de rojo (Quito, 1983). Ensayo: Indice de la
narrativa ecuatoriana -coautor- (Quito, 1992).

Inercia de José Manuel Dorrego

Tomado del Microdecamerón coordinación de Paola tena


Nicolai Vasiliev, el fakir húngaro, se tumbó sobre la alfombra de
clavos, colocó una plancha sobre su pecho y pidió un par de
voluntarios de entre el público para que se subieran encima.
Viendo que aquello no terminaba de entusiasmar al respetable,
fue pidiendo a todos los presentes que se subieran
ordenadamente sobre la plancha. Y así, con la colaboración de su
ayudante, Hadraff, fueron acomodándose los cientos de
espectadores sobre el tablón que presionaba su pecho. Un reto
espectacular, sin duda, pero por desgracia no quedaba público
para aplaudir. Inmediatamente ordené que se abrieron las puertas
del circo y miles de voluntarios de la ciudad se fueron colocando
encima. Cuando ya no quedaban más habitantes, Hadraff, el
ayudante, fue reclutando gente entre las ciudades colindantes para
darle mayor lustre al número del fakir, quien a día de hoy ya
aguanta sobre su pecho a toda la región y no se descarta que, en
breve, se sume la población de las regiones colindantes.
Dicen que sí, que ahora sí, que ahora el número del
Nicolai es digno de aplauso, pero ya casi no tenemos público que
ovacione la hazaña: cuantos se acerca a contemplar la actuación,
por pura inercia, terminan formando parte del espectáculo.

Un circo a la sombra de Francisco Piria - Tvshow - 26/12/2017 - EL ...

Narrador omnisciente indiscreto

Rubén García García

Así, calladito, calladito… ¡se ve tan bien!, nada de sombrerazos o alharacas. De esa manera hay que enfrentar a la muerte, como si fuese una vieja amiga, o una esposa a quien se le dice que sí, porque es el día de compra. Calmado. Ya vendrá cada año a festejar. Seguro que tendrá sus viandas de mole, su cerveza oscura y hasta es posible le ofrenden ese ron blanco añejo que tanto disfrutó. Claro que podría no suceder, si su esposa decide continuar la relación virtual y viajar a una costa en el Pacífico para hacerla real, donde los festejos hacía los difuntos son diferentes. No se altere, es poco probable, pero posible.

La Otra odisea del Microdecameron

Carmen de la Rosa


Sentada en el trono de Ítaca, Penélope despacha los asuntos del reino con sus consejeras. Ni rastro de los pretendientes ni de Telémaco. Argos, tendido a sus pies, apenas menea el rabo a Ulises en señal de bienvenida. Qué pronto has vuelto, querido, dice ella. Ulises zarpa de nuevo aquella misma mañana.

MicroDecamerón – Quarks Ediciones Digitales

El infractor Alejandro Bentivoglio

Tomado de «Pequeficciones»


Al dormirme, aparezco en un sueño que no es el mío. Un policía me pide la licencia de soñador, pero luego de buscarla me doy cuenta de que la perdí en una pesadilla que tuve el día anterior. Las excusas parecen no servir y el policía me dice que debo acompañarlo. Subimos a su patrulla y al encender la sirena, me despierto con semejante estridencia. Suspiro aliviado, creyendo que me he salvado. Pero en mi mesa de luz, clavada con un alfiler, está la multa por cruzar incorrectamente el espacio de los sueños.

Alejandro Bentivoglio (Argentina, 1979).

Ha publicado 12 libros de microficción y sus textos han aparecido en antologías de numerosos
países y traducidos a varios idiomas
.

PequeFicciones, un libro para niñas y niños! – Ceremonia de Palabras

Leandro Urbina de la antología » o dispara usted o disparo yo»

Antologa Lilian Elphick

José Leandro Urbina (Santiago, 1948)


Suma


«Cuántos son cinco más cinco», le preguntó el hombre del
cuchillo.
«Siete», dijo él con la garganta apretada por el dolor.
Ya le habían cortado dos dedos, y como sabía que no iban a
parar, aprovechó para descontar inmediatamente el próximo.

Novela policial 1

El comisario Mazote guardó su pistola recién disparada y se
inclinó sobre el agonizante. Intuyó que el hombre quería decirle algo.
« Ma…zote, concha e’ tu madre», lo escuchó murmurar en su
oído, antes de estirar la pata.
«¿Qué dijo?», preguntó el detective Toro, que miraba desde la
puerta del comedor con la Walther apuntando al techo.
« Creo que dijo Pasota y algo más».
«Podría ser el nombre del autor del crimen», dijo Toro poniendo
cara de perplejo. «¿Lo dijo clarito?»
«Bueno, más o menos clarito. Tiene mucha sangre en la nariz».
« Pasota, Pazote…y algo más. Humm, por lo menos tenemos
una pista.
«Sí, pero no lo anotes en el informe, no sirve de mucho. Oiga,
prométale a la joven viuda que perseguiremos sin piedad a los
culpables de este oneroso crimen, que no descansaremos hasta darles
el castigo que se merecen. Dígale que se porte bien y que no ande por
ahí hablando leseras. Y ahora, Torito, acción. Mientras retiro los
casquillos, registre la hora del suceso y pídase una ambulancia,
urgente».


José Leandro Urbina

Profesor, novelista y cuentista. Desde los años 1988 al 2005
vivió entre Canadá y los Estados Unidos donde se doctoró en la
Universidad Católica de América, especializándose en Literatura
Latinoamericana. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Las
malas juntas, El basurario de Baruni y El derrumbe; y las novelas Cobro
revertido y Las memorias del Barun

De Pequeficciones: Lila de Felicidad Batista

Antologos: José Manuel Ortiz Soto y Chris Morales

Lila
Felicidad Batista


Vivo en la aldea más pequeña del mundo. Nuestra casa es la primera y la última de la única calle que la atraviesa. Una calle diferente a todas. Cuando llueve es laguna, desierto en verano, paseo de hojas secas en otoño, y en primavera acuna florecillas. La escuela está lejos. A mí no me gusta ir. Aunque soy feliz
cuando aprendo palabras nuevas, nombres de planetas, números que suman y versos musicales. Al llegar al pueblo paso como una estrella fugaz por delante de la casa amurallada de Pedrito Zárate. Tiene jardines y una alberca. Pero es un compañero de clase que se burla de mí. Al salir me espera y me sigue. Dice que un día me empujará desde el puente colgante por el que regreso a casa. Pero ayer, cansada de huir a la carrera, le pregunté por qué lo hacía.
—No tienes nada, Lila. Solo un vestido viejo y unos zapatos gastados. No mereces esas notas sobresalientes que te pone la maestra.
—Tengo una aldea y una calle. También la sonrisa de mamá, las canoas que papá me construye con juncos, y la algarabía del bosque. Los colibríes, las ranas y las culebrillas son mis amigos. Y la luna y las estrellas de mis abuelos nadan conmigo en el río. Se quedó callado, bajó la cabeza y se fue.
Esta mañana Pedrito ha venido a casa. Quiere que papá le haga una canoa. Yo le he dicho que antes debe prestarme sus libros de cuentos.

Felicidad Batista (España).

Licenciada en Historia del Arte. Escritora
y bibliotecaria. Autora de Finis Mare, Relatos de la Patagonia y Los
espejos que se miran. Ha publicado en casi cuarenta antologías y en
revistas literarias de América Latina y Europa. Presidenta de la
Asociación de Escritores ACTE-Canarias. Pertenece a Generación
Bibliocafé de Valencia (España) y Arando Letras (México). Participa en
programas de radio Faro al Sur (Argentina) y en Narraciones y Música
de radio NCO en Buenos Aires

Editorial - Escritura entre las nubes: Felicidad Batista

Paola Tena antóloga del MicroDecamerón, última jornada

Dina Grijalva

Gestación y parto



Desea escribir un cuento perfecto. Elige palabras redondas: oro,mamá, ojo; palabras con alas: ave, mariposa, colibrí; palabrasdelicia: pan, éxtasis, perfume; palabras dulces: flan, grosella, cielo;palabras líquidas: mar, río, agua; palabras sonoras: fuente, piano, ruiseñor.
Cuando el cuento nace, lo toma de la impresora, lo besa con dulzura y lo coloca en la pequeña canasta donde lo esperan otros cuentos felices.

Paola Tena y Dina Grijalva (con el libro en las manos)

Vecino de letras de Pía barros

De la antología de pequeficciones organizadores José M. Soto y Chris Morales

Vecinos de letras
Pía Barros

Los escritores de las casas contiguas, arrojan a la tierra las historia
inconclusas de sus papeleros. Vuelven a cubrirlas y se marchan al
intento de nuevas anécdotas. Bajo el humus, las letras reptan hacia la
raíz, se entremezclan y brotan en hojas de cuentos completos. El
otoño es generoso con los niños, devotos del árbol y esperan jugando
bajo su sombra, que les lluevan los cuentos que estiran cuidadosos,
cada noche, bajo sus almohadas.

Pía Barros (Chile).

Licenciada en Literatura. Dirige los Talleres Ergo
Sum y Ediciones Asterión. Fue premiada por el Fondart en dos
ocasiones y ha obtenido las becas del Escritor, del Consejo Nacional
del Libro y la Literatura, y de la Fundación Andes. Ha publicado los
libros Miedos transitorios (De a uno, de a dos, de a todos) (1985), A
horcajadas (1990), Signos bajo la piel (1995), Ropa usada (2000), Los
que sobran (2002) y una veintena de libros-objeto que surgen de sus
talleres literarios.

Pía Barros:»Pensé que no iba a escribir nunca más» – Revista Mirada Maga
Es una de las escritoras más activas y renombradas de la literatura chilena actual. Su nombre generalmente se vincula a la literatura feminista y su obra tiene una marcada connotación erótica y social. Entre sus publicaciones se cuentan: Miedos transitorios (1985), A horcajadas (Mosquito Editores), El tono menor del deseo (Editorial Cuarto Propio, 1990), Signos bajo la piel (Editorial Grijalbo, 1994), Ropa usada (Ediciones Asterión, 2000) y Los que sobran (Ediciones Asterión, 2002). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de Chile y el extranjero. Ha publicado una treintena de libros-objeto, con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos y tiene a su haber la primera novela chilena publicada en formato digital: Lo que ya nos encontró, editada por Chilelibro.com en el año 2000.
La autora ha desarrollado también una labor docente, cultivando nuevos talentos literarios a través de los talleres Ergo Sum, que dirige desde 1976.

Shoefiti de Enrique Silva Rodriguez

De la antología de Lilian Elpohick «o dispara usted o disparo yo»


Me preguntaste asustado qué era eso de colgar zapatos en los
cables. Y yo te contesté: «es un arte». El arte de frenar el mundo y
hacerle un nudo ciego en las patas a Dios. Nadie sabe de dónde viene
ni adónde va. Pero más allá de tus pasos, fueron tus zapatos quienes te
trajeron a mí. Siempre es igual y nadie se da cuenta. La falta de arte nos
está embruteciendo a todos. La culpa es del sistema. Yo sólo soy la
sombra que arrojará tus zapatillas a los cables. Después de apuñalarte y
tirar tu cuerpo al Mapocho.

Enrique Silva Rodríguez,

alias Quique, cantautor, poeta y
escritor. Dicta Talleres de Estimulación a la Lectura y Escritura
creativa. Ha ganado uno que otro concurso literario nacional e
internacional. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés,
italiano y rumano. Ha participado en la Feria Internacional del Libro
de Los Mochis, México; y en Caaguazú lee, de Coronel Oviedo,
Paraguay. Vive en Maule-Coronel, en una casa azul montada sobre un
cerro a orillas del mar.

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Oscuridad

Rubén García García

Volvió el viejo deseo en su fiesta de cumpleaños y encapsuló el secreto. La pretensión cuchicheo en sus sueños y un día, contrario a sus hábitos, se vistió con sencillez, dejó de asistir a las reuniones de canasta y disfrutó con emoción de niña los ritmos afrocaribeños de su pueblo. Su esposo, fiel acompañante, se extrañaba de los cambios, pero los atribuyó a los vaivenes que las mujeres padecen. Ella seguía siendo la mujer sencilla, apasionada y buena madre. Su esposo así la amaba.
Meses después llegó una ambulancia hasta su residencia. En el servicio de urgencias el médico no dudó en intervenirla. El marido, sorprendido, veía a un vástago que hacía contraste con la piel blanca de ella. Hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.

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De tal palo, tal astilla de la antología «o dispara usted o disparo yo» A, Lilian elphick

Eugenia Toledo Renner


I
Después de escuchar las noticias en la radio y leerla en los
periódicos no pude dormir por un largo tiempo. No podía dormir en
las noches pensando en los desafortunados animalitos que cayeron en
las manos de aquel hombre joven de rostro bello y ojos angelicales,
pies descalzos, que estaba preso y condenado a varios años por
despellejarlos vivos, quemarlos, ponerlos en el microondas, hacerlos
chillar y torturar hasta su muerte. Pienso en esos animalitos y recuerdo
al niño que, en su infancia, jugó en mi casa con mi hijo y nuestras
mascotas muchas tardes de verano y bendecía su comida cada vez que
nos sentábamos a la mesa, costumbre que venía de sus padres tan
cristianos. No podía dormir, porque él había prometido cuidar esos
inocentes regalones cuyos dueños se los entregaban con alivio, porque
no los podían tener más o estaban muy viejos. Y él los recibía con
tanto amor y ternura en sus ojos angelicales.
II
Diez años antes también supe «algo» sobre la madre de este
joven. Se había casado con un judío, dueño de hoteles en Oregón,
llamado George Levy. Un hombre de mucha edad y dinero, que se
había divorciado de su primera esposa, para unirse a esta mujer,
decoradora de sus hoteles. Le había comprado un yate en Francia y
abrigos de pieles Dior para recorrer el mundo. Años después, ella y su
flamante marido estaban navegando solos alrededor de la Isla
Margarita. Se encontraron en una terrible tormenta. Ella, la capitana
del barco, en tal circunstancia habría pedido a George para recoger las
velas para navegar mejor, pero nunca más lo volvió a ver. Es lo que le
comunicó a la policía de Venezuela. George andaba sin chaleco
salvavidas, declaró. ¿Cómo llegué a enterarme de esta terrible aventura
que no leí en los diarios? Un día de verano alguien a la puerta de mi
152
casa. Era un joven de 21 años con rostro angelical y dulces ojos claros:
«Soy yo», expresó, «¿se acuerdan del mí? Yo jugaba con tu hijo en esta
casa». «Sí», contesté, «qué grande estás y ¿qué es de tu familia?»
Entonces dijo, «estamos aquí, porque George se fue». Le puse cara de
interrogación. Atónita escuché hasta el final de la historia; casi de paso,
antes de partir, agregó: «La verdad es que a él no le gustaba navegar y
odiaba los botes a vela». Y se rió.

Eugenia Toledo Renner

nació en Temuco, Chile. Es
principalmente poeta y profesora de Talleres Literarios; recién
incursionando en el género de cuentos breves. Reside entre Seattle,
WA, y Temuco.

Pin en peinados

La Sirenita

Rubén García García

El pescador regresó al caer el sol y piensa en voz alta “el mar ha sido todo para mí. me da el sustento y la belleza. Me ha enseñado tener paciencia: hoy no hubo pesca, mañana tal vez la haya” Por reflejo echó la red. No tuvo que luchar para depositar en el bote su presa, era una sirenita con ojos verdes y cejas color carbón, una niña que lo miraba resignada. Sabía que no le harían daño, y que tampoco podría escapar.
“Debería sentirme afortunado, es un golpe de suerte”. Todo estaba bien, lo que no encajaba era la mirada de la niña, inmensa, lejana y su cara tan parecida a la de su nieta que ya estaría esperándolo en el muelle. En silencio la liberó y la puso entre las olas del mar. Ella se impulsó dándole un beso en la mejilla. Cerca, su mamá la esperaba.

El Pescador y Su Alma” (Parte I). – Páginas Sueltas y de Colores