La noche boca arriba de Julio Cortázar

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima…» Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.

La noche boca arriba, un cuento de Cortázar
Escritor argentino Julio Cortázar

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Las lunas de Jupiter de Alice Munro

Encontré a mi padre en el ala de cardiología, en el octavo piso del Hospital General de Toronto. Estaba en una habitación semiprivada. La otra cama estaba vacía. Dijo que su seguro hospitalario cubría solo una cama en el pabellón, y que estaba preocupado por que pudieran cobrarle un suplemento.

–Yo no he pedido una semiprivada –dijo.

Le dije que probablemente las salas estuvieran llenas.

–No. He visto algunas camas vacías cuando me llevaban con la silla de ruedas.

–Entonces será porque te tenían que conectar con esa cosa –le dije–. No te preocupes. Si te van a cobrar un suplemento, te lo dicen.

–Eso será probablemente –dijo–. No querrían esos trastos en las salas. Supongo que eso estará cubierto.

Le dije que estaba segura de que sí.

Tenía cables pegados al pecho. Una pequeña pantalla colgaba por encima de su cabeza. En ella, una línea brillante y dentada parpadeaba continuamente. El parpadeo iba acompañado de un nervioso zumbido electrónico. El comportamiento de su corazón estaba a la vista. Intenté ignorarlo. Me parecía que prestarle tanta atención –exagerar, de hecho, lo que debería ser una actividad totalmente secreta– era buscar problemas. Cualquier cosa exhibida de aquel modo era propensa a estallar y volverse loca.

A mi padre no parecía importarle. Decían que le tenían con tranquilizantes. “Ya sabes –decía–, las pastillas de la felicidad”. Parecía tranquilo y optimista.

Había sido distinto la noche anterior. Cuando le llevé al hospital, a la sala de urgencias, estaba pálido y con la boca cerrada. Abrió la puerta del coche, se quedó de pie y dijo despacio:

–Quizá sea mejor que me traigas una de esas sillas de ruedas.

Utilizaba la voz que siempre ponía en una crisis. Una vez, nuestra chimenea se incendió; era domingo por la tarde y yo estaba en el comedor poniendo alfileres en un vestido que estaba haciendo. Entró y dijo con aquella mismo voz flemática y admonitoria:

–Janet, ¿sabes dónde hay polvos de levadura?

Los quería para echarlos al fuego. Luego dijo:

–Supongo que ha sido culpa tuya… Coser en domingo. Tuve que esperar durante más de una hora en la sala de espera en urgencias. Llamaron a un especialista de corazón que estaba en el hospital, un hombre joven. Me hizo pasar a una sala y me explicó que una de las válvulas del corazón de mi padre se había deteriorado tanto que debía ser operado inmediatamente.

Le pregunté qué sucedería si no.

–Tendría que estar en la cama –dijo el médico.

–¿Cuánto tiempo?

–Quizá tres meses.

–He querido decir, ¿cuánto tiempo vivirá?

–Eso es lo que yo también he querido decir –dijo el doctor.

Fui a ver a mi padre. Estaba sentado en la cama que había en el rincón, con la cortina descorrida.

–Es malo, ¿verdad? –me preguntó–. ¿Te ha dicho lo de la válvula?

–No es tan malo como podía ser –le dije. Luego repetí, incluso exageré, cualquier cosa esperanzadora que el médico me hubiese dicho– No estás en peligro inmediato. Tu condición física es buena, por lo de demás.

–Por lo demás –dijo mi padre con pesimismo.

Yo estaba cansada de haber conducido todo el camino hasta Dalgleish, preocupada por devolver el coche de alquiler a tiempo, e irritada por un artículo que había estado leyendo en una revista en la sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más guapa y probablemente con más talento que yo. Yo había estado en Inglaterra durante dos meses, de modo que no había visto antes aquel artículo, pero me pasó por la cabeza mientras lo estaba leyendo que mi padre lo habría leído. Podía oírle decir: “Bueno, no he visto nada sobre t en Maclean´s”. Y si hubiese leído algo sobre mí diría: “Bueno, no tengo una gran opinión de ese reportaje”. Su tono sería festivo e indulgente, pero produciría en mí una familiar tristeza de espíritu. El mensaje que recibí de él era sencillo: Hay que luchar por conseguir la fama y luego pedir perdón por ella. Tanto si la consigues como si no, tú tendrás la culpa.

No me sorprendieron las noticias del médico. Estaba preparada para oír algo parecido y estaba contenta conmigo misma por contármelo con calma, del mismo modo que estaría contenta conmigo misma por vendar una herida o por mirar desde el endeble balcón de un edificio alto. Pensé: Sí, es la hora; tiene que haber algo, aquí está. No sentí la protesta que habría sentido veinte, incluso diez años antes. Cuando vi por la cara de mi padre que él la sentía, que el rechazo le subía de un salto tan prontamente como si hubiese tenido treinta o cuarenta años más joven, mi corazón se endureció, y hablé con una especie de atormentadora alegría.

–Por lo demás, estás pletórico –dije.

Al día siguiente era de nuevo él mismo.

Así es como yo lo habría expresado. Dijo que ahora le parecía que el joven, el médico, pudiera haber estado demasiado impaciente por operar.

–Un bisturí un poco fácil –dijo. Estaba burlón y alardeando de jerga hospitalaria. Dijo que otro doctor le había examinado, un hombre mayor, y le había expresado su opinión de que descanso y medicación podrían surtir efecto.

Yo no pregunté qué efecto.

–Dice que tengo una válvula defectuosa. Está ciertamente dañada. Querían saber si tuve fiebres reumáticas cuando era niño. Yo le dije que no lo creía, pero entonces la mitad de las veces n te diagnosticaban lo que tenías. Mi padre no era ciertamente alguien que fuese a buscar al médico.

El recuerdo de la infancia de mi padre, que yo siempre me había imaginado como sombría y peligrosa –la modesta granja, las hermanas atemorizadas, el padre severo–, me hicieron menos resignada ante su muerte. Pensé en él huyendo para irse a trabajar en los barcos del lago, corriendo por las vías del ferrocarril hasta Gorderich, a la luz del anochecer. Acostumbraba a contar aquel viaje. En algún lugar de la vía encontró un membrillo. Los membrillos son raros en nuestra zona del país; de hecho, no he visto nunca ninguno. Ni siquiera el que encontró mi padre, aunque una vez nos llevó de excursión para ir a buscarlo. Pensó que conocía el cruce cerca del que estaba, pero no pudimos encontrarlo. No pudo encontrar el fruto, desde luego, pero quedó impresionado por su existencia. Le hizo pensar que había llegado a una nueva parte del mundo.

El muchacho fugado, el superviviente, un anciano atrapado aquí por su corazón estropeado. Yo no buscaba estos pensamientos. No me importaba pensar en su personalidad de joven. Incluso su torso desnudo, fornido y blanco –tenía el cuerpo de un trabajador de su generación, raramente expuesto al sol– era un peligro para mí; parecía tan fuerte y joven. El cuello arrugado, las manos y los brazos manchados por la edad, la estrecha y comedida cabeza, con su pelo fino y canoso y su bigote, se parecían más a lo que yo estaba acostumbrada.

–¿Y para qué quiero que me operen? –decía mi padre razonablemente–. Piensa en el riesgo a mi edad, ¿y para qué? Unos cuantos años como máximo. Creo que lo mejor que puedo hacer es irme a casa y tomármelo con calma. Rendirme con elegancia. Eso es todo lo que se puede hacer a mi edad. Tu actitud cambia, ¿sabes? Se sufren cambios mentales. Parece más natural.

–¿El qué? –le pregunté.

–Bueno, la muerte. No hay nada más natural. No, a lo que yo me refiero, en particular, es a no operarme.

–¿Eso parece más natural?

–Sí.

–Tienes que decidirlo tú –le dije, pero yo lo aprobaba. Eso era lo que yo habría esperado de él. Siempre que hablaba a la gente de mi padre subrayaba su independencia, su autosuficiencia, su paciencia. Trabajaba en una fábrica, trabajaba en su jardín, leía libros de historia. Podía hablar de emperadores romanos o de las guerras de los Balcanes. Nunca se quejaba.

Judith, mi hija pequeña, había ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos días antes. Había ido con el chico co el que estaba viviendo, y cuyo nombre era Don. Se iban a México por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me quedaría en su apartamento. Por ahora vivo en Vancouver. A veces digo que no tengo mi centro de operaciones en Vancouver.

–¿Dónde está Nichola? –pregunté, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis.

Nichola es mi hija mayor. Era estudiante del conservatorio, después se hizo camarera, luego se quedó sin trabajo. Si hubiese estado en el aeropuerto, probablemente yo habría dicho algo inoportuno. Le habría preguntado cuáles eran sus planes y ella se habría echado el cabello hacia atrás con elegancia y habría dicho: “¿Planes?”, como si fuese una palabra que yo hubiese inventado.

–Sabía que lo primero que harías sería preguntar por Nichola.

–No es así. He dicho hola y…

–Bueno, coge tu maleta –dijo Don con voz neutral.

–¿Está bien?

–Estoy segura de que sí –dijo Judith en un falso tono de burla–. No estarías sí si fuese yo quien no estuviera aquí.

–Pues claro que sí.

–No. Nichola es el bebé de la familia. ¿Sabes? Tiene cuatro años más que yo.

–Yo debería saberlo.

Judith dijo que no sabía exactamente dónde estaba Nichola. Dijo que Nichola se había ido de su apartamento (¡aquel basurero!) y que la había telefoneado incluso (lo que ya es mucho, se podría decir, que Nichola telefonee) para decir que quería estar incomunicada durante un tiempo, pero estaba bien.

–Le dije que te ibas a preocupar –dijo Judith más amablemente, camino de la camioneta. Don estaba delante, con mi maleta–. Pero no te preocupes. Está bien, créeme.

La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que él oyera estas cosas. Pensé en las conversaciones que debían de haber tenido, Don y Judith. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith estaban a veces en buenas relaciones. O Do, Judith, Nichola y otros cuyos nombres ni siquiera conocía. Habría hablado de mí. Judith y Nichola intercambiando opiniones, contando anécdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiese tenido un chico y una chica. O dos chicos. No habrían hecho eso. Los chicos probablemente no pueden saber tanto de una.

Yo hacía lo mismo a esa edad. Cuando tenía la edad que tiene ahora Judith hablaba con mis amigos en la cafetería de la facultad, o por la noche, tomando café en nuestras habitaciones baratas. Cuando tenía la edad que Nichola tiene ahora, yo la tenía a ella en un capazo, o revolviéndose en mi regazo, y tomaba también café todas las tardes lluviosas de Vancouver, con una vecina amiga, Ruth Boudreau, que leía mucho y estaba desconcertada por su situación, como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante algún tiepo no hablamos de nuestros matrimonios. Cuán minuciosamente tratamos de nuestros padres y madres, lamentamos sus casamientos, sus equivocadas ambiciones o su miedo a la ambición, con cuánta competencia los archivamos, los definimos más allá de cualquier posibilidad de cambio. Qué presunción.

Observé a Don caminando delante. Un muchacho alto y de aspecto ascético, con el cabello oscuro cortado a la manera de los franciscanos y un estudiado asomo de barba. ¿Qué derecho tenía a oír hablar de mí, a saber cosas de mí misma que probablemente yo había olvidado? Decía que su barba y su estilo de peinados eran afectados.

Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:

–¿Sabes? Esos años en los que crecías…, bueno, son solo una especie de impresión borrosa para mí. No puedo distinguir un año de otro.

Yo me ofendí. No recordaba cada año distinto con dolor y claridad. Podría haber dichola edad que tenía cuando iba a ver los trajes de noche en el escaparate de Benbow´s Ladies´Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un traje nuevo, iluminado –el de lentejuelas y tui, el rosa y lila, el zafiro, el narciso trompón–, y yo, una adoradora de la fangosa acera. Podría haber dicho la edad que tenía cuando falsifiqué la firma de mi madre en un boletín de malas notas, cuando tuve el sarampión, cuando empapelamos la habitación delantera. Pero los años en que Judith y Nichola eran pequeñas, cuando yo vivía con su padre, sí, borrosos sería la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recoger y doblar pañales; puedo recordar las cocinas de dos casas y dónde estaba el cesto de la ropa. Recuerdo los programas de televisión: Popeye el marino, Los tres secuces, Divertirama. Cuando empezaba Divertirama era el momento de dar la luz y hacer la cena. Pero no podía diferenciar los años. Vivíamos en las afueras de Vancouver en un barrio dormitorio: dormir, dormitorio, dormilón…, algo así. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y los biberones nocturnos, y la lluvia incesante de la costa Oeste.

Oscuros cedros goteando, el laurel brillante goteando, las esposas bostezando, sesteando, haciendo visitas, bebiendo café y doblando pañales; los maridos llegando a casa por l noche desde la ciudad atravesando el agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba a casa con su Burberry empapada y esperaba que me despertara; servía carne y patatas y una de las cuatro verduras que él toleraba. Comía con un apetito voraz, y luego se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habíamos convertido en una pareja de caricatura, más de mediana edad a nuestros veinte años de lo que seríamos en la edad madura.

Esos torpes años son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida. Rincones de los patios que yo nunca visité permanecerán en sus mentes.

–¿No quería verme Nichola? –le pregunté a Judith.

–La mitad de su tiempo no quiere ver a nadie –respondió.

Judith se adelantó y tocó el hombro de Don. Yo conocía un gesto: una disculpa, una seguridad ansiosa. Tocas a un hombre de ese modo para recordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que estás haciendo por ti algo que le aburre o que hace peligrar ligeramente su dignidad. Ver a mi hija tocar a un hombre –a un chico–, de ese modo me hacía sentirme más mayor de lo que me harían sentir los nietos. Sentí su triste nerviosismo, podía predecir sus sumisas atenciones. Mi franca y robusta hija, mi cándida y rubia hija. ¿Por qué iba yo a pensar que ella no sería susceptible, que siempre sería directa, de paso firme, independiente? Del mismo modo que voy por ahí diciendo que Nichola es tímida y solitaria, fría, seductora. Muchas personas deben de conocer cosas que contradirían lo que yo digo.

Por la mañana Don y Judith partieron hacia México. Decidí que quería ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mí. Telefoneé a un antiguo amante mío, pero respondió un contestador: “Al habla Tom Shepherd. Voy a estar fuera de la ciudad durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y número de teléfono”.

La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abría la boca para preguntarle el significado de ese disparate. Después colgué. Sentí como si me hubiera fallado deliberadamente, como si hubiésemos quedado en encontrarnos en un lugar público y luego no se hubiera presentado. Recordé que una vez lo había hecho.

Me puse un vaso de vermut, aunque aún no eran las doce, y telefoneé a mi padre.

–¡Vaya! –dijo–. Quince minutos más tarde y no me habrías encontrado.

–¿Ibas a ir al centro?

–Al centro de Toronto.

Me explicó que se iba al hospital. Su médico de Dalgleish quería que los médicos de Toronto le echasen un vistazo, y le había entregado una carta para que la enseñara en la sala de urgencias.

–¿En la sala de urgencias? –dije.

–No es una urgencia. Parece ser que él cree que esta es la mejor forma de hacerlo. Conoce el nombre de alguien de allí. Si tuviese que darme hora, podría ser cuestión de semanas.

–¿Sabe tu médico que piensas conducir hasta Toronto? –le pregunté.

–Bueno, no me dijo que no pudiera.

El resultado de esto fue que alquilé un coche, fui hasta Dalgleish, volví con mi padre a Toronto y estaba con él en la sala de urgencias a las siete de la tarde.

Antes de que Judith se fuera le dije:

–¿Estás segura de que Nichola sabe que me quedo aquí?

–Bueno, yo se lo he dicho –me contestó.

A veces sonaba el teléfono, pero siempre era un amigo de Judith.

–Bueno, parece que me la voy a hacer –dijo mi padre. Aquello fue el cuarto día. Había cambiado completamente de postura en una sola noche–. Parece que no haya razón para no hacerlo.

No sabía qué quería que redijera. Pensé que quizá esperaba de mí una protesta, un intento de disuadirle.

–¿Cuándo lo harán? –pregunté.

–Pasado mañana.

Le dije que iba al lavabo. Fui hasta donde estaban las enfermeras y encontré allí a una mujer que pensé que era la enfermera jefe. En todo caso, tenía el pelo cano, era amable y parecía seria.

–¿Va a ser operado mi padre pasado mañana? –le pregunté.

–Sí.

–Solo quería hablar de ello con alguien. Creí que se había acordado la decisión de que era mejor no hacerlo. Por su edad.

–Bueno, es su decisión y la del médico –me sonrió con condescendencia–. Es duro tomar estas decisiones.

–¿Cómo están sus pruebas?

–Bueno, no las he visto todas.

Yo estaba segura de que sí. Al cabo de un momento dijo:

–Tenemos que ser realistas, pero los médicos son muy buenos aquí.

Cuando volví a la habitación mi padre dijo, con voz sorprendida:

–Mares sin playa.

–¿Cómo? –dije.

Me pregunté si se había enterado de cuánto, o de qué poco tiempo podía esperar vivir. Me pregunté si las pastillas le habían dado una euforia precaria. O si había querido jugar. Una vez que me hablaba sobre su vida, me dijo: “El problema era que yo siempre tenía miedo a arriesgarme”.

Yo acostumbraba a decirle a la gente que él nunca hablaba con pesar de su vida, pero eso no era cierto. Era solo que yo no lo escuchaba. Decía que debería haberse alistado en el ejército, que habría estado en mejor posición. Decía que debería haberse instalado por su cuenta, como carpintero, después de la guerra. Debería haberse ido de Dalgleish. Una vez dijo: “¿Una vida malgastada, eh?”. Pero se estaba burlando de sí mismo al decir aquello, porque era algo muy dramático. También cuando recitaba poesía tenía siempre una nota burlona en la voz, para disculpar la exhibición y el placer.

–Mares sin playa –dijo de nuevo–. Detrás de él las grises Azores,/ detrás las puertas de Hércules;/ delante de él sin traza de playas,/ delante de él solo mares sin playa. Eso era lo que tenía en la cabeza anoche. Pero ¿crees que podía recordar qué clases de playas? No podía. ¿Playas solitarias? ¿Playas vacías? Estaba en el buen camino, pero no podía acordarme. Pero ahora, cuando has entrado en la habitación y no estaba pensando en ello, me vino la palabra a la cabeza. Siempre ocurre lo mismo, ¿verdad? No es tan sorprendente. Le hago una pregunta a mi mente. La respuesta está allí, pero yo no puedo ver todas las relaciones que está estableciendo mi mente para llegar a ella. Como un ordenador. Nada fuera de sitio. ¿Sabes?, en mi situación sucede que, si algo que no puedes explicar de inmediato, hay una gran tentación de, bueno, de hacer de ello un misterio. Hay una gran tentación de creer en…, ya abes.

–¿El alma? –dije, con delicadeza, sintiendo un asombroso torrente de amor y entrega.

–¡Oh, supongo que se le puede llamar así? ¿Sabes?, cuando llegué a esta habitación había un montón de periódicos al lado de la cama. Alguien los había dejado allí, eran de esa clase de publicaciones sensacionalistas que nunca había leído. Empecé a leerlos. Habría leído cualquier cosa fácil. Había una serie de experiencias personales de gente que había muerto, médicamente hablando, la mayoría de paro cardíaco, y que había vuelto a la vida. Era lo que ellos recordaban del tiempo en que estuvieron muertos. Sus experiencias.

–¿Agradables o no? –le dije.

–Agradables. Sí, sí. Flotaban un poco más y reconocían a algunas que conocían y que había muerto antes que ellos. No es que los vieran exactamente, sino que era algo así como si los percibiesen. A veces había un canturreo y a veces una especie de…, ¿cómo se llama esa luz o ese color que hay alrededor de una persona?

–¿Aura?

–Oh, no sé. Todo se basa en si quieres creer en esa clase de cosas o no. Y si vas a creértelas, a tomártelas en serio, me imagino que tienes que tomarte en serio todo lo demás que publican esos periódicos.

–¿Qué más publican?

–Basura: curas de cáncer, de calvicie, cólicos en la generación joven y en los holgazanes ricos. Disparates de las estrellas de cine.

–Ah, sí, ya.

–En mi situación, hay que vigilar –dijo–, o empezarías a gastarte jugarretas a ti mismo. –Luego dijo–: Hay unos cuantos pormenores prácticos que deberíamos poner en orden –y me habló de su testamento, de la casa, del solar del cementerio. Todo era sencillo.

–¿Quieres que telefonee a Peggy? –le pregunté. Peggy es mi hermana. Está casada con un astrónomo y vive en Victoria.

Se lo pensó.

–Supongo que deberíamos decírselo –dijo finalmente– Pero no los alarmes.

–De acuerdo.

–No, espera un momento. Sam va a ir a una conferencia a finales de esta semana, y Pegy estaba pensando en acompañarle. No quiero que se planteen cambiar de planes.

–¿Dónde es la conferencia?

–En Ámsterdam –dijo con orgullo.

Se enorgullecía realmente de Sam, y estaba al corriente de sus libros y de sus artículos. Cogía uno y decía: “Mirátelo, ¿quieres? ¡Y yo que no entiendo ni una palabra!”, con un voz maravillada que conseguía no obstante mostrar una sombra de ridículo.

–El profesor Sam –decía–. Y los tres pequeños Sams.

Así es como llamaba a sus nietos, que se parecían a su padre en inteligencia y en un casi atractio empuje, un inocente y enérgico alardeo. Iban a una escuela privada que apoyaba la disciplina anticuada y que comenzaba el cálculo en el quinto grado.

–Y los perros –podía seguir enumerando–, que han ido a la escuela de adiestramiento. Y Peggy…

–Pero si yo decía:

–¿Crees que ella también ha ido a una escuela de adiestramiento? –él no seguía el juego.

Yo imagino que cuando estuviera con Sam y Peggy hablaría de mí del mismo modo: aludiría a mi arbitrariedad del mismo modo que aludía a su gravedad, haría bromas suaves a mi costa, no ocultaría del todo su sorpresa (o haría ver que no la ocultaba) por que la gente pagase dinero por cosas que yo había escrito. Tenía que hacer esto para que no pareciese nunca que alardeaba, pero paraba cuando las bromas se hacían demasiado pesadas. Y, desde luego, después encontré en la cas cosas mías que había guardado: unas cuantas revistas, recortes de periódicos, cosas por las que yo nunca me había preocupado.

En aquel momento sus pensamientos iban de la familia de Peggy a la mía:

–¿Has sabido algo de Judith? –preguntó.

–Aún no.

–Bueno, aún es pronto. ¿Iban a dormir en la furgoneta?

–Sí.

–Supongo que será lo suficientemente segura, si paran en los lugares adecuados.

Sabía que tenía que decir algo más y sabía que surgiría como una broma.

–Supongo que pondrán una tabla en medio, como los pioneros.

Yo sonreí, pero no respondí.

–Entiendo que no tienes nada que objetar.

–No –le dije.

–Bien, yo siempre lo vi así. No te metas en los asuntos de tus hijos. Yo intenté no decir nada. Nunca dije nada cuado dejaste a Richard.

–¿Qué quieres decir con “no dije nada”? ¿Criticar?

–No era asunto mío.

–No.

–Pero eso no quiere decir que me gustase.

Me sorprendió, no solo por lo que decía, sino porque considerase que no tenía ningún derecho, ni siquiera ahora, a decirlo Tuve que mirar por la ventana, al tráfico de abajo, para controlarme.

Hace mucho tiempo, me dijo de ese modo afable suyo:

–Es curioso. La primera vez que vi a Richard me recordó lo que mi padre acostumbraba a decirme. Decía: “Si aquel tipo fuese la mitad de inteligente de lo que cree que es, sería el doble de inteligente de lo que es en realidad”.

Me volví para recordarle aquello, pero me encontré mirando la línea que iba describiendo su corazón. No era que pareciese que algo funcionaba mal, que hubiera alguna diferencia en los zumbidos y en los puntos. Pero allí estaba.

El vio dónde miraba.

–Ventaja desleal –dijo.

–Lo es –le respondi–. A mí también van a tener que conectarme.

Reímos, nos dimos un beso formal y me fui. Al Menos no me había preguntado por Nichola, pensé.

La tarde siguiente no fui al hospital, porque a mi padre tenían que hacerle más pruebas, para prepararlo para la operación. Tenía que ir por la noche. Me encontré paseando por las tiendas de ropa de Bloor Street, probándome vestidos. Me había entado una preocupación por la moda y por mi propio aspecto parecida a un rabioso dolor de cabeza. Miré a las mujeres por la calle, la ropa en as tiendas, intentando descubrir cómo podría llevar a cabo una transformación, qué tendría que comprar. Reconocía que era una obsesión, pero tenía problemas para desprenderme de ella. Había gente que me había dicho que esperando noticias de vida o muerte se había quedado delante de una nevera abierta comiendo cualquier cosa que viera: patatas hervidas frías, salsa de chile, cuencos de nata. O había sido incapaz de dejar de hacer crucigramas. La atención se limita a algo –alguna distracción–, se agarra a ella, se vuelve frenéticamente seria. Revolví prendas de los percheros, me las probé en pequeños probadores en los que hacía calor, delante de crueles espejos. Sudaba; una o dos veces creí que iba a desmayarme. De nuevo en la calle, pensé que debía alejarme de Bloor Street, y decidí ir al museo.

Recordaba otra vez, en Vancouver. Fue cuando Nichola iba al jardín de infancia y Judith era un bebé. Nichola había ido al médico por un resfriado, o quizá para un examen de rutina, y el análisis de sangre mostraba algo en sus glóbulos blancos, o que había demasiados o que se habían hecho grandes. El médico pidió más análisis y yo llevé a Nichola al hospital para que se los hicieran. Nadie mencionó la leucemia, pero yo sabía, desde luego, lo que estaban buscando. Y cuando llevé a Nichola a casa le pedí a la canguro que había estado con Judith que se quedase por la tarde, y me fui de compras. Me compré el vestido más atrevido que haya tenido nunca, una especie de funda de seda negra con algún adorno de encaje en el delantero. Recuerdo aquella radiante tarde de primavera, los zapatos altos en los grandes almacenes, la ropa interior con estampado de leopardo.

También recordaba la vuelta a casa desde el hospital de St. Paul por el puente de Lions Gate en el autobús atestado, llevando a Nichola sobre mis rodillas. De repente ella recordó el nombre que le daba de pequeñita al puente y me dijo en voz baja: “Pente, po el pente”. No evité tocar a mi hija –Nichola era esbelta y grácil incluso entonces, con un culito precioso y un cabello oscuro y fino–, pero me di cuenta de que la estaba tocando de una forma distinta, aunque yo no creía que ello pudiera ser nunca detectado. Había un cuidado –no exactamente un retraimiento sino un cuidado– para no sentir demasiado. Vi que las formas del amor se pueden mantener con una persona condenada, pero con el amor en realidad medido y disciplinado, porque hay que sobrevivir. Se podía hacer de forma tan discreta que el objeto de dicho cuidado no sospecharía, del mismo modo que tampoco sospecharía la misma sentencia de muerte. Nichola no sabía, no lo sabría. Le llegarían juguetes y besos y bromas; nunca lo sabría, auque a mí me preocupaba que sintiera el viento por entre las grietas de las vacaciones inventadas, de los días normales inventados. Pero todo estaba bien. Nichola no tenía leucemia. Creció, aún seguía viva, y probablemente feliz. Incomunicada.

No podía pensar en qué quería ver realmente del museo; de modo que fui hasta el planetario. Nunca había estado enano. La sesión iba a empezar dentro de diez minutos. Entré, compré una entrada y me puse a la cola. Había una clase entera de colegiales, quizá dos, con profesores y madres voluntarias llevando el grupo. Miré alrededor para ver si había otros adultos sueltos. Solo uno, un hombre con a cara roja y los ojos hinchados, que parecía estar allí para evitar ir a un bar.

Una vez dentro, nos sentamos en asientos maravillosamente cómodos que estaban reclinados hacia atrás de modo que estabas en una especie de hamaca, con la atención dirigida a la parte cóncava del techo, que pronto se convirtió en azul oscuro, con un ligero reborde de luz alrededor. Había una música espléndida e impresionante. Los adultos iban haciendo callar a los niños, intentando que dejasen de hacer crujir sus bolsas de patatas fritas. Entonces la voz de un hombre que salía de las paredes, una voz profesional y elocuente, comenzó a hablar, despacio. La voz me recordaba un poco a la forma en que los locutores de radio anunciaban una pieza de música clásica o describían el avance de la familia real hasta la abadía de Westminster en uno de sus eventos reales. Había un ligero efecto de cámara de resonancia.

El oscuro techo se estaba llenado e estrellas. No salían todas a la vez, sino una detrás de otra, de la forma en que las estrellas salen realmente por la noche, aunque más rápidamente. Apareció la Vía Láctea, se acercó, las estrellas flotaban en el brillo y seguían, desapareciendo más allá de los límites de la pantalla estelar, o detrás de mi cabeza. Mientras el torrente de luz continuaba, la voz presentaba los sorprendentes hechos. “Hace unos cuantos años luz –anunciaba–, el sol aparece como una estrella brillante, y los planetas no son visibles. Hace unas cuentas docenas de años luz, es solo aproximadamente la milésima parte de la distancia desde el sol hasta el centro de nuestra galaxia, un galaxia que contiene unos doscientos mil millones de soles. Y es, a su ve, una entre millones, quizá miles de millones, de galaxias”. Repeticiones innumerables, variaciones innumerables. Todo esto pasaba también por mi cabeza, como fogonazos.

Luego se abandonaba el realismo, en aras del artificio familiar. Un modelo del sistema solar iba dando vueltas con su elegante estilo. Un aparato brillante despegaba de la Tierra, dirigiéndose hacia Júpiter. Puse mi esquiva y evasiva mente a tomar firmemente nota de los hechos. La masa de Júpiter, dos veces y media la de los demás planetas juntos. La gran mancha roja. Las trece lunas. Más allá de Júpiter, una mirada a la excéntrica órbita de Plutón, los helados anillos e Saturno. De nuevo en la Tierra y pasando al caliente y brillante Venus. La presión atmosférica, noventa veces la nuestra. Mercurio, sin luna, que da tres vueltas de rotación mientras gira dos veces alrededor del sol; un arreglo extraño, no tan satisfactorio como el que nos contaban: que daba una vuelta de rotación mientras giraba alrededor del sol. Sin oscuridad perpetua, después de todo. ¿Por qué nos dieron una información tan segura para anunciarnos despu´s que estaba equivocada? Finalmente, la imagen ya familiar de las revistas: el suelo rojo de Marte, el fluorescente suelo rojo.

Cuando terminó la sesión me quedé en la silla mientras los niños trepaban por encima de mí sin comentar nada de lo que acababan de ver o de oír. Estaban importunando a sus cuidadores para que les dieran chucherías y más diversión. Éstos habían hecho un esfuerzo por captar su atención, para apartarlas de las palomitas y de las patatas fritas y fijarla en distintas cosas conocidas y desconocidas y en inmensidades horribles, y parecían haber fracasado. Algo bueno, también, pensé. Los niños tienen una inmunidad natural, la mayoría de ellos, y no deberá ser alterada. En cuanto a los adultos que lo lamentaran, quienes habían promovido aquel espectáculo, ¿no eran ellos mismos inmunes hasta el punto de que podían añadir los efectos de la cámara de resonancia, la música, la solemnidad eclesiástica, simulando el temor que suponín que los niños debían de sentir? Temor… ¿qué se suponía que era?¿Escalofríos al mirar por la ventana? Una vez que se sabía lo que era, no se podía provocar.

Llegaron dos hombres con escobas para barrer los desperdicios que la audiencia había dejado a su paso. Me dijeron que la siguiente sesión empezaría al cabo de cuarenta minutos. Mientras tanto, tenía que salir.

–Fui a la sesión del planetario –le dije a mi padre–. Fue muy interesante… Sobre el sistema solar.  –Pensé en la palabra tan tonta que había utilizado: “interesante”–. Es como un templo ligeramente falsificado –añadí.

Él ya estaba hablando:

–Recuerdo cuando descubrieron Plutón. Exactamente donde esperaban encontrarlo. Mercurio, Venus, Tierra, Marte –recitaban–. Júpiter, Saturno, Nept… no, Urano, Neptuno y Plutón. ¿Es así?

–Sí –dije. Me alegraba de que no hubiese oído lo que había dicho del templo falsificado. Lo había dicho para ser sincera, pero sonaba a tramposo y a superior–. Dime las lunas de Júpiter.

–Bueno, no conozco las nuevas. Hay un montón de nuevas, ¿verdad?

–Dos, pero no son nuevas.

–Nuevas para nosotros –dijo mi padre–. Te has vuelto muy descarada ahora que me van a rajar.

–“Rajar”. Qué expresión.

Aquella noche no estaba en la cama, su última noche. Le habían desconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a una ventana. Tenía las piernas desnudas y llevaba una bata del hospital, pero no se le veía cohibido ni fuera de lugar. Se le veía pensativo pero de buen humor, un anfitrión afable.

–Ni siquiera has dicho las antiguas –le dije.

–Dame tiempo. Galileo les puso el nombre. Io.

–Ya has empezado.

–Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos con el telescopio –djo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libro antiguo–. No fue Galileo quien les dio los nombres, tampoco; era un alemán. Io, Europa, Ganímedes, Calisto. Ahí las tienes.

–Sí.

–Io y Europa eran novias de Júpiter, ¿verdad? Ganímedes era un chico. ¿Un pastor? No sé quén era Calisto.

–creo que también era una novia –le dije–. La mujer de Júpiter –la mujer de Jove– la convirtió en un oso y la colocó en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa Menor era su niña.

El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.

–Te veré cuando salgas de la anestesia –le dije.

–Sí.

Cuando llegué a la puerta me llamó.

–Ganímedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.

Cuando me marché del planetario aquella tarde, atravesé el museo hacia el jardín chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba. Me senté en un banco que daba a Bloor Street. A través de los matorrales siempre verdes y la alta verja de hierro observé a la gente pasar a la luz de la caída de la tarde. El espectáculo del planetario había logrado lo que yo quería, después de todo; me había tranquilizado, me había secado. Vi a una chica que me recordó a Nichola. Llevaba un impermeable y una bolsa de comestibles. Era más baja que Nichola, realmente no se parecía mucho a ella, pero pensé que podría ver a Nichola. Estaría por alguna calle quizá no lejos de allí, agobiada, preocupada, sola. Ella era ahora una de las personas adultas del mundo, uno de los compradores volviendo a casa.

Si realmente la veía, podría quedarme sentada y mirar, pensé. Me sentía como una de aquellas personas que habían flotado en el cielo, disfrutando de una breve muerte. Un alivio, mientras dura. Mi padre había escogido y Nichola había escogido. Algún día, probablemente pronto, sabría de ella, pero equivalía a lo mismo.

Pensé en levantarme y acercarme hasta la tumba, para ver las tallas en relieve, los cuadros en piedra, que están a su alrededor. Siempre pensaba en verlos y nunca lo hacía. Tampoco lo haría esta vez. Hacía frío fuera, de modo que entré, a tomar un café y a comer algo antes de volver al hospital.

Alice Munro, Las lunas de Júpiter, Debolsillo, 2010

Comentario al cuento el «beso» de Chejov

El beso de Chejov

https://wordpress.com/view/sendero.blog

El beso de Chejov comentario

Considerado uno de los relatos más representativos de Antón Chejóv, trata sobre Riabovich, un hombre tímido con dificultades para socializar y su pequeña «aventura» personal. Y digo «aventura» entre comillas, pues a partir de una nimiedad y un acto accidental y posiblemente sin relevancia, para él supuso toda una tormenta de emociones. Perdido en la casa de los Rabbek, una mujer lo confundió en la oscuridad y lo besó en la mejilla. A causa de su timidez, nunca había estado tan cerca de una mujer y tal acto le provocó turbación y confusión. Inmediatamente de aquello, al salir de la habitación, se sentía armado de nuevas emociones e incluso interés en lo que le rodeaba, incluso las mujeres, y se imaginaba cual de aquellas mujeres de la sala le había besado.

Normalmente, una persona habría reaccionado entendiendo que ha sido un error, y que la mujer posiblemente ni le viera la cara para reconocerlo posteriormente, pero Riabovich le ocurre lo contrario. Se «enamora» de ese momento, le da mil vueltas, lo repasa, se imagina a la mujer que le besó, dándole la misma importancia a que si fuera algo realmente relevante en su vida, cuando en realidad solo fue un accidente, un golpe de fortuna que no repercute en su vida en forma alguna, ni en su pasado, ni en su futuro. Un caso puntual. Pero él se va a dormir feliz y pasa los siguientes meses pensando en volver a casa de los Rabbek a ver a su «amada», cosa que no tiene ninguna parte racional. Atesora ese recuerdo y sueña con un posible futuro. Se ilusiona.

Cuando lo cuenta a sus camaradas, ellos, como es lógico, lo escuchan como una anécdota cualquiera, y cuentan las suyas propias, como algo trivial. Riabovich, al ver que sus compañeros no le daban importancia ni les parecía ni romántico ni nada del estilo (sino lo que es, algo trivial), se ofende, como si no mostraran el suficiente respeto por aquella historia ni a «ella». Esto carece de toda lógica, claro está, pero para Riabovich y su imaginación, ellos no eran capaces de alcanzar a entender de lo «romántico» y «bello» de aquella historia.

Cuando vuelven a donde viven los Rabbek, Riabovich arde en deseos que les invitan a la casa para verla a «ella», y pasa el día entero, hasta la noche, sin que los avisen. Esa noche se quedó pensativo y se dio cuenta de lo ridículo de todo eso, se da cuenta de su pequeña «locura» y regresa a la izba dispuesto a dormir, cuando le informan que finalmente se acercó la caballería de los Rabbek a invitarles a pernoctar. Riabovich, ante esto, el pecho se le encendió enseguida, pero seguidamente lo apagó y se fue a dormir. Se dio cuenta de que solo aumentaría su obsesión e ilusiones por algo que realmente no existe.

Con este relato Chejov nos muestra cómo el alma humana puede verse afectada por un pequeño momento trivial, pero que nos puede marcar, según la importancia que le demos. ¿Debería haber seguido Riabovich con la ilusión, ir a la casa, y seguir en busca de «su amada»? Reconozcamos que  eso solo ocurre en las películas y en los libros, pero no en la vida real. Riabovich hizo lo que cualquier hombre en su sano juicio haría, «quitarse de tonterías» y olvidarse del tema. ¿Pero vale la pena avivar las ilusiones por algo imposible, e incluso irreal? Riabovich simplemente soñaba con tener a una mujer a la que amar. ¿Tan ridículo hubiera sido ir a la casa por segunda vez y seguir avivando la llama, quizás con un final inesperado? El relato en parte nos muestra que sí, pues a medida que se describen las ilusiones de Riabovich y sus imaginaciones de futuro, se muestran de forma un tanto ridícula, y hasta paranoica. ¿Son las ilusiones humanas nimiedades en su fondo? De ahí que nos haga pensar Anton Chejov con este magnífico relato.

Anton Chéjov: biografía y obra - AlohaCriticón

Misterio Bufo, Rosa fresca aulentissima de Dario Fo

Actor «Misterio» es el término que se empleaba ya en los siglos II y III después de Cristo para indicar un espectáculo, una representación sacra. Aún hoy, durante la misa, oímos al sacerdote declamar: «En el primer misterio glorioso… en el segundo misterio…», y así sucesivamente. Misterio significa pues: representación sacra; y misterio bufo significa: espectáculo grotesco. Fue el pueblo quien inventó el misterio bufo. Desde los primeros siglos después de Cristo el pueblo se divertía -y no sólo era diversión- moviendo, jugando, como se decía, espectáculos de forma irónico-grotesca, precisamente porque, para el pueblo, el teatro, y el teatro grotesco en particular, ha sido siempre el medio principal de expresión, de comunicación, pero también de provocación y agitación de ideas. El teatro era el diario hablado y dramatizado del pueblo.
ROSA FRESCA AULENTISSIMA
En lo que se refiere a nuestra historia, o mejor a la historia de nuestro pueblo, uno de los textos esenciales del teatro cómico-grotesco, satírico, es Rosa fresca aulentissima de Ciullo (o Cielo) d’Alcamo. Bien, ¿por qué queremos hablar de este texto? Porque es el texto más manipulado que se conoce en la historia de la literatura italiana, ya que siempre nos ha sido presentado de manera manipuladora. En el colegio, cuando nos plantean esta obra, cometen la mayor estafa que se haya hecho jamás en toda la historia de la enseñanza.
Ante todo, nos hacen creer que es un texto escrito por un autor aristocrático, quien, aun empleando el lenguaje vulgar, quiso demostrar que estaba tan dotado como para transformar «el barro en oro». Logró pues escribir una obra de arte: mediante la gracia que sólo un poeta aristocrático como él podía poseer. ¡Tanta como para elevar un tema tan trivial, tan tosco como un diálogo «de amor carnal», a niveles extraordinarios de poesía «culta», propia de la «clase superior»! Además, dentro de este esfuerzo por hacernos ver esta obra como momento inspirado de un autor aristocrático, han ido metiendo casi todo, digamos todos los trucos y saltos mortales de los sagrados autores burgueses de textos escolásticos, desde De Sanctis a D’Ovidio. Diré que el primer estafador fue Dante Alighieri. En efecto, de forma más o menos explícita, en su De Vulgari Eloquentia dice con cierto engreimiento que «…de acuerdo, hay alguna que otra aspereza en este «contraste», alguna que otra tosquedad, pero ciertamente el autor es un erudito, una persona culta». Por no hablar de lo que dijeron los estudiosos de los siglos XVIII y XIX sobre el origen «culto» de este texto; el colmo fue naturalmente bajo el fascismo, pero poco antes tampoco era una broma. Benedetto Croce, el filósofo liberal, dice que se trata sin duda de un autor aristocrático, porque la poesía del pueblo es un acto mecánico, es decir, «un acto de repetición pedestre». El pueblo, ya se sabe, es incapaz de crear, de elevarse por encima de la banalidad, la brutalidad, la vulgaridad, y entonces lo más que consigue es copiar de manera «mecánica»; de ahí el sentido de «mecánico». Sólo el autor aristocrático, culto y evolucionado tiene la posibilidad de desarrollar artísticamente cualquier tema. El pueblo, zafio y obtuso, consigue como mucho imitar. Y se acabó. Tan bonito planteamiento se lo cargaron dos sinvergüenzas, en el sentido cariñoso de la palabra, sinvergüenzas para la cultura burguesa y aristocrática: un tal Toschi y un tal De Bartholomaeis, dos católicos, para ser exactos. Ambos hicieron una auténtica trastada, demostrando que el «contraste» en cuestión es un texto extraordinario, pero obra indiscutible del pueblo. ¿Cómo? Basta con examinarlo. Empecemos por descifrar
bien lo que dice esta juglaría (ya que quien habla es un juglar). Dice: «rosa fresca y perfumada que apareces hacia el verano». Quien declama este verso es un recaudador, más precisamente un tipo cuyo trabajo consiste en recabar gabelas en los mercados. Hoy en Sicilia se llaman «bávaros», porque según parece la última concesión se la dio un rey borbón a los bávaros. Pero antiguamente estos personajes, que hoy se llaman, por ejemplo, guardias municipales, tenían un nombre bastante imaginativo: exactamente grullas. ¿Por qué? Porque llevaban un libro, un registro, sujeto del muslo con una correa, y cuando tenían que retirar el dinero, para apuntar el ingreso y el nombre y apellido del que pagaba el tributo que le debía al señor por las tierras arrendadas, se colocaban en una postura bastante cómoda para escribir, o sea apoyaban el pie derecho en la rodilla izquierda, quedándose de pie sobre una sola pierna, exactamente como las grullas o las garzas. Ahora este «grulla» le está declarando su amor a una joven. Y como el muchacho, ocultando el libro que lleva en el muslo con la vuelta de la capa o con la falda, se hace pasar por noble y rico, así también la muchacha, que está asomada a una ventana, se hace pasar por la hija del señor, del propietario de la casa. En realidad es una sirvienta, tal vez una fregona. ¿Qué es lo que la delata? Una ironía precisamente del muchacho, que en un determinado momento dice: «desde que te vi vestida de sayo, hermosa, desde ese día, herido, rabio». El sayo era propio de frailes y también de monjas, pero aquí, en realidad, el término es burlesco: se refiere a una especie de mandilón sin mangas, que al estar almidonado, evitaba que las lavanderas se mojaran cuando acudían al pilón.
Ahora bien, ya sabemos en qué postura se colocan las lavanderas… Bueno, lo saben los que las han visto, a las lavanderas. Hoy tenemos lavadoras, y ya no se ve una de las cosas más hermosas de la naturaleza. Me refiero a esas redondeces que se bambolean al moverse, y que las lavanderas ofrecían a los pasantes. Por eso el juglar, malicioso, dice: «cuando te vi en postura de lavar… cuando llevabas el sayo, de ti me enamoré». Se enamoró, como dice Brecht, «de lo que el supremo creó con majestuosa gracia», creo, el séptimo día, el de descanso:
porque necesitaba toda la concentración posible para fabricar semejante perfección dinámica: el eje de toda la creación. Así que: «de tu eje me enamoré». Ahora conocemos el origen social de los dos personajes: la muchacha que se jacta de su posición social y el muchacho que hace otro tanto. El joven declama: «rosa fresca aulentissima ch’apari…». Es un lenguaje áulico, refinado, propio de quien quiere hacerse pasar por noble. El hace una caricatura, pero no es esa su intención, luego veremos la verdadera razón. «Rosa fresca aulentissima ch’apari inver’ la state, / le donne ti disiano, pulzell’e maníate.» Italiano medieval, que traducido dice: eres tan hermosa que hasta las mujeres, doncellas o desposadas, querrían hacer el amor contigo. Por no hablar de las viudas… bueno, esas, ya se sabe, es normal. ¡Sería una locura! Os imagináis, en el colegio, al pobre profesor que tuviera que explicar las cosas tal y como se dicen… «Es normal, chicos, en la Edad Media las mujeres se emparejaban a menudo.» Unas pedorretas como para sacarle los colores… risas no disimuladas… le echan, expulsado de todos los colegios del reino (porque podemos decir que seguimos en un reino), ¡y basta, está acabado! He aquí por qué el pobre profesor, que además tiene familia, no tiene más remedio que mentir. Notad que esta preocupación por corregir la verdad nace ya desde el momento en que se descifra el apodo del autor. De hecho, siempre lo citan en los textos escolares no como Ciullo d’Alcamo, sino como Cielo d’Alcamo. Atención, los del norte, de la Lombardía, saben qué significa el término «ciullo»: sin querer ser procaz, «ciullo» es el sexo masculino. Y también en Sicilia me ocurrió, en Alcamo, cuando pregunté el significado de «ciullo»… ja ja ja… ¡todos muertos de risa! De todos modos, volviendo al colegio, os dais cuenta de que hay que modificar, medicar, eliminar de inmediato el término, y naturalmente el profesor dice: «Hay un error». En efecto, conocidos investigadores han hecho trampas para indicar otra lectura. No podían aceptar semejante apodo, pues se trataría sin duda de un juglar, ya que todos los juglares
tenían apodos bastante sabrosos. En cuanto al Ruzante, por ejemplo, que a nuestro parecer puede definirse como «el último juglar», su apodo viene de «ruzzare», revolcarse. Alguien que sea de Padua, o de la zona, sabe que «ruzzare» significa «ir con animales»: no de paseo, sino acoplarse con animales, en las fiestas o en los periodos apropiados, preferidos por los mismos, por supuesto. Entonces, no se puede decir «aullo». No se puede, en una escuela como la nuestra, donde la hipocresía y la morbosidad empiezan ya en párvulos. Yo he estado en párvulos, de pequeño, claro, y recuerdo que cuando una niña veía a un niño haciendo pis, decía: «¡Uy, mira!… señorita… ¿qué le pasa a ese niño?». «Una enfermedad muy fea», contestaba la maestra, «no mires… ¡vamos, vamos, persígnate!». Es nuestro colegio. Y tenemos que comprender el drama de los enseñantes. Volviendo a «rosa fresca aulentissima ch’apari inver’ la state, / le donne ti disiano, pulzell’ e maritate». ¿Cómo lo resolvemos? Sabed que sigue siendo una frase hecha, en Sicilia, donde para hacerle un cumplido a una chica, se dice: «Bedda tu si, fighiuzza, che anco altri fighiuzze a tía vurria ‘mbrazzari», hasta las otras muchachas querrían abrazarte, de lo hermosa que eres. Lo dicen sin malicia alguna, pero en nuestra escuela no se puede. Y entonces, ¿qué se inventan? Un rápido viraje de sesenta grados, para arreglar la cuestión. El profesor enseña (y fijaos que son acotaciones que encontráis en todos los textos): «no hay que tomar la forma así, tal cual, hay que tratar de especificarla. Es decir: eres tan hermosa que hasta las otras mujeres, doncellas y casadas, querrían parecerse a ti. No te querrían a ti, sino que querrían aparecer como tú eres, hermosa, elevada entre todas las otras mujeres». Así, en seguida, el chico o la chica aprenden la hipocresía, y en su casa dicen: «Mamá, quiero una manzana… no, no quiero en el sentido de querer comérmela, sino que quiero aparecer como una manzana, redonda y roja, que den ganas de comértela». Si seguimos, descubriremos otro juego bastante brutal de este modelo. Continúa el texto: «trágemi d’este focora, se Veste a bolontate… déjame salir de este fuego, si tienes voluntad, muchacha», ruega el joven. Y sabemos perfectamente cómo las chicas consiguen que los chicos salgan del fuego y del deseo, cuando
quieran hacerlo: pero aquí, no se dice nada… son cosas que no interesan, y se pasa de largo. En seguida viene la respuesta de la muchacha, que se lo toma un poco al pie de la letra y revela escasa finura de ánimo, al expresarse más o menos así: «Puedes irte a arar el mar y a sembrar el viento, conmigo a hacer el amor no llegarás jamás. Todo el dinero, todos los tesoros de esta tierra puedes recoger, pero ya no tendrás nada que hacer conmigo. Es más, te diré que si insistes, yo, antes que aceptar hacer el amor contigo, li cavelli m’aritonno, me hago rapar el pelo, me meto a monja, y así no te veré más… ¡ah, qué bien estaré!». Y el muchacho contesta: «¿ah sí, conque te vas a rapar el pelo? Entonces yo también me afeito la cabeza… me meto a fraile… voy a tu convento, te confieso… y en el momento oportuno, ¡ñaca!». El ñaca lo añado yo, pero está implícito. La muchacha palidece y grita: «Eres el anticristo, un ser vergonzoso… ¿cómo te atreves?… Antes que aceptar tu violencia me tiro al mar y me ahogo». «¿Te ahogas? Yo también… no, no me ahogo: me tiro al mar yo también, te voy a buscar allí, en el fondo, te arrastro hasta la orilla, te acuesto en la playa, y ahogada y todo, ¡ñaca!, te hago el amor.» «¿Conmigo, ahogada?» «¡Sí!» «¡Oye!», dice la muchacha, con mucho candor, «¡pero si no se siente ningún placer haciendo el amor con ahogadas!». Ya lo sabe todo, por supuesto. Una prima suya se ahogó, pasó uno por allí, vigiló si había alguien, «Voy a probarlo»… Lo probó… «¡Mi madre! qué asco… ¡mejor un pez espada!» De todos modos, la muchacha se escandaliza profundamente y le amenaza: «Oye, ¡como te atrevas sólo a intentar hacerme violencia, vienen mis parientes y te matan a leñazos!». Y el muchacho le contesta, arrogante (no olvidemos que está interpretando el personaje de un rico aristócrata): «Si tus parientes me encuentran cuando acabo de violarte o mientras te estoy haciendo violencia, ¿qué pueden hacerme? Una defensa les doy de dos mil augustarios». ¿Qué significa? El augustario era la moneda de Augusto, referido a Federico II. Y en efecto, estamos en 1231-1232, cuando
en Sicilia gobernaba Federico II de Suevia. Dos mil augustarios equivalían, más o menos, a setenta y cinco mil liras de ahora. ¿Y qué es la defensa} Forma parte de un grupo de leyes promulgadas para ventaja de los nobles, de los ricos, llamadas «leyes melfitanas», auspiciadas precisamente por Federico II, para facilitar a los notables un maravilloso privilegio de defensa. Así, un rico podía violar tranquilamente a una joven; bastaba con que, en el momento en que el marido o los parientes descubrían los hechos, el violador sacase dos mil augustarios, los extendiera junto al cuerpo de la violada, alzase los brazos y declamara: «¡Viva el emperador, gracias a Dios!». Esto bastaba para salvarle. Era como si dijera: «¡Mucho ojo! ¡Cuidado con lo que hacéis! El que me toque será ahorcado de inmediato». Y en efecto, quien tocara al personaje que había pagado la defensa era ahorcado de inmediato, en el lugar de los hechos, o un poco más lejos. Podéis imaginaros toda la escena. Una gran ventaja para el violador medieval era que, entonces, los bolsillos no formaban parte de los pantalones. Estaban separados: eran unas bolsas que se colgaban a la cintura, lo que permitía al amador una condición muy ventajosa: desnudo, pero con bolsa. Y en caso de que: «¡Ah, mi marido!» zas… defensa… hop… «¡Quieto! ¡Aquí está el dinero!» Claro que había que llevar siempre el dinero contado, lógicamente, uno no puede: «Perdone, espere un momento… no llevo suelto… ¿me cambia por favor?». ¡Rápido, rápido, allí mismo, deprisa! Las madres que se interesaban por la salud de sus hijos, una madre noble, por supuesto, y rica, decía siempre: «¿Sales? ¿Llevas la defensa}». «No, no, si voy con mis amigos…» «Nunca se sabe, a lo mejor te encuentras…» Ah, porque la defensa valía también para la violencia a base de cuchillo. Si uno le daba una cuchillada a un campesino… zas… ¡defensa! Si además del campesino mataba al burro, entonces se redondeaba la cifra. De todos modos, esto os hará comprender cuál era la clave de la «ley» de los señores: la brutalidad de una tasa que permitía salir indemne de toda violencia cometida por los que detentaban el poder. Por eso nunca nos explican esta parte en el colegio.
Recuerdo que en mi libro de texto en el bachillerato toda esta estrofa no existía, la habían censurado. En otros textos aparecía, pero nunca la explicaban. ¿Por qué? ¡Es lógico! Por una sencilla razón: a través de este texto se comprende quién escribió el texto. No podía ser más que el pueblo. El juglar que se presentaba en la plaza descubría al pueblo su condición, la condición de «cornudo y encima apaleado», como se suele decir. Porque esta ley le imponía precisamente la burla, además del cabestro. Y había otras leyes igualmente innobles. Así que el juglar era alguien que, en la Edad Media, pertenecía al pueblo; como dice Muratori, el juglar nacía del pueblo y del pueblo tomaba la rabia, para devolvérsela de nuevo al pueblo filtrada a través de lo grotesco, de la «razón», para que el pueblo tomara conciencia de su condición. Por eso en la Edad Media mataban con tanta abundancia a los juglares, los desollaban, les cortaban la lengua, por no hablar de otros adornos. Pero volvamos al auténtico «misterio bufo».
Esta es una secuencia de bufonada, o sea una especie de preparación a los espectáculos irónico-grotescos en los que participaba también el pueblo, maquillado y disfrazado. Esta era gente del pueblo… la véis… este va disfrazado de
«mammuttones». ¿Qué es el «mammuttones»? Es una máscara antiquísima, mitad cabra mitad diablo. Aún hoy, en Cerdeña, en algunas fiestas los campesinos se visten con estas extrañas pieles, se cuelgan estos cencerros y se pasean con máscaras muy parecidas a las de la imagen. Veréis que casi todos son diablos. Este es un juglar, este es el personaje del Jolly, el loco (alegoría del pueblo) y este es otro diablo… otro más… he aquí otra secuencia.
Diablos, brujas y un fraile de paso, como decoración. Notad otro detalle: todos llevan instrumentos para armar ruido, porque el juego del estrépito, del alboroto, era esencial en estas fiestas. (Indica un personaje de la diapositiva.) Este lleva un «ciucciué», u otros nombres que le dan en Nápoles; son unas pieles de cuero que, al aplastarlas o estirarlas, emiten unas pedorretas tremendas. (Indica otro personaje.) Aquí hay uno con la pierna levantada, que no precisa instrumento: hace él solo el ruido, es un naturalista… Estos emiten otros ruidos. Estos personajes enmascarados se reunían todos en la plaza y celebraban una especie de proceso simulado a los nobles, a los poderosos, a los ricos, a los señores en general. Entre los que había mercaderes, emperadores, usureros, banqueros…
que viene a ser lo mismo. Había también obispos y cardenales. Nunca he comprendido por qué, en el Medievo, situaban a cardenales y obispos junto con los poderosos y los señores: son actitudes muy singulares, que no nos hemos molestado en investigar. Naturalmente eran falsos obispos, falsos ricos. A saber por qué los verdaderos ricos no se prestaban ajugar con el pueblo. Era gente del pueblo que se disfrazaba; se organizaba una especie de proceso, bastante violento, a base de acusaciones concretas. «Has hecho esto, has explotado, has robado, has matado…» Pero el momento más emocionante era el final. Era una especie de infierno al que arrojaban, en falsos pucheros con falso aceite hirviendo, con masacres, con desollamientos, a todos esos ricos, esos señores. Los ricos de verdad se quedaban en casa esos días, para no pasar por la calle y que a lo mejor… «¡Ay de mí!» «Oh, perdone, me había parecido falso.» Así que, para evitar que los tomaran por falsos ricos, se atrincheraban en sus casas. Es más, se dice, lo dice malintencionadamente un gran historiador, Bloch, que es ese francés alsaciano asesinado por los nazis por comunista, afirma Bloch que seguramente las persianas se inventaron en esa época, para que los ricos pudieran observar todas esas manifestaciones en la plaza, sin que los vieran desde abajo. Toda esta gente, estos juglares, estos bufones, al terminar la fiesta entraban en la iglesia. La iglesia de la Edad Media respetaba el significado original de ecclesia: o sea lugar de asamblea. Así que entraban en ese lugar de asamblea al final de los ocho u once días que duraba la bufonada, que tenía lugar en diciembre, y continuaba la tradición de las fiestas Fesceninas, el carnaval de los Romanos. Así que entraban, y al final de la iglesia, en el crucero, los esperaba el obispo. Este se despojaba de sus vestimentas y se las ofrecía al jefe de los juglares; quien a su vez subía al pulpito y pronunciaba una homilía, un sermón, en la misma clave exacta de los sermones del obispo: es decir, le imitaba. No sólo imitaba sus tics y esquemas, sino todo el discurso de fondo, descubriendo el juego de engaño, de hipocresía, el juego del poder. Y eran tan hábiles en remedar, y sobre todo en imitar los modelos de hipocresía y paternalismo, que se cuenta que a san
Zeno de Verona, que por otro lado era una buena persona, un juglar se la jugó tan bien, le imitó tan bien, que durante seis meses, cada vez que trataba de subir al púlpito para pronunciar sus sermones, no conseguía acabarlos; tras las primeras tres o cuatro frases, tartamudeaba y se iba. Ocurría que empezaba: «Mis queridos fieles, yo aquí, humilde pastor, os tr…», y todos muertos de risa. «El corderito…» «¡Beeee!», y el pobre, avergonzado, tenía que marcharse.
Aquí, en esta otra diapositiva, vemos dos personajes. Son dos milites. Es la reproducción de un mosaico que se encuentra en San Ambrosio de Milán, forma parte del mosaico del suelo de la iglesia, y ni siquiera yo, que me encontré ahí abajo sacando relieves cuando estudiaba arquitectura, me había fijado en este maravilloso trozo de mosaico. Son dos juglares disfrazados de milites, se comprende por la caracterización teatral de sus gestos. Se metían bastante a menudo con los milites porque eran los más odiados por el pueblo. A los milites pertenecían esos profesionales del orden establecido que hoy llamamos jefes de policía o comisarios. Si con un poco de fantasía les quitáis los ropajes medievales y los sustituís por trajes modernos, veréis que tienen unas expresiones muy significativas. A vuestra izquierda hay una construcción: pues bien, no forma parte del escenario, es parte de otra escena. En efecto, toda nuestra escena se inscribe dentro del arco. ¿Por qué lo digo? Porque, evidentemente, la construcción fuera del arco se compone de varios pisos: son cuatro, cinco, seis pisos. Bien, hemos comprobado, hemos realizado sondeos, exámenes históricos: en la Edad Media, las comisarías sólo tenían un piso. Era para evitar la dipsonomía, una enfermedad que suelen padecer los comisarios de policía: esa facilidad, durante un interrogatorio, para equivocarse al señalar. Les puede tanto su movimiento agitado, su gesticulación, que la izquierda se convierte en derecha, la derecha en izquierda, y entonces dicen: «Salga, esa es la puerta», señalando la ventana. Esto ha ocurrido muchas veces… ¡en la Edad Media! Hablando de bromear con cosas muy serias, dramáticas, ayer un compañero, un abogado, me ha escrito para decirme que estas alusiones a hechos ocurridos recientemente, que acaban en una gran carcajada, le habían hecho daño. Bien, era exactamente lo que pretendíamos: hacer comprender lo que permite y permitía (está en la tradición del juglar) al actor del pueblo arañar las conciencias, y dejar un regusto amargo o quemante. La alusión a las hogueras es del todo casual. Si me limitase a contar ultrajes empleando la clave «trági
ca», desde una postura retórica o melancólica o dramática (la tradicional, para entendernos), provocaría sólo indignación y todo, inevitablemente, resbalaría como el agua de las plumas de los patos, sin dejar rastro. Me he permitido este inciso porque a menudo vuelve el discurso irritado de que no hay que «reírse» de cosas tan serias. Y precisamente el pueblo nos lo ha enseñado: recordemos, a propósito del pueblo, lo que dice Mao Tse-tung sobre la sátira. Dice que la sátira es el arma más eficaz que el pueblo ha tenido en sus manos para comprender por sí mismo, dentro de su propia cultura, todas las triquiñuelas y prevaricaciones de los señores. Siguiendo con las diapositivas, esta imagen nos muestra otra representación sacra, esta vez dramática y grotesca al mismo tiempo.
Es una representación en Flandes, hacia 1360 (la fecha está indicada en el dibujo). Observad, aquí hay una mujer con un cordero en los brazos. Os lo hago notar porque tiene que ver con una parte de la representación de La matanza de los inocentes. Sigamos: aquí hay otra imagen bastante importante, y es Amberes en 1465, justo un año antes del edicto de Toledo (foto 5). El edicto de Toledo prohibió de manera definitiva que el pueblo representara los misterios bufos. Y comprenderéis ya
por la imagen el motivo de esta censura. Mirad: aquí está Jesucristo, un actor que representa a Jesucristo, aquí dos esbirros. Aquí está un pregonero, por supuesto otro actor, y el pueblo, abajo, que reacciona, contesta a la réplica del pregonero. ¿Y qué dice el pregonero? Grita: «¿A quién queréis en la cruz?».
«¿A Cristo o a Barrabás?» Y debajo todo el pueblo contesta gritando: «¡Ajean Gloughert!», que era el alcalde de la ciudad. Comprenderéis que semejante ironía, un poco subida, tan directa, no gustara demasiado al alcalde y a sus amigos… que empezaron a pensar: «¿Y no sería mejor prohibirlas?». Una representación de ese estilo, o incluso un poquito más violenta, si queremos, es esta (foto 6): París, estamos en la plaza del Louvre, más o menos en la mis
ma época. Mirad, en este teatrito vemos a Jesucristo, un actor que interpreta el papel de Jesucristo, y otros actores. Aquí está Poncio Pilatos con la palangana preparada para lavarse las manos, y aquí vemos a dos obispos, fijaos, son dos obispos católicos. Deberían por lo menos llevar ropas hebraicas, ¿no?, con elementos completamente diferentes: sombreros redondos, adornos, trajes de otra época, completamente distintos, que la gente conocía.
En cambio el pueblo, fingiendo no entender de ropas, ha colocado ahí a los dos obispos, casi auténticos, del país. Como diciendo: «De acuerdo, este hecho ocurrió en Palestina, de acuerdo, aún no había cristianos, los otros eran judíos, así que no tiene nada que ver, eran obispos judíos y, sobre todo, eran de otra religión, otra realidad. Sí, pero seguían siendo obispos
los que insistieron tanto para que Jesucristo acabara en la cruz. ¡Lo cierto es que siempre, en todos los tiempos y en todas las épocas, los obispos están del lado de los señores para crucificar a los pobres desgraciados como Cristo!». Y como es natural, estos discursos no gustaban a los obispos, a los cardenales y tampoco al papa, de modo que decidieron reunirse en Toledo, donde dijeron: «¡Basta! No podemos permitir que el pueblo aproveche este juego escénico, que parte de lo sacro, para transformarlo en burla y en ironía». Y así prohibieron no sólo que se tomase como pretexto los Evangelios, sino también la Biblia. He aquí un juglar que instrumentaliza los relatos bíblicos. Es la representación de la famosa borrachera de David (foto 7). La Biblia cuenta que David cogió una cogorza que duró siete días, descomunal. Durante esta borrachera, se metió con todo el mundo: insultó a su padre, a su madre, a Dios, pero sobre todo arremetió contra sus súbditos, o sea el pueblo. Decía más o menos: «Pueblo necio, desgraciado y encima gilipollas, ¿por qué te crees esas historias?». Y el juglar retomaba en clave grotesca el personaje, gritando al público: «Pero de verdad os creéis que el altísimo bajó a la tierra con todos sus bártulos y dijo: «Bueno, basta ya de discutir sobre la división de los bienes y las tierras, yo lo arreglo. A ver, ven aquí, tú, llevas barba, me gustas, toma esta corona: tú serás rey. Tú, ven aquí. ¿Es tu mujer? Pareces simpática, serás la reina. Y tú, con esa jeta de trincón… tú, de emperador. Y ese… vaya pinta de espabilado… Ven, ven, verás, ¡tú de obispo! A ti, mira, te pongo de mercader. A ti, ven, ven… mira qué espacio, toda esa tierra que llega hasta el río es tuya… me caes bien… ¡y no la sueltes, eh!… No se la dejes nunca a nadie, y que te la trabajen bien… A ti también, toma esta tierra… ¿Es pariente tuyo? ¡Bien!, así todo queda en familia. Y ahora veamos… a ti te daré toda la orilla del mar. El derecho a la pesca, en cambio, es para ti. Y vosotros… allí… míseros y depauperados… tú y tú y tú, y vuestras mujeres también, trabajaréis para él, para él y para él, y además para él, y como os quejéis os mando al infierno, ¡como que me llamo Dios! ¡Y lo soy, por Dios!»».
Este tipo de representaciones no gustaban nada a los que
de verdad poseían cosas: así que se decidió, o mejor, lo decidieron los obispos, que si un juglar se atrevía a interpretar semejantes oprobios entre el pueblo, sería quemado de inmediato. Sin embargo hubo un tal Hans Holden (foto 8), famoso juglar alemán, habilísimo en el juego de la borrachera de David,

que se atrevió a actuar después del edicto: lo llevaron a la hoguera. El pobre creyó que los obispos amenazaban en broma: «¡A mí me van a llevar a la hoguera!». Pero se equivocó, los obispos son gente seria, y nunca bromean. Y en efecto lo quemaron vivo. Sin más. Había también un modo de hacer campaña publicitaria, por así decir, de los espectáculos sacros, que se empleaba en la Edad Media. Aún hoy, en Apulia, durante las fiestas de San Nicolás de Bari, un santo que venía de Oriente, obispo famoso, santo, negro, se celebran procesiones. Pues bien, esa fiesta se ha quedado en un desfile corriente, genérico, con unos carteles que en la Edad Media servían para indicar las escenas que se representarían esa misma noche. Detrás iban los «azotados», es decir, los flagelantes o flagelados, que mientras avanzaban se daban unas hostias tremendas… Por algo se trataba de un espectáculo sacro. Además, tras el desfile publicitario por calles y plazas de la ciudad, rodeaban el palco donde se desarrollaba la representación y subrayaban, indicaban cantando, gritando, lamentándose e incluso respirando a coro, los tiempos dramáticos y grotescos de la representación. Insisto en este detalle porque de vez en cuando oiréis en mis exhibiciones unas indicaciones en forma de canto coral. El canto, más o menos, era este, por ejemplo:

(San Giano, 1926 – Milán, 2016) Dramaturgo y actor italiano, Premio Nobel de Literatura en 1997. Ignorado por las historias de la literatura o mencionado lateralmente, las obras de este autor aparecen disimuladas por su actividad como uno de los más completos hombres de teatro de su país. De hecho, para muchos críticos, Fo es esencialmente un comediante. Sin embargo, este excelente intérprete y director escénico supo fundir con enorme habilidad diversas tradiciones textuales: el humor de las vanguardias, la comicidad de la commedia dell´arte y la sátira política. Una de sus obras maestras, Misterio bufo (1969), un conjunto de monólogos contra la sociedad y la Iglesia, contiene las claves de su magisterio teatral en toda Europa; cada secuencia está tramada con un ritmo y una tensión dramática y cómica preestablecidas, a las que la improvisación se debe ajustar.


Dario Fo premio Nobel

Debutó con variedades satíricas de gran impacto moral, de las que era coautor junto con Franco Parenti –Il dito nell’occhio (1953) y Sani da legare (1954)-. Entre 1959 y 1967 hizo representar en salas tradicionales las Farse, dirigidas a un público burgués, que de todos modos reflejaban, por medio de la estructura extravagante de la historia, de su ritmo agitado y de la inesperada explosión de efectos escénicos, una distorsionada o anormal realidad cultural, costumbrista y, en ocasiones, política; tales rasgos se aprecian en títulos como Isabella, tre caravelle e un cacciaballe (1963) o La signora è da buttare (1967).

Tras adherirse a las inquietudes juveniles de finales de los años sesenta, Dario Fo optó por circuitos teatrales alternativos, y sus Commedie, de las que llegó a escribir varios volúmenes, significaron una agresión cada vez mayor a la realidad del país, favoreciendo antes, durante y después de su puesta en escena una discusión abierta con el público acerca de los temas no resueltos de la gestión política de la democracia.

Otra de sus obras más representadas, Muerte accidental de un anarquista (1971), estrenada en Milán por el colectivo La Comune, corroboró la percepción que Fo tenía de sí mismo: un juglar decididamente subversivo. Las consecuencias de sus posiciones políticas no fueron agradables: su mujer, Franca Rame, fue secuestrada por grupos fascistas; y el Vaticano lo calificó de bufón, opinión que mantuvo incluso después del galardón sueco.

Distanciado del Partido Comunista a partir de los años 80, estrenó Trompetas y frambuesas y Escarnio del miedo en 1981, inspirada en el secuestro de Aldo Moro. Entre sus obras más conocidas también figuran El dedo en el ojo (1953), Séptimo, roba un poco menos (1964), Razono y canto (1972) y No se paga, no se paga (1974).

Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Dario Fo. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/f/fo.htm el 9 de junio de 2020.

La doncella y el unicornio de Ana María Shua

Hay quienes suponen agotado el tema del unicornio y la doncella por extinción de ambas especies. Sin embargo el diario de hoy publica la fotografía de un caballo con un manchón sanguinolento sobre la frente. El animal asegura haber sido, hasta pocas horas antes de la toma, una auténtica doncella.

Qué son las compañías unicornio?

Lucia Berlin:Manual para mujeres de la limpieza

42–PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braille; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencioso, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas las letras del cartel PRODUCTOS NACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.

La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir hasta el centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.

Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.

Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con quien puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.

Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos la calderilla de los ceniceros.

A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir siempre algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.

En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.

Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre que encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.

Me senté en el bordillo a esperar el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.

Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos.

(Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento).

Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.

—¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?

Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.

La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura.

Las mujeres de la limpieza de toda la vida no me aceptan de buenas a primeras. Y además, me cuesta conseguir trabajo en esto, porque soy «instruida». Sé que ahora mismo no puedo buscarme otra cosa. He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos. Hasta ahora nunca había trabajado, criando a los niños y demás.

43–SHATTUCK–BERKELEY. Los bancos con carteles de SATURACIÓN PUBLICITARIA están empapados todas las mañanas. Le pedí fuego a un hombre y me dio la caja de cerillas. EVITEMOS EL SUICIDIO. Era de esas que, absurdamente, llevan la banda de fósforo detrás. Más vale prevenir.

Al otro lado de la calle, la mujer de la tintorería estaba barriendo la acera. A ambos lados de su puerta revoloteaban hojas y basura. Ahora es otoño, en Oakland.

Esa misma tarde, al volver de limpiar en casa de Horwitz, la acera de la tintorería volvía a estar cubierta de hojas y porquería. Tiré mi billete de transbordo. Siempre compro billete de transbordo. A veces los regalo, pero normalmente me los quedo.

Ter solía burlarse de esa manía mía de guardarlo siempre todo.

—Vamos, Maggie May, en este mundo no te puedes aferrar a nada. Excepto a mí, quizá.

Una noche en Telegraph Avenue me desperté al notar que me ponía la anilla de una lata de Coors en la palma de la mano y me cerraba el puño. Abrí los ojos y lo vi sonriendo. Terry era un vaquero joven, de Nebraska. No le gustaba ver películas extranjeras. Ahora sé que era porque no le daba tiempo a leer los subtítulos.

Las raras veces que Ter leía un libro, arrancaba las páginas a medida que las pasaba y las iba tirando. Al volver a casa, donde las ventanas siempre estaban abiertas o rotas, me encontraba un remolino de hojas en la habitación, como palomas en un aparcamiento del Safeway.

33–BERKELEY EXPRESS. ¡El autobús se perdió! El conductor se pasó de largo en el desvío de SEARS para tomar la autopista. Todo el mundo empezó a tocar el timbre mientras el hombre, avergonzado, giraba a la izquierda en la calle 27. Acabamos atascados en un callejón sin salida. La gente se asomaba a las ventanas a ver el autobús. Cuatro hombres se bajaron para ayudarle a retroceder entre los coches que había aparcados en la calle estrecha. Una vez en la autopista, empezó a acelerar como un loco. Daba miedo. Hablábamos unos con otros, emocionados por el suceso.

Hoy toca la casa de Linda.

(Mujeres de la limpieza: como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien, por lo mismo).

Pero Linda y Bob son buenos amigos, de hace tiempo. Siento su calidez aunque no estén ahí. Esperma y confitura de arándanos en las sábanas. Quinielas del hipódromo y colillas en el cuarto de baño. Notas de Bob a Linda: «Compra tabaco y lleva el coche a… du-duá, du-duá». Dibujos de Andrea con amor para mamá. Cortezas de pizza. Limpio los restos de coca del jespejo con Windex.

Es el único sitio donde trabajo que no está impecable, para empezar. Más bien está hecho un asco. Cada miércoles subo como Sísifo las escaleras que llevan al salón de su casa, donde siempre parece que estén en mitad de una mudanza.

No gano mucho dinero con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad. Pero también paso muchos ratos sentada, me quedo hasta muy tarde. Fumo y leo el New York Times, libros porno, Cómo construir una pérgola. Sobre todo miro por la ventana la casa de al lado, donde viví un tiempo. El 2129 ½ de Russell Street. Miro el árbol que da peras de madera, con las que Ter hacía tiro al blanco. En la cerca brillan los perdigones incrustados. El rótulo de BEKINS que iluminaba nuestra cama por la noche. Echo de menos a Ter y fumo. Los trenes no se oyen de día.

40–TELEGRAPH AVENUE–ASILO DE MILLHAVEN. Cuatro ancianas en sillas de ruedas contemplan la calle con mirada vidriosa. Detrás, en el puesto de enfermeras, una chica negra preciosa baila al son de «I Shot the Sheriff». La música está alta, incluso para mí, pero las ancianas ni siquiera la oyen. Más abajo, tirado en la acera, hay un cartel burdo: INSTITUTO DEL CÁNCER 13:30.

El autobús se retrasa. Los coches pasan de largo. La gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente vayan en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar. La Seguridad Social, la cola del paro, lavanderías, cabinas telefónicas, salas de urgencias, cárceles, etcétera.

Mientras esperábamos el 40, nos pusimos a mirar el escaparate de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE. Mill había nacido en un molino, en Georgia. Estaba tumbado sobre una hilera de cinco lavadoras, instalando un televisor enorme en la pared. Addie hacía pantomimas para nosotros, simulando que el televisor se iba a caer en cualquier momento. Los transeúntes se paraban también a mirar a Mill. Nos veíamos reflejados en la pantalla, como en un programa de cámara oculta.

Calle abajo hay un gran funeral negro en FOUCHÉ. Antes pensaba que el cartel de neón decía «touché», y siempre imaginaba a la muerte enmascarada, apuntándome al corazón con un florete.

He reunido ya treinta pastillas, entre los Jessel, los Burn, los McIntyre, los Horwitz y los Blum. En cada una de esas casas donde trabajo hay un arsenal de anfetas o sedantes que bastaría para dejar fuera de circulación a un ángel del infierno durante veinte años.

18–PARK BOULEVARD–MONTCLAIR. Centro de Oakland. Hay un indio borracho que ya me conoce, y siempre me dice: «Qué vueltas da la vida, cielo».

En Park Boulevard un furgón azul de la policía del condado, con las ventanas blindadas. Dentro hay una veintena de presos de camino a comparecer ante el juez. Los hombres, encadenados juntos y vestidos con monos naranjas, se mueven casi como un equipo de remo. Con la misma camaradería, a decir verdad. El interior del furgón está oscuro. En la ventanilla se refleja el semáforo. Ámbar DESPACIO DESPACIO. Rojo STOP STOP.

Una hora larga de modorra hasta las colinas neblinosas de Montclair, un próspero barrio residencial. Solo van sirvientas en el autobús. Al pie de la Iglesia Luterana de Sion hay un letrero grande en blanco y negro que dice PRECAUCIÓN: TERRENO RESBALADIZO. Cada vez que lo veo, se me escapa la risa. Las otras mujeres y el conductor se vuelven y me miran. A estas alturas ya es un ritual. En otra época me santiguaba automáticamente cuando pasaba delante de una iglesia católica. Tal vez dejé de hacerlo porque en el autobús la gente siempre se daba la vuelta y miraba. Sigo rezando automáticamente un avemaría, en silencio, siempre que oigo una sirena. Es un incordio, porque vivo en Pill Hill, un barrio de Oakland lleno de hospitales; tengo tres a un paso.

Al pie de las colinas de Montclair mujeres en Toyotas esperan a que sus sirvientas bajen del autobús. Siempre me las arreglo para subir a Snake Road con Mamie y su señora, que dice: «¡Caramba, Mamie, tú tan preciosa con esa peluca atigrada, y yo con esta facha!». Mamie y yo fumamos.

Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos.

(Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, no les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba).

Los Blum. Este es el sitio más raro en el que trabajo, la única casa realmente bonita. Los dos son psiquiatras. Son consejeros matrimoniales, con dos «preescolares» adoptados.

(Nunca trabajéis en una casa con «preescolares». Los bebés son geniales. Puedes pasar horas mirándolos, acunándolos en brazos. Con los críos más mayores… solo sacarás alaridos, Cheerios secos, hacerte inmune a los accidentes y el suelo lleno de huellas del pijama de Snoopy).

(Nunca trabajéis para psiquiatras, tampoco. Os volveréis locas. Yo también podría explicarles a ellos un par de cosas… ¿Zapatos con alzas?).

El doctor Blum está en casa, otra vez enfermo. Tiene asma, por el amor de Dios. Va dando vueltas en albornoz, rascándose una pierna peluda y pálida con la alpargata.La, la, la, la, Mrs. Robinson… Tiene un equipo estéreo de más de dos mil dólares y cinco discos. Simon & Garfunkel, Joni Mitchell y tres de los Beatles.

Se queda en la puerta de la cocina, rascándose ahora la otra pierna. Me alejo contoneándome con la fregona hacia el office, mientras él me pregunta por qué elegí este tipo de trabajo en particular.

—Supongo que por culpabilidad, o por rabia —digo con desgana.

—Cuando se seque el suelo, ¿podré prepararme una taza de té?

—Mire, vaya a sentarse. Ya se lo preparo yo. ¿Azúcar o miel?

—Miel. Si no es mucha molestia. Y limón, si no es…

—Vaya a sentarse —le llevo el té.

Una vez le traje una blusa negra de lentejuelas a Natasha, que tiene cuatro años, para que se engalanara. La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Por un momento pensé que me estaba acusando de intentar seducir a Natasha. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme.

(Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio).

Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así.

Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: «¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!».

Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros.

El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar.

—Ve a buscar a tu hermano —le dije.

Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a «imponer culpabilidad o deberes» a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla.

¿Amoniaco y vainilla? A partir de ahí dejé de odiarla. Una cosa tan simple. Me di cuenta de que realmente quería vivir en un hogar acogedor, que no quería imponer culpabilidad o deberes a sus hijos. Más tarde me tomé un vaso de leche, y sabía a amoniaco y vainilla.

40–TELEGRAPH AVENUE–BERKELEY. Lavandería de Mill y Addie. Addie está sola dentro, limpiando los cristales del escaparate. Detrás de ella, encima de una lavadora, hay una enorme cabeza de pescado en una bolsa de plástico. Ojos ciegos y perezosos. Un amigo, el señor Walker, les lleva cabezas de pescado para hacer caldo. Addie traza círculos inmensos de espuma blanca en el vidrio. Al otro lado de la calle, en la guardería St. Luke, un niño cree que lo está saludando. La saluda, haciendo los mismos gestos con los brazos. Addie para, sonríe y lo saluda de verdad. Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna.

Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland. Sobre todo a la de Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue.

Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises.

No sé cómo salir adelante ahora que estás muerto, Ter. Aunque eso ya lo sabes.

Es como aquella vez en el aeropuerto, cuando estabas a punto de embarcar para Albuquerque.

—Mierda, no puedo irme. Nunca vas a encontrar el coche.

O aquella otra vez, cuando te ibas a Londres.

—¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —repetías sin parar.

—Haré macramé, chaval.

—¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie?

—¿De verdad crees que te necesito tanto?

—Sí —contestaste. Sin más, una afirmación rotunda de Nebraska.

Mis amigos dicen que me recreo en la autocompasión y el remordimiento. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrío, sin querer me tapo la boca con la mano.

Voy juntando somníferos. Una vez hicimos un pacto: si para 1976 las cosas no se arreglaban, nos mataríamos a tiros al final del muelle. Tú no te fiabas de mí, decías que te dispararía y echaría a correr, o me mataría yo primero, cualquier cosa. Estoy harta de bregar, Ter.

58–UNIVERSIDAD–ALAMEDA. Las viejecitas de Oakland van todas al centro comercial Hink, en Berkeley. Las viejecitas de Berkeley van al centro comercial Capwell, en Oakland. En este autobús todos son jóvenes y negros, o viejos y blancos, incluidos los conductores. Los conductores viejos blancos son cascarrabias y nerviosos, especialmente en la zona del Politécnico de Oakland. Siempre paran con un frenazo, gritan a los que fuman o van escuchando la radio. Dan bandazos y se detienen en seco, haciendo que las viejecitas se choquen contra las barras. A las viejecitas les salen cardenales en los brazos, instantáneamente.

Los conductores jóvenes negros van rápido, surcan Pleasant Valley Road pasándose todos los semáforos en ámbar. Sus autobuses son ruidosos y echan humo, pero no dan bandazos.

Hoy me toca la casa de la señora Burke. También tengo que dejarla. Ahí nunca cambia nada. Nunca hay nada sucio. Ni siquiera entiendo para qué voy. Hoy me sentí mejor. Al menos he entendido lo de las treinta botellas de Lancers Rosé. Antes había treinta y una. Por lo visto ayer fue su aniversario de bodas. Encontré dos colillas de cigarrillo en el cenicero del marido (en lugar de la que hay siempre), una copa de vino (ella no bebe) y la botella en cuestión. Los trofeos de petanca estaban ligeramente desplazados. Nuestra vida juntos.

Ella me enseñó mucho sobre el gobierno de la casa. Coloca el rollo de papel de váter de manera que salga por abajo. Abre la lengüeta del detergente solo hasta la mitad. Quien guarda halla. Una vez, en un ataque de rebeldía, rasgué la lengüeta de un tirón con tan mala suerte que el detergente se vertió y cayó en los quemadores de la cocina. Un desastre.

(Mujeres de la limpieza: que sepan que trabajáis a conciencia. El primer día dejad todos los muebles mal colocados, que sobresalgan un palmo o queden un poco torcidos. Cuando limpiéis el polvo, poned los gatos siameses mirando hacia otro lado, la jarrita de la leche a la izquierda del azucarero. Cambiad el orden de los cepillos de dientes).

Mi obra maestra en este sentido fue cuando limpié encima del frigorífico de la señora Burke. A ella no se le escapa nada, pero si yo no hubiera dejado la linterna encendida no se habría dado cuenta de que me había entretenido en rascar y engrasar la plancha, en reparar la figurita de la geisha, y de paso en limpiar la linterna.

Hacer mal las cosas no solo les demuestra que trabajas a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas. A la mayoría de las mujeres estadounidenses les incomoda mucho tener sirvientas. No saben qué hacer mientras estás en su casa. A la señora Burke le da por repasar la lista de felicitaciones de Navidad y planchar el papel de regalo del año anterior. En agosto.

Procurad trabajar para judíos o negros. Te dan de comer. Pero sobre todo porque las mujeres judías y negras respetan el trabajo, el trabajo que haces, y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no?

Las mujeres de la Orden de la Estrella de Oriente son otra historia. Para que no se sientan culpables, intentad siempre hacer algo que ellas no harían nunca. Encaramaos a los fogones para restregar del techo las salpicaduras de una Coca-Cola reventada. Encerraos dentro de la mampara de la ducha. Retirad todos los muebles, incluido el piano, y ponedlos contra la puerta. Ellas nunca harían esas cosas, y además así no pueden entrar.

Menos mal que siempre están enganchadas como mínimo a un programa de televisión. Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo debajo del piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver, Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir.

El piano de los Burke lo dejo para el final. Lo malo es que la única partitura que hay en el atril es el himno de la Marina. Siempre acabo marchando a la parada del autobús al ritmo de «From the Halls of Montezuma…».

58–UNIVERSIDAD–BERKELEY. Un conductor viejo blanco cascarrabias. Lluvia, retrasos, gente apretujada, frío. Navidad es una mala época para los autobuses. Una hippy joven colocada empezó a gritar «¡Quiero bajarme de este puto autobús!». «¡Espera a la próxima parada!», le gritó el conductor. Una mujer de la limpieza gorda que iba sentada delante de mí vomitó y ensució las galochas de la gente y una de mis botas. El olor era asqueroso y varias personas se bajaron en la siguiente parada, como ella. El conductor paró en la gasolinera Arco de Alcatraz y trajo una manguera para limpiarlo, pero lo único que hizo fue echarlo hacia atrás y encharcar aún más el suelo. Estaba colorado y rabioso, y se saltó un semáforo; nos puso a todos en peligro, dijo el hombre que había a mi lado.

En el Politécnico de Oakland una veintena de estudiantes con radios esperaban detrás de un hombre prácticamente impedido. La Seguridad Social está justo al lado del Politécnico. Mientras el hombre subía al autobús, con muchas dificultades, el conductor gritó «¡Ah, por el amor de Dios!», y el hombre pareció sorprendido.

Otra vez la casa de los Burke. Ningún cambio. Tienen diez relojes digitales y los diez están en hora, sincronizados. El día que me vaya, los desenchufaré todos.

Finalmente dejé a la señora Jessel. Seguía pagándome con un cheque, y en una ocasión me llamó cuatro veces en una sola noche. Llamé a su marido y le dije que tengo mononucleosis. Ella no se acuerda de que me he ido, anoche me llamó para preguntarme si la había visto un poco pálida. La echo de menos.

Una señora nueva, hoy. Una señora de verdad.

(Nunca me veo como «señora de la limpieza», aunque así es como te llaman: su señora o su chica).

La señora Johansen. Es sueca y habla inglés con mucha jerga, como los filipinos.

Cuando abrió la puerta, lo primero que me dijo fue: «¡Santo cielo!».

—Uy. ¿Llego demasiado pronto?

—En absoluto, querida.

Invadió el escenario. Una Glenda Jackson de ochenta años. Quedé hechizada. (Mirad, ya estoy hablando como ella). Hechizada en el recibidor.

En el recibidor, antes incluso de quitarme el abrigo, el abrigo de Ter, me puso al día sobre su ida.

Su marido, John, había muerto hacía seis meses. A ella lo que más le costaba era dormir. Se aficionó a hacer puzles. (Señaló la mesita de la sala de estar, donde el Monticello de Jefferson estaba casi terminado, salvo por un agujero protozoario, arriba a la derecha).

Una noche se enfrascó tanto en el puzle que ni siquiera durmió. Se olvidó, ¡se olvidó de dormir! Y hasta de comer, para colmo. Cenó a las ocho de la mañana. Luego se echó una siesta, se despertó a las dos, desayunó a las dos de la tarde y salió y se compró otro puzle.

Cuando John vivía era Desayuno a las 6, Almuerzo a las 12, Cena a las 6. Los tiempos han cambiado, ¡a mí me lo van a decir!

—Así que no, querida, no llegas demasiado pronto —concluyó—. Solo que quizá me vaya de cabeza a la cama en cualquier momento.

Yo seguía de pie en el recibidor, acalorada, sin apartar la mirada de los ojos radiantes y somnolientos de mi nueva señora, como si los cuervos fueran a hablar.

Lo único que tenía que hacer era limpiar las ventanas y aspirar la moqueta; pero antes de aspirar la moqueta, encontrar la pieza que faltaba del puzle. Cielo con unas hojas de arce. Sé que se ha perdido.

Disfruté en el balcón, limpiando las ventanas. Aunque hacía frío, el sol me calentaba la espalda. Dentro, ella siguió con su puzle. Absorta, pero sin dejar de posar en ningún momento. Se notaba que había sido muy hermosa.

Después de las ventanas vino la tarea de buscar la pieza del puzle. Repasar centímetro a centímetro la alfombra verde, encontrar entre las largas hebras migas de biscotes, gomas elásticas del Chronicle. Estaba encantada, era el mejor trabajo que había tenido nunca. A ella le «importaba un rábano» si fumaba o no, así que seguí gateando por el suelo mientras fumaba, deslizando el cenicero a mi lado.

Encontré la pieza lejos de la mesita donde estaba el puzle, al otro lado del salón. Era cielo, con unas hojas de arce.

—¡La encontré! —gritó—. ¡Sabía que se había perdido!

—¡Yo la he encontrado! —exclamé.

Entonces pude pasar la aspiradora, y entretanto ella terminó el puzle con un suspiro. Al irme le pregunté cuándo creía que me necesitaría otra vez.

—Ah… ¿qué será, será? —dijo ella.

—Lo que tenga que ser… será —dije, y las dos nos reímos.

Ter, en realidad no tengo ningunas ganas de morir.

40–TELEGRAPH AVENUE. Parada del autobús delante de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE, que está abarrotada de gente haciendo turno para las lavadoras, pero en un clima festivo, como si esperaran una mesa. Charlan de pie al otro lado de la vidriera, tomando latas verdes de Sprite. Mill y Addie alternan como estupendos anfitriones, dando cambio a los clientes. En la televisión, la Orquesta Estatal de Ohio toca el himno nacional. Arrecia la nieve en Michigan.

Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoristas con patillas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de una cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de la parada del autobús y varios críos saludan al motorista greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los años cincuenta. Lloro, al fin.

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El discurso del oso de Cortázar

Soy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías.

Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños.

A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal.

De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano.

Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.

Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías.

Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero.

Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos.

Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy vagamente seguro de haber hecho bien.-

https://www.rosario.net.ar/notas/nota072.htm

Una segunda oportunidad de Lydia Davis

Si tan solo tuviera la oportunidad de aprender de mis errores, lo haría, pero hay demasiadas cosas que no haces dos veces; de hecho, la mayor parte de las cosas importantes son cosas que no haces dos veces, así que no las puedes hacer mejor la segunda vez. Haces algo mal y luego ves lo que hubiera sido mejor hacer y estás preparada para hacerlo, de presentarse la oportunidad, pero la próxima experiencia es muy diferente y tu juicio de nuevo será erróneo y aunque luego estés preparada para esta experiencia si habría de repetirse, no estás preparada para la experiencia siguiente. Si, por ejemplo, pudieras casarte a los dieciocho años dos veces, la segunda vez podrías asegurarte de que no fueras tan joven para hacerlo, porque tendrías la perspectiva de ser mayor y sabrías que la persona que te aconseja casarte con este hombre te está dando un mal consejo pues sus razones son las mismas que te dio la última vez que te aconsejo casarte a los dieciocho. Si pudieras traer un hijo de un primer matrimonio a un segundo matrimonio por segunda vez, sabrías que la generosidad puede convertirse en resentimiento si no haces las cosas bien y el resentimiento en amabilidad si las haces, a menos que el hombre con el que te cases cuando te cases por segunda vez una segunda vez tuviera un temperamento muy diferente al del hombre con quien te casaste por segunda vez la primera vez, en ese caso tendrías que casarte con ese hombre dos veces para saber cuál sería el mejor camino que tomar al casarse con un hombre de su temperamento. Si pudieras ver a tu madre morirse por segunda vez podrías estar preparada para pelear por conseguir una habitación privada donde no hubiera nadie viendo la televisión mientras ella muere, pero si estuvieras preparada para pelear por eso, y lo hicieras, tendrías que perder a tu madre de nuevo para saber lo suficiente como para decirles que coloquen bien su dentadura y no mal como lo hicieron antes en su habitación y la vieron por última vez sonriendo tan extrañamente, y luego una vez más para asegurarte que sus cenizas no fueran  guardadas de nuevo en esa especie de contenedor de correos aéreos donde la mandaron al norte a un cementerio…

Lydia Davis: ni puedo ni quiero | La Torre de Montaigne

De los cuentos preferidos de Gabo:La breve vida feliz de Francis Macomber, de Ernest Hemingway

   Ahora era hora de comer y estaban sentados bajo la doble lona verde de la tienda comedor, fingiendo que no había pasado nada.
—¿Queréis zumo de lima o limonada? —preguntó Macomber.
—Yo tomaré un gimlet —le dijo Robert Wilson.
—Yo también tomaré un gimlet. Necesito tomar algo —dijo la mujer de Macomber.
—Supongo que es lo mejor —coincidió Macomber—. Dígale que prepare tres gimlets.
El criado ya había comenzado a prepararlos, sacando las botellas de las bolsas de lona isotérmicas, empapadas de humedad en el viento que soplaba a través de los árboles que sombreaban las tiendas.
—¿Qué debería darles? —preguntó Macomber.
—Una libra sería más que suficiente —le dijo Wilson—. No querrá malcriarlos.
—¿El capataz lo repartirá?
—Desde luego.
Media hora antes Francis Macomber había sido triunfalmente transportado hasta su tienda, desde los límites del campamento, a hombros y brazos del cocinero, los criados, el despellejador y los porteadores. Los porteadores de armas no habían tomado parte en el desfile. Cuando los muchachos nativos lo depositaron en el suelo a la puerta de su tienda, Macomber les estrechó a todos la mano, recibió sus felicitaciones y luego entró y se sentó en la cama hasta que llegó su mujer. Cuando ella entró no le dijo nada, él salió de la tienda enseguida para lavarse la cara y las manos en la jofaina portátil que había fuera y dirigirse luego a la tienda comedor, donde se sentó en una cómoda silla de lona a la brisa y a la sombra.
—Ya ha conseguido su león —le dijo Robert Wilson—, y un león condenadamente bueno.
La señora Macomber se volvió rauda hacia Wilson. Era una mujer extremadamente guapa y bien conservada, poseía la belleza y posición social que cinco años atrás le habían permitido exigir cinco mil dólares para promocionar, con fotografías, un producto de belleza que nunca había utilizado. Llevaba once años casada con Francis Macomber.
—Era un buen león, ¿verdad? —dijo Francis Macomber. Ahora su esposa le miraba. Miraba a los dos hombres como si nunca los hubiera visto.
A uno, Wilson, el cazador profesional, sabía que no lo había visto antes de emprender el safari. Era de estatura mediana y pelo pajizo, bigotillo de pelos cortos y tiesos, la cara muy roja y unos ojos extremadamente azules con unas arruguillas blancas en las comisuras que se hacían más profundas cuando sonreía. Ahora él le sonreía, y ella apartó la mirada de su cara y la dirigió a la caída de sus hombros bajo la chaqueta holgada que llevaba, con cuatro grandes cartuchos en las presillas donde debería haber habido el bolsillo izquierdo, a sus manos grandes y morenas, a sus pantalones viejos, sus botas muy sucias, y luego volvió a su cara roja. Se fijó en que el rojo recocido de su cara quedaba delimitado por una línea blanca que señalaba la frontera de su sombrero Stetson, que ahora colgaba de uno de los colgadores del palo de la tienda.
—Bueno, por el león —dijo Robert Wilson. Volvió a sonreír a la señora Macomber, y esta, sin sonreír, miró con curiosidad a su marido.
Francis Macomber era muy alto, muy bien formado si no te importaba que tuviera los huesos tan largos, atezado, con el pelo rapado como un galeote, labios bastante finos, y se le consideraba un hombre apuesto. Llevaba la misma clase de ropas de safari que Wilson, solo que las suyas eran nuevas. Tenía treinta y cinco años, se mantenía muy en forma, era buen deportista, poseía varios récords de pesca mayor, y acababa de demostrarse a sí mismo, a la vista de todo el mundo, que era un cobarde.
—Por el león —dijo—. Nunca podré agradecerle lo que hizo. Margaret, su esposa, apartó la mirada de él y la dirigió a Wilson.
—No hablemos del león —dijo ella.
Wilson le dirigió una mirada sin sonreír y ahora fue ella quien le sonrió.
—Ha sido un día muy raro —dijo—. ¿No debería llevar el sombrero puesto aunque estemos debajo de una lona? Me lo dijo usted, por si no lo recuerda.
—Puede que me lo ponga —dijo Wilson.
—Sabe que tiene la cara muy roja, señor Wilson —le dijo ella, y volvió a sonreír.
—La bebida —dijo Wilson.
—No lo creo —dijo ella—. Francis bebe mucho, pero la cara nunca se le pone roja.
—Hoy está roja —dijo Macomber intentando hacer un chiste.
—No —dijo Margaret—. La mía es la que está hoy roja. Pero la del señor Wilson lo está siempre.
—Debe de ser una cuestión racial —dijo Wilson—. Y digo yo, ¿qué les parece si dejamos de hablar de mi belleza?
—Pero si acabo de empezar.
—Pues vamos a dejarlo —dijo Wilson.
—La conversación va a ser difícil —dijo Margaret.
—No seas tonta, Margot —dijo su marido.
—De difícil nada —dijo Wilson—. Ha conseguido un león magnífico.
Margot los miró a los dos, y ambos se dieron cuenta de que estaba a punto de llorar. Wilson hacía ya rato que se lo veía venir, y le aterraba. Pero Macomber ya había superado ese terror.
—Ojalá no hubiera ocurrido. Oh, ojalá no hubiera ocurrido —dijo ella, y se dirigió a su tienda. No emitió ningún sonido, pero los dos vieron que le temblaban los hombros bajo la camisa de color rosa, resistente al sol.
—Las mujeres se disgustan —le dijo Wilson al hombre alto—. En realidad no ha sido nada. Los nervios demasiado tensos, y una cosa y otra…
—No —dijo Macomber—. Supongo que ahora llevaré esa cruz el resto de mi vida.
—Tonterías. Tomemos una copa de este matagigantes —dijo Wilson—. Olvídelo todo. No ha sido nada.
—Lo intentaremos —dijo Macomber—. De todos modos, nunca olvidaré lo que hizo por mí.
—Nada —dijo Wilson—. Tonterías.
De modo que se quedaron sentados a la sombra. Habían instalado el campamento bajo unas acacias de ancha copa, y detrás de ellos había un precipicio salpicado de rocas, delante una extensión de hierba que iba hasta la orilla de un arroyo lleno de rocas, y más allá un bosque. Tomaron sus bebidas de lima, enfriadas al punto, y evitaron mirarse a los ojos mientras los criados preparaban la mesa para comer. Wilson se dio cuenta de que todos los criados ya estaban al corriente, y cuando vio al criado personal de Macomber mirando a su amo lleno de curiosidad mientras ponía los platos en la mesa le espetó unas palabras en swahili. El chico apartó la mirada. Estaba pálido.
—¿Qué le estaba diciendo? —preguntó Macomber.
—Nada. Le he dicho que se espabilara o me encargaría de que le dieran quince de los buenos.
—¿Quince qué? ¿Azotes?
—Es ilegal —dijo Wilson—. Se supone que debemos multarlos.
—¿Y usted aún los azota?
—Oh, sí. Si decidieran quejarse armarían un follón de mil demonios. Pero no se quejan. Lo prefieran a las multas.
—¡Qué raro! —dijo Macomber.
—No, la verdad es que no es raro —dijo Wilson—. Usted, ¿qué preferiría, perder el sueldo o que le dieran unos buenos azotes?
Pero enseguida se avergonzó de haberle hecho aquella pregunta, y antes de que Macomber pudiera contestar añadió:
—A todos nos dan una paliza todos los días, sabe, de uno u otro modo.
Eso tampoco lo arregló. Dios mío, se dijo. Qué diplomático soy.
—Sí, a todos nos dan una paliza —dijo Macomber, todavía sin mirarle—. Siento muchísimo lo del león. No tiene por qué salir de aquí, ¿verdad? Quiero decir que nadie tiene por qué enterarse, ¿no cree?
—¿Quiere decir si lo contaré en el Mathaiga Club? —Ahora Wilson lo miraba fríamente. No se esperaba eso. Así que además de un maldito cobarde es un maldito cabrón, se dijo. Me caía bastante bien hasta hoy. Pero con los americanos nunca se sabe.
—No —dijo Wilson—. Soy un cazador profesional. Nunca hablamos de nuestros clientes. Puede estar tranquilo por lo que a eso respecta. Además, se supone que es de mal tono pedirnos que no hablemos.
Acababa de decidir que lo más fácil sería romper cualquier asomo de amistad. Comería solo, y durante las comidas podría leer. Todos comerían solos. Durante el safari mantendría con ellos esa relación más formal —¿cómo lo llamaban los franceses?, distinguida consideración— y sería muchísimo más fácil que tener que pasar por toda esa basura emocional. Le insultaría y romperían limpiamente su amistad. Luego podría leer algún libro a la hora de comer y seguiría bebiéndose el whisky de los Macomber. Esa era la frase adecuada para cuando un safari iba mal. Te topabas con otro cazador y le preguntabas: “¿Cómo va todo?”, y él te contestaba: “Oh, todavía sigo bebiéndome su whisky”, y sabías que todo se había ido al garete.
—Lo siento —dijo Macomber, y lo miró con esa cara de americano que seguiría siendo adolescente hasta que alcanzara la mediana edad, y Wilson observó su pelo cortado a cepillo, su mirada apenas furtiva, la hermosa nariz, sus finos labios y la apuesta barbilla—. Siento mucho no haberme dado cuenta. Hay muchas cosas que ignoro.
Qué podía hacer, pues, se dijo Wilson. Estaba a punto de acabar con aquella relación de una manera rápida y limpia, y el miserable se ponía a disculparse después de haberlo insultado.
—No se preocupe por lo que yo pueda decir —replicó Wilson—. Tengo que ganarme la vida. Ya sabe que en áfrica ninguna mujer falla cuando dispara a su león y ningún hombre blanco sale nunca por piernas.
—Pues yo salí corriendo como un conejo —dijo Macomber. Bueno, qué demonios había que hacer con un hombre que hablaba así, se preguntó Wilson.
Wilson miró a Macomber con sus ojos azules y apagados de quien sabe manejar una ametralladora y el otro le devolvió la sonrisa. Tenía una agradable sonrisa si no te fijabas en cómo lo delataban los ojos cuando estaba ofendido.
—A lo mejor puedo arreglarlo cuando cacemos búfalos —dijo Macomber—. Cazaremos búfalos, ¿verdad?
—Por la mañana, si quiere —le dijo Wilson. Tal vez se había equivocado. Desde luego, así era como había que tomárselo. Desde luego, no se sabía nunca con estos americanos. Ahora ya volvía a estar del lado de Macomber. Si conseguía olvidarse de esa mañana. Pero claro, no podía. Aquella había sido una mala mañana con ganas.
—Aquí viene la memsahib —dijo. Volvía de su tienda, parecía haberse refrescado y se la veía alegre y encantadora. Su cara era un óvalo perfecto, tan perfecto que esperabas que fuera estúpida. Pero no lo era, se dijo Wilson, no, no era estúpida.
—¿Cómo está el guapo señor Wilson de cara roja? ¿Te encuentras mejor, Francis, tesoro?
—Oh, mucho mejor —dijo Francis.
—Ya no quiero pensar más en eso —dijo Margaret, sentándose a la mesa—. ¿Qué más da que Francis sea bueno o no matando leones? No es su oficio. Es el oficio del señor Wilson. El señor Wilson impresiona bastante matando cualquier cosa. Usted mata cualquier cosa, ¿verdad?
—Oh, lo que sea —dijo Wilson—. Sencillamente, lo que sea. —Son las más duras del mundo; las más duras, las más crueles, las más depredadoras y las más atractivas, y sus hombres se han ablandado o se han quedado con los nervios destrozados mientras ellas se endurecían. ¿O es que solo escogen a los hombres que pueden manejar? Aunque a la edad en que se casan eso no pueden saberlo, se dijo Wilson. Dio gracias por haber aprobado ya la asignatura de las mujeres americanas, porque aquella era muy atractiva.
—Iremos a cazar búfalos por la mañana —le dijo a Margaret.
—Yo iré —dijo ella.
—No, no irá.
—Oh, sí, iré. ¿Puedo, Francis?
—¿Por qué no te quedas en el campamento?
—Por nada del mundo —dijo ella—. No me perdería algo como lo de hoy por nada del mundo.
Cuando Margaret se fue a llorar, estaba pensando Wilson, parecía una mujer estupenda de verdad. Parecía comprender, darse cuenta de las cosas, que se apenaba por él y por ella y que sabía cuál era realmente la situación. Está fuera veinte minutos y ahora vuelve recubierta de esa crueldad femenina americana. No hay quien pueda con ellas. Desde luego, no hay quien pueda con ellas
—Mañana montaremos otro numerito para ti —dijo Francis Macomber.
—Usted no viene —dijo Wilson.
—Está usted muy equivocado —le contestó ella—. Y tengo muchísimas ganas de verle actuar de nuevo. Esta mañana ha estado fabuloso, si es que es fabuloso volarle la cabeza a un animal.
—Aquí está la comida —dijo Wilson—. Está contenta, ¿verdad?
—¿Por qué no? No he venido aquí a bostezar.
—Bueno, no ha sido aburrido —dijo Wilson. Desde donde estaba podía ver las rocas del río y la orilla elevada del otro lado, con los árboles, y se acordó de lo ocurrido por la mañana.
—Oh, no —dijo ella—. Ha sido encantador. Y mañana. No sabe lo impaciente que estoy por salir mañana.
—Lo que le ofrece es alce africano —dijo Wilson.
—Son aquellos animales que parecen vacas y saltan como liebres, ¿verdad?
—Supongo que es una manera de describirlos —dijo Wilson. —La carne es muy buena —dijo Macomber.
—¿Lo has matado tú? —preguntó Margaret.
—Sí.
—No son peligrosos, ¿verdad?
—Solo si te caen encima —dijo Wilson.
—Me alegra saberlo.
—¿Por qué no dejas de joder, Margot? —dijo Macomber, cortando el bistec de alce africano y colocando un poco de puré de patata, salsa y zanahoria en el tenedor vuelto del revés que atravesaba el trozo de carne.
—Supongo que podré —dijo ella—, ya que lo has expresado tan finamente.
—Esta noche brindaremos con champán por el león —dijo Wilson—. A mediodía hace demasiado calor.
—Oh, el león —dijo Margot—. ¡Se me había olvidado el león!
Así que, se dijo Robert Wilson, lo que pasa es que ella le está tomando el pelo, ¿no? ¿O quizá es la manera que tiene de montar el numerito? ¿Cómo ha de comportarse una mujer cuando descubre que su marido es un maldito cobarde? Es condenadamente cruel, pero todas son crueles. Son las que mandan, desde luego, y para mandar a veces hay que ser cruel. Sin embargo, ya estoy hasta las narices de su maldito terrorismo.
—Tome un poco más de alce —le dijo a Margaret cortésmente.
Al caer la tarde Wilson y Macomber salieron en el vehículo con el conductor nativo y dos porteadores de armas. La señora Macomber se quedó en el campamento. Hacía demasiado calor para salir, dijo, ya los acompañaría por la mañana temprano. Cuando se alejaban, Wilson la vio de pie debajo del gran árbol, y le pareció más guapa que hermosa, con su cansa caqui levemente rosada, el pelo negro echado para atrás y recogido en una trenza en la nuca, su cutis tan lozano, se dijo, como si estuviera en Inglaterra. Los saludó con la mano cuando el coche se alejó a través de la llanura pantanosa de altas hierbas y giró para cruzar entre los árboles y adentrarse en las pequeñas colinas cubiertas de sabana.
En la sabana encontraron un rebaño de impalas, y salieron del coche y acecharon un viejo macho de cuernos largos y de gran envergadura, y Macomber lo mató con un meritorio disparo que derribó al animal a unos doscientos metros de distancia y puso al rebaño en desenfrenada huida, los animales saltando y encaramándose en las grupas de los que iban delante, con unos saltos en los que estiraban las largas piernas de una manera tan increíble que parecía que flotaran, como en los saltos que a veces se dan en sueños.
—Ha sido un buen disparo —dijo Wilson—. Son un objetivo pequeño.
—¿La cabeza vale la pena? —preguntó Macomber.
—Es excelente —le dijo Wilson—. Si dispara así no tendrá ningún problema.
—¿Cree que mañana encontraremos algún búfalo?
—Es muy posible. Salen a pacer a primera hora de la mañana, y con suerte podemos pillarlos en campo abierto.
—Me gustaría poder borrar lo del león —dijo Macomber—. No es muy agradable que tu esposa te vea hacer algo así.
Yo hubiera dicho que era aún más desagradable hacerlo, se dijo Wilson, con esposa o sin esposa, o hablar de ello tras haberlo hecho. Pero lo que dijo fue:
—Yo no pensaría más en eso. Cualquiera puede asustarse al ver un león por primera vez. Asunto concluido.
Pero aquella noche, después de la cena y un whisky con soda junto al fuego antes de irse a la cama, mientras Francis Macomber estaba echado en la cama y escuchaba los ruidos de la noche, no todo había concluido. Ni había concluido ni estaba empezando. Estaba ahí exactamente como había ocurrido, con algunas partes indeleblemente subrayadas, y él se sentía triste y avergonzado. Pero más que vergüenza sentía un miedo frío y hueco en su interior. El miedo seguía allí como un hueco frío y viscoso, y en el lugar que antes ocupaba su seguridad en sí mismo se abría un vacío, y eso le provocaba náuseas. Y ahora seguía con él.
Había comenzado la noche antes, cuando se despertó y oyó el león rugiendo en algún lugar inconcreto, río arriba. Era un sonido grave, rematado por una especie de gruñido mezclado con tos que parecía proceder de delante de su tienda, y cuando Francis Macomber se despertó en plena noche para oírlo tuvo miedo. Oía a su esposa respirando plácidamente, dormida. No había nadie a quien poder decirle que tenía miedo, con quien compartir el miedo, y echado, solo, ignoraba ese proverbio somalí que dice que un hombre valiente siempre le tiene miedo a un león tres veces; la primera vez que ve su rastro, la primera vez que lo oye rugir y la primera vez que se enfrenta a él. Por la mañana, mientras desayunaba a la luz de un farol en la tienda comedor, antes de que el sol saliera, el león volvió a rugir y Francis pensó que estaba en los limites del campamento.
—Parece un viejo —dijo Robert Wilson, levantando la mirada de sus arenques ahumados y su café—. Escuche cómo tose.
—¿Está muy cerca?
—Más o menos a un kilómetro y medio río arriba.
—¿Lo veremos?
—Echaremos un vistazo.
—¿Llega tan lejos su rugido? Se oye como si estuviera en el campamento.
—Se le puede oír desde muy lejías —dijo Robert Wilson—. Es curioso lo lejos que puede llegar. Esperemos que sea un gato que valga la pena cazar. Los criados dijeron que había uno muy grande por aquí.
—Si le disparo, ¿dónde debo apuntar para detenerle? —preguntó Macomber.
—Entre los hombros —dijo Wilson—. En el cuello si cree que podrá darle. Busque el hueso. Derríbelo.
—Espero darle en el lugar adecuado —dijo Macomber.
—Usted dispara muy bien —le dijo Wilson—. Tómese su tiempo. Asegure el tiro. El primero es el que cuenta.
—¿A qué distancia estará?
—No se sabe. En eso el león también dice la suya. No dispare hasta que esté lo bastante cerca para asegurar el tiro.
—¿A menos de cien metros? —preguntó Macomber. Wilson lo miró rápidamente.
—Cien metros está bien. Puede que tenga que ser un poco menos. No se arriesgue a disparar a más distancia. Cien metros es una distancia razonable. A esa distancia le dará siempre que quiera. Ahí viene la memsahib.
—Buenos días —dijo Margaret—. ¿Vamos a ir a por el león? —En cuanto acabe de desayunar —dijo Wilson—. ¿Cómo se siente? —De maravilla —dijo ella—. Estoy muy emocionada.
—Iré a supervisar que todo esté a punto. —Wilson se marchó. Cuando se iba, el león volvió a rugir.
—Viejo gruñón —dijo Wilson—. Te haremos callar.
—¿Qué pasa, Francis? —le preguntó su mujer.
—Nada —dijo Macomber.
—Sí, algo te pasa —dijo ella—. ¿Por qué estás tan alterado? —No me pasa nada —dijo él.
—Dímelo —dijo ella mirándolo—. ¿No te encuentras bien? —Son esos condenados rugidos —dijo—. Lleva así toda la noche, ¿sabes?
—¿Por qué no me has despertado? —dijo ella—. Me habría encantado oírlo.
—Tengo que matar a ese maldito animal —dijo Macomber, abatido.
—Bueno, para eso estás aquí, ¿no?
—Sí. Pero estoy nervioso. Oír esos rugidos me pone los nervios de punta.
—Bueno, pues como dijo Wilson, mátalo y acaba con esos rugidos.
—Sí, cariño —dijo Francis Macomber—. Es fácil de decir, ¿verdad?
—No tendrás miedo, ¿verdad?
—Claro que no. Pero estoy nervioso después de oírlo rugir toda la noche.
—Dispararás de maravilla y lo matarás —dijo ella—. Sé que lo harás. Estoy terriblemente ansiosa por verlo.
—Acaba tu desayuno y nos pondremos en marcha.
—Aún no es de día —dijo ella—. Es una hora ridícula. Justo en ese momento el león rugió con un gemido cavernoso, repentinamente gutural, una vibración ascendente que pareció sacudir el aire y acabó en un suspiro y en un gruñido intenso y cavernoso.
—Suena casi como si estuviera aquí —dijo la mujer de Macomber.
—Dios mío —dijo Macomber—. Odio ese condenado ruido. —Es de lo más impresionante.
—Impresionante. Es aterrador.
Robert Wilson apareció sonriegte con su Gibbs de calibre 505, feo, chato y de boca sorprendentemente grande.
—Vamos —dijo—. Su porteador de armas ya tiene el Springfield y el rifle de gran calibre. Todo está en el coche. ¿Lleva la munición?
—Sí.
—Estoy lista —dijo la mujer de Macomber.
—Hay que hacer que deje de armar tanto jaleo —dijo Wilson—. Siéntese delante. La memsahib puede ir detrás conmigo.
Subieron al coche, y en el gris de la primera luz del día remontaron el río entre los árboles. Macomber abrió la recámara de su rifle y vio las balas con sus casquillos metálicos, echó el cerrojo y puso el seguro. Vio que le temblaba la mano. Se metió la mano en el bolsillo y tocó los cartuchos que llevaba, y pasó los dedos por los cartuchos que llevaba en las presillas de la pechera de la chaqueta. Se volvió hacia Wilson, sentado en la parte de atrás del vehículo, sin puerta y cuadrado, junto a su mujer, los dos sonriendo de la emoción, y Wilson se inclinó hacia delante y le susurró:
—Fíjese en cómo bajan los pajarracos. Eso significa que el abuelete ha abandonado su presa.
En la otra ribera del río Macomber vio, por encima de los árboles, buitres dando vueltas y bajando en picado.
—Es probable que se acerque a beber por aquí —le susurró Wilson—. Antes de echarse un rato. Mantenga los ojos abiertos.
Conducían lentamente por la elevada ribera del río, que en aquel lugar caía en picado hasta el lecho lleno de rocas, y avanzaron serpenteando entre los árboles. Macomber estaba atento a la otra orilla cuando notó que Wilson lo agarraba del brazo. El coche se detuvo.
—Ahí está —oyó decir en un susurro—. Vaya hacia delante y a la derecha. Baje y mátelo. Es un león maravilloso.
Entonces Macomber vio el león. Estaba de pie, casi de lado, con la gran cabeza levantada y vuelta hacia ellos. La brisa de primera hora de la mañana que soplaba hacia ellos le revolvía la oscura melena, y el león parecía enorme, perfilado sobre la orilla del río a la luz gris de la mañana, los hombros pesados, su cuerpo, en forma de tonel, formando una curva suave.
—¿A qué distancia está? —preguntó Macomber, levantando el rifle.
—A unos setenta y cinco metros. Baje y mátelo.
—¿Por qué no le disparo desde donde estoy?
—No se dispara desde el coche —oyó que Wilson le decía al oído—. Baje. No va a quedarse ahí todo el día.
Macomber salió por la abertura curva que había al lado del asiento delantero, primero puso el pie en el estribo y luego en el suelo. El león permanecía allí, mirando majestuosa y fríamente hacia ese objeto que sus ojos solo le mostraban en silueta, y que abultaba como un superrinoceronte. No le llegaba olor de hombre, y contemplaba el objeto moviendo su gran cabeza de un lado a otro. A continuación, mientras seguía contemplando el objeto, sin temor, pero vacilando antes de bajar a beber a la orilla con un cosa así delante de él, vio la figura de un hombre separarse del objeto; volvió su pesada cabeza para alejarse hacia el resguardo de los árboles cuando oyó un estampido, casi un chasquido, y sintió el impacto de una sólida bala del 30-06 que le perforó el flanco y le desgarró el estómago causándole una náusea repentina y caliente. Echó a trotar, pesado, con sus grandes patas, balanceando el vientre herido, a través de los árboles en dirección a las hierbas altas, donde podría protegerse, y el estampido se repitió y lo oyó pasar desgarrando el aire. Hubo otro estampido y sintió el golpe en las costillas inferiores y cómo la bala lo penetraba, laiangre caliente y espumosa en la boca, y galopó hacia las hierbas altas, donde podría acurrucarse y no ser visto y atraer esa cosa que provocaba esos estampidos lo bastante cerca para dar un salto y coger al hombre que la esgrimía.
Cuando Macomber salió del coche no pensaba en lo que el león sentiría. Solo sabía que las manos le temblaban, y mientras se alejaba del coche le parecía casi imposible conseguir mover las piernas. Tenía los muslos agarrotados, pero sentía el pálpito de los músculos. Levantó el rifle, apuntó a la inserción de la cabeza del león entre los hombros y apretó el gatillo. No pasó nada, y eso que apretó hasta que pensó que se le iba a romper el dedo. Entonces se dio cuenta de que no había quitado el seguro, y cuando bajó el rifle para quitarlo avanzó otro paso helado, y el león, al ver cómo su silueta se separaba de la silueta del coche, se volvió e inició un trotecillo, y, cuando Macomber disparó, oyó un golpe sordo que significaba que la bala había dado en el blanco; pero el león seguía moviéndose. Macomber volvió a disparar y todos vieron que la bala levantó una salpicadura de tierra, y el león siguió trotando. Volvió a disparar, acordándose de que debía apuntar más abajo, y todos oyeron el impacto de la bala en el blanco, y el león pasó a galopar y ya estaba en medio de las hierbas altas antes de que Macomber hubiera tenido tiempo de cargar el rifle.
Macomber comenzó a sentir náuseas, le temblaban las manos que sostenían el Springfield, aún en posición de disparo, y su esposa y Robert Wilson estaban a su lado. Y también los dos porteadores de armas, hablando entre ellos en wakamba.
—Le he dado —dijo Macomber—. Le he dado dos veces.
—Le dio en las tripas y luego un poco más adelante —dijo Wilson sin entusiasmo. Los porteadores de armas parecían muy serios. Ahora callaban.
—Puede que lo haya matado —prosiguió Wilson—. Tendremos que esperar un poco antes de ir a averiguarlo.
—¿A qué se refiere?
—Esperaremos a que se desangre un poco antes de ir a buscarlo.
—Oh —dijo Macomber.
—Es un león de primera —dijo Wilson con alegría—. Aunque se ha metido en un mal sitio.
—¿Por qué es un mal sitio?
—Porque no podrá verlo hasta que lo tenga encima.
—Ah —dijo Macomber.
—Vamos —dijo Wilson—. La memsahib puede quedarse en el coche. Le echaremos un vistazo al rastro de sangre.
—Quédate aquí, Margot —le dijo Macomber a su mujer. Tenía la boca muy seca y le costaba mucho hablar.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque lo dice Wilson.
—Vamos a echar un vistazo —dijo Wilson—. Quédese aquí. Incluso lo verá mejor desde aquí.
—Muy bien.
Wilson le habló en swahili al conductor. Este asintió y dijo:
—Sí, bwana.
A continuación bajaron la empinada orilla y cruzaron el río, trepando por encima de las rocas y sorteándolas y subieron a la otra ribera, ayudándose de algunas raíces que sobresalían, y siguieron la ribera hasta llegar al lugar por donde había trotado el león cuando Macomber le disparó por primera vez. Había sangre oscura en la hierba corta que los porteadores de armas señalaron con unos tallos, y el reguero se escurría hasta los árboles de la ribera.
—¿Qué hacemos? —preguntó Macomber.
—No tenemos muchas opcic, nes —dijo Wilson—. No podemos traer el coche. La orilla es demasiado empinada. Dejaremos que se agarrote un poco y luego usted y yo iremos a buscarlo.
—¿No podríamos prender fuego a la hierba? —preguntó Macomber.
—Demasiado verde.
—¿No podemos enviar batidores?
Wilson lo miró de arriba abajo.
—Claro que podemos —dijo—. Pero es casi un asesinato. Verá, sabemos que el león está herido. A un león que no está herido se le puede empujar. Irá avanzando, huyendo del ruido. Pero un león herido está dispuesto a atacar. No lo ve hasta que lo tiene encima. Se quedará totalmente pegado al suelo en un escondrijo en el que se diría que no cabe ni una liebre. No parece muy acertado enviar a los criados a este tipo de espectáculo. Alguien podría resultar malherido.
—¿Y los porteadores de armas?
—Oh, ellos vendrán con nosotros. Es su shauri. Han firmado un contrato para eso, ¿sabe? Aunque tampoco se les ve muy contentos, ¿no cree?
—No quiero meterme ahí —dijo Macomber. Le salió antes de saber lo que decía.
—Ni yo —dijo Wilson alegremente—. Aunque la verdad es que no tengo elección. —Entonces, como si no se le hubiera ocurrido hasta ese momento, miró a Macomber y de repente se dio cuenta de que temblaba y de su patética expresión.
—Naturalmente, no tiene por qué hacerlo —dijo—. Para eso me ha contratado, sabe. Por eso soy tan caro.
—¿Quiere decir que irá solo? ¿Por qué no lo dejamos allí?
Robert Wilson, que hasta ese momento solo se había preocupado del león y del problema que presentaba, y que no había pensado en Macomber excepto para darse cuenta de que estaba hablando demasiado, súbitamente se sintió como el que abre la puerta equivocada de una habitación de hotel y ve algo vergonzoso.
—¿A qué se refiere?
—¿Por qué no lo dejamos allí?
—¿Quiere decir que finjamos que no le hemos dado?
—No. Simplemente dejarlo ahí.
—Eso no se hace.
—¿Por qué?
—Para empezar, seguro que está sufriendo. Además, otros podrían tropezarse con él.
—Entiendo.
—Pero usted se puede quedar al margen.
—Me gustaría ir —dijo Macomber—. Es solo que estoy asustado.
—Yo iré delante —dijo Wilson— y Kongoni irá el último. Manténgase detrás de mí y ligeramente a un lado. Muy probablemente le oiremos gruñir. Si le vemos, dispararemos los dos. No se preocupe por nada. Le cubriré. De hecho, sería mejor que no viniera. Sería mucho mejor. ¿Por qué no se va con la memsahib mientras yo me encargo de todo?
—No, quiero ir.
—Muy bien —dijo Wilson—. Pero no venga si no quiere. Este es mi shauri, ¿sabe?
—Quiero ir —dijo Macomber.
Se sentaron bajo un árbol y fumaron.
—¿Quiere volver y hablar con la memsahib mientras esperamos? —preguntó Wilson.
—No.
—Iré yo y le diré que tenga p7ciencia.
—Bueno —dijo Macomber. Se quedó allí sentado, con las axilas sudadas, la boca seca, sintiendo un vacío en el estómago, queriendo reunir el valor para decirle a Wilson que liquidara el león sin él. No podía saber que Wilson estaba furioso por no haberse dado cuenta antes del estado en que se encontraba y no haberle mandado con su mujer. Mientras estaba allí sentado apareció Wilson.
—He traído el rifle de gran calibre —dijo—. Cójalo. Creo que ya le hemos dado tiempo. Vamos.
Macomber cogió el rifle de gran calibre y Wilson dijo: —Manténgase unos cinco metros detrás de mí y a la derecha y haga exactamente lo que le diga.
A continuación habló en swahili con los dos porteadores de armas, que ponían cara de funeral.
—Vamos —dijo.
—¿Podría beber un sorbo de agua? —preguntó Macomber. Wilson le dijo algo al porteador de más edad, que llevaba una cantimplora en el cinturón, y el hombre se la quitó, desenroscó el tapón y se la entregó a Macomber, que la cogió pensando que parecía muy pesada y notando la envoltura de fieltro peluda y barata. La levantó para beber y miró delante de él, las hierbas altas y los árboles de copas aplanadas que había detrás. Soplaba brisa en dirección a ellos, y la hierba se ondulaba suavemente al viento. Miró al porteador y se dio cuenta de que también él sentía miedo.
A unos treinta metros de donde comenzaban las hierbas altas yacía el león, aplastado contra el suelo. Tenía las orejas gachas y el único movimiento que se permitía era sacudir arriba y abajo su larga cola de pelo negro. Se había puesto en guardia nada más llegar a ese escondite; sentía náuseas a causa de la herida en el vientre, y la herida de los pulmones lo había debilitado, haciendo aflorar una fina espuma roja en la boca cada vez que respiraba. Tenía los flancos mojados y calientes, y las moscas se arremolinaban en torno a los pequeños orificios que las balas habían abierto en su pellejo pardo; sus grandes ojos amarillos, entrecerrados con odio, miraban en línea recta, y solo parpadeaban cuando le llegaba el dolor, al respirar, y sus garras se clavaban en la tierra blanda y recocida. Todo él, dolor, náusea, odio y todas las fuerzas que le restaban, se tensaban en una concentración absoluta para cuando hubiera que atacar. Oía hablar a los hombres y esperaba, haciendo acopio de todas sus fuerzas para acometer en cuanto los hombres se adentraran en la hierba. Cuando oía las voces la cola se le tensaba y la sacudía arriba y abajo, y, cuando se acercaron al límite de las hierbas, emitió su medio gruñido mezclado con tos y atacó.
Kongoni, el porteador de más edad, en cabeza siguiendo el rastro de sangre; Wilson, que vigilaba las hierbas atento a cualquier movimiento, el rifle de gran calibre a punto; el segundo porteador, mirando delante y escuchando; Macomber, cerca de Wilson con el rifle montado; acababan de adentrarse en la hierba cuando Macomber oyó el medio gruñido mezclado con tos ahogado de sangre y vio el movimiento que silbaba entre las hierbas. Cuando se dio cuenta estaba corriendo; corriendo desaforadamente, presa del pánico en campo abierto, corriendo hacia el río.
Oyó el ¡patapum! del rifle de gran calibre de Wilson, seguido de un segundo ¡patapum!, y al volverse vio el león, que ahora tenía un aspecto horrible y al que parecía faltarle la mitad de la cabeza, arrastrándose hacia Wilson en el límite de las altas hierbas, mientras el hombre de cara roja manipulaba el cerrojo de su rifle feo y chato y apuntaba cuidadosamente, y otro ¡patapum! salía de la boca, y la mole reptante, pesada y amarilla del león se quedaba rígida, la enorme cabeza mutilada se deslizaba hacia delante, y Macomber, solo en el claro al que había llegada corriendo, empuñando un rifle cargado mientras dos negros y un blanco lo miraban con desprecio, supo que el león estaba muerto. Se acercó a Wilson, cuya estatura parecía toda ella un puro reproche, y Wilson lo miró y le dijo:
—¿Quiere sacar fotos?
—No —dijo Macomber.
No dijeron nada más hasta llegar al coche. Entonces Wilson dijo:
—Un león de primera. Los criados lo despellejarán. Nosotros nos podemos quedar a la sombra.
La esposa de Macomber no le había dirigido la mirada, ni él a ella, y Macomber se había sentado junto a ella en el asiento de atrás, mientras Wilson iba delante. En una ocasión le cogió la mano sin dirigirle la vista, y ella la apartó. Al mirar hacia al otro lado del río, donde los porteadores de armas desollaban el león, se dio cuenta de que ella lo había visto todo. Mientras estaban allí sentados, su mujer extendió el brazo y puso la mano en el hombro de Wilson. Este se volvió y ella se inclinó hacia delante por encima del asiento y le besó en la boca.
—Oh, vaya —dijo Wilson, poniéndose más rojo aún de lo que era su color natural.
—El señor Robert Wilson —dijo ella—. El guapo señor Wilson de cara roja.
A continuación volvió a sentarse al lado de Macomber y miró hacia el otro lado del río, donde yacía el león, con las patas delanteras desnudas y levantadas, a la vista los blancos músculos y los tendones, y la barriga blanca e hinchada, mientras los negros le iban arrancando la piel. Al final los porteadores cargaron la piel, húmeda y pesada, y se subieron a la parte de atrás del coche, enrollándola antes de subir, y partieron. Nadie dijo nada más hasta que estuvieron de regreso en el campamento.
Esa era la historia del león. Macomber no sabía lo que el león había sentido antes de echar a correr, ni cuando atacó, cuando la increíble descarga de un 505 con una velocidad de salida de dos toneladas le dio en el morro, ni lo que lo impulsó a seguir avanzando, cuando el segundo estampido le destrozó las patas traseras y continuó arrastrándose hacia ese objeto que retumbaba y explotaba y le había destruido. Wilson sí sabía algo de lo que sentía el león, y lo había expresado diciendo: “Un león de primera”, pero Macomber tampoco sabía cuáles eran los sentimientos de Wilson acerca de todo eso. Tampoco sabía lo que sentía su esposa, más allá de que no quería saber nada de él.
Su mujer ya se había enfadado con él otras veces, pero nunca duraba. él era muy rico, y seria mucho más rico, y sabía que ella no le abandonaría nunca. Era una de las pocas cosas que sabía de verdad. Sabía eso, de motos —eso fue antes—, de coches, de cazar patos, de pesca, salmón, trucha y en alta mar, de sexo en los libros, muchos libros, demasiados libros, de todos los deportes de pista, de perros, no mucho de caballos, de no perder el dinero que tenía, de casi todas las demás cosas que tenían que ver con su mundo, y que su mujer no le dejaría. Su mujer había sido una gran belleza, y seguía siendo una gran belleza en áfrica, pero en su país ya no era una belleza tan llamativa como para dejarlo y encontrar algo mejor, y ella lo sabía y él lo sabía. A ella se le había pasado la oportunidad de dejarlo y él lo sabía. Si él hubiese sido mejor con las mujeres probablemente a ella habría comenzado a preocuparle que él pudiera encontrar una nueva y bella esposa; pero ella le conocía demasiado bien y sabía que no tenía que preocuparse. Además, él siempre había sido muy tolerante, cosa que parecería la mejor de sus virtudes de no ser la más siniestra.
Con todo, se les consideraba una pareja relativamente feliz, una de esas parejas de las que siipre se rumorea que se van a separar pero nunca ocurre, y, tal como lo expresó un columnista de sociedad, añadían más que una pizca de aventura a su tan envidiado e imperecedero romance mediante un safari en lo que se conocía como el “Africa más oscura” hasta que Martin Johnson la iluminó en tantas pantallas cinematográficas, donde perseguían al viejo Simba, el león, al búfalo, a Tembo el elefante y coleccionaban especímenes para el Museo de Historia Natural. El mismo columnista había informado que habían estado a punto tres veces en el pasado, y era cierto. Pero siempre se reconciliaban. Su unión poseía una base sólida. Margot era demasiado hermosa para que Macomber se divorciara, y él tenía demasiado dinero para que ella le dejara.
Eran ya las tres de la mañana, y Francis Macomber, que había dormido un rato después de dejar de pensar en el león, se despertó y volvió a dormirse, y de repente volvió a despertarse, asustado por un sueño en el que tenía encima la cabeza ensangrentada del león, y mientras escuchaba el fuerte latido de su corazón se dio cuenta de que su mujer no estaba en el otro catre de la tienda. Con esa idea se quedó despierto dos horas.
Transcurrido ese tiempo su mujer entró en la tienda, levantó la mosquitera y se instaló confortablemente en su catre.
—¿Dónde has estado? —preguntó Macomber en la oscuridad. —Hola —dijo ella—. ¿Estás despierto?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco el aire.
—Y un cuerno.
—¿Qué quieres que diga, cariño?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco el aire.
—No sabía que ahora tenía ese nombre. Eres una zorra. —Bueno, y tú un cobarde.
—Muy bien —dijo él—. ¿Y qué?
—Por mí, nada. Pero por favor, no hablemos, cariño, porque tengo mucho sueño.
—Crees que voy a tragar con todo.
—Sé que lo harás, cariño.
—Bueno, pues no.
—Por favor, cariño, no hablemos. Tengo mucho sueño. —Esto no se iba a repetir. Me prometiste que se había acabado. —Bueno, pues resulta que no se ha acabado —dijo ella dulce
mente.
—Me dijiste que si hacíamos este viaje eso no se repetiría. Me lo prometiste.
—Sí, cariño. Esa era mi intención. Pero ayer el viaje se fue al garete. No tenemos por qué hablar de eso, ¿verdad?
—En cuanto has tenido la oportunidad la has aprovechado, ¿verdad?
—Por favor, no hablemos. Tengo tanto sueño, cariño. —Pues pienso hablar.
—Pues no te preocupes por mí, porque yo tengo intención de dormir. —Y eso hizo.
Antes de que amaneciera estaban los tres a la mesa, desayunando, y Francis Macomber descubrió que, de todos los hombres a los que había odiado, Robert Wilson era el que más odiaba.
—¿Ha dormido bien? —preguntó Wilson con su voz ronca, llenando una pipa.
—¿Y usted?
—De primera —le dijo el cazador profesional.
Cabrón, se dijo Macomber, cabrón insolente.
Así que ella lo despertó al enttar, se dijo Wilson, mirándolos a los dos con sus ojos azules e inexpresivos. Bueno, ¿por qué no la pone en su sitio? ¿Qué cree que soy, un maldito santo de yeso? Que la ponga en su sitio. Es culpa de él.
—¿Cree que encontraremos algún búfalo? —preguntó Margot, apartando un plato de albaricoques.
—Es posible —dijo Wilson, y le sonrió—. ¿Por qué no se queda en el campamento?
—Por nada del mundo —le dijo ella.
—¿Por qué no le ordena que se quede en el campamento? —le dijo Wilson a Macomber.
—Ordéneselo usted —le dijo fríamente Macomber. —Dejémonos de dar órdenes —dijo Margot, y volviéndose hacia Macomber— y de tonterías, Francis. —Lo dijo en una voz bastante amable.
—¿Está preparado? —preguntó Macomber.
—Cuando quiera —le dijo Wilson—. ¿Quiere que la memsahib venga?
—¿Importa algo lo que yo quiera?
Al diablo, se dijo Robert Wilson. Al diablo una y mil veces. Así que esas tenemos. Bueno, pues como quieran.
—Tanto da —dijo.
—¿Está seguro de que no le gustaría quedarse solo en el campamento con ella y dejar que vaya yo solo a cazar el búfalo? —preguntó Macomber.
—Eso no lo puede hacer —dijo Wilson—. Si yo fuera usted no diría tonterías.
—No digo tonterías. Estoy disgustado.
—Una mala palabra, disgustado.
—Francis, ¿quieres hacer el favor de hablar con sensatez? —dijo su esposa.
—Hablo con toda la maldita sensatez del mundo —dijo Macomber—. ¿Ha probado alguna vez una comida tan inmunda como esta?
—¿Estaba mala la comida? —preguntó Wilson sin inmutarse. —No tan mal como todo lo demás.
—Me gustaría que se calmara un poco, hombre —dijo Wilson sin alterarse—. Uno de los criados que sirve la mesa entiende un poco de inglés.
—Que se vaya al infierno.
Wilson se puso en pie y se alejó dando bocanadas a su pipa. Le dijo unas palabras en swahili a uno de los porteadores de armas que estaba esperándole. Macomber y su mujer se quedaron sentados a la mesa. él miraba fijamente la taza de café.
—Si armas una escena te dejo, cariño —dijo Margot sin alterarse.
—No lo harás.
—Ponme a prueba.
—No me dejarás.
—No —dijo ella—. No te dejaré si te comportas. —¿Comportarme? Hay que ver. Comportarme.
—Sí. Compórtate.
—¿Por qué no pruebas a comportarte tú?
—Llevo mucho tiempo intentándolo. Muchísimo.
—Odio a ese cerdo de cara roja —dijo Macomber—. Odio su sola presencia.
—Pues es muy simpático.
—Oh, cállate —casi gritó Macomber. Justo en ese momento apareció el coche. Se paró delante de la tienda comedor y salieron el conductor y los dos porteadores de armas. Wilson se acercó y se quedó mirando a marido y mujerrentados a la mesa.
—¿Vamos a cazar? —preguntó.
—Sí —dijo Macomber poniéndose en pie—. Sí.
—Más vale que cojan un jersey. Hará frío en el coche —dijo Wilson.
—Cogeré mi chaqueta de piel —dijo Margot.
—La tiene el criado —dijo Wilson. Se subió delante con el conductor, y Francis Macomber y su mujer se sentaron detrás sin hablar.
Espero que a este idiota no se le ocurra pegarme un tiro en la nuca, se dijo Wilson. En un safari las mujeres son un fastidio.
El coche rechinaba al cruzar el río por un vado lleno de rocas a la luz gris de la mañana, y subió la otra empinada orilla en ángulo. Allí Wilson había ordenado abrir un paso a golpe de pala el día antes para que pudieran alcanzar aquella zona ondulada y boscosa que parecía un parque.
Era una buena mañana, se dijo Wilson. Había un denso rocío, y cuando las ruedas aplastaban las hierbas y las matas bajas le llegaba el olor de las frondas aplastadas. Era un olor como a verbena, y le gustaba el olor tempranero del rocío, los helechos aplastados y el aspecto de los troncos de los árboles, negros entre la neblina matinal, a medida que el coche se abría paso por esa ve- getación sin caminos, parecida ala de un parque. Había apartado de su mente a los dos que iban detrás y estaba pensando en los búfalos. Los búfalos que él perseguía se pasaban las horas de sol en un pantano de densa vegetación donde era imposible disparar, pero por la noche pacían en una zona de campo abierto, y si podían interponerse entre ellos y el pantano con el coche, Macomber tendría muchas posibilidades de disparar en un terreno abierto. No quería cazar búfalos ni ninguna otra cosa con Macomber en una zona de vegetación densa. La verdad es que no quería cazar ni búfalos ni ninguna otra cosa con Macomber en ninguna parte, pero era un cazador profesional, y en su vida había cazado con gente rara de verdad. Si hoy conseguían un búfalo ya solo les quedaría el rinoceronte, y el pobre hombre ya habría pasado por esa peligrosa prueba y todo volvería a estar en orden. Podría romper con la mujer y Macomber también lo superaría. Al parecer había pasado por aquello muchas veces. Pobre desgraciado. Debía de tener algún método para superarlo. Bueno, al fin y al cabo la culpa era de ese pobre idiota.
El, Robert Wilson, llevaba un catre de dos plazas para acomodar cualquier fruta madura que le cayera del cielo. Había cazado para cierta clientela, internacional, libertina, deportista, en la que las mujeres parecían no quedar del todo satisfechas con el safari hasta que compartían ese catre con el cazador profesional. él las despreciaba cuando las tenía lejos, aunque algunas le habían gustado bastante en el momento, y se ganaba la vida con ellas; y sus normas eran también las de él desde el momento en que lo contrataban.
Obedecía las normas de quienes le contrataban excepto en lo que se refería a la caza. En la caza él tenía sus propias normas, y los demás o se atenían a ellas o se buscaban a otro. También sabía que todos le respetaban por eso. Aunque ese Macomber era un tipo raro. Que me aspen si no lo es. Y la mujer. Bueno, la mujer. Sí, la mujer. Mmm, la mujer. Bueno, eso lo dejaría correr. Se volvió. Macomber estaba apesadumbrado y furioso. Margot le sonrió. Hoy parecía más joven, más inocente y lozana, con una belleza no tan profesional. Dios sabe qué hay en su corazón, se dijo Wilson. La noche anterior no había hablado mucho. Además, era un placer contemplarla.
El coche ascendió una ligera pendiente y prosiguió entre los árboles. A continuación se adentro en un claro que era como una pradera cubierta de hierba, manteniéndose al abrigo de los árboles de la linde. El conductor iba despacio y Wilson observaba atentamente la extensión de la pradera hasta donde se perdía, en el horizonte. Hizo parar el coche y estudió la planicie con sus binoculares. Luego le hizo seña al conductor de que siguiera y el coche avanzó con lentitud, evitando los socavones dejados por los jabalíes y esquivando montículos de barro construidos por las hormigas. A continuación, observando el campo abierto, Wilson se volvió de repente y dijo:
—¡Dios mío, ahí están!
Y Macomber, mirando hacia donde le señalaban mientras el coche avanzaba a saltos y Wilson le hablaba rápidamente en swahili al conductor, vio tres enormes animales negros que parecían casi cilíndricos de tan largos y gruesos, como grandes tanques negros, que galopaban por el otro extremo de la pradera abierta. Galopaban con el cuello y el cuerpo rígidos, y pudo ver los cuernos negros, abiertos y curvados hacia arriba mientras avanzaban con la cabeza adelantada; no movían la cabeza.
—Son tres búfalos viejos —dijo Wilson—. Les cortaremos el paso antes de que lleguen al pantano.
El coche iba a más de setenta kilómetros por hora a campo abierto, y mientras Macomber miraba los búfalos estos se hacían más y más grandes, hasta que llegó a distinguir el aspecto gris, costroso y sin vello de un toro enorme, el cuello que formaba parte de sus hombros, y el negro brillante de sus cuernos. Galopaba un poco rezagado del resto, que iban en hilera con su paso firme y veloz; y luego el coche dio un bandazo como si se hubiera subido a una carretera, los animales se aproximaron y vio la veloz enormidad del toro, y el polvo sobre su piel de escaso pelo, la amplia protuberancia del cuerno y el hocico de fosas nasales anchas y dilatadas, y ya levantaba el rifle cuando Wilson le gritó: “¡Desde el coche no, idiota!”, y no tuvo miedo, solo odió a Wilson, y hubo un frenazo y el coche derrapó, clavándose de lado en el suelo hasta quedar casi parado, y Wilson salió por un lado y él por el otro, trastabillando al tocar con los pies el suelo porque el coche aún estaba en marcha, y enseguida disparó al toro mientras este seguía galopando, oyó cómo las balas le impactaban, vació el rifle mientras el animal se alejaba a paso firme, y al final recordó que debía dirigir sus disparos entre los hombros, y cuando intentaba recargar torpemente vio que el toro estaba en el suelo. Había caído de rodillas y sacudía la cabeza. Al ver que los otros dos seguían galopando le disparó al líder y le dio. Volvió a disparar y falló, y oyó el carauang del rifle de Wilson y vio cómo el líder se desplomaba de narices.
—Dele al otro —dijo Wilson—. ¡Ahora dispare usted!
Pero el otro toro seguía galopando al mismo ritmo y Macomber falló, levantando una salpicadura de polvo, y Wilson falló y el polvo formó una nube y Wilson gritó: “¡Vamos, está demasiado lejos!”, y le cogió del brazo y ya volvían a estar en el coche, Macomber y Wilson agarrados a los laterales y avanzando a toda mecha, dando bandazos por encima del terreno irregular, acercándose al toro, que seguía con su galope constante, veloz, de cuello grueso y línea recta.
Estaban detrás de él y Macomber estaba cargando el rifle, tirando los casquillos al suelo, se le encasquilló el arma, la desencasquilló, y ya estaban casi encima del toro cuando Wilson gritó: “¡Para!” y el coche derrapó y casi vuelcan y Macomber cayó hacia delante sobre los pies, cargó el rifle y disparó lo más adelante que pudo apuntar a la espalda negra, redondeada y al galope, apuntó y volvió a disparar, y otra vez, y otra, y no falló ni una vez, pero las balas no parecían afectar al animal. Entonces disparó Wilson, el estampido le dejó sordo, y vio que el toro sQ tambaleaba. Macomber volvió a disparar, apuntando cuidadosamente, y el animal cayó de rodillas.
—Muy bien —dijo Wilson—. Buen trabajo. Este es el tercero.
Macomber se sintió ebrio de euforia.
—¿Cuántas veces ha disparado? —preguntó.
—Solo tres —dijo Wilson—. Usted mató al primer toro. El más grande. Yo le he ayudado a acabar con los otros dos. Temía que se metieran en la espesura. Usted los mató. Yo solo le he echado una mano. Ha disparado condenadamente bien.
—Subamos al coche —dijo Macomber—. Tengo sed.
—Primero vamos a rematar a ese búfalo —le dijo Wilson. El búfalo estaba de rodillas y sacudía furiosamente la cabeza, bramando furioso desde sus ojos hundidos a medida que se le acercaban.
—Ojo que no se levante —dijo Wilson. Y añadió—: Póngase un poco de lado y dele en el cuello, justo detrás de la oreja.
Macomber apuntó cuidadosamente al centro de ese cuello enorme y zarandeado por la rabia y disparó. La cabeza se desplomó hacia delante.
—Ya está —dijo Wilson—. Le ha dado en el espinazo. Son unos animales impresionantes, ¿verdad?
—Vamos a echar un trago —dijo Macomber. En su vida se había sentido tan bien.
En el coche, la mujer de Macomber estaba pálida.
—Eres maravilloso, cariño —le dijo a Macomber—. Menuda persecución.
—¿Ha sido duro?
—Ha sido espantoso. Nunca había estado tan asustada. —Echemos un trago —dijo Macomber.
—Desde luego —dijo Wilson—. Déselo a la memsahib. —Margot bebió del whisky que había en la petaca y se estremeció un poco al tragar. Le entregó la petaca a Macomber, que se la pasó a Wilson.
—Ha sido de lo más emocionante —dijo Margot—. Me ha dado un terrible dolor de cabeza. No sabía que se permitía disparar desde el coche.
—Nadie ha disparado desde el coche —dijo Wilson fríamente. —Me refería a perseguirlos con un coche.
—Normalmente no se hace —dijo Wilson—. Aunque tal como lo hemos hecho me ha parecido bastante deportivo. Nos hemos arriesgado más conduciendo por esta planicie llena de baches que si hubiéramos cazado a pie. Los búfalos podrían habernos atacado cada vez que disparábamos de haber querido. Les hemos dado todas las oportunidades. De todos modos no se lo mencione a nadie. Es ilegal, si a eso se refería.
—A mí me ha parecido muy injusto —dijo Margot— perseguir a esos grandes animales indefensos en coche.
—¿Ah, sí? —dijo Wilson.
—¿Qué pasaría si se enteraran en Nairobi?
—Que para empezar perdería mi licencia. Y otras cosas desagradables —dijo Wilson, echando un trago de la petaca—. Me quedaría sin trabajo.
—¿En serio?
—Sí, en serio.
—Bueno —dijo Macomber, y sonrió por primera vez en todo el día—. Ahora ella le tiene pifiado.
—Siempre sabes decir las cosas con tanta delicadeza, Francis —dijo Margot Macomber. Wilson los miró a los dos. Si un cabrón se casa con una zorra, pensaba, ¿qué clase de animales serán los hijos? Lo que dijo fue—: Hemos perdido a uno de los porteadores. ¿Se han dado cuenta?
—Dios mío, no —dijo Macomber.
—Ahí viene —dijo Wilson-,, Se encuentra bien. Debe de haberse caído cuando dejamos atrás el primer búfalo.
Vieron acercarse al porteador de mediana edad, tocado con su gorro de punto, su túnica caqui, sus pantalones cortos y sus sandalias de goma. Cojeaba, y se le veía sombrío y disgustado. Cuando llegó se dirigió a Wilson, y todos vieron el cambio que sufrió la cara del cazador.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Margot.
—Dice que el primer toro se ha levantado y se ha metido en la espesura. —Wilson habló con una voz totalmente inexpresiva.
—Oh —dijo Macomber, pálido.
—Entonces va a ser como lo del león —dijo Margot, llena de impaciencia.
—Ni de casualidad va a ser como lo del león —le dijo Wilson—. ¿Quiere otro trago, Macomber?
—Sí, gracias —dijo Macomber. Pensó que volvería a experimentar la misma sensación que con el león, pero no fue así. Por primera vez en su vida sintió que no tenía miedo. En lugar de miedo le invadía una auténtica euforia.
—Vamos a echarle un vistazo a ese segundo búfalo —dijo Wilson—. Le diré al conductor que ponga el coche en la sombra.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Margaret Macomber. —Echarle un vistazo al búfalo —dijo Wilson.
—Yo también voy.
—Vamos.
Los tres se acercaron a la negra mole del segundo búfalo, la cabeza echada hacia delante, sobre la hierba, los cuernos enormes y separados.
—Es una cabeza magnífica —dijo Wilson—. Debe de tener más de un metro de envergadura.
Macomber lo miraba encantado.
—A mí me parece algo repugnante —dijo Margot—. ¿Podemos ir a la sombra?
—Claro —dijo Wilson—. Mire —le dijo a Macomber, y seña- 16—: ¿Ve aquella espesura?
—Sí.
—Ahí es donde se ha metido el primer toro. El porteador dice que cuando él se cayó del coche el toro estaba en el suelo. Se quedó mirando cómo perseguíamos a toda velocidad a los otros dos búfalos. Cuando se volvió se encontró con el búfalo en pie y mirándole. El porteador corrió como un demonio y el toro se fue lentamente hacia esos matorrales.
—¿Podemos ir a por él ahora? —dijo Macomber, impaciente. Wilson lo estudió lentamente. Que me aspen si esto no es raro, se dijo. Ayer estaba hecho un flan y hoy se comería el mundo.
—No, démosle un rato.
—Por favor, vamos a la sombra —dijo Margot. Tenía la cara blanca y parecía enferma.
Se dirigieron al coche, que estaba bajo un solitario árbol de copa ancha, y se metieron en él.
—Lo más probable es que esté muerto ahí dentro —observó Wilson—. Dentro de un rato iremos a echar un vistazo.
Macomber sintió una felicidad desmedida e irracional que nunca había experimentado.
—Dios mío, menuda persecución —dijo—. Nunca había sentido nada igual. ¿No ha sido maravilloso, Margot?
—A mí me ha parecido horroroso.
—¿Por qué?
—Me ha parecido horroroso —dijo con amargura—. Detestable.
—¿Sabe?, no creo que nunca vuelva a tener miedo de nada —le dijo Macomber a Wilson—. Algltpasó dentro de mí después de ver el búfalo y comenzar a perseguirlo. Como cuando revienta un dique. Ha sido pura emoción.
—Te depura el hígado —dijo Wilson—. Ala gente le pasan cosas muy raras.
La cara de Macomber resplandecía.
—Algo me ha pasado —dijo—. Me siento completamente distinto.
Su esposa no dijo nada y le miró con extrañeza. Estaba sentada en el extremo del asiento y Macomber se inclinaba hacia delante mientras hablaba con Wilson, que estaba de lado, hablando por encima del respaldo del asiento delantero.
—¿Sabe?, me gustaría probar con otro león —dijo Macomber—. Ahora ya no me dan miedo. Después de todo, ¿qué pueden hacerte?
—Exactamente —dijo Wilson—. Lo peor que pueden hacerte es matarte. ¿Cómo es ese fragmento? Shakespeare. Es buenísimo. A ver si me acuerdo. Oh, es buenísimo. Durante una época solía repetírmelo. Vamos a ver. “A fe mía que no me importa; un hombre solo puede morir una vez; le debemos a Dios una muerte y tanto da cómo se la paguemos; el que muere este año, el que viene ya se ha librado.” Buenísimo, ¿eh?
Se avergonzó de haber revelado aquellas palabras que habían guiado su vida, pero había visto alcanzarla mayoría de edad a algunos hombres, y era algo que siempre le conmovía. Era totalmente distinto de cumplir los veintiún años.
Había hecho falta un momento singular en la cacería, una acción precipitada que no había dado opción a pensárselo de antemano, para provocar aquello en Macomber, pero tanto daba cómo había sucedido, lo cierto era que había sucedido. Míralo ahora, se dijo Wilson. Lo que pasa es que algunos siguen siendo unos críos durante mucho tiempo, se dijo Wilson. Algunos toda la vida. Siguen pareciendo unos chavales cuando cumplen los cincuenta. El gran niño-hombre americano. Qué gente tan extraña. Pero ahora ese Macomber le caía bien. Un tipo bien raro. Probablemente eso también significaría que dejaría de ser un cornudo. Bueno, eso sí que estaría bien. Eso estaría de primera. El tipo probablemente ha estado toda la vida asustado. No sabe cómo empezó. Pero ya lo ha superado. Con el búfalo no ha tenido tiempo de estar asustado. Eso y que también estaba furioso. Y el coche. Los coches te hacen sentirte más como en casa. Ahora está que se come el mundo. En la guerra había visto a gente a la que le pasaba algo parecido. Te cambiaba más eso que perder la virginidad. Se te iba el miedo como si te lo hubieran extirpado. Y en su lugar surgía otra cosa. Lo más importante de un hombre. Lo que le hacía hombre. Las mujeres también lo sabían. Adiós al maldito miedo.
Desde la otra punta del asiento Margaret Macomber los miró a los dos. En Wilson no había ningún cambio. Vio a Wilson tal como lo había visto el día antes, cuando comprendió por primera vez cuál era su gran talento. Pero ahora veía el cambio ocurrido en Francis Macomber.
—¿Siente también usted toda esta felicidad por lo que va a ocurrir? —preguntó Macomber, explorando aún su nueva abundancia.
—No debe mencionarlo —le dijo Wilson, observando la cara del otro—. Se lleva más decir que está asustado. Y mire lo que le digo, también tendrá miedo muchas veces.
—Pero ¿no siente felicidad por lo que vamos a hacer?
—Sí —dijo Wilson—. Eso ocurre. Pero no hay que hablar demasiado de esto. Déjelo. Si habla demasiado de una cosa pierde la gracia.
—No decís más que tonterías, los dos —dijo Margot—. Solo porque habéis cazado unos anisales inocentes desde un coche habláis como si fuerais héroes.
—Lo siento —dijo Wilson—. Me he disparado. —Empieza a estar preocupada por lo ocurrido, se dijo.
—Si no sabes de qué hablas, ¿por qué te metes? —le preguntó Macomber a su mujer.
—De repente te has vuelto muy valiente, así, sin más —dijo su mujer, zahereña. Pero su desprecio era vacilante. Tenía miedo de algo.
Macomber se rió, una carcajada muy natural y campechana.
—Y que lo digas —dijo—. Ya lo puedes decir, ya.
—¿Y no es un poco tarde? —dijo Margot con amargura. Porque durante muchos años había hecho todo lo que había podido, y nadie tenía la culpa de que su matrimonio hubiera llegado a esa situación.
—No para mí —dijo Macomber.
Margot no dijo nada, pero se reclinó en la esquina del asiento.
—¿Cree que le hemos dado tiempo suficiente? —le preguntó alegremente Macomber a Wilson.
—Podemos ir a echar un vistazo —dijo Wilson—. ¿Le queda munición?
—El porteador sí.
Wilson dijo unas palabras en swahili, y el porteador, que estaba desollando una de las cabezas, se enderezó, sacó una caja de balas del bolsillo y se las llevó a Macomber, que llenó el cargador y se metió el resto en el bolsillo.
—También podría utilizar el Springfield —dijo Wilson—. Está acostumbrado a él. Dejaremos el Mannlicher en el coche con la memsahib. Su porteador puede llevar el arma pesada. Yo tengo este maldito cañón. Y ahora deje que le explique una cosa. —Se había guardado esto para el final porque no quería preocupar a Macomber—. Cuando un búfalo ataca lo hace con la cabeza alta y echada hacia delante. No se le puede disparar al cerebro porque la protuberancia de los cuernos lo protege. Solo se le puede disparar a la nariz. Solo hay otro disparo bueno, y es al pecho, o, si está de lado, al cuello o a los hombros. Una vez han recibido un disparo se ponen hechos una furia.No intente ninguna filigrana. Elija la opción más sencilla. Ya han acabado de desollar la cabeza. ¿Nos ponemos en marcha?
Llamó a los porteadores, que llegaron sacudiéndose las manos, yel de más edad se subió atrás.
—Solo me llevaré a Kongoni —dijo Wilson—. El otro puede quedarse a vigilar que no vengan los pajarracos.
Mientras el coche avanzaba lentamente por el claro, hacia la isla de árboles tupidos que formaban una lengua de follaje siguiendo un cauce seco que cortaba el terreno pantanoso abierto, Macomber sintió que de nuevo el corazón le latía con fuerza y volvía a tener la boca seca, pero era excitación, no miedo.
—Por aquí es por donde ha entrado —dijo Wilson. A continuación le dijo al porteador en swahili—: Sigue el rastro de sangre.
El coche estaba en paralelo a los matorrales. Macomber, Wilson y el porteador se bajaron. Macomber volvió la mirada y vio a su mujer con el rifle a su lado, mirándolo. La saludó con la mano, pero ella no le devolvió el saludo.
La vegetación era muy espesa, y el terreno estaba seco. El porteador de mediana edad sudaba profusamente, y Wilson se inclinó el sombrero delante de los ojos y su nuca roja apareció justo delante de Macomber. De repente el porteador le dijo algo en swahili a Wilson y echó a correr hacia delante.
—Está muerto ahí delante —dijo Wilson—. Buen trabajo. —Se volvió para coger la mano de Macomber, y mientras se la estrechaban, sonriéndose mutuamente, el porteador se puso a gritar como un loco y le vieron salir de la espesura corriendo de lado, veloz como un cangrejo, y el toro también salió, el morro levantado, la boca apretada, goteando sangre, el gran cabezón hacia delante, a la carga, los ojillos hundidos inyectados en sangre mientras los miraba. Wilson, que estaba delante, se había arrodillado y disparaba, y Macomber, mientras disparaba, no oyendo sus disparos a causa del estruendo del arma de Wilson, vio fragmentos como de pizarra que saltaban de la enorme protuberancia de los cuernos, y la cabeza sufrió una sacudida, y volvió a disparar a las anchas fosas nasales y vio cómo los cuernos sufrían otra sacudida y salían volando algunos fragmentos, y ahora no veía a Wilson, y, apuntando con cuidado, volvió a disparar, y tenía la enorme mole del búfalo casi encima, y el rifle estaba casi alineado con la cabeza que acometía, el morro levantado, y podía ver aquellos ojillos malignos, y la cabeza empezó a descender y sintió un repentino destello cegador, candente que estallaba dentro de su cabeza, y ya nunca volvió a sentir nada más.
Wilson se había hecho a un lado para poder disparar a los hombros. Macomber había permanecido impertérrito apuntando a la nariz, disparando cada vez un pelín alto y dándole en la pesada cornamenta, sacándole esquirlas y astillas como si le disparara a un tejado de pizarra, y la señora Macomber, en el coche, le había disparado al búfalo con el Mannlicher del 6,5 porque pensó que iba a cornear a Macomber, pero le había dado a su marido, unos cinco centímetros por arriba y un poco a un lado de la base del cráneo.
Ahora Francis Macomber estaba tendido en el suelo, a dos metros de donde yacía el búfalo, y su mujer se arrodillaba a su lado, Wilson junto a ella.
—Yo no le daría la vuelta —dijo Wilson.
La mujer lloraba histérica.
—Yo de ti volvería al coche —dijo Wilson—. ¿Dónde está el rifle?
Ella regresó con la cabeza, la cara deformada. El porteador recogió el rifle.
—Déjalo como está —dijo Wilson. Y luego—: Ve a buscar a Abdulá para que dé fe de cómo se ha producido el accidente.
Wilson se arrodilló, sacó un pañuelo del bolsillo y lo extendió sobre la cabeza a cepillo de Francis Macomber. La sangre empapó la tierra seca y suelta.
Wilson se incorporó y vio el búfalo tendido de lado, las patas extendidas, su vientre de pelo ralo poblado de garrapatas. Menudo toro, registró automáticamente su cerebro. Aquí hay un metro de cornamenta. O más. Mucho más. Llamó al conductor y le dijo que extendiera una manta sobre el búfalo y se quedara junto a él. A continuación se acercó al coche, donde la mujer lloraba en un rincón.
—Menuda la has hecho —dijo en una voz sin inflexiones—. Pero si de todos modos él te habría dejado.
—Cállate —dijo ella.
—Por supuesto, ha sido un accidente —dijo—. Lo sé.
—Cállate —dijo ella.
—No te preocupes —dijo él—. Habrá que pasar por algunos momentos desagradables, pero haré que saquen algunas fotos muy útiles para la investigación. También está el testimonio de los porteadores y del conductor. Estás completamente a salvo.
—Cállate —dijo ella.
—Hay muchísimas cosas que hacer —dijo él—. Y tendré que mandar un camión al lago para que telegrafíen pidiendo un avión que nos lleve a los tres a Nairobi. ¿Por qué no le envenenaste? Es lo que hacen en Inglaterra.
—Cállate. Cállate. Cállate —gritó la mujer.
Wilson la miró con sus ojos azules e inexpresivos.
—Ya he terminado —dijo él—. Me había enfadado un poco. Tu marido había empezado a caerme bien.
—Oh, por favor, cállate —dijo ella—. Por favor, cállate.
—Eso está mejor —dijo Wilson—. Pedirlo por favor es mucho mejor. Ahora me callo.

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Bienvenida a casa de Lucía Berlin

 

Lusía ha llegado a la popularidad cuando ya no puede verlo: murió en Los Ángeles en 2004, después de superar un cáncer, por las complicaciones de la escoliosis que padeció desde niña. Sin embargo, y aunque tuvo un eco minoritario, sí fue una escritora querida y admirada en vida. En total escribió, consigna Stephen Emerson, setenta y siete cuentos, la mayoría de ellos repartidos en media docena de títulos que se publicaron entre 1980 y 1999. Así que otra manera de verlo es que la popularidad llegó tarde a Lucia Berlin: su talento existió siempre y algunos tuvieron la suerte de disfrutarlo cuando aún podían decírselo.

Lucia Berlin estaba tan cerca que solo existía entre nosotras una amiga de separación: la bailarina y coreógrafa mexicana Andrea Chirinos era una de sus sobrinas. Las hermanas Chirinos Brown, hijas de Molly Brown, hermana de quien fue Lucia Brown antes de casarse —lo hizo tres veces y, aunque se separó, conservó siempre el apellido de su último marido, el músico Buddy Berlin.

Aunque Andrea insiste en que su tía cambiaba las situaciones reales, que lo que contaba no pasó exactamente así, que los personajes no son las personas que los inspiraron, es la propia Lucia Berlin quien reconocía nutrirse de los hechos que le acontecieron. «Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento», dice la voz narradora de «Silencio».

Como profesora de literatura en la Universidad de Colorado, Berlin insistía a sus estudiantes en la «verdad» que había de latir en toda escritura. En una entrevista realizada en 1996 por dos alumnos, Kellie Paluck y Adrian Zupp, publicada por primera vez el pasado septiembre en la página Literary Hub, declaraba: «Solo escribo lo que me parece que parece verdad. Emocionalmente verdad. Cuando hay verdad emocional, a continuación sigue el ritmo, y creo que la belleza de la imagen, porque ves con claridad. Por la sencillez de lo que ves».

Sirvan sus palabras para acreditar que la vida de Lucia Berlin puede rastrearse a través de sus cuentos, que la crítica ha comparado con Raymond Carver o James Salter, quienes por cierto la conocieron y leyeron.

No fue una vida ordinaria. Nacida en 1936 en Alaska, por el trabajo de su padre, ingeniero de minas, vivió en sitios tan dispares como Idaho, Kentucky, Montana o Santiago de Chile, donde aprendió español. Su cuna sin penurias económicas y sus estudios en la Universidad de Nuevo México —le dio clase Ramón J. Sender— no impidieron su posterior trayectoria bohemia: tres matrimonios y posteriores divorcios con hombres problemáticos y drogadictos, cuatro hijos —Mark y Jeff de su primer marido, David y Daniel del tercero, amigo del segundo, dicho sea de paso—, múltiples y variopintos empleos para mantenerlos, alcoholismo arrastrado durante años y finalmente superado.

Dentro de su obra, México alberga un lugar especial. Desde la frontera en El Paso, donde vivió de niña con su familia materna, texanos racistas, hasta los meses que pasó junto al lecho de muerte de su hermana Molly, pasando por la temporada que vivió en Puerto Vallarta con Buddy Berlin o la aventura que tuvo con un buceador de Zihuatanejo, sus pasos en este país se pueden seguir en «Toda luna, todo año», «Penas», «Triste idiota», «Panteón de Dolores», «Mamá» o «Espera un momento».

Lucia Berlin en Oaxaca, México, 1964. Foto: Literary Estate of Lucia Berlin (DP).

Andrea Chirinos está aquí para confirmarlo. Desgrana anécdotas de su tía adorada de la época en que vivió con ella en San Francisco, adonde fue a estudiar danza con dieciocho años, y de la que pasó Lucia en la Ciudad de México, con Molly ya muy enferma, entre 1991 y 1992. El mínimo cuartito que le construyeron con pared de cartón yeso junto a la cama de Molly —«I’m going to my little nest», decía cada noche antes de dormir—, que pronto decoró con pósteres de escritores admirados —Samuel Beckett, por genio; Carlos Fuentes, por guapo—. Las hermanas Brown se reencontraron después de haber llevado siempre una relación distante. A Molly la desheredaron sus padres por haberse casado con un mexicano. Entonces no sabían que ese mexicano llegaría a ser gobernador de Veracruz ni que les acabaría mandando dinero, pero de cualquier manera, la madre, Mary Magruder, nunca la perdonó.

Andrea enseña, para fetichismo de la lectora que se lo pide, algunas fotos de ese tiempo, cuando Lucia tenía cincuenta y cinco o cincuenta y seis años. La escritora en la Plaza México, en los toros, adonde le gustaba ir con su sobrina Mónica, hermana de Andrea. Lucia sentada en un sofá junto a Andrea adolescente, que lleva media cabeza rapada y fuma insolente con una pierna sobre un amigo de su madre. Lucia en Cuernavaca, con una chaqueta color buganvilia —«le gustaba vestir de ese color, era muy suyo»—, radiante, con un ramo de rosas en la mano. La mirada azul, la sonrisa abierta, su rostro conservando la belleza que la caracterizó de joven. Hay dos instantáneas muy simpáticas de Lucia y Molly disfrazadas de punks, como vestían las jóvenes de la casa. Molly, sin pelo por el tratamiento de quimio, lleva una peluca como de mohicano y está dentro de una bañera vacía, mientras sostiene una litrona y un cigarro; Lucia es clavada a Robert Smith.

«Cuando lo paso mal, la tomo de parámetro», dice su sobrina. La recuerda siempre «muy segura y muy feliz», a pesar de todo por lo que pasó, de las enfermedades, del dolor, de la vejez. «Tenía mucho sentido del humor», dice Andrea; «y se tomaba muy bien, por ejemplo, envejecer. Decía resignada I’m not the cute one anymore mirándose al espejo». Lucia corría a arreglarse cuando llegaban a casa los amigos de las sobrinas. Frecuentaba esas reuniones un joven estudiante de letras inglesas, Carlos Cuarón, entonces novio de Andrea, hoy autor de un buen puñado de éxitos cinematográficos, entre ellos Sólo con tu pareja (1991), Y tu mamá también (2001) o Rudo y cursi (2008).

Carlos cuenta que hicieron clic de inmediato. Tiempo después, él y su hermano Alfonso hicieron un road trip a Estados Unidos y recalaron unos días en casa de Lucia, en San Francisco. «Yo tendría veintiún o veintidós años, y Alfonso cinco años más», rememora. «Si ya antes había habido una conexión, a partir de ahí fue más grande todavía». Lucia les dejó su dormitorio a los hermanos y estos descubrieron avergonzados a la mañana siguiente que ella, con la escoliosis que ya le deformaba la espalda llamativamente, había dormido en el suelo del comedor. «Habla de la persona que era, supergenerosa». Curiosamente, uno de los hijos de Lucía, David, trabajó después con Alfonso Cuarón y Luis Estrada en sendos guiones de Alfonso Cuarón y de Luis Estrada que nunca llegaron a llevarse a cabo.

Berlin y Carlos Cuarón mantuvieron durante muchos años una nutrida relación epistolar, en la que Lucia fue una maestra. Algo de ese talante didáctico está en «Punto de vista» o «Querida Conchi». Lucia le descubrió a Carlos, en fin, los cuentos de Carver y, sobre todo, los de Chéjov, ángeles tutelares bajo los cuales ella se enmarca. «Lucia es una especie de Carver femenina», concede Cuarón, «pero con dos grandes diferencias. Una es cultural: Carver es muy gringo y Lucia, irónicamente, muy cosmopolita, por la vida que le tocó vivir. Y otra gran diferencia es que Carver no tiene la compasión que sí tiene Lucia». A pesar de la dureza de su itinerario vital, de todos esos trabajos extravagantes que tuvo que desempeñar para sacar adelante a su prole, no albergaba resentimiento hacia la vida. Al contrario, dice Carlos, abundando en lo que dice Andrea: «Le gustaba ser feliz».

Durante aquel viaje de juventud entraron un día en una librería de segunda mano y, cuál no fue su sorpresa, se encontraron el primer libro de Lucia, Angel’s Laundromat, por tres dólares. Estaba feliz porque pudo regalárselo a Carlos, pero desconcertada por encontrarse a sí misma hecha un saldo. «¡Qué vergüenza!», escribió en español, señalando el precio. ¿Le preocupaba a Lucia la fama? «Ella me decía mucho que el escritor escribe y del escritr no depende el éxito», dice Cuarón. «Y me ponía de ejemplo sus libros».

«Cuando escribes quieres que alguien lo lea, claro que sí», había declarado Berlin en la entrevista con Paluck y Zupp. «Es como contar un chiste: quieres que alguien se ría». ¿Le importa que su obra se lea en las décadas por venir?, le preguntaron sus estudiantes. «Sí. Por alguna razón parezco muy modesta, porque no me importa el dinero o la fama o las reseñas del New York Times ni nada de eso. Pero me encanta la idea de que me lean dentro de mucho tiempo», contestó Lucia. «Me encanta la idea de que una niñita entre en una librería un día y descubra uno de mis libros. Así que en algún sentido, soy realmente ambiciosa».

Aquí estoy de Olga Tokarczuk

Tengo pocos años. Estoy sentada en el alféizar, a mi alrededor hay juguetes esparcidos por el suelo, torres de cubos derrumbadas, muñecas de ojos saltones. La casa está a oscuras, en las estancias el aire, poco a poco, se enfría, se debilita. No hay nadie; se han marchado, han desaparecido, cada vez más tenues se pueden oír todavía sus voces, su arrastrar de pies, el eco de sus pasos y alguna risa lejana. Al otro lado de la ventana el patio aparece desierto. La oscuridad se desliza suavemente desde el cielo. Se posa sobre todas las cosas como un negro rocío.

O más molesto es la quietud: espesa, visible; el frío crepúsculo y la luz mortecina de las lámparas de vapor de sodio que se sumerge en la penumbra apenas a un metro de su fuente.

No ocurre nada, el avance de la oscuridad se detiene ante la puerta de casa, el vocerío del eclipse se desvanece. Se forma una espesa tela, como la de la leche al enfriarse. Los contornos de las casas, con el cielo como telón de fondo, se alargan hasta el infinito, perdiendo sus ángulos agudos, bordes y aristas. La luz que se apaga se lleva el aire: no hay nada que respirar. La oscuridad penetra en la piel. Los sonidos se han enroscado y han echado para atrás sus ojos de caracol; la orquesta del mundo se ha ido alejando hasta desaparecer en el parque.

Esta tarde es un confín del mundo, lo he tocado por casualidad, mientras jugaba, sin querer. Lo he descubierto porque me han dejado un rato sola en casa, sin vigilar. Sin duda he caído en una trampa. Tengo pocos años, estoy sentada en el alféizar mirando el frío patio. Han apagado las luces de la cocina del colegio, todo el mundo se ha marchado. Las losas de cemento del patio han empapado la oscuridad y desaparecido. Puertas cerradas, celosías y persianas bajadas. Me gustaría salir, pero no tengo adónde ir. Solo mi presencia adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean, y eso duele. Enseguida descubro la verdad: ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20191011/47895229833/nobel-olga-tokarczuk-adelanto-los-errantes-avance-editorial-2019-literatura.html

Se publica "Los errantes" de Olga Tokarczuk, la rec... | Página12

Olga Nawoja Tokarczuk es una escritora y ensayista polaca, autora de adaptaciones escénicas, poeta y psicóloga. Ganadora del Premio Literario Nike de literatura polaca y del Premio Nobel de Literatura de 2018 anunciado el 10 de octubre de 2019.​ Wikipedia
Fecha de nacimiento29 de enero de 1962 (edad 58 años), Sulechów, Polonia
Nombre en polacoOlga Nawoja Tokarczuk

 

 

Gabo, Aureliano y la medicina, fragmento de cien años de soledad.

-¿Algo más? -le preguntó el coronel Aureliano Buendía.
El joven coronel apretó los dientes.
-El recibo -dijo.
El coronel Aureliano Buendía se lo extendió de su puño y letra. Luego tomó un vaso de limonada y un pedazo de bizcocho que repartieron las novicias, y se retiró a una tienda de campaña que le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el circulo de yodo que su médico personal le había pintado en el pecho. A esa hora, en Macondo, Úrsula destapó la olla de la leche en el fogón, extrañada de que se demorara tanto para hervir, y la encontró llena
de gusanos
-¡Han matado a Aureliano! -exclamó.
Miró hacia el patio, obedeciendo a una costumbre de su soledad, y entonces vio a José Arcadio Buendía, empapado, triste de lluvia y mucho más viejo que cuando murió.
traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos.» Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte.
Estaba todavía bajo el castaño, sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al coronel Aureliano Buendía envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos abiertos de rabia.

Estaba fuera de peligro. El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. «Esta es mi obra maestra -le dijo satisfecho-. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital.» El coronel Aureliano Buendía se vio rodeado de novicias misericordiosas que entonaban salmos desesperados por el eterno descanso de su alma, y entonces se arrepintió de no haberse dado el tiro en el paladar como lo tenía previsto, sólo por burlar el pronóstico de Pilar Ternera.
-Si todavía me quedara autoridad -le dijo al doctor-, lo haría fusilar sin fórmula de juicio. No por salvarme la vida, sino por hacerme quedar en ridículo.

Audiolibros para todos - (9) Cien años de soledad de gabriel ...

Un día de estos análisis del cuento

Un día de éstos” pertenece al libro de cuentos “Los funerales de la mamá grande”, publicado en 1962.

Para ver el cuento: https://sendero.blog/2018/11/15/un-dia-de-estos-de-garcia-marquez/

Pertenece al género literario narrativo, ya que relata un suceso o acontecimiento ficticio que se desarrolla en el tiempo, en el cual quedan por fuera los sentimientos del autor. En cuanto al sub-género, la obra es un cuento, dado que es una narración breve que consta de pocos personajes y de un suceso o acontecimiento simple.

La estructura interna de este cuento está compuesta por tres momentos;

el planteo, que es la presentación del dentista y de su labor, el desarrollo, que abarca el diálogo entre el dentista y su hijo y la entrada del alcalde y su extracción de muela, y el desenlace, que es la despedida entre el alcalde y el dentista. El cuento es relatado por un narrador externo, omnisciente, narra en tercera persona, se muestra distante y contenido, pues no se detiene a opinar sobre los hechos.

El título de la obra es simbólico y tiene dos posibles interpretaciones, “un día de éstos” ¿sería algo habitual o extraordinario la violencia política y social en el pueblo?, o ¿Qué puede ocurrir “un día de éstos” con esta violencia dictatorial ejercida en el pueblo?

                El tema o idea central del cuento es claramente el enfrentamiento entre los personajes protagonistas, el dentista y el alcalde y la tregua que se produce entre ambos. Cabe mencionar que en esta obra aparece un tercer personaje, el hijo del dentista, quien tendrá el papel de personaje secundario. La obra se ubica espacialmente en la ciudad de Macondo, ciudad inventada por el autor. 

 

Análisis Dentista

                El dentista, cuyo nombre es Aurelio Escovar, representa a la clase obrera. Aparece vistiendo una camisa a rayas, sin cuello, cerrada con un botón dorado y sosteniendo sus pantalones con tiradores elásticos, de postura rígida y muy delgado. Interiormente es un individuo recto, estricto consigo mismo, ordenado y hasta obsesivo. El narrador nos muestra una persona muy profesional y dedicada a su trabajo, obsesiva con la limpieza y el orden de sus instrumentos, madrugador y responsable en sus tareas. Aurelio Escovar recibía en el pueblo el trato de “Don”, ya que en la época era muy común este trato hacia alguien apreciado y respetado, y él, por su dedicación, profesionalismo y solidaridad era muy bien considerado en el pueblo, razón por la cual también, pudo ejercer su profesión de dentista sin título, ya que contaba con la plena confianza de la gente.

El dentista es un buen profesional, y lo demuestra por el orden y la limpieza de sus instrumentos, la temprana hora a la que se levanta para trabajar, su dedicación y su concentración, por ejemplo cuando se higieniza antes de atender al alcalde o cuando se sienta a pulir la dentadura postiza.

Don Aurelio se muestra como un personaje calmo y a la vez muy valiente, un claro ejemplo es, que tras recibir la amenaza del alcalde de que si no lo atendía recibiría un tiro, éste tranquilamente y sin exaltarse, respondió a la amenaza encarando la situación de igual manera, tomando su revólver de un cajón y girando lentamente en el sillón, ubicándose de frente a la puerta por donde entraría el alcalde, diciéndole a su hijo, quien actuaba como mensajero, que lo deje pasar al alcalde para que vaya a pegarle el tiro; “Bueno, dile que venga a pegarmelo”, es decir, que el dentista no hace pasar al alcalde debido a la amenaza, lo hace pasar para hacerle frente a la misma.

                En uno de los principales puntos del cuento, se ven reflejados los valores y principios humanos de éste personaje, que pese a la enemistad con el alcalde, decide atenderlo para extraerle la muela en el momento que lo mira a los ojos y ve en ellos la desesperación que el alcalde había pasado noches anteriores, es aquí que compadeciéndose del enemigo, decide ayudarlo, muestra piedad.

Al momento de atenderlo el dentista le dice al alcalde un seco “siéntese”, aquí podemos denotar la enemistad, las diferencias ideológicas entre ambos personajes, ellos luchan por diferentes objetivos y pertenecen a distintas castas y clases sociales. Seguidamente, aumenta nuevamente la tensión en el cuento, se da la situación en donde el dentista no puede anestesiar al alcalde dada la infección; “Tiene que ser sin anestesia -dijo. -¿Por qué? -Porque tiene un absceso”, lo que aun siendo verdad y cierto, genera desconfianza en el alcalde.

                Segundos antes de que el dentista le extrajera la muela, le dice al alcalde “aquí nos paga veinte muertos, teniente”, en un claro reproche y de forma ofensiva. Social, política y moralmente, para el dentista el alcalde representa el abuso de poder, el autoritarismo y la desigualdad, le reprocha en la cara su profesión tan poco humana, y que veinte muertos no es nada en comparación con la cantidad de gente que habría matado el alcalde.

Una vez extraída la muela del alcalde, el dentista le dice “séquese las lágrimas”, lo que marca cierta ironía en el gesto del dentista, las lágrimas que provocó una muela y no provocó la muerte de tanta gente inocente, actos dados por la profesión poco humana e injusta del alcalde.

Análisis Alcalde

 

                El alcalde es uno de los dos personajes principales del cuento junto con el dentista Don Aurelio Escovar. Este, dentro del texto representa la fuerza política, la violencia, el abuso de poder sobre el pueblo, en fin, es uno de los pilares del gobierno totalitario.

El alcalde aparece en el cuento de forma abrupta a través del hijo del dentista, quien es el enlace entre los dos personajes. El alcalde es la cara opuesta de Don Escovar, son dos bandos contrarios tanto en su forma de pensar, como en su forma de actuar. Él, es una persona que acostumbra recurrir a la fuerza para lograr sus objetivos, y nos damos cuenta de ello por la manera en que se dirige hacia Don Aurelio. A través del niño se ve claramente la poca paciencia y respeto hacia los demás, pues al no tener una respuesta positiva en primer término, recurre a la violencia, amenazando al dentista, que, sin embargo, le responde con total serenidad.

                   Este personaje es atormentado por un dolor de muelas, por lo tanto, acude a Don Aurelio quien es el único dentista del pueblo. El alcalde demora en acudir al dentista, dada su posición y su orgullo, sin embargo no le queda mas remedio que buscar ayuda nada menos que con su enemigo, debiendo dejar toda diferencia, tanto política como moral, de lado.

                   Se crea una tregua entre los personajes, un pacto que comienza cuando el dentista ve el sufrimiento del teniente en sus ojos y decide atenderlo. Al entrar al consultorio de Don Aurelio, el teniente dice “buenos días”, como forma de apaciguar la situación, ya que hace unos instantes le había amenazado de muerte.

Cuando el dentista prepara todos los materiales para curar el dolor del alcalde, este no deja de mirarle, no le pierde rastro a cada movimiento, lo que demuestra una actitud de desconfianza por parte del mismo, como consecuencia del temor a que Don Aurelio tome venganza. Pero el dentista es una  persona de principios muy sólidos, es un individuo que posee valores muy humanos y de soliradidad hacia los demás, todo lo contrario al alcalde.

               Mientras Don Escovar le sustraía la muela al teniente, éste observa en el techo del consultorio una tela araña polvorienta, insectos muertos y los huevos de la araña, lo que tiene una fuerte carga simbólica. La araña, aunque no mencionada de forma directa, representa la autoridad, el alcalde, el poder y la violencia ejercida sobre el pueblo. La tela araña polvorienta, el sistema ejercido; en este caso en concreto una dictadura militar, un sistema corrupto que reprime y limita la libertad del pueblo. Por otra parte, los insectos muertos simbolizan todas aquellas personas que han sido víctimas de las injusticias llevadas a cabo por el gobierno y, finalmente, los huevos de araña, representan la continuidad de esa cruda realidad.

               Una vez solucionado el problema del dolor de muela, el alcalde toma nuevamente su actitud de militar, dado que ya no sufre de dolor. Por lo tanto todo vuelve a la normalidad, se termina la tregua, los roles de cada personaje se restablecen y el distanciamiento entre ellos se presenta nuevamente, pues las razones que los obligaban a mantener la tregua ya no están.

                Cuando el dentista termina su trabajo, le pregunta al alcalde a quien le pasa la cuenta, a lo que este último le contesta “es la misma vaina”. A través de esta afirmación se puede ver claramente por un lado, el interés del alcalde por el dentista, que luego de haber conseguido su propósito se marcha, y por otro, la indiferencia ante quien va dirigida la “cuenta”, pues tanto el municipio como el alcalde, forman parte de la misma unidad.

Del sacamuelas al odontólogo - LA GACETA Tucumán

Análisis «Un día de estos» de Gabriel García Márquez»