Me complacía escuchar la sonrisa de Noemí;  Habíamos corrido en el patio, las ramas del naranjo aún se movían por estar meciendonos en el columpio,  al final, buscábamos la sombra de la limonaria que reventaba de flores blancas, y que simulábamos  tener frío acostados bajo la sombra; ambos creíamos que nos caía nieve,  con un sol resplandeciente, los perros dormidos y un viento mudo por la modorra de la siesta.

El encanto desaparecía cuando mi madre  gritaba mi nombre.

-¡Rubén vente a comer!

O su hermana.

-¡Apúrate que la abuela ya regresa!

huerto pissarro

Pissarro