Anexo a los quirófanos se ubican casi siempre los vestidores médicos. Es un lugar privado donde los ayudantes, el anestesiólogo y el cirujano cambian su ropa de diario por el uniforme azul. Para que el médico ingrese a la sala de cirugía debe de cubrirse la boca, el pelo, zapatos y enfundarse con pantalón y camisa libre de gérmenes. Obviamente hay vestidores para mujeres y para varones.
Sitio de enorme tensión, misma que la disipan con pláticas cotidianas, comentarios sobre los acontecimientos del país o bien los rostros quedan en silencio. Todos quitan su ropa de calle y buscan en los estantes la talla que mejor acomode.
Los que sólo vamos como ayudantes o aprendices, nos limitamos a observar a los que asumirán la responsabilidad. Los médicos tienen conductas variadas. En aquella ocasión el paciente era un niño de cinco años con un tumor alojado en faringe. El anestesiólogo de piel blanca, ojos de raya cubiertos por espejuelos y bajo de estatura. Él normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba sentado en una esquina, alejado de los demás. Yo no sabía si era por bochorno o por la dificultad técnica de la anestesia. El cirujano otorrino, se la había pasado contando situaciones jocosas que le festejábamos y se cambiaba de pie en una esquina contraria a la del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados, envueltos en la dificultad del quehacer que vendría.
El otorrino bajó los pantalones dejando al descubierto su ropa interior, al mismo tiempo el anestesiólogo sentado en la esquina opuesta hacia lo mismo. Cuando escuchamos del cirujano un “ ay ay ay” amanerado y reculando hacía donde estaba su compañero y exclamando “Ay… ay qué me vas hacer… qué me vas a hacer” hasta que sentó sobre las piernas de su colega. Rompimos en carcajadas. Él se puso de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía con la vocecita amanerada “ qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer” Instantes después se paró y serio le dijo: «ánimo colega, deje esa cara, que vamos a salir bien de la cirugía».

México está imerso en el ventarrón político. Los ciudadanos acribillados por la propaganda recibimos la información de todos y todos están montados sobre las sílabas de la promesa, del yo puedo, sí votas por mí, Ahora si va el cambio, lo que no pudieron hacer, lo haré yo. Los Mexicanos deseamos cosas sencillas: que el sujeto a ser votado no abrige la capacidad de metamorfosearse. Que esté ensamblado de una sola pieza, que del color que se le mire, sea en realidad el reflejo de su prisma. Que comprenda que no necesitamos llenarnos de oro, pero que él tampoco; sólo deseamos enriquecer a nuestro país, con la adquisición de una cultura de lo preventivo y de la eficacia. Hemos esperado candidatos de tal material y no llegan. Si ha pasado tanto tiempo y sobrevive la espera, entonces tendremos que inferir que la cuna está podrida.
Cuando tomé clases con mi maestro de Anatomía el Dr. José Negrete Herrera, él era una explosión de conocimientos frente al cadáver. Decía: hacemos la incisión, alejamos el tejido graso y aconsejaba: “no usen instrumentos de corte, sólo de disección. Vean, cuento uno, cuento dos y tres y aquí debe de estar el nervio Circunflejo”. Y lo sacaba con la sonda acanalada.”Pintamos a la vena de azul, a la arteria de rojo y al nervio de verde y esto lo llamamos disectocromia. Ande, ande, toquen… el que no toca no siente, el que no siente es como el que no ve y el que no ve, no sabe”. Escribió su libro de anatomía bajo una óptica clínica,” este tipo de anatomía sirve más al médico general, pues relaciona los puntos anatómicos con el quehacer de la clínica” . Además del conocimiento profundo de la anatomía, había en él, un valor mayor, la de ser humano. Un compañero de estudios me confesó “ Vivo solamente con mi madre, y ella empezó con un dolor en su vientre y fiebre, Le hablé al maestro explicándole , y dijo que la llevara a urgencias del hospital Juárez que él, llegaría. Y llegó… diagnosticó una apendicitis y operó de inmediato, pues según supe ésta se había reventado. Mi madre vive por el”.
Hace algunos momentos platiqué con mis hijos y hablé de que mi abuelo llegó del Libano y en su recorrido, pasó por Nueva York, Tampico, Monterrey y luego la ciudad de México, allá por 1910, en plena Revolución Mexicana – Uno se pregunta, cómo le hizo, para franquear tantos obstáculos, si él del idioma español no sabía nada. Mi abuela tiene otra historia, deseando su familia protegerla de los alzados , la mandaron a una localidad entre Veracruz y Puebla. Abraham llegó felizmente a México , contactó con sus paisanos que le tendieron la mano y le dieron mercancia para vender. Tomó el tren que hacía la ruta de Tlaxcalaltongo Puebla, y de allí en mulas iba de pueblo en pueblo, ofreciendo la mercancia hasta que un día se conocieron. Un Libanes y una Austria de Molango Hidalgo. De la abuela sólo conocí a dos de sus hermanos El Tio Felix que fue revolucionario, y del cual conservo su espada, y El Tio Espiridión, que con tezón llegó a tener su rancho y que le permitió recorrer las principales ferias de México al lado de su amada esposa.