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La yegua
La yegua tenía asma y sudaba copiosamente. Encharcado el lomo. La silla se movía de un lado a otro. Íbamos pegados a la montaña. Al pasar sobre una peña, la silla resbaló a un lado, y mi cabeza quedó hacía abajo, y los pies arriba.
—¡No se mueva! ¡No se mueva! ¡Aguante, aguante…! ¡Ya vamos! —¡Agarra la pinche yegua! ¡Cuida que no resbale! ¡Putas madres! Si nos quedamos sin médico, ¿quién chingaos nos va a curar? ¡Ey… ey! Tú pendejo, ¡amárrale las patas al doctor, qué no se vaya a caer, porque el pueblo se queda sin matasanos, ¡Tanto trabajo que costó convencerlo! ¡Dale un vaso de caña para el susto, y otro para que le vuelva la sangre! No se preocupe doctor. Ya verá que en el camino y en la vida, nos topamos con yeguas mañosas.
Añoranza
Me parece verla por las mañanas, sorbíamos café. Ella sentada en mis piernas; pendiente de la taza.
—¿No quiere más? yo sonreía, mientras mi mano jugaba con el rulo, me extasiaba el olor de su pelo.
Todo está igual: los libros, el viejo ventilador, las flores. A mí me falta ella, tal vez a ella le sobre yo.
Silencio
He prometido no preguntar
si ella me habrá recordado.
Hoy cumpliríamos dos años.
Por la mañana,
al disolver el azúcar con la cuchara,
estúpidamente la llamo,
sabiendo que nunca más escuchará.
Crepúsculo
El río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio; y al sopor, le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba. Los gusanos dejan de roer; y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.
El río corre,
noche que das silencio;
roe el gusano.
Visiones
La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, a las sirenas y a las olas. Tiemblan los peces. En la memoria de la noche se oyen pasos de viejos naufragios. El mar contempla a las almas que abrazadas al viejo tablón sucumben al ojo espumoso del remolino.
Entre la roca que todo mira, se oye el asma de un tren en la montaña.
Gourmet
El médico ordenó que dejara café, cigarro y tequila; que no comiera asados, ni fritangas. No seguiré sus consejos. ¡Quiero tener buena sazón y ser la delicia de mis gusanos!
El sol vende unas alas
El sol vende unas alas,
dice que con ellas
llegarás lejos,
por no se qué galaxias.
Este sol vende unas alas.
Son frágiles,
que no asustan
el diapasón de una guitarra.
¿Quién quiere unas alas?
el soñador, el capitán
o el niño
que quiere ser cosmonauta.
El sol, el sol, el sol.
Vende, vende unas alas.
Grita un voceador de la Vía Láctea.
El chacal de bata blanca
Cari redondo, de ojos café, pequeños; cejas pobladas y un bigote parecido a un cepillo de alambre. Responsable del servicio de urgencias de una clínica en la periferia de la ciudad. La enfermera pequeña, de color moreno, seria, con hoyuelos al sonreírse que pocas veces lucia. Lo que si mostraba era una verruga en el mentón. Era un día de perros, lluvia insistente, helada; las sillas de la sala de espera se encontraban vacías.
—Enfermera. Dijo con voz grave el médico.
—Dígame.
—Por favor ponga agua a calentar.
—¿Para?
—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.
—Hágaselo usted. Soy enfermera, no sirvienta.
Nada nuevo desde que se conocieron, siempre enojados, si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio sin dirigirse la palabra. “Pinche india le voy a dar un susto que se va a acordar de mí».
El turno era sábados y domingos, durante doce horas, y para todo el personal de la clínica era de conocimiento su enemistad.
Están como perros y gatos, decían, cuando tenían que asistir a obligados eventos clínicos. Era tan evidente.
La sala de urgencias, amplia, de 8 a 10 cubículos, una sala de inyecciones, curaciones y al fondo, baño para el personal.
El hombre de la bata blanca tenía un libró que leía con simulada atención. Ella pasó a su lado, entonando una canción de moda, haciendo sonar el roce de la tela almidonada. Entró al servicio sanitario. Cuando quiso gritar, la mano cerró su boca; hábil, bajó su ropa interior y dijo:
—¡Vas a saber lo que es un hombre!—Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante me respetarás, sonreirás; dejaremos de ser comidilla.
El agua arreció, truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias, besos que fueron correspondidos. Nadie se dio cuenta, no llegó urgencia alguna. Dos horas después llegó el carro del señor director. Cuando entró al servicio, saludó a la enfermera que mostró sus hoyuelos, levantó ambos manos, y el médico hizo el mismo gesto, indicando que todo estaba en orden. A diario sobre el escritorio, en el florero aparecía un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre las jeringas desechables, un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín floreando.
Las semanas siguientes el cotilleo en los pasillos era que el mejor equipo estaba en el servicio de urgencias, según referencia del comité de evaluación médica.
La esperanza
Rumbo al entierro. A la mitad del camino, él ordenó detener el cortejo. Quienes cargaban el féretro lo depositaron en el suelo. Compañera de vida, fiesta y peleas de gallos. Pensamos que deseaba verla por última vez. ¡Rubén!, escuché que me llamaba. Acudí. Levantó las manos, e indicó con señas que abrieran el ataúd. Pasó su mano sobre mis hombros, mientras de su cara ajada, corría humedad.
—Fíjate, ¿dime si está muerta?
Me acuclillé, lo vi de abajo hacia arriba y sin palabras le dije que sí.
Pecho a pecho
Imaginarme en tu noche.
Escuchar la lluvia
golpeando las ventanas.
La sombra de tu perfil
recostada en los ríos de mi piel.
Acaricio tu cabellera,
hago caminos imaginarios
para llegar a tu pensamiento.
Afuera el viento tuerce
los brazos de la magnolia,
por el silbido de la corriente.
Tu cuerpo se pega al mío;
hemos quedado
corazón a corazón.
Mañana será un día especial.








Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había estado cerca de él. Fueron varias. Concluyó: “estoy predestinado a un fin grandioso”.Antes de morir, tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
Se van los pájaros
