Autora de Mi carta más larga, una de las tres novelas más importantes de la literatura africana, Mariama fue de las primeras escritoras en ofrecer una descripción de la condición de la mujer africana.

Nació en Dakar en 1929 dentro de una familia acomodada. Fue criada por sus abuelos, en un medio musulmán tradicional, ya que su madre murió cuando ella era muy niña. Esto hizo que desde muy tempranan edad se mostrara crítica con un sistema que la discriminaba por el simple hecho de haber nacido mujer y le negaba una educación por la que tuvo que luchar, ya que sus propios abuelos no creían que una mujer debiese recibir educación.

Su padre fue Ministro de Salud en 1956. Finalmente estudió en la Escuela Normal de Rufisque donde, en 1949, obtuvo el título de maestra de enseñanza primaria. Ejerció durante doce años llegando a ser inspectora escolar regional.

Fué esposa del diputado Obèye Diop con el que tendría 9 hijos y del cual se divorciaría años más tarde. Pionera en la lucha de los derechos de la mujer, participó en diversas organizaciones de mujeres y escribió artículos en periódicos locales. De delicada salud, murió de cancer en 1981.

Publicó su primera novela Une si longue letter [Mi carta más larga] (1979 y Premio Noma 1980) cuando tenía 51 años y trata de las confidencias de una viuda senegalesa, Ramatoulaye, a su mejor amiga, Aïssatou, divorciada, que ha dejado su país. Entre la resignación y la voluntad de cambiar su vida, el lector accede a un retrato íntimo sobre la condición femenina en África, en especial la injusticia y el desamor que comprende la poligamia y realiza una crítica ante temas como el sistema de castas, la familia o la religión.
Une si longue letter está traducida al castellano como Mi carta más larga (Ed. Zanzibar, 2005) y en catalán por Takusán Ediciones. Está considerada como una de las tres novelas más importantes de la literatura africana.

Su segunda novela, Un chant écarlate [Canto escarlata] (1981) trata del fracaso de un matrimonio interracial entre Ousmane, un humilde joven senegalés musulmán y Mireille, la hija de un diplomático francés, ambos estudiantes de filosofía en la Dakar de los años 80.

Es la primera escritora senegalesa en ofrecer una descripción, con una lucidez extraordinaria y un decir poético, la condición de la mujer africana, la ausencia de derechos y la poligamia.

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Mariama Bâ publicó esta su primera novela cuando tenía cincuenta y un años. A menudo se habla sobre los escritores que comienzan jóvenes, pero apenas se resaltan los que lo hacen a una edad más avanzada. Son los escritores del no en sentido contrario, los que se mantuvieron en silencio durante largos años, antes de decidirse a escribir. Ella lo hizo tarde, ya casi a las puertas de la muerte, y apenas tuvo tiempo de publicar otro libro en vida, dejando su segunda novela concluida poco antes de fallecer.
Mi carta más larga, es un libro que habla sobre la condición de la mujer en Senegal, es cierto, pero en su breve extensión trata con acierto un buen número de temas. No quiero repetir lo que ya se ha dicho y observado en múltiples críticas y reseñas realizadas sobre la obra. Prefiero limitarme a resaltar las dos o tres ideas más poderosas que me han quedado tras la lectura del libro.
A resaltar que las dos protagonistas, mujeres africanas, son mujeres que han decidido, en el ámbito personal ante la poligamia impuesta por sus respectivos maridos. Aïssatou, ante la aparición de la segunda esposa en su vida conyugal, decide abandonar al hombre y marcharse al extranjero. Ramatoulaye, permanecerá a su lado, pero irá dando a conocer sus razones y su cambio de actitud vital como mujer, como esposa y como senegalesa.
Por un lado, la protagonista realiza un ejercicio de introspección, durante el largo período de duelo, vuelve la vista a su vida pasada y va desgranando las causas y las razones que la han llevado hasta la situación actual en la que se encuentra, abandonada tras haber realizado con rectitud el papel que se supone corresponde a toda mujer (en este caso, dentro de la sociedad senegalesa, musulmana): cuidar al marido, tener hijos, trabajar en el hogar: “Su comportamiento está condicionado: una cuñada no toca la cabeza de una esposa que ha sido cicatera, infiel o ha faltado a la hospitalidad” (pág.12). Cuando el marido decide tomar otra esposa (poligamia) es cuando Ramatoulaye se ve obligada a ponerse delante del espejo. Su capacidad para sobreponerse a la situación, hasta el punto de no optar ni por culpar a la segunda mujer (una joven a la que su propia familia ha obligado a casarse con un hombre mucho mayor que ella, un ser roto e infeliz) ni por encerrarse en si misma y lamentar su suerte. Ramatoulaye desafía al mundo, rechazando sucesivos pretendientes, “no conformándose”, sintiendo que ha de erigirse en dueña de su propio destino.
Por otro lado, la narración nos va adentrando en una nueva época, con nuevos tiempos que ha traído la independencia de su país, la protagonista contempla la actitud de sus hijas que la llevan por otros caminos, una modernidad que viste pantalones y mantiene relaciones sexuales libres antes del matrimonio, o que comparte las tareas entre los dos, creando una unidad, una vida en pareja que se complementa. Una de sus hijas sopesará, incluso, la posibilidad de dar el paso a la política, idea que después descartará: “No quiero hacer política, no porque no me interese el futuro de mi país ni el de la mujer, pero al ver los forcejeos estériles en el seno de un mismo partido y las ansias de poder de los hombres, prefiero abstenerme” (pág. 114)
Desde la primera línea, el tono de la novela es el de la confidencia. Sientes que Ramatoulaye está abriendo su ser más íntimo a su mejor amiga, y el lector se siente testigo de estas confesiones. Ese aire intimista, delicado, poético, que alterna entre lo amargo y lo dulce, lo reivindicativo y lo cruel, no cesa en ningún momento. Nos hace partícipes de una vida que intenta ser vivida en plenitud, a pesar de los obstáculos, las tristezas y los sinsabores, una vida que se nos muestra abiertas las puertas de par en par, con esperanza en lo que vendrá.
Deformar un alma es tan sacrílego como un asesinato. Los profesores-tanto los del jardín de infancia como los de la universidad-forman un ejército noble de las proezas cotidianas, nunca cantadas, nunca condecoradas.Mariana Ba