Noticias sobre literatura Australiana

10 TÍTULOS IMPRESCINDIBLES DE LA LITERATURA AUSTRALIANA

Literatura australiana

¿Qué se ha escrito digno de mención en nuestras antípodas? En nuestro deseo por explorar todas las literaturas del mundo, sin excepción alguna, hacemos una incursión en un destino exótico, lo más lejano posible y a priori, fácil de recorrer, porque es una literatura joven, con solo un par de siglos de vida (los pueblos autóctonos de Australia no conocían la escritura, y por lo tanto, su obra poética se fue trasladando oralmente, y no fue recogida por escrito hasta el siglo XX).

Otra ventaja de la literatura australiana es que, al estar escrita mayoritariamente al inglés, tiene fácil salida al mercado internacional. De hecho, es probable que todos hayamos leído algún libro de algún autor australiano sin saber que lo estábamos haciendo. Sin embargo, veremos también que la mitad de estos libros imprescindibles no están traducidos al castellano. 

En todo caso, si quieres indagar en esa literatura australiana, te traemos hoy 10 propuestas indispensables. Al menos, en opinión de Philip Mead, profesor de literatura australiana en la Universidad de Western Australia. Aunque reconoce que elegir 10 libros es una tarea difícil y muy subjetiva. Pero estas son sus recomendaciones esenciales:

1. ‘The Fortunes of Richard Mahony’ – Henry Handel Richardson (1930)

‘Fortunas de Richard Mahony’, que no he conseguido encontrar en castellano, es una trilogía que cuenta las aventuras de Richard Mahony, un hombre respetable acosado por una enfermedad mental, durante la época de la fiebre del oro australiana (que tuvo lugar en los años 50 del siglo XIX). Sí podemos leer en Alba Editorial otra novela de la autora, que además ya os hemos recomendado en otra ocasión: ‘El principio de la sabiduría‘.

2. ‘Tierra ignota ‘ – Patrick White (1957)

Cuenta la historia de una expedición al interior del continente australiano, comandada por  el alemán John Ulrich Voss, en 1845 (está basada vagamente en la expedición real de Ludwig Leichhardt) y seduce por sus descripciones de una Australia aún salvaje y por la profundidad de sus personajes. Fue publicado en castellano por la editorial Icaro Ediciones en 2008.

3. Poemas de Kenneth Slessor

Kenneth Slessor (1901-1971) es uno de los poetas australianos más famosos, de estilo modernista, pero no es posible encontrar ningún poema suyo en castellano.

4. ‘The broken shore’ – Peter Temple (2005)

Peter Temple es uno de los autores de novela negra más reconocidos de Australia. Este libro está protagonizado por un detective que vuelve a su pueblo natal para investigar la muerte de un hombre rico de la zona. En castellano podemos leer ‘La verdad
‘, gracias a RBA libros, también sobre una serie de asesinatos de la alta sociedad, en este caso, de Melbourne.

5. ‘Carpentaria’ – Alexis Wright (2006)

Esta novela del autor índigena Wright cuenta varias historias interconectadas que suceden en una ciudad ficticia del norte de Australia, y que tienen relación con diversos conflictos a los que se enfrenta un clan aborigen.

6. ‘ El hombre que amaba a los niños‘ – Christina Stead (1940)

Escalofriante novela de la vida familiar, de un hombre y una mujer que se odian, y de como manipulan a sus hijos para conseguir sentirse mejor.  Fue ambientada en Estados Unidos para lograr mayor proyección internacional, pero al principio pasó sin pena ni gloria. Hoy es considerada un clásico contemporáneo y está publicada en castellano por Pre-textos .

7. ‘La verdadera historia de la banda de Kelly‘ – Peter Carey (2001)

Ned Kelly fue el bandolero más famoso de la Australia de su época (años 70 del siglo XIX) y en este libro es él mismo el que nos cuenta su (verdadera) historia:  huérfano, Edipo, ladrón de caballos, granjero, reformista, asaltador de bancos, asesino de tres policías, y finalmente, el Robin Hood de Australia.  La edición española corre a cargo de El Aleph.

8. ‘For the Terms of His Natural Life’ – Marcus Clarke (1874)

La novela está ambientada en una colonia penal australiana de principios del siglo XIX, y sigue las aventuras de Rufus Dawes, un hombre condenado por un robo que no cometió, y que aún así, como todos los convictos, se ve abocado a un tratamiento cruel e inhumano.

9. ‘The transit of Venus’ – Shirley Hazzard (1980)

Cuenta la historia de dos hermanas huérfanas que, tras la segunda II Guerra Mundial, dejan Australia para iniciar una nueva vida en Inglaterra. Aunque es considerada su mejor obra, no está disponible en castellano. Sí podemos leer, sin embargo, ‘El gran incendio ‘ (editorial Destino) sobre un héroe de guerra de la II Guerra Mundial que vuelve a Japón al fin de esta, para documentarse para su próxima obra sobre las consecuencias de la contienda en una sociedad ancestral.

10. ‘La bofetada ‘ – Christos Tsolkas (2008)

Una mirada penetrante a la familia moderna a partir de un incidente conflictivo: la bofetada de un hombre, en una barbacoa, a un niño que no es hijo suyo. Lo publicó en castellano RBA libros.

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Escritores de Australia

Intentaremos encontrar algunos fragmentos de la literatura de Australia y disfrutar de buena prosa.
Escritores de Australia
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Morris West
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Que se las lleve el diablo de Nadime Gordimer, premio Nobel

Que se las lleve el diablo.
Un hombre que había tenido mala suerte con las mujeres decidió vivir solitario por un tiempo. Dos veces se había casado por amor. Despejó la casa de cuanto de alguna manera se le había escapado a su abnegada segunda esposa cuando se largó con las posesiones favoritas que juntos habían coleccionado -cuadros, cristal fino, hasta los mejores vinos sacados de la cava-; botó los libros en cuya guarda la primera mujer había escrito, amorosa, su nuevo nombre de casada. En seguida se fue de vacaciones sin llevar consigo a ninguna mujer. Por primera vez, que pudiera recordar.
Pero aquellas rameras y vagabundas de quienes se creyó enamorado habían resultado tan infieles como las honestas esposas que juraron quererlo eternamente.
Se fue solo a un balneario donde las rocas lanzaban el mar hacia arriba en forma de abanicos ásperos y la marea siseaba y se chupaba las charcas. No había arena. Sobre piedras, semejantes a confites hirvientes, a rayas, punteadas o estriadas, la gente -las mujeres- se acostaba en colchonetas descoloridas por la sal y se acariciaba con aceites aromáticos. Aquel año llevaban el cabello recogido y sujeto por gorros elásticos de flores artificiales, o chorreaba suelto -al salir del agua con cuentas cristalinas como joyas sobre sus brillantes miembros- y cogido por hebillas doradas que intercambiaban señales luminosas con las candongas que formaban un aro en sus orejas. Los senos iban desnudos y sobre el pubis vestían triángulos invertidos de tela fosforescente, asegurados por un cordón que subía por la división entre las nalgas, para encontrarse con dos cordones que bajaban del vientre y las caderas. En su línea de visión, mientras se alejaban hacia el mar, parecían totalmente desnudas; cuando subían del mar, acezando de placer, en dirección a su línea de visión, sus pechos danzaban y se colgaban al agacharse; reían mientras recogían toallas, peines y bronceador. Los cuerpos de algunas tenían diseños parecidos a telas estampadas: listones y parches blancos o rojos donde la ropa había tapado algunos trozos de sus cuerpos de la llameante inmersión en el sol. Otras tenían los pezones en carne viva, como fresas, y se podía observar que a duras penas soportaban tocarlos con bálsamo. Había hombres, pero él no los veía. Cuando cerraba los ojos y oía el mar alcanzaba a oler a las mujeres -el aceite.
Nadaba mucho; adentrándose en la serena bahía, entre surfistas crucificados contra sus vistosas velas, o más cerca a la orilla, donde la espuma le golpeaba la cabeza bajo aludes de aguas blancas. Un cardumen de madres jóvenes andaba con sus infantes por las aguas poco profundas. Desnudos, apoyados contra su carne blanda, los niños se aferraban a ellas, tan recientemente separados de allí que parecían aún formar parte de aquellos cuerpos femeninos en los que habían sido sembrados por varones como él. Se acostaba sobre las piedras a secarse. Le gustaba su roce duro y se retorcía para ajustar sus huesos a ellas, hundiéndolos con sus movimientos hasta que lograba acomodarlos en las depresiones, de suerte que las curvas de su cuerpo, más que ofrecer resistencia, fuesen recibidas por ellas. Dormía, y despertaba para ver piernas afeitadas pasar junto a su cabeza -mujeres-. Gotas desprendidas de los cabellos mojados de aquellas caían sobre sus hombros cálidos. A veces se encontraba nadando bajo el agua, debajo de ellas, y su cuerpo de piel áspera pasaba rozándolas, como un tiburón.
Como suelen hacer los hombres cuando están solos, echaba piedras al mar, recordando -recuperando- el arte de lograr hacerlas besar la superficie saltando. Acostado boca abajo fuera del alcance de los últimos arroyuelos, colaba puñados de piedras pulidas por el mar, entresacaba algunas y, de cerca, comenzaba a verlas como los adultos han dejado de ver: como un niño mira y remira una flor, una hoja o una piedra, siguiendo sus vetas aluviales, sus fragmentos de color misteriosos, las placas de mica allí sepultadas, sintiendo (lo hacía) su forma de huevo o de rombo, pulida por la mano aceitosa y acariciadora del mar.
No todas las piedras eran en realidad piedras. Había óvalos ambarinos aplanados que el océano, tallador de gemas, había pulido a partir de botellas de cerveza quebradas. Había cabujones de vidrios azules y verdes (otra botella ahogada) que podrían haber pasado por aguamarinas o esmeraldas. Los niños los recogían en gorras o en baldes. Y una tarde, entre tales tesoros, mezclados con trozos de espuma de estireno -desechos de barcos de carga-, y con otras echazones que se arrojan al mar y flotan de nuevo para ser botadas otra vez en las playas de todo el mundo, encontró en las piedras con las que ocupaba una mano, como un monje que pasa las cuentas de su camándula, un auténtico tesoro. Entre los pedruscos de vidrio de color había un anillo de diamante y zafiro. No estaba sobre la superficie de la playa pedregosa, así que era evidente que ninguna mujer lo había dejado caer aquel día. Alguna querida, algún tesoro del hombre rico (o alguna esposa oculta), al zambullirse desde un yate, allá lejos, con sus joyas puestas mientras se iba despojando con elegancia de otros ropajes, debió sentir que uno de los anillos se le resbalaba del dedo por acción del agua. O no lo sintió, solo lo percibió al regresar a cubierta, y corrió a buscar la póliza de seguros, mientras el mar arrastraba el anillo cada vez más hondo; y luego, cansándose de él con el correr de los días, de los años, y empujándolo con lentitud, lo echó afuera, y lo tiró a tierra. Era un anillo hermoso. Un zafiro, largo y oblongo, circundado de chispas redondas; y a lado y lado de este brillante montículo, un diamante tallado en forma de baguette que servía de puente a un círculo grabado.
Aunque lo había sacado de una profundidad de más de seis pulgadas mientras excavaba con sus dedos al azar, miró a su alrededor, como si la dueña tuviera que estar allí, de pie, encima de él.
Pero ellas se estaban embadurnando, estaban secando a los infantes con las toallas, se depilaban las cejas observándose en espejos diminutos, estaban sentadas con las piernas cruzadas y los senos apoyados sobre las mesas bajas donde el mesero del restaurante había colocado sus ensaladas y botellas de vino blanco. Subió al restaurante a llevar el anillo: tal vez alguien hubiese informado de una pérdida. La administradora se echó hacia atrás, como si un reducidor le hubiese estado ofreciendo bienes robados. Es valioso. Llévelo a la policía.
La sospecha despierta la atención; tal vez hubiera, en este lugar extranjero, algún motivo para sospechar, aun de la policía. Si nadie reclamaba el anillo, alguno de los lugareños se lo embolsillaría. Así pues, qué importaba -y lo echó en su propio bolsillo, o mejor, en la bolsa donde guardaba el dinero, las tarjetas de crédito, las llaves del carro y las gafas de sol. Y regresó a la playa, a acostarse otra vez sobre las piedras, entre las mujeres. A pensar.
Puso un aviso en el periódico local: Hallado anillo en la Playa Horizonte Azul, el martes primero, junto con el teléfono y el número de su habitación en el hotel. La administradora tenía razón: hubo muchas llamadas.
Algunas de hombres que aducían que, en efecto, sus esposas, madres o novias habían de veras perdido un anillo en aquella playa. Cuando les pedía que lo describieran corrían el albur: un anillo de diamante. Pero cuando los presionaba, pidiéndoles más detalles, solo les quedaba la mentira. Si una voz de mujer era lisonjera, congraciadora (incluso llorosa a veces), identificable como la de una estafadora de mediana edad, colgaba en el momento en que ella intentaba describir su anillo perdido. Pero si la voz era atractiva y a veces claramente juvenil, suave, aun vacilante en su mentirosa osadía, le pedía a su dueña que viniera al hotel a reconocer el anillo.
Descríbalo.
Las sentaba cómodamente frente al balcón abierto para que la luz del mar indagara en sus rostros. Solo una lo convenció de haber de veras perdido un anillo; lo describió en detalle y se marchó, apesadumbrada por haberlo molestado. Otras -algunas bastante atractivas o incluso muy, muy bonitas, vestidas para seducir- se habrían conformado con un resultado diferente de la visita si no lograban salirse con la suya al inventar su descripción del anillo. Parecían calcular que un anillo es un anillo: si es valioso, debe tener diamantes, y una o dos tuvieron el ingenio suficiente para decir que sí, que llevaba otras piedras preciosas, pero era una herencia (abuela, tía) y no sabían en realidad los nombres de las piedras.
¿Y el color? ¿La forma?
Se marchaban como ofendidas; o si reían con nerviosismo culpable era que solo habían venido por aventurarse, para divertirse un poco. Y era bien difícil deshacerse de ellas de manera educada.
Pero hubo una cuya voz era diferente a la de cualquiera de las demás llamadas, quizás la voz dominada de una cantante o actriz, que expresaba timidez. Había perdido toda esperanza. De encontrarlo… mi anillo. Había visto el aviso y pensado no, no, es inútil. Pero ¿y si había una posibilidad en un millón…? Le pidió que viniera al hotel.
Con seguridad tenía cuarenta años, una belleza innata de grandes ojos serenos de un gris verdoso, que solo necesitaba ayuda para conservar el color negro azabache de su cabello, que, comenzando en un penacho de forma de pico que se elevaba sobre la frente curva, se recogía en un bucle sobre la coronilla, brillante como plumas suavizadas. No había huellas de ningún pliegue allí donde se unían sus senos, firmemente separados en el escote de su vestido, tan negro como el cabello. Tenía manos hechas para anillos; extendió unos dedos largos, volteó las palmas hacia afuera: Y entonces se perdió; vio su reflejo por un instante en el agua.
Descríbalo.
Lo miró a los ojos, volvió la cabeza para apartar la mirada, y comenzó a hablar. Muy trabajado, dijo, platino y oro… Usted sabe, es difícil de precisar cuando se trata de un objeto que uno ha usado durante tanto tiempo, que ya ni lo nota. Un diamante grande… varios. Y esmeraldas, y piedras rojas… rubíes, pero creo que se habían caído antes… Fue al cajón del escritorio tocador y de debajo de unas carpetas que describían restaurantes, programas de TV por cable y servicios disponibles en la habitación, extrajo un sobre. Aquí tiene su anillo, dijo. Los ojos de la mujer no cambiaron. Lo extendió hacia ella. Su mano se dirigió lenta hacia él, como si nadara bajo el agua. Tomó el anillo y comenzó a ponérselo en el dedo del corazón de la mano derecha. No le servía, pero ella corrigió su movimiento con veloz acto de prestidigitación y se lo deslizó sobre el dedo anular, donde se acomodó.
La llevó a cenar y no se hizo alusión al tema. Nunca jamás. Ella se convirtió en su tercera esposa. Viven juntos y no hay entre ambos más cosas no dichas que las que se dan en otras parejas.
Dotada de un oído perfecto y una formidable imaginación, Nadine Gordimer ofrece una orquesta de extrañas voces narrativas en las que ninguna nota suena falsa. Y como siempre , su visión se salva del sentimentalismo por una rigorosa ironía.
Zoe Heller, Independent Sunday.
Nadine Gordimer nada como pez en el agua en el cuento y en El Salto alcanza una maestría, insuperable en este género: Escribe sobre negros y sobre blancos pero su atenta mirada alcanza a percibir algo gris allí. Se podría denominar naturaleza humana y seria correcto.
Pero su verdadero tema es el hombre como en el caso de todos los grandes escritores.
Sobre el autor:
NADINE GORDIMER. SPRINGS (SURÁFRICA), 1923.
Valorada por su estilo apasionado y ameno. Su obra se nutre de los sentimientos de frustración social y política en una Suráfrica dividida racialmente, y refleja su postura crítica a la censura política y al racismo. Nació en una familia judía de clase media y estudió en la Universidad de Witwatersrand. Publicó su primer cuento a los 15 años. Después de La suave voz de la serpiente (1956), su primer libro importante de cuentos, publicó Seis pies de tierra (1956), La huella del viernes (1960, ganadora del premio literario W.H. Smith and Son de 1961 y No para publicarlo (1960). Estos libros narran incidencias de la vida cotidiana en Suráfrica. Sus novelas Mundo de extraños (1958), Ocasión para amar (1963) y El desaparecido mundo burgués (1966) también abordan estos temas. Gordimer presenta la situación de la gente de color con gran sensibilidad para expresar los sentimientos encontrados de la gente blanca liberal, forzada a vivir en un sistema que creen equivocado. Su novela El conservador (1974), que describe cómo un hombre blanco explota a sus empleados negros para su lucro personal, compartió en 1974 el premio Booker. La hija de Burger (1979) explora los sentimientos divididos de una mujer blanca sobre el apartheid cuando su padre comunista es encarcelado por oponerse al sistema. Gente en julio (1981) mira hacia el futuro retratando una familia blanca que logra huir de una guerra civil gracias a la ayuda de sus criados negros. En La historia de mi hijo (1990) un joven negro trata de entender los conflictos de la vida privada y pública de su padre. En 1991, Gordimer ganó el Premio Nobel de Literatura. En 1994 escribió la novela Nadie que me acompañe.

nadime

El mejor Safari de Nadine Gordimer, premio nobel de África

Aquella noche nuestra madre fue a la tienda y no regresó. Nunca. ¿Qué había pasado? No lo sé. También mi padre se había marchado un día para nunca regresar; pero es que él fue a la guerra. Donde nosotros estábamos también había guerra, pero éramos pequeños y, al igual que la abuela y el abuelo, no teníamos armas. Aquellos contra quienes mi padre luchaba -los bandidos, los llama nuestro gobierno- irrumpían en el lugar donde vivíamos y nosotros huíamos de ellos como gallinas perseguidas por perros. No sabíamos adónde ir. Nuestra madre fue a la tienda porque decían que se podía comprar aceite para cocinar. Nos alegró porque hacía mucho que no probábamos el aceite. Puede que comprase aceite y que alguien la atacase en la oscuridad y le quitase aquel aceite. Puede que se topase con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. En dos ocasiones entraron en nuestro pueblo y corrimos a ocultarnos en el bosque, y cuando se hubieron marchado regresamos y descubrimos que se lo habían llevado todo. Pero la tercera vez que vinieron no quedaba nada que pudieran llevarse, ni aceite ni comida, así que le prendieron fuego a la paja y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre encontró unas chapas de hojalata y las pusimos para cubrir parte de la casa. La esperamos allí la noche que no regresó.
Nos daba pánico salir, incluso para hacer nuestras cosas, porque sí que habían llegado los bandidos; no a nuestra casa -sin techo debía de parecer que no había nadie, que todos se habían ido-, pero sí al pueblo. Oíamos que la gente gritaba y corría. Nos daba miedo incluso correr, sin que nuestra madre nos dijese hacia dónde. Yo soy la segunda, la chica, y mi hermanito se agarraba a mi estómago, rodeándome el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, igual que un monito a su madre. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un trozo de madera astillada en la mano, parte de uno de los palos que sostenían la casa y se habían quemado; era para defenderse si los bandidos lo encontraban.
Nos quedamos allí todo el día. Aguardándola. No sé que día era; en nuestro pueblo ya no había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.
Al ponerse el sol, llegaron la abuela y el abuelo. Alguien del pueblo les había dicho que los niños estábamos solos; nuestra madre no había regresado. Digo «abuela» antes que «abuelo» porque es así: nuestra abuela es alta y fuerte, y aún no es vieja, y nuestro abuelo es bajito, apenas se le ve en sus holgados pantalones, sonríe pero no ha oído lo que le dices, y lleva el pelo que parece lleno de restos de jabón, La abuela nos llevó -a mí, al chiquitín, a mi hermano mayor y al abuelo- a su casa y todos teníamos miedo (salvo el chiquitín, que iba dormido en la espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos por el camino. Estuvimos esperando mucho tiempo en casa de la abuela. Puede que un mes. Teníamos hambre. Nuestra madre nunca regresó. Durante el tiempo que estuvimos esperando que viniese a buscarnos, la abuela no pudo darnos comida, no tenía comida para el abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito, aunque él en casa comía gachas, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no quedaba ni una hoja.
El abuelo, aunque se quedaba un poquito atrás, salió a pie con unos jóvenes a buscar a nuestra madre, pero no la encontró. Nuestra abuela lloró con otras mujeres y yo canté los himnos con ellas. Trajeron un poco de comida -alubias- pero al cabo de dos días nos quedamos otra vez sin nada. El abuelo tuvo tres ovejas y una vaca y un huerto, pero ya hacía mucho tiempo que los bandidos le habían quitado las ovejas y la vaca, porque ellos también pasaban hambre; y al llegar la época de la siembra el abuelo se había quedado sin semillas que sembrar.
Así que decidieron -nuestra abuela, porque el abuelo hizo unos ruiditos, balanceándose, pero ella no le prestó atención- que nos marchásemos. Mis hermanos y yo nos alegramos. Queríamos irnos de allí donde ya no estaba nuestra madre y donde pasábamos hambre. Queríamos ir a donde no hubiese bandidos y hubiese comida. Era estupendo pensar que tenía que haber un lugar semejante lejos de allí.
La abuela dio su ropa de ir a la iglesia a una persona a cambio de maíz seco, que hirvió y envolvió en un trapo. Nos llevamos el maíz al marcharnos y ella creyó que podríamos encontrar agua en algún río, pero no dimos con ningún río y pasamos tanta sed que tuvimos que regresar. No hasta casa de los abuelos, sino hasta un pueblo donde había bomba de agua. Ella destapó la cesta donde llevaba ropa y el maíz y vendió sus zapatos para comprar un bidón grande agua. Yo dije: Gogo, ¿cómo vas a ir a la iglesia ahora si no llevas siquiera zapatos?, pero ella dijo que el viaje era largo y llevábamos demasiado peso. En aquel pueblo encontramos a otra gente que también se marchaba. Nos unimos a ellos porque parecían saber mejor que nosotros dónde estaba aquello.
Para llegar allí teníamos que cruzar el Parque Kruger. Habíamos oído hablar del Parque Kruger como de un país entero lleno de animales: elefantes, leones chacales, hienas, hipopótamos, cocodrilos, toda clase de animales. En nuestro país teníamos algunos iguales, antes de la guerra (la abuela lo recuerda, mis hermanos y yo no habíamos nacido), pero los bandidos matan a los elefantes y venden los colmillos, y los bandidos y nuestros soldados se han comido toda la caza. En nuestro pueblo había un hombre sin piernas: un cocodrilo se las arrancó en nuestro río; pero a pesar de ello nuestro país es un país de personas y no de animales. Habíamos oído hablar del Parque Kruger porque algunos de nuestros hombres iban a trabajar allí, a unos sitios donde acudían los blancos de visita y para ver los animales.
Así que reemprendimos el viaje. Había mujeres, y otras niñas como yo que tenían que llevar a los pequeños a cuestas cuando las mujeres se cansaban. Un hombre nos guió hasta el Parque Kruger. Es que aún no llegamos, es que aún no llegamos, no paraba yo de preguntarle a la abuela. Todavía no, decía el hombre, cuando ella se lo preguntaba por mí. Él nos explicó que tendríamos que dar un gran rodeo siguiendo la cerca, que nos mataría, nos dijo, achicharrándonos la piel en cuanto la tocásemos, igual que los cables de lo alto de los postes que llevan la luz eléctrica a nuestras ciudades. Yo ya he visto ese dibujo de una cabeza sin ojos ni piel ni pelo, en una caja de hierro del hospital de la Misión que teníamos antes de que lo volasen.
Al preguntar otra vez, dijeron que llevábamos una hora caminando por el Parque Kruger. Pero tenía el mismo aspecto que el chaparral por donde caminamos todo el día, y no habíamos visto más animales que monos y pájaros como los que hay donde vivimos, y una tortuga que, como es natural, no pudo escapar de nosotros. Mi hermano mayor y los otros chicos se la trajeron al hombre para matarla, guisarla y comérnosla. El hombre la dejó libre porque dijo que no podíamos encender fuego; que mientras estuviésemos en el Parque no deberíamos encender fuego porque el humo indicaría que estábamos allí. La policía y los guardas vendrían y nos obligarían a volver por donde habíamos venido. Dijo que teníamos que ir de un lado a otro como los animales entre animales, lejos de las carreteras, lejos de los campamentos de los blancos. Y justo en aquel momento oí, estoy segura de que fui la primera en oírlo, un crujir de ramas y el sonido de algo que se abría paso entre la hierba, y casi chillé porque creí que era la policía, los guardas (con quienes él nos dijo que tuviésemos cuidado) que habían dado con nosotros. Y era un elefante, y otro elefante, y más elefantes, grandes manchas oscuras que se movían por dondequiera que mirases entre los árboles. Arrollaban la trompa en las hojas rojas de los árboles de mopane y se las embutían en la boca. Los elefantitos se pegaban a sus madres. Los que ya eran un poco mayores peleaban entre sí igual que mi hermano mayor con sus amigos, pero con la trompa en lugar de con los brazos. Yo los observaba con tal interés que me olvidé de que tenía miedo. El hombre nos dijo que permaneciésemos quietos y en silencio mientras los elefantes pasaban. Pasaron muy lentamente, porque los elefantes son demasiado grandes para necesitar huir de nadie.
Los gamos corrían ante nosotros. Saltaban tan alto que parecían volar. Los facóqueros se paraban en seco al oírnos, y se alejaban zigzagueando como solía hacerlo un chico de nuestro pueblo con la bicicleta que su padre trajo de las minas. Seguimos a los animales hasta donde bebían. Cuando se marchaban íbamos a sus pozas. Nunca pasábamos sed porque encontrábamos agua, pero los animales comían, comían constantemente. Siempre que los veías estaban comiendo hierba, árboles, raíces. Y no había nada para nosotros. El maíz se nos había terminado. Lo único que podíamos comer era lo que comían los babuinos, pequeños higos resecos llenos de hormigas, que crecen en las ramas de los árboles junto a los ríos. Era duro ser como animales.
Cuando hacía mucho calor, durante el día encontrábamos leones echados y durmiendo. Eran del color de la hierba y no los descubríamos a primera vista, aunque el hombre sí, y nos hacía retroceder y dar un largo rodeo para no pasar por donde dormían. Yo quería echarme como los leones. Mi hermanito estaba adelgazando pero pesaba mucho. Cuando la abuela me buscaba, para cargármelo a la espalda, yo intentaba escabullirme. Mi hermano mayor dejó de hablar; y cuando descansábamos tenían que zarandearle para que se volviese a levantar, como si ahora fuese igual que el abuelo, que no oía. Vi que la abuela tenía la cara llena de moscas y que no se las espantaba; me asusté. Cogí una hoja de palmera y se las quité.
Caminábamos de día y de noche. Veíamos los fuegos donde los blancos cocinaban en los campamentos y olíamos el humo y la comida. Mirábamos las hienas, que iban agachadas como si sintiesen vergüenza, deslizarse por el chaparral siguiendo aquel olor. Si una de ellas volvía la cabeza, le veías unos ojos grandes y brillantes, como los nuestros cuando nos mirábamos unos a otros en la oscuridad. El viento traía voces en nuestra lengua desde los cercados donde viven quienes trabajan en los campamentos. Una de las mujeres que iba con nosotros quería ir a verlos por la noche y pedirles que nos ayudasen. Pueden darnos la comida de los cubos de basura, dijo, y empezó a lamentarse y la abuela tuvo que agarrarla y taparle la boca con la mano. El hombre que nos guiaba nos había dicho que debíamos rehuir a aquellos de los nuestros que trabajaban en el Parque Kruger; si nos ayudaban, perderían su trabajo. Si nos veían, todo lo que podían hacer era fingir que no éramos nosotros, que lo que habían visto eran animales.
A veces nos deteníamos a dormir un poco durante la noche. Dormíamos muy juntos. No sé que noche fue (porque caminábamos y caminábamos siempre y a todas horas) pero una vez oímos que los leones estaban muy cerca. Sus rugidos no eran como los que se oían desde lejos. Jadeaban como nosotros al correr, aunque es un jadeo diferente: se nota que no corren, que acechan por allí cerca. Nos apretábamos unos contra otros, unos encima de otros, y los de los lados intentaban refugiarse en el centro, donde estaba yo. Me aplastaron contra una mujer que olía mal porque tenía miedo, pero me alegré de poder agarrarme fuertemente a ella. Rogué a Dios que hiciera que los leones cogieran a alguien de los lados y se marcharan. Cerré los ojos para no ver el árbol desde donde cualquier león podía saltar y caerme justo encima. En lugar del león saltó el hombre que nos guiaba; puesto en pie, comenzó a golpear el árbol con una rama seca. Nos había enseñado a no hacer nunca ruido, pero él gritaba. Gritaba a los leones como solía hacerlo un borracho de nuestro pueblo, que le gritaba al aire. Los leones se retiraron. Los oímos rugir, devolviéndole los gritos desde lejos.
Estábamos cansados, cansadísimos. Mi hermano mayor y el hombre tenían que aupar al abuelo y pasarlo de piedra en piedra allí donde encontrábamos vados para cruzar los ríos. La abuela es fuerte, pero le sangraban los pies. Ya no podíamos seguir llevando las cestas en la cabeza, no podíamos cargar con nada, excepto mi hermanito. Dejamos nuestras cosas bajo un arbusto. Con tirar de nuestros cuerpos hasta allí ya será mucho, dijo la abuela. Luego comimos frutos silvestres que en el pueblo no conocíamos y tuvimos retortijones. Estábamos entre la hierba que llaman elefante porque es casi tan alta como un elefante, aquel día que nos dieron los dolores, y el abuelo no podía agacharse allí delante de todos como mi hermanito, y se fue un poco más allá para hacerlo a solas. Nosotros teníamos que seguir, no paraba de decirnos el hombre que nos guiaba, no podíamos retrasarnos, pero le pedimos que aguardase al abuelo.
Así que todos aguardaron a que el abuelo nos alcanzase. Pero no nos alcanzó. Era en pleno día; los insectos zumbaban en nuestros oídos y no lo oímos moverse entre la hierba. No podíamos verle porque la hierba era muy alta y él muy bajito. Pero debía de andar por allí, metido en sus holgados pantalones y en la camisa rasgada que la abuela no le pudo coser porque no tenía hilo. Sabíamos que no podía estar lejos porque era débil y lento. Fuimos todos a buscarle, pero en grupos, no fuese que también nosotros nos perdiésemos de vista entre la hierba. Esta se nos metía en los ojos y en la nariz. Continuábamos llamando al abuelo, pero el zumbido de los insectos debió de llenar el pequeño espacio que le quedaba para oír en las orejas. Miramos y miramos, pero no dábamos con él. Estuvimos entre aquella hierba tan alta toda la noche. En sueños, me lo encontré acurrucado en un espacio que había apisonado con los pies, igual que hacen los antílopes para ocultar sus crías.
Al despertarme seguía sin aparecer. Así que continuamos buscando, y para entonces vimos senderos que habíamos abierto de tanto pasar entre la hierba, y sería fácil para él encontrarnos si nosotros no le encontrábamos. Todo aquel día no hicimos más que quedarnos sentados y aguardar. Todo está muy tranquilo cuando tienes el sol encima de la cabeza, dentro de la cabeza, aunque te acuestes como los animales, bajo los árboles. Yo me tendí boca arriba y vi esos feos pájaros de pico ganchudo y cuello desnudo volando en círculo por encima de nosotros. Habíamos pasado muchas veces por delante de ellos mientras descarnaban huesos de animales muertos, de los que no quedaba nada que pudiésemos comer también nosotros. Ronda tras ronda, elevándose y descendiendo y de nuevo elevándose. Veía sus cabezas asomar por todos lados. Volando en círculo sin parar. Noté que la abuela, quieta allí sentada con mi hermanito en su regazo, también los veía.
Por la tarde, el hombre que nos guiaba se acercó a la abuela y le dijo que los demás debían continuar. Le dijo que si sus hijos no comían, morirían pronto.
La abuela no dijo nada.
Le traeré agua antes de marcharnos, dijo él.
La abuela nos miró, a mí, a mi hermano mayor y a mi hermanito, que estaba en su regazo. Nosotros observábamos cómo los demás se levantaban para marcharse. Yo no podía creer que la hierba se vaciaría en todo el derredor, donde ellos habían estado. Que nos quedaríamos solos en aquel lugar, el Parque Kruger: la policía o los animales darían con nosotros. Me saltaron lágrimas de los ojos y de la nariz y me cayeron en las manos, pero la abuela no hizo caso. Se levantó, con los pies separados tal como los pone para izar un haz de leña, allá en casa, en nuestro pueblo; se colgó a mi hermanito a la espalda y lo ató con su vestido (la parte de arriba se le había desgarrado y llevaba sus grandes pechos al aire, pero no había nada en ellos para él). Y dijo entonces: Vamos.
Así que dejamos el lugar de la hierba alta. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el hombre que nos guiaba. Emprendimos la marcha, otra vez.
Hay una tienda muy grande, más grande que una iglesia o una escuela, sujeta al suelo. No podía imaginar que aquello fuese lo que era, al llegar allá lejos. Vi una cosa parecida la vez que nuestra madre nos llevó a la ciudad porque se enteró de que nuestros soldados estaban allí y quería preguntarles si sabían donde estaba nuestro padre. En aquella tienda la gente cantaba y rezaba. Esta es azul y blanca como aquella pero no es para rezar y cantar; vivimos en ella con muchos otros que han llegado de nuestra tierra. La hermana de la clínica dice que somos doscientos sin contar los bebés; han nacido algunos por el camino a través del Parque Kruger.
Dentro, está oscuro incluso cuando luce el sol, y es como una especie de pueblo. En lugar de casas, cada familia tiene unos espacios separados por sacos o cartones de cajas -lo que encontremos- para que las demás familias sepan que es tu espacio y que no deben entrar aunque no haya puerta ni ventanas ni techumbres, de manera que si estás de pie y no eres una niña pequeña puedes ver el interior de la casa de todo el mundo. Algunos incluso han hecho pintura con piedras del suelo y han dibujado cosas en los sacos.
Pero sí que hay un techo de verdad: la tienda es el techo, alto, muy alto. Como el cielo. Como una montaña, y nosotros estamos dentro de ella; por las grietas bajan caminos de polvo, tan prietos que parece que se pudiera trepar por ellos. La tienda no deja entrar el agua por arriba, pero entra por los lados y por las callecitas que separan nuestros espacios (solo puede pasar por ellas una persona cada vez) y los pequeños como mi hermanito juegan con el barro. Hay que saltar por encima de ellos para pasar. Mi hermanito no juega. La abuela lo lleva a la clínica cuando viene el médico el lunes. La hermana dice que le pasa algo en la cabeza, y cree que es porque no teníamos bastante comida en casa. Por la guerra. Porque nuestro padre no estaba. Y porque luego había pasado mucha hambre en el Parque Kruger. Solo quiere estar todo el día encima de la abuela, en su regazo o pegado a ella, y no hace más que mirarnos y mirarnos. Quiere pedir algo pero se nota que no puede. Si le hago cosquillas solo sonríe un poquito. En la clínica nos dan un polvo especial para hacerle gachas y puede que un día se ponga bien.
Cuando llegamos estábamos con él, mi hermano mayor y yo. Casi no me acuerdo. Los vecinos del pueblo que está cerca de la tienda nos llevaron a la clínica, donde tienes que firmar que has llegado, desde muy lejos, por el Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y todo estaba embarrado. Había una hermana muy guapa con el pelo muy estirado y unos bonitos zapatos de tacón alto, que nos trajo el polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo despacio. Nosotros rasgamos los paquetes con los dientes y lamimos todo el polvo; a mí se me quedó pegado en la boca y me chupé los labios y los dedos. Otros niños que hicieron el viaje con nosotros vomitaron. Pero yo solo notaba que todo se removía dentro de mi estómago, y que lo que me había tragado bajaba y se me arrollaba como una serpiente, y me dio un hipo muy fuerte. Otra hermana nos dijo que nos pusiésemos en fila en el porche de la clínica pero no pudimos. Nos quedamos todos por allí sentados, cayendo unos sobre otros; las hermanas nos ayudaron a todos a levantarnos cogiéndonos del brazo y luego nos clavaron una aguja. Con otras agujas nos sacaron la sangre y la metieron en unas botellitas. Era contra la enfermedad, pero yo no lo comprendía, y cada vez que cerraba los ojos me figuraba que aún caminaba, y que la hierba era alta, y veía a los elefantes, y no sabía que estábamos allá lejos.
Pero la abuela aún era fuerte, todavía podía tenerse en pie, y como sabe escribir firmó por nosotros. La abuela nos consiguió este espacio en la tienda junto a uno de los lados; es el mejor sitio porque, aunque entre agua cuando llueve, podemos levantar la lona cuando hace buen tiempo y nos da el sol, y se van los olores de la tienda. La abuela conoce aquí a una mujer que le enseñó dónde hay buena hierba para hacer esteras para dormir, y la abuela nos las hizo. Una vez al mes llega a la clínica el camión de la comida. La abuela va con una de las tarjetas que firmó y cuando le hacen el agujero nos dan un saco de maíz. Hay carretillas para llevarlo a la tienda; mi hermano mayor lo carga por ella, y luego él y los otros chicos hacen carreras con las carretillas vacías hasta la clínica. A veces tiene suerte y un hombre que ha comprado cerveza en el pueblo le da dinero para que la transporte; aunque esto no está permitido, porque hay que devolver las carretillas enseguida a las hermanas. Él se compra un refresco y me da un trago si le pillo. Otra vez al mes, la iglesia deja un montón de ropa vieja en el patio de la clínica. La abuela tiene otra tarjeta para que le hagan el agujero, y entonces podemos elegir algo: yo tengo dos vestidos, dos pantalones y un suéter, así que puedo ir a la escuela.
Los del pueblo nos dejan ir a su escuela. Me sorprendió que hablasen nuestra lengua. La abuela me dijo: Por eso nos dejan estar en su tienda. Hace mucho tiempo, en tiempos de nuestros padres, no había la cerca que mata, no estaba el Parque Kruger entre ellos y nosotros, y éramos todos un solo pueblo bajo nuestro propio rey, desde el hogar de donde nos marchamos hasta este sitio adonde hemos llegado.
Llevamos ya mucho tiempo en la tienda (yo he cumplido once años y mi hermanito tiene casi tres, aunque es muy pequeño, solo tiene grande la cabeza, y aún no está del todo bien) y han cavado por todo el derredor y han plantado alubias y trigo y berzas. Los ancianos entretejen ramas para vallar sus jardines. No está permitido que nadie vaya a buscar trabajo en las ciudades, pero algunas mujeres lo han encontrado en el pueblo y pueden comprar cosas. La abuela, como todavía está fuerte, consigue trabajo donde la gente construye casas; porque en este lugar la gente construye bonitas casas con ladrillos y cemento, y no con barro como las que teníamos en nuestro pueblo. La abuela acarrea ladrillos para ellos y cestas de piedra en la cabeza. Así que tiene dinero para comprar azúcar y té y leche y jabón. El almacén le ha regalado un calendario que ella ha colgado en la lona de nuestra tienda. Voy muy bien en la escuela, y ella guardó los papeles de los anuncios que la gente tira al salir de comprar en el almacén y me forró los libros. A mi hermano mayor y a mí nos manda hacer los deberes todas las tardes antes de que oscurezca, porque no hay sitio más que para estar echados, muy juntos, como hacíamos en el Parque Kruger, aquí en nuestro espacio de la tienda, y las velas son caras. La abuela todavía no ha podido comprarse un par de zapatos para ir a la iglesia, pero nos ha comprado zapatos negros de colegiales y betún para lustrarlos a mi hermano mayo y a mí. Todas las mañanas, al levantarnos, los chiquitines lloran, la gente se empuja frente a los grifos de afuera y algunos niños ya rebañan los restos de gachas pegados en las ollas de las que comimos por la noche y mi hermano mayor y yo nos lustramos los zapatos. La abuela nos hace sentar en las esteras con las piernas estiradas para ver bien los zapatos y asegurarse de que los hemos hecho como es debido. Nadie más en la tienda tiene auténticos zapatos de colegial. Al mirar a los demás es como si estuviésemos otra vez en una verdadera casa, sin guerra, y no aquí lejos.
Llegaron unos blancos a tomarnos fotografías a los que vivimos en la tienda; dijeron que estaban haciendo una película, que es algo que nunca he visto pero sé lo que es. Una mujer blanca se metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela unas preguntas que uno que entiende la lengua de la mujer blanca nos dijo en la nuestra.
¿Cuánto tiempo llevan viviendo de este modo?
¿Quiere decir aquí?, dijo la abuela. En esta tienda, dos años y un mes.
¿Y qué espera del futuro?
Nada. Estoy aquí.
¿Y para sus pequeños?
Quiero que aprendan para que puedan conseguir buenos empleos y dinero.
¿Confían en regresar a Mozambique, a su país?
No volveré.
¿Pero cuando termine la guerra… y no puedan quedarse aquí? ¿No desea volver a su hogar?
No me pareció que la abuela quisiera seguir hablando. No me pareció que fuese a contestar a la mujer blanca. La mujer blanca ladeó la cabeza y nos sonrió.
La abuela apartó la mirada de la mujer blanca y dijo: Ya no hay nada. No hay hogar.
¿Por qué dirá esto la abuela? ¿Por qué? Yo volveré. Yo volveré a través del Parque Kruger. Después de la guerra, cuando ya no queden más bandidos, quizá nuestra madre nos estará esperando. Y puede que cuando dejamos al abuelo solo se rezagase, que acabase por encontrar el camino, y fuese poquito a poco, a través del Parque Kruger, y esté también allí. Estarán en casa, y yo los recordaré.
Un Halazgo de Nadine gordimer
Nadine Gordimer

nadime


Coetzee premio Nobel admirador de Cervantes, ciclo África

coetze
Cuatro años antes de nacer John Maxwell Coetzee los ciudadanos negros de Sudáfrica habían dejado de tener derecho al voto. Cuando cumplió ocho años, la victoria del Partido Nacional llevó hasta límites inconcebibles su represión contra los negros. Coetzee tuvo ocasión de contemplar, desde la estupefacción, cómo la sociedad puede llegar a corromperse y a perder el norte hasta extremos inconcebibles. La sinrazón del apartheid , narrada desde un punto de vista desgarrador, fue el tema de algunas de sus principales novelas.
Quizás por ello, la Academia sueca, al concederle el premio Nobel en el año 2003 citara que éste le era concedido por ‘las innumerables maneras en que retrata, con la sorprendente implicación de un forastero’ la sociedad sudafricana.
Se distinguía así la trayectoria de un escritor cuyas novelas ‘se caracterizan por su buena composición, complejidad de diálogo y brillantez analítica’, pero que hace al propio tiempo ‘una crítica despiadada del racionalismo y de la moralidad de la civilización occidental’, reconocía la academia, que aseguraba en su comunicado oficial que nunca dos de sus libros siguen la misma receta.
Sudáfrica y los premios Nobel
Coetzee no era, sin embargo, el primer escritor de su país en conseguir el premio Nobel. Años antes (en 1991) lo había recibido su compatriota Nadine Gordimer, que criticó duramente también el tema del apartheid .
Coetzee nació en Ciudad del Cabo, en el seno de una familia de emigrantes británicos que participaron en la colonización de Sudáfrica. En 1971 se convirtió en profesor de la Universidad de Ciudad del Cabo, ejerciendo de traductor y crítico literario.
Fue en esa época cuando publicó su primera novela –‘Tierras en penumbra’- convirtiéndose desde entonces en un escritor incómodo para los gobernantes de su país. Posteriormente dio clases de literatura inglesa en la Universidad de Búfalo, en Estados Unidos. En 1984 regresó a Sudáfrica, donde ocupó la cátedra de literatura inglesa en la Universidasd de Ciudad de El Cabo hasta su retiro, en el año 2002, viviendo desde entonces en Australia.
Coetzee es, desde luego, uno de los escritores actuales con más distinciones en su haber. Al premio Nobel, recibido en el año 2003, hay que sumarle otros como el Booker Prize , el premio más prestigioso de literatura en inglés. Él fue el primer escritor que ganó esta distinción en dos ocasiones –la última en 1999, por su estremecedora novela ‘Desgracia’-. Otros premios que ha conseguido han sido el Prix Étranger Femina ; el Jerusalem Prize The Irish Times International Fiction Prize . En España ha sido galardonado con el Premio Llibreter en 2003 y el Premio Reino de Redonda en el 2001.
Los especialistas en su obra han destacado su estilo parco y carente de artificios, ‘tan directo al grano que sobresalta, que asusta, que apasiona’- con el que consigue emocionar: ‘logra que el lector le pida más de su tajante exposición con la ansiedad del niño que exige más chocolate’, ha afirmado Yolanda Arroyo.
En palabras de Armando G. Tejada, Coetzee es, ‘sin más, un escritor que día a día se parapeta entre miles de palabras y libros para contar el drama que ha vivido como testigo y protagonista; que susurra al oído de nuestra sordera cosas ya dichas con vehemencia por el hombre en su trágico trajín: que nuestro mundo agoniza; que nosotros –los habitantes de este entorno- nos odiamos sin remedio; que la palabra nos salva, si acaso, del suicidio…’.
Coetzee y Cervantes
Coetzee, gran admirador de Cervantes –‘He leído Don Quijote, la novela más importante de todos los tiempos, una y otra vez, como debe hacer todo novelista serio, porque contiene infinitas lecciones’-, es un literato que escapa de la catalogación al uso, un escritor comprometido que, al mismo tiempo, no entiende de más compromisos inquebrantables que con uno mismo: ‘Los artistas nunca pueden estar totalmente presentes ante el mundo: siempre deben tener un ojo puesto en su interior’. Un escritor que no se detiene en las normas de corrección social y que sabe sorprender en cada nueva obra. Un hombre que ha sido testigo de uno de los mayores dramas de la humanidad y que ha sabido gritar con su literatura para hacernos comprender.
El escritor de obras como ‘Desgracia’, ‘En medio de ninguna parte’ o ‘Esperando a los bárbaros’ es un hombre poco dado a las relaciones sociales, como bien ha demostrado a lo largo de su vida, pero el próximo viernes 15 de junio estará presente en la Universidad de Murcia. Su intervención tendrá lugar en el hemiciclo de la Facultad de Letras a las 19 horas, en acto organizado por el Vicerrectorado de Extensión Universitaria a través de su Servicio de Actividades Culturales.
El escritor acude a la Universidad de Murcia respondiendo a una invitación del profesor de Filología Latina José Carlos Miralles, cuya relación con el premio Nobel durante los dos últimos años ha fructificado en esta visita, en la que leerá fragmentos de su nuevo libro, aún inédito, ‘Diario de un año malo’.
Una oportunidad única, sin duda, para conocer de primera mano una de las voces más críticas, peculiares y valiosas del mundo de las letras actual. En palabras del escritor Javier Marías, ‘Las novelas luminosas y desconcertantes de J. M. Coetzee revelan que la verdad es siempre extranjera’.
En su novela Esperando a los bárbaros, Coetzee escribió lo que -a ojos de este lector- representa para él mismo la crueldad inherente de su vocación, la literatura:

Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción… Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.

Coetzee escribió a finales de los setenta una novela que a la postre se convirtió en una seña de identidad de su literatura, En medio de ninguna parte, un libro que llevó a este lector a reflexiones y sensaciones de imposible retorno. Por eso, a renglón seguido, citaré sólo algunos fragmentos de una obra que transpira inspiración, humanidad, genio y desazón:

Alguien tuvo que construir el edificio de la escuela, llenarlo de útiles escolares, poner un anuncio en la sección de anuncios semanales de la Gaceta Colonial para solicitar el concurso de una maestra, recibirla en el apeadero del tren, darle alojamiento en la habitación de invitados de su propia casa, pagar su estipendio correspondiente con objeto de que los niños de este rincón del desierto no crecieran sumidos en la barbarie, sino que fuesen con el tiempo dignos herederos de todas las épocas que nos han familiarizado con la rotación de los cultivos, Napoleón, Pompeya, los rebaños de ciervos que pueblan las heladas extensiones allá lejos, la anómala expansión del agua, los siete días que duró la Creación, las comedias inmortales de Shakespeare, las progresiones aritméticas y geométricas, las claves mayor y menor, el niño que metió el dedo en el arroyo, Rumpelstiltskin, el milagro de los panes y los peces, las leyes de la perspectiva y muchas cosas más.

De esta novela también he rescatado algunas preguntas sin respuestas del autor:

¿Quién, entre nosotros, es la bestia? Mis cuentos, cuentos son; no me asustan; tan solo posponen el momento en el cual he de preguntarme: ¿Es mi propio gruñido lo que oigo entre la maleza? ¿Soy yo la que hay que temer, voraz e inmoderada, porque aquí, en medio de ninguna parte, en donde el espacio irradia de mi interior hacia las cuatro esquinas de la tierra, nada hay que baste para detenerme?
¿Será posible que exista una explicación para todas las cosas que hago, y que esa explicación se encuentre en mi interior, como una llave que tintinea dentro de un bote, a la espera de que alguien la extraiga y la utilice para descerrajar el misterio?
¿Acaso, me pregunto, soy algo más que una mera cosa entre las cosas, un cuerpo propulsado a lo largo del camino por los tendones y las palancas de los huesos, o soy, antes bien, un monólogo que se desplaza a través del tiempo, a unos palmos sobre el nivel del suelo, si es que el suelo no resultara ser simplemente una palabra más, en cuyo caso es evidente que he vuelto a perderme?
¿Qué palabras les tengo reservadas a todos ellos? Separo los labios, se me ven los dientes amarillentos, notan el olor de mis muelas cariadas, se quedan helados cuando ruge sobre ellos el viejo, frío, negro viento que sopla de ningún lugar, de parte alguna, que sopla inacabablemente a través de mí.

En esta novela, En medio de ninguna parte, el Nobel de literatura también desnuda su visión filosófica de la existencia:

El viento sopla por doquiera, surge de todas las rendijas, todo lo transmuta en piedra, en la piedra glacial, gélida hasta en lo más hondo, de las estrellas más remotas, las estrellas que nunca llegaremos a ver, las estrellas que viven su vida de una infinidad a otra, en la oscuridad y en la ignorancia, si es que no las confundo con planetas. Sopla el viento en mi habitación, sopla por el ojo de la cerradura, por las grietas; cuando se abra esa puerta el viento me habrá consumido, me hallaré en la boca de ese negro vórtice sin oír, sin tocar, engullida por el viento en los intersticios que separan los átomos de mi cuerpo, que silba en las cavernas detrás de mis ojos…
Pasa el tiempo, una neblina que se adelgaza, se espesa y se la traga al fin la oscuridad. Lo que considero dolor, aunque no es más que soledad, empieza a apartarse de mí. Se me deshielan los huesos de la cara, vuelvo a ablandarme, un blando animal humano, un mamífero. La campana ha dado con su medida, cuatro golpes suaves, cuatro golpes fuertes, y con esa medida empiezo a vibrar, primero los músculos mayores, luego los más sutiles. Mis penurias me abandonan. Minúsculos bichos que salen de mí y se esfuman

La literatura de Coetzee también invita al lector a ese diálogo interior sin fisuras ni engaños, a que se refleje tal cual ante su propio espejo:

¿Por qué no podemos admitir que nuestras vidas están vacías, tan vacías como el desierto en que vivimos, y por qué nos pasamos la noche contando ovejas o fregando los platos con el corazón alegre? No alcanzo a entender por qué debiera ser interesante la historia de nuestras vidas. Se me ocurren de continuo pensamientos sesgados a propósito de todas las cosas.

La belleza del mundo, según Coetzee:

La belleza del mundo en que vivo me corta la respiración. Del mismo modo, según se lee, caen las escamas de los párpados de los condenados cuando avanzan hacia el cadalso o hacia el tajo del verdugo, y en un instante de gran pureza, aquejados por la pesadumbre que les acusa el tener que morir, dan a pesar de todo gracias por haber vivido. Quizá debiera renunciar a mi lealtad al sol para entregársela toda a la luna.

Pero así como Coetzee se expone sin cesar ante preguntas de hondo calado y, sobre todo, imposible respuesta, este escritor también hace las siguientes afirmaciones:

¡Qué purgatorio es vivir en este mundo insensible, donde todas las cosas salvo yo no pasan de ser meras cosas! Yo sola, la única mota de polvo que no da vueltas a ciegas, la única que intenta crearse una vida propia en medio de esta tormenta de la materia, de estos cuerpos que impulsa solamente el apetito, de esta idiotez rural. Me duele el brazo, no estoy acostumbrada a correr de esta forma, se me escapa un pedo mientras camino. Tendría que haber vivido en la ciudad; la codicia, ese sí que es un vicio que entiendo perfectamente…
¡No es justo! Nacida y arrojada a un vacío en medio del tiempo, no alcanzo a comprender las formas cambiantes. Todo mi talento sirve solamente para la inmanencia, para el fuego o el hielo de la identidad que reside en el corazón de las cosas. La lírica es mi único medio, y no la crónica. Mientras me encuentro en esta habitación no veo al padre y al amo que se muere en su lecho, sino la luz del sol que se refleja en la impía brillantez de su frente perlada de sudor; me llega ese olor que tiene la sangre en común con la piedra, con el aceite, con el hierro, el olor que notan quienes viajan a través del tiempo y del espacio, que inhalan y exhalan en la negrura, la vacuidad, el infinito, ese olor que sienten al pasar a través de las órbitas de los planetas muertos, Plutón, Neptuno, los planetas aún por descubrir, tan distantes como ellos mismos: el olor que despide la materia cuando es tanta la vejez que tan solo prevalece el deseo de dormir. Oh, padre, padre, si al menos me fuera dado conocer tus secretos, traspasar la carcoma de tus huesos, oír el tumulto de tu tuétano, el canto de tus nervios, flotar en la corriente de tu sangre y llegar al fin a ese mar en clama en el que nadan mis incontables hermanos y hermanas, ondeando las colas, sonrientes, susurrándome quién sabe qué, pero a propósito de una vida aún por venir…

Coetzee se desnuda también en su novela Esperando a los bárbaros, en la que escribió uno de los fragmentos más bellos y contundentes de su literatura, con la que a pesar de haber sido transcrita antes, me gustaría finalizar este artículo, hecho a modo de homenaje a un escritor que tengo presente, sin remedio, a diario:
Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción.
Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.

https://www.babab.com/no22/coetzee.php

http://edit.um.es/campusdigital/el-premio-nobel-john-coetzee-lee-fragmentos-ineditos-de-su-obra-en-la-umu/

África uno compilación de textos sobre literatura africana

Es un agregado para los lectores que estén interesados en darle una mirada de lejos a lo que actualmente se escribe en áfrica. Espero que pueda serles útil a los curiosos, amantes de las letras o estudiantes cuyo tema haya sido África.

Revocación de Imbolo Mbue -Camerún-

Siete cuentos morales de Coetzee

J.M:Coetzee fragmento

La flor púrpura de chimamanda Ngozi

John M. Coetzee, segundo premio novel de África

Wole Soyinka  Aké (fragmento)

Primer Novel africano:Wolw Soyinka

Un grano de trigo frag de Ngugi Wa Thiong´o

Conociendo a Ngugi wa Thiong’o, entrevista

Cinco autores para aproximarse a la literatura africana

Africa_subsahariana

Recomendaciones del «País»

Murambi, el libro de los huesos de Boubacar Boris Diop. Editorial 2709books (digital) y Wanafrica (papel). Trad. Mireia Porta i Arnau.

Abril, 1994. Ruanda se rompía, hace 25 años, ante la mirada esquiva del resto del planeta. Boris Diop partiendo de su confesión sobre su propio desconocimiento escribe una novela sobrecogedora, lúcida y profunda. El mundo miraba a otra parte mientras morían asesinadas más de 800.000 personas en cinco semanas. «Siempre ocurría tan lejos», explica uno de los personajes al comienzo de la novela en países al otro lado del mundo… «Pero en aquel principio de abril de 1994, el país al otro lado del mundo era el mío».

Mi carta más larga de Mariama Bâ. Wanafrica. Trad. Sonia Marín Pérez.

Imposible de conseguir desde hacía mucho tiempo, pocas novelas provenientes del continente africano han sido tan demandadas como esta (traducida también a euskera bajo el título Hain gutun luzea). La senegalesa apenas escribió otra obra más, inédita en castellano Le Chant écarlate, pero Mi carta más larga fue suficiente para colocarla en la cima de las letras africanas y en el centro de nuestro corazón lector.

Algún día escribiré sobre África de Binyavanga Wainaina.Sexto piso. Trad. Jesús Gómez Gutiérrez.

Murió este mismo año el escritor, el incombustible e inesperado pertrechador de nuevas ideas e imágenes originales que hacían virar nuestro confortable punto de vista. Pero nos deja sus brillantes memorias (incompletas ya), donde descubría, retorciendo la vida, lo cotidiano y maravilloso que puede ser todo. En ellas un joven Wainaina anunciaba que iba a aprender giyuku (para hacer ”magníficos anuncios descolonizados sobre la Coca-Cola”. Dicen que le han visto por ahí bailando con Brenda Fassie.

Época de migración al norte de Tayeb Salih. Huerga y Fierro Editores y Alcor.

Escrita en árabe, su autor, originario de Sudán, tenía en mente contar un asesinato. La novela final nos habla de dos mundos, mientras nos sumerge en una trama llena de sensualidad y en la que la se leen dedicatorias como esta, máxima atención: “A todos los que ven con un solo ojo y hablan con una sola lengua, a aquellos para quienes las cosas sólo son blancas o negras, orientales u occidentales”.

Continuar con la liga

 

 

https://elpais.com/elpais/2019/07/11/africa_no_es_un_pais/1562836732_219748.html

Mariana Bá

Autora de Mi carta más larga, una de las tres novelas más importantes de la literatura africana, Mariama fue de las primeras escritoras en ofrecer una descripción de la condición de la mujer africana.

Nació en Dakar en 1929 dentro de una familia acomodada. Fue criada por sus abuelos, en un medio musulmán tradicional, ya que su madre murió cuando ella era muy niña. Esto hizo que desde muy tempranan edad se mostrara crítica con un sistema que la discriminaba por el simple hecho de haber nacido mujer y le negaba una educación por la que tuvo que luchar, ya que sus propios abuelos no creían que una mujer debiese recibir educación.

Su padre fue Ministro de Salud en 1956. Finalmente estudió en la Escuela Normal de Rufisque donde, en 1949, obtuvo el título de maestra de enseñanza primaria. Ejerció durante doce años llegando a ser inspectora escolar regional.

Fué esposa del diputado Obèye Diop con el que tendría 9 hijos y del cual se divorciaría años más tarde. Pionera en la lucha de los derechos de la mujer, participó en diversas organizaciones de mujeres y escribió artículos en periódicos locales. De delicada salud, murió de cancer en 1981.

Publicó su primera novela Une si longue letter [Mi carta más larga] (1979 y Premio Noma 1980) cuando tenía 51 años y trata de las confidencias de una viuda senegalesa, Ramatoulaye, a su mejor amiga, Aïssatou, divorciada, que ha dejado su país. Entre la resignación y la voluntad de cambiar su vida, el lector accede a un retrato íntimo sobre la condición femenina en África, en especial la injusticia y el desamor que comprende la poligamia y realiza una crítica ante temas como el sistema de castas, la familia o la religión.
Une si longue letter está traducida al castellano como Mi carta más larga (Ed. Zanzibar, 2005) y en catalán por Takusán Ediciones. Está considerada como una de las tres novelas más importantes de la literatura africana.

Su segunda novela, Un chant écarlate [Canto escarlata] (1981) trata del fracaso de un matrimonio interracial entre Ousmane, un humilde joven senegalés musulmán y Mireille, la hija de un diplomático francés, ambos estudiantes de filosofía en la Dakar de los años 80.

Es la primera escritora senegalesa en ofrecer una descripción, con una lucidez extraordinaria y un decir poético, la condición de la mujer africana, la ausencia de derechos y la poligamia.

http://www.casafrica.es/detalle-who-is-who.jsp%3FPROID=70620.html
Mariama Bâ publicó esta su primera novela cuando tenía cincuenta y un años. A menudo se habla sobre los escritores que comienzan jóvenes, pero apenas se resaltan los que lo hacen a una edad más avanzada. Son los escritores del no en sentido contrario, los que se mantuvieron en silencio durante largos años, antes de decidirse a escribir. Ella lo hizo tarde, ya casi a las puertas de la muerte, y apenas tuvo tiempo de publicar otro libro en vida, dejando su segunda novela concluida poco antes de fallecer.
Mi carta más larga, es un libro que habla sobre la condición de la mujer en Senegal, es cierto, pero en su breve extensión trata con acierto un buen número de temas. No quiero repetir lo que ya se ha dicho y observado en múltiples críticas y reseñas realizadas sobre la obra. Prefiero limitarme a resaltar las dos o tres ideas más poderosas que me han quedado tras la lectura del libro.
A resaltar que las dos protagonistas, mujeres africanas, son mujeres que han decidido, en el ámbito personal ante la poligamia impuesta por sus respectivos maridos. Aïssatou, ante la aparición de la segunda esposa en su vida conyugal, decide abandonar al hombre y marcharse al extranjero. Ramatoulaye, permanecerá a su lado, pero irá dando a conocer sus razones y su cambio de actitud vital como mujer, como esposa y como senegalesa.
Por un lado, la protagonista realiza un ejercicio de introspección, durante el largo período de duelo, vuelve la vista a su vida pasada y va desgranando las causas y las razones que la han llevado hasta la situación actual en la que se encuentra, abandonada tras haber realizado con rectitud el papel que se supone corresponde a toda mujer (en este caso, dentro de la sociedad senegalesa, musulmana): cuidar al marido, tener hijos, trabajar en el hogar: “Su comportamiento está condicionado: una cuñada no toca la cabeza de una esposa que ha sido cicatera, infiel o ha faltado a la hospitalidad” (pág.12). Cuando el marido decide tomar otra esposa (poligamia) es cuando Ramatoulaye se ve obligada a ponerse delante del espejo. Su capacidad para sobreponerse a la situación, hasta el punto de no optar ni por culpar a la segunda mujer (una joven a la que su propia familia ha obligado a casarse con un hombre mucho mayor que ella, un ser roto e infeliz) ni por encerrarse en si misma y lamentar su suerte. Ramatoulaye desafía al mundo, rechazando sucesivos pretendientes, “no conformándose”, sintiendo que ha de erigirse en dueña de su propio destino.
Por otro lado, la narración nos va adentrando en una nueva época, con nuevos tiempos que ha traído la independencia de su país, la protagonista contempla la actitud de sus hijas que la llevan por otros caminos, una modernidad que viste pantalones y mantiene relaciones sexuales libres antes del matrimonio, o que comparte las tareas entre los dos, creando una unidad, una vida en pareja que se complementa. Una de sus hijas sopesará, incluso, la posibilidad de dar el paso a la política, idea que después descartará: “No quiero hacer política, no porque no me interese el futuro de mi país ni el de la mujer, pero al ver los forcejeos estériles en el seno de un mismo partido y las ansias de poder de los hombres, prefiero abstenerme” (pág. 114)
Desde la primera línea, el tono de la novela es el de la confidencia. Sientes que Ramatoulaye está abriendo su ser más íntimo a su mejor amiga, y el lector se siente testigo de estas confesiones. Ese aire intimista, delicado, poético, que alterna entre lo amargo y lo dulce, lo reivindicativo y lo cruel, no cesa en ningún momento. Nos hace partícipes de una vida que intenta ser vivida en plenitud, a pesar de los obstáculos, las tristezas y los sinsabores, una vida que se nos muestra abiertas las puertas de par en par, con esperanza en lo que vendrá.
Deformar un alma es tan sacrílego como un asesinato. Los profesores-tanto los del jardín de infancia como los de la universidad-forman un ejército noble de las proezas cotidianas, nunca cantadas, nunca condecoradas.Mariana Ba

Leonora Miamo:»África subsahariana es una fabricación europea…

Quiero decir que Europa la recortó en 1885 y se la apropió para su bienestar en la Conferencia de Berlín, sin consultar a los pueblos subsaharianos»
La premiada novelista camerunesa radicada en Francia se refiere en esta entrevista al rol de África en la formación intelectual de Europa durante la Antigüedad y, respecto del drama de los migrantes, asegura: “África subsahariana es una fabricación europea. Quiero decir que Europa la recortó en 1885 y se la apropió para su bienestar en la Conferencia de Berlín, sin consultar a los pueblos subsaharianos. Desde entonces ella es una pieza esencial de la industrialización, de la prosperidad europeo-occidental”.
Nacida en Camerún en 1973 y residente en Francia desde hace 26 años, la novelista Léonora Miano ha obtenido recientemente una gran cantidad de premios literarios, entre los que se cuentan el Femina, el Goncourt des Jeunes y el Grand Prix du Roman Áfricain. Desde El interior de la noche fue considerada como una revelación y comenzó, a través de una producción voluminosa, a integrar en el público los imaginarios de África de un modo logrado. En sus páginas, la narración novelística propiamente tal se conjuga con los temas identitarios, los discursos de mujeres, la peripecia de la inmigración y la compleja relación con Occidente, tanto en el plano simbólico como político y económico.
La novela La estación de la sombra (La saison de l’ombre, 2013) tiene que ver con la trata de esclavos y está escrita desde una perspectiva inédita, y con una prosa deslumbrante: luego de un incendio sin causa aparente, desaparecen 10 muchachos en una aldea y el relato se centra en las madres y parejas que los buscan. Se hablará entonces con un ritmo recurrente de “aquellas cuyos hijos no han sido encontrados”, como leit motiv del texto que a cada mención va pesando más en el lector. Una nube negra se cierne sobre la casa en que se las encierra como ritual de purificación, para que no contaminen con su dolor al clan: “La sombra es la forma que toma el silencio”, se lee a modo de explicación.
En Crepúsculo del tormento (Crèpuscule du tourment, 2016), la palabra la tienen cuatro mujeres que hablan a un mismo hombre, divagando sobre su existencia erótica y sus identidades marcadas por una formación disciplinadora. Es una novela coral, de escritura elaborada y alcance mayor.
Como en el caso latinoamericano, lo que se puede llamar “literatura” africana no responde solo en parte a los cánones occidentales. Se trata de una historia cuya densidad está formada por un conjunto de sistemas literarios traspasados por el estigma colonial: hay una literatura oral mucho más antigua que la europea, marcada por la densidad histórica de esas culturas, tanto en el mundo árabe como en el área subsahariana, y de literaturas escritas en lenguas europeas atravesadas por procesos de transculturación complejos. Hoy llegan hasta nosotros en francés, inglés, portugués o español. Llegan en lenguas europeas subvertidas por el universo mítico e histórico de sus culturas originarias. Hoy se hacen escuchar en el centro y entregan el impulso vitalizante de las periferias, reconocido por Occidente en el caso de Wole Soyinka y su premio Nobel. Si queremos comprender qué sucede en estos universos, a la vez lejanos y próximos, vale la pena leer esta literatura que nos llega y que ya comienza a ser valorada en su justa dimensión.
—África ha conocido un impulso importante en su mundo intelectual, evidente a nivel internacional a partir de la descolonización. ¿Qué piensa usted del desarrollo actual de la literatura africana?
La actividad intelectual de África es milenaria. En especial ella nutrió a los pensadores de la Grecia antigua, quienes se instruyeron en Egipto. Y la civilización egipcia de la época era absolutamente africana. Más allá de este espacio, el continente africano ha producido numerosas formas de escritura y de conocimiento en muchos campos. Es por desconocimiento que se percibe como inexistente o reciente este rico patrimonio, ya que la imagen de África, para todos, se construye a partir de las conquistas europeas de los siglos XV y XVI. Sin embargo, es a África que el mundo debe el nacimiento del género humano y, por ende, del pensamiento. Basta con aproximarse con un poco de seriedad al tema para darse cuenta. El período colonial no marca el acta de nacimiento de África. Para mí, está sobre todo la literatura, y en la literatura el universo de los autores. Si se entiende por literatura africana a la novela, tal como ha sido producida por los autores subsaharianos, esta es una forma nueva para nosotros.
“Es por desconocimiento que se percibe como inexistente o reciente este rico patrimonio, ya que la imagen de África, para todos, se construye a partir de las conquistas europeas de los siglos XV y XVI. Sin embargo, es a África que el mundo debe el nacimiento del género humano y, por ende, del pensamiento”.

—¿Por qué es un género nuevo?

La novela es un formato europeo; los demás espacios culturales del mundo han tenido siempre modos diferentes de contar historias. En el continente africano, el más antiguo y el más vasto del planeta, nosotros contamos historias desde tiempos inmemoriales y de acuerdo a diferentes modalidades. Hablar de surgimiento de la literatura subsahariana a partir de la descolonización, es arrimar la expresión literaria de este espacio a su encuentro con una Europa conquistadora y leer sus avances en relación con esta. En realidad, no se habla de las producciones subsaharianas sino del interés que tienen ahora por regiones de las que antes no se preocupaban mucho. El crecimiento de este interés no se limita solo a la literatura. Pienso que se debe a la importancia que toma el continente africano en las proyecciones que hacen los occidentales y los otros en relación con su propio futuro. La población del continente es joven, crece, y constituye un mercado del que cada uno espera sacar beneficios. Los recursos del continente son abundantes y necesarios para el desarrollo económico, recursos de los que no disponen ellos. Las tierras subsaharianas también atraen envidias. La relación con África, la capacidad de aprovechar sus recursos –humanos y materiales– va a depender también del conocimiento que se tenga de esta región del mundo. Ahora bien, la literatura subsahariana no se percibe como un arte, sino como un instrumento que permite acceder a la intimidad, al pensamiento de las poblaciones que ella describe. También reviste aquello que es diferente, tomando a veces un carácter exótico, y permite a algunos visitar África con la imaginación. Sean de donde sean, a los humanos les despierta curiosidad lo que es diferente, tomando siempre precauciones para no ponerse en peligro. Leer una novela que tenga como telón de fondo África permite explorar desde el sillón de su casa, evitando verse confrontado con los conflictos, las enfermedades o la pobreza, todos esos males que una perspectiva eurocéntrica del mundo considera ser intrínsecos al continente africano. Mi experiencia me ha enseñado que muy poca gente lee estas obras reconociendo allí su propia humanidad.

 

—¿Cuál es el papel de las mujeres escritoras en este desarrollo? ¿Cuál es su experiencia?

Ignoro si las mujeres tienen un papel especial que jugar en este campo específico. Ellas ocupan escasamente el primer plano, como en todas partes por lo demás. No creo que deba indicar el valor de mi contribución. Mis textos ponen de relieve figuras subsaharianas y afrodescendientes. Me parece difícil hacer una referencia a ellos para la literatura llamada africana, si por esta última entendemos solo la del continente.

 

—En sus novelas se percibe la presencia de la lengua y la cultura francesas, al igual que el espesor de la cultura africana. Usted tiene la experiencia, como los escritores de América Latina, de situarse en un campo de entreculturas. ¿Puede transmitirnos su experiencia personal?

Escribo en francés, pero no escribo francés, ello no me sería posible. Mis libros están publicados en Francia, pero pocos franceses encuentran allí su visión de la novela y no se ven inmediatamente reflejados. La mayoría estaría sorprendido de escuchar que se encuentra allí su cultura. Eso depende de los textos y de lo que yo tengo que decir allí. La estación de la sombra, por ejemplo, es una novela subsahariana escrita en francés. Escrita según la visión de mundo de sus personajes, ella destaca una sensibilidad subsahariana precolonial. Hoy no me percibo como una autora que oscila entre dos culturas, sino como una que habita una, la mía, que es mixta como lo son todas hoy. Subsaharianos y europeos del oeste, sobre todo en países como Francia, han penetrado profundamente en su carne unos con otros, sea cual sea el modo como esto se ha producido. Europa tiene todavía que descolonizar su imaginario y su palabra, con el fin de valorizar el modo como ella se ha modificado en su encuentro con África. Por nuestro lado, tenemos menos complejos. Mi literatura es sobre todo una expresión de esta ausencia de complejos. Ella no disimula ni teme a ninguno de sus compuestos.
“La relación con África, la capacidad de aprovechar sus recursos –humanos y materiales– va a depender también del conocimiento que se tenga de esta región del mundo. Ahora bien, la literatura subsahariana no se percibe como un arte, sino como un instrumento que permite acceder a la intimidad, al pensamiento de las poblaciones que ella describe”.

 

—Usted ha utilizado el término “afropeo” (afropéen). ¿Puede explicar al público chileno su significación?

Antes de responder debo precisar que este término no se aplica a mí. Se llama afropea la etnicidad de las personas que han nacido o crecido en Europa, pero que tienen lazos subsaharianos marcados en distintos grados. Los afropeos constituyen una categoría de la familia afrodescendiente, aquella en la que Europa es el espacio de referencia. La importancia de esta denominación reside en la necesidad de hacer patente la experiencia de las personas concernidas. Un afropeo no es un afroamericano ni un africano en sentido estricto. Los estudios afrodiaspóricos deben dar un espacio a estos grupos humanos, lo que comienza por nombrarlos convenientemente. Desde mi punto de vista, el término afropeo vehicula una utopía difícil aún de actualizar en un mundo en donde, como se ve, el racismo no baja la guardia. Abarcar en un mismo movimiento todas esas pertenencias y abolir las posturas nacionalistas no es algo fácil. Sin embargo, eso constituye la originalidad de la propuesta afropea.

 

—Residiendo en Francia hace 30 años, pero habiendo nacido en Camerún, ¿cómo ve actualmente el fenómeno de las migraciones subsaharianas?

Vivo en Francia desde el año 1991. Aún no hace 30 años… La cuestión migratoria tal como es vivida por los subsaharianos habla de la manera como el continente se ha desestructurado desde el período de la Deportación Transatlántica hasta la era actual. Esto expone también el drama de poblaciones cuya estima ha sido destruida y que han aprendido a considerar que su continente no vale mucho. Muchos países subsaharianos están gobernados por individuos que roban los bienes del Estado para invertir en Occidente las sumas de las que se apropian. En tales condiciones uno no vería por qué los subsaharianos, sabiendo que su fortuna está en Occidente, no se irían para allá. En el fondo, están en su lugar. Ya han pagado para ello. El África subsahariana, tal como la conocemos hoy, es una fabricación europea. Quiero decir con esto que Europa la recortó en 1885 y la apropió para su bienestar en la Conferencia de Berlín, sin consultar a los pueblos subsaharianos. Desde entonces ella es una pieza esencial de la industrialización, de la prosperidad europeo-occidental.

 

—¿Se detendrán o regularán las migraciones?

Para que los subsaharianos permanezcan en su suelo ancestral y se desarrollen allí, es necesario que se lo vuelvan a apropiar y creen allí su propio modelo de civilización, su manera propia de manifestar una pertenencia al mundo moderno. Nada los obliga a pavimentar sus ciudades, a ceder al transhumanismo o a una industrialización cuyos excesos devastan el planeta. África debe volver a ser su propio centro y dejar de ser determinada en función de mandatos civilizatorios externos. Este objetivo no se alcanzará mientras los gobernantes de los países subsaharianos se inscriban en políticas que apuntan a imponer en África concepciones mal adaptadas a las necesidades y a la sensibilidad de las poblaciones locales. Y en este mundo globalizado, un mundo en donde se enfrentan grandes espacios, la urgencia es la instalación de políticas pan africanistas, que apunten a unificar el continente para permitirle tener mayor peso en sus relaciones con los demás. Eso tomará tiempo: la alienación es aún demasiado feroz y los depredadores permanecen muy activos. Sin embargo, esta idea está en marcha y corresponde a los deseos de la juventud subsahariana contemporánea.

Léonora Miano: “La actividad intelectual de África es milenaria”

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Leonora Miano Frag. Camerun

“Intercambiaron sus nombres mientras hacían estas confidencias. Habían evitado tácitamente hacerlo hasta entonces por prudencia. Revelar el nombre a alguien es confiarle una parte preciosa de sí mismo, desnudarse ante él”.
“Se pone a cantar la canción que tarareaba al coger a su hijo en brazos. Canta, pronuncia el nombre del muchacho varias veces: Mukudi, así se llama. Pronunciar su nombre la tranquiliza. Ni por un momento piensa en que haya fuerzas ocultas que puedan adueñarse de su vibración al nombrarlo. Esta creencia, una de las más arraigadas en la comunidad, le parece de pronto una estupidez. El hecho de ser nombrado es lo que hace existir a lo que vive. Al enunciar el nombre del hijo mayor, lo trae de vuelta a casa y consolida su presencia”
“El día está declinando. El sol se ha puesto sus atuendos femeninos para convertirse en Enange, bañar la tierra con un suave resplandor y retirarse discretamente de la mirada de los humanos. Dejar paso a la noche. Entonces, emprenderá su travesía por el mundo subterráneo y reaparecerá tras haberse enfrentado, y después derrotado, al monstruo llamado Sipopo”.

Datos Biográficos

Léonora Miano nació el 12 de marzo de 1973 en Douala, Camerún. Se mudó a Francia en 1991, y allí estudió literatura estadounidense, primero en Valenciennes y después en Nanterres. Empezó a escribir poesía a los 8 años de edad, pero fue en la adolescencia que se aventuró con las novelas. Su primera publicación fue L’intérieur de la nuit, traducida al español como El interior de la noche, que ganó varios premios: el Revelación de La Forêt des Livres en 2005, el Louis Guilloux, el Montalembert y el René Fallet en 2006 y, entre otros, el Goncourt des Lycéens también en 2006. Ese mismo año publicó Contours du jour qui vient, y en 2009 Les Aubes écarlates. En 2011 recibió el Gran Premio Literario del África Negra, por las obras Blues pour Elise y Ces âmes chagrines. En total, de acuerdo con Casa África, Miano ha publicado hasta ahora seis novelas, dos recopilaciones de textos, una compilación de conferencias, una obra de teatro y un repertorio de canciones. En español se pueden conseguir tres de sus libros: El interior de la nocheLa estación de la sombra Vivir en la frontera.

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Leila Slimani: “El hogar es un espacio político, de violencia y de combate”

La ganadora del Goncourt retrata en su cruda ‘En el jardín del ogro’ la vida de una mujer adicta al sexo

Barcelona, 01022019.Entrevista a la escritora Leila Slimani. (Foto: JUAN BARBOSA)
Barcelona, 01/02/2019.Entrevista a la escritora Leila Slimani. (Foto: JUAN BARBOSA) JUAN BARBOSA EL PAÍS

Leila Slimani perturba. Dos veces: por la contundencia de lo que dice; por la serenidad, tan bella como fría, desde donde lo hace. Así son también sus novelas. En la más famosa, el thriller Canción dulce (premio Goncourt, 2016; primera mujer magrebí en ganarlo), inquieta Louise, niñera casi tan perfecta como Mary Poppins, una cara que es “un mar en calma, del que nadie sospecharía los abismos que encierra”; invisible e indispensable, invadirá la casa donde trabaja hasta inundarla de puro dolor. En su obra anterior, El jardín del ogro (su primera novela, que ahora publica en España también Cabaret Voltaire), Adèle, en principio felizmente casada y con un hijo (aunque la maternidad se intuye como estrategia para cortar la tentación de una huida hacia adelante), enlaza un coito salvaje con otro con el primero que encuentra (“no sentía deseo. A lo que aspiraba no era a la carne sino a la situación”).

Hay concomitancias entre aquella Louise y esta Adèle: una pequeña altivez, una vida muy matemática; un hablar parco de frases breves… “Son personajes que no puedo escribir con estilo lírico, piden esa cierta distancia sentimental, algo seco; eso me ayuda también a no juzgarlas. ¿Por qué son así? No percibí las coincidencias; a mí me obsesiona la soledad y para ellas es muy importante: están solas porque no hablan, no se comunican bien con los demás, tienen el convencimiento de que los otros no las entienden ni las van a entender nunca; son mujeres que tienen la sensación de estar solas en el mundo, como los personajes de Albert Camus”, retrata la escritora franco-marroquí, de visita en Barcelona.

TRAS LA INFLUENCIA DE MBAPPÉ

Leila Slimani se va por las mañanas al cine y escribe durante el mediodía. Mientras está con un libro, no lee nada, para que no le influya, dice. “La excepción es Marguerite Duras; no sé por qué, me calma, es lo único”, dice antes de enumerar de corrido a su amados autores rusos y a Toni Morrison y Joyce Carol Oates. Nombrada en noviembre de 2017 representante personal de Emmanuel Macron para la Francofonía (“lo que abordamos queda entre nosotros”) y asidua en los medios, una revista francesa la declaró la persona más influyente de Francia… tras el futbolista Mbappé. “No sigo esas cosas; pero hace unos meses vinieron a verme una chica y un chico homosexual marroquís para ver cómo podían cambiar sus circunstancias; ‘nos gustaría hacer como tú, tener la libertad de tus personajes’, me dijeron; esa influencia sí me interesa”.

Slimani (Rabat, 1981) cita al autor de El extranjero, pero cuando leía En el jardín del ogro, la madre de la escritora (médico, laica como su marido, banquero) le dijo a su hija que le pareció “una Madame Bovary X”. “Es cierto que la temática es un poco trashy cruda y sí, como en la de Flaubert, el marido de Adèle es médico y también viven en Normandía… La escribí pensando en tres personajes: Anna Karenina, Madame Bovary y la Thérèse de François Mauriac; es la mujer burguesa que se aburre y que busca la pasión, que en su caso encuentra en el sexo”. Aunque ni ese frenesí la llena: “Tampoco creo que le ocurra al alcohólico que bebe y bebe o al ludópata que juega sin cesar; ella podría hacer el amor con la humanidad entera y no hallaría satisfacción”. Pero, en cambio, sí parece que el sexo sirve para abolir códigos sociales y legales, lo que emparentaría En el jardín del ogro con el mensaje de la obra de Virginie Despentes. “El sexo es un arma revolucionaria en la medida en que en el sexo todo el mundo es igual, ahí no hay clases sociales; cuando dos personas están juntas unidas por el sexo, mientras mantienen relaciones sexuales todos los códigos sociales desaparecen; uno está fuera de todo rol: sólo es el momento del sexo”.

Adèle, en algunos momentos de una novela de ritmo y prosa cortante que son marca de la casa, da la imagen de una mujer que es también sujeto de provocación sexual, algo que quizá no encajaría en los patrones de movimientos como el Me Too. “Entiendo y acepto el Me Too porque está al lado de los derechos de la mujer, pero no debe interferir en la moral de la sexualidad femenina; toda mujer ha de hacer el amor como quiera y escoger el tipo de erotismo que le plazca; no hay moral para eso. El Me too no entra en mi habitación; en la pareja, si están de acuerdo, hacen lo que quieren; aquí, la clave es el consentimiento”, dice la autora de Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos, en el que recoge crudos testimonios de mujeres de su país, donde el adulterio se penaliza con dos años de cárcel; la actos homosexuales, con tres, y “los que tienen algún poder sostienen el mismo discurso: ‘Haced lo que queráis, pero a escondidas’”.

Aunque quiso estudiar psiquiatría, Slimani, afincada en Francia, rehúye calificar a sus protagonistas, y menos de depresivas: “La psicología de mis personajes se traduce a través de sus actos, se definen por lo que dicen o hacen; pero me gusta que el lector pueda imaginar cualquier cosa con ellos”. Suelen estar encuadrados en matrimonios pequeñoburgueses con hijos, consumiéndose en su autoexplotación laboral: “Están cansados porque están siempre en diversos planos de la vida a la vez y eso es fatigante incluso físicamente; la mayoría de las parejas que conozco están así y en un contexto de crisis, viviendo peor que sus padres al perder poder adquisitivo; es una parte de la sociedad que tiene buenas intenciones, pero que no pueden aplicarlas”.

Se mueven, además, en una violencia latente de baja intensidad y con una sensación angustiosa: uno mismo puede introducir el mal en su propio domicilio. “Hoy, la casa, lo doméstico, es el primer lugar de violencia en el mundo; el hogar es el lugar de la violencia: de hombres sobre mujeres, de padres sobre hijos, de señores sobre el servicio doméstico…. Existe la creencia de que el hogar es un lugar de ternura, de paz y, en cambio, es un espacio político, de combate”, admite. Con El jardín del ogro, pero sobre todo con Canción dulce, Slimani quería demostrar que “la violencia existe por todas partes y que es silenciosa, muchas veces no se ve: violencia es una palabra que se dice, un gesto que se hace, una sonrisa cuando no toca… son pequeñas cosas la que la generan también, no todo es un hombre que se levanta por la mañana y le pega un tiro a su mujer”.

También tiene su punto tristemente agresivo la reducción del amor a “solo paciencia, una paciencia devota, ferviente, tirana, optimista contra toda razón”, como escribe. “El amor, el sentimiento amoroso, no se puede mantener demasiado… Me intimida escribir sobre el amor; es más fácil hacerlo sobre sexo”, dice. Perturbador

https://elpais.com/cultura/2019/03/30/actualidad/1553963847_769991.html

Volver a casa Ya Gyasi

Effia
La noche que nació Effia Otcher, rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante, un fuego hizo estragos en el bosque, junto a la casa de su padre. Avanzó de prisa y se
abrió camino durante varios días. Vivía del aire, dormía en cuevas y se escondía en los árboles. Quemó todo aquello que encontraba, sin preocuparse por la devastación que dejaba a su paso, hasta llegar a una aldea asante. Allí desapareció y se fundió con la oscuridad.
Cobbe Otcher, padre de Effia, dejó a su primera esposa, Baaba, con la recién nacida para evaluar las pérdidas de la plantación de ñame, el preciado cultivo conocido a lo largo y
ancho de su tierra por ser el sustento de tantas familias. Cobbe había perdido siete plantas, y sentía cada pérdida como un golpe que recibían los suyos. Supo entonces que el recuerdo de aquel fuego que había huido después de arder lo acosaría a él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos mientras su linaje perviviera. Al regresar a la choza de Baaba encontró a Effia, la hija de la noche de las llamas, desgañitándose. Miró a su esposa y le dijo:
—Jamás volveremos a hablar de lo que ha ocurrido hoy.
Empezó a rumorearse entre los aldeanos que Effia había nacido del fuego y por ese motivo Baaba no tenía leche. La amamantó la segunda esposa de Cobbe, que tres meses
antes había dado a luz a un varón. Al principio Effia no se agarraba al pezón, pero cuando lo consiguió apretaba tanto las encías que le desgarraba la piel, de manera que la mujer acabó teniendo miedo a alimentarla. Así la niña perdió peso y se convirtió en un pellejo lleno de huesecitos de pájaro, con un gran agujero negro por boca, de donde salía un llanto hambriento que resonaba por toda la aldea, incluso los días que Baaba hacía cuanto podía por sofocarlo cubriéndole los labios con la palma áspera de la mano izquierda.
«Quiérela», le había ordenado Cobbe, como si el amor fuese un acto igual de sencillo que coger comida de un plato de hierro y llevársela a la boca. Por las noches, Baaba soñaba
con dejarla en la negrura del bosque para que el dios Nyame hiciera con ella lo que quisiese.
Effia creció. El verano después de su tercer cumpleaños, Baaba tuvo su primer hijo varón. Lo llamaron Fiifi, y estaba tan rechoncho que en ocasiones, cuando Baaba no miraba, Effia lo hacía rodar por el suelo como una pelota. La primera vez que su madre le permitió sostenerlo en brazos, se le cayó: el bebé rebotó sobre las nalgas, aterrizó de vientre y miró a los que estaban en la habitación sin saber si debía llorar  o no. Decidió no hacerlo, pero Baaba, que en ese momento removía el banku, alzó el cucharón y golpeó con él la espalda desnuda de Effia. Cada vez que levantaba el utensilio del
cuerpo de la niña, le dejaba pedazos calientes y pegajosos de masa que le quemaban la piel, y cuando Baaba hubo acabado, Effia lloraba y chillaba, cubierta de llagas. Desde el
suelo, rodando sobre el vientre de un lado al otro, Fiifi miraba a Effia con ojos como platos, pero sin hacer ningún ruido.

Al regresar a casa, Cobbe encontró a sus otras esposas curando las heridas de Effia y de inmediato comprendió lo que había ocurrido. Baaba y él discutieron hasta bien entrada
la noche, y mientras tanto Effia los oía a través de las finas paredes de la choza. Tumbada en el suelo, la niña dormitaba con fiebre. En sus sueños, Cobbe era un león, y Baaba, un
árbol. El león arrancaba el árbol de la tierra donde estaba  plantado y lo lanzaba contra el suelo, y cuando éste protestaba estirando las ramas, se las arrancaba una a una. Tendido en la arena, el árbol empezaba a llorar hormigas rojas que descendían por entre las grietas de la corteza y se acumulaban sobre la tierra mullida, alrededor de la copa.
Y así empezó el ciclo. Baaba pegaba a Effia. Cobbe, a Baaba. A la edad de diez años, la niña podía recitar la historia de las cicatrices que llevaba en el cuerpo: el verano
de 1764, cuando Baaba le partió unos ñames en el espinazo; la primavera de 1767, cuando Baaba le aplastó el pie con una piedra y le rompió el dedo gordo, que jamás volvió a apuntar hacia el mismo lado que el resto. Todas las cicatrices de Effia tenían una réplica en el cuerpo de Baaba, pero eso no impedía a la madre apalear a la hija, ni al padre apalear a la madre.
Que Effia estuviera convirtiéndose en una mujer bellísima  sólo empeoraba las cosas. Cuando tenía doce años le crecieron los senos: dos bultos que le nacían del pecho, suaves como la pulpa de mango. Los hombres de la aldea sabían que pronto le vendría la primera sangre y esperaban la oportunidad para pedir su mano a Baaba y Cobbe. Los regalos no tardaron en sucederse: uno de los hombres recolectaba vino de palma mejor que cualquier otro, y las redes de pesca de otro vecino jamás aparecían vacías. A punto de hacerse mujer, Effia proporcionaba a la familia de Cobbe un festín tras otro. Ni sus tripas ni sus manos estaban nunca vacías.

En 1775, Adwoa Aidoo fue la primera chica de la aldea a la que uno de los soldados británicos pidió en matrimonio. Tenía la piel clara y la lengua afilada. Por las mañanas, después de bañarse, se frotaba manteca de karité por todo el cuerpo, debajo de los pechos y entre las piernas. Effia no la conocía bien, pero un día que Baaba la había mandado llevar aceite de palma a la choza de la joven, la había visto desnuda. Tenía la piel brillante y lisa, y el pelo majestuoso.

El día que aquel hombre blanco llegó por primera vez, la madre de Adwoa encargó a los padres de Effia que le enseñasen el pueblo mientras la muchacha se preparaba
para él.
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó Effia.
En ese momento corría tras ellos y oyó el «no» de Baaba por un oído y el «sí» de Cobbe por el otro. Ganó el oído de su padre, y pronto se encontró ante el primer hombre blanco
que veía.
—Se alegra de conocerte —dijo el intérprete al tiempo que el hombre blanco ofrecía la mano a Effia. Ella no se la aceptó, sino que se escondió detrás de la
pierna de su padre y lo observó desde allí. El blanco llevaba una chaqueta con una hilera reluciente de botones de oro tirantes por la presión de la panza. Tenía la cara roja, como si en lugar de cuello tuviese un tocón ardiendo; estaba gordo, y de la frente y del labio le caían grandes gotas de sudor. A Effia le recordó a una nube cargada de lluvia: pálido, húmedo e informe.
—Le gustaría ver la aldea, por favor —dijo el intérprete,
y se pusieron en marcha.
La primera parada fue delante de la casa de Effia.
—Aquí vivimos nosotras —anunció la niña al hombre blanco, y él sonrió embobado, con los ojos verdes envueltos en una neblina. No comprendía. Incluso después de que el intérprete se lo tradujera, seguía sin entender.

Cobbe cogió a Effia de la mano y, junto con Baaba, guió al hombre blanco por el recinto.
—En esta aldea —explicó Cobbe—, cada esposa tiene su choza. La comparte con sus hijos. Las noches que el marido debe pasar con ella, la visita en su casa. A medida que le traducían aquello, la mirada del hombre blanco fue aclarándose y de pronto Effia se dio cuenta de que ahora lo contemplaba todo con nuevos ojos. Por fin veía las paredes de adobe, la paja de la techumbre. Continuaron el paseo por el pueblo y le enseñaron la
plaza, las pequeñas barcas de pesca que construían vaciando troncos de árbol y que los hombres cargaban consigo cuando caminaban varios kilómetros hasta la costa. Effia se esforzó por verlo todo con otros ojos; olió el viento salino que le acariciaba los pelillos de la nariz, palpó la corteza áspera y rasposa de una palmera, admiró el rojo intenso de la arcilla que se veía por todas partes.
—Baaba —dijo Effia cuando los hombres se adelantaron unos pasos—, ¿por qué va a casarse Adwoa con este hombre?
—Porque lo dice su madre.
Unas semanas más tarde, el blanco regresó a presentar sus respetos a la madre de Adwoa, y Effia y el resto de los aldeanos se acercaron a ver qué le ofrecía. Acudía con el
precio de la novia, quince libras. También con artículos que algunos asante habían transportado a la espalda desde el castillo. Mientras los sirvientes entraban con telas, mijo, oro y hierro, Cobbe obligó a Effia a ponerse detrás de él.  Después, de regreso a casa, el padre llevó a la joven a un lado y dejó que sus esposas y el resto de sus hijos los
adelantaran.
—¿Entiendes lo que acaba de ocurrir? —le preguntó.
A lo lejos, Baaba cogió a Fiifi de la mano. El hermano de Effia había cumplido once años hacía poco, pero ya era capaz de trepar al tronco de una palmera sin más ayuda que
las manos y los pies descalzos.
—El hombre blanco ha venido a llevarse a Adwoa —repuso Effia.
Su padre asintió.
—Los blancos viven en el castillo de Costa del Cabo.
Desde allí intercambian bienes con nuestra gente.
—¿Como hierro y mijo?
Cobbe le posó la mano en el hombro y le dio un beso en la frente, pero cuando se apartó, su mirada era distante e inquieta.
—Sí, ellos nos dan hierro y mijo, pero nosotros tenemos que darles otras cosas a cambio. Este hombre ha venido de Costa del Cabo a casarse con Adwoa, y después de él vendrán otros a llevarse a nuestras hijas. Sin embargo, para ti, niña mía, tengo otros planes mejores que vivir como esposa de un blanco. Tú te casarás con un hombre de nuestra aldea.
Justo entonces, Baaba se dio la vuelta y Effia la miró a los ojos. La mujer frunció el ceño y ella se volvió hacia su padre para ver si se había dado cuenta, pero Cobbe no dijo
ni una palabra.
Effia sabía a quién elegiría ella como esposo y esperaba de todo corazón que sus padres escogiesen al mismo hombre. Abeeku Badu era el heredero del jefe de la aldea. Alto,
con la piel del color del hueso de un aguacate, manos fuertes y dedos largos y finos que agitaba al hablar como si fueran rayos. Había visitado su casa cuatro veces en el último mes y estaba previsto que esa misma semana Effia y él comiesenjuntos.

Abeeku llevó una cabra. Sus sirvientes cargaron ñames, pescado y vino de palma. Baaba y las otras esposas avivaron los fuegos y calentaron el aceite. El aire se llenó de aromas.
Esa mañana, Baaba había peinado a Effia. Le había hecho dos trenzas largas, una a cada lado de la raya. Con ellas recordaba a un carnero: fuerte, obstinada. Ella misma se había
untado el cuerpo desnudo de aceite y se había puesto oro enlas orejas. Se sentó delante de Abeeku a comer, contenta de ver que él le lanzaba miradas furtivas de admiración.
—¿Fuiste a la ceremonia de Adwoa? —preguntó Baaba
en cuanto hubieron servido a los hombres y las mujeres empezaron por fin a comer.
—Sí, pero sólo un rato. Es una pena que vaya a marcharse de la aldea. Habría sido una gran esposa.
—Cuando seas jefe, ¿trabajarás para los británicos?
—preguntó Effia.

Tanto Cobbe como Baaba le lanzaron miradas reprobatorias, y ella agachó la cabeza, pero enseguida la irguió y vio que Abeeku sonreía.
—Trabajamos con los británicos, Effia. No para ellos.
Eso es lo que significa comerciar. Cuando sea el jefe, continuaremos como hasta ahora, asegurándonos de que el intercambio con los asante y los británicos continúa.
Effia asintió. No estaba del todo segura de qué quería decir aquello, pero a juzgar por las miradas de sus padres, era mejor que mantuviese la boca cerrada. Abeeku Badu era el
primer hombre que llevaban a conocerla, y Effia deseaba con todas sus fuerzas que él la quisiera, pese a no saber aún qué clase de hombre era ni qué tipo de mujer requería. Cuando estaba en su choza, Effia podía preguntar a su padre y a Fiifi todo lo que le apeteciera. Era Baaba quien guardaba silencio y prefería que ella hiciese lo mismo; Baaba, quien la había abofeteado por preguntar por qué no la llevaba a que la bendijesen como hacían otras madres con sus hijas. Sólo cuando no hablaba ni preguntaba nada, cuando se hacía pequeña,
Effia sentía el amor de Baaba, o algo que se le parecía. Tal vez también fuera eso lo que buscaba Abeeku. El joven terminó de comer. Estrechó la mano a todos los
miembros de la familia y se detuvo junto a la madre.
—Avísame cuando esté lista.
Baaba se llevó una mano al pecho y asintió con seriedad.
Cobbe y los demás hombres acompañaron a Abeeku mientras el resto de la familia le decía adiós con la mano.

Esa noche, Baaba despertó a Effia, que dormía en el suelo de la choza. Mientras le hablaba, la joven sentía su aliento cálido en la oreja.
—Cuando te venga la sangre, debes ocultarlo. Tienes
que decírmelo a mí y a nadie más. ¿Entiendes?
Le entregó unas hojas de palma que había convertido en un pliego suave y enrollado.
—Ponte esto dentro y míralo todos los días. Cuando esté manchado de rojo, avísame.

Effia miró las hojas de palma que Baaba le tendía con las manos abiertas. No las aceptó a la primera, pero alzó la vista y distinguió en los ojos de su madre algo que rayaba
la desesperación. Y como esa mirada le suavizaba el rostro y Effia también conocía en carne propia la desesperación, ese fruto del anhelo, hizo lo que su madre le pedía. Todos los días comprobaba el color de las hojas, pero éstas salían siempre del mismo verde blanquecino. Al llegar la primavera, el jefe de la aldea enfermó y todo el mundo empezó a observar a Abeeku con atención para ver si estaba preparado para el puesto. Durante esos meses se casó con dos mujeres: Arekua la Sabia y Millicent, la hija mestiza de una mujer fante y un soldado británico que había muerto de fiebre y había dejado a su esposa e hija muchas riquezas para gastar a placer. Effia rezaba por que llegase el día en que todos los habitantes de su aldea la llamasen Effia la Bella, como hacía Abeeku en las
contadas ocasiones en que les permitían hablar. La madre de Millicent tenía un nombre nuevo que le había dado su marido blanco. Era una mujer oronda y rolliza cuyos dientes centelleaban en la noche oscura de su piel y, cuando enviudó, decidió dejar de vivir en el castillo y regresar al pueblo. Como los blancos no podían dejar dinero en testamento a sus esposas e hijos fante, se lo dejaban a otros soldados y amigos, y éstos pagaban a las mujeres. Así, la madre de Millicent había recibido suficiente dinero para
empezar de nuevo y comprar algo de tierra. Ambas visitaban a Effia y a Baaba a menudo, pues, como decían, pronto iban a formar parte de la misma familia.
Millicent era la mujer de piel más clara que Effia había visto en su vida. La cabellera negra le llegaba hasta la mitad de la espalda, y en los ojos tenía pinceladas verdes. Rara vez sonreía, y hablaba con voz ronca y un acento fante extraño.
—¿Cómo era vivir en el castillo? —preguntó Baaba un día a la madre de Millicent.
Se habían sentado las cuatro a comer cacahuetes y plátanos.

—Estaba bien, sí. Ay, cómo te cuidan esos hombres. Es como si nunca hubieran estado con una mujer. No sé a qué se dedicaban sus esposas británicas. Te digo que mi marido me miraba como si yo fuera agua y él fuego, y todas las noches hubiera que sofocar las llamas.
Las mujeres rompieron a reír. Millicent esbozó una sonrisa furtiva para Effia, y ella quiso preguntarle cómo era con Abeeku, pero no se atrevió. Baaba se acercó a la madre de Millicent, pero aun así Effia oyó:
—Y además pagan un buen precio por la novia, ¿eh?
—Te digo que mi marido le pagó diez libras a mi madre, ¡y eso fue hace quince años! Sí, hermana, el dinero está muy bien, pero me alegro de que mi hija se haya casado con un
fante. Aunque un soldado me ofreciese veinte libras por ella, no sería la esposa de un jefe. Y aún peor: tendría que vivir en el castillo, lejos de mí. No, no, es mucho mejor conseguir a un hombre del pueblo para que tus hijas puedan estar cerca. Baaba asintió y se volvió hacia Effia, que enseguida apartó la mirada.

Esa noche, justo dos días después de su decimoquinto cumpleaños, llegó la sangre. No fue la corriente poderosa de las olas del mar que Effia esperaba, sino un simple hilillo,
gotas de lluvia que caían, una a una, desde el mismo agujero del techo de una choza. Se limpió y esperó a que su padre dejase a Baaba a solas para poder contárselo.
—Baaba —dijo, y le enseñó las hojas de palma teñidas
de rojo—. Tengo la sangre.
Baaba le tapó los labios con una mano.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie.
—Que siga así, ¿me entiendes? Si alguien te pregunta si
ya eres mujer, debes responder que no.
Effia contestó que sí con la cabeza. Se dio media vuelta para marcharse, pero tenía una pregunta ardiéndole en el pecho como si fueran brasas de carbón.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
Baaba le metió los dedos en la boca, le sacó la lengua y
le pellizcó la punta con uñas afiladas.
—¿Quién eres tú para cuestionar lo que te digo? Si no haces lo que te mando, me ocuparé de que jamás vuelvas a hablar. Le soltó la lengua, y durante el resto de la noche Effia notó el sabor de su propia sangre.

A la semana siguiente murió el anciano jefe de la aldea. El funeral se anunció en todas las poblaciones vecinas. Duraría un mes y acabaría con la ceremonia en la que nombrarían jefe a Abeeku. Las mujeres de la aldea preparaban comida
de sol a sol; se fabricaron tambores con la mejor madera y se pidió a los mejores cantores que hicieran oír su voz. Los asistentes al funeral se pusieron a bailar el cuarto día de la estación de lluvias y no descansaron los pies hasta que el suelo quedó seco por completo. Tras la primera noche sin lluvia, Abeeku fue coronado omanhin, jefe de la aldea fante. Lo vistieron con tejidos suntuosos y sus esposas se colocaron una a cada lado. Effia y Baaba se quedaron juntas mirándolo, mientras Cobbe caminaba entre el gentío. De vez en cuando, Effia lo oía murmurar que ella, su hija, la mujer más hermosa del pueblo, debería estar allí con las otras dos.
Como nuevo jefe, Abeeku quería hacer algo grande, algo que llamase la atención sobre su territorio y los convirtiera en una potencia que tener en cuenta. Tras apenas tres
días de mandato, reunió en su casa a todos los hombres de la aldea. Les dio de comer sin parar a lo largo de dos jornadas y los emborrachó de vino de palma hasta que no quedó choza desde donde no resonaran el bullicio de las risas y los gritos exaltados.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Effia.
—No es asunto tuyo —contestó Baaba.

Desde que había empezado a sangrar dos meses antes, Baaba había dejado de pegarle, en pago por su silencio. Algunos días, mientras preparaban la comida para los hombres
o la joven regresaba de buscar agua y miraba a Baaba ahuecar las manos y hundirlas en el cubo, Effia pensaba que por fin se comportaban como correspondía a una madre y una hija. Sin embargo, otros días Baaba fruncía de nuevo el ceño con desdén, y Effia se daba cuenta de que la nueva tranquilidad de su madre era temporal, y su rabia, una bestia salvaje que había logrado apaciguar sólo por el momento.

Cobbe regresó de la reunión con un machete largo. El mango era de oro y llevaba grabadas unas letras que nadie comprendía. Estaba tan borracho que todas sus esposas e
hijos formaron un corro estrecho a su alrededor, a medio metro de distancia, mientras él se tambaleaba y punzaba el aire con el arma afilada.
—¡Vamos a hacernos ricos con sangre! —chillaba.
Arremetió contra Fiifi, que se había metido dentro del
círculo. El muchacho, más esbelto y rápido que cuando era
un bebé rechoncho, giró la cadera y esquivó la punta del
machete por los pelos.
El chico había sido el más joven de la reunión, y todo
el mundo sabía que sería un buen guerrero. Lo veían en su
forma de trepar por las palmeras y de llevar su silencio como
una corona de oro.
Tras marcharse su padre, y una vez estuvo segura de
que su madre dormía, Effia se arrastró hasta donde estaba
Fiifi.
—Despierta —le susurró, y él la apartó.
Incluso medio dormido, era más fuerte que ella. La
joven cayó hacia atrás, pero se levantó con la agilidad de un
gato y se puso en pie.
—Despierta —repitió.
Fiifi abrió los ojos de golpe.
—No me molestes, hermana mayor.
—¿Qué va a pasar? —preguntó ella.
26
—Eso es asunto de los hombres.
—Tú aún no eres un hombre —repuso.
—Ni tú una mujer —soltó él—. Si lo fueras, esta noche
habrías estado allí con Abeeku, como su esposa.
A Effia empezó a temblarle el labio. Dio media vuelta
para regresar a su lado de la choza, pero Fiifi la agarró del
brazo.
—Vamos a ayudar a los británicos y a los asante con el
comercio.
—Ah —respondió Effia. Era la misma historia que
había oído de su padre y de Abeeku unos meses antes—.
¿Quieres decir que daremos oro asante y telas a los blancos?
Fiifi le atenazó el brazo.
—No seas boba. Abeeku ha establecido una alianza con
una de las aldeas asante más poderosas. Vamos a ayudarlos
a vender sus esclavos a los británicos.
Y así fue como el hombre blanco llegó a su aldea. Gordos o flacos, rosados o bronceados, iban de uniforme y con
la espada colgando del costado y miraban con el rabillo del
ojo, siempre muy precavidos. Acudían a dar su visto bueno
a las mercancías que Abeeku les había prometido.
Durante los días siguientes a la ceremonia fúnebre del
jefe, Cobbe empezó a inquietarse por la promesa rota de
Effia, pues aún no era mujer. Temía que Abeeku se olvidara
de ella y escogiese a otra joven de la aldea. Él siempre había
dicho que quería que su hija fuese la primera esposa, la más
importante, pero ahora parecía que no podía aspirar siquiera
al puesto de tercera mujer.
Todos los días preguntaba a Baaba qué pasaba con Effia,
y todos los días ella respondía que aún no estaba lista. Desesperado, permitía que su hija visitase la casa de Abeeku
una vez a la semana acompañada por Baaba, para que el
hombre la viese y recordase cuánto le habían gustado su
rostro y su figura.
Arekua la Sabia, la primera de sus esposas, las recibió
cuando llegaron a su choza una tarde.
27
—Por favor, mama —le dijo a Baaba—, hoy no os esperábamos. Han venido los blancos.
—Entonces nos vamos —contestó Effia, pero Baaba la
agarró del brazo.
—Si no os importa, nos gustaría quedarnos —pidió ésta.
Arekua la miró, extrañada.
—Si volvemos demasiado pronto, mi marido se enfadará —arguyó, como si ésa fuera suficiente explicación.
Pero Effia sabía que mentía. Cobbe no las había enviado
allí esa tarde, sino que Baaba se había enterado de que los
hombres blancos estarían allí y había insistido en ir a ofrecer
sus respetos. Arekua se apiadó de ellas y fue a preguntarle a
Abeeku si podían quedarse.
—Comeréis con las mujeres y, si los hombres entran, no
podéis hablar —anunció a su regreso.
Las llevó al interior de la casa, y Effia miró en todas las
chozas por las que iban pasando hasta que llegaron a una
donde las esposas se habían reunido a comer. Se sentó al lado
de Millicent, cuyo embarazo era ya evidente, la barriga baja
y del tamaño de un coco. Arekua había preparado pescado
estofado con aceite de palma, y comieron con las manos
hasta tener los dedos teñidos de color naranja.
Enseguida entró una sirvienta en la que Effia no había
reparado. Era menuda, apenas una niña, y no alzaba la mirada del suelo.
—Mama —le dijo a Arekua—: a los hombres blancos
les gustaría ver la casa. El jefe Abeeku dice que os aseguréis
de estar presentables.
—Rápido, ve a por agua —mandó Millicent.
Cuando la sirvienta regresó con el cubo lleno, todas se
lavaron las manos y la boca. Effia se arregló el pelo: se lamió
las palmas y se frotó con los dedos los rizos diminutos que
tenía alrededor de la frente. Cuando acabó, Baaba la obligó
a colocarse entre Millicent y Arekua, delante de otras mujeres, pero Effia hizo lo posible por empequeñecerse para no
llamar la atención.
28
Los hombres no tardaron en llegar. Effia pensó que
Abeeku tenía el porte de un jefe: fuerte y poderoso, como si
fuera capaz de levantar a diez mujeres por encima de la cabeza, hacia el sol. Detrás de él iban dos hombres blancos. Uno
de ellos le pareció el cabecilla, por cómo lo miraba el otro
antes de hablar o de echar a caminar. El jefe blanco llevaba la
misma ropa que sus compañeros, pero la chaqueta y los galones de los hombros tenían más botones de oro relucientes.
Parecía mayor que Abeeku, pues tenía la cabellera castaña
salpicada de gris, pero mantenía una postura erguida, como
se espera de un líder.
—Éstas son las mujeres. Mis esposas e hijos, sus madres
e hijas —dijo Abeeku.
El otro blanco, el más bajo y tímido de los dos, lo
contempló durante la explicación y después se volvió hacia
el jefe blanco y habló en su lengua extraña. El jefe blanco
asintió, sonrió a toda la familia y, mirando con atención a las
mujeres, las saludó una a una en un fante muy pobre.
Cuando le llegó el turno a Effia, ella no pudo reprimir
una risita. El resto de las mujeres le chistaron y se le cubrieron las mejillas de una vergüenza que ardía.
—Aún estoy aprendiendo —se disculpó el jefe blanco
con la mirada fija en Effia.
A oídos de la joven, su manera de pronunciar el fante
producía un sonido feo.
El jefe le sostuvo la mirada durante lo que a ella le parecieron minutos, y notó que el rostro se le calentaba aún
más cuando la expresión de aquellos ojos se tornó algo más
licenciosa. Los círculos oscuros de los iris del hombre blanco
parecían enormes ollas en las que un niño podría ahogarse,
y estaba mirando a Effia así, como si quisiera atraparla allí
dentro, en aquellos ojos profundos. Las mejillas de él no
tardaron en teñirse de rubor. Se volvió hacia el otro hombre
y habló.
—No, no es mi esposa —aclaró Abeeku después de que
el tipo le tradujera, sin tratar de disimular su molestia.
29
Effia agachó la cabeza, sonrojada por haber hecho algo
que avergonzase a Abeeku y porque él no pudiese llamarla
«esposa». Humillada también porque no la había llamado por
su nombre: Effia la Bella. En ese momento deseó desesperadamente romper su promesa a Baaba y anunciar que ya era
mujer, pero antes de que pudiese decir ni una palabra, los
hombres se alejaron y, justo cuando el jefe blanco miró hacia
atrás y le sonrió, perdió la determinación.
Se llamaba James Collins y acababan de nombrarlo gobernador del castillo de Costa del Cabo. En menos de una semana, había regresado a la aldea a pedirle a Baaba la mano
de Effia. Cobbe montó en cólera y su rabia llenó todas las
estancias de la casa como una nube de vapor caliente.
—¡Está casi prometida a Abeeku! —gritó a Baaba cuando ella le anunció que consideraría la petición.
—Sí, pero Abeeku no puede casarse con ella hasta que le
llegue la sangre, y llevamos años esperando. Deja que te diga
una cosa, marido; creo que aquel fuego fue una maldición
para ella. Es un demonio que jamás se hará mujer. Piénsalo:
¿qué criatura es tan bella pero no se la puede tocar? Es mujer
en apariencia y, sin embargo, aún no sangra. Pero el hombre
blanco se la llevará de todos modos, porque no sabe lo que es.
Effia había oído al hombre blanco hablar con su madre
durante el día. Como regalo de bodas, le pagaría a Baaba
treinta libras por adelantado y veinticinco chelines al mes
en mercancía para el comercio. Más de lo que Abeeku podía
ofrecer, más de lo que se había ofrecido por cualquier otra
mujer fante en su aldea o en la más cercana.
Durante toda la noche, Effia oyó a su padre caminar de
un lado a otro. Incluso al despertarse, a la mañana siguiente,
el sonido rítmico de sus pisadas en la arcilla endurecida del
suelo seguía presente.
—Hay que conseguir que Abeeku piense que ha sido
idea suya —dijo al final.
30
Así que invitaron al jefe a su casa. Sentado junto a Cobbe, Baaba le expuso su teoría: que el fuego que había destruido tanto patrimonio de la familia había arruinado también a la niña.
—Tiene el cuerpo de mujer, pero su espíritu esconde
algo maligno —explicó Baaba, y escupió en el suelo para
mayor efecto—. Si te casas con ella, no te dará hijos. Si el
hombre blanco se casa con ella, se encariñará con la aldea,
y verás que vuestro comercio prospera.
Abeeku se frotó la barba con suavidad mientras lo pensaba.
—Traedme a la Bella —ordenó al final.
La segunda esposa de Cobbe fue a buscar a Effia. La
joven temblaba y le dolía tanto el vientre que creía que se le
vaciarían las tripas allí mismo, delante de todos los presentes.
Abeeku se levantó para mirarla a la cara. Le recorrió el
paisaje del rostro con los dedos, la cordillera de los pómulos,
las cuevas de la nariz.
—No ha nacido mujer más hermosa —dijo al cabo de
un momento, y se dirigió a Baaba—. Pero veo que tienes
razón. Si el hombre blanco la quiere, puede quedarse con
ella. Será mejor para nuestros tratos con ellos. Y también
para la aldea.
Cobbe, un hombre grande y fuerte, se echó a llorar sin
reparos, pero Baaba se mantuvo erguida. Cuando Abeeku
se hubo marchado, la madre se acercó a Effia y le dio un
colgante de piedra negra que resplandecía como si estuviera
recubierto de polvo de oro.
Se lo puso en las manos y se inclinó hacia ella, hasta que
le tocó la oreja con los labios.
—Llévate esto cuando te vayas —le dijo—. Es un pedazo de tu madre.
Cuando Baaba se apartó, Effia descubrió que detrás de
la sonrisa le danzaba algo que recordaba al alivio.

Gyasi-Yaa

 

 

Leila Slimani

Biografía de

Periodista y escritora franco-marroquí, Leila Slimani nació en Rabat, Marruecos, en octubre del año 1981, se ha consagrado como una de las voces más prometedoras de la literatura francesa del siglo XXI gracias a su segunda novela Canción dulce, galardonada con el Premio Goncourt 2016.

Nacida en una familia burguesa marcada por su diversidad cultural, ya que cada miembro de la misma tenía creencias y una religión diferente pero todos se respetaban, de ahí su gran tolerancia y respeto al ser humano como tal, su sueño es que el mundo sea tan tolerante como lo fue su casa, sus padres le dieron una educación liberal a pesar de estar en un país lleno de restricciones.

Se mudó a París en el año 1999, con tan solo 17 años, donde estudió Ciencias Políticas en el Instituto de Estudios Políticos y se especializó en el ESCP Europe Business School en la rama de medios de comunicación. Ha trabajado en revistas francesas como L’Express y Jeune Afrique, hasta que en 2012 dejó el mundo periodístico para dedicarse por completo a la literatura.

En 2014 escribió su primera novela, Dans le jardin, que aborda el tema de la adicción sexual femenina, consiguiendo muy buenas críticas, pero no fue hasta que publicó Canción dulce (2016) que alcanzó una fama notable al ganar el Premio Goncourt 2016, la obra es un thriller apasionante basado en una historia real donde trata temas como el lugar de la mujer en la sociedad, el dolor y el terror, este libro ha vendido más de medio millón de ejemplares en Francia.

Fragmentos ĺiterarios

http://www.lecturalia.com/autor/22494/leila-slimani

Fragmentos:Traducción comentada de la obra de Leïla Slimani “El diablo está en los detalles”

Amine Moussa se ha vuelto miedoso con la vejez. Él,
de universidad, amado y respetado por todos, ahora es presa de la angustia y del insomnio. Su mujer, Atika, se ríe de sus paranoias y sospecha que no está llevando bien el acercarse a los sesenta. No le entiende. Amine se sobresalta sin razón por la calle, ha comenzado a hablar solo. No se siente cómodo en ninguna parte. En su casa ya no puede soportar la presencia de la chica de la limpieza.
Odia a esa solterona de boca amarga y su mirada de desprecio. Ella cuenta con fervor cómo su hermano ha partido hacia Damasco y les envía el dinero que ha ganado en el combate. Mucho dinero. Le agradece a Dios con las palmas hacia el cielo el haber guiado a su hermano hacia la yihad. Hace una semana previno a Amine: “Señor, no puedo servirle si bebe usted alcohol. Si toco una botella, Dios me prohibirá la entrada al paraíso”. A Amine le entraron ganas de preguntarle en qué texto había encontrado semejante estupidez, pero no se atrevió. Una tarde, la sorprendió encendiendo una cerilla justo en la cara de su hija, diciendo “Ya lo ves, tú y tus padres vais a arder
en las llamas del infierno, como todos los infieles que desprecian las enseñanzas del islam”. Cuando se quejó, Atika se encogió de hombros. “Olvídalo”, dijo, “Es algo fanática, nada más. No sé por qué le das tanta importancia a esas tonterías. Estás exagerando ».

Sin duda es la edad la que alimenta su inquietud, pero no puede dejar de ver esos pequeños detalles que van pudriendo su vida diaria, que alimentan su malestar y le llenan de miedo y vergüenza. Cuando terminó de cenar, recogió todos los restos de botellas de alcohol, los ocultó en bolsas de basura y condujo dos kilómetros antes de tirarlos a un contenedor. Temía que le denunciase el conserje, ese pelirrojo que se había dejado crecer la barba y llamaba putas y perras a las alumnas del liceo privado. “Deberíamos casarnos con ellas por las buenas o por las malas, ¿no es así,
profesor?”. Amine no responde, no dice nada. Se queda en silencio cuando se sienta al lado de un conductor de taxi que escucha los casetes de un predicador saudí. Le escucha volcar todo su odio sobre los judíos y los infieles y aplaudir a la fatwa que da permiso para asesinar a todo aquel que renuncia al islam. Amine no quiere meterse en problemas, paga la carrera y se va.

Atika opina que está exagerando, que locos hay en todas partes, pero que eso no quiere
decir nada. Aunque se puso furiosa cuando la profesora abofeteó a su hija Mina cuando a ésta se le ocurrió poner en duda un verso del Corán. “Solamente he dicho que una araña no podía tejer en una hora una tela tan grande como para cubrir la cueva en la que se refugió el Profeta.” Tampoco fue ninguna tontería cuando se constituyó una “brigada de promoción de la virtud y prevención del vicio” en el barrio. “¿Y qué opinas de esto?” le gritaba Amine a su esposa, mientras agitaba un recorte de periódico bajo su nariz. Aquellos fanáticos de Dios, armados con cuchillos y porras, habían acorralado a un grupo de jóvenes y los habían golpeado hasta morir. Porque salían de noche, porque no rezaban o porque bebían alcohol, nadie sabía por qué.

Amine ha cambiado, se ha vuelto sombrío. Le obsesionan los velos, esos trozos de nylon
negro que invaden las aulas donde da clase, la playa a donde lleva a su hija, los cines en donde se censuran las más tiernas escenas de besos. Quiere hacer callar a todos esos que invocan a Dios, al diablo, la sharia y el sagrado honor de las mujeres de este país. No quiere dejarse caer en la nostalgia beata como su viejo amigo Hamid. Se niega a
idealizar su infancia, a hablar de cómo coexistían de forma pacífica con sus vecinos judíos, de las minifaldas que llevaban las muchachas y de los ideales marxistas que proliferaban en la universidad. Tampoco habría dicho que en aquella época no se hablaba nunca de religión. Que su padre sin duda rezaba, pero tan discretamente que no recuerda haberlo visto jamás de rodillas.

Atika es tan dulce. Consigue incluso tranquilizarle, abrirle los ojos para mostrarle la
belleza que los rodea. A ella le encanta el ambiente festivo de los últimos días del ramadán. Para darle un capricho, aquella tarde se desvió por el barrio El-Manar y se detuvo en la panadería Nour para comprar las crepes rellenas que tanto le gustan a su mujer y algunas chucherías para Mina. La gente hacía cola hasta la calle. Se balanceaban, impacientándose. Una mujer se coloca detrás de Amine. La ve llegar, con su hermoso rostro enmarcado en un velo malva. Ella le mira con insistencia, marcando el paso. Se acerca tanto que llega a pisarle. “Puede que sea una estudiante”, piensa. Una joven que asiste a sus clases, pero de la que no se acuerda. En ese momento podía casi sentir sus pechos contra su espalda y su aliento en su cuello.

Debe estar imaginando cosas, una chica tan joven, tan hermosa, jamás se fijaría en él. Ella se sale de la fila, y se le encara, acercando su rostro al de Amine. Se disponía a hablarle cuando ella le señaló con el dedo y se puso a gritar “¡Ha fumado! ¡Él, él ha fumado! ¡Ha roto el ayuno, aún huele a cigarrillo!”. Los clientes se alteran. Tras la caja, la panadera llama a la calma. Amine se encoje de hombros en un gesto de impotencia y comienza a andar hacia atrás. Se le acercan unos hombres que le insultan poniendo a Dios por testigo. Alguien le agarra de la chaqueta y echa a correr.

Haz clic para acceder a Traduccion_comentada_de_la_obra_de_Leila_Slimani_BETOLAZA_ESCOLANO_ESTIBALIZ.pdf

Nubes de lluvia de Bessie Head, fragmento

La pequeña aldea barolong se extendía hasta la valla de
la frontera. Una de las chozas estaba construida tan cerca
que una parte de la pared circular rozaba la alambrada. En
el interior de esta choza había un hombre que llevaba allí
sentado desde el amanecer. Estaba esperando a que se hiciera de noche, momento en el que intentaría cruzar el tramo
de aproximadamente un kilómetro de tierra de nadie que lo
separaba de la valla fronteriza de Botsuana y acceder así al
espejismo de libertad que había al otro lado. Corría el mes de
junio, era invierno y hacía un frío lacerante, y las piernas del
hombre eran demasiado largas como para permitirle pasearse por el reducido interior de la choza. Cada media hora, el
furgón patrulla de la policía fronteriza sudafricana pasaba a
toda velocidad acompañado del lamento de la sirena, lo que
le provocaba una sensación incómoda en el estómago.
Si sigo así, pronto tendré dolor de estómago, pensó.
Los nervios tampoco los tenía muy allá, ya que se le alteraban con facilidad debido a las contrariedades de la vida.
De hecho, su fuero interno era un revoltijo caótico, oculto
en gran parte por una fachada de serenidad y de una solitaria autosuficiencia. La única forma de notar dicha discordia
interior era el gesto que hacía al apartar ligeramente el rostro, como si nadie pudiese llegar a ser su amigo o siquiera
alguien digno de su confianza. Exceptuando este detalle, su
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semblante era bastante agradable. A menudo lucía una expresión irónica. Su rictus habitual era el de una persona absorta
y concentrada. Los pómulos, finos, alargados y bajos, lo identificaban como un miembro de la tribu xhosa o de la zulú.
Cerca de mediodía, cuando hubo un momento de sosiego
de aquel lamento de las sirenas, el anciano propietario de la
choza abrió la puerta y dejó entrar un haz de luz. Llevaba en
las manos un cuenco humeante de gachas espesas. El hombre, para entonces, tenía ya un terrible dolor de estómago y
la visión de la comida, en principio, no le agradó.
—¿Cómo estás, joven? —preguntó el anciano.
—Estoy bien —mintió el hombre. No le parecía digno
admitir que tenía problemas de estómago.
—Te he traído un poco de comida —dijo el anciano.
—Gracias —respondió el hombre—. Pero ¿sería posible
salir un rato y estirar las piernas? —Necesitaba deshacer los
nudos dolorosos que sentía en el estómago.
—No es seguro —aseveró el anciano—. No puedo garantizar que no haya algún espía. Si te cogen aquí, esto dejará
de ser seguro para los que vengan después. Y yo también iría
a la cárcel.
El joven estaba doblado sobre la banqueta tallada en la
que estaba sentado y el anciano pensó que quizá tuviese frío.
—¿Por qué no tomas un trago de brandy? —preguntó en
tono comprensivo—. Conozco un sitio aquí cerca, puedo pedir que me traigan un poco.
El hombre levantó la cabeza, aliviado, y asintió. Sacó un
billete de una libra y se lo dio al anciano. Este sonrió. Aún no
había coincidido con un solo fugitivo que no necesitara un
trago. Además, con un poco de brandy en el cuerpo pronto
se arrancaban a hablar y a él le gustaba escuchar todo tipo de
historias. Las almacenaba hasta el día en que pudiera tener la
libertad de sorprender a toda la aldea con su vasto acerbo de
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información acerca de los fugitivos. Cerró la puerta y se alejó
arrastrando los pies. Se oía un murmullo de voces de mujeres
y también música y canciones. Un niño rompió a llorar con
fuerza. Los hombres se reían, y el hombre de la choza se
sorprendió por un momento de que una aldea entera pudiera
vivir con el lamento de unas sirenas que tantos nudos le habían formado a él en el estómago. Pronto, el anciano volvió
arrastrando los pies de nuevo. Ahora que el alivio estaba al
alcance de su mano, se fijó en cómo, una vez que el anciano
abrió la puerta, las motas de polvo del suelo de tierra se levantaban, brillaban y bailaban a la luz del sol. No había traído
solo el brandy, sino también otro cuenco de comida para él. A
aquel joven en la penumbra le gustó que el anciano no cerrara
la puerta, porque en cuanto hubo dado unos cuantos tragos
cautelosos de la botella, pudo distinguir con claridad el patrón de la danza entrecruzada y leve del polvo iluminado por
el sol. El ritmo lento y casi apasionante le aflojó los nudos del
estómago y, casi inconscientemente, sonrió para sí al percibir
el repentino y cálido destello de alivio que se expandió por
su abdomen.
Al notarlo, el anciano dijo:
—Dime, joven, ¿cómo te llamas?
—Makhaya —contestó el hombre.
El anciano abrió los ojos de par en par, perplejo. Ni el
sonido ni el significado del nombre le eran familiares. Las
tribus que dominaban el norte del Transvaal hablaban tsuana.
—No conozco el nombre —declaró el anciano, sacudiendo la cabeza.
—Es zulú —dijo el joven—. Soy zulú. —Y profirió una
risa sarcástica al pensar en que acababa de definirse como
zulú.
—Pero hablas tsuana con fluidez —insistió el anciano.
El joven, ya bastante ebrio, habló con ligereza.
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—Sí, los zulús somos así. Desde los días de Shaka, asumimos que el mundo entero nos pertenece; por eso nos preocupamos por aprender las lenguas de todos los hombres. Pero
una cosa, anciano, a mí no me importan las cuestiones tribales. A mis padres sí, por eso me endosaron este nombre tan
ridículo. Por qué no me llamarían Samuel o Johnson, si yo no
sigo las tradiciones tribales.
—¡Jo! —exclamó el anciano, usando una expresión tsuana
que denotaba sorpresa—. ¿Y qué tiene de malo la tribu?
—Podría pasarte toda una lista de quejas. Ahora no tengo
tiempo para detenerme a exponerlas… —Hizo una pausa,
intentando recopilar sus pensamientos entre la bruma de
brandy que le nublaba ya el cerebro—. Makhaya —dijo—.
Ese nombre tribal no me pega. Le vendría bien a alguien que
se quedara en su país, pero me lo pusieron a mí y aún no he
tenido un día de paz y satisfacción en toda mi vida.
—Eso es por la educación —declaró el anciano, asintiendo con gesto sabio—. No deberían haberte dado ninguna
educación. Quita esa pizca de educación y serás lo suficientemente feliz como para pedirle a tu madre que te busque
una muchacha de la tribu y que os deje labrar la tierra. La
educación es lo único que aleja a un hombre de su tribu.
La conversación amenazaba con derivar hacia una gran
digresión sin sentido. Como buen relator de historias que
era, el anciano la recondujo a los asuntos que importaban en
aquel momento. ¿Por qué estaba allí el joven? ¿De qué huía?
¿Una pena de cárcel, quizá?
El joven lo miró con suspicacia.
—Acabo de salir de la cárcel —dijo. Cerró la botella de
brandy y cogió el cuenco de gachas. Entonces, la ansiedad
pareció asaltarlo de nuevo, porque volvió a dejar el cuenco,
rebuscó algo en el bolsillo interior del abrigo y sacó un trozo de papel. Encendió una cerilla y quemó el papel. Luego
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cogió el cuenco de gachas y no dijo una sola palabra más. El
anciano tuvo que sacar sus propias conclusiones. Quizá los
trozos de papel y las penas de cárcel eran una única cosa en
la cabeza del joven. ¿Por qué había dado tal respingo al pensar en ese trocito de papel? ¿Y qué era toda aquella diatriba
acerca del tribalismo? ¿Qué pasaba con el hombre blanco, el
único enemigo reconocido de todo el mundo?
—¿Y no tienes quejas acerca del hombre blanco? —preguntó el anciano, tratando de sonsacar algo de información
de aquella boca cerrada a cal y canto.
El joven se limitó a apartar el rostro ligeramente, aunque
una sombra de risa bailó en sus ojos.
—Ah, ya veo —dijo el anciano, fingiendo decepción—.
Huyes del tribalismo. Pero ante ti tienes el peor país tribal
del mundo. Los barolong somos vecinos de los botsuanos,
pero no nos llevamos bien con ellos. Son unos zoquetes que
no piensan más allá de esta puerta. El tribalismo, para ellos, no
es más que carne y bebida.
El joven se echó a reír.
—Vamos, señor —dijo—. Solo quiero pisar tierra libre.
No me importa la gente. No me importa nada, ni siquiera el
hombre blanco. Quiero sentir lo que es vivir en un país libre;
quizás entonces algunos de mis demonios se corrijan solos.
El lamento de las sirenas acercándose sonó de nuevo. Una
vez hubieron pasado de largo, el anciano salió de la choza y
cerró la puerta tras de sí. Makhaya se quedó a solas con sus
pensamientos y, al ver que amenazaban con atormentarle,
siguió nublándolos con un poco de brandy que bebió directamente de la botella.
El sol se ponía temprano en invierno y para las siete ya era
noche cerrada. Makhaya se preparó para cruzar en dirección
al trozo de tierra de nadie. Las dos vallas fronterizas consistían en sendas alambradas de espinos, fuertes y tensas, de
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más de dos metros de altura cada una. Esperó en la choza
hasta que oyó pasar el furgón patrulla. Entonces se quitó el
pesado abrigo que llevaba puesto y lo guardó en una gran
bolsa de piel. Salió de la choza y lanzó la bolsa por encima
de la valla, agarró el alambre con firmeza y saltó al otro lado.
Recogió la bolsa y corrió todo lo deprisa que pudo hasta alcanzar la segunda valla, donde repitió la maniobra. Ya estaba
en Botsuana.
En su ansiedad por alejarse lo más rápido posible de la
frontera, apenas notó el intenso y penetrante frío de la noche
helada. Corrió durante casi media hora ciego, sordo y ajeno
a todo excepto a su mayor miedo. El lamento de la sirena le
hizo pararse en seco. Sonaba cerquísima y temió que su ritmo
atronador lo hubiese delatado. Pero las luces del furgón pasaron de largo y supo, por la frecuencia de paso de la patrulla a
lo largo del tortuoso día, que tenía otra media hora de seguridad por delante. A medida que se relajaba un poco, se dio
cuenta de que había estado aspirando enormes bocanadas
de aire helado y que los pulmones le ardían de dolor. Sacó
el grueso abrigo de la bolsa y se lo puso. También dio varios
sorbos con cuidado a la botella de brandy y después prosiguió
su camino aminorando el ritmo.
No había dado más que unos pocos pasos cuando volvió a
detenerse en seco. Por todas partes se oían sonidos de cascabeles, miles y miles de cascabeles que tintineaban sin parar
con un ritmo resuelto y monótono. No obstante, no había
ningún ser vivo a la vista que explicara de dónde provenía
el sonido. Estaba seguro de que tanto a su alrededor como
delante de él no había más que árboles, matas de espinos que
le rasgaban la ropa cada vez que las rozaba. Pero ¿cómo se
explicaba entonces aquel sobrenatural sonido de cascabeles
en un páramo aparentemente yermo?
Dios, me estoy volviendo loco, pensó.
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Elevó la mirada hacia las estrellas. Estas parpadeaban
levemente, en silencio. Incluso acertó a distinguir la disposición de las estrellas que formaban las constelaciones
meridionales. Si su mente sufría un desorden a causa de la
tensión de aquel día, ¿no debería ver las estrellas desordenadas también? ¿No debería verlo todo desordenado una persona que hubiese perdido la razón? Sacudió la cabeza, pero
los cascabeles prosiguieron su monótono y rítmico tañido.
Conocía historias horribles acerca de círculos tribales y chamanes que celebraban sus ritos macabros por las noches.
Pero los chamanes eran humanos y nada debía temerse de
los seres humanos, por extraños y perversos que fueran. El
hecho de considerar aquello como una explicación factible a los cascabeles le devolvió el equilibrio y continuó su
camino, alerta por si veía las hogueras o las chozas de los
chamanes.
Pronto vio un fuego entre los matorrales, un atisbo de luz
en aquella abrumadora oscuridad. Avanzó hacia él y, a medida
que se acercaba, el chisporroteo parpadeante alumbró la forma de dos chozas de barro y las siluetas de una mujer y una
niña. Fue la mujer quien levantó la vista al percibir el ruido
de los pasos que se acercaban. Él se quedó quieto, pues no
quería asustarla. Parecía muy mayor. Tenía los ojos pequeños
y completamente hundidos entre las arrugas del rostro. Junto a ella había una niña de unos diez años que mantenía la
cabeza inclinada mientras hacía dibujos distraídamente en
el suelo con un palo. El joven saludó a la anciana en tsuana;
por educación, la llamó «madre» y empleó un tono suave y
tranquilizador.
Ella no le devolvió el saludo. En lugar de eso, exclamó:
—Sí, ¿qué quieres? —Su voz era chillona, aguda y descontrolada, y le desagradó de inmediato.
—Busco refugio para pasar la noche —dijo él.
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Ella guardó silencio y siguió mirando fijamente en la dirección de donde provenía la voz. Después volvió a hablar con
aquella voz chillona:
—Seguro que eres uno de esos espías del otro lado de la
frontera.
Como él no contestaba, la anciana se agitó y levantó aún
más la voz.
—¿Por qué si no ibas a estar vagando por aquí de noche,
si no fueras un espía? Todos los espías del mundo vienen a
nuestro país. ¡Seguro que eres un espía! ¡Eres un espía!
Los gritos lo pusieron nervioso. La frontera estaba aún
muy cerca y en cualquier momento pasaría el furgón patrulla.
—¿Cómo puedes avergonzarme así? —preguntó con voz
queda y desesperada—. ¿A las mujeres en tu país os enseñan
a gritar a los hombres?
—No estoy gritando —chilló ella, aunque en voz un poco
más baja. Las palabras de él, así como su tono consistentemente suave, estaban empezando a impresionarla.
—Vaya, pues mis oídos deben de estar engañándome,
madre —dijo él, divertido—. Dime si puedes ofrecerme o
no refugio. No soy ningún espía. Solo me he perdido en la
oscuridad.
La anciana de mirada fija no vaciló un ápice. Respondió
en tono cortante:
—Tengo una choza libre. Puedes usarla, pero solo esta
noche. Tendrás que pagarme. Quiero diez chelines.
Estiró una mano vieja y arrugada, fría y curtida por años y
años de trabajo. Él avanzó hacia el fuego y le tendió un billete
de diez chelines. La anciana cogió una banqueta pequeña
que tenía detrás y le dijo:
—Siéntate aquí. La niña barrerá la choza y te pondrá unas
mantas.
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La niña se levantó obediente y se encaminó hacia una de
las chozas. Él se sentó enfrente de aquel monstruo ordinario y
hosco que seguía mirándolo fijamente. El lamento de la sirena sonó de nuevo, muy cerca, casi detrás de ellos. Le sostuvo
la mirada a la anciana con calma.
—Sé que eres un espía —dijo ella—. Estás huyendo de
ellos.
Él sonrió.
—A lo mejor solo quieres molestarme. Pero, como ves, no
me molesto con facilidad.
—¿De dónde eres? —preguntó.
—Del otro lado de la frontera —contestó él—. Tengo un
contrato para empezar a trabajar en este país mañana.
—¿Por qué no has venido en tren? —preguntó, suspicaz.
—Es que mi hogar está muy cerca, en la aldea barolong
—mintió.
La anciana giró la cabeza y escupió en el suelo, resumiendo así de forma elocuente lo que pensaba de él. Luego apartó
la cabeza como si lo hubiese expulsado abruptamente de sus
pensamientos. Los cascabeles seguían tintineando.
—¿Para qué son esos cascabeles? —preguntó él.
—Los atan al pescuezo del ganado mientras pastan libremente en el bush —respondió la anciana.
No eran más que cencerros, y él se avergonzó al pensar
cómo se había asustado. Sintió ganas de reírse en alto y para
evitarlo trató de entablar una conversación relajada:
—No tengo ganado. Supongo que los cencerros son para
poder localizar a las reses si se pierden, ¿no?
—Claro —dijo ella en tono despectivo—. El ganado se
aleja a mucha distancia para pastar.
Mientras hablaban, la niña había vuelto junto al fuego sin
hacer ruido. Casi sin darse cuenta, miró en su dirección y
se sorprendió al ver que lo miraba fijamente, con los ojos de
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par en par. Había algo en ella que no le pareció en absoluto
infantil y eso no le gustó. Miró de nuevo a la anciana. Esta
volvía a observarlo con intención y le pareció ver un destello
en sus ojos viejos y hundidos.
Dios mío, pensó, menudo par de buitres.
—¿Ya está lista la habitación, madre? —preguntó en voz
alta.
La anciana se giró sin más y señaló una de las chozas.
Él se levantó de inmediato, aliviado ante la perspectiva de
librarse de su desagradable compañía. Encendió una cerilla
para entrar en la choza oscura. Parecía un cobertizo. En un
rincón vio una enorme cesta de grano, y varios recipientes de
barro cocido circundaban la estancia. Habían hecho un hueco en el suelo y lo habían cubierto con varias mantas amplias
y cuadradas, confeccionadas con pieles de animales. Prendió
otra cerilla para ver bien dónde iba a dormir. Al tacto parecía
un terciopelo grueso y suave, un montón de mantas cosidas
con las pieles de cientos de animales salvajes. Se limitó a
quitarse los zapatos y el abrigo, que se echó por encima de
las mantas para abrigarse aún más. La cama bien valía diez
chelines, pues le resultó muy cálida.
Se tumbó bocarriba y miró fijamente hacia la oscuridad,
demasiado tenso como para dormir. Un buen trago de brandy
lo habría dejado fuera de juego, pero no se atrevía a tocarlo.
No se fiaba de la vieja arpía. Parecía saber demasiado sobre
la frontera. ¿Qué le impedía ir hasta allí e informar a la policía? Podía sacarse un dinero, si es que también sabía eso. Le
entraron sudores fríos al imaginársela en la valla, gritando al
paso del furgón. ¿Y aquella niña y su terrible mirada carente
de inocencia? Aguzó el oído y estuvo pendiente de cualquier
movimiento. Durante un rato oyó el murmullo de una conversación, y luego apagaron el fuego. A continuación se abrió
la puerta de la choza de al lado. La vieja arpía tosió un poco.
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Hubo más murmullos y un breve silencio. Luego la puerta
volvió a abrirse y supo que quien había salido era la niña
porque la vieja arpía seguía tosiendo dentro.
Se quedó inmóvil mientras la niña abría la puerta de su
choza, lentamente y con mucho cuidado, para luego cerrarla
tras ella con el mismo cuidado. Se puso de rodillas sin hacer
ruido y tanteó las mantas hasta alcanzar la cara del joven.
—¿Qué quieres? —preguntó él.
Las manos se apartaron de golpe y se hizo un breve silencio; a continuación, la niña dijo:
—Ya sabes.
—No, no sé —repuso él.
Se quedó callada, como desentrañando lo que acababa
de oír.
—A mi abuela no le importa siempre y cuando me pagues
—dijo al fin.
—Vete —dijo él, avergonzado y humillado—. No eres más
que una niña.
Pero ella se quedó allí sentada sin moverse. No podía soportarlo. Se incorporó, encendió una cerilla, sacó un billete
de diez chelines y se lo dio.
—Aquí tienes el dinero —exclamó con brusquedad—.
Ahora, vete.
Durante el breve resplandor de la cerilla, vio que la niña
abría los ojos de incomprensión, pero finalmente cogió el billete y se marchó. Desde la otra choza, oyó la explicación
quejumbrosa de la niña y la reacción sorprendida y escandalosa de la vieja.
—¿Pero te ha dado el dinero a cambio de nada? —preguntó, fuera de sí—. ¡Es un milagro! ¡Nunca había conocido a un
hombre que no viese a una mujer como un regalo de Dios!
¡Debe de estar loco! ¡Todo este tiempo he sabido que estaba
loco! ¡Cerremos la puerta para protegernos del loco!