coetze
Cuatro años antes de nacer John Maxwell Coetzee los ciudadanos negros de Sudáfrica habían dejado de tener derecho al voto. Cuando cumplió ocho años, la victoria del Partido Nacional llevó hasta límites inconcebibles su represión contra los negros. Coetzee tuvo ocasión de contemplar, desde la estupefacción, cómo la sociedad puede llegar a corromperse y a perder el norte hasta extremos inconcebibles. La sinrazón del apartheid , narrada desde un punto de vista desgarrador, fue el tema de algunas de sus principales novelas.
Quizás por ello, la Academia sueca, al concederle el premio Nobel en el año 2003 citara que éste le era concedido por ‘las innumerables maneras en que retrata, con la sorprendente implicación de un forastero’ la sociedad sudafricana.
Se distinguía así la trayectoria de un escritor cuyas novelas ‘se caracterizan por su buena composición, complejidad de diálogo y brillantez analítica’, pero que hace al propio tiempo ‘una crítica despiadada del racionalismo y de la moralidad de la civilización occidental’, reconocía la academia, que aseguraba en su comunicado oficial que nunca dos de sus libros siguen la misma receta.
Sudáfrica y los premios Nobel
Coetzee no era, sin embargo, el primer escritor de su país en conseguir el premio Nobel. Años antes (en 1991) lo había recibido su compatriota Nadine Gordimer, que criticó duramente también el tema del apartheid .
Coetzee nació en Ciudad del Cabo, en el seno de una familia de emigrantes británicos que participaron en la colonización de Sudáfrica. En 1971 se convirtió en profesor de la Universidad de Ciudad del Cabo, ejerciendo de traductor y crítico literario.
Fue en esa época cuando publicó su primera novela –‘Tierras en penumbra’- convirtiéndose desde entonces en un escritor incómodo para los gobernantes de su país. Posteriormente dio clases de literatura inglesa en la Universidad de Búfalo, en Estados Unidos. En 1984 regresó a Sudáfrica, donde ocupó la cátedra de literatura inglesa en la Universidasd de Ciudad de El Cabo hasta su retiro, en el año 2002, viviendo desde entonces en Australia.
Coetzee es, desde luego, uno de los escritores actuales con más distinciones en su haber. Al premio Nobel, recibido en el año 2003, hay que sumarle otros como el Booker Prize , el premio más prestigioso de literatura en inglés. Él fue el primer escritor que ganó esta distinción en dos ocasiones –la última en 1999, por su estremecedora novela ‘Desgracia’-. Otros premios que ha conseguido han sido el Prix Étranger Femina ; el Jerusalem Prize The Irish Times International Fiction Prize . En España ha sido galardonado con el Premio Llibreter en 2003 y el Premio Reino de Redonda en el 2001.
Los especialistas en su obra han destacado su estilo parco y carente de artificios, ‘tan directo al grano que sobresalta, que asusta, que apasiona’- con el que consigue emocionar: ‘logra que el lector le pida más de su tajante exposición con la ansiedad del niño que exige más chocolate’, ha afirmado Yolanda Arroyo.
En palabras de Armando G. Tejada, Coetzee es, ‘sin más, un escritor que día a día se parapeta entre miles de palabras y libros para contar el drama que ha vivido como testigo y protagonista; que susurra al oído de nuestra sordera cosas ya dichas con vehemencia por el hombre en su trágico trajín: que nuestro mundo agoniza; que nosotros –los habitantes de este entorno- nos odiamos sin remedio; que la palabra nos salva, si acaso, del suicidio…’.
Coetzee y Cervantes
Coetzee, gran admirador de Cervantes –‘He leído Don Quijote, la novela más importante de todos los tiempos, una y otra vez, como debe hacer todo novelista serio, porque contiene infinitas lecciones’-, es un literato que escapa de la catalogación al uso, un escritor comprometido que, al mismo tiempo, no entiende de más compromisos inquebrantables que con uno mismo: ‘Los artistas nunca pueden estar totalmente presentes ante el mundo: siempre deben tener un ojo puesto en su interior’. Un escritor que no se detiene en las normas de corrección social y que sabe sorprender en cada nueva obra. Un hombre que ha sido testigo de uno de los mayores dramas de la humanidad y que ha sabido gritar con su literatura para hacernos comprender.
El escritor de obras como ‘Desgracia’, ‘En medio de ninguna parte’ o ‘Esperando a los bárbaros’ es un hombre poco dado a las relaciones sociales, como bien ha demostrado a lo largo de su vida, pero el próximo viernes 15 de junio estará presente en la Universidad de Murcia. Su intervención tendrá lugar en el hemiciclo de la Facultad de Letras a las 19 horas, en acto organizado por el Vicerrectorado de Extensión Universitaria a través de su Servicio de Actividades Culturales.
El escritor acude a la Universidad de Murcia respondiendo a una invitación del profesor de Filología Latina José Carlos Miralles, cuya relación con el premio Nobel durante los dos últimos años ha fructificado en esta visita, en la que leerá fragmentos de su nuevo libro, aún inédito, ‘Diario de un año malo’.
Una oportunidad única, sin duda, para conocer de primera mano una de las voces más críticas, peculiares y valiosas del mundo de las letras actual. En palabras del escritor Javier Marías, ‘Las novelas luminosas y desconcertantes de J. M. Coetzee revelan que la verdad es siempre extranjera’.
En su novela Esperando a los bárbaros, Coetzee escribió lo que -a ojos de este lector- representa para él mismo la crueldad inherente de su vocación, la literatura:

Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción… Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.

Coetzee escribió a finales de los setenta una novela que a la postre se convirtió en una seña de identidad de su literatura, En medio de ninguna parte, un libro que llevó a este lector a reflexiones y sensaciones de imposible retorno. Por eso, a renglón seguido, citaré sólo algunos fragmentos de una obra que transpira inspiración, humanidad, genio y desazón:

Alguien tuvo que construir el edificio de la escuela, llenarlo de útiles escolares, poner un anuncio en la sección de anuncios semanales de la Gaceta Colonial para solicitar el concurso de una maestra, recibirla en el apeadero del tren, darle alojamiento en la habitación de invitados de su propia casa, pagar su estipendio correspondiente con objeto de que los niños de este rincón del desierto no crecieran sumidos en la barbarie, sino que fuesen con el tiempo dignos herederos de todas las épocas que nos han familiarizado con la rotación de los cultivos, Napoleón, Pompeya, los rebaños de ciervos que pueblan las heladas extensiones allá lejos, la anómala expansión del agua, los siete días que duró la Creación, las comedias inmortales de Shakespeare, las progresiones aritméticas y geométricas, las claves mayor y menor, el niño que metió el dedo en el arroyo, Rumpelstiltskin, el milagro de los panes y los peces, las leyes de la perspectiva y muchas cosas más.

De esta novela también he rescatado algunas preguntas sin respuestas del autor:

¿Quién, entre nosotros, es la bestia? Mis cuentos, cuentos son; no me asustan; tan solo posponen el momento en el cual he de preguntarme: ¿Es mi propio gruñido lo que oigo entre la maleza? ¿Soy yo la que hay que temer, voraz e inmoderada, porque aquí, en medio de ninguna parte, en donde el espacio irradia de mi interior hacia las cuatro esquinas de la tierra, nada hay que baste para detenerme?
¿Será posible que exista una explicación para todas las cosas que hago, y que esa explicación se encuentre en mi interior, como una llave que tintinea dentro de un bote, a la espera de que alguien la extraiga y la utilice para descerrajar el misterio?
¿Acaso, me pregunto, soy algo más que una mera cosa entre las cosas, un cuerpo propulsado a lo largo del camino por los tendones y las palancas de los huesos, o soy, antes bien, un monólogo que se desplaza a través del tiempo, a unos palmos sobre el nivel del suelo, si es que el suelo no resultara ser simplemente una palabra más, en cuyo caso es evidente que he vuelto a perderme?
¿Qué palabras les tengo reservadas a todos ellos? Separo los labios, se me ven los dientes amarillentos, notan el olor de mis muelas cariadas, se quedan helados cuando ruge sobre ellos el viejo, frío, negro viento que sopla de ningún lugar, de parte alguna, que sopla inacabablemente a través de mí.

En esta novela, En medio de ninguna parte, el Nobel de literatura también desnuda su visión filosófica de la existencia:

El viento sopla por doquiera, surge de todas las rendijas, todo lo transmuta en piedra, en la piedra glacial, gélida hasta en lo más hondo, de las estrellas más remotas, las estrellas que nunca llegaremos a ver, las estrellas que viven su vida de una infinidad a otra, en la oscuridad y en la ignorancia, si es que no las confundo con planetas. Sopla el viento en mi habitación, sopla por el ojo de la cerradura, por las grietas; cuando se abra esa puerta el viento me habrá consumido, me hallaré en la boca de ese negro vórtice sin oír, sin tocar, engullida por el viento en los intersticios que separan los átomos de mi cuerpo, que silba en las cavernas detrás de mis ojos…
Pasa el tiempo, una neblina que se adelgaza, se espesa y se la traga al fin la oscuridad. Lo que considero dolor, aunque no es más que soledad, empieza a apartarse de mí. Se me deshielan los huesos de la cara, vuelvo a ablandarme, un blando animal humano, un mamífero. La campana ha dado con su medida, cuatro golpes suaves, cuatro golpes fuertes, y con esa medida empiezo a vibrar, primero los músculos mayores, luego los más sutiles. Mis penurias me abandonan. Minúsculos bichos que salen de mí y se esfuman

La literatura de Coetzee también invita al lector a ese diálogo interior sin fisuras ni engaños, a que se refleje tal cual ante su propio espejo:

¿Por qué no podemos admitir que nuestras vidas están vacías, tan vacías como el desierto en que vivimos, y por qué nos pasamos la noche contando ovejas o fregando los platos con el corazón alegre? No alcanzo a entender por qué debiera ser interesante la historia de nuestras vidas. Se me ocurren de continuo pensamientos sesgados a propósito de todas las cosas.

La belleza del mundo, según Coetzee:

La belleza del mundo en que vivo me corta la respiración. Del mismo modo, según se lee, caen las escamas de los párpados de los condenados cuando avanzan hacia el cadalso o hacia el tajo del verdugo, y en un instante de gran pureza, aquejados por la pesadumbre que les acusa el tener que morir, dan a pesar de todo gracias por haber vivido. Quizá debiera renunciar a mi lealtad al sol para entregársela toda a la luna.

Pero así como Coetzee se expone sin cesar ante preguntas de hondo calado y, sobre todo, imposible respuesta, este escritor también hace las siguientes afirmaciones:

¡Qué purgatorio es vivir en este mundo insensible, donde todas las cosas salvo yo no pasan de ser meras cosas! Yo sola, la única mota de polvo que no da vueltas a ciegas, la única que intenta crearse una vida propia en medio de esta tormenta de la materia, de estos cuerpos que impulsa solamente el apetito, de esta idiotez rural. Me duele el brazo, no estoy acostumbrada a correr de esta forma, se me escapa un pedo mientras camino. Tendría que haber vivido en la ciudad; la codicia, ese sí que es un vicio que entiendo perfectamente…
¡No es justo! Nacida y arrojada a un vacío en medio del tiempo, no alcanzo a comprender las formas cambiantes. Todo mi talento sirve solamente para la inmanencia, para el fuego o el hielo de la identidad que reside en el corazón de las cosas. La lírica es mi único medio, y no la crónica. Mientras me encuentro en esta habitación no veo al padre y al amo que se muere en su lecho, sino la luz del sol que se refleja en la impía brillantez de su frente perlada de sudor; me llega ese olor que tiene la sangre en común con la piedra, con el aceite, con el hierro, el olor que notan quienes viajan a través del tiempo y del espacio, que inhalan y exhalan en la negrura, la vacuidad, el infinito, ese olor que sienten al pasar a través de las órbitas de los planetas muertos, Plutón, Neptuno, los planetas aún por descubrir, tan distantes como ellos mismos: el olor que despide la materia cuando es tanta la vejez que tan solo prevalece el deseo de dormir. Oh, padre, padre, si al menos me fuera dado conocer tus secretos, traspasar la carcoma de tus huesos, oír el tumulto de tu tuétano, el canto de tus nervios, flotar en la corriente de tu sangre y llegar al fin a ese mar en clama en el que nadan mis incontables hermanos y hermanas, ondeando las colas, sonrientes, susurrándome quién sabe qué, pero a propósito de una vida aún por venir…

Coetzee se desnuda también en su novela Esperando a los bárbaros, en la que escribió uno de los fragmentos más bellos y contundentes de su literatura, con la que a pesar de haber sido transcrita antes, me gustaría finalizar este artículo, hecho a modo de homenaje a un escritor que tengo presente, sin remedio, a diario:
Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción.
Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.

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