En un pueblo lejano, con iglesia antiquísima, llegaba un señor que estaría cerca de la mitad de la vida. Entraba con sumo respeto, se arrodillaba frente a la imagen del creador y se golpeaba el pecho con pasión, al mismo tiempo que exclamaba.
-!Dios mío hazme bueno!
primero fue diario, después dos veces al día en los últimos tres meses.
-Qué cosas estará sufriendo este pobre señor. Dijo el párroco. Lo consultó con el obispo y quedaron de acuerdo que en cada misa que oficiaran pedirían por él.
Tantas misas, pedimientos, tuvieron su efecto y un día el sujeto noto al bañarse que tenía pompas rosadas y abultadas, como una seductora mujer.

 

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