Todo un premio Nobel de Literatura como John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940) pasaba por la Feria del Libro del recién finalizado 2018 para presentar su última obra, un libro de relatos bajo el título de Siete cuentos morales, tras hacerlo previamente en la Feria del Libro de Buenos Aires. Y este premio Nobel da una conferencia previa y explica en las entrevistas de promoción que ha decidido sacarlo traducido al castellano antes de que salga en inglés, por estar cansado del dominio de ese idioma en el  planeta. Toda una declaración de intenciones que tiene mucho que ver con su evolución y su posición en el mundo.

 

Reconozco ser fan de Coetzee. Me gusta seguirle la pista  desde aquellas novelas que me cautivaron: Desgracia, Esperando a los bárbarosElizabeth Costello, Vida y época de Michael K o Foe. En todas ellas, este escritor, nacido bajo el sistema político del apartheid formando parte de la minoría blanca, ha intentado a través de la literatura subvertir el orden impuesto ante los grandes problemas de su país y de la humanidad. No en vano, su posición en el país que le vio nacer ha sido muy clara: “Nuestra presencia en aquel territorio era legal pero no legítima”. Quizá por ello decidió marcharse a Australia. Coetzee nos ha regalado personajes literarios inolvidables, sobre todo los de índole femenina. La protagonista de Foe, Susan Barton, nos acerca a una revisión del mito de Robinson Crusoe y su carácter fuertemente colonialista desde el punto de vista de una mujer. La más importante de sus personajes literarios femeninos ha sido Elizabeth Costello, su alter ego femenino, una mujer escritora que intenta cuestionar el mundo que ha recibido y que vuelve a aparecer en varios relatos del último libro, Siete cuentos morales. El título quizá desmerece, al menos para mí, porque tiene algo de esa mala conciencia que Coetzee ha tenido por ser blanco en un país negro como Sudáfrica, por sentirse intruso, por quedarse sin patria. En estos cuentos morales, con un lenguaje depurado, con un narrador en presente que sobrevuela por encima de todo, paisajes y personajes, aparecen dos temas que son una constante en las últimas obras de Coetzee: nuestra relación como seres humanos con los animales, y el enfrentamiento con la vejez y la muerte, hasta el punto de que la muerte de los animales está indisolublemente unida a la humana. Es Coetzee en el crepúsculo, a punto de cumplir 80 años.

Cada uno de los cuentos tiene al final la fecha de elaboración“El perro” está escrito en 2017; “Una historia” data del año 2014; “Vanidad” es del año 2016; “Una mujer que envejece” tiene una fecha que va del 2003 al 2007; “La anciana y los gatos” está escrito entre 2008 y 2013; “Mentiras” es del 2011 y “El matadero de cristal” fue escrito entre 2016 y 2017. Buena costumbre la de poner el tiempo de elaboración que puede llevar un cuento, máxime si quien lo ha escrito es todo un Premio Nobel.

Para mí los mejores cuentos son aquellos en los que aparece Elizabeth Costello —son también en los que ha invertido más tiempo de escritura—, un personaje que quiere vivir sus últimos días como a ella le da la gana, no como sus hijos quieren que haga; es también el reencuentro con una vieja amiga que ya habíamos conocido en el año 2003, el mismo en que Coetzee recibió el Premio Nobel. Y es en ella en quien pone todo el peso moral de la denuncia de algo que viene siendo una constante en el escritor: el maltrato animal. Tanto es así que en el último relato, “El matadero de cristal”, afirma lo siguiente:

Se me ocurrió que la gente tolera la matanza de animales porque no ve nada de lo que pasa. No ve, ni oye, ni huele. Se me ocurrió que si hubiera un matadero en funcionamiento en medio de la ciudad, donde todos pudieran ver y oler y oír lo que pasa adentro, la actitud de la gente podría cambiar. Un matadero de cristal. Con paredes de cristal.

Este relato está enfocado en el hijo de Elizabeth Costello, que recibe los últimos manuscritos de su madre por si ella muere y para que no se pierdan. Contraposición madre-hijo, réplica al planteamiento de la madre, sin querer tomar postura, sino marcar el problema desde un punto de vista filosófico. Según decía Heidegger, los animales no tienen conciencia y, por tanto, tampoco de la muerte, en tanto que los hombres sitúan la esfera de la muerte y de la vida en un planteamiento racional. Elizabeth Costello, fijándose en las relaciones del filósofo con Hannah Harendt dice lo siguiente:

Ese hombre que piensa que la garrapata tiene una experiencia paupérrima del mundo, menos que paupérrima, ese hombre para quien la garrapata no tiene noción del mundo más allá de su incesante olisquear mientras espera que se aproxime una fuente de sangre; ese hombre, sin embargo, está hambriento de esos momentos de éxtasis en que su noción del mundo se reduce a nada y él se pierde en transportes sensuales en los que no interviene la mente

Con todo, lo más interesante del libro está en  la posición ante la muerte a nivel global  y, sobre todo, en la necesidad de decidir cómo queremos vivir los últimos días, el último tiempo, ese otoño que es la antesala.

En “Una mujer que envejece” relata el encuentro de la protagonista con su  hija —Coetzee tiene un hijo y una hija, como Elizabeth Costello—, que le ofrece vivir en su casa, con sus nietos, y la anciana se niega:

Me has hecho la propuesta, la escuché y te prometo pensarla. Es muy poco probable que acepte, como habrás adivinado. Mi pensamiento va en una dirección totalmente distinta. Hay algo en que los viejos superan a los jóvenes: en morir. A los viejos les atañe morir bien, mostrar a los que siguen cómo puede ser una buena muerte. En esa dirección va mi pensamiento. Me gustaría concentrarme en morir bien… Una buena muerte ocurre lejos, en algún lugar donde gente extraña se hace cargo de los restos mortales, gente que está en el negocio de las funerarias. De una buena muerte, uno se entera por telegrama

Hay dos cuentos, “Mentiras” y “La anciana y los gatos” que están situados en España, donde la protagonista decide comprarse una casa y pasar en ella los últimos días de su vida. En “El perro”, con el que se abre el libro y que, en cierto modo, se aleja del resto, vemos un país, el miedo al diferente, el educar en el odio, el tener una casa sin ventilar y sin dejar que los nuevos aires entren.

¿Estáis dispuestos a presentarme el perro, de modo que me conozca, que vea que no soy una enemiga, que no me propongo hacerle daño? Los dos viejos se miran. El aire de la habitación está enrarecido, como si no hubieran abierto ninguna ventana durante años

En cualquier caso, como ocurre con las obras de Coetzee, aunque sea en forma de estos Siete cuentos morales, el lector puede volver una y otra vez a ellos, porque se quedan ideas y frases en la cabeza, dando vueltas, pensando lo que ha querido decir, lo que dice, lo que insinúa y lo que nos plantea como propuesta vital. Nada de ello es desdeñable:

No puedo avanzar. Hay algo que me está faltando. Antes podía hacer que las cosas avanzaran, pero parece que ya no puedo, que no tengo esa capacidad. Los engranajes se traban, las luces se van apagando. Parece que el mecanismo en que confiaba para avanzar ya no funciona. No te alarmes. Es la naturaleza, el modo que ella tiene de decirme que ya es hora de reconocer los hechos.

Es esa naturalidad a la hora de aceptar los hechos lo que recorre todo el libro. Con Coetzee siempre me pasa lo mismo. Y siempre termino pensando: he aquí la esencia de la vida.

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Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de tiempo (Menoscuarto,