Los Niños duermen y trabajo sin reposo para evitar que ella maldiga. Cada día que pasa soy más sentimental y los nudos de mi garganta se atascan en el pecho y me sofoco.Desde la ventana de la cocina las observo; están en el jardín, platicarán de los chismes de la tribu. Debo de estar alerta por si me requieren.

Los niños duermen, se sonríen en el sueño, me arrodillo, froto sus cabellos y pido a Dios que conserven la alegría; tal vez así la tuve  cuando mi padre me cuidaba. ¡Dios!¡Van a jugar! ¡No es buena idea! ¡Pero que importa lo que piense! … Ya tienen la mirada fija, no mueven una pestaña, su cara es un tronco y solo las manos tamborilean. ¡Maldito juego! ¡Qué vicio más horrible!

Les llevaré zumo de frutillas. Me trueno los dedos y rezo para que ella gane. La última vez, — hace como una luna— me hicieron ver mi destino: La triunfadora de la partida me tiró sobre las piedras, desesperada por tenerme, besaba mis labios con su aliento de brebaje y casi asfixio. Al recordar el golpe que sus nalgas hacían al caer sobre mí abdomen, vuelvo a sentirme percudido. Me obligó a besar su entrepierna y por no hacerlo como ella quería, azotó mi mejilla con el filo de sus manos. Me retiré hasta que se satisfizo; con los puños cerrados y mirando hacia abajo, con la verguenza en la cara.

¡Qué bella es cuando la veo dormir!. Su cabellera extendida es un río encrespado. Navegar en él es encontrarse con el mismo brillo de sus ojos. Su pelo fulgura y lo refleja a la copa del cielo. Es mi señora y enriquece mis sentidos al estar conmigo. Pero la congoja llega si ella se ausenta, y el silencio pesa como el enramado de un gigantesco árbol.

Me hago añicos cuando juega y pierde, pues bien sé que el objeto de la apuesta soy yo y ocultando mi rabia me voy para satisfacer los apetitos bestiales de sus compañeras.

Ruego a los dioses que en algún mañana,  los hombres tengamos los mismos derechos que las mujeres.