El maestro de Oscar Wilde

Sendero

Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, después de haber encendido una antorcha de madera resinosa, descendió desde la colina al valle.

Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que lloraba.

Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y a guisa de corona, llevaba ceniza sobre sus cabellos.

Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven desnudo que lloraba.

-Comprendo que sea grande tu dolor porque verdaderamente Él era justo.

Mas el joven le respondió:

-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el desierto, allí donde no hay ningún alimento, y he hecho levantarse a los muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho yo.

-¿Y por qué lloras, entonces?

-Porque a mí no me han crucificado.

La metaficción como estrategia

Sendero

La metaficción como estrategia narrativa

La metaficcion como estrategia narrativa resulta un excelente método de interactuar con el lector. Cómo el escritor usa muchas máscaras dentro de su realidad ficcionada, lo que hace es mostrar la realidad cotidiana junto a un mundo paralelo, introduciéndose en la misma ficción como un personaje real.

En definitiva, la metaficción como estrategia narrativa puede ser más o menos efectiva, en dependencia del talento de cada autor como cualquier otra técnica literaria. A través de ella se  logra que el lector participe en la ficción y la haga suya, pero sobre todo es un recurso en el que la ficción es evidente y el lector lo sabe.

La metaficción como autoconciencia

La metaficción como autoconciencia del escritor respecto a su entorno y la sociedad en la que vive, cuestionándola y cuestionándose, es muy empleada. Por ejemplo:

  • Cuando un personaje pregunta o busca al autor.
  • El autor pide explicaciones al personaje.
  • El autor se incluye como personaje en la ficción.
  • El autor cuestiona la realidad de la ficción y la suya.
  • El autor se refiere a la ficción de la realidad.
  • Los personajes se rebelan contra la trama del autor, salen y crean otra realidad
  • El autor rompe la ficción con la realidad.
  • El autor juega sobre el proceso de creación de su obra.
  • El autor salta de la ficción a la realidad, y viceveresa con juegos de palabras.

Ejemplos de novelas metaficionales

Uno de los ejemplos más clásicos lo encontramos en el Ulises de Joyce o en los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Es imposible obviar a Jorge Luis Borges, que ha hecho gala en alguno de sus relatos de este recurso literario. Algo semejante ocurre en Un vacío perfecto y Un valor imaginario de la autoría de Stanisław Lem y por supuesto, uno de los más fuertes ejemplos es Miguel de Unamuno en su novela Niebla.

Otro ejemplo es el que emplea Julio Cortázar en Continuidad de los parques. En este la narración toma un giro bien interesante, pues finaliza en el momento en el que el hombre de la historia llega para asesinar al que está leyendo la novela. Algo semejante ocurre, por ejemplo, cuando Cervantes, en la segunda parte del Quijote, se refiere a una segunda obra de un tal Avellaneda con el mismo título que la suya.

La metaficción es un recurso muy interesante a la hora de dar un giro a la trama o destacar la relación del autor con su obra, y se la asocia con el fenómeno cultural del posmodernismo. No obstante, escritores como Cervantes o Borges no fueron posmodernistas.

Julio Cortázar, el autor que sorprendió durante el boom latinoamericano

Estudios y cuentos de Clarice Lispector

La más grande novelista de la literatura brasileña, Clarice Lispector, murió de cáncer el día 9 de diciembre de 1977. Era una mujer enigmática, solitaria, y escribía como una diosa.


La mirada

El tema obsesivo de Clarice Lispector es la mirada, la propia mirada. Importa mucho menos qué es lo que se mira, que la manera de mirar. Literatura de la percepción, podría ser el subtítulo de toda su obra. Desde su interioridad, observa la interioridad ajena de una manea implacable. Clarice Lispector escribe como mira, es decir, sin adornos. Un ejemplo de esto es un relato suyo muy difícil de clasificar: Seco estudio de caballos. Justamente, el adjetivo es el que mejor define la obra de Clarice y su estilo: seco. Pero esta sequedad, como en Cavafis, es una virtud; a través de esa renuncia a los fastos de la imagen, su obra llega a una profundidad sobrecogedora. Clarice Lispector escribe como ve y como piensa. Sigue el hilo de su inconsciente y el de la asociación libre. Esto explica, además, algunas de esas inserciones curiosas de sus relatos, y que ella coloca con la Habilidad del inconsciente: si esta idea apareció en su cabeza, por algo será. De ahí también sus numerosas intervenciones, nos recuerda a Velázquez que se pinta pintando a las «Meninas». Clarice mirándose escribir, se escribe a sí misma. Interviene para corregir, interviene para confesarse, interviene para hablar con los personajes, como si las historias y ella, quien las mira y las escribe, no pudieran separarse, desprenderse. Quizá sólo una mujer puede estar tan pegada a sí misma, a su mirada, al cuerpo de su texto, como para que esta unión umbilical sea in destructible. Se la ha comparado, desde luego, con Virginia Woolf, pero la literatura de Clarice termina por provocar una sutil y profunda incomodidad.


El trazo del agua

La literatura de Clarice Lispector me recuerda las pinturas de Remedios Varo. Pero el paisaje mental de Lispector es húmedo, sus palabras son pegajosas, un balbuceo, intenta decir lo que no se puede decir, escribe desde ese lugar de nosotros en el que estamos a solas con la propia respiración. Sus frases cortas, sincopadas, tensas, pueden romperse con el ruido del teléfono o de una puerta que se azota.El paisaje de su pensamiento es de agua. Tiene la textura del limo con raíces que se enredan y te jalan al fondo. El fondo es blando y resbaloso, oscuro como un corazón latiendo, como el deseo, como el miedo. Está hecho de ese lenguaje —que ella seguramente nutrió durante años y años con lo que amó, con todo aquello de la vida que nunca más se recupera, y que ocurre una sola vez—. Seferis escribió en su diario que en esencia el poeta tiene un solo tema, —su cuerpo—. La vida que nutre a ese cuerpo.


Entre la niebla

No es fácil leer a Clarice Lispector, es como esos días inexplicablemente hermosos en que no dan ganas de hacer nada, más que dejarse vivir por ellos. Dije antes, que el paisaje de su pensamiento es de agua, pero en esas aguas hay un enorme silencio y pasan muchas cosas. Tiene la fuerza de los salmones que recorren distancias enormes en contra de la corriente, para regresar al lugar del principio, aparearse y morir. Tiene la belleza casi salvaje de un volcán en erupción, o la de una leona que amamanta a sus cachorros. Es como esas mujeres que todavía se mueren de amor, como los pasadizos secretos llenos de jeroglíficos de las tumbas de los faraones, como la primera mañana del primer día de primavera, como las canciones de Chico Buarque y Luis Gonzaga, cantadas por María Bethania, es el calor al mediodía en el pueblo de María Macabea, es la pena honda, es como las noches, como el perfume rojo de las rosas, como el insomnio, como bajar entre la niebla por las cumbres de Acultzingo.


Al otro lado del viento

Un texto en realidad es un tejido. Viene de textus, participio pasivo de texto: tejer, coser, unir, enlazar.
La literatura de Clarice Lispector es un tejido espeso, es una tela mojada que pesa una enormidad y no cubre sino más bien desnuda. El tejido es minucioso como la tela que tejen las arañas, se parece a la piel verde del agua de los cenotes, al verde de la lluvia, a la infinita paciencia de las bordadoras y puede también cansar como los monólogos silenciosos e interminables con nosotros mismos, como las obsesiones, como la rutina.

Atravesar esos textos, dejarse atravesar por ellos, recorrerlos, hundirse en ellos, quedar a solas entre esas palabras, profundamente, en lo más solo de uno mismo… estoy tratando de decir algo de lo que sentí y vi al sumergirme en la lectura de Clarice Lispector. Sus palabras saben más.
Gloria Gervitz
http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/208-090-clarice-lispector?start=1
El secreto del éxito de Clarice Lispector, la escritora brasileña para la  que “la realidad no tiene sinónimos” - BBC News Mundo

Menos delicado que la langosta de Charles Bukowski

Norteamericano

—¡Qué cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos por ahí. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la muerte. Vámonos por ahí.

—¿Por ahí, adónde? —preguntó ella.

—A cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.

—Jorg —dijo ella—. ¿Qué haré cuando mueras?

—Comer, dormir, coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.

—Yo necesito seguridad.

—Todos la necesitamos.

—Escucha, no estamos casados. No podré cobrar tu seguro.

—No hay problema, no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.

Arlene estaba sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.

—Dices que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en la lista?

—Tú eres la cinco mil una.

—¿Crees que no podría conseguir otro hombre?

—No tendrías ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.

—¿Crees que necesito un gran pintor?

—No, nada de eso. Bastaría con un buen compañero.

—Sí, siempre que me amase.

—Por supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.

Bajaron las escaleras desde la última planta. Todas eran viviendas baratas, llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre; parecía haber siempre comida cocinándose en grandes cacerolas y gente sentada por ahí fumando, limpiándose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco, discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando, rascándose o dormitando delante de la televisión. En el mundo son muy pocos los que tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía la gente, mejor parecía vivir. Las únicas necesidades eran dormir, sábanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.

—Idiotas —dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas parloteando y me joden la mía.

—Oh, Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?

Jorg la miró arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha cogía como una experta y resultaba agradable tenerla a mano… casi siempre.

Llegaron al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas, los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de marfil. Cuando peor se sentía, era cuando mejor se sentía.

—Mierda —dijo—, todo caga hasta que se muere.

Arlene caminaba meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastón, y hasta el sol parecía mirar hacia abajo y exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta fechas muy recientes sus obras no se habían vendido un carajo. Los dos habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escaleras. En los rellanos olía a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron hasta la última planta y Arlene llamó a la puerta.

La puerta se abrió de golpe y allí estaba Serge.

—¡Te pillé! —dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón… pasen.

—¿Pero qué demonios te pasa? —preguntó Jorg.

—Siéntense. Creí que era Lila…

—¿Juegas al escondite con Lila?

—No, no…

—Serge, tienes que librarte de esa chica, te está volviendo loco.

—Me afila los lápices.

—Serge, es demasiado joven para ti.

—Tiene treinta años.

—Y tú sesenta. Son treinta años.

—¿Treinta años es demasiado?

—Pues claro.

—¿Y veinte? —preguntó Serge, mirando a Arlene.

—Veinte años es aceptable. Treinta es indecente.

—¿Por qué no se buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntó Arlene.

Ambos la miraron.

—Le gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.

—Sí —dijo Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy haciendo…

Lo siguieron hasta el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.

—¿Ves? ¿Te das cuenta? Todas las comodidades.

Serge tenía los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al techo.

—Es por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar horas.

—¿Quién te mezcla los colores?

—Lila. Le digo: «Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicaré a estar por ahí tumbado, leyendo revistas.

Oyeron a Lila que subía las escaleras. Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó al dormitorio.

—Vaya —dijo—, el viejo asqueroso está pintando.

—Sí —dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.

—Yo no dije eso.

—Vamos por ahí a comer algo —dijo Arlene.

Serge se incorporó con un gemido.

—Es la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.

—Necesito un trago —dijo Serge—. Me repondré en seguida.

Bajaron juntos a la calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban suéteres de cuello alto.

—Hola, son Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?

—¡Largo! —dijo Serge.

Jorg blandió el bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la rodilla.

—Mierda —dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!

—Ojalá —dijo Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!

Siguieron hacia La Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menú y soltando gentilezas en italiano, ruso y francés.

—¿Has visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es realmente asqueroso!

—Sí —dijo Jorg, y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!

—¡Traiga cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se sentaban a la mejor mesa.

El jefe de camareros se evaporó.

—Ustedes son un par de pendejos —dijo Lila.

Jorg le empezó a subir la mano por la pierna.

—A dos inmortales todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.

—Quítame la mano de la vulva, Jorg.

—No es tu crica. Es propiedad de Serge.

—Pues quita la mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.

—Mi voluntad es muy débil.

Ella gritó. Jorg retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg. Jorg lo vació.

—Es una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!

—¿Todas?

—Todas, sí, pendejo. ¡Y rápido!

—Es torpe —dijo Serge—. Míralo. ¿Cenamos?

—¿Cenar? —dijo Arlene—. Ustedes lo único que hacen es beber. No creo que los haya visto comer nunca más de un huevo pasado por agua.

—¡Fuera de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.

El camarero se esfumó.

—No deben hablarle así a la gente, muchachos —dijo Lila.

—Hemos pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.

—Eso no les da ningún derecho —dijo Arlene.

—Supongo que no —dijo Jorg—, pero es interesante.

—La gente no tiene por qué aguantalos —dijo Lila.

—La gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.

—Lo que la gente quiere es las pinturas de ustedes, nada más —dijo Arlene.

—Nosotros somos nuestros cuadros —dijo Serge.

—Las mujeres son tontas —dijo Jorg.

—Ten cuidado —dijo Serge—. También son capaces de terribles venganzas…

Se pasaron allí sentados dos horas bebiendo vino.

—El hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.

—El hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.

—Ustedes son pendejos genuinos —dijo Lila.

—Desde luego —dijo Arlene.

—Vamos a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la mía.

—Oh, no —dijo Arlene—, de eso nada.

—Nada de eso —dijo Lila.

—Ahora tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.

—Yo también tengo ganas de pintar —dijo Serge.

—Larguémonos de aquí —dijo Jorg.

—Esperen —dijo Lila—, no han pagado la cuenta.

—¿Cuenta? —gritó Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar dinero por esta mierda de vino?

—Venga, vamos —dijo Jorg.

Cuando se levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.

—Este vino es asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba está en los orines!

Serge cogió una botella de vino aún a mitad, le abrió al camarero la camisa de un tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el bastón de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivía en un departamento de lujo. Estudiaba química y había ganado en una ocasión el segundo premio en un concurso de ópera. Jorg blandió el bastón y lo golpeó, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg lo golpeó otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.

Se dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro estaban borrachos, pero tenían una cierta elegancia, había en ellos algo único. Llegaron a la puerta y salieron.

En una mesa próxima a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado todo. El joven parecía inteligente; solo una verruga bastante grande que tenía casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo había querido ser monja.

—¿Estuvieron magníficos, verdad? —dijo el joven.

—Son dos pendejos —dijo la joven.

El joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche difícil.

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La carta en el árbol

José María Merino

Ha regresado, veinte años después, a la ciudad de su infancia y adolescencia, al otro lado del océano. Recorre las antiguas calles observando con extrañeza los cambios en los colores de las casas y en los trazados callejeros. Se le revela de repente el parque de los juegos de niños, el lugar en el que conversó y paseó con muchachas por primera vez. Vuelven a él los ojos negros de Rosa, sus manos blancas y suaves, la separación dolorosa, cuando él tuvo que acompañar a su familia en el traslado a la ciudad donde ha crecido. Recuerda que antes de separarse escribieron una carta en la que pretendían conjurar el futuro: su amor no se  extinguiría, volverían a reunirse para no separarse nunca más. La firmaron con sangre, un alfilerazo en la yema del índice de cada mano izquierda, la introdujeron en una botella pequeña y, tras cerrarla, la escondieron en la enorme hendidura de un árbol muy viejo, que alza todavía sus ramas negruzcas en el extremo más frondoso del lugar. En un impulso que lo avergüenza un poco, rebusca entre las hojas secas, los papeles, las piedras y los desperdicios antiguos que ocupan la cavidad,  hasta encontrar la botella. La abre y saca el papel, pero cuando lo lee,  el mensaje ha cambiado: “Lo siento, Joaquín”, dice. “El tiempo pasa, no vuelves, y he conocido a Alberto, un chico muy majo”. Y firma Rosa, esta vez sin sangre.

La Coruña, España, 1941). Durante su infancia y  adolescencia vivió en León, de donde ha sido nombrado “hijo adoptivo”, y estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en los ministerios de Educación y de Cultura. Colaboró con UNESCO en proyectos para Hispanoamérica.  Es patrono de la Fundación Alexander Pushkin y de la Fundación de la Lengua Española, y fue designado en 2005 Hans Christian Andersen Ambassador por el gobierno danés. Doctor honoris causa por la Universidad de León, es Premio Castilla y León de las Letras y  miembro de la Real Academia Española (sillón m), donde desempeña el cargo de vicesecretario. Es tesorero de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

También es autor de algunas antologías sobre las leyendas tradicionales y el cuento literario español contemporáneo en lengua castellana.

Fragmento de el «Limón» de Kajii Motojirō

Literatura japonesa

«…Caminando por esas calles, a veces imaginaba que, de repente, ya no estaba en Kyoto sino en alguna ciudad a cientos de leguas como Sendai o Nagasaki. Si hubiera podido, habría querido huir de Kyoto e irme a alguna ciudad donde nadie me conociera. Sería tan plácido. Una habitación desierta de hostal. Un futón limpio. Una mosquitera fragante y una yukata bien almidonada. Allí querría pasarme todo un mes tumbado sin pensar en nada. Ojalá pudiera convertirse Kyoto en un lugar así. Cuando esta ilusión empezaba a surtir efecto, iba coloreando las imágenes, disponiéndolas como una copia sobre las calles decrépitas que me rodeaban. Una vez hecho esto, me gustaba perderme de vista a mí mismo dentro de ese paisaje….»


Kajii Motojirō nació el 17 de febrero de 1901 en Osaka. Procedente de una familia bienestante venida a menos, Kajii estudió la secundaria en Kioto, donde empezó a desarrollar un especial interés por la música, el arte y la literatura. Allí también contrajo una enfermedad pulmonar, que acabaría en tuberculosis y que le perseguiría toda la vida. A pesar de la enfermedad y de las dificultades económicas, en 1924 Kajii entró en la facultad de literatura inglesa de la Universidad de Tokio. Ese mismo año fundó junto con algunos compañeros la revista literaria Aozora, donde publicó varios de sus relatos, incluyendo “Remon” (“El limón”, 1925. En castellano hay las traducciones de Erasmus Edicionesy Chidori Books). En 1926 su salud empeoró y tuvo que abandonar Tokio para descansar en un balneario en Yugashima, en la península de Izu. Allí entabló amistad con Kawabata Yasunari, el cual elogió su trabajo y le apoyó a lo largo de su corta carrera. En 1931 consiguió publicar una colección de sus historias cortas titulada Remon, como su pieza más célebre. Al año siguiente recibió su primer encargo pagado por la revista Chūō kōron, donde aparecióel relato “Nonki na kanja” (“El paciente indiferente”), su última obra.Murió a la edad de 31 años.

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Estío de Inés Arredondo

El cuento de México

Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la huerta.

–Ya, muchachos. Si no, se va a calentar el refresco.

Con un acuerdo perfecto y silencioso, dejaron de jugar. Julio atrapó la bola en el aire y se la puso bajo el brazo. El crujir de la grava bajo sus pies se fue acercando mientras yo llenaba los vasos. Ahí estaban ahora ante mí y daba gusto verlos, Román rubio, Julio moreno.

–Mientras jugaban estaba pensando en qué había empleado mi tiempo desde que Román tenía cuatro años… No lo he sentido pasar, ¿no es raro?

–Nada tiene de raro, puesto que estabas conmigo –dijo riendo Román, y me dio un beso.

–Además, yo creo que esos años realmente no han pasado. No podría usted estar tan joven.

Román y yo nos reímos al mismo tiempo. El muchacho bajó los ojos, la cara roja, y se aplicó a presionarse un lado de la nariz con el índice doblado, en aquel gesto que le era tan propio.

–Déjate en paz esa nariz.

–No lo hago por ganas, tengo el tabique desviado.

–Ya lo sé, pero te vas a lastimar.

Román hablaba con impaciencia, como si el otro lo estuviera molestando a él. Julio repitió todavía una vez o dos el gesto, con la cabeza baja, y luego sin decir nada se dirigió a la casa.
A la hora de cenar ya se habían bañado y se presentaron frescos y alegres.

–¿Qué han hecho?

–Descansar y preparar luego la tarea de cálculo diferencial. Le tuve que explicar a este animal A por B, hasta que entendió.

Comieron con su habitual apetito. Cuando bebían la leche Román fingió ponerse grave y me dijo.

–Necesito hablar seriamente contigo.

Julio se ruborizó y se levantó sin mirarnos.

–Ya me voy.

–Nada de que te vas. Ahora aguantas aquí a pie firme. –Y volviéndose hacia mí continuó–: Es que se trata de él, por eso quiere escabullirse. Resulta que le avisaron de su casa que ya no le pueden mandar dinero y quiere dejar la carrera para ponerse a trabajar. Dice que al fin apenas vamos en primer año…

Los nudillos de las manos de Julio estaban amarillos de lo que apretaba el respaldo de la silla. Parecía hacer un gran esfuerzo para contenerse; incluso levantó la cabeza como si fuera a hablar, pero la dejó caer otra vez sin haber dicho palabra.

–… yo quería preguntarte si no podría vivir aquí, con nosotros. Sobra lugar y…

–Por supuesto; es lo más natural. Vayan ahora mismo a recoger sus cosas: llévate el auto para traerlas.

Julio no despegó los labios, siguió en la misma actitud de antes y solo me dedicó una mirada que no traía nada de agradecimiento, que era más bien un reproche. Román lo cogió de un brazo y le dio un tirón fuerte. Julio soltó la silla y se dejó jalar sin oponer resistencia, como un cuerpo inerte.

–Tiende la cama mientras volvemos –me gritó Román al tiempo de dar a Julio un empellón que lo sacó por la puerta de la calle.

Abrí por completo las ventanas del cuarto de Román. El aire estaba húmedo y hacia el oriente se veían relámpagos que iluminaban el cielo encapotado; los truenos lejanos hacían más tierno el canto de los grillos. De sobre la repisa quité el payaso de trapo al que Román durmiera abrazado durante tantos años, y lo guardé en la parte alta del clóset. Las camas gemelas, el restirador, los compases, el mapamundi y las reglas, todo estaba en orden. Únicamente habría que comprar una cómoda para Julio. Puse en la repisa el despertador, donde estaba antes el payaso, y me senté en el alféizar de la ventana.

*

–Si no la va a ver nadie.

–Ya lo sé, pero…

–¿Pero qué?

–Está bien. Vamos.

Nunca se me hubiera ocurrido bajar a bañarme al río, aunque mi propia huerta era un pedazo de margen. Nos pasamos la mañana dentro del agua, y allí, metidos hasta la cintura, comimos nuestra sandía y escupimos las pepitas hacia la corriente. No dejábamos que el agua se nos secara completamente en el cuerpo. Estábamos continuamente húmedos, y de ese modo el viento ardiente era casi agradable. A medio día, subí a la casa en traje de baño y regresé con sándwiches, galletas y un gran termo con té helado. Muy cerca del agua y a la sombra de los mangos nos tiramos para dormir la siesta.

Abrí los ojos cuando estaba cayendo la tarde. Me encontré con la mirada de indefinible reproche de Julio. Román seguía durmiendo.

–¿Qué te pasa? –dije en voz baja.

–¿De qué?

–De nada –sentí un poco de vergüenza.

Julio se incorporó y vino a sentarse a mi lado. Sin alzar los ojos me dijo:

–Quisiera irme de la casa.

Me turbé, no supe por qué, y solo pude responderle con una frase convencional.

–¿No estás contento con nosotros?

–No se trata de eso es que…

Román se movió y Julio me susurró apresurado.

–Por favor, no le diga nada de esto.

*

–Mamá, no seas, ¿para qué quieres que te roguemos tanto? Péinate y vamos.

–Puede que la película no esté muy buena, pero siempre se entretiene uno.

–No, ya les dije que no.

–¿Qué va a hacer usted sola en este caserón toda la tarde?

–Tengo ganas de estar sola.

–Déjala, Julio, cuando se pone así no hay quién la soporte. Ya me extrañaba que hubiera pasado tanto tiempo sin que le diera uno de esos arrechuchos. Pero ahora no es nada, dicen que recién muerto mi padre…

Cuando salieron todavía le iba contando la vieja historia. El calor se metía al cuerpo por cada poro; la humedad era un vapor quemante que envolvía y aprisionaba, uniendo y aislando a la vez cada objeto sobre la tierra, una tierra que no se podía pisar con el pie desnudo. Aun las baldosas entre el baño y mi recámara estaban tibias. Llegué a mi cuarto y dejé caer la toalla;
frente al espejo me desaté los cabellos y dejé que se deslizaran libres sobre los hombros, húmedos por la espalda húmeda. Me sonreí en la imagen. Luego me tendí boca
abajo sobre el cemento helado y me apreté contra él: la sien, la mejilla, los pechos, el vientre, los muslos. Me estiré con un suspiro y me quedé adormilada, oyendo como fondo a mi
entresueño el bordoneo vibrante y perezoso de los insectos en la huerta.

Más tarde me levanté, me eché encima una bata corta, y sin calzarme ni recogerme el pelo fui a la cocina, abrí el refrigerador y saqué tres mangos gordos, duros. Me senté a comerlos en las gradas que están al fondo de la casa, de cara a la huerta. Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordí con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta, por las comisuras de la boca, por mi barbilla, después por entre los dedos y a lo largo de los antebrazos. Con impaciencia pelé el segundo. Y más calmada, casi satisfecha ya, empecé a comer el tercero.

Un chancleteo me hizo levantar la cabeza. Era la Toña que se acercaba. Me quedé con el mango entre las manos, torpe, inmóvil, y el jugo sobre la piel empezó a secarse rápidamente y a ser incómodo, a ser una porquería.

–Volví porque se me olvidó el dinero –me miró largamente con sus ojos brillantes, sonriendo–: Nunca la había visto comer así, ¿verdad que es rico?

–Sí, es rico. –Y me reí levantando más la cabeza y dejando que las últimas gotas pesadas resbalaran un poco por mi cuello–. Muy rico. –Y sin saber por qué comencé a reírme alto, francamente. La Toña se rió también y entró en la cocina. Cuando pasó de nuevo junto a mí me dijo con sencillez:

–Hasta mañana.

Y la vi alejarse, plas, plas, con el chasquido de sus sandalias y el ritmo seguro de sus caderas.
Me tendí en el escalón y miré por entre las ramas al cielo cambiar lentamente, hasta que fue de noche.

*

Un sábado fuimos los tres al mar. Escogí una playa desierta porque me daba vergüenza que me vieran ir de paseo con los muchachos como si tuviéramos la misma edad. Por el camino cantamos hasta quedarnos con las gargantas lastimadas, y cuando la brecha desembocó en la playa y en el horizonte vimos reverberar el mar, nos quedamos los tres callados.

En el macizo de palmeras dejamos el bastimento y luego cada uno eligió una duna para desvestirse.

El retumbo del mar caía sordo en el aire pesado de sol. Untándome con el aceite me acerqué hasta la línea húmeda que la marea deja en la arena. Me senté sobre la costra dura, casi seca, que las olas no tocan.

Lejos, oí los gritos de los muchachos; me volví para verlos: no estaban separados de mí más que por unos metros, pero el mar y el sol dan otro sentido a las distancias.

Vinieron corriendo hacia donde yo estaba y pareció que iban a atropellarme, pero un momento antes de hacerlo Román frenó con los pies echados hacia adelante levantando una gran cantidad de arena y, cayendo de espaldas, mientras Julio se dejaba ir de bruces a mi lado, con toda la fuerza y la total confianza que hubiera puesto en un clavado a una piscina. Se quedaron quietos, con los ojos cerrados; los flancos de ambos palpitaban, brillantes por el sudor. A pesar del mar podía escuchar el jadeo de sus respiraciones. Sin dejar de mirarlos me fui sacudiendo la arena que habían echado sobre mí. Román levantó la cabeza.

–¡Qué bruto eres, mano, por poco le caes encima!

Julio ni se movió.

–¿Y tú? Mira cómo la dejaste de arena.

Seguía con los ojos cerrados, o eso parecía; tal vez me observaba así siempre, sin que me diera cuenta.

–Te vamos a enseñar unos ejercicios del pentatlón ¿eh?

Román se levantó y al pasar junto a Julio le puso un pie en las costillas y brincó por encima de él. Vi aquel pie desmesurado y tosco sobre el torso delgado. Corrieron, lucharon, los miembros esbeltos confundidos en un haz nervioso y lleno de gracia. Luego Julio se arrodilló y se dobló sobre sí mismo haciendo un obstáculo compacto mientras Román se alejaba.

–Ahora vas a ver el salto del tigre –me gritó Román antes de iniciar la carrera tendida hacia donde estábamos Julio y yo.

Lo vi contraerse y lanzarse al aire vibrante, con las manos extendidas hacia adelante y la cara oculta entre los brazos. Su cuerpo se estiró infinitamente y quedó suspendido en el salto que era un vuelo. Dorado en el sol, tersa su sombra sobre la arena. El cuerpo como un río fluía junto a mí, pero yo no podía tocarlo. No se entendía para qué estaba Julio ahí, abajo, porque no había necesidad alguna de salvar nada, no se trataba de un ejercicio: volar, tenderse en el tiempo de la armonía como en el propio lecho, estar en el ambiente de la plenitud, eso era todo. No sé cuándo, cuando Román cayó al fin sobre la arena, me levanté sin decir nada, me encaminé hacia el mar, fui entrando en él paso a paso, segura contra la resaca.

El agua estaba tan fría que de momento me hizo tiritar; pasé el reventadero y me tiré a mi vez de bruces, con fuerza. Luego comencé a nadar. El mar copiaba la redondez de mi brazo,
respondía al ritmo de mis movimientos, respiraba. Me abandoné de espaldas y el sol quemó mi cara mientras el mar helado me sostenía entre la tierra y el cielo. Las auras planeaban lentas en el mediodía; una gran dignidad aplastaba cualquier pensamiento; lejos, algún grito de pájaro y el retumbar de las olas.

Salí del agua aturdida. Me gustó no ver a nadie. Encontré mis sandalias, las calcé y caminé sobre la playa que quemaba como si fuera un rescoldo. Otra vez mi cuerpo, mi caminar pesado que deja huella. Bajo las palmeras recogí la toalla y comencé a secarme. Al quedar descalza, el contacto con la arena fría de la sombra me produjo una sensación discordante; me volví a mirar el mar; pero de todas maneras un enojo pequeño, casi un destello de angustia, me siguió molestando.

Llevaba un gran rato tirada boca abajo, medio dormida, cuando sentí su voz enronquecida rozar mi oreja. No me tocó, solamente dijo:

–Nunca he estado con una mujer.

Permanecí sin moverme. Escuchaba al viento al ras de la arena, lijándola.

Cuando recogíamos nuestras cosas para regresar, Román comentó.

–Está loco, se ha pasado la tarde acostado, dejando que las olas lo bañaran. Ni siquiera se movió cuando le dije que viniera a comer. Me impresionó porque parecía un ahogado.

*

Después de la cena se fueron a dar una vuelta, a hacer una visita, a mirar pasar a las muchachas o a hablar con ellas y reírse sin saber por qué. Sola, salí de la casa. Caminé sin prisa por
el baldío vecino, pisando con cuidado las piedras y los retoños crujientes de las verdolagas. Desde el río subía el canto entrecortado y extenso de las ranas, cientos, miles tal vez. El cielo, bajo como un techo, claro y obvio. Me sentí contenta cuando vi que el cintilar de las estrellas correspondía exactamente al croar de las ranas.

Seguí hasta encontrar un recodo en donde los árboles permitían ver el río, abajo, blanco. En la penumbra de la huerta ajena me quedé como en un refugio, mirándolo fluir. Bajo mis pies la espesa capa de hojas, y más abajo la tierra húmeda, olorosa a ese fermento saludable tan cercano sin embargo a la putrefacción. Me apoyé en un árbol mirando abajo el cauce que era como el día. Sin que lo pensara, mis manos recorrieron la línea esbelta, voluptuosa y fina, y el áspero ardor de la corteza. Las ranas y la nota sostenida de un grillo, el río y mis manos conociendo el árbol. Caminos todos de la sangre ajena y mía, común y agolpada aquí, a esta hora, en esta margen oscura.

Los pasos sobre la hojarasca, el murmullo, las risas ahogadas, todo era natural, pero me sobresalté y me alejé de ahí apresurada. Fue inútil, tropecé de manos a boca con las dos siluetas negras que se apoyaban contra una tapia y se estremecían débilmente en un abrazo convulso. De pronto habían dejado de hablar, de reír, y entrado en el silencio.

No pude evitar hacer ruido y cuando huía avergonzada y rápida, oí clara la voz pastosa de la Toña que decía:

–No te preocupes, es la señora.

Las mejillas me ardían, y el contacto de aquella voz me persiguió en sueños esa noche, sueños extraños y espesos.

Los días se parecían unos a otros; exteriormente eran iguales, pero se sentía cómo nos internábamos paso a paso en el verano.

Aquella noche el aire era mucho más cargado y completamente diferente a todos los que había conocido hasta entonces. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a respirarlo hondamente.

No tuve fuerzas para salir a pasear, ni siquiera para ponerme el camisón; me quedé desnuda sobre la cama, mirando por la ventana un punto fijo del cielo, tal vez una estrella entre las ramas. No me quejaba, únicamente estaba echada ahí, igual que un animal enfermo que se abandona a la naturaleza. No pensaba, y casi podría decir que no sentía. La única realidad era que mi cuerpo pesaba de una manera terrible; no, lo que sucedía era nada más que no podía moverme, aunque no sé por qué. Y sin embargo eso era todo: estuve inmóvil durante horas, sin ningún pensamiento, exactamente como si flotara en el mar bajo ese cielo tan claro. Pero no tenía miedo. Nada me llegaba; los ruidos, las sombras, los rumores, todo era lejano, y lo único que subsistía era mi propio peso sobre la tierra o sobre el agua; eso era lo que centraba todo aquella noche.

Creo que casi no respiraba, al menos no lo recuerdo; tampoco tenía necesidad alguna. Estar así no puede describirse porque casi no se está, ni medirse en el tiempo porque es a otra profundidad a la que pertenece.

Recuerdo que oí cuando los muchachos entraron, cerraron el zaguán con llave y cuchicheando se dirigieron a su cuarto. Oí muy claros sus pasos, pero tampoco entonces me moví. Era una trampa dulce aquella extraña gravidez.

Cuando el levísimo ruido se escuchó, toda yo me puse tensa, crispada, como si aquello hubiera sido lo que había estado esperando durante aquel tiempo interminable. Un roce y un como temblor, la vibración que deja en el aire una palabra, sin que nadie hubiera pronunciado una sílaba, y me puse de pie de un salto. Afuera, en el pasillo, alguien respiraba, no era posible oírlo, pero estaba ahí, y su pecho agitado subía y bajaba al mismo ritmo que el mío: eso nos igualaba, acortaba cualquier distancia. De pie a la orilla de la cama levanté los brazos anhelantes y cerré los ojos. Ahora sabía quién estaba del otro lado de la puerta. No caminé para abrirla; cuando puse la mano en la perilla no había dado un paso. Tampoco lo di hacia él, simplemente nos encontramos, del otro lado de la puerta. En la oscuridad era imposible mirarlo, pero tampoco hacía falta, sentía su piel muy cerca de la mía. Nos quedamos frente a frente, como dos ciegos que pretenden mirarse a los ojos. Luego puso sus manos en mi espalda y se estremeció. Lentamente me atrajo hacia él y me envolvió en su gran ansiedad refrenada. Me empezó a besar, primero apenas, como distraído, y luego su beso se fue haciendo uno solo. Lo abracé con todas mis fuerzas, y fue entonces cuando sentí contra mis brazos y en mis manos latir los flancos, estremecerse la espalda. En medio de aquel beso único en mi soledad, de aquel vértigo blando, mis dedos tantearon el torso como árbol, y aquel cuerpo joven me pareció un río fluyendo igualmente secreto bajo el sol dorado y en la ceguera de la noche. Y pronuncié el nombre sagrado.

*

Julio se fue de nuestra casa muy pronto, seguramente odiándome, al menos eso espero. La humillación de haber sido aceptado en el lugar de otro, y el horror de saber quién era ese otro dentro de mí, lo hicieron rechazarme con violencia en el momento de oír el nombre, y golpearme con los puños cerrados en la oscuridad en tanto yo oía sus sollozos. Pero en los días que siguieron rehusó mirarme y estuvo tan abatido que parecía tener vergüenza de sí. La tarde anterior a su partida hablé con él por primera vez a solas después de la noche del beso, y se lo expliqué todo lo mejor que pude; le dije que yo ignoraba absolutamente que me sucediera aquello, pero que no creía que mi ignorancia me hiciera inocente.

–Lo nuestro era mentira porque aunque se hubiera realizado estaríamos separados. Y sin embargo, en medio de la angustia y del vacío, siento una gran alegría: me alegro de que sea yo la culpable y de que lo seas tú. Me alegra que tú pagues la inocencia de mi hijo aunque eso sea injusto.

Después mandé a Román a estudiar a México y me quedé sola.

Inés Arredondo/ Estío - LECTORES EMPEDERNIDOS

FIN

Inés Arredondo por Reyna Paz Avendaño

Deseos oscuros

Inés Arredondo (1928-1989) fue la autora que escribió sobre los silencios de las personas y sobre la imposibilidad de expresar deseos. Así lo considera Geney Beltrán Félix (1976), compilador del libro Estío y otros cuentos (Planeta), antología que reúne 16 cuentos de Inés Arredondo, los cuales, en opinión del prologuista, son los más dramáticos por tener personajes que aman a infieles, a una madre que desea a su hijo o un anciano desahuciado que se casa con su sobrina.

“Inés Arredondo es una autora valiosa del siglo XX mexicano pero no es conocida por el lector general, ya que las ediciones anteriores de sus obras van dirigidas a un lector especializado. Este libro es un reconocimiento a una autora importante pero no considerada central, que no se enseña en bachilleratos, aunque sus cuentos tengan características que puedan resultar favorables para acercar a los jóvenes a la literatura mexicana”, indica.

El crítico literario considera que los cuentos de Arredondo podrían tener, entre los jóvenes, la misma aceptación que El llano en llamas, de Juan Rulfo, o Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, pero no sucede, en parte porque es vista como una autora más de la Generación de la Casa del Lago, en el núcleo de Juan García Ponce, José de la Colina, Juan Vicente Melo y Salvador Elizondo.

Otro factor de su poca difusión y enseñanza, indica, es que Arredondo escribió únicamente cuentos, “aunque tiene ensayos, lo central de su obra, es la ficción breve, pero el gran género narrativo que consagra a los escritores es la novela. Entonces, parecería una desventaja que Inés se haya mantenido leal a un género, el más difícil de la ficción”.

Estío y otros cuentos, editado por Oceáno, recopila cuentos como Olga, La Sunamita, Mariana, Orfandad, En la sombra, Wanda y Los hermanos, relatos que están divididos en  tres capítulos, mismos que corresponden a los tres libros compilatorios que en vida publicó Arredondo: La señal (1965), Río subterráneo (1979) y Los espejos (1988).

“Elegí esos cuentos para romper la muralla de lectores especializados y así entregarlos a un lector que no sabe de la existencia de Inés Arredondo o que sólo ha escuchado su nombre. Es una selección muy compacta, que se leen en una sentada pero que dibujan a personajes con los mundos más asfixiantes”, señala el compilador.

Por ejemplo, el cuento Estío, Beltrán Félix lo considera vital, ya que es representativo del deseo femenino silenciado. “El personaje, una mujer, no sabe lo que desea y cuando lo descubre (desea a su hijo), es incestuoso. Por otro lado, ese cuento tiene una prosa sensorial, que hace sentir al lector el calor, el esparcimiento, el decaimiento y la sensación de pérdida. Estío habla de un trabajo de limpieza y pulimiento de Arredondo”.

FEMINISTA. Aunque en su momento Inés Arredondo no se asumió como una escritora feminista, hoy es posible hacer una lectura de crítica feminista, opina el editor Geney Beltrán Félix, ya que la mayoría de los personajes de la autora merecedora del Premio Xavier Villaurrutia 1979, son mujeres.

“Inés es una autora muy innovadora tan sólo en su audacia temática. Sus personajes femeninos dan fe de una sociedad muy represiva porque hay un gran conflicto en ellas: la imposibilidad de expresar el deseo. Esta autora habla de cómo la mujer es llevada a una situación en donde debe de renunciar a su sexualidad, tiene que aceptar que sólo es un objeto del deseo masculino, sin oportunidad de experimentar sus propios deseos”, señala.

Además, agrega, Arredondo utilizó el recurso de la alusión. “Es decir, no muestra el estallido, sino la inminencia del estallido, esa represión de sus personajes abre el ángulo para que especulemos sobre la sociedad en la que estamos viviendo”.

Por ejemplo, el cuento Mariana, es la historia de violencia en una pareja, de amor obsesivo y autodestructivo donde el lector descubre todo lo que le sucede al personaje principal, a través de testimonios de los personajes secundarios. “Ahí hay una zona brumosa del personaje principal del por qué se obsesiona así por un patán, Inés no lo explica e invita al lector a potencializar su imaginación”.

https://www.cronica.com.mx/notas/2017/1018177.html

Exámenes finales

Pia Barro

EXÁMENES FINALES

La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza.
Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas viene apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella.
El hombre sonríe confiado.
Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto.
Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras.
– Mañana a las diez, recuerden el examen de química.
La que había levantado el brazo, incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado.
– Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe.
La plaza entera vibra con el estampido.
Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.

Entrevista a la escritora Pía Barros

Pía Barros Bravo nació en Melipilla, Chile, en 1956. Ha destacado en el cuento, aunque también ha escrito algunas novelas. Además, ha publicado una treintena de libros-objeto con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos chilenos, lo que le ha valido la obtención del Fondart (Fondo Nacional de las Artes) en dos oportunidades. Obtuvo también la Beca de la Fundación Andes, con la que escribió la primera novela de difusión digital en Chile, Lo que ya nos encontró, y la Beca del Escritor, del Consejo Nacional del libro y la lectura.

Dirige los talleres literarios Ergo Sum desde 1976; también es directora de Ediciones Asterión. Sus cuentos han sido publicados en más de treinta antologías.

LA QUE NO ESTÁ

De Ana María Shua

Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse con otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está.

La sueñera: homenaje al reino del insomnio, sobre Ana María Shua ...

De la sueñera

Ana María Shua

Quiero dormir. Ante los Dioses del Sueño, postrada, imploro.
Este es tu sueño me responden furiosos. Entonces, quiero
despertar. Caminarás, me ordenan, por un largo pasillo.
Hallarás dos puertas. Una de ellas guarda tu despertar. La
otra, la más monótona de las pesadillas, que es la muerte.
Debes abrir una: el azar o tu ingenio pueden favorecerte.
Camino por un largo pasillo hasta alejarme de los Dioses del
Sueño. Veo dos puertas. Junto a ellas, inmóvil, espero.
Creado por Dioses tan poderosos como los del sueño, tarde o
temprano sonará el despertador.

Ana María Shua (Buenos Aires,
1951)
Sus cuatro libros de minificciones, género en el que
ha obtenido amplio reconocimiento en el mundo de
habla hispana, son ‘La sueñera’, ‘Casa de geishas’, ‘Botánica del
caso’ y ‘Temporada de fantasmas’.
También ha escrito varios libros de cuentos, entre ellos
‘Viajando se conoce gente’. Como cuentista obtuvo el
Premio Municipal y el Diploma al Mérito Konex.
En 1980 ganó con su novela ‘Soy paciente’ el premio de
la editorial Losada.
Sus otras novelas son ‘Los amores de Laurita’ (llevada al
cine), ‘El libro de los recuerdos’ (Beca Guggenheim), ‘La
muerte como efecto secundario’ (Premio Club de los
Trece y Premio Municipal de Novela) y ‘El peso de la
tentación’.
También es autora de poesía y de literatura infantil, con
la que ha obtenido varios premios, entre ellos el del
Banco del Libro en Venezuela y el White Raven, en
Alemania. Sus libros han sido publicados en Brasil,
España, Italia, Francia, Alemania, Corea y Estados
Unidos.

Ana María Shua - Editorial Páginas de Espuma

Perdiendo velocidad de Samanta Schweblin

Este es un cuento breve y desolador de Samanta Schweblin (1978), narradora argentina y una de las escritoras más celebradas, traducidas y premiadas de nuestro tiempo. En este año en que las autoras latinoamericanas se han destacado enormemente, su libro más reciente es la novela Kentukis (2018), pero Schweblin se dio a conocer en especial por sus colecciones de cuento. De la segunda de ellas: Pájaros en la boca (2009, ganadora del Premio Casa de las Américas), proviene este relato de vida cotidiana y decadencia, que ha aparecido en diversas antologías virtuales (pero no había llegado a ésta).

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Tardó en sacar la vista de los huevos.

—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.

Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.

—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.

—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.

Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.

Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.

—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.

Miró los huevos.

—Creo que me estoy por morir.

Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.

—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.

Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.

—¿Café? —pregunto.

—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

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Cuento de Samanta Schweblin: Perdiendo velocidad

La esperanza Villiers de L’Isle Adam

Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares1 del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.

Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, “duro como su piel”, había rehusado la abjuración.

Orgulloso de una filiación milenaria -porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre-, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios.

Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:

-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse… pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos… ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.

Dichas estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo abrazó tiernamente. Lo abrazó luego el fraile redentor y, muy bajo, le rogó que le perdonara los tormentos. Después lo abrazaron los familiares, cuyo beso, ahogado por las cogullas, fue silencioso. Terminada la ceremonia, el prisionero se quedó solo, en las tinieblas.

*

El rabí Abarbanel, seca la boca, embotado el rostro por el sufrimiento, miró sin atención precisa la puerta cerrada. “¿Cerrada?…” Esta palabra despertó en lo más íntimo de sus confusos pensamientos un sueño. Había entrevisto un instante el resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una esperanza mórbida lo agitó. Suavemente, deslizando el dedo con suma precaución, atrajo la puerta hacia él. Por un azar extraordinario, el familiar que la cerró había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope, contra los montantes de piedra. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la puerta había quedado abierta.

El rabino arriesgó una mirada hacia afuera.

A favor de una lívida oscuridad, vio un semicírculo de muros terrosos en los que había labrados unos escalones; y en lo alto, después de cinco o seis peldaños, una especie de pórtico negro que daba a un vasto corredor del que no le era posible entrever, desde abajo, más que los primeros arcos.

Se arrastró hasta el nivel del umbral. Era realmente un corredor, pero casi infinito. Una luz pálida, con resplandores de sueño, lo iluminaba. Lámparas suspendidas de las bóvedas azulaban a trechos el color deslucido del aire; el fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Por un lado, a la izquierda, troneras con rejas, troneras que por el espesor del muro dejaban pasar un crepúsculo que debía ser el del día, porque se proyectaba en cuadrículas rojas sobre el enlosado. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.

Sin titubear se aventuró por el corredor, sorteando las troneras, tratando de confundirse con la tenebrosa penumbra de las largas murallas. Se arrastraba con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo martirizaba una llaga.

De repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó en el eco de esta senda de piedra. Tembló, la ansiedad lo ahogaba, se le nublaron los ojos. Se agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.

Era un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano, la cogulla baja, terrible, y desapareció. El rabino, casi suspendidas las funciones vitales, estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, lo hizo pensar en volver a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba en el alma ese divino tal vez, que reconforta en las peores circunstancias. Un milagro lo favorecía. ¿Cómo dudar? Siguió, pues, arrastrándose hacia la evasión posible. Extenuado de dolores y de hambre, temblando de angustia, avanzaba. El corredor parecía alargarse misteriosamente. Él no acababa de avanzar; miraba siempre la sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.

De nuevo resonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y más sombríos. Las figuras blancas y negras, los largos sombreros de bordes redondos, de dos inquisidores, emergieron de lejos en la penumbra. Hablaban en voz baja y parecían discutir algo muy importante, porque las manos accionaban con viveza.

Ya cerca, los dos inquisidores se detuvieron bajo la lámpara, sin duda por un azar de la discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al rabino. Bajo esta incomprensible mirada, el rabino creyó que las tenazas mordían todavía su propia carne; muy pronto volvería a ser una llaga y un grito.

Desfalleciente, sin poder respirar, las pupilas temblorosas, se estremecía bajo el roce espinoso de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural: los ojos del inquisidor eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder, absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin verlo.

Al cabo de unos minutos los dos siniestros discutidores continuaron su camino a pasos lentos, siempre hablando en voz baja, hacia la encrucijada de donde venía el rabino. No lo habían visto. Esta idea atravesó su cerebro: ¿No me ven porque estoy muerto? Sobre las rodillas, sobre las manos, sobre el vientre, prosiguió su dolorosa fuga, y acabó por entrar en la parte oscura del espantoso corredor.

De pronto sintió frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía de una rendija bajo una puerta hacia cuyo marco convergían los dos muros. Sintió en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo, sin poder distinguirla bien, a causa de la oscuridad que la rodeaba. Tentó: Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió bajo su mano y la silenciosa puerta giró.

*

La puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba hacia la sierra, en el horizonte. Ahí estaba la salvación. ¡Oh, huir! Correría toda la noche, bajo esos bosques de limoneros, cuyas fragancias lo buscaban. Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire sagrado, el viento lo reanimó, sus pulmones resucitaban. Y para bendecir otra vez a su Dios, que le acordaba esta misericordia, extendió los brazos, levantando los ojos al firmamento. Fue un éxtasis.

Entonces creyó ver la sombra de sus brazos retornando sobre él mismo; creyó sentir que esos brazos de sombra lo rodeaban, lo envolvían, y tiernamente lo oprimían contra su pecho. Una alta figura estaba, en efecto, junto a la suya. Confiado, bajó la mirada hacia esta figura, y se quedó jadeante, enloquecido, los ojos sombríos, hinchadas las mejillas y balbuceando de espanto. Estaba en brazos del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba, llenos los ojos de lágrimas y con el aire del pastor que encuentra la oveja descarriada.

Mientras el rabino, los ojos sombríos bajo las pupilas, jadeaba de angustia en los brazos del Inquisidor y adivinaba confusamente que todas las fases de la jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío sacerdote, con un acento de reproche conmovedor y la vista consternada, le murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:

-¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?

Jean-Marie Mathias Philippe Auguste, Conde de Villiers de l’Isle-Adam; Saint-Brieuc, 1838-París, 1889) Escritor francés. Autor de cuentos considerados como obras maestras del género, que presentan una novedosa síntesis de cuento filosófico, relato de terror, ciencia ficción y esoterismo, sus primeras obras (Dos ensayos de poesía, 1858; Primeras poesías, 1859) no permiten deducir lo que fue su producción posterior, una vez que hubo conocido a Charles Baudelaire (1859) y a Stéphane Mallarmé (1864), y descubierto la filosofía de Hegel. En 1866 colaboró en el Parnasse Contemporain. En 1867 fundó la Revue des Lettres et des Arts y escribió El Intersigno, su primer «cuento cruel». En 1870 tomó partido por la comuna; en 1883, la publicación de sus Cuentos crueles le valió cierta notoriedad, pero sus condiciones de vida siguieron siendo precarias hasta su muerte. Entre sus restantes obras destacan las novelas Isis (1862) y La Eva futura (1886), la novela corta Claire Lenoir (1867) y el drama Axël (1890).

La lotería de Shirley Jackson

a mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.

Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería —igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween— era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.

El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.

Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían utilizado durante generaciones.

Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.

Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo, el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a cada participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor Graves y los Martin.

En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.

—Me había olvidado por completo de qué día era —le comentó a la señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo bajo—. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando leña —prosiguió la señora Hutchinson—, y entonces miré por la ventana y vi que los niños habían desaparecido de la vista; entonces recordé que estábamos a veintisiete y vine corriendo.

Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:

—De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.

La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:

—Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.

—No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe? —respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones tras la llegada de la mujer.

—Muy bien —anunció sobriamente el señor Summers—, supongo que será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al trabajo. ¿Falta alguien?

—Dunbar —dijeron varias voces—. Dunbar, Dunbar.

El señor Summers consultó la lista.

—Clyde Dunbar —comentó—. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?

—Yo, supongo —respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia ella.

—La esposa saca la papeleta por el marido —anunció el señor Summers, y añadió—: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?

Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la contestación de la señora Dunbar.

—Horace no ha cumplido aún los dieciséis —explicó la mujer con tristeza—. Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.

—De acuerdo —asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista que sostenía en las manos y luego preguntó—: ¿El chico de los Watson sacará papeleta este año?

Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.

—Aquí estoy —dijo—. Voy a jugar por mi madre y por mí.

El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».

—Bien —dijo el señor Summers—, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el viejo Warner?

—Aquí estoy —dijo una voz, y el señor Summers asintió.

Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista.

—¿Todos preparados? —preguntó—. Bien, voy a leer los nombres (los cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?

Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista a la mano donde tenía la papeleta.

—Allen —llamó el señor Summers—. Anderson… Bentham.

—Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente —comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras—. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.

—Desde luego, el tiempo pasa volando —asintió la señora Graves.

—Clark… Delacroix…

—Allá va mi marido —comentó la señora Delacroix, conteniendo la respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.

—Dunbar —llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Ánimo, Janey», y otra decía: «Allá va».

—Ahora nos toca a nosotros —anunció la señora Graves y observó a su marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.

—Harburt… Hutchinson…

—Vamos allá, Bill —dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella soltaron una carcajada.

—Jones…

—Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería —comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:

—Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre —añadió, irritado—. Ya es suficientemente terrible tener que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.

—En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería —apuntó la señora Adams.

—Eso no traerá más que problemas —insistió el viejo Warner, testarudo—. Hatajo de jóvenes estúpidos.

—Martin… —Bobby Martin vio avanzar a su padre.— Overdyke… Percy…

—Ojalá se den prisa —murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor—. Ojalá acaben pronto.

—Ya casi han terminado —dijo el muchacho.

—Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre —le indicó su madre.

El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.

—Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería —proclamó el señor Warner mientras se abría paso entre la multitud—. Setenta y siete loterías.

—Watson… —el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.

—Zanini…

Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:

—Muy bien, amigos.

Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron a hablar a la vez:

—Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?

Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:

—Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.

—Ve a decírselo a tu padre —ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.

Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:

—¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe Summers. ¡No es justo!

—Tienes que aceptar la suerte, Tessie —le replicó la señora Delacroix, y la señora Graves añadió:

—Todos hemos tenido las mismas oportunidades.

—¡Vamos, Tessie, cierra el pico! —intervino Bill Hutchinson.

—Bueno —anunció, acto seguido, el señor Summers—. Hasta aquí hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar a tiempo.

Consultó su siguiente lista y añadió:

—Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna casa más que pertenezca a ella?

—Están Don y Eva —exclamó la señora Hutchinson con un chillido—. ¡Ellos también deberían participar!

—Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie —replicó el señor Summers con suavidad—. Lo sabes perfectamente, como todos los demás.

—No ha sido justo —insistió Tessie.

—Me temo que no —respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la anterior pregunta del director del sorteo—. Mi hija juega con la familia de su esposo, como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.

—Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido a la tuya —declaró el señor Summers a modo de explicación—. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?

—Sí —respondió Bill Hutchinson.

—Cuántos chicos tienes, Bill? —preguntó oficialmente el señor Summers.

—Tres —declaró Bill Hutchinson—. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.

—Muy bien, pues —asintió el señor Summers—. ¿Has recogido sus papeletas, Harry?

El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.

—Entonces, ponlas en la caja —le indicó el señor Summers—. Coge la de Bill y colócala dentro.

—Creo que deberíamos empezar otra vez —comentó la señora Hutchinson con toda la calma posible—. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.

El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.

—¡Escúchenme todos! —seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos que la rodeaban.

—¿Preparado, Bill? —inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.

—Recuerden —continuó el director del sorteo—: Saquen una papeleta y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al pequeño Dave.

El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin ofrecer resistencia.

—Saca un papel de la caja, Davy —le dijo el señor Summers. Davy introdujo la mano donde le decían y soltó una risita—. Saca solo un papel —insistió el señor Summers—. Harry, ocúpate tú de guardarlo.

El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.

—Ahora, Nancy —anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado—. Bill, hijo —dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta—. Tessie…

La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.

—Bill… —dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.

Los espectadores habían quedado en silencio.

—Espero que no sea Nancy —cuchicheó una chica, y el sonido del susurro llegó hasta el más alejado de los reunidos.

—Antes, las cosas no eran así —comentó abiertamente el viejo Warner—. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.

—Muy bien —dijo el señor Summers—. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre la del pequeño Dave.

El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.

—Tessie… —indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.

—Es Tessie —anunció el señor Summers en un susurro—. Muéstranos su papel, Bill.

Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza. En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción agitada entre los congregados.

—Bien, amigos —proclamó el señor Summers—, démonos prisa en terminar.

Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió hacia la señora Dunbar.

—Vamos —le dijo—. Date prisa.

La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y murmuró, entre jadeos:

—No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.

Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.

—¡No es justo! —exclamó.

Una piedra la golpeó en la sien.

—¡Vamos, vamos, todo el mundo! —gritó el viejo Warner. Steve Adams estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.

—¡No es justo! ¡No hay derecho! —siguió exclamando la señora Hutchinson. Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella. https://www.zendalibros.com/la-loteria-cuento-shirley-jackson/

La lotería, un cuento de Shirley Jackson

Shirley Jackson es una de las narradoras de terror más interesantes de la literatura estadounidenses. En ella se han inspirado algunas de las voces que más han calado en la tradición del género y sus obras siguen siendo reeditadas por algunos de los sellos más relevantes de la literatura contemporánea.
Jackson nació el 14 de diciembre de 1916 en un pueblo del estado de Vermont. Vivió allí hasta la adolescencia, momento en el que se mudó a New York. La extrañeza del nuevo sitio seguramente la marcó tanto que se convirtió en uno de los temas que atravesarían su escritura.
De pequeña, Shirley se sentía rara y esto la llevó a desear más la compañía de los libros que de los niños. Esto provocó un gran descontento en su madre, y fue el inició de una relación conflictiva que duraría para siempre. No obstante, esta inclinación por los libros y la soledad le permitieron a Shirley encontrar su vocación y en el futuro convertirse en una de las escritoras más valiosas de su país.
Una de las cosas que siempre se dicen de Jackson es que no le gustaba aparecer en los medios. Rechazaba las entrevistas y no le interesaba promover su trabajo. Además, estaba convencida de que un buen escritor no necesita explicar sus libros, porque ellos se explican perfectamente solos.
Shirley Jackson falleció el 8 de agosto de 1965 de un ataque al corazón. Tenía tan sólo cuarenta y ocho años pero sufría de sobrepeso y era una fumadora compulsiva: sin duda estas dos cuestiones afectaron severamente su salud. https://www.bestialectora.com/2019/08/shirley-jackson.html