Toda luna, todo año* Lucia Berlin

(…) Eloise se despertó a las seis, como de costumbre. Abrió los postigos, vio el cielo pasar de un tono plateado lechoso a gris lavanda. Las hojas de las palmeras se deslizaban con la brisa como los naipes de una baraja. Se puso el bañador y su nuevo vestido rosa. No había nadie levantado, ni siquiera en la cocina. Los pollos cacareaban y los zopilotes aleteaban alrededor de la basura. 

Cuatro cerdos. Al fondo del jardín dormían los mozos y los jardineros indios, destapados, encogidos en las losas de barro.

Eloise siguió el sendero de la selva, lejos de la playa. Silencio oscuro cargado de humedad. Orquídeas. Una bandada de cotorras verdes. Una iguana se arqueó sobre una roca, esperando a que pasara. Las ramas le azotaban el calor pegajoso en la cara.

Había salido el sol mientras remontaba la ladera, y luego bajó hasta una loma sobre una playa de arena blanca. Desde allí contempló las aguas serenas de la cala de Las Gatas. Bajo el agua había una barrera de piedra construida por los tarascos para proteger la cala de los tiburones. Un cardumen de sardinas se arremolinó en las aguas límpidas y desapareció como un tornado mar adentro. Las palapas formaban pequeños núcleos a lo largo de la orilla. Del más alejado salía una columna de humo, pero no se veía a nadie en la playa. Un cartel decía ESCUELA DE BUCEO BERNARDO.

Dejó caer el vestido y el cesto en la arena, nadó con brazadas seguras hasta alejarse de la barrera de piedras. Luego de espaldas, nadando y flotando. Pataleó, sin poder contener la risa, y al final se dejó mecer por las olas y el silencio junto a la orilla, con los ojos abiertos al radiante azul del cielo.

Pasó de largo la escuela de buceo y se encaminó hacia donde salía el humo. Una estancia diáfana con techo de paja y suelo de arena rastrillada. Una mesa grande de madera, bancos. Al fondo había una larga hilera de alcobas separadas por tabiques de bambú, cada una con una hamaca y una mosquitera. En la rudimentaria cocina una chiquilla lavaba platos en la pila; una mujer mayor avivaba el fuego. Las gallinas correteaban alrededor, picoteando la arena.

—Buenos días —dijo Eloise—. ¿Esto siempre está así de tranquilo?

—Los buzos han salido. ¿Quiere desayunar?

—Por favor —Eloise tendió la mano—. Me llamo Eloise Gore.

La mujer asintió, sin más.

Siéntese.

Eloise comió frijoles, pescado, tortillas de maíz, escrutando las montañas brumosas al otro lado del agua. El hotel se le antojó un bloque ordinario y desangelado, torcido en medio de la ladera. Las buganvillas se derramaban por sus paredes como los mantos de una mujer borracha.

—¿Podría alojarme aquí? —le preguntó a la mujer.

—No somos un hotel. Aquí viven los pescadores —pero cuando volvió con café caliente, dijo—: Hay una habitación libre. Los extranjeros que vienen a bucear a veces se quedan ahí.

Era una choza sin paredes al otro lado del claro. Una cama y una mesa con una vela encima. Un colchón enmohecido, sábanas limpias, una mosquitera.

—No hay escorpiones —dijo la mujer. Le pidió un precio irrisorio por la habitación y la comida. Desayuno, y el almuerzo a las cuatro, cuando regresaban los buzos.

Hacía calor mientras Eloise volvía por la selva, pero sin darse cuenta brincaba como una niña, hablando con Mel dentro de su cabeza. Trató de recordar la última vez que había experimentado una alegría parecida. Una vez, poco después de que él muriera, había visto a los hermanos Marx por televisión. Una noche en la ópera. La tuvo que apagar, no soportaba reírse sola.

Al director del hotel le hizo gracia que se fuera a Las Gatas. «Muy típico», dijo. Color local: un eufemismo de primitivo o de sucio. Se encargó de buscarle una canoa para que esa tarde la llevaran con sus cosas al otro lado de la bahía.

Al acercarse a su pacífica playa se le encogió el corazón. Había una gran barca de madera, La Ida, anclada delante de la palapa. Canoas multicolores y lanchas motorizadas se deslizaban hacia el embarcadero y salían hacia el pueblo. Trajinaban cajas de pescado, anguilas, pulpos, bolsas cargadas de almejas. Una docena de hombres descargaban en la orilla tanques de aire comprimido y reguladores de la barca, entre risas y gritos. Un muchacho ató una enorme tortuga verde al cabo del ancla.

Eloise dejó sus cosas en la alcoba; quería echarse, pero no había intimidad de ningún tipo. Desde su cama veía el interior de la cocina, más allá los buzos sentados a la mesa, y el mar turquesa de fondo.

—Hora de comer —la llamó la mujer. Ella y la chiquilla estaban llevando platos a la mesa.

—¿Quiere que la ayude? —preguntó Eloise.

Siéntese.

Eloise titubeó al llegar a la mesa.

Uno de los hombres se levantó y le estrechó la mano. Achaparrado, recio, como una estatua olmeca. Era muy moreno, tenía unos párpados gruesos y una boca sensual.

Soy César. El maestro.

*Agradecemos a Jeff Berlin por su autorización para reproducir fotos de Lucia y este fragmento del cuento Toda luna, todo año, incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza.

Lucia Berlin

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