ENTRESUEÑOS/REALIDADES: ¿LO ONÍRICO O LA REALIDAD? — Lapizázulix la galaxia del cuento

“La otra muralla china”Cuando caminaba por el borde y por poner atención a la cuchara de plata que se veía en el horizonte, se resbaló. Su cuerpo sintió la fría porcelana mientras caía, aunque afortunadamente no se golpeó muy duro. Un tanto adolorido aún, se incorporó en el fondo de la taza. Miró hacia arriba […]

ENTRESUEÑOS/REALIDADES: ¿LO ONÍRICO O LA REALIDAD? — Lapizázulix la galaxia del cuento

Ana María Shua. ¨Toda la literatura es acerca de la muerte¨. | Letra Urbana

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La vuelta a casa de Lucía Berlin

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Lee aquí algunos fragmentos de ‘Bienvenida a casa’, una recopilación en la que Alfaguara reúne los textos autobiográficos en los que estaba trabajando la escritora antes de su muerte

11 noviembre, 2019 18:28GUARDARLucia Berlin

Hotel Mirador, Acapulco, México

Los niños vestidos de marinero pedaleaban en triciclos azules de alquiler dando vueltas y vueltas en una pista cercada con una lona roja. Taxis de colores vivos. Loros en las cafeterías con ventiladores de madera. Buddy y yo sentados en bancos de hierro forjado delante de la iglesia, Mark y Jeff jugando a las canicas con un amigo nuevo en el césped de la plaza. Castillos de arena en la playa, los niños morenos, con cubos y palas rojas, los brazos en jarras. Buddy y yo nos besamos dentro de una caseta marinera azul y blanca. Todos riéndonos en las tranquilas olas de la Caleta.

Por los postigos de madera de nuestra habitación se colaba el aroma del jengibre y los nardos, la luz de la luna y de las estrellas, el murmullo del mar. Por la mañana, bajábamos en funicular a una piscina de azulejos turquesas que había entre las rocas junto al océano. Las olas rompían en las rocas, rociándonos. Me tumbaba boca abajo en el cemento caliente, con los ojos a la altura de la piscina, viendo cómo Buddy enseñaba a los niños a nadar. Incluso cuando no los abrazaba para enseñarles, los abrazaba, o a mí.

Conocíamos a gente, en la playa, en la plaza, en los cafés. Caíamos bien a la gente, nos invitaban a sentarnos con ellos, a merendar a casa. Los bailaores de flamenco nos daban entradas para los conciertos; un trapecista nos regaló pases para el circo. Manuel, uno de los buzos de La Quebrada, vino a tomar una copa con nosotros y a partir de ahí íbamos cada domingo a comer almejas al vapor con su mujer e hijos. Pasábamos muchas veladas con Don y Maria, que llegaron a ser amigos íntimos durante años. Maria y yo hablábamos mientras Don y Buddy jugaban al ajedrez y los chicos coloreaban y leían hasta quedarse dormidos.

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Salíamos a menudo a cenar con Jacques y Michele, una pareja francesa con una niñita, Marie, que jugaba con Mark y Jeff en la playa. Fuimos a fiestas en casa de Teddy Stauffer con la alta sociedad de Acapulco y con estrellas de cine, a conciertos con un médico mexicano y su esposa.

Cuando los niños y yo estábamos en Nueva York, charlábamos, a veces parloteaban ellos, pero ahora en Acapulco los tres hablábamos a todas horas, en inglés y español… ¡Los niños incluso en francés! Todo el mundo nos saludaba con un abrazo y se despedía con besos.

Justo después de que llegáramos a México, una noche me desperté y Buddy no estaba a mi lado. Adormilada, fui al cuarto de baño y le encontré inyectándose heroína. No me escandalicé tanto como habría hecho de haber sabido lo que era la heroína, lo que era la adicción. Me dijo que iba a dejarlo, a pesar de que pasaría unos cuantos días malos.

Una fuerte intoxicación por algo que ha comido, le dijimos a la gente. Diarrea, le dije a nuestro amigo el médico, que no quiso darme elixir paregórico, prescribió té y manzana. Jacques y Michele se llevaron a los niños en barca y al a playa varios días; después de eso volvimos a ir a la piscina al lado del océano, que solía estar vacía. Los niños se pasaban horas tirándose al agua y buceando sin parar. Jugábamos al Monopoly todos juntos, comíamos enchiladas suizas, tomábamos limonada. Buddy temblaba violentamente tapado con la toalla al sol.

Por fin se puso bien, y luego las semanas pasaron, ajetreadas y perezosas, semanas tan llenas de cariño… La heroína quedó en un susto, nada más. Al cabo de varios meses, estábamos listos para volver a casa, a Nuevo México. Me divorciaría de Race y nos casaríamos.

Buddy estaba casado con Wuzza,y los dos habían viajado y vivido fuera durante años, sobre todo en España, porque ella era una mujer con dinero. Buddy había estudiado tauromaquia, había seguido tocando el saxo y compitiendo como piloto del Porsche Spyder. Al final ella le insistió en que hiciera algo, así que con su respaldo montó una de las primeras franquicias de Volkswagen en el oeste; entonces los pocos conductores de VW se saludaban por la carretera.

En pocos años Buddy le devolvió el préstamo, había ganado tanto dinero que no necesitaría volver a trabajar nunca más. Buddy disfrutaba de la vida. Se le daba de maravilla. Disfrutaba de verdad con la gente y la música, los libros y la pintura. Sus siguientes pasiones serían la cultura y la historia de los nativos americanos, la fotografía y volar. Ah, y nosotros tres.

Pensábamos entonces que nuestro amor nos protegería de la heroína, que empezábamos una nueva vida. Nate Bishop vino a recogernos en el flamante Beechcraft Bonanza, un monoplano que Buddy iba a aprender a pilotar y que compró para desgravar impuestos.

Tal vez de ahí es de donde vino Babar, de nuestro avión rojo de juguete. Volábamos en círculos sobre la ciudad y sus preciosas bahías, sus arenas blancas, sus tejados y palmeras, un mar azul crayón. Ah, habíamos sido todos tan felices allí, con la anciana y el mono. A una hora de Albuquerque, Buddy empezó a temblar. Le goteaba la nariz y se le acalambraban las piernas. En cuanto el avión tocó tierra, se bajó y fue a hacer una llamada telefónica.

Edith Boulevard, Albuquerque, Nuevo México

Una casa antigua de adobe con anexos y chimeneas en la mayoría de las habitaciones. Dormitorios, baños, alace­nas y estudios se habían añadido con los años, en distintos niveles, en todas direcciones, pero cada nuevo cuarto te­ nía las mismas paredes de un metro de grosor, ventanales que daban a la piscina y el jardín. La puerta de entrada se abría a una inmensa cocina con suelos de madera, el cora­zón de la casa. En otros tiempos había sido la hacienda, en medio de hectáreas y hectáreas de pastos. Ahora estaba oculta en una zona industrial, con aserraderos y talleres de chapa cerca, entre un desguace de coches y un depósito de autobuses escolares. Detrás de nosotros, en una casita di­minuta, vivían los Lucero, con dos hijos adolescentes, mu­chos patos y pollos, y una vaca.

Aquí conocí el miedo. Miedo a los traficantes de dro­ ga, miedo a la droga en sí, el miedo que todos tenían a la brigada de narcóticos, a los otros camellos, a quedarse sin un chute. La casa, recóndita como estaba, con sus gruesas paredes que no dejaban entrar ningún ruido, aumentaba la sensación de vivir siempre escondidos, con disimulos. Con la adicción llega la necesidad de ocultar, la mentira, el rece­ lo. «Ahora solo me miras a los ojos para ver si voy coloca­ do», me decía Buddy. Era verdad.

Buddy con Jeff y Mark

Esos primeros años en Edith Boulevard fueron para to­dos una montaña rusa de momentos felices y trágicos, se­gún Buddy entrara o saliera de la heroína. Cada vez que re­caía en la droga y volvía a desengancharse, yo juraba que sería la última.

No solo era un seductor o un encanto de hombre. Bue­ no, sí, lo era. Era sexi y encantador, gracioso y listo. Ilumi­ naba con su energía cualquier lugar donde entraba. Cuando los niños lo veían, no decían simplemente «¡Hola, papá!», sino que corrían a tocarlo, a abrazarlo. Y yo también.

Escalamos y exploramos Ácoma y Bandelier, Mesa Verde, asistimos a danzas y ceremonias y asambleas indias.

Acampamos en el cañón de Chelly y en el del Chaco. Des­piertos por la noche bajo las estrellas, nos preguntábamos cómo habría sido la gente que vivía allí en otros tiempos. Entonces teníamos muchos buenos amigos. Bill y Mar­tha Eastlake, los Creeley, Liz y Jay en Taos. Buddy se sacó la licencia de piloto. A todos nos encantaba ir en avión. Al caer la tarde volábamos hacia el crepúsculo, rodeados de cúmulos rojos y naranjas, siempre hacia el oeste. Buddy a menudo volaba a Pocatello para visitar a los Dorn, o iba a buscarlos y los traía. Volamos varias veces a Boston a visitar a la familia de Buddy, parando a repostar en pueblos pe­queños por los que no pasaban autopistas, donde nunca se veían turistas, que parecían anclados en otra era. Aldeas amish, por supuesto, pero también otros pueblos remotos de Kansas y Tennessee que casi parecían hablar una lengua propia, y nos resultaban tan ajenos como nosotros a ellos. Aterrizábamos en pistas de fumigación —campos donde solo había un surtidor de combustible y una manga de viento—, llenábamos el depósito y pedíamos que alguien nos llevara en una camioneta a la cafetería del lugar, donde Buddy conseguía romper el hielo hasta con los granjeros más huraños y que hablaran con nosotros.

Volábamos a menudo a Puerto Vallarta, entonces un pueblecito al que no llegaba ninguna carretera ni las aerolí­neas comerciales. En verano, con un cielo lleno de nuba­rrones, los cuatro subíamos en el Bonanza para ver caer el sol en Albuquerque, volando bajo por encima de las estri­baciones rojas como llamas, bordeando luego las montañas para seguir los colores que se derramaban y daban volteretas hasta Arizona, y regresábamos justo cuando oscurecía. No fallaba: los niños se quedaban dormidos justo al aterrizar. Durante el verano en Edith Boulevard hacíamos barbacoas, fiestas por todo lo alto en las que comíamos langos­ ta y almejas que nos mandaban desde Maine. La piscina estaba siempre llena de niños, los chicos y sus amigos juga­ban hasta que se hacía de noche en el desierto y las chata­rrerías que había en los alrededores.

Cuando volvía a la droga, la casa se convertía en un búnker, las puertas siempre cerradas, y con llave. «Buddy está enfermo», decía yo, igual que Mamie. Solo Junie o Frankie, Nacho, Pete, Noodles venían por allí. Los depre­ dadores que lo seguían hasta el trabajo, al banco, que lla­ maban de noche a nuestra puerta. Susurros. Risas roncas en la oscuridad.

Nació David. Buddy había tenido que dejarme en el hospital para ir a casa a chutarse, así que fue el segundo hijo que nació «sin un hombre a mi lado que me diera la mano». Pero estaba loco de alegría con nuestro precioso bebé, ahora quería a toda costa estar limpio. Bastaba con tener marcas de pinchazos para que te metieran en la cár­ cel, en esos tiempos; no había programas de desintoxica­ ción para los drogadictos. David tenía solo unas semanas de vida cuando nos marchamos a Seattle, donde un médico presuntamente curaba a los adictos cambiándoles la sangre, añadiendo coenzimas a la sangre nueva. Fue una semana de pesadilla, en la que se pasaba el día entero en un cuartito asfixiante recibiendo transfusiones.

Pero las noches en nuestra magnífica habitación del Hotel Olympia eran dulces… Los dos con el bebé, hablan­ do toda la noche. Planeamos ir a vivir a México, a Puerto Vallarta, lejos de los traficantes. Dar clases a los chicos en casa, criarlos al margen de toda la violencia, la codicia, el racismo, el consumismo. Llevaríamos una vida sencilla, lim­ pia y llena de cariño.

Yelapa, Jalisco, México

Aquí está lo que escribí una vez acerca de nuestra casa en el pueblo al sur de Puerto Vallarta:

El suelo de la casa era arena fina blanca. Por las maña­ nas nuestra criada Pila y yo rastrillábamos y barríamos la arena, comprobando que no hubiera escorpiones, alisán­dola. Me pasaba la primera hora chillándoles a los niños:

«¡No me piséis el suelo!», como si fuese linóleo recién ence­ rado. Cada seis meses, el tuerto Luis venía con su mula y se llevaba la arena en las alforjas, y hacía un sinfín de viajes a la playa para traer arena fresca, blanca y resplandeciente la­ vada de la orilla.

La casa era una palapa, con el techo de palma. Tres te­ chos, porque había un armazón alto y rectangular que se abría a cada lado en un semicírculo. La casa tenía la majes­ tuosidad de un viejo barco de vapor victoriano, y por eso le pusieron ese nombre, La Barca de la Ilusión. Dentro era fresca, un espacio vasto y diáfano, con altos postes de palo fierro, travesaños atados con zarcillos de guacamote. Pare­ cía una catedral, sobre todo de noche cuando las estrellas o la luna brillaban a través de los tragaluces donde se unían las palapas. Salvo por una habitación de adobe debajo del tapanco, no había paredes.

Buddy y yo dormíamos en un colchón en el tapanco, un altillo amplio hecho con tallos de palmera. Los tres chi­cos dormían en literas en la habitación de adobe cuando hacía mucho frío, aunque por lo general Mark solía dormir en una hamaca en el salón, y Jeff fuera junto al estramonio. El estramonio, cargado de aquellos floripondios blancos que colgaban torpemente hasta que por la noche la luz de la luna o de las estrellas les daba a los pétalos un fulgor pla­teado opalescente y el aroma embriagador inundaba la casa, hasta la laguna.

Lucia y los niños, Albuquerque

La mayoría de las demás flores no exhalaban perfume y estaban a salvo de las hormigas. Buganvillas e hibiscos, achiras, periquitos, alegrías, cinias. Los alhelíes y las garde­ nias y las rosas mareaban con su intenso perfume, plagados de mariposas de todos los colores.

De noche iba con mi vecina Teodora a patrullar los huertos y los cocoteros, alumbrándonos con un farol para matar las veloces columnas de hormigas podadoras, echan­do queroseno en los nidos de esas hormigas que se comían nuestros tomates y habichuelas, las lechugas y las flores. Teodora me había enseñado a plantar con luna nueva y a podar cuando estaba llena, a atar frascos de agua en las ra­mas bajas de un mango si no daba fruta.

Jeff y Mark oscilaban entre primero y quinto curso en cálculo y ortografía. A Jeff le encantaban las fracciones y los decimales, un misterio para Mark y para mí. Mark lo leía todo, desde cuentos infantiles hasta libros para adul­tos, como Yo, Claudio. Cada mañana los chicos tenían cla­se en la mesa grande de madera. Tachando, suspirando, bo­rrando, riendo, inclinaban las espaldas morenas desnudas sobre los cuadernos de tapas jaspeadas, las libretas de ca­ligrafía.

La casa estaba construida en el borde de un palmeral de cocoteros a la orilla del río. De la otra parte del río esta­ba la playa y la perfecta bahía de Yelapa. Subiendo por las rocas desde la playa se iba a la aldea, al otro lado sobre una pequeña cala. Altos cerros rodeaban la bahía, así que a Ye­lapa no llegaba ninguna carretera. Senderos a través de la jungla por los que se viajaba a caballo hasta El Tuito, hasta Chacala, a varias horas de distancia.

El río cambiaba sin cesar todo el año. A veces profun­ do y verde, a veces poco más que un arroyo. A veces, según la marea, la playa menguaba y el río se convertía en una la­ guna. Esa era la mejor época, con los patos, las garzas azu­ les y las garcetas. Los chicos pasaban horas jugando a pi­ ratas en sus piraguas, lanzando redes de pesca, cruzando pasajeros hasta la playa. Incluso David podía manejar una canoa, y solo tenía tres años.

Después de que empezaran las lluvias venía el agua, a veces en trombas, arrastrando ramas de flores o de naran­ jos, gallinas muertas, incluso una vaca en una ocasión, y el agua correntosa y turbia atravesaba la playa con un jadeo colosal, succionando la arena, desembocando en remoli­ nos en el océano turquesa. A medida que pasaban los días el agua del río se volvía limpia y dulce, y las hoyas en la roca caliente se llenaban de agua donde bañarse y lavar.

Nuestro jardín crecía. Buddy y los chicos pescaban con arpón, cazaban langosta, traían almejas. Pasamos a ser par­ te del pueblo y de la bahía y de la jungla que nos rodeaba; vivíamos cada día plenamente, cada día con calma.

Las mañanas empezaban con el canto de cientos de gallos del pueblo, los cacareos de las gallinas de Teodora. Los chicos se sentaban a la mesa y comían copos de avena mientras Buddy y yo tomábamos café con leche en el jardín, delante de la valla que protegía las flores de los cerdos. Las gaviotas llegaban con una salva de aplausos y vítores, un aleteo entrecortado río arriba antes de bajar en picado, dispersándose hacia el mar, gritando: «Arriba, arriba, todo está en paz». Cada mañana, durante el año siguiente, cuan­do llegaban las gaviotas nos mirábamos a los ojos, confir­mando la felicidad y la gratitud que sentíamos, con dema­siado miedo para decirlo en voz alta. Y entonces dejamos de mirarnos y, que yo sepa, las gaviotas dejaron de venir.

Primero, Peggy mandó una cajita con una docena de viales de morfina pura. «Un regalito para Bud» Peggy vivía sola en una casa fabulosa en lo alto del ce­ rro. Se pasaba buena parte del día mirando a través de un potente telescopio, escudriñando la playa por si llegaba al­ gún famoso para invitarlo a su casa, escudriñando también todo lo demás que ocurría. Debía de ver a los chicos jugan­ do al fútbol con los niños del pueblo, montando a caballo por la playa, remontando el río con Juanito para ayudar a su padre a cosechar café. Debía de verlos haciendo carreras en canoa, oír el eco de sus risas que subía desde el agua. Debía de vernos charlando con amigos en nuestro hermo­ so jardín, tumbados en la playa. Debía de vernos a Buddy y a mí besándonos, debía de vernos felices. ¿Cómo fue ca­ paz de mandar aquella caja?

Y entonces, como si la adicción hubiese enviado mensa­jes con fuertes latidos, los traficantes de droga empezaron a aparecer. Tino o Víctor, Alejandro. Todos jóvenes, antiguos playeros guapos, listos y perversos. Susurros en nuestro jar­dín, risas en la oscuridad junto a la mata del estramonio.

Sur de México, furgoneta Volkswagen

Nuestra furgoneta VW tenía motor Porsche, así como otras modificaciones que la hacían buena para las duras carreteras mexicanas. Buddy y yo habíamos acondiciona­ do la parte de atrás para viajar. El asiento de atrás se trans­formaba en una cama cómoda, con una hamaca para Da­vid. Las dos puertas se abrían a sendos armarios debajo de las camas. Fácil acceso a linternas, libros, ceras de colores, agua, comida, la nevera portátil o el hornillo Coleman. Las hamacas podíamos sacarlas e instalarnos en cualquier sitio, incluso para dar una cabezada mientras los críos jugaban en una playa o un bosque.

Íbamos camino de Guatemala para renovar nuestros permisos de turistas, íbamos lejos de la heroína. Pero no había ninguna prisa. Nos quedamos unos días en Guada­lajara, pasando las mañanas en el mercado, comiendo birria, paseando por los pasillos como si visitáramos un mu­seo. Cada puesto estaba arreglado con arte y gracia, ya fueran flores de calabacín, ristras de ajos, intrincadas jaulas pintadas a mano (con docenas de especies de pájaros), cara­melos rosas y verdes, huaraches.

Había una exposición de Henry Moore en el museo. El Cordobés toreaba en la plaza. A Buddy le pareció un fanfarrón descarado, pero los chicos estaban emocionados con toda la pompa, el peligro y la gallardía. Nos alojamos en un antiguo hotel espléndido, comimos pichones, guisantes, cocina mexicana de primera. Desde allí fuimos a Ajijic. Había una fonda bonita, pero con tantos gringos, y tan borrachos, que preferimos acampar durante varios días. Así seguimos viajando hasta Guatemala. Durmiendo en el bosque junto a un río, a veces, o cerca de algún pue­blo o lugar en ruinas que pudiéramos explorar. Eso signifi­caba tan solo escalar y rodearlo y hablar acerca de lo que debió de ser en otros tiempos, y nosotros simulábamos es­tar allí entonces.

Disfrutamos de unos días fabulosos acampando cerca de Teotihuacán. Por el camino, iba leyendo en voz alta las cró­nicas de Bernal Díaz, así que era un lugar real para todos nosotros. Mark y Jeff lloraron por la traición de Moctezuma; lo consideraban un héroe. Exploramos todos los templos, pasamos horas en el museo. Los cuatro nos turnábamos para llevar a David en brazos o en el cochecito. Estuvo insoporta­ble en aquel viaje. Estaba acostumbrado a andar suelto, sin ataduras y hasta sin pañales, no paraba en todo el día hasta caer rendido por la noche. Cuando nos deteníamos en algún sitio, echaba a correr por la plaza o el café. Era tan guapo que la gente se acercaba a hablar con nosotros; hicimos muchos amigos gracias a él. Varias veces los indios le hicie­ron la señal de la cruz en la frente. Las mujeres lo besaban y decían: «Pobrecito»tan lindo y tener que vivir en este mundo cruel. La gente se prendaba de él, lo llevaban a la cocina o le daban una vuelta en brazos por la plaza.

Lucia Berlin en Oaxaca

Viajábamos bien. En carretera David se quedaba dor­mido, gracias a Dios, y los niños coloreaban o leían o juga­ban a algún juego con Buddy y conmigo. Yo le leía artícu­los o poesía a Buddy, hablábamos, reíamos. Bastaba con que uno de nosotros dijera: «¡Paremos aquí!». «Muy bien, vamos», decía Buddy, y todos salíamos, echábamos un vis­tazo, nos bañábamos en una playa perfecta, comíamos ta­cos de sesos en un puestecillo a pie de carretera con una familia encantadora, mirábamos al caballo blanco galo­ pando en el campo. Esa pasión que derrochaba. La forma en que apuraba la vida, todo. Entiendo que cayera en las drogas. Las odio por habérnoslo arrebatado.

Incluso antes de ver Monte Albán o Mitla, nos enamo­ramos de Oaxaca. Los rostros nobles de los mixtecos, los rosados y verdes descoloridos de las camisas de los jornale­ros, el color de las rocas y la tierra. La verdad antigua del lugar. Pasamos la noche en el viejo hotel colonial de la pla­za, comimos tamales de camarones enrollados en hojas de banano. Pasamos la velada en la plaza, escuchando las marimbas. Buddy y yo nos sentamos en un banco de forja con David mientras Mark y Jeff jugaban a las canicas con dos niños. Los vendedores ambulantes se acercaban a ofre­ cernos alfarería, tapices; los chiquillos nos vendían chicles. Sus voces y las conversaciones en voz baja de las parejas que daban vueltas por la plaza sonaban como trinos de pájaros: zapotecas y mixtecos hablando con la cadencia y el deje y el murmullo tan agradable al oído. Hay una canción en la que Billie Holiday canta «Love is bee­yu­ti­fal» («El amor es bello») con ese mismo trino. Había una mujer mixteca que me mostraba alhajas, o me tocaba la mejilla y decía beautiful con la misma lentitud.

Nos fuimos a la mañana siguiente. Deseosos de poner­ nos en marcha cuanto antes porque queríamos volver, con esa gente amable, distinguida y noble, a ese lugar encanta­ do y majestuoso.

En algún pueblo de Chiapas, hotel

Renovamos los visados de turistas en la frontera. En principio la idea era viajar por Guatemala, ir al lago, a co­nocer unas ruinas allí. Pero habían empezado las lluvias, Buddy se quedó sin drogas, los niños estaban con gripe, pensaba yo, pero resultó ser peor: el dengue.

Conduje bajo la lluvia, sobre el lodo resbaladizo; todos iban gimoteando y vomitando. Finalmente llegamos a un pueblo. Me paré en la primera casa de adobe para pregun­tar si había algún alojamiento por allí. Tanto el anciano como su esposa negaron con la cabeza. Dijeron que podía­mos quedarnos en su cobertizo hasta que remitieran las lluvias y la carretera fuese transitable. El cobertizo estaba en el granero, justo al lado del corral. Todo estaba mojado, la lluvia se colaba a chorros. Frío y humedad y olores nue­vos, caca de pollo, caca de vaca, caca de caballo, caca de cabra. El cobertizo estaba tan sucio que no podías sentarte, solo hice un poco más de sitio para cambiar a David, corté tela para limpiarlos a todos de diarrea y vómito. Buddy se­ guía encogido y temblando muchísimo en el asiento de de­lante*

* Este último capítulo estaba inacabado en el momento de la muerte de Lucia.

Lydia Davis: la vida y obra de la primera mujer de Paul Auster, marcada ahora por la tragedia del hijo de ambos | Vanity Fair

https://www.revistavanityfair.es/articulos/paul-auster-lydia-davis-hijo

Ana María Shua: “Uno siempre está tratando de escribir el libro que le gustaría leer” – Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2022/05/02/ana-maria-shua-uno-siempre-esta-tratando-de-escribir-el-libro-que-le-gustaria-leer/

El discurso femenino en Inés Arredondo. “Ensayos de identidad” – CARDENAL

https://cardenalrevista.com/2021/01/12/el-discurso-femenino-en-ines-arredondo-ensayos-de-identidad/

Lucia Berlin, la autora que venció al olvido – LA NACION

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/lucia-berlin-la-autora-que-vencio-al-olvido-nid24012021/

Gabriela Mistral

Sendero

No había visto antes la verdadera imagen de la Tierra. La Tierra tiene la actitud de una mujer con un hijo en los brazos (con sus criaturas en los anchos brazos).
Voy conociendo el sentido maternal de las cosas. La montaña que me mira, también es madre, y por las tardes la neblina juega como un niño por sus hombros y sus rodillas.
Recuerdo ahora una quebrada del valle. Por su lecho profundo iba cantando una corriente que las breñas hacen todavía invisible. Ya soy como la quebrada; siento cantar en mi hondura este pequeño arroyo y le he dado mi carne por breña hasta que suba hacia la luz.

El concierto de Monterroso

Sendero

]
Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el
piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso
homenaje del público. Su vestido, cubierto de lentejuelas, brillará como
si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete
personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis
amigos aprobarán o rechazarán —no lo sabré nunca— sus intentos de
reproducir la más bella música, según creo, del mundo.
Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a
oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir
que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En
lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos
adivinan mi entusiasmo mentiroso.
Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.
La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear
esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si
alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre
la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de
ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis
amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en
el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal
de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la
noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de
hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en
iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente
emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por
conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero
yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un
artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y
me aburre. Mis amigos tampoco son artistas. Me gusta mortificarlos,
pero no me preocupan.
Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras
filas y a cada instante anotan [109] algo en sus libretas. Reciben pases
gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente.
También los aborrezco. Son los periodistas, Claro que me temen y con
frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres
no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es
una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman
sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los
dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es
verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no
soy un artista y ella lo sabe bien.
La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos
puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería
extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro
de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un
padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella.
Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija.
Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas.
Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio. Pero nadie iba ni
siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado.
Jamás podemos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo
que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación.
Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la
veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el
pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un
camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía
derecho a hacerme eso.
Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se
multiplicarán en letras de molde.

Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los
últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz
se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente,
terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me
sentiré, como todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven
estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje.
Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala
se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.

El eclipse de Monterroso

Festejando su nacimiento.

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
—Si me matáis —les dijo—puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Los mayas, personas de la selva. Aprende en Casa II Secundaria | Unión  Jalisco

El maestro de Oscar Wilde

Sendero

Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, después de haber encendido una antorcha de madera resinosa, descendió desde la colina al valle.

Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que lloraba.

Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y a guisa de corona, llevaba ceniza sobre sus cabellos.

Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven desnudo que lloraba.

-Comprendo que sea grande tu dolor porque verdaderamente Él era justo.

Mas el joven le respondió:

-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el desierto, allí donde no hay ningún alimento, y he hecho levantarse a los muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho yo.

-¿Y por qué lloras, entonces?

-Porque a mí no me han crucificado.

La metaficción como estrategia

Sendero

La metaficción como estrategia narrativa

La metaficcion como estrategia narrativa resulta un excelente método de interactuar con el lector. Cómo el escritor usa muchas máscaras dentro de su realidad ficcionada, lo que hace es mostrar la realidad cotidiana junto a un mundo paralelo, introduciéndose en la misma ficción como un personaje real.

En definitiva, la metaficción como estrategia narrativa puede ser más o menos efectiva, en dependencia del talento de cada autor como cualquier otra técnica literaria. A través de ella se  logra que el lector participe en la ficción y la haga suya, pero sobre todo es un recurso en el que la ficción es evidente y el lector lo sabe.

La metaficción como autoconciencia

La metaficción como autoconciencia del escritor respecto a su entorno y la sociedad en la que vive, cuestionándola y cuestionándose, es muy empleada. Por ejemplo:

  • Cuando un personaje pregunta o busca al autor.
  • El autor pide explicaciones al personaje.
  • El autor se incluye como personaje en la ficción.
  • El autor cuestiona la realidad de la ficción y la suya.
  • El autor se refiere a la ficción de la realidad.
  • Los personajes se rebelan contra la trama del autor, salen y crean otra realidad
  • El autor rompe la ficción con la realidad.
  • El autor juega sobre el proceso de creación de su obra.
  • El autor salta de la ficción a la realidad, y viceveresa con juegos de palabras.

Ejemplos de novelas metaficionales

Uno de los ejemplos más clásicos lo encontramos en el Ulises de Joyce o en los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Es imposible obviar a Jorge Luis Borges, que ha hecho gala en alguno de sus relatos de este recurso literario. Algo semejante ocurre en Un vacío perfecto y Un valor imaginario de la autoría de Stanisław Lem y por supuesto, uno de los más fuertes ejemplos es Miguel de Unamuno en su novela Niebla.

Otro ejemplo es el que emplea Julio Cortázar en Continuidad de los parques. En este la narración toma un giro bien interesante, pues finaliza en el momento en el que el hombre de la historia llega para asesinar al que está leyendo la novela. Algo semejante ocurre, por ejemplo, cuando Cervantes, en la segunda parte del Quijote, se refiere a una segunda obra de un tal Avellaneda con el mismo título que la suya.

La metaficción es un recurso muy interesante a la hora de dar un giro a la trama o destacar la relación del autor con su obra, y se la asocia con el fenómeno cultural del posmodernismo. No obstante, escritores como Cervantes o Borges no fueron posmodernistas.

Julio Cortázar, el autor que sorprendió durante el boom latinoamericano

Análisis comparativo de Casa de Geishas de Ana María Shua

«Análisis comparativo de Casa de Geishas de Ana María Shua» http://bibliotecavirtual.dgb.umich.mx:8083/xmlui/handle/DGB_UMICH/136

Estudios y cuentos de Clarice Lispector

La más grande novelista de la literatura brasileña, Clarice Lispector, murió de cáncer el día 9 de diciembre de 1977. Era una mujer enigmática, solitaria, y escribía como una diosa.


La mirada

El tema obsesivo de Clarice Lispector es la mirada, la propia mirada. Importa mucho menos qué es lo que se mira, que la manera de mirar. Literatura de la percepción, podría ser el subtítulo de toda su obra. Desde su interioridad, observa la interioridad ajena de una manea implacable. Clarice Lispector escribe como mira, es decir, sin adornos. Un ejemplo de esto es un relato suyo muy difícil de clasificar: Seco estudio de caballos. Justamente, el adjetivo es el que mejor define la obra de Clarice y su estilo: seco. Pero esta sequedad, como en Cavafis, es una virtud; a través de esa renuncia a los fastos de la imagen, su obra llega a una profundidad sobrecogedora. Clarice Lispector escribe como ve y como piensa. Sigue el hilo de su inconsciente y el de la asociación libre. Esto explica, además, algunas de esas inserciones curiosas de sus relatos, y que ella coloca con la Habilidad del inconsciente: si esta idea apareció en su cabeza, por algo será. De ahí también sus numerosas intervenciones, nos recuerda a Velázquez que se pinta pintando a las «Meninas». Clarice mirándose escribir, se escribe a sí misma. Interviene para corregir, interviene para confesarse, interviene para hablar con los personajes, como si las historias y ella, quien las mira y las escribe, no pudieran separarse, desprenderse. Quizá sólo una mujer puede estar tan pegada a sí misma, a su mirada, al cuerpo de su texto, como para que esta unión umbilical sea in destructible. Se la ha comparado, desde luego, con Virginia Woolf, pero la literatura de Clarice termina por provocar una sutil y profunda incomodidad.


El trazo del agua

La literatura de Clarice Lispector me recuerda las pinturas de Remedios Varo. Pero el paisaje mental de Lispector es húmedo, sus palabras son pegajosas, un balbuceo, intenta decir lo que no se puede decir, escribe desde ese lugar de nosotros en el que estamos a solas con la propia respiración. Sus frases cortas, sincopadas, tensas, pueden romperse con el ruido del teléfono o de una puerta que se azota.El paisaje de su pensamiento es de agua. Tiene la textura del limo con raíces que se enredan y te jalan al fondo. El fondo es blando y resbaloso, oscuro como un corazón latiendo, como el deseo, como el miedo. Está hecho de ese lenguaje —que ella seguramente nutrió durante años y años con lo que amó, con todo aquello de la vida que nunca más se recupera, y que ocurre una sola vez—. Seferis escribió en su diario que en esencia el poeta tiene un solo tema, —su cuerpo—. La vida que nutre a ese cuerpo.


Entre la niebla

No es fácil leer a Clarice Lispector, es como esos días inexplicablemente hermosos en que no dan ganas de hacer nada, más que dejarse vivir por ellos. Dije antes, que el paisaje de su pensamiento es de agua, pero en esas aguas hay un enorme silencio y pasan muchas cosas. Tiene la fuerza de los salmones que recorren distancias enormes en contra de la corriente, para regresar al lugar del principio, aparearse y morir. Tiene la belleza casi salvaje de un volcán en erupción, o la de una leona que amamanta a sus cachorros. Es como esas mujeres que todavía se mueren de amor, como los pasadizos secretos llenos de jeroglíficos de las tumbas de los faraones, como la primera mañana del primer día de primavera, como las canciones de Chico Buarque y Luis Gonzaga, cantadas por María Bethania, es el calor al mediodía en el pueblo de María Macabea, es la pena honda, es como las noches, como el perfume rojo de las rosas, como el insomnio, como bajar entre la niebla por las cumbres de Acultzingo.


Al otro lado del viento

Un texto en realidad es un tejido. Viene de textus, participio pasivo de texto: tejer, coser, unir, enlazar.
La literatura de Clarice Lispector es un tejido espeso, es una tela mojada que pesa una enormidad y no cubre sino más bien desnuda. El tejido es minucioso como la tela que tejen las arañas, se parece a la piel verde del agua de los cenotes, al verde de la lluvia, a la infinita paciencia de las bordadoras y puede también cansar como los monólogos silenciosos e interminables con nosotros mismos, como las obsesiones, como la rutina.

Atravesar esos textos, dejarse atravesar por ellos, recorrerlos, hundirse en ellos, quedar a solas entre esas palabras, profundamente, en lo más solo de uno mismo… estoy tratando de decir algo de lo que sentí y vi al sumergirme en la lectura de Clarice Lispector. Sus palabras saben más.
Gloria Gervitz
http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/208-090-clarice-lispector?start=1
El secreto del éxito de Clarice Lispector, la escritora brasileña para la  que “la realidad no tiene sinónimos” - BBC News Mundo

Menos delicado que la langosta de Charles Bukowski

Norteamericano

—¡Qué cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos por ahí. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la muerte. Vámonos por ahí.

—¿Por ahí, adónde? —preguntó ella.

—A cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.

—Jorg —dijo ella—. ¿Qué haré cuando mueras?

—Comer, dormir, coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.

—Yo necesito seguridad.

—Todos la necesitamos.

—Escucha, no estamos casados. No podré cobrar tu seguro.

—No hay problema, no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.

Arlene estaba sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.

—Dices que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en la lista?

—Tú eres la cinco mil una.

—¿Crees que no podría conseguir otro hombre?

—No tendrías ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.

—¿Crees que necesito un gran pintor?

—No, nada de eso. Bastaría con un buen compañero.

—Sí, siempre que me amase.

—Por supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.

Bajaron las escaleras desde la última planta. Todas eran viviendas baratas, llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre; parecía haber siempre comida cocinándose en grandes cacerolas y gente sentada por ahí fumando, limpiándose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco, discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando, rascándose o dormitando delante de la televisión. En el mundo son muy pocos los que tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía la gente, mejor parecía vivir. Las únicas necesidades eran dormir, sábanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.

—Idiotas —dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas parloteando y me joden la mía.

—Oh, Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?

Jorg la miró arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha cogía como una experta y resultaba agradable tenerla a mano… casi siempre.

Llegaron al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas, los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de marfil. Cuando peor se sentía, era cuando mejor se sentía.

—Mierda —dijo—, todo caga hasta que se muere.

Arlene caminaba meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastón, y hasta el sol parecía mirar hacia abajo y exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta fechas muy recientes sus obras no se habían vendido un carajo. Los dos habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escaleras. En los rellanos olía a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron hasta la última planta y Arlene llamó a la puerta.

La puerta se abrió de golpe y allí estaba Serge.

—¡Te pillé! —dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón… pasen.

—¿Pero qué demonios te pasa? —preguntó Jorg.

—Siéntense. Creí que era Lila…

—¿Juegas al escondite con Lila?

—No, no…

—Serge, tienes que librarte de esa chica, te está volviendo loco.

—Me afila los lápices.

—Serge, es demasiado joven para ti.

—Tiene treinta años.

—Y tú sesenta. Son treinta años.

—¿Treinta años es demasiado?

—Pues claro.

—¿Y veinte? —preguntó Serge, mirando a Arlene.

—Veinte años es aceptable. Treinta es indecente.

—¿Por qué no se buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntó Arlene.

Ambos la miraron.

—Le gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.

—Sí —dijo Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy haciendo…

Lo siguieron hasta el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.

—¿Ves? ¿Te das cuenta? Todas las comodidades.

Serge tenía los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al techo.

—Es por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar horas.

—¿Quién te mezcla los colores?

—Lila. Le digo: «Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicaré a estar por ahí tumbado, leyendo revistas.

Oyeron a Lila que subía las escaleras. Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó al dormitorio.

—Vaya —dijo—, el viejo asqueroso está pintando.

—Sí —dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.

—Yo no dije eso.

—Vamos por ahí a comer algo —dijo Arlene.

Serge se incorporó con un gemido.

—Es la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.

—Necesito un trago —dijo Serge—. Me repondré en seguida.

Bajaron juntos a la calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban suéteres de cuello alto.

—Hola, son Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?

—¡Largo! —dijo Serge.

Jorg blandió el bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la rodilla.

—Mierda —dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!

—Ojalá —dijo Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!

Siguieron hacia La Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menú y soltando gentilezas en italiano, ruso y francés.

—¿Has visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es realmente asqueroso!

—Sí —dijo Jorg, y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!

—¡Traiga cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se sentaban a la mejor mesa.

El jefe de camareros se evaporó.

—Ustedes son un par de pendejos —dijo Lila.

Jorg le empezó a subir la mano por la pierna.

—A dos inmortales todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.

—Quítame la mano de la vulva, Jorg.

—No es tu crica. Es propiedad de Serge.

—Pues quita la mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.

—Mi voluntad es muy débil.

Ella gritó. Jorg retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg. Jorg lo vació.

—Es una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!

—¿Todas?

—Todas, sí, pendejo. ¡Y rápido!

—Es torpe —dijo Serge—. Míralo. ¿Cenamos?

—¿Cenar? —dijo Arlene—. Ustedes lo único que hacen es beber. No creo que los haya visto comer nunca más de un huevo pasado por agua.

—¡Fuera de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.

El camarero se esfumó.

—No deben hablarle así a la gente, muchachos —dijo Lila.

—Hemos pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.

—Eso no les da ningún derecho —dijo Arlene.

—Supongo que no —dijo Jorg—, pero es interesante.

—La gente no tiene por qué aguantalos —dijo Lila.

—La gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.

—Lo que la gente quiere es las pinturas de ustedes, nada más —dijo Arlene.

—Nosotros somos nuestros cuadros —dijo Serge.

—Las mujeres son tontas —dijo Jorg.

—Ten cuidado —dijo Serge—. También son capaces de terribles venganzas…

Se pasaron allí sentados dos horas bebiendo vino.

—El hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.

—El hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.

—Ustedes son pendejos genuinos —dijo Lila.

—Desde luego —dijo Arlene.

—Vamos a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la mía.

—Oh, no —dijo Arlene—, de eso nada.

—Nada de eso —dijo Lila.

—Ahora tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.

—Yo también tengo ganas de pintar —dijo Serge.

—Larguémonos de aquí —dijo Jorg.

—Esperen —dijo Lila—, no han pagado la cuenta.

—¿Cuenta? —gritó Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar dinero por esta mierda de vino?

—Venga, vamos —dijo Jorg.

Cuando se levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.

—Este vino es asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba está en los orines!

Serge cogió una botella de vino aún a mitad, le abrió al camarero la camisa de un tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el bastón de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivía en un departamento de lujo. Estudiaba química y había ganado en una ocasión el segundo premio en un concurso de ópera. Jorg blandió el bastón y lo golpeó, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg lo golpeó otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.

Se dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro estaban borrachos, pero tenían una cierta elegancia, había en ellos algo único. Llegaron a la puerta y salieron.

En una mesa próxima a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado todo. El joven parecía inteligente; solo una verruga bastante grande que tenía casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo había querido ser monja.

—¿Estuvieron magníficos, verdad? —dijo el joven.

—Son dos pendejos —dijo la joven.

El joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche difícil.

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