LA VECINA

Mamá, ¿qué tanto gritaba anoche doña Delia?
Nada que tú debas de saber. Son cosas de mayores.
Recuerdo aquellas visiones. Contaré lo que vi y entendí de lo que aconteció a la vecina de mamá. —Tal vez alguien la comprenda. Mujer de facciones limpias, ojos grandes y un cabello rizado que caía en bucles hasta el hombro. Mediana de estatura, pechos abultados,Sigue leyendo «LA VECINA»

LA TOCATA EN FUGA

La ciudad es un hormiguero de alientos que se aleja y vuelve. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones de vehículos que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados por el claxon, la prisa y la ansiedad.
Hay un cielo con grises en desparpajo que presumen agua. El viento que llega tiene olor a metal, cuero y ácido, viene en ráfagas, mueve tendederos, antenas y anuncios espectaculares. Los pájaros nómadas toman un descanso, huyen del frío, del ruido y el smog.Sigue leyendo «LA TOCATA EN FUGA»

CAMBIO DE TIMÓN

Tengo  treinta y tantos  inviernos y no sé si pueda resistir otro. Soy el jefe por más viejo. En mi tribu cada año nacen menos y cada vez enterramos más. Nuestros hijos duermen: ya no juegan entre ellos.  Las mujeres se quedaron sin leche. La recolección  de leña es pobre y el frío que se avecina será atroz.Sigue leyendo «CAMBIO DE TIMÓN»

LAS MARGARITAS

Compré margaritas enanas. Las puse en un florero transparente y las orienté hacia donde  vives. Sonreí al mirarlas y creí leer que sus corolas decían: «somos de Coco».
Las margaritas parecen juguetes. Son diminutas. Tienen un centro dorado y unos pétalos blancos. El señor que me las vendió, dijo que  son: «grandes, casi gigantes». -Me apreté la boca con la mano para no carcajearme- y seguí atento » las cultivan bajo el influjo de la luna y el sol les llega con ayuda de espejos a un valle Sigue leyendo «LAS MARGARITAS»

LA RISA

Lo llevé a casa y presenté a mis padres. Acepté que en el domicilio nuestras emociones deberían de ser contenidas; pero extrañaba sus caricias.  Al anochecer pasaba a verme. Decía “hola que tal como te ha ido” sonreía y contestaba “bien” Luego íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Cuando las palabras se hacían bolasSigue leyendo «LA RISA»

ASESINATO PRENAVIDEÑO

Decidimos asesinarlo en una tarde vieja. La llovizna y el viento gélido hacían que nos juntáramos para protegernos de la inclemencia de un invierno atroz. Jaime sacó  tres cigarros. Antonio media botella de ron que birló de la cantina de su papá. Yo: dos latas de cerveza y un refresco de cola.Sigue leyendo «ASESINATO PRENAVIDEÑO»

SORPRESA EN NAVIDAD

Es  media noche y por la ventana se cuela una brisa que llega de un mar lejano. Frente al monitor ella lee un poema en voz baja. Visualiza las imágenes y piensa en su juventud. Inquieta, va hacia la cocina para tomar un vaso de agua fresca. Regresa  y vuelve a leer. Con prisa escribe un comentario al autor. Se desviste. En la penumbra, el esposo la espera reclamando su cuota de intimidad. Media hora después ella se ducha: el agua tibia sobre la piel la asocia a un fragmento de la poesía. Apaga la luz y sabe que mañana será un día de trabajo duro.Sigue leyendo «SORPRESA EN NAVIDAD»

GALLETAS DE NAVIDAD

Ella vio a su amiga Margot poner un chicle en la bolsa del pantalón del maestro y con picardía le cerró el ojo, al tiempo que el dedo índice cruzaba los labios de su boca. Cuando el mentor de primaria, metió la mano para buscar sus llaves, se encontró con el pegajoso chicle. —Tú fuiste Margot. —No maestro, yo hacía mi tarea con Dané. ¿Verdad Dan, que sí? El maestro movió la cabeza y siguió su clase. No dándole mayor importancia. Una mañana, cuando su mamá había dispuesto la ropa que calzaría su papá, impulsivamente puso un chicle en uno de los calcetines. Cuando llegó de la escuela, su papá le preguntó: -¿Fuiste tú quién metió un chicle en mi calcetín? -No papá -¡Segura! Los ojos del padre la veían directamente y ella a diferencia de su amiga, no sostuvo la mirada. —Estás castigada. —No te compraré nada en esta semana previa a la navidad. Sigue leyendo «GALLETAS DE NAVIDAD»

LA ESPERA

Despierto a la hora en que el viento golpea las ramas de la Guácima. El cementerio es alumbrado todavía por las veladoras que depositaron en la tarde. Algunas personas transitan por aquí para llegar a la parada del camión. Las sigo. Luego regreso. Este atajo lo recorrí una noche sin luna. José caminaba delante, yo atrás. Sólo se oían nuestros pasos y,Sigue leyendo «LA ESPERA»

EN AQUELLOS TIEMPOS

Los Niños duermen y trabajo sin reposo para evitar que ella maldiga. Cada día que pasa soy más sentimental y los nudos de mi garganta se atascan en el pecho y me sofoco.Desde la ventana de la cocina las observo; están en el jardín, platicarán de los chismes de la tribu. Sigue leyendo «EN AQUELLOS TIEMPOS»

LOS GLOBOS

Cuando hablaba su desatención era insultante; sin embargo, guardaba silencio. Ella platicaba de las cosas diarias de la vida. Yo me distraía con el centelleo de sus ojos, la oscuridad de sus cejas, el tono melodioso de su voz. En los pequeños silencios, buscabaSigue leyendo «LOS GLOBOS»

CORRIENDO EN LA MADRUGADA

El sol está hamacado en las montañas. Sigilosa caminas y reúnes pensamientos. Las margaritas duermen y hay ecos lejanos y gorjeos de pájaros nocturnos; por momentos el tránsito del silencio permite oír tus pasos cuando cruzas la calle adoquinada. Un resplandor lejano complace y las torres de la iglesia se iluminan. Tu mirada se acurruca en ellas y surge el color viejo y lagañoso del ayer. Te estremeces. Caminas al paso para calentar tendones y músculos. Te dices que serán siete kilómetros en esta ciudad que creció en la planicie de las montañas.Sigue leyendo «CORRIENDO EN LA MADRUGADA»

CANÍCULA

Cuando comía la sopa,  — ¿No quieres más?, me decía—. El sol hacía arder la lámina de zinc, y el calor nos deshacía en la casucha. Entonces sacaba la poltrona y la tendía bajo la sombra del mango. Ella traía un banco y, me hacia descansar las piernas sobre el.  Se arrodillaba. Con tijeras y escalpelo recortaba mis uñas de los pies y con la lija de piedra frotaba la planta y el talón. Yo, confiado en su destreza dormía.Sigue leyendo «CANÍCULA»

EL BAILE DEL PAYASO

Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar a los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas. Llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. -Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones-, por lo que murmuraba en totonaco un rezo de perdónSigue leyendo «EL BAILE DEL PAYASO»

EL DIARIO

Aquel sótano de vidrios plomizos olía a vejez. Llegué a él por una venta anual de libros de segunda. Había largas mesas y encima libros y libros. Hasta mis manos llegaron unas hojas sueltas y por reflejo empecé a leer. Hablaba de amor y me interesó, pues atravesaba por una viudez que mitigaba con prolongadas caminatas. Seguí y no pude evitar decírmelo en voz alta:

“Llegué un día de invierno y pasamos tiempos finitos platicandoSigue leyendo «EL DIARIO»