Para Dorothy

¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta.

 

1 Corintios 15:36

Aunque esta novela se sitúa en la Kenia contemporánea, todos sus personajes son ficticios. Nombres como el de Jomo Kenyatta o el de Waiyaki son mencionados como parte ineludible de la historia y las instituciones de nuestro país. Sin embargo, la situación y los problemas son reales; algunas veces demasiado reales y dolorosos para los campesinos que lucharon contra los británicos y que ven que todo aquello por lo que lucharon se atribuye ahora a un solo bando.

NGUGI WA THIONG’O

Leeds, noviembre de 1966

1

Mugo estaba nervioso. Estaba tumbado boca arriba, mirando al techo. Colgajos de hollín pendían de la techumbre de helechos y paja, y todos apuntaban a su corazón. Una gota de agua clara estaba delicadamente suspendida sobre él. La gota engordaba y se ensuciaba a medida que absorbía motas de hollín. Poco a poco empezó a avanzar hacia él. Intentó cerrar los ojos. No se cerraban. Intentó mover la cabeza: estaba firmemente encadenada al borde de la cama. La gota se hacía más y más grande y se acercaba cada vez más a sus ojos; quiso cubrírselos con las palmas; pero sus manos, sus pies, todo se negaba a obedecer su voluntad. Desesperado, Mugo se dispuso a hacer un esfuerzo por despertarse, y lo logró. Ahora estaba bajo la manta y desasosegado, temiendo, como en el sueño, que una gota de agua fría le hiriese los ojos. La manta estaba dura y desgastada; sus cerdas le picaban en la cara, en el cuello, en todas las partes desnudas de su cuerpo. No sabía si salir de la cama o no; allí estaba caliente, y todavía no había salido el sol. El amanecer se colaba por las rendijas de la pared en la cabaña. Mugo intentó un juego al que siempre jugaba cuando perdía el sueño en la mitad de la noche o temprano por la mañana. En la oscuridad total o nebulosa, la mayoría de los objetos perdían sus bordes, una forma se disolvía en otra. El juego consistía en tratar de adivinar los distintos objetos de la habitación. Esta mañana, sin embargo, a Mugo le resultaba difícil concentrarse. Sabía que era solo un sueño; y sin embargo, continuaba estremeciéndole la idea de una gota fría cayendo en sus ojos. Un, dos, tres; se quitó la manta de encima. Se lavó la cara y encendió el fuego. En un rincón, descubrió un poco de harina de maíz, en una bolsa entre los utensilios. La puso en una sufuria en el fuego, añadió agua y revolvió con una cuchara de madera. Le gustaban las gachas por la mañana. Pero siempre que las tomaba, recordaba las gachas medio cocidas que comía durante la detención. «Cómo se arrastra el tiempo, todo se repite», pensó Mugo; el día que llegaba sería como ayer y como anteayer.
Cogió un jembe y una panga para repetir la rutina en la que su vida había caído desde que dejó Maguita, el último campo de detención. Para llegar a su nueva shamba, que estaba al otro lado de Thabai, Mugo tenía que recorrer las calles polvorientas del pueblo. Como de costumbre, Mugo descubrió que algunas mujeres se habían levantado antes que él, que algunas ya estaban volviendo del río, sus frágiles espaldas dobladas en dos bajo el peso de los cántaros, a tiempo para preparar el té para sus maridos y sus hijos. El sol ya estaba alto: las sombras de los árboles, de las cabañas y de los hombres eran delgadas y alargadas en el suelo.
—¿Cómo va todo esta mañana? —le saludó Warui, emergiendo de una de las cabañas.
—Todo bien.
Y como de costumbre Mugo hubiera continuado, pero Warui parecía ansioso por hablar.
—¿Atacando la tierra temprano?
—Sí.
—Eso es lo que yo digo siempre. Ve cuando la tierra está todavía suave. Que el sol te encuentre ya allí y no será rival para ti. Pero si llega a los campos antes que tú… mmm.
Warui, un anciano del pueblo, llevaba una manta nueva que hacía destacar claramente su cara arrugada y los mechones de pelo gris en su cabeza y en su barbilla puntiaguda. Había sido él quien le diera a Mugo la tierra en la que ahora cultivaba unos pocos alimentos. Su propia parcela la había confiscado el gobierno mientras él estaba detenido. Aunque a Warui le gustaba hablar, se había acostumbrado a respetar la reticencia de Mugo. Pero hoy le miraba con un nuevo interés, casi con curiosidad.
—Como nos dice Kenyatta —continuó—, estos son días de Uhuru na Kazi. —Hizo una pausa y lanzó un salivazo hacia el vallado. Mugo estaba incómodo con este encuentro—. ¿Y cómo está tu cabaña? ¿Preparada para Uhuru? —continuó Warui.
—Oh, está bien —dijo Mugo, y se despidió. Mientras avanzaba por el pueblo, trató de descifrar el sentido de la última pregunta de Warui.
Thabai era un pueblo grande. Cuando se construyó, había combinado varios cerros: Thabai, Kamandura, Kihingo y partes de Weru. E incluso en 1963, no había cambiado mucho desde el día de 1955 cuando se erigieron a toda prisa tejados de paja y paredes de barro, mientras la espada del hombre blanco colgaba peligrosamente sobre el cuello de la gente para protegerlos de sus hermanos del bosque. Algunas cabañas se habían caído; unas pocas habían sido derribadas. Pero el pueblo mantenía un orden impecable; desde la distancia, parecía una gran masa de hierba desde la que el humo se alzaba hacia el cielo como si se estuviera ofreciendo un sacrificio.
Mugo caminaba con la cabeza algo inclinada, mirando con fijeza al suelo como si le avergonzara mirar a su alrededor. Estaba reviviendo el encuentro con Warui cuando oyó a alguien gritar su nombre. Se paró en seco y vió a Githua, que avanzaba hacia él cojeando con sus muletas. Cuando alcanzó a Mugo se enderezó frente a él, se quitó el sombrero roto y proclamó:
—En nombre de la libertad del hombre negro, te saludo. —Y entonces hizo varias reverencias con cómica deferencia.
—¿Estás… estás bien? —preguntó Mugo, sin saber cómo reaccionar.
Para entonces, dos o tres niños se habían reunido, y se reían de los aspavientos de Githua. Githua no contestó de inmediato. Su camisa estaba desgastada, el cuello relucía de puro sucio. La pernera izquierda de su pantalón estaba doblada y sujeta con un alfiler para cubrir el muñón. Inesperadamente, agarró a Mugo de la mano.
—¿Cómo estás, chico? ¿Cómo estás, chico? Me alegro de verte ir a tu parcela temprano. Uhuru na Kazi. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Incluso en domingo. Te digo que antes de la Emergencia yo era como tú; antes de que el hombre blanco me hiciera esto con sus balas, yo podía trabajar con las dos manos, chico. Mi corazón danza alborozado al ver tu espíritu. Uhuru na Kazi. Jefe, te saludo.
Mugo trató de retirar su mano. El corazón le latía con fuerza, y no encontraba palabras. La risa de los niños aumentaba su agitación. La voz de Githua cambió de repente.
—La Emergencia nos destruyó —dijo con voz llorosa, y desapareció con brusquedad.
Mugo se apresuró, consciente de la mirada del hombre detrás de él. Tres mujeres que v …

megustaleer - Un grano de trigo - Ngugi wa Thiong'o