He buceado en la historia del Trío «los Panchos», no me ha sido fácil, pero poco a poco la neblina ha dado paso a la claridad. Nada dificil saber quienes son sus padres Carmen Gil Barradas y Felipe J. Bojalil. Nace en un pueblo con historia, Teziutlán del estado de Puebla.
Alfredo Bojalil Gil sus primeros años los pasa en Teziutlán y los siguientes ocho en un pueblo también con mucha historia que se llama Misantla. Este lugar es corte en su vida. Había aprendido el oficio de peluquero y en el local había una mandolina que aprendió a tocar. Seguramente conoció a sus primos Carlos (1910) Pablo(1915) que formarían el Trío de los hermanos Martínez Gil, Octavio su tío el tercero.
Herencia libanesa y su madre de la parte central de Veracruz. Sangre indígena, francesa y mora.
Me lleva a esculcar antecedentes, mi Abuelo fue libanés y llegaron por los mismos años a México, sin saber una gota de español. El Padre de Alfredo tomó a Nautla como eje de sus operaciones comerciales. Localidad que conozco. En Misantla conoce A Carmen Gil y contrae matrimonio. El creador del requinto tiene una estancia de ocho años en dicha ciudad. Estuve allí una corta temporada, como director del hospital de Misantla. caminé por los mismos lugares que el «Güero Gil» También conozco teziutlán que es el lugar donde nació y se le brindó un homenaje por el municipio de la ciudad.
El eje central del trío los Panchos es Alfredo, compositor y creador del requinto. La gente sabía que eran los «Panchos» sin escuchar sus voces , bastaba oír el sonido brillante que salía del requinto de él.
Seguirá la historia. Compartiré lo que he leído, espero hacerlo con sencillez y claridad y los vídeos que juzgue. Dos videos el joven alfredo cantando con su hermano y el segundo cantan sus primos.
Los Psiquiátricos normalmente están bardeados, con amplias banquetas donde transitan las gentes. La algarabía que se escucha, inquieta. Los » locos» ¿a que jugarán?
Gritaban a todo pulmón «ocho. ocho, ocho, ocho, ocho». Un transeúnte se preguntó, ¿Qué estarán haciendo? para fortuna de él había un mirilla por donde un ojo podría ver dentro. La curiosidad pesó más, regresó sobre sus pasos, y puso el ojo en la mirilla.
Sintió un dolor profundo y el ojo se quedó en oscuridad. Dentro. los locos gritaban a coro «Nueve nueve. nueve».
Domino el patio donde retozan los críos. Es la hora que ellas disfrutan, porque doña Abigail va a misa de seis de la tarde. Es una mujer de trabajo, incansable, seria. ¿Ha olvidado su niñez, o quizá nunca supo de ella? Es la hora que sus nietas se escapan al solar sembrado de frutales. Hay gallinas, guajolotes y al fondo, en un corral está el chancho. Corren y entre ellas inventan sus juegos. Marta es mayor y gusta de la brusquedad, en cambio Noemí es frágil, femenina. Mientras una está subiéndose al naranjo, la otra tiene entre sus brazos a una muñeca de trapo que la baña sin agua, viste, da de comer; la duerme. Rubén las ve por una rendija de su casa. Tiene temor de que lo ignoren, además de que los niños no juegan con muñecas. Saca el balero y trata de ensartarlo, no acierta, su pensamiento anda en otro lado.
José Pablo Moncayo (1912-1958) nació el 29 de junio de 1912 en Guadalajara, la capital del Estado de Jalisco. En 1927 su familia se traslada a la Ciudad de México donde empieza sus estudios de piano con Eduardo Hernández Moncada, ingresando en 1929 en el Conservatorio Nacional de Música de la Ciudad de México. Allí estudió armonía con Candelario Huízar y composición con Carlos Chávez. Para poder pagar sus estudios trabaja como pianista en cafés, salas de fiesta y emisoras de radio acompañando a los cantantes de moda.
En 1931 ingresó como percusionista en la Orquesta Sinfónica Nacional que estaba dirigida por Carlos Chávez. Se casó con Clara Elena Rodríguez del Campo de la que tendría dos hijas, Claudia y Clara Elena.
Entre sus primeras obras se encuentra la «Sonata para viola y piano» compuesta en 1934. En el mismo año se une con Blas Galindo, Daniel Ayala y Salvador Contreras para formar el grupo de los cuatro, destinado a fomentar la música nacionalista mexicana. Todos ellos eran discípulos de Carlos Chávez.
El primer concierto del grupo de los cuatro destinado a presentar sus propias obras tuvo lugar el 25 de noviembre de 1935 en el Teatro Orientación de la Ciudad de México. Moncayo estrenó «Amatzinac», una obra para flauta y cuarteto clásico, que más tarde fue orquestada para flauta y orquesta de cuerda. Una partitura de carácter impresionista en la cual destaca el carácter personal del joven compositor. Amatzinac es una palabra de la lengua india nahuatl que significa en el agua del papel venerado.
Moncayo compone en 1936 la «Sonata para violín y piano», una obra de características rítmicas modernistas.
El 15 de agosto de 1941 se estrenaba su obra más popular «Huapango», interpretada por la Orquesta Sinfónica de México dirigida por Carlos Chávez. En ella utiliza tres sones tradicionales del estado de Veracruz, El Siquisiri, El Balajú y El Gavilancito. Pronto se convirtió en una de las obras más conocidas de la música mexicana. Una obra de juventud que eclipsó toda su posterior producción.
Sones de la región sur del estado por los alrededores del puerto de Alvarado Veracruz
Después de cenar alzamos la mesa y subimos al cuarto de la tele. Papá cambia los canales todo el tiempo y los demás protestamos y mamá se pone a tejer y mis hermanas se sientan siempre enfrente de mí. A veces peleamos un poco y papá nos pega un grito o se tira al piso para hacernos cosquillas y lucha con nosotros como si fuéramos tigres. Pero al rato ya estamos callados. Vemos los anuncios y si se hace tarde pedimos a gritos que nos dejen otro rato y mis hermanas se ríen o se asusta o dicen mira que mango y me empujan o me pegan cuando nadie las ve. Papá se sienta al lado de mamá y la abraza forcejeando como si también ellos fueran tigres y le hace cosquillas o le tapa los ojos y ella se pone seria y sacude los hombros y dice no seas indiscreto y le pide que la deje en paz. Luego la calle se va quedando quieta y no se oye otra cosa que la televisión y mis hermanas ya no dicen nada porque tienen sueño o están viendo los programas.
Entonces me acuesto en la alfombra como si fuera a dormirme y me cubro la cara con las manos. Me vuelvo sin que nadie se dé cuenta, me voy acomodando de manera que, entre los dedos, pueda ver cómo crecen, como suben desde los zapatos de tacón alto, como se pierden en los pliegues de la falda las firmes, blancas, suaves, dulces, perfumadas, piernas de mamá
En un pueblo lejano, con iglesia antiquísima, llegaba un señor que estaría cerca de la mitad de la vida. Entraba con sumo respeto, se arrodillaba frente a la imagen del creador y se golpeaba el pecho con pasión, al mismo tiempo que exclamaba.
-!Dios mío hazme bueno!
primero fue diario, después dos veces al día en los últimos tres meses.
-Qué cosas estará sufriendo este pobre señor. Dijo el párroco. Lo consultó con el obispo y quedaron de acuerdo que en cada misa que oficiaran pedirían por él.
Tantas misas, pedimientos, tuvieron su efecto y un día el sujeto noto al bañarse que tenía pompas rosadas y abultadas, como una seductora mujer.
¡No le hagan nada! Se que asesinó con saña a mujeres, homosexuales, transexuales. Trátenlo bien, denle de comer una buena dieta y asegúrense que tenga calidad de vida. No le hagan nada, lo queremos para que sea banco viviente. Ciegos podrán ver, y sus órganos salvarán a gente que ama y respeta la vida.
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando. Y se quedará mi huerto con su verde árbol, y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido, y tocarán, como esta tarde están tocando, las esquilas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron y el pueblo se hará nuevo cada año; y lejos del bullicio distinto, sordo, raro del domingo cerrado, del coche de las cinco, de las barcas del baño, en el rincón oculto de mi huerto encalado, entre la flor, mi espíritu errará callando.
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido… Y se quedarán los pájaros cantando.
Me complacía escuchar la sonrisa de Noemí; Habíamos corrido en el patio, las ramas del naranjo aún se movían por estar meciendonos en el columpio, al final, buscábamos la sombra de la limonaria que reventaba de flores blancas, y que simulábamos tener frío acostados bajo la sombra; ambos creíamos que nos caía nieve, con un sol resplandeciente, los perros dormidos y un viento mudo por la modorra de la siesta.
El encanto desaparecía cuando mi madre gritaba mi nombre.