¡Diles que no me maten! Rulfo

¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

Para comprender a J. Rulfo, dos libros bastaron para hacer historia

En las décadas de 1940 y 1950, México vivía una época de cambios, cuyo rasgo principal era el haber dejado atrás la Revolución mexicana. El país da­ba señales de desarrollo: su población y producción crecían. El Distrito Fede­ral se rulfo_juanconvertía en una ciudad moderna, y las universidades se multiplica­ban. Sin embargo, el campo se despoblaba, porque la reforma agraria se ha­bía detenido y aumentaba la marginación de los desposeídos.
Había concluido la época de las luchas encabezadas por caudillos, como Emiliano Zapata y Francisco Villa -que habían sido asesinados-, y se suce­dían presidentes que ya no eran militares revolucionarios, pero que pertene­cían al único partido con poder real, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). La sociedad estaba despolitizada.
Los intelectuales mexicanos adoptaron dos posturas frente a esta situa­ción. Los que adherían al oficialismo consideraban que la revolución había producido los cambios que se buscaban, por lo tanto era una etapa conclui­da cuyos temas y estética ya no eran representativos. Influidos por el Exis­tencialismo, cuestionaban la existencia de un “ser mexicano” y proponían la necesidad de una expresión subjetiva y universal.
Otros creían que la revolución no había dejado resultados positivos, pues sus metas no se habían alcanzado o, peor aún, habían sido traicionadas. Con­cebían el arte como un camino para manifestar una posición crítica.
La narrativa de Juan Rulfo
En el medio de estas posturas, se ubicó la obra de Juan Rulfo. Si bien su narrativa se caracterizó por expresar la realidad del hombre mexicano, su drama existencial concreto y producto de su historia, no hizo un re­lato de los hechos de la Revolución, ni una literatura panfletaria. Plan­teó un conflicto subjetivo con raíces en la historia mexicana.
Situó sus cuentos indistintamente dentro de la Revolución o fuera de ella.
No narró “la Revolución” sino que mostró hombres, mexicanos concretamen­te, que eran el resultado de la historia de su país. Los hizo transitar escenarios realistas, pero que adquirían un carácter de símbolo de esa misma historia. Por ejemplo, el campo yermo representa los ideales que habían dejado de tener el sentido que los originó; los pueblos incendiados, la destrucción por la destruc­ción misma y la lucha de pobres contra pobres.
Por esta razón, el “aquí” y el “allá” se mezclan en un espacio indefinido, y el pasado y el presente parecen ser uno en su obra. El mecanismo para negar la espacialidad y la temporalidad es insistir en ellas. Mediante una continua referencia a lugares determinados y al tiempo cronológico, demuestra su intrascendencia o su paralización, pues nada cambia, por más que el tiempo pase y los lugares difieran. Por ejemplo, en “El Llano en llamas”, aparecen referencias constantes a lugares específicos y al paso del tiempo: “Hacía cosa de ocho meses que estábamos escondidos en el escondrijo del cañón del Tozín, allí donde el río Armería se encajona … “.
Sus personajes son campesinos, gente simple, que hablan como el mexica­no común con sus mexicanismos, vulgarismos y características propias de un registro coloquial; pero su sentir coincide con el del resto de los hombres de la época, que viven la angustia de ver destruido todo lo que creen verdadero. En esta síntesis entre lo local y lo universal, reside el valor de la obra de Rulfo.
Los cuentos de El Llano en llamas están uni­dos por coincidencias temáticas: la imposibilidad humana de escapar de un destino prefijado, la conciencia de culpa, el miedo a ser condenados, la guerra sin un sentido claro. Por esto, los perso­najes se someten a lo que les toca vivir sin queja al­guna. Son seres frágiles y mortales, que viven en ten­sión entre la desesperanza y la esperanza, a quienes, inevitablemente, toda ilusión se les frustra. Esta es, para Rulfo, la esencia del hombre americano.
Frente a una realidad que no puede cambiar y que le es adversa, este hombre se encierra en sí mis­mo, no se comunica con el otro, aunque este otro comparta su circunstancia. Si el acontecer histórico ha perdido el sentido, no queda otra posibilidad que resignarse; por lo tanto los personajes se paralizan, no reaccionan; por el contrario, adoptan una actitud contemplativa frente a lo inevitable: los comportamientos violentos no son reacciones, sino un modo de sometimiento a la fuerza de la costum­bre. No hay esperanza de cambio posible, sólo se vislumbra el fracaso.
Los protagonistas de estos cuentos no actúan, recuerdan. La inten­ción es mostrar la subjetividad del personaje, su propia existencia, y para ello el narrador en primera persona que monologa o habla con un inter­locutor silencioso es el modo de expresión más preciso. Frente a la nada del mundo exterior, su soliloquio es el camino para entenderse, para encontrarle algún sentido a la vida, aunque finalmente no lo logre. El recuerdo es la ma­nera de reconstruir su vida, pero tiene un carácter fragmentario y desorgani­zado. Por eso, el relato no sigue un orden cronológico, constituye una serie de imágenes desordenadas en las que el tiempo parece estar suspendido.
El espacio y el tiempo
Si no hay progresión temporal, no hay vida. Este tratamiento del tiempo es una forma de expresión de la falta de expectativas: no se diferencia el pa­sado del presente, ni hay alusiones al futuro, pues este no existe. El tiempo es circular: lo que ya ocurrió es igual a lo que está ocurriendo y a lo que ocurrirá. El hombre vive la situación en la que se encuentra y es inca­paz de alterarla, le viene impuesta por fuerzas exteriores que él no maneja.
También, el espacio generalmente se presenta difuso, ya que no importa dónde esté el personaje. No es el lugar el que lo determina, cualquier sitio es igual para mostrar su interioridad. De este modo, el espacio no es marco, es símbolo del acontecer monótono, reiterativo.
Más aún: el personaje mismo se presenta borroso en su apariencia exterior. No se lo describe, apenas se esbozan sus rasgos. Se trata, en reali­dad, de una ausencia del afuera tanto espacial como personal. Esta indeter­minación del tiempo, el espacio y la apariencia externa refuerzan la vi­sión de una realidad carente de sentido.
Esta visión se ve reforzada, además, por el tono monocorde y reiterativo que emplea el narrador-personaje.
EI Llano en llamas”: la identidad perdida
El “ser americano” se caracteriza por la presencia de la violencia y de la muerte ya desde la Conquista, considerada por el crítico ruso Tzve­tan Todorov como “el mayor genocidio de la historia”.
En México, la familiaridad del pueblo con la muerte se remonta aún más atrás: a los aztecas. Para ellos, morir sólo era pasar a otro estado de una mis­ma realidad, por ello eran frecuentes los sacrificios humanos en los que los sacerdotes extirpaban el corazón a las víctimas para ofrecérselo a los dioses. Esta relación de familiaridad con la muerte permanece hasta hoy en fiestas populares, como la del Día de los Muertos, y en los corridos, como el que inicia “El Llano en llamas”.
El enfrentamiento del blanco con el indio y, luego, del mestizo con el indio se evidencia en la lucha entre latifundistas y campesi­nos, en eterna disputa por la posesión de la tierra.
El mestizaje ra­cial y cultural es otra clave del ser americano. Hombres que se preguntan quiénes son y fluctúan entre el blanco y el indio, entre el dominador y el dominado, en una lucha que se libra en su interior (planteos de conciencia) y en el exterior (enfrentamiento de bandos).
La Revolución mexicana fue una muestra de esta realidad. En 1910, Francisco Madero lideró la oposición a la dictadura del conser­vador Porfirio Díaz. Lo secundaron los caudillos Orozco, Villa y Za­pata, quienes, por perseguir antiguos anhelos populares, gozaban de la adhesión de los campesinos. Se inició así la Revolución en procura de la distribución equitativa de la tierra y de la independencia políti­ca y económica. Sin embargo, estos ideales no se concretaron, y esto desembocó en constantes luchas internas entre los que los sostenían y los que los olvidaron. Estos enfrentamiento s singularizaron la Re­volución, cuyos objetivos comenzaron a alcanzar se recién veinte años después.
“El Llano en llamas” es uno de los pocos cuentos de Rulfo que se ubica en un contexto histórico determinado: la Revolución mexicana. La lucha entre los federales y los revolucionarios se da en tales circunstancias. Sin embargo, en “El Llano en llamas”, la Revolución no es tema sino que está entre­tejida en la vida de los personajes, quienes son su resultado.
No se plantea jamás el motivo de la lucha (” … no tenemos por ahorita ninguna bandera por qué pelear, debemos apuramos a amontonar dinero … “), que queda re­ducida al robo, las matanzas, los asesinatos y la destrucción gratuitos. Por ejemplo, el incendio de los maizales sólo se realiza por la fuerza de la costum­bre y hasta por placer: “Así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los po­treros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano en la quemazón aquella { .. }”.
El narrador protagonista, Pichón, es un revolucionario singular y, a la vez, el prototipo de los revolucionarios. Desde su recuerdo, se conoce su pro­pia vida y la de los que lo rodean. Es el reflejo del mexicano: un ser perdi­do que transita su vida mecánicamente, impulsado por la fatalidad, an­te la que se resigna. Es un títere manejado por otros. Representa a los insu­rrectos y a los mexicanos que buscan, como niños, un padre (Pedro Zamora) que se haga cargo de ellos, que los guíe y que tome decisiones en su lugar.
Pichón siente que todo da lo mismo, que la cir­cunstancia en la que se encuentra le es ajena: ” El subjuntivo (“hubiéramos”) enfatiza la conciencia de que existe otra posibilidad no realizada, porque todo se reduce a acatar lo establecido sin cuestionarlo.
De esta manera, Rulfo muestra al mexicano y, en él, al ser humano de su época, porque la re­volución o las dos guerras mundiales son situa­ciones similares: el presente es incierto, no hay expectativas de futuro y la vida propia ajena no tiene valor.
Aunque por momentos los personajes parecieran tener esperanzas, estas se pierden. La mujer de Pichón destaca que su hijo, que significativamente lleva el mismo nombre que su padre, no es ningún bandido ni ningún asesino”. Sin embargo esta diferencia, que posibilitaría una vida mejor, es negada por una afirmación anterior del propio Pichón: “Era igualito a mí y con algo de maldad en la mirada. Algo de eso tenía que haber sacado de su padre”.
En definitiva, los personajes repiten acciones sin sentido que los condenan, una y otra vez, al fracaso. Esta reiteración, esta sensación de estar en un círculo cerrado, se logra mediante el tratamiento del tiempo y del espacio.
Pi­chón recuerda desde un presente que se confunde con el pasado: el uso del ad­verbio “ahora” remite tanto a uno como a otro. “Aquí” y “allá” se usan indistintamente para referirse a espacios y a tiempos cercanos o lejanos con respec­to al presente del relato.
Por otra parte, las secuencias que conforman el cami­no hacia el fracaso del grupo de Pedro Zamora están ubicadas en un momento preciso del día: mañana, mediodía, noche. Pero el tiempo global es impreciso.
El uso indistinto de los adverbios y la imprecisión temporal convierten al pasado en un presente continuo, en el que Pichón intenta recuperar lo único que parece tener importancia en su vida: la Revolución.
Además, es significativo el uso frecuente del verbo “parecer”: nada “es”, todo lo que afirma después lo niega, lo contrarresta o atenúa con el nexo “pero”:
Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver. Ahora se veía a leguas que nos tenían miedo. Pero nosotros también les teníamos miedo… no nos dimos cuenta de la hora en que ellos aparecieron por allí. Cuando menos nos acordábamos aquí estaban ya,mero enfrente de nosotros, todos desguarnecidos. Parecían ir de paso, ajuareados para otros apuros y no para este de ahorita”.
La repetición de frases y palabras acentúa la idea de aislamiento, de ida que se ha quedado en suspenso. El personaje, volcado hacia su inte­rior, recuerda en un intento por volver a vivir. Las reiteraciones, a modo de le­ías, expresan el concepto de ausencia de evolución vital:
Más atrás venían Pedro Zamora y mucha gente a caballo. Mucha gente más que nunca. Nos dio gusto.
Daba gusto mirar aquella fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los buenos tiempos. Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tie­rra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los rededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver”.
Mariana Blanes
https://www.academia.edu/18933404/CONTEXTO_HISTÓRICO

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La confusión

Un matrimonio decide ir a pasar vacaciones en una playa del Caribe, en el mismo hotel donde pasaron la luna de miel 20 años atrás, pero debido a problemas de trabajo, la mujer no pudo viajar con su marido, quedando en darle alcance unos días después.
Cuando el hombre llegó y se alojó en el hotel, vio con asombro que en la habitación había una computadora con conexión a Internet. Entonces decidió enviar un e-mail a su mujer pero, se equivocó en una letra y sin darse cuenta lo envió a otra dirección…
El e-mail lo recibe por error una viuda que acababa de llegar del funeral de su esposo , y que al leer el correo electrónico se desmayó instantáneamente. El hijo de la viuda al entrar en la habitación, encontró a su madre en el suelo sin conocimiento, a los pies de la computadora, en cuya pantalla se podía leer… Querida esposa: he llegado bien. Probablemente te sorprenda recibir noticias mías por esta vía, pero ahora tienen computadora aquí y puedes enviarle mensajes a tus seres queridos. Acabo de llegar y he comprobado que todo está preparado para tu llegada este próximo viernes. Tengo muchas ganas de verte y espero que tu viaje sea tan tranquilo y relajado como ha sido el mío.
No traigas mucha ropa. ¡Aquí hace un calor infernal!.

Tomado de Fb

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José de la Colina Descanse maestro (1934-2019)

Te decimos quién fue José de la Colina. (Cuartoscuro)

 

EN EL AIRE
Fredy conducía el helicóptero, Jimmy ametrallaba a los hombrecitos amarillos que allá abajo, en la intrincada espesura, peleaban contra las tropas norteamericanas. Pero, de pronto, Freddy notó que algo anormal estaba pasando, y, horror, resultaba que Jimmy había hecho girar la ametralladora y disparaba las balas en una dirección incorrecta.
—¡Ey, muchacho —gritó Freddy—, detente! ¡Maldición, detente! ¿Qué te pasa? ¿Estás loco, o te has pasado a los malditos comunistas?
Sin dejar su labor, Jimmy preguntó:
—¿Cuál es el problema, muchacho?
—¡Cómo que cuál es el problema! ¡Fíjate en lo que haces! ¡Párale, mierda! ¡Estás ametrallando a los nuestros! ¡Míralos: Teddy, Johnny, Frank, Billy, Ralph, Buck, Mick, Mack, el teniente, el capitán, el sargento, todos caen, caen como moscas! ¡Pero párale ya, carajo!
Jimmy se volvió y su mirada era como de éxtasis:
—Calma, chico, calma. ¿Es que un pobre combatiente, un sencillo chico campesino de Oklahoma que se halla lejos del hogar dulce hogar, lejos de su mami y papi queridos, lejos de su adorada chica Daisie, no tiene ni el derecho de celebrar la navidad a su manera?
José de la Colina

 

 

DECÁLOGO DEL ESCRITOR DE MINICUENTOS

  1. Escribir o leer cuentos largos acorta la vida.
  1. Escribir o leer cuentos cortos no alarga la vida, pero la enriquece.
  1. En la naturaleza del cuento corto está el ser caprichoso, imprevisible e impuntual. No le gusta ser citado, previsto, preparado. El cuento corto simplementesucede.
  1. Que no te digan que el cuento corto no es profundo. Replícales con este, cortísimo yde quién sabe quién, que trata de toda la condición humana: “Nació, vivió, murió.”
  1. No creas que suprimiéndole palabras a un cuento largo obtendrás un cuento corto. El cuento corto suele nacer ya con su justo número de palabras.
  1. Un cuento, si corto, dos veces buen cuento.
  1. Más vale cuento corto volando por los aires que novela larga arrastrándose por tierra.
  1. El que a cuento corto mata… quizá de novela larga muera.
  1. Un cuento de cincuenta páginas es un cuento corto si está narrado con la máxima velocidad. (Pero debes saber que es dificilísimo, prácticamente imposible, lograr esa velocidad en cincuenta páginas.)
  1. Dios, si existiera, sería un cuento corto… aunque eterno.

Biografía

¿Quién fue José de la Colina? Nacido en Santander, España, el 29 de marzo de 1934, José de la Colina vivido exiliado en Francia y Bélgica con sus hermanos y madre, mientras su padre combatía en la Guerra Civil Española.  Tras el fin de la Guerra Civil, su familia viajó a la República Dominicana y Cuba, antes de hacer su parada final en México, donde vivió desde 1940. Estudió la primaria en el Colegio Madrid y cursó un año en prevocacional en el Instituto Politécnico Nacional. Después de las exigencias de su padre, José de la Colina, con tan sólo 13 años, fungió como guionista para un programa de radio de la XEQ llamado La legión de los madrugadores. En XEX continuó escribiendo programas radiofónicos hasta los 17 años. A los 18 años dio el paso al periodismo, convirtiéndose en crítico de cine.

José de la Colina publicó Cuentos para vencer a la muerte en 1955, siendo este su primer libro y su entrada de lleno a la literatura. En 1959 la Universidad Veracruzana publicó su siguiente libro Ven, caballo gris y en 1962, la universidad publicó La lucha con la pantera. Fue amigo e interlocutor de Luis Buñuel y parte del círculo cercano de Octavio Paz, quien en numerosas ocasiones exaltó la alta calidad de su prosa. Muchos de sus trabajos literarios fueron llevados al cine por el realizador Paul Leduc. Además de su labor como escritor, fue fundador y colaborador de Milenio Diario, donde escribió su columna Inmortales del momento, por muchos años. En la actualidad escribía para el suplemento Laberinto. El escritor también dirigió Contrechamp y Positif, Ideas de México, La Cultura en México, La Nouvelle Revue Francaise, La Palabra y El Hombre, Le Chanteau du Verre, Letras Libres, México en la Cultura, entre otras publicaciones. También fue miembro del consejo de redacción de las revistas Nuevo Cine, Plural, Revista Mexicana de Literatura y Vuelta. José de la Colina fue Premio Nacional de Periodismo Cultural 1984 por El Semanario Cultural de Novedades, Premio Mazatlán de Literatura 2002 por Libertades imaginarias. En 2005 recibió el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, dentro del marco de la FIL de Guadalajara. Ganó la Medalla de Bellas Artes en 2009 y el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2013 por De libertades fantasmas o de la literatura como juego.  https://www.milenio.com/cultura/jose-de-la-colina-quien-fue-y-biografia

 

 

 

 

 

El doctorado de RGG

La esposa le acomodó el moñito del frac. 
Los arreglos florales del fondo. 
¡Lograste el doctorado en leguas muertas! le dijo al oído. 
 Los concurrentes aplaudieron cuando vieron que ella lo iniciaba.  
 Del bolso sacó un encendedor con chapas de oro. 
Sólo le faltaba prender los cirios para iniciar la ceremonia. 

 

¿y…para cuando?

Cursaba la preparatoria y le pregunté al subdirector: ¿si escribiese un libro, podría tener apoyo de la escuela para publicarlo? —me miro con sus ojos saltones y acomodándose los lentes con el dedo meñique me contestó:

—Claro Rubén, faltaba menos, veríamos cómo. Sería grato que la escuela contase con un escritor tan joven. —Sonreí, ese era nuestro subdirector, amable, estudioso. en cambio, el director apestaba. Por la noche anexé a mi autoría dos poemas más… han pasado más de cincuenta años y pareciera que solo son cinco minutos. Ya se fue quién me prometió la impresión y aún sigo espulgando textos.

 Me río. Él maestro sabía lo complicado que es el proceso de hacer un libro, imprimirlo, promocionarlo y llevarlo a las vitrinas de las librerías. Sólo fue una mentira piadosa, que nunca he olvidado y que llevaré a la realidad.  Algunas de mis historias forman parte de antologías, pero yo no he hecho un libro. Me inspira temor, respeto. No aspiro más, a que el lector diga: está bien.

Los géneros de Mckee

Antes de profundizar los argumentos universales de La Semilla Inmortal, veamos la lista de Robert McKee. Y como él mismo lo defiende «no hay ninguna lista definitiva ni completa, pues los géneros se mezclan o cruzan creando nuevos, cómo se dijo antes, el género no es estático«.
  1. Historia de amor: en donde el subgénero de salvación de amigos (buddy salvation) substituye esa amistad por amor romántico (romantic love).
  2. Película de horror: dividido en tres subgéneros, uncanny en dónde la fuente de horror es impresionante pero sujeta a explicación racional, como seres del espacio, monstruos creados con ciencia o maniáticos; supernatural, donde la fuente de horror es un fenómeno irracional,; super-uncanny, en donde la audiencia permanece preguntándose entre las dos posibilidades anteriores.
  3. Épica Moderna: el individuo contra el estado
  4. Western
  5. Guerra: aunque sea lugar para otros subgéneros, el género de guerra es específicamente sobre el combate. Sus subgéneros principales son pro-guerra o anti- guerra
  6. Tramas de maduración: crecimiento o maduración del personaje
  7. Tramas de redención: en donde hay un cambio moral de malo a bueno
  8. Tramas de castigo: en donde el bueno se vuelve malo y es castigado
  9. Tramas de prueba: en donde se enfrenta la voluntad contra la tentación
  10. Tramas de educación: en donde ocurre un cambio profundo en la perspectiva de la vida, la gente o el sí mismo del protagonista, de lo negativo a lo positivo 11. Tramas de desilusión: un cambio profundo de lo positivo a lo negativo en la perspectiva de algo del protagonista
  11. Comedia: con sus subgéneros parodia, sátira, sitcom, romántica, screwball, farsa, negra. Todas difiriendo en el enfoque del ataque cómico y el grado de ridiculez 13. Crimen: que varía según la perspectiva de quién ve el crimen: misterio de asesinato, caper, detectives, gángster, thriller o venganza, de corte, periodístico, espionaje, drama de prisión o cine negro.
  12. Drama social: identifica un problema en la sociedad y en su trama demuestra una cura. De este tipo existe el drama doméstico, cine de mujeres, drama político (corrupción), ecología, drama médico, o drama psicológico.
  13. Acción y aventura: a veces toma aspectos de otros géneros como guerra o dramas políticos para usarlos de motivación. Algunas veces incorpora ideas como el destino, autoridad o espiritualidad.
  14. Drama histórico
  15. Biográficos: hace énfasis en una persona, no una era, pero no debe ser una simple crónica, debe resaltar los hechos interesantes de la vida de alguien y luego colocarse en algún otro género como drama de corte, épica moderna o tramas de castigo.
  16. Docu-drama: se centra en lo reciente y no en el pasado
  17. Mockumental: pretende estar basado en hechos, actúa como un documental o biografía pero es pura ficción. Algunas veces satiriza instituciones hipócritas.
  18. Musical: descendiente de la opera, este género presenta una realidad en donde sus personajes cantan y bailan sus historias. Todo género puede ser musical y todos pueden ser satirizados en la comedia musical.
  19. Ciencia ficción: presenta futuros hipotéticos que regularmente son escenarios de irregularidades tecnológicas, tiranía o caos.
  20. Deportivos: son fuente para tramas que demuestran cambios en los personajes, sea de maduración, redención, educación, castigo, etc.
  21. Fantasía: en donde el escritor puede jugar con el tiempo, espacio, la naturaleza y lo sobrenatural. Generalmente se mezcla con acción, amor, o maduración
  22. Animación: que puede ofrecer cualquier genero posible, presentado con dibujos o imágenes en movimiento. Normalmente se dirige a un público infantil
  23. Film de arte: la noción avant-garde de escribir fuera de los géneros es inocente. Nadie escribe en el vacío, después de tantos años de historias no hay nada tan diferente que no tenga similaridad con algo previo. El film de arte se cataloga en dos subgéneros, minimalista y antiestructural, cada uno con sus convenciones y elementos formales. Sin embargo el film de arte retoma géneros básicos como la historia de amor y el drama político.
Ya se que tras leer han surgido dudas, y más aún, quieres ya sentarte a escribir tu historia y te deje de molestar con géneros, tramas o argumentos universales. Pero si haría eso, sería un inconsciente. La intención es que escribas una obra de arte, la mejor que puedas hacer en este momento. Porque la que le sigue a ésta será aún mejor, y la siguiente aún más.
¿Ya vas decidiendo cuál es el género de tu historia? ¿Una comedia? No está mal, son las más difíciles de escribir. Te gustan los desafíos.

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Los tres párrafos

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Por razones de fuerza mayor (llámese SEO) permíteme copiar el texto que has leído en la imagen. No hace falta que lo leas de nuevo, puedes pasar al final.

El cuento de los tres párrafos

Había una vez un párrafo tan largo que exigía a los lectores un esfuerzo constante para mantener la atención, porque, a pesar de hacer un uso correcto de la puntuación, no había variedad en su estructura y, como una gigantesca cadena montañosa, cada vez que se llegaba al final de una coma, aparecía otra, y otra, y hasta en algún momento se llegó a especular si el susodicho párrafo tenía fin, aunque, por supuesto, nadie se atrevió a hacer públicas sus opiniones.

Qué cómico. Una oración así. Muy larga. Deberían prohibirlas. Concisión ante todo. Eso es universal. Todos lo entienden. La brevedad es querida. Más en estos tiempos. Tiempos acelerados. Comida rápida. Amor sin compromiso. Literatura chatarra. Da igual. Importa la acción. Que no aburra.

Cuando el tercer párrafo vio a sus pares, sonrió. Eran sus amigos. Del primero, le gustaba que era charlatán y, a la vez, expresivo. Pero cuando este se embalaba no había quien lo detenga; y al final, se volvía pesado. Del segundo, le gustaba la agilidad y su capacidad para contar acciones rápidas. Pero en su afán por escapar del aburrimiento, a través de tanta brevedad, el segundo párrafo se había vuelto monótono.

A pesar de sus errores y virtudes, a los tres párrafos les agradaba la presencia de sus amigos y valoraban la armonía con que se relacionaban.

“¿Qué longitud tienen tus oraciones? ¿Varían? ¿Son armoniosas las frases entre sí?

Aquí, no se trata de decir si las oraciones largas son mejores o peores que las cortas. La idea es encontrar qué es lo que funciona para tu historia. No hay reglas. O quizás la hay: que suene bien.

Piensa en la música, en sus melodías y silencios. Existen solo siete notas naturales y, con ellas, los músicos nos transportan a mundos épicos, románticos, clásicos, urbanos… Piensa como un director de orquesta que sabe cuando hay que dar pequeños y delicados golpes de triángulo y cuando se debe lanzar toda la caballería al ritmo de cajas y tambores.

Extracto del libro: 36 cuerdas para mejorar tu escritura y llegar a la cima.

Sobre la longitud de los párrafos. Un cuento.

Confundir tan y tanto con muy y mucho

Error común número 14: confundir «tan» y «tanto» con «muy» y «mucho»

Con frecuencia leemos y escuchamos proposiciones donde las palabras «tan» y «tanto» se emplean como si significaran exactamente lo mismo que «muy» y «mucho», sobre todo —pero no exclusivamente— cuando se trata de expresiones exclamativas. Ejemplos:

ⓧ¡Ella es tan inteligente!
ⓧ¡El año pasado gastamos tanto dinero!

Evidentemente, las palabras más adecuadas habrían sido «muy» y «mucho»:

☞ ¡Ella es muy inteligente!
☞ ¡El año pasado gastamos mucho dinero!

«Muy» se emplea antes de adjetivos y adverbios —asimismo antes de locuciones adjetivas y adverbiales— para «denotar un grado superlativo de significación» (DRAE): muy bueno, muy gastado, muy lejos…

«Mucho», como adjetivo, da a entender «abundante, o que excede a lo ordinario, regular o preciso» (DRAE): «Actualmente tenemos muchos problemas». Como adverbio, significa «con abundancia, en alto grado, en gran número o cantidad; más de lo regular, ordinario o preciso» (DRAE): «Este candidato habla mucho».

Por otro lado, «tan» y «tanto» no significan «muy» y «mucho». La primera pareja posee usos diversos, pero ninguno de ellos sustituye a «muy» y «mucho». Se entiende cómo pueden encimarse sus sentidos, y cómo pueden confundirse. «Tan» y «tanto», cuando su sentido está cerca de «muy» y «mucho», plantean la primera parte de una proposición bipartita: (a) y (b), como en estos dos ejemplos:

☞ ¡Te quiero tanto (a) que me casaría contigo mañana (b)!
☞ La economía ha sido tan dependiente de la exportación durante el último sexenio (a) que se ha desatendido el consumo interno (b).

«Tan» y «tanto» tienen otros sentidos y usos, por supuesto, pero cuando los usamos en lugar de «mucho» y «muy», es como si olvidáramos la segunda parte, las partes «b» de los dos ejemplos citados arriba:

ⓧ¡Te quiero tanto!
ⓧ La economía ha sido tan dependiente de la exportación durante el último sexenio.

¿Cuál es, entonces, el veredicto? La necesidad de emplear «tan» y «tanto» es real porque son opciones emotivas. No considero que, en sí, constituyan un «error» y que deberían evitarse totalmente en estructuras como las citadas, pero sí tengo una sugerencia en cuanto a la puntuación que deberíamos aplicar cuando los usamos en la escritura: si no incluimos la segunda parte de la expresión bipartita, es sumamente recomendable utilizar puntos suspensivos [ … ] para indicar que hemos elidido esa segunda parte:

☞ ¡Te quiero tanto…!
☞ La economía es tan dependiente…

fuente

Redacción sin dolor  Sandro Cohen

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Platicando con mamá

 Había vida por donde quiera que pusieras los ojos. También nosotros albergamos vida. En la escuela mi amigo Juan empezó con una tos que no se le quitaba ni pegándole en la espalda, se tiró al suelo, se puso morado y todos mirando sin saber que hacer. El maestro lo zarandeaba de los hombros para hacerlo reaccionar, y al abrirle la boca vimos con horror que le salían hartas lombrices de la boca y otras por la nariz… quedó con sus ojos abiertos y húmedos. Albergar vida es también anidar a la muerte.

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La soledad de los cementerios

—Doctor, ¡Tome mi lámpara de pilas para que se ayude! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!
De un salto había caído a horcajadas sobre el ataúd. Tres candiles de gasolina alumbraron el rectángulo de aquella tierra llorosa. El viento arreaba una lluvia menuda, fría a la que no se le veía fin. La noche llegó y se hizo profundamente oscura.
El joven médico tenía poco de haber llegado a este pueblo, recién había instalado su consultorio y se encontraba cenando cuando Jesús, el esposo de la difunta, llegó a la casa de doña Licha. Le habló rápido y atropellado en su dialecto.
—¿Qué dijo doña Licha?
—Quiere que vaya al cementerio y le diga si su esposa aún tiene vida.
Miró hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas, alrededor de la fosa, observaba en profundo silencio. Su indumentaria blanca le confería un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.
Dejó la bombilla. Con la herramienta, golpeó con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco cedió e hizo a un lado la tabla. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Un relámpago alumbró el enorme cedro, que se bamboleaba por la insistencia del viento y cuyas ramas gemían al chocar entre sí.
Sucedió en un tronar de dedos. La madre joven y el niño se quedaron atascados. Las parteras no pudieron hacer nada y se tomaban de la cabeza al ver la sangre que fluía de entre las piernas, de nada sirvió el chacloco, los tapones con tela pabellón. La jovencita murió al nacer el niño que llegaba al mundo sin vida. La enterraron a las cuatro de la tarde. Un hermano que vive en otra ranchería llegó tarde y fue al lugar donde enterraron a su hermana. Al dejar las flores, escuchó ruidos y sobresaltado llegó corriendo a la casa a decirle a la familia. La gente se desperdigó y aviso a demás familiares y amistades y el esposo fue con las autoridades. El comandante tomó dos policías y enterraron en la fosa un tubo de metal. Lo tarde de la tarde y el cielo encarbonado daba la sensación de que la noche se había adelantado.
El médico llegó a la loma respirando ruidosamente, empapado. Abajo, un ciento de hombres lo esperaban con tea en la mano. La noche dejó de ser impenetrable, tanta luz se abría que se vislumbraba la inmensa soledad del cedro. Aparecían manchones blancos. como si hubiesen salido de las tumbas.
“Médico” gritaba el comandante, alto, moreno y con vientre abultado. “Ya estamos abriendo la fosa. Le llamo cuando terminemos”.
Por momentos el cielo resplandecía y el trueno parecía encontrarnos.
Los indios se ordenaron alrededor de la fosa; las mujeres con reboso y los varones con sombrero y cubiertos por una camisa que les cubría los brazos.
Abierto el ataúd la gente se persignó. Los labios de las mujeres parecían rezar y los hombres llevaron su sombrero al corazón. No había más ruido que el silbido del viento y el crujir de las ramas. A lo lejos se escuchaba el ladrar de los perros.
Una lámpara aluzaba la cara de la mujer, que más que mujer parecía una niña dormida. Cejas largas, brunas, con su pelo trenzado. Se calzó el estetoscopio y llevó la capsula hacia la mitad del pecho.
cuando el médico levantó la mano y movió la cabeza de un lado a otro, se escucharon los sollozos y una nueva tanda de lágrimas se confundió con la lluvia monótona. Ulularon los tecolotes y los aullidos de los perros se acercaron a la multitud que poco a poco y en filas ordenadas partieron del cementerio. Volvió la oscuridad densa y el azote del viento a la soledad del cedro.

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Choka al vacío

Choka (5-7-5-7-5-7-5-7-7)
La tarde es fría,
se escuchan los oboes:
¿o será el viento,
o el silbido del tren?
Nada, no es nada;
solo llegó el hastío.
No hay unicornios,
solo esfinges de sal,
con árboles carentes.

hombreorinar.

Platicando con mamá cuatro

 

Las veces que íbamos al mar, mamá se llevaba un viejo pocillo de peltre, agua suficiente y sal. Recogíamos de la rivera la leña seca con la que hacíamos una fogata. Cada vez que la ola se retraía quedaban en la playa pulpos, cangrejos y jaibas. Escuchábamos el silbar de los barcos que entraban por la bocana para cargar el plátano. Regresábamos con la panza llena. Yo, sorprendida de que en lugar que se posaran mis ojos se encontraba vida. Hoy tenemos en nuestra casa, un depredador suelto y vestido de frac.

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