DONDE ESTÁ LA ELIPSIS…El cuento comienza con una situación verosímil: el narrador siente pinchazos en las piernas, y lo atribuye al pasto y a los yuyos. Pero sin aviso ni transición, el texto da un salto hacia lo imposible: una araña con ropas de cazador y sombrero rojo, disparando con cerbatana.
Lo omitido es la transformación del mundo. No hay explicación, solo el resultado: una visión alucinante, absurda o fantástica. Idea y supervisión de Rubén García García iMAGEN CREADA POR LA I.A.
Tengo un amor nuevo y con él aprendí muchas cosas. Por ejemplo, los límites. Tantos años de ir a lo del psicoanalista para escucharlo repetir siempre: “Pero usted se tira a la pileta sin agua”. A mí esa frase me producía consternación, porque una pileta sin agua es de lo más triste que hay. O si no, me decía: “Hágase valer, usted tiene una imagen muy deteriorada de sí misma, usted es inteligente, es creativa”. Eso a mí me daba como un destello de valor por un momento y después me sonaba a consuelo, como cuando alguien presenta a otra persona a un tipo o una tipa impresentables y para arreglarlo dicen: “es historiador” o “viajó a Tánger”, y como yo creo que lo que siento es verdadero amor, no necesito ni ser linda ni ser creativa ni viajar a Tánger: él me quiere por lo que soy. Y no le importa si soy un poco vieja, porque es como que no registrara esas cosas: para mi asombro me quiere sin condiciones. Con él aprendí la expresión de la mirada, que vale por mil palabras: no me asusta si en sus ojos veo una pizca de odio; sé que no es hacia mí como yo suponía antes, o tal vez el análisis anterior haya hecho efecto a posteriori; de pronto uno puede tener una pizca de odio en los ojos por cosas que recuerda, motivos privados. Yo sé con él cuándo debo acercarme porque no es violento para el rechazo y así —y a eso siempre lo consideré una prueba de convivencia que alabaría el analista— podemos estar cada uno en su habitación, pensando en nuestras respectivas cosas sin necesidad de perturbar preguntando “¿qué estás haciendo?” para joderse las paciencias mutuamente. Con él me ha surgido una femineidad insospechada, porque ante su sencillez —es de hábitos regulares y desea cosas simples— he depuesto toda rivalidad o competencia. Compartimos esa cualidad neutra que posee el tiempo después de cierta edad, en que no hay días terribles ni fiestas luminosas, porque los días se enlazan en el comer, dormir, trabajar y ver un poco de televisión.
Eso sí, él televisión no mira. A la noche, para separar un día de otro, nos frotamos la frente. Los únicos problemas vendrían a ser la dieta y una sola costumbre que no me gusta, porque es muy delicado en general: sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.
Análisis de elipsis en “Mi nuevo amor”:
Elipsis del sujeto amado (el «nuevo amor»):
Durante casi todo el cuento no sabemos quién es. La narradora describe lo que ha aprendido, lo que siente, cómo conviven… pero nunca dice quién es.
Solo al final, cuando suelta: “…sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.” …comprendemos que se trata de un perro.
👉 Elipsis de identidad: provoca que leamos toda la historia como si se tratara de un hombre, hasta que el golpe final resignifica todo.
Elipsis de los detalles previos a la relación:
No hay descripción de cómo se conocieron, ni cuándo, ni dónde. No importa: el foco está en lo que transforma la convivencia.
👉 Esta omisión le da universalidad al cuento y concentra el relato en lo esencial: el presente compartido.
Elipsis de juicios explícitos:
Hebe no juzga ni se burla, aunque el giro tiene humor. Todo se sostiene en la voz de la narradora, que es sincera, ingenua y profundamente humana.
👉 La autora deja fuera cualquier explicación moral o didáctica: confía en el lector.
APUNTES DE MI LIBRETA
Idea, edición por Rubén García García con apoyo de la I.A.
Cuenta fray Jerónimo de Zúñiga, capellán de la prisión del Buen Socorro, en Toledo, que el 7 de junio de 1691 un marinero natural de las Indias Occidentales, de nombre Pablillo Tonctón o Tunctón, de raza negra, condenado al auto de fe por brujo y otros crímenes contra Dios, se evadió de la cárcel y de ser quemado vivo pidiendo a sus guardianes, tres días antes de marchar a la hoguera, una botella y los elementos necesarios para construir un barco en miniatura encerrado dentro del frasco. Los guardianes, aunque el tiempo de vida que le quedaba al reo era tan breve, accedieron a sus deseos. Al cabo de los tres días el diminuto navío estaba terminado en el interior del vidrio. La mañana señalada para la ejecución del auto de fe, cuando los del Santo Oficio entraron en la celda de Pablillo Tonctón, la encontraron vacía lo mismo que la botella. Otros condenados que aguardaban su turno de morir afirmaron que la noche anterior habían oído un ruido como de velas, chapoteo de remos y voces de mando.
“La mañana señalada para la ejecución del auto de fe, cuando los del Santo Oficio entraron en la celda… la encontraron vacía lo mismo que la botella.”
Aquí está la gran elipsis del relato: nunca se dice cómo escapó.
La narración omite la transformación o el momento del escape.
No hay escena de magia, ni metamorfosis, ni testigo visual.
→ El lector debe imaginarlo:
¿Se volvió miniatura?
¿Entró en el barco?
¿Navegó por los sueños?
Idea, selección del texto literarios, edición por Rubén García García con apoyo de la I.A.
La tía Gertrudis no puede ver la puerta de la alacena abierta porque se enoja, pero ella deja abierta la de su dormitorio. La del estante, se entiende, se meten las pipiliacas que se comen el chile del mole. La de su recámara, no sé; quizá extraña a su difunto esposo. La escucho llorar y creo que por sofocarlo se oye como un quejido.
—¡Flaco, flaco! Ve con don Demetrio y pídele un kilo de bistecs y medio de chorizo.
Buscó el dinero y no lo encontró.
—Dile que te lo apunte, luego voy y se lo pago.
—Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle.
Hizo un gesto de rechazo y luego lo cambió por una sonrisa forzada.
Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros en la madrugada y los quejidos de mi tía antes de que cantara el gallo.
Lo que recuerdo es que nunca faltó en la mesa un trozo de carne. Aún me timbra en el oído su voz aflautada:
—No desperdicien nada, ni se la den al gato, que no me la regalan.
Trilogía de Jon Fosse: tres oscuros cuentos de hadas
Los diseños de las portadas de la editorial De Conatus tienen un atractivo al que me resulta difícil resistirme por mucho que, en general, valoro más bien poco el continente en favor del contenido de un volumen. Trilogía, de Jon Fosse, no ha sido una excepción. Si a eso sumo que todo lo que he leído del sello hasta ahora me ha gustado —incluido Los reyes de la mudanza, un libro que os comenté ya que estaba entre lo mejor de 2018—, la elección del último libro del año ha sido más que sencilla.
Jon Fosse: un dramaturgo desconocido en España.
Jon Olav Fosse (Haugesund, Noruega, 1959) es un nombre que me resulta extraño. Tal vez se deba a que no me muevo en el terreno de lo teatral. O porque su obra ha sido traducida hasta el momento a cuarenta idiomas, pero nunca en España (sí en la América hispanoparlante). El caso es que este escritor y dramaturgo lleva a sus espaldas más de treinta obras teatrales que acumulan cerca de mil montajes y una quincena de obras de prosa, desde que debutara en 1983 con la novela Raudt, svart (Rojo, negro), además de haber publicado prosa y poesía.
Por si esto fuera poco, se le considera desde hace años candidato al Premio Nobel de Literatura (es un hecho, cualquiera que sea el valor que podamos darle al susodicho premio). Y como pequeña anécdota, desde 2011 vive en una residencia propiedad del Estado Noruego en Oslo que el Rey concede por su contribución a las artes y la cultura del país.
¿Para quién escribo yo? Para Dios. Escribir es como rezar
Tres historias para un mismo hilo narrativo
Trilogía —como título resulta horroroso a la par que muy descriptivo de su contenido— es un volumen que suma tres historias, publicadas en un inicio de forma independiente y luego de forma conjunta. Así encontramos tres relatos breves que funcionan leídos del tirón:
El primero de ellos, Vigilia, nos presenta a Asle and Alida, una muy joven pareja que en un entorno agreste, dominado por la pobreza, donde la única solución parece ser echarse al mar, se encuentran y conectan desde el primer momento. Partiendo de una escena que nos lleva de inmediato a la tradición cristiana y al momento en que José y María llegan a Belén buscando un lugar donde pasar noche, Fosse nos presenta a estos jóvenes que, con la ilusión propia de adolescentes que aún no han descubierto las inclemencias de la madurez, sueñan con sentimientos y no con posesiones materiales, más necesarias de lo que les gustaría pensar.
En el segundo relato, Los sueños de Olav, los jóvenes junto a su hijo recién nacido Sigvald viven en las afueras de Bjørgvin —ciudad donde terminaba la primera parte— bajo nombres falsos. Pero la distancia que han puesto entre ellos y su pasado es demasiado corta y un hombre reconoce al joven Asle en una jornada que se tornará aciaga y determinante para el futuro de la familia.
La última historia, Desaliento, supone la bajada de telón. Nos encontramos con Ales, la segunda hija de Alida, ya anciana. En una historia donde los elementos fantásticos cobran vida y se mezclan con la realidad, su vida y la de su madre se entrecruzan de alguna forma, azuzadas por el paisaje y el mar que se ofrece ante sus ojos.
Trilogía: un ejercicio de inocencia sórdida
Trilogía es una historia que llama poderosamente la atención. Por un lado, por su estilo narrativo: Fosse nunca usa signos de puntuación en sus textos —una suerte de Jon Bilbao, que no usa guiones de diálogo, pero llevado al extremo—. Además, usa un vocabulario en extremo sencillo, repite una y otra vez palabras y frases y los silencios y lo que no se dice adquiere en ocasiones una importancia muy superior a la tinta impresa en sus páginas. Todo esto lleva a que cuente con una buena masa de detractores de su narrativa que compensa a la de aquellos que le ensalzan.
En todo caso, su estilo me recuerda mucho al de Del color de la leche, de Nell Leyshon: la pureza, simpleza y el minimalismo que le caracterizan cuadran a la perfección con la trama y, sobre todo, con la joven pareja de enamorados que parecen pintados sobre un lienzo en blanco, sin fondo ni elementos adyacentes, de manera que son ajenos a cuanto les rodea.
La inocencia del pecado original
Pero, por otro lado, esta sensación se ve emborronada por los sucesos que se insinúan primero y se confirman más adelante. Asle es ni más ni menos que un asesino. Pero lo es en la misma forma que un niño mata un insecto: sin consciencia real del mal que comete. Aunque una sombra de culpabilidad parece volar sobre él —suya es la idea de cambiar de ciudad y de nombres—, parece considerar la muerte como un elemento más de su día a día, como el comer o el dormir.
Alida, por su parte, es un personaje femenino pasivo hasta lo extenuante. Es como si se la hubiera drenado de cualquier voluntad o iniciativa propia, más allá del deseo de estar junto a quienes ama. Es como una planta, consciente de necesitar agua, abono o luz para su subsistencia, pero que no tiene más forma de conseguir estas cosas que la buena voluntad de terceras personas.
Otra de las características de la narrativa de Fosse que aquí se hace presente es que, aunque la historia parte de una perspectiva realista, acaba derivando en un mundo onírico. No es que el final no sea realista, porque lo es, además de tener un punto cruel. Es que los pensamientos de los personajes, su subconsciente, parecen adueñarse de una situación que, en el campo físico, no tiene salida.
Trilogía es una obra de las que se aman o se odian, de las que se sale con una sensación de opresión o se abandonan a medio camino. Es difícil, en todo caso, escapar a su bizarra atracción, a su forma de trasladar al papel la inocencia del primer amor o la salida al mundo real.
El Dr. Walter Freeman inventó una nueva técnica quirúrgica a la que denominó «lobotomía transorbital», empleada en más de veinte mil casos en los Estados Unidos y que le valió ser galardonado con el premio Nobel. Describía el procedimiento de la siguiente manera: «La técnica consiste en aturdir a los pacientes con un golpe y, mientras están bajo el efecto del “anestésico”, introducir con fuerza un picahielo entre el glóbulo ocular y el párpado a través del techo de la órbita, hasta alcanzar el lóbulo frontal; en este puntoo se efectúa un corte lateral moviendo el instrumento de una parte a otra». Como ven, es una técnica muy sencilla. Ahora quiero que se dividan en parejas para un primer ejercicio práctico. Sobre mi escritorio encontrarán nueve picahielos. Ustedes son dieciocho, la velocidad es una cualidad esencial en futuros cirujanos.
Cada vez, un poco antes de que el reloj diera los cuartos, el silencio se profundizaba, todo se ponía tenso y en el ámbito vibrante caían al fin las campanadas. Mientras sonaban había unos segundos de aflojamiento: el tiempo era algo vivo junto a mí, despiadado pero existente, casi una compañía.En la calle se oían pasos… ahora llegaría… mi carne temblorosa se replegaba en un impulso irracional, avergonzada de sí misma. Desaparecer. El impulso suicida que no podía controlar. Hasta el fondo, en la capa oscura donde no hay pensamientos, en el claustro cenagoso donde la defensa criminal es posible, yo prefería la muerte a la ignominia. La muerte que recibía y que prefería a otra vida en que pudiera respirar sin que eso fuera una culpa, pero que estaría vacía. Los pasos seguían en el mismo lugar… no era más que la lluvia… No, no quería morir, lo que deseaba con todas mis fuerzas era ser, vivir en una mirada ajena, reconocerme.Los brazos extendidos, las manos inmóviles, y toda mi fealdad presente. La fealdad de la desdeñada.Ella era hermosa. Él estaba a su lado porque ella era hermosa, y toda su hermosura residía en que él estaba a su lado. Alguna vez también yo había tenido una gran belleza.Un ruido, un roce, algo que se movía lejos, tal vez en casa de ella, en donde yo estaba ahora sin haberla pisado nunca, condenada a presenciar los ritos y el sueño de los dos. Necesitaba que su dicha fuera inigualable, para justificar el sórdido tormento mío.El roce volvía, más cerca, bajo mi ventana, mi corazón sobresaltado se quedaba quieto. Otra vez la muerte. Y no era más que un papel arrastrado por el viento.Los que duermen y los que velan están en el seno de una noche distinta para cada uno que ignora a todos. Ni una palabra, ni una sonrisa, nada humano para soportar el encarnizamiento de la propia destrucción. ¿Qué significa injusticia cuando se habita en la locura? Enfermizo, anormal… palabras que no quieren decir nada.El recuerdo hinca en mí sus dientes venenosos; he sido feliz y desgraciada y hoy tiene el mismo significado, sólo sirve para que sienta más atrozmente mi tortura. No es el presente el que está en juego, no, toda mi vida arde ahora en una pira inútil, quemando el recuerdo en esta realidad sin redención, ardido va el futuro hueco. Y la imaginación los cobija a ellos, risueños y en la plenitud de un amor que ya para siempre me es ajeno.Sin embargo, me rebelo porque sé quién es ella. Ella es… quien sea; el dolor no está allí, no importa quién sea ella y si merezca o no este holocausto en que yo soy la víctima; mi dolor está en él, en el oficiante.La soledad no es nada, un estéril o fértil estar consigo mismo, lo monstruoso es este habitar en otro y ser lanzado hacia la nada.Caen una, muchas veces las campanadas. Ya no quisiera más que un poco de reposo, un sueño corto que rompa la continuidad inacabable de este tiempo que ha terminado por detenerse.
Amanecía cuando llegó. Entró y se quedó como sorprendido de verme levantada.-Hola.Fue todo lo que se le ocurrió decir. Lo vi fresco, radiante. Me di cuenta de que en cambio yo estaba ajada, completamente vencida en aquella lucha sin contrincante que había sostenido en medio de la noche. Casi quería disculparme cuando dije:-Tenía miedo de que te hubiera sucedido algo.-Pues ya ves que estoy divinamente.Era la verdad. Y lo dijo con inocencia. Yo hubiera preferido que el tono de su voz fuera desafiante o desvergonzado; eso iría conmigo, sería un reconocimiento, un ataque, en fin, me daría un lugar y una posición; pero no, él me veía y no me miraba, ni siquiera podía distraerse para darse cuenta de que yo sufría. Estaba ensimismado, mirando en su fondo un punto encantado que lo centraba, le daba sentido al menor de sus gestos y a cuyo rededor giraba armonioso el mundo, un mundo en el que yo no existía.El amor daba un peso particular a su cuerpo; sus movimientos se redondeaban y caían, perfectos. Esa extraña armonía de la plenitud se manifestaba por igual cuando caminaba y cuando se quedaba quieto. Lo estaba mirando ir y venir por la estancia recogiendo los papeles que necesitaría y metiéndolos en el portafolio. No se apresuró y sin embargo hizo las cosas de una manera justa y rápida. Levantó un brazo y se estiró para recoger algo del tercer estante, entonces vi con claridad que lo que sucedía era que para hacer el movimiento más insignificante ponía en juego todo el cuerpo, por eso alcanzaba más volumen y su ademán parecía más fácil. Pensé en los labriegos que aran y siembran con ese mismo ritmo que los comunica con todo y los hace dueños de la tierra.-Me tengo que ir rápido porque me espera Vázquez a las nueve. ¿Habrá agua caliente para bañarme?Cruzó frente a la puerta de la niña sin abrirla. Entró en el baño. Un momento después se asomó con el torso desnudo y me preguntó:-¿Cómo ha estado?-Bien.-Bueno.Cerró la puerta del baño y un instante después lo oí silbar.
Me daba vergüenza mirarlo. Sus manos, su boca: como si estuviera sorprendiendo las caricias. Pero él hablaba y comía alegremente.Yo hubiera podido mencionarla y desencadenar así algo, pero no me atrevía a hacerme esa traición. Quería que sin presiones de mi parte él se diera cuenta de mi presencia. Mientras me siguiera viendo como a un objeto era inútil pretender siquiera una discusión, porque mis palabras, fueran las que fueran, cambiarían de significado al llegar a sus oídos o no tendrían ninguno.-Estás muy callada.-No he dormido bien.-Yo no dormí nada, como viste, y sin embargo, me siento más animado que nunca.Su voz onduló en una especie de sollozo henchido de júbilo, como si se le hubiera apretado la garganta al decir aquello. Sentí más que nunca mi cara cenicienta. Tuvo que aspirar aire hasta distender por completo los pulmones y las aletas de su nariz vibraron; estaba emocionado, satisfecho de sus palabras. Dentro de un momento iría a contarle a ella esta pequeña escena. Parecía liberado. La niña, la rutina, yo, todo eso se borró; volvió a quedarse quieto y lleno de luz, mirando hacia adentro el centro imantado de su felicidad. Pasó sobre mí los ojos para que pudiera ver su mirada radiante. Y fue precisamente en esa mirada donde vi que todo aquello era mentira.A él le hubiera gustado que se tratara de una felicidad verdadera y la actuaba con fidelidad; pero seguramente, si no estuviera yo delante siguiendo con aguda atención todos sus gestos, no hubiera sido la mitad de dichoso. Había algo demoniaco en aquella inocencia aparente que fingía ignorar mi existencia y mi dolor. Pero le gustaba eso sin duda, y sentí, como si la viera, la complicidad que había entre aquella mujer y él: la crueldad deliberada. Inteligentes inconscientes, pecadores sin pecado, a eso jugaban, como si fuera posible. No pasaban ni por la duda ni por el remordimiento, y por ello creían que el cielo y el infierno eran la misma cosa.¿De qué me servía saber todo eso?Se levantó y fue al teléfono, marcó. Semisilbaba nervioso o impaciente.-Bueno… Sí… No… Ahora salgo para la oficina… Muy bien, hasta luego.-No vendré a comer. Vázquez quiere que sigamos tratando el asunto después de la junta.No contesté. Sabía que ya no tenía que fingir que creía ninguna disculpa. Todo estaba claro.
Bajé tambaleándome las escaleras; los ojos sin ver, el dolor y el zumbido en la cabeza.Cuando llegué al dintel de la calle me enfrenté de golpe a la luz y a mi náusea. Parada en un islote que naufragaba, veía pasar a la gente, apresurada, que iba a algo, a alguna parte; pasos que resonaban sobre el pavimento, mentes despejadas, quizás sonrisas flotantes…Ahora, a esta hora precisa él estará… para qué pensarlo…
Tengo que ir a la farmacia a comprar medicinas… Existe sin embargo una injusticia… yo podría ser esa mujer, esa aventurera, o ese amor. ¿Por qué él no lo sabe? Toda mi vida desee… Pero él no lo ha comprendido… Y después de la conquista ¿será ella también alguna sin significado, como yo? El sueño de realizarse, de mirarse mirando, de imponer la propia realidad, esa realidad que sin embargo se escapa, todos somos como ciegos persiguiendo un sueño, una intensión de ser… ¿Qué piensa sobre sus relaciones con los demás, con esa misma mujer con la que ahora yace? Es posible que ahora, en este minuto mismo la haya encontrado… ¿entonces?… Ay, no haber sido esa, la necesaria, la insustituible… Un gusano inmolado, no he sido otra cosa; sin secreto ni fuerza, una niña como él me dijo el primer día, jugando al amor, ambicionando la carne, la prostitución, como en este momento; no yo la única, sino una como todas, menos que nadie.
Serían las cuatro de la tarde. El parque tenía un aspecto insólito. Las nubes completamente plateadas en el cielo profundamente azul, y el aire del invierno. No era un día nublado, pero el sol estaba oculto tras las nubes que resplandecían, y la luz tamizada que salía de ellas ponía en las hojas de los plátanos un destello inclemente y helado. Había un extraño contraste entre el azul profundo y tranquilo del cielo y esta pequeña área bañada de una luz lunar que caía al sesgo sobre el parque dándole dos caras: una normal y la otra falsa, una especie de sombra deslumbrante. Me senté en una banca y miré cómo las ramas, al ser movidas por las ráfagas, presentaban intermitentemente un lado y luego otro de sus hojas a la inquietante luz que las hacía ver como brillantes joyas fantasmales. Parecía que todos estuviéramos fuera del tiempo, bajo el flujo de un maleficio del que nadie, sin embargo, aparentaba percatarse. Los niños y las niñeras seguían ahí, como de costumbre, pero moviéndose sin ruido, sin gritos, y como suspendidos en una actitud y acción que seguiría eternamente.Sentí que me miraban y con disimulo volví la cabeza hacia donde me pareció que venía el llamado. Los tres pares de ojos bajaron los párpados, pero supe que eran ellos los que me habían estado mirando y continuaban haciéndolo a través de sus párpados entornados: tres pepenadores singulares, una rara mezcla de abandono y refinamiento; esto se hacía más patente en el segundo, segundo en cuanto edad, no a la posición que ocupaban en el grupo, porque el grupo se hallaba colocado en diferentes planos en el prado frontero a mi banca.El segundo estaba indolentemente recargado en un árbol fumando con voluptuosidad explícita y evidentemente proyectada hacia mí como un actor experimentado hacia un gran público; en su mano sucia de largas uñas sostenía el cigarrillo con una delicadeza sibarítica, y se lo llevaba a los labios a intervalos medidos, cuidadosos; sus pantalones anchos, cafés, caían sobre los zapatos maltrechos y raspados, y en la pierna que flexionaba hacia atrás apoyándola en el árbol dejaba ver una canilla rugosa y cenicienta sin calcetines; la camisa que debió ser blanca en otro tiempo se desbordaba en los puños desabrochados dándole amplitud y gracia a las mangas, y un chaleco de magnífico corte, aunque gastado, ponía en evidencia un torso largo, aristocrático; pero todo esto no hacía más que dar marco y valor a la cabeza huesuda y magra, de piel amarillenta, reseca, en la que cuadraban perfectamente la perilla rala de mandarín y los ojos oblicuos y huidizos, sombreados por largas pestañas. Nunca me miró abiertamente.El mendigo más viejo estaba a unos pasos de él, sentado en cuclillas; sacaba mendrugos e inmundicias del bulto informe y se los llevaba ávidamente a la boca con el cuidado glotón de un jefe de horda bárbara; en algún momento me pareció que tendía hacia mí sus dedos pegajosos con un bocado especial, y me hacía un guiño, como invitándome.El tercer pepenador, el más joven, estaba perezosamente tirado de costado sobre el pasto,más alejado del sitio en que yo me encontraba que los otros dos; con un codo apoyado contra el suelo, sostenía su cabeza en la palma de la mano, mientras con la otra levantaba sin pudor su camiseta a rayas y se rascaba las axilas igual que un mico satisfecho, cuando creyó que ya lo había mirado bastante, levantó hacia mí los ojos y abriendo bruscamente las piernas, pasó su mano sobre la bragueta del pantalón en un gesto entre amenazante y prometedor, mientras sonreía con sus dientes blancos y perfectos, de una manera desvergonzada.Desvié la mirada y me estremecí. Me pareció oír un gorjeo, como una risa burlona y segura que provenía del más joven de los vagabundos. No pude levantarme, seguí ahí, con los ojos bajos, sintiendo sobre mí la condenación de aquellas miradas, de aquellos pensamientos que me tocaban y me contaminaban. No podía, no debía huir, la tentación de la impureza se me revelaba en su forma más baja, y yo la merecía. Ahora no era una víctima, formaba un cuadro completo con los tres pepenadores; era, en todo caso, una presa, lo que se devora y se desprecia, se come con glotonería y se escupe después. Entre ellos y yo, en ese momento eterno, existía la comprensión contaminada y carnal que yo anhelaba. Estaba en el infierno.Impura y con un dolor nuevo, pude levantarme al fin cuando el sol hizo posible otra vez el movimiento, el tiempo, y ante la mirada despiadada y sabía de los pepenadores caminé lentamente, segura de que esta experiencia del mal, este acomodarme a él como algo propio y necesario, había cambiado algo en mí, en mi proyección y mi actitud hacia él, pero que era inútil, porque entre otras cosas, él nunca lo sabría.
He cometido un error. Había leído Manual para mujeres de la limpieza – uno de los libros principales de Lucia Berlin – algunos cuentos. Pero de manera esporádica, no continua. Excelentes todos, por cierto. Los había leído hasta ahora, como me gusta leer los libros de cuentos, en un rato disponible y ya. Luego puedes seguir haciendo otra cosa. Nadie te obliga a seguir el curso de una historia desde el comienzo hasta el final. Otro día puedes leer otro cuento. Frente a un libro de cuentos, pensaba yo, uno es más libre que ante una novela. Ese fue mi craso error.
Del error me di cuenta un día en que, disponiendo de más tiempo, leí tres cuentos seguidos de Lucia Berlin. Diablos, me dije, estos no son solo cuentos. Joder, esta es la historia de una vida contada en forma de cuentos. Puchas, son retazos del recuerdo, narrados de modo discontinuo, así como contamos la vida cuando vamos asociando libremente a través de las cosas que se presentan en el devenir. Pues, a diferencias de la historiografía, la que por lo general sigue un curso continuo, sucesivo y hasta cronológico, la vida cotidiana es regida por nociones de tiempos no secuenciales.
¿Y si la escritora, en lugar de poner nombres diferentes a cada uno de sus recuerdos (inventados o reales, da lo mismo) les hubiera puesto números romanos o árabes? ¿Sería una novela? La pregunta, después de pensarla un poco, la contesté de modo afirmativo. Sí, sería una novela, pero no una novela tradicional, sino una de nuestro tiempo. ¿Lo explico? Bueno.
Hasta hace algún tiempo la novela tradicional no se diferenciaba demasiado de un cuento largo al que los franceses llaman también nouvelle. Las novelas del siglo XlX y comienzos del XX (nótese en los más grandes, Flaubert, Zola, Dickens, Chejov, Turgenev, Dostoyevski, y tantos más) siguen un curso dictado por sucesos que transcurren en tiempos sucesivos.
Entre nosotros, esa saga que son sus Cien Años de Soledad, la escribió Márquez como una historia, algo así como Homero a la Iliada y la Odisea. Y quien sabe si en esa línea homérica reside su encanto. En fin, las novelas tradicionales eran, sin ser históricas, concebidas como imaginadas historias de personas, familias, y hasta países.
Las cosas comenzaron a cambiar cuando a Proust se le ocurrió escribir En busca del tiempo perdido. Su héroe Swann, por ejemplo, no asciende verticalmente en el tiempo sino que se detiene para retroceder en sus recuerdos y luego recuperar la ruta iniciada. Joyce fue aún más adelante: a través de su enmarañado Ulises, nos perdemos en el tiempo. Con esos dos autores la novela había comenzado a dar un vuelco: del simple relato de una historia continua llegó a transformarse en una relación de episodios intermitentes.
El cambio radical fue consumado por Faulkner quien convirtió al pasado en una prolongación del presente. O en un eterno retorno, para decirlo con Nietzsche y Borges (cuyos cuentos son, sin embargo, en su estructura, muy tradicionales). En nuestro idioma, seguidores de Faulkner fueron Vargas llosa – sobre todo en La Casa Verde – y Onetti, el muy grande pero no siempre muy recordado Onetti quien, según mi impresión, fue más faulkneriano que Faulkner. Y hoy las cosas han vuelto a cambiar.
Lentamente está naciendo un nuevo tipo de novela. A diferencias de las novelas del tiempo continuo y de las del tiempo discontinuo, han comenzado a emerger las que podríamos llamar, las novelas del tiempo disgregado.
El toque de alerta lo oí de Denis Scheck, el más conocido crítico literario alemán. Con estilo terminante, copiado en parte de su antecesor Marcel-Reich Ranicki, dijo sin asomar dudas: “los más grandes escritores de nuestro tiempo son el norteamericano David Forster Wallace y el chileno Roberto Bolaño”. Difícil estar de acuerdo si consideramos que los rankings literarios no son como los concursos de belleza, o si pensamos que cada escritor tiene lo suyo y, no por último, porque hay escritores que continúan escribiendo en un estilo muy tradicional sin dejar por eso de ser grandes escritores.
El tema, por lo tanto, no es quien es mejor que otro sino quien anuncia nuevas formas de narrar el mundo. Y sin duda, en ese sentido, Wallace y Bolaño – y hoy agrego a Lucia Berlin – narran de un modo distinto: ni en tiempo continuo, ni en tiempo circular, ni en tiempo alternado. sino en un tiempo al que podríamos llamar, fragmentado.
Esa fragmentación narrativa es lo que tienen en común un Wallace, un Bolaño y, ahora agrego, una Berlin, aparte claro está, de que los tres están muertos. En ellos los capítulos, o los cuentos, no son historias, son más bien partículas de historias.
Voy a decirlo a modo de ejemplo: cuando tú preguntas a alguien de que trata la novela Los Miserables, te contarán de las desventuras de Jean Valjean, y si preguntas sobre Madame Bovary, de los amores infieles de la madama, o sobre Crimen y Castigo, de las tribulaciones del atormentado Raskolnikov.
Pero si preguntas de qué trata La Broma Infinita de Wallace o 2666 de Bolaño, te meterás en un atolladero. Pues, efectivamente, las de ellos son narraciones que tratan de muchas cosas pero a la vez de ninguna en especial. En modo taxativo: son narraciones sin argumentos. Lo mismo se puede decir de los cuentos de Berlin, quien, en las postrimerías del mundo industrial, avista las nuevas formas literarias que aparecerán en el llamado post-industrialismo.
Los cuentos de Lucia Berlin narran momentos sin desenlaces ni finales felices o infelices y sin siquiera mantenerse en una línea que corresponda a una historia relativamente ordenada. En el caso de Berlin, terminas de leer un cuento, y la vida continúa, hasta llegar a otro fragmento que ya es otro cuento. Y justamente eso es lo que convierte a su lectura en una práctica sumamente interesante.
Más aún, gracias a Berlin logramos darnos cuenta de que hay autores que no escriben para innovar sino porque no pueden hacerlo de otro modo pues la vida de ellos es como la de sus personajes. Vidas, podríamos decirlo así, compuestas de muchas vidas, sin una línea directriz o columna vertebral que vincule a cada fragmento con otro. En fin, sospechamos de qué se trata de una forma de vida hegemónica diferente a la que vivieron los grandes autores de la modernidad.
Fue el sociólogo Richard Sennett quien en su libro La Cultura del Nuevo Capitalismo nos dio a conocer de modo ilustrativo, casi literario, como la vida flexible de los humanos post-industriales, configurada en la era digital, difiere de la que llevaban nuestros antecesores de la era industrial. Las biografías lineales, según Sennett, han dejado de ser hegemónicas. Las oportunidades de espacio y tiempo que ofrece la economía y la cultura post-industrial han determinado por el contrario el aparecimiento de vidas multilineales, vidas que poco a poco han dejado de ser monográficas para transformarse en poligráficas.
Por eso Lucia Berlin, cuando narra episodios de su vida, o de otras vidas, apela al recurso poligráfico, trabando argumentos inconclusos entrelazados de acuerdo a coordenadas de tiempo y lugar que nunca terminan de articularse entre sí. ¿Por qué escribe así? La respuesta solo puede ser una: simplemente porque su vida fue así.
Lucia Berlin nació en Alaska en 1936, hija de un experto en minas, sus primeros años transcurrieron en asentamientos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. En 1941 su padre partió al frente y la familia – una madre, alcohólica y depresiva, y una hermana menor – fue a vivir en casa de un abuelo, un dentista brutal y pedófilo. Cuando regresó el padre de la guerra, la familia emigró a Santiago de Chile, donde Lucia llevó, según cuenta ella, una niñez y una adolescencia placentera, en excelentes colegios, pero a la vez muy superficial. Cabe agregar que desde los 10 años Lucia padecía de una dolorosa e incurable escoliosis por lo que debía llevar un corsé ortopédico de acero.
En 1955 Lucia inició sus estudios universitarios en Nuevo México, donde fue alumna del novelista Ramón J. Sender, el primero en descubrir su talento literario. Pronto se casó con un escultor y tuvo dos hijos. Después que su marido la abandonara, llevó una vida amorosa y sexual muy irregular. Hasta que en Alburquerque conoció al poeta Edward Dorn, muy decisivo en su formación literaria. Volvió a casarse, esta vez con el pianista Race Newton y después con su tercer marido del que lleva su apellido, Buddy Berlin, músico, excelente persona, pero muy adicto a las drogas. Con Newton, Lucia tuvo dos hijos más.
Lucia heredó de su madre la pasión alcohólica a la que detalla sin tapujos en diversos cuentos. Conoció el mundo intelectual de su tiempo, pero también los más bajos fondos que es posible imaginar. Entre 1971 y 1994 vivió en Berkeley. Trabajó como profesora de secundaria, telefonista, en centros hospitalarios, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería, a la par que escribía y bebía sin cesar. Solo al final de su vida alcanzó cierta estabilidad. Ganó la batalla en contra del alcoholismo, pero la perdió frente a un pulmón perforado por su escoliosis y el cáncer.
Edward Dorn la llevó a la Universidad de Colorado, como escritora residente y profesora de literatura. Allí ganó la amistad de muchos académicos y escritores y el cariño de sus alumnos quienes la destacaron como su mejor profesora. Murió en 2004 en Marina del Rey. ¿Una vida trágica? Aparentemente sí, pero una vida que ella cuenta – esto es lo asombroso – con luminosos destellos de alegría y, sobre todo, con un fino y envidiable humor. Nunca dejó de ser ella misma.
Para finalizar, aunque la frase parezca un absurdo, voy a “contar un cuento” de Lucia Berlin. Uno de los cuentos más breves que he leído en mi vida. Pero a la vez uno de los más conmovedores. Su título es “Mi Jockey”.
Trabajando Lucia en el servicio de urgencias donde se conocen “Hombres de verdad, héroes, bomberos y jockeys”, llegó un jinete, uno entre tantos de los que se les rompen huesos. “Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián”. La mayoría son mexicanos. Ese fue su primer jockey, Muñoz se llamaba y “estaba tendido allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura”. Costó un mundo desvestirle. Muñoz comenzó a llamar a su madre. “No solo me agarró de la mano. Como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mis cabellos, sollozando “mamasita, mamasita”. Lucia entonces lo acunó como a un bebé. “Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. ¿Un hombre en mi regazo? ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?”
Clavícula fracturada, tres costillas rotas, conmoción cerebral: fue el diagnóstico. Lo llevan a rayos X. No podía ser llevado en camilla y por eso “lo llevé en brazos, estilo King Kong (.) sus lágrimas me mojaron el pecho” (…..) “Lo tranquilicé igual que habría hecho él con un caballo “Cálmate lindo, cálmate”. “Se aquietó en mis brazos” (…..) “Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso”
¿Por qué “cuento este cuento”? Porque así era Lucia Berlin. Porque ella era literatura pura. Porque así es la vida, trágica y cómica a la vez. Y porque ese cuento, como otros, está escrito con todo el amor del mundo.
(…) Eloise se despertó a las seis, como de costumbre. Abrió los postigos, vio el cielo pasar de un tono plateado lechoso a gris lavanda. Las hojas de las palmeras se deslizaban con la brisa como los naipes de una baraja. Se puso el bañador y su nuevo vestido rosa. No había nadie levantado, ni siquiera en la cocina. Los pollos cacareaban y los zopilotes aleteaban alrededor de la basura.
Cuatro cerdos. Al fondo del jardín dormían los mozos y los jardineros indios, destapados, encogidos en las losas de barro.
Eloise siguió el sendero de la selva, lejos de la playa. Silencio oscuro cargado de humedad. Orquídeas. Una bandada de cotorras verdes. Una iguana se arqueó sobre una roca, esperando a que pasara. Las ramas le azotaban el calor pegajoso en la cara.
Había salido el sol mientras remontaba la ladera, y luego bajó hasta una loma sobre una playa de arena blanca. Desde allí contempló las aguas serenas de la cala de Las Gatas. Bajo el agua había una barrera de piedra construida por los tarascos para proteger la cala de los tiburones. Un cardumen de sardinas se arremolinó en las aguas límpidas y desapareció como un tornado mar adentro. Las palapas formaban pequeños núcleos a lo largo de la orilla. Del más alejado salía una columna de humo, pero no se veía a nadie en la playa. Un cartel decía ESCUELA DE BUCEO BERNARDO.
Dejó caer el vestido y el cesto en la arena, nadó con brazadas seguras hasta alejarse de la barrera de piedras. Luego de espaldas, nadando y flotando. Pataleó, sin poder contener la risa, y al final se dejó mecer por las olas y el silencio junto a la orilla, con los ojos abiertos al radiante azul del cielo.
Pasó de largo la escuela de buceo y se encaminó hacia donde salía el humo. Una estancia diáfana con techo de paja y suelo de arena rastrillada. Una mesa grande de madera, bancos. Al fondo había una larga hilera de alcobas separadas por tabiques de bambú, cada una con una hamaca y una mosquitera. En la rudimentaria cocina una chiquilla lavaba platos en la pila; una mujer mayor avivaba el fuego. Las gallinas correteaban alrededor, picoteando la arena.
—Buenos días —dijo Eloise—. ¿Esto siempre está así de tranquilo?
—Los buzos han salido. ¿Quiere desayunar?
—Por favor —Eloise tendió la mano—. Me llamo Eloise Gore.
La mujer asintió, sin más.
—Siéntese.
Eloise comió frijoles, pescado, tortillas de maíz, escrutando las montañas brumosas al otro lado del agua. El hotel se le antojó un bloque ordinario y desangelado, torcido en medio de la ladera. Las buganvillas se derramaban por sus paredes como los mantos de una mujer borracha.
—¿Podría alojarme aquí? —le preguntó a la mujer.
—No somos un hotel. Aquí viven los pescadores —pero cuando volvió con café caliente, dijo—: Hay una habitación libre. Los extranjeros que vienen a bucear a veces se quedan ahí.
Era una choza sin paredes al otro lado del claro. Una cama y una mesa con una vela encima. Un colchón enmohecido, sábanas limpias, una mosquitera.
—No hay escorpiones —dijo la mujer. Le pidió un precio irrisorio por la habitación y la comida. Desayuno, y el almuerzo a las cuatro, cuando regresaban los buzos.
Hacía calor mientras Eloise volvía por la selva, pero sin darse cuenta brincaba como una niña, hablando con Mel dentro de su cabeza. Trató de recordar la última vez que había experimentado una alegría parecida. Una vez, poco después de que él muriera, había visto a los hermanos Marx por televisión. Una noche en la ópera. La tuvo que apagar, no soportaba reírse sola.
Al director del hotel le hizo gracia que se fuera a Las Gatas. «Muy típico», dijo. Color local: un eufemismo de primitivo o de sucio. Se encargó de buscarle una canoa para que esa tarde la llevaran con sus cosas al otro lado de la bahía.
Al acercarse a su pacífica playa se le encogió el corazón. Había una gran barca de madera, La Ida, anclada delante de la palapa. Canoas multicolores y lanchas motorizadas se deslizaban hacia el embarcadero y salían hacia el pueblo. Trajinaban cajas de pescado, anguilas, pulpos, bolsas cargadas de almejas. Una docena de hombres descargaban en la orilla tanques de aire comprimido y reguladores de la barca, entre risas y gritos. Un muchacho ató una enorme tortuga verde al cabo del ancla.
Eloise dejó sus cosas en la alcoba; quería echarse, pero no había intimidad de ningún tipo. Desde su cama veía el interior de la cocina, más allá los buzos sentados a la mesa, y el mar turquesa de fondo.
—Hora de comer —la llamó la mujer. Ella y la chiquilla estaban llevando platos a la mesa.
—¿Quiere que la ayude? —preguntó Eloise.
—Siéntese.
Eloise titubeó al llegar a la mesa.
Uno de los hombres se levantó y le estrechó la mano. Achaparrado, recio, como una estatua olmeca. Era muy moreno, tenía unos párpados gruesos y una boca sensual.
—Soy César. El maestro.
*Agradecemos a Jeff Berlin por su autorización para reproducir fotos de Lucia y este fragmento del cuento Toda luna, todo año, incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza.