Pamela Lyndon Travers la creadora de Mari Poppins

La vida de la autora de la famosa novela superó sus creaciones literarias. Su padre era alcohólico, peleó con Walt Disney cuando vio la adaptación de su libro y su vida personal fue más que complicada por ser lesbiana y haber adoptado un niño.

La vida de la escritora de Mary Poppins, Pamela Lyndon Travers Julie Andrews, Walt Disney y P.L. Travers la noche del estreno de Mary Poppins. Emily Blunt le daría vida 54 años después a la niñera mágica. Foto: CORTESÍA DISNEYFOTO – ARCHIVO PARTICULAR – PARTICULAR

Hace poco estrenaron la secuela de Mary Poppins. Esta vez, con la impecable interpretación de Emily Blunt y Lin-Manuel Miranda, tuvo un reparto que cualquiera envidiaría: Meryl Streep, Colin Firth, Angela Lansbury y Emily Mortimer. Los pequeños sorprendidos por la niñera mágica no son menos destacados, en especial el adorable Joel Dawson.

La película apela a la nostalgia. Los niños que cuidó hace 54 años Mary Poppins ya son adultos y tienen el reto de salvar de un embargo la casa donde siempre han vivido. Mientras tanto, la niñera con un bastón que habla y un maletín de artilugios inexplicables vivirá grandes aventuras. La cinta revive la pulcritud y el carácter de Mary Poppins. La escenografía, las coreografías y la música homenajean la primera versión de la película. En cuanto a efectos, recuerdan los de 1964. Algunos críticos han visto todo ello como una virtud y otros como un despropósito.

Le recomendamos: La influencia de Mary Poppins en García Márquez

A propósito del regreso de esta fascinante historia, vale la pena recordar a quien le dio vida a Mary Poppins: la actriz, poeta, escritora y periodista Pamela Lyndon Travers, quien tuvo una vida que para algunos supera la de las creaciones de su mente. Nació en Australia en 1899, la mayor de tres hermanos. Su padre era Travers Robert Goff, un banquero que quedó en la quiebra y quien tenía graves problemas con el alcohol. Su madre, Agnes Morehead, era sobrina de un presidente de Queensland (Australia).

P.L. Tra-vers estaba tan desilusionada con la película de su obra que dejó escrito en su testamento que “ningún norteamericano podría adaptar Mary Poppins”. A la derecha, en su juventu

Cuando la pequeña Pamela tenía 7 años, su padre murió en medio de un ataque de epilepsia, pero ella siempre pensó que falleció por el exceso en la bebida. La familia quedó en la ruina, así que se vieron obligados a mudarse con una tía rica. Cuando era una adolescente, Pamela empezó a escribir para algunos medios locales. La apoyaron las principales figuras del Celtic Twilight, entre ellos William Butler Yeats.Tiempo después viajó con una compañía de teatro shakespeariana por Australia y Nueva Zelanda.

Mary Poppins para los expertos es más una colección modernizada de fábulas antiguas e historias de enseñanza, que lo que se ha visto en la pantalla grande.

Más tarde, en 1924, se mudó a Inglaterra, donde empezó a escribir con el seudónimo L.P. Travers. Allí dejó volar su imaginación. Pero solo 10 años más tarde publicó Mary Poppins. El libro, que ella nunca consideró para niños, fue un éxito en ventas. Así que Travers siguió escribiendo sobre esa nana mágica y salieron siete secuelas. La última de la serie, Mary Poppins y la puerta de al lado, fue publicada en 1988.

Vea también: El lado oscuro de Disney

En esa época pasaron muchas cosas en su vida personal, y en la profesional, por supuesto. Vivió varias relaciones sentimentales con hombres, pero tuvo su relación más estable con la hija de un dramaturgo inglés, Magde Burnand. Estuvieron juntas 30 años. Las críticas y los cotilleos de la gente eran implacables. Pero a Travers poco le importaban.

A principio de los años cuarenta, cuando ya gozaba de tranquilidad económica, decidió que quería ser madre. Fue a uno de los suburbios de Dublín y encontró a una pareja de abuelos que tenían a su cargo seis pequeños cuyos padres habían muerto. Se enamoró de un niño que no tenía más de un año. Los abuelos le insistieron que no se lo llevara porque tenía un hermano gemelo. Travers no aceptó quedarse con los dos. Decidió entonces consultar a una astróloga para ver cuál de los dos bebés “le traería menos problemas”. De ese modo escogió a Camillus. Cuando el niño fue creciendo le dijo que ella era su madre biológica y que su padre era un empresario exitoso y que había fallecido en un accidente.

Pero a los 17 años el adolescente se enteró de todo. Recibió su golpe más duro al descubrir que mientras él vivía con comodidades, su hermano gemelo aguantaba hambre y vagaba en las calles, al igual que sus otros hermanos. Ni qué decir de la suerte de sus abuelos. Fue tan duro el shock que, como el padre de Travers, el joven Camillus se refugió en el alcohol. En su momento a Travers la llamaron “la mala madre de Mary Poppins”.

Eso no es todo. En esa misma época en que Travers le hablaba a su pequeño hijo de la tragedia de su padre, Walt Disney escuchaba a su pequeña Diane reírse mientras leía. Un día le preguntó: “¿Qué te causa tanta gracia?”. La pequeña, que en ese momento tendría unos 8 años, le dijo: “Mi libro favorito, ‘Mary Poppins’ ”. Disney, quien ya poseía el emporio de la producción de dibujos animados, intentó en repetidas ocasiones lograr que la señora Travers le vendiera los derechos para llevar a Mary Poppins a la pantalla grande. Ella se negó porque temía que distorsionaran la esencia de su libro.

La versión protagonizada por Julie Andrews hizo famoso al personaje.

Solo 20 años más tarde Travers accedió a la oferta de Disney. Lo hizo cuando le propusieron que la película tendría personajes vivos y que ella aprobaría el guion. Se trataba de una negociación sin precedentes para Disney. Los autores de películas como Cenicienta habían muerto hace tiempo y no pudieron hacer objeciones.

La película apela a la nostalgia. Los niños que cuidó hace 54 años Mary Poppins ya son adultos y tienen el reto de salvar de un embargo la casa donde siempre han vivido.

De ese modo, en 1964 Julie Andrews le dio vida a Mary Poppins. Sin embargo, detrás de esta producción hay varias anécdotas poco agradables pero interesantes. Tanto así que en 2012 la empresa hizo una película sobre las negociaciones entre Disney y L.P. Travers, titulada El sueño de Walt. La protagonizó Tom Hanks, como Walt Disney, y Emma Thomson en la piel de la escritora.

Le puede interesar: La nieta rebelde

Pero la película dista mucho de lo que pasó en la vida real. Travers aseguró en varias entrevistas que no estaba de acuerdo con muchas de las concesiones que hacía en el guion. Según ella, lo único que logró que no se modificara era que no habría una historia de amor entre Mary Poppins y el limpiachimeneas Bert.

Era tal el malestar que finalmente Travers desistió. El día del estreno no la invitaron, pero ella llegó de todas formas. Según reveló el escritor Jerry Griswold en The Washington Post, Travers salió llorando de la desilusión: “Sintió que Disney había trivializado su libro, transformándolo en un musical empalagoso (…) todo estaba tan distorsionado que sentí que nunca volvería a escribir” –me dijo–.

La película que tanto odió la escritora de Mary Poppins, en cambio, le aseguró su prosperidad económica, logró un recaudo impresionante y ocho nominaciones al Óscar, de los que obtuvo cinco.

Pero eso no fue suficiente para Travers. Tanto así que no aceptó hacer las adaptaciones de las siguientes secuelas de su obra y en su testamento dejó escrito que “ningún norteamericano podrá hacer adaptaciones de ‘Mary Poppins’ ”. En otra entrevista dijo: “Es como si tomaran una salchicha, tiraran el contenido pero mantuvieran la piel y llenaran la piel con sus propias ideas, muy lejos de la sustancia original”.

Según han dicho varios conocedores de la obra de Travers, el libro original es un camino al pensamiento mitológico, con referencias a la Biblia, las deidades griegas y las parábolas sufíes. La compararon con obras de William Blake, el budismo zen y las creencias sobre la diosa hindú Kali. Mary Poppins para los expertos es más una colección modernizada de fábulas antiguas e historias de enseñanza, que lo que se ha visto en la pantalla grande.

Pamela Lyndon Travers pasó los últimos días de su vida sola en Londres. Falleció a los 96 años en 1996. Antes de morir dijo en una entrevista: “Mary Poppins no está perdida. Ella todavía está en alguna parte. Solo tienes que ir a buscarla”.

https://www.semana.com/gente/articulo/la-vida-de-la-escritora-de-mary-poppins-pamela-lyndon-travers/596783

Christina Stead, el poder de la satira, Australia

Tomado de letras libres:https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/christina-stead-el-poder-la-satira

 

Inaccesible, extraña e iracunda. Una mujer tan celosa de su intimidad y tan increíblemente malhumorada que terminó convirtiéndose en su peor enemiga. Tormentosa, excéntrica, polémica. De sexualidad ambigua fruto de una infancia llena de carencias emocionales no resueltas. Talentosa, sí, pero también desorbitada, impúdica y tan rencorosa que sus novelas están impregnadas por la crueldad y el deseo de venganza. Nada femenina. Nada estable. Conclusión: una nota a pie de página en la narrativa del siglo XX.

Este fue el diagnóstico que la crítica hizo sobre la personalidad de Christina Stead (Sídney, 1902-1983) y ese su veredicto. Qué peso tuvo en ello su condición de mujer es complicado de saber. Lo que sí es innegable es que, a pesar de haber escrito una de las novelas más originales, turbadoras, brillantes e inclasificables del siglo –El hombre que amaba a los niños, publicada por primera vez en Estados Unidos en 1940–, Stead protagoniza uno de los capítulos más llamativos de los errores de la historia de la literatura contemporánea.

Errores, malentendidos o prejuicios: las fronteras entre unos y otros se confunden. A menudo, el primer juicio público es determinante, porque de él beben todos los demás. También cuentan las biografías, en especial las que se atreven a especular y sesgar. Y cómo no, los escrúpulos y convenciones de la época, los tabúes y las suspicacias. Un poco de todo esto se produjo en el caso de la australiana, reconocida hoy día como una de las grandes escritoras en lengua inglesa del pasado siglo pero aún poco leída y casi no traducida al español.

Christina Stead fue la única hija del primer matrimonio de David George Stead, un biólogo marino y conservacionista avant la lettre que se casó dos veces más y tuvo otros cinco hijos. A los veintiséis años, Stead se marchó de Australia, al parecer escapando del carácter autoritario y controlador de su padre, y ya no regresó hasta ser una anciana. Vivió en Francia, en España, en Inglaterra y, sobre todo, en Estados Unidos, donde escribió gran parte de su obra –un total de doce novelas y varios volúmenes de cuentos, además de guiones para Hollywood en los años cuarenta–. Fue pareja del escritor y economista marxista William J. Blake, con quien se casó en 1952, cuando él al fin obtuvo el divorcio de su anterior esposa. Su primera novela, Seven poor men of Sydney (1934), cuenta la historia de siete estibadores desde la perspectiva del realismo social; la última,I’m dying laughing: The humourist (publicada de manera póstuma en 1986) se inspiró en la vida de la escritora Ruth McKenney y quedó inacabada. La dedicación de Stead a la escritura fue total –se documentaba de forma exhaustiva para cada uno de sus libros–; aunque, de toda su obra, la única novela que ha obtenido resonancia es The man who loved children, de fuerte componente autobiográfico.

En las fotos que han quedado de ella destacan su expresión sarcástica y la mirada inteligente. Los labios permanecen apretados, las cejas arqueadas y predomina cierta adustez en su porte. Solo en algunas se permite una ligera sonrisa, más bien como una mueca. Su aspecto, su actitud, el hecho de no tener hijos, la escasa atención que le prestó la crítica e incluso sus simpatías políticas contribuyeron, no hay duda, a que se forjara una imagen estereotipada de ella que tuvo su mayor exponente en la biografía de Hazel Rowley de 1993. Según Rowley, las privaciones emocionales a las que se vio sometida Stead de niña dificultaron sus siguientes relaciones sociales, en especial con otras mujeres. La destrucción de muchos de sus papeles privados y la imposibilidad de acceder a entrevistarla parecen dar carta blanca a Rowley para elucubrar sobre estos vacíos y crear la leyenda de una mujer de genio excesivo, en todos los sentidos. También resulta llamativa otra biografía posterior, The enigmatic Christina Stead: a provocative re-reading (1997), de Teresa Petersen, en la que se insinúa un lesbianismo reprimido a partir del análisis de sus personajes femeninos y de las relaciones heterosexuales que aparecen en sus libros, siempre negativas y frustrantes. Su largo matrimonio con Blake, especula Petersen, podría obedecer más a la necesidad de encontrar una figura paterna que una pareja sentimental. No hay pruebas que sustenten estas afirmaciones, pero el morbo, obviamente, está servido.

¿Una escritora intimista?

El problema de las biografías tendenciosas no está en sus conclusiones –que no escandalizan a nadie–, sino en el achatamiento de la lectura y la banalización de una obra que contiene muchos otros elementos que parecen no importar porque no apoyan las tesis de partida. Es lo que dice Anne Pender en Christina Stead: satirist (2000), un estudio en el que se ponen de relieve las implicaciones políticas y la importancia de la sátira en la obra de Stead. Los análisis intimistas, que diseccionan la sexualidad y la interioridad emocional de las escritoras, desprecian o infravaloran otras dimensiones atribuidas por lo regular a los escritores hombres, como el impacto crítico o el alcance político y social de sus libros. En este sentido, Pender recuerda que la tercera novela de Stead, House of all nations (1938), abordaba la corrupción de la banca europea en la década de los treinta y el clima paralelo de corrupción moral que llevó al ascenso del nazismo, y que con Letty Fox: her luck (1946), uno de sus libros más polémicos, Stead dio comienzo a una historia satírica de Estados Unidos que va desde inicios del XXhasta la misma Guerra Fría. Stead fue una de las escritoras más radicales del siglo y nunca se frenó ante los tabúes de su época, afirma Pender: si hubiera querido explorar la homosexualidad en sus libros, lo habría hecho sin subterfugios.

La aparición en 2002 en Camberra de una caja de cartas personales también vino a demostrar que la escritora vivió con el pie puesto en su realidad y que intervino activamente en ella, difuminando así la imagen de mujer reprimida y vengativa que vivía mirando solo sus traumas interiores. Asimismo, estas cartas desmienten que se tratara de una persona desagradable y con dificultades para relacionarse, ya que contó con amistades literarias tanto en Estados Unidos como en Australia, se carteó con ellas y fue bien considerada por su entorno. Se ha recuperado parte de la correspondencia que mantuvo, por ejemplo, con Arthur Miller y Nathanael West, así como con la editora y activista por los derechos humanos Cyrilly Abels, con la que Stead hablaba de asuntos políticos y sociales en los años sesenta –en especial sobre el movimiento de liberación negro– con el fin de documentarse para sus libros.

Jonathan Franzen, el defensor más sonado de su obra, insinúa que la posible razón por la que Stead permaneció excluida del canon durante tanto tiempo es que su ambición no fue la de escribir “como una mujer”, sino “como un hombre”, una posición que debió incomodar a ambas partes, por lo que supone escapar del territorio asignado como propio para entrar en el considerado como ajeno. Franzen señala que en House of all nations hay más semejanzas con William Gaddis, o incluso con Thomas Pynchon, de las que cabría esperar de una escritora de habla inglesa en los años treinta. Y en particular le resulta sorprendente que la crítica académica –en especial los estudios de género que con tanta fuerza comenzaron a desarrollarse a partir de los sesenta– no considerase un texto central su obra maestra, El hombre que amaba a los niños. A este respecto, menciona un estudio realizado en 1980 en el que se recogía a los cien autores del siglo XX más citados en textos académicos, y en el que aparecían mujeres como Margaret Atwood, Gertrude Stein y Anaïs Nin… pero no Christina Stead.

El inigualable clan de los Pollit

El hombre que amaba a los niños cuenta la historia de una familia, los Pollit, encabezada por Sam Pollit, un narcisista misógino y charlatán que pregona su amor por la naturaleza y por toda la humanidad al tiempo que se comporta como un déspota con su mujer y sus seis hijos. Sam se autocompadece continuamente y culpa a los demás de que sus sueños no se cumplan: “Madre Tierra, te amo, amo a los hombres y a las mujeres. A los niños pequeños y a todas las cosas inocentes. Siento que soy el amor personificado… ¡Cómo pude elegir a una mujer que iba a llegar a odiarme tanto!” Este imitador de Walt Whitman cree estar llamado a una gran misión, por lo que todos han de plegarse a sus manías y excentricidades. Su megalomanía no tiene límites; su imbecilidad, tampoco. Alterna insultos y golpes con ñoñerías y juegos santurrones; exige que lo admiren en cada una de sus teorías y creencias; es insaciable y caótico; con su egoísmo arrastra a su familia a la miseria económica y moral.

Si bien Sam Pollit, que se autodenomina Sam el Intrépido, se configura como un personaje esencial, también es fundamental Henny, su segunda mujer, que una vez fue una chica bien de Baltimore pero que ahora rebosa odio y resentimiento por su desgraciada vida, detestándose a sí misma tanto como detesta a sus propios hijos: “Todo el día babeando a mi alrededor y llamando amor a eso, llenándome de niños mes tras mes y año tras año, mientras yo te odiaba y te detestaba y te gritaba al oído que te apartaras de mí, pero no me soltabas […] He tenido que aguantar tus repugnantes animales y tus colecciones idiotas y tu fertilizante orgánico apilado en el jardín y tus charlas interminables. ¡Tus charlas y charlas y más charlas, que tanto me aburrían y que me saturaban los oídos!” La guerra entre el matrimonio es tan feroz como soterrada, y se desarrolla fundamentalmente a través del lenguaje. Los hijos son enviados como emisarios de los reproches y los insultos. Por el camino, también se llevan lo suyo.

El tercer personaje clave, una especie de alter ego de Stead niña, es Louie, la hija mayor fruto del primer matrimonio, una preadolescente gorda, fea y patosa que no puede echar de menos el cariño porque “no lo había conocido”. Louie es la hija peor tratada, pues tiene una madrastra a la que le repugnan todos sus defectos –y que no se priva de decírselo– y un padre que ha puesto en ella todas sus esperanzas y que la castiga a diario porque no cumple sus insensatas expectativas. “Papá, no quiero ser como tú”, protesta Louie en uno de los sublimes diálogos de la novela, pero Sam ridiculiza sus deseos, se mofa de sus aficiones, la manipula y le corta las alas privándola de ir a la escuela cuando ve que se le va de las manos.

Contado así, parecería que El hombre que amaba a los niños es, básicamente, un drama cruel y aterrador, y aunque sin duda hay crueldad y terror en la historia, el singular tratamiento que hace Stead del lenguaje, así como la abundancia de diálogos delirantes y de situaciones estrafalarias en la trama, la asemejan más a una ácida sátira de esos cantamañanas con poder que buscan redimir a quienes los rodean –llámense padres de familia de altos ideales, líderes religiosos o dirigentes políticos–. Sam Pollit, por ejemplo, tiene una solución para acabar con los males de la humanidad: exterminar a los débiles de una manera selectiva, esto es, la eugenesia. Su manera de exponer este método pone los pelos de punta a cualquiera –sobre todo cuando pensamos en el año de publicación del libro, 1940–, pero también mueve a la risa por el patetismo ridículo del personaje, que en verdad se cree un redentor: “Mi sistema, que he inventado yo mismo, podría denominarse Homohombre o bien Homohumanidad […] Homohombre sería el estado en que quedaría el mundo después de eliminar a los inadaptados y a los degenerados […] Esta gente sería adiestrada y estaría ansiosa por crear al nuevo hombre y, con él, al nuevo estado de la perfección social del hombre.” El asesinato, insiste Sam repetidas veces, “quizá sería algo hermoso, una abnegación, el sacrificio de alguien cercano y querido por el bien de los demás. ¡Yo lo entiendo así, Lulu! […] Quizá haya que asesinar a miles, pero no se haría de manera indiscriminada como en la guerra, sino eligiendo a los no aptos y metiéndolos en cámaras letales, sin causarles dolor. Esta solución beneficiaría a la humanidad, al dejar el camino libre para lograr una raza eugenésica”.

Sam Pollit se asemeja a Hynkel, la caricatura de Hitler en El gran dictador de Charles Chaplin –y seguimos en 1940–, cuando juega con la bola del mundo y suelta sus aterradores discursos entremezclados con tosecitas afeminadas. Como Hynkel, Sam es un niño grande, cruel y con poder y, como él, está inflamado de delirios de grandeza. De ahí que invente su propio lenguaje, lleno de neologismos, rimas, juegos de palabras y apelativos de pretensiones ingeniosas que esconden un inmenso deseo de control, porque, al crear un idioma nuevo manipulando el antiguo, alcanza –piensa él– la categoría de demiurgo. Sus hijos, en especial los más pequeños, tratan de imitar ese lenguaje para congraciarse con él, y responden a su llamada a pesar de la deformación de sus nombres: “Nes-Paine (Ernest), Ratón-Venado (Evie), Géminis-Rareza (los gemelos), Cabeza de Toro (Tommy), seguid a tuan Pollit a ver a los janimales.” Es de justicia, por cierto, reconocer la labor de los traductores de esta novela de setecientas páginas, tarea nada fácil teniendo en cuenta la palabrería de Sam el Intrépido… y del resto de la familia –la edición española en Pre-Textos cuenta con la traducción de Silvia Barbero y prólogo de Felipe Benítez Reyes.

La novela se sitúa en Washington, y no en Sídney –tal como fue escrita en un principio–, por imperativo de los editores, que creyeron que así sería más comercial –pues, ¿quién querría leer la historia de una loca familia australiana?–. No fue precisamente buena idea, ya que, debido al cambio de localización, la novela fue criticada por su falta de verosimilitud en la recreación de la mentalidad estadounidense, y se le reprocharon numerosos errores en las descripciones geográficas. La crítica de Mary McCarthy en The New Republic fue negativa en este y otros aspectos, al tildarla de incoherente, desorbitada y llena de anacronismos. McCarthy calificó a la autora de vengativa por el tratamiento que da a los personajes y, aunque admitió que la novela es impactante, el efecto creado, dijo, no es literario: su hechizo es el “hechizo de la monstruosidad”. Difícil de leer, larga, disparatada, fueron otros de los calificativos que la novela recibió en críticas posteriores, por lo que pasó inadvertida y apenas reunió unos pocos lectores.

El renacer de una escritora híbrida

Veinticinco años después, en 1965, el poeta y crítico Randall Jarrell escribió un largo y laudatorio prólogo para una nueva edición de El hombre que amaba a los niños, ocasionando el renacer de esta novela que ya parecía del todo olvidada. No obstante, y a pesar de este valioso empujón, Stead continuó siendo una autora de culto, muy minoritaria, y hubo que esperar un poco más, en concreto hasta 2005, cuando la revista Time incluyó El hombre que amaba a los niños entre las cien mejores novelas publicadas en inglés desde 1923. El aldabonazo definitivo llegó algo más tarde, en 2010, cuando Jonathan Franzen, rendido de admiración, escribió un encendido elogio en The New York Times, calificándola de obra maestra. En su artículo “Rereading The man who loved children”, Franzen confiesa la extraña fascinación que le produce este libro, a pesar de ser incómodo, largo, difícil y que, a su lado, Revolutionary road suene como Todo el mundo quiere a Raymond. Ni siquiera el final de esta novela –su extraño happy ending– satisface a nadie y hasta su planteamiento podría ser considerado retrógrado, dado que el abuso doméstico se presenta como parte consustancial y casi inevitable de la familia. Sin embargo, el libro atesora méritos incontables que consiguen que la historia mueva a la compasión y la risa, forjando una experiencia lectora para la que no es fácil encontrar parangón. “Muchos novelistas consiguieron hacer obras maestras construyendo un personaje imborrable”; Stead construyó tres: Sam, Henny y Louie, afirma Franzen. Para él, Sam Pollit es, en realidad, un prototipo muy estadounidense –una especie de Gran Padre Blanco o de Tío Sam–, mientras que Louie se configura como la némesis de Sam, la hija que ter- minará inventando también su propio lenguaje para poder escapar del clan de los Pollit.

Hay sin duda una perspectiva feminista en la historia, pero desde un feminismo rabioso, complejo y contestatario que tiene su exponente en la trayectoria y ulterior liberación de Louie –no exenta de crueldad–. Los personajes femeninos de Stead ansían dar un giro a sus vidas, tanto que son capaces de hacerlo caiga quien caiga. Algo de esto sucede en otra de las obras más conocidas de Stead, la polémica Letty Fox: her luck, una suerte de novela picaresca protagonizada por una chica que encadena una con otra sus aventuras sexuales. La narración en primera persona y la explicitud de una historia llena de engaños y traiciones resultó tan incómoda en la época que la novela estuvo prohibida durante años en Australia por considerarse “vulgar” y “escabrosa”.

Stead fue una escritora marginal en muchos sentidos: por el tipo de libros que escribió, por la actitud que tomó ante su profesión y también por sus propios orígenes. La profesora Louise Yelin, en su ensayo From the margins of empire (1998), la relaciona con Doris Lessing y Nadine Gordimer en el sentido de que las tres se sitúan en la intersección de lo colonial y lo poscolonial, lo moderno y lo posmoderno, además de la frontera que de por sí establece el género –fueron mujeres blancas que nacieron y crecieron en colonias o excolonias británicas–. La obra de Stead, como la de Lessing y la de Gordimer, es de carácter híbrido y refleja, explícita o implícitamente, la cuestión de la identidad nacional, así como los cambios que supuso el nuevo orden político y cultural que vio nacer. Sería interesante conocer esa otra dimensión de su obra aún no traducida al español. ~

Christina Stead.

El pájaro canta hasta morir de C o l l e n M c C u l l o u g h, Australia

A la ‘hermana mayor» JEAN EASTHOPE

Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida, y lo hace más
dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra. Desde el momento en que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo. Entonces, cantando entre las crueles ramas, se clava él mismo en la espina más larga y afilada. Y, al morir, envuelve su agonía en un canto más bello que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto superlativo, al precio de la existencia. Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonríe en el cielo. Pues lo mejor sólo se compra con grandes dolores… Al menos, así lo dice la leyenda.

 

El libro se encuentra en la dirección electrónica

Haz clic para acceder a el-pajaro-espino.pdf

Autora australiana, Collen McCullough estudió Medicina en la Universidad de Sydney, trabajó como neuróloga en el Hospital Royal North Shore de Sydney. Marchó a Inglaterra trabajando cuatro años en el Gran Ormond Street Hospital de Londres, y de allí fue a Estados Unidos para trabajar como investigadora y profesora en la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale en New Haven.

Mientras trabajaba, comenzó a escribir, publicando por primera vez en 1974, y como consecuencia del éxito obtenido, abandonó su profesión para dedicarse exclusivamente a la escritura, fijando residencia en la isla de Norfolk. Varias de sus novelas, fueron llevadas al cine, y la que le dio fama, El pájaro espino, fue llevada a televisión como serie. Fue miembro de la Academia de las Ciencias de Nueva York y de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia.

Sus novelas destacaron por su rigor histórico y sus tramas románticas.

Si desea ver la película:

 

Resultado de imagen para Colleen McCullough

El jardín olvidado de Kate Morton. Australia.

El lugar donde se acurrucó estaba oscuro, pero la pequeña hizo como le ordenaron. La dama le había dicho que aguardara, que aún no estaba a salvo, tenía que estarse tan quieta como los ratones de una alacena. La niña supo que era un juego, como el escondite. Detrás de los barriles de madera, la niña escuchaba. Evocó una
imagen en su mente, tal como su padre le había enseñado. Muy cerca, unos hombres, que supuso eran marineros, gritaban a otros más lejos. Voces fuertes y toscas, llenas del mar y su sal. En la distancia las sirenas de los barcos, los silbatos, los remos al chocar contra el agua; y más allá, el grito de las grises gaviotas de alas extendidas para absorber los rayos del sol.
La dama regresaría, eso había dicho, pero la pequeña deseaba que fuera pronto. Había estado esperando largo tiempo, tanto que el sol había recorrido el cielo y ahora calentaba sus rodillas bajo su vestido nuevo. Prestó atención, esperando oír el ruido de las enaguas de la dama siseando contra los tablones del muelle. El taconeo de
sus zapatos, apresurados, siempre apresurados, como nunca habían sonado los de su madre. La pequeña se preguntaba, de esa forma vaga y despreocupada de los niños que son muy queridos, dónde estaba su mamá. Cuándo regresaría. Y también se preguntaba acerca de la dama. Sabía quién era, había escuchado a la abuela hablar de ella.
La dama se llamaba la Autora y vivía en una pequeña casa en los límites de la propiedad, más allá del laberinto. Se suponía que la pequeña no lo sabía. Se le había prohibido jugar en el laberinto de setos espinosos. Mamá y la abuela le habían dicho que era peligroso aproximarse al acantilado. Pero a veces, cuando nadie la observaba, a la pequeña le gustaba hacer cosas prohibidas.
Motas de polvo, cientos de ellas, danzaban en el haz de luz solar que se filtraba entre los dos barriles. La pequeña sonrió y entonces la dama, el acantilado, el laberinto y su madre abandonaron sus pensamientos. Extendió un dedo y trató de apresar una mota. Se rió del modo en que las motas se acercaban para luego escabullirse. Los ruidos más allá de su escondrijo eran ahora diferentes. La pequeña podía escuchar el barullo de cosas moviéndose, de voces excitadas. Se inclinó hacia la rendija y apretó su rostro contra la fría madera de los barriles. Con un ojo examinó los muelles. Piernas, zapatos y dobladillos de enaguas. Retazos de coloridas cintas de papel se agitaban de un lado a otro, y en el muelle, resabiadas gaviotas a la caza de migajas. Hubo un bandazo y el enorme barco gimió larga y gravemente desde el interior de su vientre. Las vibraciones pasaron a través de los tablones del muelle hasta la punta de los dedos de la pequeña. Se
produjo un instante de tensión en el que se encontró conteniendo la respiración, las palmas extendidas a los lados, luego el barco se puso en marcha y se apartó del muelle. La sirena sonó y hubo una ola de vítores, gritos de «Bon voyage». Estaban en camino. Hacia América,
un lugar llamado Nueva York en donde papá había nacido. Ella los había oído cuchichear sobre el tema durante un tiempo, mamá diciéndole a papá que deberían partir tan pronto fuera posible, que no podían permitirse seguir aguardando.
La pequeña volvió a reír; el bote se deslizaba sobre el agua como una ballena gigante, como Moby Dick en el cuento que su padre le leía con frecuencia. A mamá no le gustaba que le leyera semejantes historias. Decía que eran demasiado aterradoras y que le metían ideas en la cabeza que luego no podrían sacarle. Papá siempre besaba a
mamá en la frente cuando ella decía cosas por el estilo, le decía que tenía razón y que tendría más cuidado en el futuro. Pero así y todo continuaba contándole historias a la pequeña sobre la gran ballena. Y otras —que eran sus favoritas— de un libro de cuentos sobre viejas ciegas y doncellas huérfanas y un largo viaje por alta mar. Él se aseguraba de que mamá no se enterara, que fuera su secreto.

La pequeña entendió que había secretos que no podían compartir con mamá. Mamá no estaba bien, había estado enferma desde antes de que naciera la niña. La abuela siempre estaba diciéndole que se comportara bien, recordándole que si mamá se enfadaba
algo terrible podría sucederle y todo sería por su culpa. La pequeña amaba a su madre y no quería entristecerla, no quería que algo terrible sucediera, así que mantenía esas cosas en secreto. Como las historias fantásticas, y el jugar cerca del laberinto, y las veces en que papá la había llevado a visitar a la Autora en la casa de los límites
de la propiedad.
—¡Ajá! —exclamó una voz junto a su oído—. ¡Te encontré!
—El barril fue apartado y la pequeña parpadeó bajo la luz del sol.
Parpadeó hasta que el dueño de la voz se movió y bloqueó la luz. Era
un muchacho grande, de ocho o nueve años, supuso—. Tú no eres
Sally —dijo. La pequeña negó con la cabeza. —¿Quién eres?
Se suponía que no debía decir a nadie su nombre. Era un juego
que estaban jugando ella y la dama.
—¿Y bien?
—Es un secreto.
Él frunció la nariz y sus pecas se juntaron.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros. Se suponía que no debía mencionar a la dama. Papá siempre se lo estaba recordando.
—¿Dónde está Sally, entonces? —El niño se impacientaba. Miró a derecha y a izquierda—. La vi correr en esta dirección. Estoy seguro de ello.
Se escuchó una fuerte risa más allá, en el muelle, y el ruido de
pasos a la carrera. El rostro del niño se iluminó.
—¡Rápido! —dijo y comenzó a correr—. Se está escapando.
La pequeña inclinó la cabeza por delante del barril y lo vio escabullirse entre la multitud en persecución de un torbellino de pequeñas enaguas.
El hormigueo de sus pies la incitaba a seguirle.
Pero la dama había dicho que esperara.
El niño se estaba alejando. Esquivó a un hombre rollizo de
bigotes encerados que fruncía el ceño de tal modo que sus facciones se juntaban en el centro de su rostro como una familia de cangrejos asustados.
La pequeña rió. Tal vez todo fuera parte del mismo juego. La dama le recordaba más a una niña que a los adultos que conocía. Tal vez ella también
estuviera jugando. Salió de detrás del barril y se puso lentamente de pie. El pie
izquierdo se le había dormido y ahora sentía calambres. Esperó un
momento a que le volviera la sensibilidad, mirando mientras el niño
doblaba por una esquina y desaparecía. Después, sin pensarlo dos veces, salió a la carrera detrás de él.
Con pasos veloces y el corazón cantándole en el pecho.

Para bajarlo en pdf

https://sites.google.com/site/jangbrowufstyl/el-jardin-olvidado-45127094

Resultado de imagen para kate morton biografia

 

Kate Morton es una escritora australiana nacida en el año 1976 en la localidad de Berri. Creció en la zona de Tamborine Mountain.

Después de terminar sus estudios secundarios se trasladó a Inglaterra para estudiar en el Trinity College London, centro en el que se licenció en Oratoria y Drama. Más tarde, de vuelta a su país, se instruyó en literatura inglesa en la Universidad de Queensland, ubicada en Brisbane.

En el año 2006 debutó como novelista con “La Casa De Riverton” (2006), libro con ambiente aristocrático británico que gira en torno al suicidio de un joven poeta durante una fiesta de la alta sociedad.

kate-morton-bibliografiaMás tarde aparecieron títulos como “El Jardín Olvidado” (2008), misterio en torno a una niña que aparece en un barco que viaja desde Londres hacia Australia; y “Las Horas Distantes” (2010), novela protagonizada por Edie Burchill, quien pretende desentrañar el enigmático pasado de su madre criada en su adolescencia en el castillo Millderhust junto a la excéntrica familia Blythe; o “El Cumpleaños Secreto” (2012), misterio en torno a Laurel, una actriz de éxito atormentada por un crimen que contempló en su niñez.

En “El Último Adiós” (2015) una investigadora privada se involucra en la misteriosa desaparición de un niño en Cornualles. Tres años después publicó “La Hija Del Relojero” (2018), otra historia de intriga criminal que vincula presente y pasado, en este caso una archivista de Londres que investiga sucesos criminales entre artistas en el siglo XIX en una casa de campo de Berkshire.

Kate Morton, que ha manifestado influencias de Evelyn WaughDaphne Du MaurierIan McEwanNancy Mitford, las hermanas Brontë, Enid Blyton, Agatha Christie o Kazuo Ishiguro, está casada con un músico de jazz.

Comentarios de Libros

El Jardín Olvidado (2008)
Las Horas Distantes (2010)
El Cumpleaños Secreto (2012)
La Hija Del Relojero (2018)

Las nueve caras del corazón de Anita Nair Literatura Hindú

Cuando Chris, un periodista inglés, llega al sur de la India para entrevistar y escribir sobre Koman, un conocido maestro de danza kathakali, se encuentra con un mundo lleno de magia y no sospecha la cantidad de recuerdos y sentimientos dormidos que van a aflorar con su llegadaRadha, la sobrina de Koman, es una mujer de espíritu independiente,casada desde muy joven y sin hijos, que con la llegada del inglés descubrirá que hay una vida mucho más apasionante que la que lleva con su marido Shyam. Pero la estancia de Chris revelará también historias
ocultas de su familia. Koman rescatará del pasado la historia de amor entre su padre indio y su madre musulmana, quienes vivirán un amor imposible que tal vez más tarde él acabe por repetir.Con la misma sensibilidad que demostró en El vagón delas mujeres, Anita Nair describe a través de las voces de Radha, su esposo Shyam y su tío Koman, la India actual,sus raíces milenarias y las pasiones y los deseos que rigen la vida de las personas.
Bueno, ¿por dónde empiezo?La cara. Sí, empecemos por la cara, que refleja las mudanzas del corazón. Es con la cara con la que transmitimos pensamientos en un lenguaje sin sonidos. ¿Te sorprende esta idea? Te gustaría saber cómo puede existir un lenguaje sin sonidos. No lo niegues. Leo la pregunta en tus ojos.Me doy cuenta de que sabes muy poco sobre el mundo al que te quiero llevar.Entiendo que te preocupe que pueda estar más  allá de tu comprensión. Pero quiero que sepas que consideraría que mis intenciones han fracasado si no consiguiera transmitirte amenos una parte del amor que profeso amarte. Cuando acabe, espero que sientas lo mismo que yo. O casi lo mismo.Confía en mí. Es lo único que te pido.Confía en mí y escucha. Y confía en tu inteligencia. No dejes que otros decidan por ti qué es lo que está a tu alcance y qué es lo queestá fuera de él. Te aseguro que eres capaz de abarcar todo esto y mucho más.Mírame. Mírame a la cara. La cara desnuda, despojada de colores y maquillaje,de brillos y adornos. ¿Qué vemos en ella? La frente, las cejas, las fosas nasales, la boca, la barbilla y treinta y dos músculos faciales.Estas son nuestras herramientas y con ellas tenemos que trazar el lenguaje sin palabras.Las navarasas: amor, desprecio, pena, furia,valor, miedo, disgusto, asombro y paz.En la danza, como en la vida, no necesitamos más que nueve formas de expresarnos. Las podríamos llamar las nueve caras del corazón. 
Con el tiempo, cada uno de ellos lo recordaría de manera diferente. Pero mientras vivieron nunca llegó a borrarse el recuerdo de aquel momento de magia. La luz que bañaba la escalera de aluminio, arrojando en su sombra un resplandor blanco; la brisa que refrescaba el aire sobre los charcos que quedaban en el lecho del río. Chris esperando, una isla de quietud en aquel andén abarrotado de ferrocarril. Estaba de pie, haciendo caso omiso de las miradas curiosas, de los pilluelos que le rodeaban con ojos hambrientos y las palmas extendidas, de los vendedores que le incitaban a probar sus mercancías. No se había dado cuenta de que su equipaje obstruía el acceso a la escalera mecánica y provocaba las protestas y los gruñidos de la gente, que tropezaba con las maletas.
Chris miró alrededor, con espirales de luz atrapadas en su cabello y lo que parecía estuche de un violín gigante inclinando su cuerpo hacia un lado. Como para compensar,su boca dibujaba una línea ladeada y reflexiva.Se quedaron quietos un momento,mirándole. Luego, él levantó los ojos y los vio al final de la escalera. Un hombre mayor, una mujer joven y un hombre no tan joven.Vacilante, inseguro, eclipsando el paso de la luz e interrumpiendo el flujo de las pisadas.La línea se suavizó en una curva, un gestode alegría tan transparente y tan ajeno a lo quehabría de venir después que sintieron, todos y cada uno de ellos, como si el ala de una polilla, suave y etérea, acariciara sus almas.Fue una caricia tan breve y deliciosa que la echaron de menos dolorosamente en el mismo instante en que pasó.Tal fue la magia de aquel momento.Luego, como si le correspondiera dar el primer paso, la mujer joven se adelantó. —Hola, tú debes de ser Christopher Stewart —dijo—. Yo soy Radha. Bienvenido.Extendió la mano en su dirección, al mismo tiempo que él juntaba las suyas en un gesto de
namaste, como sugería su guía turística que debía hacer para saludar a las mujeres en la India.Ella dejó caer su mano como si la hubieran regañado. Él extendió la suya como pidiendo perdón. Con aquel barullo de gestos, modales y torpezas se plantó Chris en una tierra desconocida. —Hola, soy Chris. Encantado de conocerte, Radha —dijo su nombre suavemente, separando las sílabas, reteniéndolas en la memoria, saboreando cada grupo de sonidos. Radha se estremeció. La forma de pronunciar su nombre acarició la base de su columna vertebral como un manojo de
plumas. Para romper el hechizo, se volvió hacia el hombre no tan joven. —Este es Shyam —dijo. —Sham —dijo Chris casi con un chillido,como si se hubiera pillado los dedos con una puerta. ¿Qué clase de nombre era aquél? Y más aún, ¿qué especie de fiera era aquel hombre?, se preguntó mientras liberaba los dedos de su apretón. Abrió y cerró lentamente los dedos casi entumecidos a su espalda.Ignorando el dolor de Chris, el hombre no tan joven protestó: —Impostor. No soy un impostor. Me llamo S-h-y-a-m.
1
Pero Chris ya se dirigía al hombre mayor. —Y usted, señor —dijo despacio. Le habían dicho que el anciano sabía un poco de inglés—, usted debe de ser el señor Koman. El anciano asintió con la cabeza. Chris sonrió inseguro. En los pocos días que llevaba
en la India ya se había enfrentado a aquel movimiento de cabeza y todavía no había conseguido descifrar si significaba un sí o un no. Radha se acercó al hombre mayor. —Tío —dijo—, éste es Christopher Stewart. Chris habló lentamente, sin saber hasta qué punto le entendería el anciano. —Su amigo Philip Read me ha hablado mucho de usted. Me siento muy honrado de que haya accedido a recibirme.El anciano le tomó ambas manos entre las suyas y sonrió. La calidez de su mirada le caló muy hondo. Chris dejó que sus ojos se deslizaran sobre la cara del anciano,examinando cada uno de los rasgos en busca de una curva, una línea familiar.Vio las patas de gallo que arrugaban sus ojos bajo las espesas cejas. Vio los prominentes pómulos que tensaban la piel de viejo dándole una expresión casi juvenil y, luego, vio el hoyuelo de la barbilla y sintió una llamarada en su interior. Dejó que sus ojos bajaran hasta sus manos entrelazadas. Hola, dijo en silencio. Hola, anciano de otro lado del mar. Hola, posible padre. Hola,hola, hola…

Aita Nair. Las nueve.jpg

La mujer del ganadero de Henry Lawson, Australia

La casa tiene dos habitaciones; está construida con troncos,
tablas y corteza fibrosa, y el suelo está hecho de tablas resquebrajadas. La cocina, también de corteza, está al final y es más
grande que el resto de la casa, terraza incluida.
Alrededor sólo hay monte. Un monte sin fin en una eterna
llanura. No hay colinas a la vista. El monte es de manzanos
enanos y carcomidos. Pero no hay arbustos, ni nada en que
descansar la vista, salvo el verdor de algunas encinas cuyo follaje
susurra sobre un arroyo seco. Hay que recorrer diecinueve millas
para encontrar alguna señal de civilización: una choza junto a la
carretera principal.
El ganadero, que tuvo en su día tierras propias, está lejos,
conduciendo rebaños de los grandes propietarios, mientras que su
mujer y sus hijos se quedan aquí solos.
Los niños están jugando alrededor de la casa; son cuatro, y
tienen un aspecto andrajoso y polvoriento. De pronto uno de
ellos grita:
—¡Una serpiente! ¡Mamá, aquí hay una serpiente!
La mujer, delgada y de piel morena, sale precipitadamente de
la cocina, recoge al pequeño del suelo, lo apoya sobre su cadera
izquierda y coge un palo.
—¿Dónde está?
—¡Aquí! ¡Se ha metido en el montón de leña! —grita el hijo
mayor, un pilluelo de once años de cara delgada—. ¡Quédate ahí,
mamá! ¡La cogeré! ¡Apártate! ¡Maldita sea! ¡La cogeré!
—Tommy, ¡ven aquí o te morderá! Ven en seguida cuando te
llamo. ¡Basta ya, te digo!
LA MUJER DEL GANADERO
28
El más pequeño acude inmediatamente con un bastón más
grande que él. De repente, grita triunfante:
—¡Se cuela por allí, por debajo de la casa! —y se lanza a
perseguirla con el palo en alto. El perro, que es grande, negro y
tiene los ojos amarillos propios de su raza, muestra un enorme
interés por el incidente, rompe la cadena y echa a correr detrás de
la serpiente. Pero llega demasiado tarde y, cuando mete la nariz
por la grieta de la pared, la cola de la serpiente ya se ha
escondido. A su vez, el niño al golpear con el bastón le pela la
nariz al perro, quien apenas lo nota y sigue inspeccionando la
casa. Con un poco de esfuerzo consiguen amansarlo y lo atan. No
pueden permitirse el lujo de perderlo.
La mujer del ganadero hace que los niños se queden juntos
cerca de la caseta del perro mientras que ella vigila a la serpiente.
Pone leche en dos platos y los deja junto a la pared para hacerla
salir; pero una hora más tarde aún no se ha dejado ver.
Pronto se pondrá el sol, y se aproxima una tormenta. Los niños
deberían entrar en casa, pero ella sabe que la serpiente está allí y
que en cualquier momento podría asomar por una de las grietas
del suelo. Por eso, hace varios viajes a la cocina cargada de leña
y luego lleva a los niños allí. El suelo de la cocina es de tierra o
«natural» como dicen en esta zona. Sienta a los niños a una gran
mesa de madera sin pulir que hay en el centro. Son dos niños y
dos niñas, muy críos. Les da algo de cenar y antes de que
oscurezca, entra rápidamente en la casa para coger algunas
sábanas y almohadas, temiendo que la serpiente se le pueda
aparecer entre la ropa. Improvisa una cama para los niños en la
mesa y se sienta al lado para vigilar durante la noche.
Tiene los ojos bien abiertos, un palo a mano, el costurero y un
ejemplar de Young Ladies’ Journal. El perro también está con
ellos.
Tommy se va a la cama protestando; dice que permanecerá
despierto toda la noche y destrozará a esa maldita serpiente.
Su madre recuerda cuántas veces le ha advertido que no diga
palabrotas.
El niño se ha llevado el bastón a la cama. Su hermano, que está
a su lado se queja:
LA MUJER DEL GANADERO
29
—¡Mamá! ¡Tommy no hace más que molestarme con el palo!
¡Quítaselo!
Tommy:
—¡Cállate enano! ¿O quieres que te muerda la serpiente?
Jacky se calla.
—Si te muerde —dice Tommy—, se te hinchará y apestarás.
Te pondrás rojo y verde y azul y de todos los colores, y entonces
reventarás. ¿Verdad mamá?
—Vamos, no asustes al niño —dice ella—, y haced el favor de
dormir.
Los dos pequeños se ponen a dormir. Jacky no para de
quejarse de que está «apretujado», y al final su hermano tiene
que dejarle más sitio.
Entonces Tommy dice:
—¡Mamá! ¿Oyes esos pequeños rabopelados de m***? Me
gustaría retorcerles el jo*** pescuezo.
Jacky protesta adormilado:
—¡Pero si esos pequeños de m*** no nos hacen ningún daño!
Madre:
—¡Oye! ¿Cómo tengo que decirte que no enseñes palabrotas a
Jacky?
Pero lo que ha dicho Jacky la hace sonreír.
Jacky se queda dormido.
Poco después, Tommy pregunta:
—¡Mamá! ¿Crees que llegará un día en que exterminen a los
malditos canguros?
—¡Pero por Dios! ¿Cómo quieres que sepa yo eso, criatura?
¡Duérmete!
—¿Me despertarás si sale la serpiente?
—Sí… Duérmete ya.
Es casi medianoche. Los niños están durmiendo; ella continúa
allí sentada, a ratos cosiendo, a ratos leyendo. De vez en cuando
echa una mirada al suelo y al zócalo y cuando oye un ruido
agarra el palo. La tormenta se acerca y el viento que se cuela por
las grietas de las paredes de piedra amenaza con apagar la vela,
LA MUJER DEL GANADERO
30
que coloca con reparo en la rinconera y protege con un periódico.
A cada relámpago, las grietas de la pared brillan como plata
pulida. Se desencadena la tormenta y empieza a llover a cántaros.
Caimán, el perro, está estirado a sus anchas en el suelo, con los
ojos vueltos hacia un tabique interior; y gracias a esto, ella sabe
que la serpiente está allí. En ese tabique hay enormes grietas que
se abren por debajo del suelo de la vivienda.
Ella no es cobarde, pero recientemente han sucedido cosas que
le han sacudido los nervios. No hace mucho, al hijo pequeño de
su cuñado le mordió una serpiente y murió. Además, hace seis
meses que no tiene noticias de su marido y está preocupada por
él.
Él era ganadero, y empezó a ocupar estas tierras cuando se
casaron, pero la sequía de 18** lo arruinó y tuvo que sacrificar
los animales y marcharse a trabajar para los grandes propietarios.
Cuando está en casa, suele llevar a la familia al pueblo más
cercano, y cuando no está, su hermano, que vive en la carretera
principal, les trae provisiones cada mes. La mujer tiene aún un
par de vacas, un caballo y unas cuantas ovejas. De vez en
cuando, su cuñado mata una oveja; ella se queda con lo que
necesita y él se lleva el resto a cambio de provisiones.
Está acostumbrada a quedarse sola; en una ocasión su marido
estuvo fuera durante un año y medio. Como todas las chicas, de
joven, ella también construyó castillos en el aire, pero aquellas
esperanzas y anhelos ya se han desvanecido. Ahora toda la
distracción y el entusiasmo que desea lo encuentra en Young
Ladies’ Journal, y a la pobre le encanta mirar las ilustraciones de
moda.
Tanto su marido como ella nacieron en Australia. Él es algo
despreocupado, pero un buen marido al fin y al cabo. Si pudiera,
la llevaría a la ciudad y la trataría como a una reina. Están
acostumbrados a vivir separados, al menos ella sí lo está. «¿Para
qué atormentarse?», suele decir. Quizá haya momentos en los
que él olvide que está casado, pero siempre que vuelve a casa con
dinero se lo da casi todo a ella. Antes de que la sequía lo
arruinara, la llevaba a la ciudad, alquilaba un coche-cama en el
ferrocarril y se hospedaban en los mejores hoteles. Además, en
LA MUJER DEL GANADERO
31
una ocasión incluso le compró una calesa, aunque más tarde
tuvieron que venderla, junto con todo lo demás.
Las dos hijas pequeñas nacieron en la casa, una mientras su
marido traía a la fuerza a un médico borracho para que la
atendiera. Ella estaba sola, y se sentía débil. Había estado
enferma y con fiebre, y pidió a Dios que le enviara ayuda. Dios le
envió a la Negra Mary, la aborigen más «blanca» de la región.
Uno de sus hijos murió cuando su marido no estaba allí y ella
cabalgó diecinueve millas con el niño muerto en busca de ayuda.
Deben ser cerca de la una o las dos. El fuego arde lentamente.
Caimán está echado con la cabeza apoyada sobre las patas,
mirando hacia la pared. No es un perro demasiado bonito; la luz
descubre viejas cicatrices donde el pelo no volverá a crecer. No
teme a nada sobre la faz de la Tierra ni debajo de ella; atacaría a
un buey con la misma facilidad con que atraparía a una mosca.
Odia a todos los perros (excepto a los de la caza del canguro) y
siente una gran antipatía hacia los amigos o conocidos de la
familia, aunque apenas les visitan. A veces se hace amigo de
extraños. Odia las serpientes y ha matado muchas, pero algún día
lo morderá una y Caimán morirá: la mayoría de los «perros
serpiente» acaban así.
De vez en cuando, la mujer deja su trabajo y observa, escucha
y piensa. Piensa acerca de su propia vida, pues hay poco más en
qué pensar.
Gracias a la lluvia, la hierba volverá a crecer. Eso le recuerda
cómo luchó una vez para apagar un incendio en el monte, cuando
su marido se encontraba lejos. La hierba estaba seca y muy
crecida, y el fuego amenazaba con abrasarla. Se puso unos
pantalones viejos de su marido e intentó apagar las llamas con
una rama verde, hasta que gotas de un sudor negro le cubrieron la
frente y le resbalaron por los brazos ennegrecidos. A Tommy le
divertía ver a su madre en pantalones; el niño trabajó a su lado
como un pequeño héroe, aunque gritaba con fuerza para que lo
cogiera en brazos y, de no haber sido por cuatro hombres
valientes que llegaron justo a tiempo, el fuego la habría vencido.
LA MUJER DEL GANADERO
32
Fueron momentos de una gran tensión: cuando fue a coger al
niño, éste gritó y se debatió con fuerza creyendo que se trataba
de un «negro»; y Caimán, confiando en el instinto del chiquillo
más que en el suyo propio, atacó furiosamente, y (puesto que era
viejo y ligeramente sordo) tan emocionado como estaba, no
reconoció en un primer momento la voz de su dueña, por lo que
no la soltó hasta que Tommy tuvo que obligarlo a echarse atrás
golpeándolo con la correa de una silla de montar. El dolor que el
perro sentía y su impaciencia por que los demás comprendieran
que todo había sido un error resultaban evidentes: una enorme
sonrisa bastó para reconfortarlo. Fue un episodio glorioso para
los niños; un día para recordar y del que hablar y reír durante
muchos años.
Recuerda cómo luchó contra una inundación estando su
marido ausente. Permaneció durante horas bajo un fuerte aguacero y cavó un canal de desagüe para salvar la presa del arroyo.
Pero no lo consiguió. Una campesina tampoco lo puede hacer
todo. A la mañana siguiente la presa estaba rota y su corazón
también estuvo a punto de romperse al pensar cómo se sentiría su
marido cuando volviera a casa y viera destrozado el fruto de
meses de trabajo. Entonces lloró.
También se enfrentó a «la pleuro», medicó y sangró las pocas
reses restantes y lloró de nuevo cuando murieron sus dos mejores
vacas.
En otra ocasión luchó contra un novillo enloquecido que sitió
la casa durante un día. Hizo balas y las disparó con una vieja
escopeta por entre las grietas de la pared. Al día siguiente el
novillo había muerto. Lo despellejó y obtuvo 7 peniques con 6
chelines por su piel.
Hace frente asimismo a los cuervos y águilas que tienen la
vista puesta en sus gallinas. Su plan de campaña es muy original:
los niños gritan «¡Mamá, cuervos!», ella sale corriendo, les
apunta con un mango de escoba como si se tratase de una pistola,
y dice «¡Bang!». Los cuervos salen volando; son astutos, pero
una mujer lo es aún más.
A veces viene un campesino borracho y sin dinero, o un
haragán sin trabajo de aspecto salvaje, y le dan un susto de
muerte.
LA MUJER DEL GANADERO
33
—Mi marido y dos hijos están trabajando en la presa —suele
decir al sospechoso desconocido, porque ellos siempre preguntan
por «el jefe».
Precisamente, la semana pasada un jornalero con cara de pocos
amigos, tras informarse y comprobar de que no había hombres en
el lugar, dejó caer su hatillo en el porche y pidió comida. Cuando
ella le hubo dado algo de comer, él mostró intenciones de
quedarse a pasar la noche. El sol se estaba poniendo. Ella cogió
una barra del sofá, soltó al perro y se enfrentó al desconocido:
—¡Váyase ahora mismo! —dijo con la barra en una mano y el
collar del perro en la otra. Él miró a la mujer y al perro.
—¡Tranquila, ya me voy! —dijo servilmente, y se fue. La
mujer parecía decidida. Los ojos amarillos de Caimán se fijaban
en él de un modo desagradable. Además, la mandíbula del animal
era bastante parecida a la de un verdadero caimán.
Ahora, sentada junto al fuego, en guardia contra una serpiente,
tiene pocas alegrías en las que pensar. Todos los días le parecen
iguales. No obstante, los domingos por la tarde se viste, arregla a
los niños, acicala al bebé y sale a dar un solitario paseo por el
camino del bosque, empujando ante sí un viejo cochecito. Hace
lo mismo todos los domingos. Pone tanto afán en que todos,
tanto ella como los niños, estén elegantes que parece como si se
fuera a ir a pasear a Sydney, y sin embargo no hay nada que ver
ni nadie con quien encontrarse. A menos que se sea un
campesino, se pueden andar veinte millas sin encontrar ningún
punto de referencia. Esto es debido a la similitud perpetua y
enloquecedora de los árboles achaparrados, a esa monotonía que
lleva al recién llegado a desear dejar el lugar y marcharse al sitio
más lejano a donde llegue un tren o navegue un barco, y más
lejos aún.
Pero esta campesina está acostumbrada a la soledad. Al
principio la odiaba, pero ahora se sentiría mal si no estuviera
sola. Cuando su marido vuelve se alegra, pero no se deshace en
atenciones ni se muestra especialmente efusiva por ello. Le
prepara un buen plato y arregla a los niños.
LA MUJER DEL GANADERO
34
Parece contenta con su suerte. Ama a sus hijos aunque no
tenga tiempo para demostrarlo y parezca muy severa con ellos.
Las circunstancias tampoco son las propicias para que se
desarrolle el aspecto sentimental o «femenino» de su naturaleza.
Debe estar amaneciendo, pero el reloj está en la otra habitación. La vela ya casi se ha consumido. Había olvidado que se le
habían terminado las velas. Hay que ir a por leña para mantener
el fuego encendido, así que encierra al perro en el interior y corre
a la pila de leña. Ha cesado de llover. Intenta coger un tronco y al
tirar de él – ¡crac! – se derrumba toda la pila de leña, dándole un
susto de muerte.
El día anterior había negociado con un aborigen errante para
que le trajera leños, y mientras él estaba trabajando, ella fue en
busca de una vaca extraviada. Cuando regresó quedó asombrada
al ver una pila de leña junto a la chimenea. Le dio un poco más
de tabaco de lo normal y lo elogió por haber hecho tan buen
trabajo. Él se lo agradeció y se marchó con la cabeza alta. Pero
había dejado un hueco en la pila.
Ahora ella se siente dolida; cuando vuelve a la mesa se le
saltan las lágrimas. Coge un pañuelo para secarlas, sin embargo
se restriega los ojos con los dedos. El pañuelo está lleno de
agujeros y se da cuenta de que ha pasado el pulgar por uno de
ellos y el índice por otro. Eso la hace reír de repente, ante la
sorpresa del perro. Tiene un profundo sentido del ridículo; piensa
que algún día hará reír a los campesinos al contarles este
incidente. A menudo comentaba cómo un día se había sentado
para llorar desconsoladamente y cómo el viejo gato se había
restregado contra su vestido y – como decía – «también lloró».
Entonces ella había tenido que echarse a reír.
Ya casi es de día. La cocina está caldeada por el fuego de la
chimenea. De vez en cuando Caimán mira la pared. De repente,
algo capta su atención. Se acerca a unos centímetros del tabique
LA MUJER DEL GANADERO
35
y se estremece. El pelo de su espalda empieza a erizarse; sus ojos
amarillos brillan de cólera. Ella sabe lo que esto significa y apoya
la mano en el palo. La parte inferior del tabique tiene una grieta a
cada lado. Un par de ojos pequeños de mirada fría brillan desde
una de estas hendiduras. Una serpiente negra sale lentamente,
moviendo su cabeza de arriba a abajo. El perro se queda quieto y
la mujer, fascinada, permanece sentada. La serpiente avanza un
poco más. La mujer levanta el palo, y el reptil, consciente del
peligro, se apresura a esconderse metiendo rápidamente la cabeza
por otra grieta. Caimán salta y su boca se cierra con un
chasquido. Ha sido un intento fallido porque tiene la nariz
demasiado ancha; el cuerpo de la serpiente está pegado al ángulo
que forman el zócalo y el suelo. Cuando mueve la cola intenta
alcanzarla de nuevo. Esta vez la ha cogido y tira de ella unas 20
pulgadas. ¡Cloc! ¡cloc! La mujer da golpes contra el suelo.
Caimán tira otra vez. ¡Cloc! ¡cloc! Caimán tira un poco más. Ya
ha conseguido sacar la serpiente – una bestia negra de 5 pies.
Ésta lleva la cabeza rápidamente, pero el perro tiene a su enemiga
atrapada por el cuello. Es un perro grande y grueso, aunque veloz
como un galgo. Zarandea a la serpiente como si la considerara el
castigo común de la especie humana. El hijo mayor se despierta.
Coge el palo y quiere salir de la cama, pero su madre, con una
sartén de hierro en la mano, le obliga a retroceder. ¡Cloc! ¡cloc!
La espalda de la serpiente está rota en varias partes. ¡Cloc! ¡Cloc!
La cabeza está aplastada y Caimán tiene la nariz pelada.
La mujer recoge el reptil aplastado con la punta del palo, lo
lleva hasta la chimenea y lo tira. Apoyada en la pila de troncos
observa cómo se quema la serpiente. El niño y el perro también
miran. La madre pasa la mano por la cabeza del perro, y toda la
furia y la cólera desaparecen de sus ojos amarillos. Los pequeños
se han tranquilizado y se disponen a dormir. El niño, con las
rodillas sucias, permanece por un momento de pie en camisa,
mirando el fuego. Entonces mira a su madre: le ve las lágrimas
en los ojos, y, de repente, le rodea el cuello con los brazos y
exclama:
—Mamá, yo nunca seré ganadero, ¡te lo juro, mamá!
Ella sin aliento lo abraza y besa, y permanecen sentados, así,
juntos, mientras la luz del día irrumpe en el llano.
LA MUJER DEL GANADERO
36
(1892)
Traducción: Mónica Monleón, Montse González Barri,
Imma Raluy, Eloísa Moyano

Marcus Clark

Novelista, cuentista, ensayista y editor australiano. Nació en Londres, Inglaterra, fue educado por su padre, ya que su madre había muerto. Asistió a Highgate, donde fue amigo del poeta Gerard Manley Hopkins. En 1863, cuando su padre enfermó y perdió su fortuna, Clarke emigró a Australia. Trabajó en un principio en el Banco de Australia en Melbourne y más tarde en una sucursal en Wimmera, Victoria. Pero fue en Melbourne donde comenzó su carrera literaria, con colaboraciones regulares en diversas publicaciones entre las que cabe citar el Argus y el Australasian. Acuciado siempre por problemas financieros, sus opositores políticos le denegaron el puesto de bibliotecario público en 1881. Falleció poco después de pleuresía y en bancarrota total. Las novelas de Clarke aparecieron inicialmente por entregas, antes de su publicación como libros. Entre ellas cabe incluir Interminable apuesta (1869), Su vida natural (1874) y Entre la sombra y el fulgor (1875). Publicó también varias colecciones de cuentos cortos, ensayos históricos, críticas, artículos periodísticos, obras de teatro y hasta una ópera. Su obra Su vida natural le dio la fama; es una novela melodramática, de rencores sorprendentes, pero con excelentes incursiones en los horrores y fallos del sistema judicial.

Resultado de imagen para Marcus clark escritor

 

«En torno a las siete en punto la prisión quedó sumida en la conmoción. Se propaló la noticia de que había despertado en los reos el amor febrífugo a la libertad, adormilado por causa de la monotonía durante la primera parte del viaje. Ante la manifiesta amenaza de la muerte, anhelaban con fiereza la posibilidad de escapar que parecía la tributaria concesión de los hombres libres. Cada hombre enardeció a su amigo gritando «¡Salgamos!» «Hemos sido encerrados aquí como un rebaño a la espera de su sacrificio» Los rostros de los hombres concitaban una mirada sombría y abatida, y a través de la lóbrega oscuridad lanzaban miradas feroces que iluminaban su negrura, como el flash de un relámpago que morbosamente iluminara el aturdimiento índigo de una nube tormentosa. Poco a poco, y de un modo inexplicable, comprendieron que se cernía sobre ellos una conspiración, que iban a ser liberados de sus ruinas y que entre ellos había quienes habían sido sediciosos en pos de esta anhelada libertad. El aliento fétido se entremezclaba con el denuedo ansioso y sospechoso de una ansiosa respiración. El predominio de esta influyente idea se mostró por un inopinado desplazamiento de átomos. La concurrente masa de la villanía, la ignorancia y la inocencia comenzó a verse animada por un movimiento uniforme. Las afinidades naturales se despertaron en silenciosa armonía, como piezas vítreas o cuentas de colores en un caleidoscopio que asumiera formas de proporciones matemáticas. El estruendo de siete campanas determinó que la prisión se hallaba dividida en tres partes -desesperados, tímidos y cautelosos. Ese ser tripartito convergía de forma natural. Los amotinados, instigados por Gabbett, Vecht y el Parásito, se encontraban en la cercanía de la puerta; los tímidos -jóvenes, ancianos, pobres infelices condenados por pruebas circunstanciales o personalidades rústicas abocadas al latrocinio para sobrevivir- se hallaban en el último extremo, acurrucados y alerta; y los prudentes -es decir, todos los demás, estaban prestos para luchar, avanzar o retroceder, ayudar a las autoridades o a sus compañeros, según los caprichos de la diosa fortuna- ocupaban el espacio intermedio. Los amotinados no excederían de la treintena, de los cuales sólo una media docena sabía realmente lo que estaban a punto de hacer. «

Literatura australiana por Jorge Navarro

Las obras iniciales tienden a ser de una gran variedad, con historia sobre la nueva frontera del outback australiano. Escritores tales como Rolf Boldrewood, Marcus Clarke y Joseph Furphy personifican esta época con relatos que intentar registrar de forma precisa la lengua vernácula de los australianos comunes. Estos novelistas también proveyeron de información valiosa sobre las colonias penales que ayudaron a formar el país, así como sobre los primeros asentamientos rurales. Las visiones románticas del outback y los personajes recios que lo habitaban desempeñan un papel importante en la formación de la psique de la nación australiana, así como los cowboys del Viejo oeste estadounidense y los gauchos de la pampa argentina se convirtieron en parte de la propia imagen de estas naciones. La primera novela australiana, Quintus Servinton: A Tale founded upon Incidents of Real Occurrence, fue escrita y publicada en Tasmania en 1831. Su autor fue el falsificador convicto inglés Henry Savery y publicada anónimamente, aunque su autoría se convirtió en un secreto a voces. Esta obra es vista como una autobiografía encubierta destinada a demostrar cómo su equivalente ficticio era diferente de la población convicta general.1 En 1838, la novela gótica The Guardian: a tale de Anna Maria Bunn fue publicada en Sydney. Se trataba de la primera novela australiana publicada en la Australia continental y la primera novela australiana escrita por una mujer.

Andrew Barton Paterson

(Australia 1964 -1941)

  Escritor australiano, autor de la novela Bailando el vals con Matilde y uno de los poetas más famosos del país. Nació cerca de Orange en Nueva Gales del Sur y creció en la estación de Illalong. Después de estudiar en Sydney trabajó en un bufete de abogados, pero en 1899 abandonó su carrera para viajar a África como corresponsal en la Guerra Bóer y, más tarde, a China para informar sobre la rebelión Bóxer. De regreso a Australia se convirtió en director del Evening News de Sydney y después del Town and Country Journal. Durante la I Guerra Mundial fue soldado en Oriente Próximo, y después volvió al periodismo, dirigiendo el Sydney Sportsman. Su carrera como escritor abarca casi toda su vida. En un principio se dio a conocer publicando poemas en Bulletin, firmados con el seudónimo de The Banjo, pero en 1895 logró un éxito importante con la publicación de su primer libro, El hombre de Río Nevado y otros poemas, al que siguieron La última corriente del río Grande y otros poemas (1902); Saltbush Bill, juez de paz, y otros versos (1917), en el que aparece Bailando el vals con Matilde, poema basado en una canción tradicional bosquimana, y Los animales que olvidó Noé (1933), un libro de poemas para niños. Bailando el vals con Matilde lo escribió en 1895 y en 1903 lo publicó como partitura. Su poesía, muy inspirada en las experiencia de su infancia en la estación, crea un folclore australiano. Sus baladas, llenas de fuerza y color, dibujan un retrato emocionado de la antigua vida australiana. También escribió dos novelas, Matrimonio interior (1906) y El potro de los Shearer (1936); un libro de cuentos, Tres elefantes de vapor y otros relatos (1917) y Envíos felices (1934), recuerdos semiautobiográficos.

Henry Lawson

(Australia, 1867-1922)

  Escritor de cuentos y poeta australiano. Nació en Grenfell, Nueva Gales del Sur, mayor de cuatro hijos Niels Hertzberg (Peter) Larsen, noruego minero, y su esposa Louisa, Née Albury. Larsen después de muchos viajes, llegó a Melbourne en 1855, donde se unió a la fiebre del oro. Henry Lawson, que nació en 1867 en los yacimientos de oro de Grenfell en Nueva Gales del Sur, fue tal vez el mejor relator de esas épocas: escribía con simplicidad y compasión sobre la solidaridad, la dignidad humana y las vidas de los hombres y mujeres del campo. Murió en Sidney en 1922.

Miles Franklin

(Australia, 1879-1954)

  Novelista, periodista y feminista australiana, famosa por su primera novela Mi brillante carrera. Stella Maria Sarah Miles Franklin nació cerca de Tumut (Nueva Gales del Sur) y creció en una sucesión de granjas familiares. Empezó su carrera de escritora mientras vivía en el campo. Tras la publicación de Mi brillante carrera (1901), se instaló en Sydney y escribió artículos en periódicos participando en el movimiento feminista. En 1905 viajó a Estados Unidos y pasó nueve años en Chicago, donde dirigió la revista Life and Labour y apoyó el movimiento sindical de la mujer y el movimiento sufragista. Durante la I Guerra Mundial fue enfermera en Inglaterra, y al terminar la guerra trabajó en el National Housing and Town Planning Council de Londres. En 1932 volvió a Australia y se estableció en Sydney. Franklin siempre escribió con seudónimo masculino: abreviando su nombre como Miles Franklin, o como Brent of Bin Bin. Mi brillante carrera, que firmó como Miles Franklin, es una novela bastante autobiográfica en la que retrata a las mujeres defendiendo su derecho a imponer sus propias metas, frente a la obediencia de las costumbres, cuya única posibilidad de realizarse consiste en contraer matrimonio o trabajar como maestra. La obra supuso una considerable expansión en la narrativa australiana, pero su audacia causó un enorme escándalo y a pesar de que en 1910 escribió una continuación igualmente controvertida, Mi carrera se atasca, no pudo publicarla hasta 1946. Con su nombre publicó también El viejo Blastus de Bandicoot (1932), Trae al mono (1933) y la premiada saga familiar Los Swagger (1936). Como Brent of Bin Bin escribió seis novelas que tratan de la vida de los pioneros australianos, entre ellas País ardiente (1928), Diez arroyos (1930) y Regreso a Bool Bool (1931). Además de sus novelas, Franklin escribió artículos, revistas, crítica literaria y obras de teatro. En 1948 fundó el premio Miles Franklin de narrativa australiana.
Helen de Guerry Simpson
(Australia, 1897-1940)
Escritora australiana nacida en Sidney. A los diecisiete años se mudó con su madre a Inglaterra. Estudió en Oxford, donde sintió un profundo interés por el mundo del teatro, fundando la Sociedad de dramaturgas de Oxford, de donde fue expulsada por oponerse a sus estrictas reglas. En 1927 se casó con un notable pediatra inglés. Prolífica y versátil, entre sus obras cabe citar Boomarang (1932), galardonada con el premio James Tait Black y Under capricorn (1937), que fuera adaptada al cine por Alfred Hitchcock. Murió en 1940, aquejada de cáncer.

 

http://proyectoaustraliaprimersemestre.blogspot.com/2012/11/literatura-australiana-por-jorge-navarro.html

El arca de Schindler, fragmentos de Thomas Keneally, Australia

«La primera mañana que el Comandante Goeth salió a la puerta de la fachada de su casa y asesinó a un prisionero escogido al azar, surgió una tendencia a ver esto también, al igual que la primera ejecución en Chujowa Gorka, como un hecho único, ajeno a lo que sería la vida habitual en el campo. La realidad, por supuesto, es que los asesinatos desde la colina pronto se convertirían en algo habitual, la rutina mañanera de Amon. Vistiendo una camisa, pantalones y botas de montar brillantes por el betún dado por su ordenanza, salía a la entrada de su residencia temporal. Estaban reformando para él un sitio mejor al otro lado del perímetro del campo. Cuando empezara a hacer calor, se le vería salir sin camisa, porque le encantaba el sol. Pero por el momento salía con la misma ropa con la que había desayunado, un par de prismáticos en una mano y un rifle de francotirador en la otra. Oteaba el área del campo y los trabajos en la cantera, y miraba a los prisioneros que empujaban o tiraban de las vagonetas sobre los raíles que pasaban por delante de su puerta. Los que se paraban a mirar podían ver el humo del cigarrillo que sujetaba entre sus labios, muy caído, la forma en la que fuma un hombre que tiene las manos atareadas con alguna cosa. Durante los primeros días de la vida del campo, aparecía así delante de su casa y disparaba a algún prisionero que le pareciera que no estuviera empujando con suficiente ímpetu las vagonetas con piedra caliza. Nadie conocía las razones exactas por las que Amon se fijaba en el prisionero al que disparaba – Amon, evidentemente, no dejó por escrito cuáles eran sus motivos. Con un tiro desde la puerta, el hombre era apartado del grupo de prisioneros que trabajaba y caía a un lado de la carretera. Los otros dejaban de moverse, por supuesto, con los músculos congelados, temiendo una carnicería. Pero Amon les hacía un gesto, como diciéndoles que por ahora estaba contento con el trabajo que estaban haciendo.
(…)
El polvo de los muertos caía en los cabellos y la ropa tendida en el jardín trasero de las casas de los oficiales jóvenes. Oskar estaba desconcertado al ver la forma en que el personal dejaba salir el humo como si las cenizas suspendidas en el aire fueran cualquier producto de una actividad industrial normal y corriente. Y entre el humo, Amon cabalgaba con Majola, los dos en sus sillas, tranquilamente. Leo John llevaba a su hijo de doce años a coger renacuajos en el pantanoso suelo del bosque. Las llamas y el hedor no suponían nada en su vida cotidiana.
(…)
Un día de aquel verano, Regina Horowitz vio la película de Auschwitz que habían hecho loThomas Keneallys rusos y que mostraban a la población polaca gratis. Vio las famosas escenas del campo de los niños, que miraban por detrás del alambre espino o eran acompañados por monjas detrás de la verja electrificada de Auschwitz I. Al ser tan pequeño y encantador, su hijo Richard salía en la mayoría de las escenas. Pero después de lo que el niño había visto del patíbulo de Plaszow y Auschwitz, nunca más podría llevarle a un parque sin que él se pusiera histérico al ver las maderas de los columpios. «

http://www.epdlp.com/texto.php?id2=772

thomas-keneally-4673

 

Thomas Keneally (1935-)

Escritor australiano, Thomas Keneally es conocido principalmente por su novela El arca de Schlinder, obra adaptada al cine por el director Steven Spielberg bajo el título La lista de Schlinder.

Estudió en St. Patrick’s College de Strathfield, donde se ha establecido un premio literario en su nombre. Ingresó en el Seminario de San Patricio para ordenarse como sacerdote católico, pero abandonó. Ejerció la docencia en una escuela de Sidney y posteriormente en la Universidad de Nueva Inglaterra. Después se dedicó de lleno a la escritura, cambiando su nombre habitual, Mick, por Thomas, que utilizó desde su primera publicación.

Se trata de un autor muy conocido y de gran prestigio en Australia. Keneally suele escribir novelas históricas o recreaciones de grandes acontecimientos. También son muy conocidas sus crónicas de no ficción, memorias y sus guiones.

 

Fragmentos de literatura australiana: Peter Carey

Muerto, y nadie me lo dijo. Cuando pasé frente a su despacho, su secretaria sollozaba a gritos.
—¿Qué ocurre, Felicia?
—¿Cómo, no lo sabes? El señor Tindall ha muerto.
Lo que oí fue: «El señor Tindall se ha herido en la cabeza».[1] Y pensé: «Por Dios, cálmate».
—¿Dónde está él, Felicia?
Era una pregunta un tanto imprudente. Matthew Tindall y yo habíamos sido amantes durante trece años, pero ambos lo manteníamos en secreto. En la vida real, yo eludía a su secretaria.
Felicia tenía ya la el carmín de los labios corrido, y frunció la boca como un horrible calcetín.
—¿Que dónde está? —exclamó, llorando—. Qué pregunta más espantosa.
No entendí su respuesta, de modo que repetí mi pregunta.
—Catherine, está muerto —dijo.
Y esto le desencadenó un nuevo acceso de sollozos.
Como para demostrar que Felicia se equivocaba, entré en el despacho de Matthew, algo que nadie solía hacer. Mi amor secreto era un personaje importante, el director del Departamento de Metales. Sobre el escritorio estaba la foto de sus dos hijos y, en un estante, su ridículo sombrero de tweed. Lo cogí, sin saber por qué lo hacía.
Por supuesto, su secretaria me vio robarlo, pero ya no me importaba. Bajé corriendo la escalera hasta la planta baja. Aquella tarde de abril, entre los miles de visitantes diarios de las salas georgianas del Museo Swinburne y los ochenta empleados, no había ni un alma que tuviera la más mínima idea de lo que acababa de ocurrir.
Todo el mundo tenía el mismo aire de siempre. Era imposible que Matthew no estuviera en alguna parte, esperando para sorprenderme. Mi amado era muy peculiar. Con aquella arruga vertical justo a la izquierda de la larga y pronunciada nariz, el cabello abundante y la boca grande, suave y siempre tierna. Por supuesto, estaba casado. Por supuesto. Contaba cuarenta años cuando reparé en él por primera vez, siete antes de que nos hiciéramos amantes. Por entonces yo aún no había cumplido los treinta y era un bicho raro, es decir, la primera mujer relojera que el museo había visto nunca.
Trece años. Mi vida entera. Durante todo ese tiempo habíamos vivido en un mundo hermoso: el Museo Swinburne, uno de los muchos sitios de Londres que albergan tesoros casi desconocidos. El museo tenía un importante Departamento de Relojería con una colección de relojes, autómatas e ingenios mecánicos de fama mundial. Quienquiera que estuviera allí el 21 de abril de 2010 podría haberme visto, una mujer alta y particularmente elegante que estrujaba en las manos un sombrero de tweed. Puede que pareciera loca, pero quizá no me diferenciaba demasiado de mis colegas, los diversos conservadores y restauradores que atravesaban las galerías públicas de camino a una reunión, un taller o un almacén donde se proponían «interrogar» a un objeto antiguo, una espada, un edredón o tal vez un reloj de agua islámico. Formábamos el personal del museo, profesores, sacerdotes, restauradores, lijadores, científicos, fontaneros, mecánicos —coleccionistas obsesivos, en realidad—, especialistas en metales, vidrios, telas y loza. Afirmábamos que éramos gente de toda clase, si bien en el fondo creíamos que los estereotipos al respecto eran ciertos. Un experto en relojería, por ejemplo, nunca sería una mujer joven con piernas bonitas, sino un hombre algo retraído de menos de un metro setenta, precavido, un tanto extraño, con finos cabellos rubios y poco propenso a mirar a la gente a los ojos. Se escurriría como un ratón por las galerías de la planta baja, con su eterno manojo tintineante de llaves como si fuera el guardián de los misterios. De hecho, nadie del museo conocía el laberinto entero. Todos teníamos un territorio reducido de atajos, de rutas que sabíamos que nos llevarían a donde queríamos ir. Esto convertía el museo en un lugar maravilloso para llevar una vida secreta y para gozar del perverso placer que tal vida puede proporcionar.
En la muerte, resultaba horroroso. Es decir, era igual, pero más brillante, más nítido. Todo parecía más definido y, a la vez, más lejano. ¿Cómo había muerto Matthew? ¿Cómo podía ser que hubiera muerto?
Volví a toda prisa a mi taller y busqué «Matthew Tindall» en Google, pero no había noticia alguna de un accidente. En cambio, en la bandeja de entrada de mi correo vi un mensaje que hizo que me saltara el corazón de alegría, hasta que me di cuenta de que me lo había enviado a las cuatro de la tarde del día anterior. «Besos en los dedos de los pies.» Lo marqué como «no leído».
No había nadie a quien me atreviera a acudir. Decidí ponerme a trabajar, tal como siempre he hecho en momentos de crisis. Para eso servían los relojes, con su complejidad, su peculiar enigma. Me senté ante la mesa del taller para tratar de entender un reloj francés del siglo dieciocho extremadamente extraño. Mis herramientas descansaban sobre una suave gamuza gris. Veinte minutos antes, aquel reloj me gustaba, pero ahora lo encontraba vano y ostentoso. Hundí la nariz dentro del sombrero de Matthew. «Para olfatear», habríamos dicho. «Te olfateo toda.» «Te olfateo el cuello.»
Podría haber acudido a Sandra, la administradora. Era una mujer muy amable siempre, pero yo no podía soportar que nadie, ni siquiera ella, se ocupara de mis asuntos privados, los desplegara sobre la mesa y los manoseara como a otras tantas cuentas de un collar roto.
Hola, Sandra. ¿Qué le ha pasado al señor Tindall, lo sabes?
Mi abuelo alemán y mi padre, inglés de pura cepa, fabricaban relojes —primero en el barrio de Clerkenwell, luego en pleno centro, luego otra vez en Clerkenwell—; nada demasiado espectacular, en general sólidos relojes ingleses de cinco ruedas, pero para mí era casi un artículo de fe, aun siendo niña, que se trataba de una ocupación muy placentera y relajante. Durante años pensé que confeccionar relojes calmaba toda agitación interna. Confiaba plenamente en mi opinión, y estaba equivocada por completo.
La señora que servía el té me tendió su deprimente oferta. Observé cómo giraba la leche —un tanto cortada— en sentido contrario a las agujas del reloj, supongo que esperando que él apareciese. De modo que, cuando una mano me tocó, fue como si me deshiciera. Parecía la mano de Matthew, pero Matthew estaba muerto, y en su lugar se hallaba Eric Croft, el director del Departamento de Relojería. Me eché a berrear sin poder contenerme.
No podría haber elegido un testigo peor en todo el mundo.
Para decirlo de una forma muy burda, Croft era una autoridad en todo lo que hiciera tictac. Un erudito, un historiador, un experto. En comparación, yo no era más que una mecánica bien educada. Croft era famoso por su trabajo de investigación sobre los «Sonsonetes», denominación con que se refería a esa total incomprensión imperial de la cultura oriental que exportábamos con gran éxito a China en el siglo dieciocho, cajas de música de exquisita elaboración encerradas en las más fantasiosas composiciones de animales exóticos y edificios, a menudo posadas sobre un trabajado pie. Así eran las cosas para la gente como nosotros. Basábamos nuestra inestable vida en objetos como éstos. Las bestias movían los ojos, las orejas y la cola. Las pagodas se alzaban y se desmoronaban. Las estrellas hechas de piedras preciosas giraban, y las varillas rotatorias de vidrio daban una ilusión perfecta de agua.
Berreé y berreé hasta que fue mi boca la que se frunció como una marioneta de calcetín.
Como robusto presidente de un club de rugby que tenía un chihuahua como mascota, Eric no se asemejaba en absoluto a sus «Sonsonetes», que más bien parecían la pasión de un homosexual delgado y quisquilloso. Tenía una especie de entusiasmo heterosexual, tal como se esperaba de los expertos en metales.
—No, no —gritó—. Chist.
¿Chist? No se mostró brusco, sino que me pasó un grueso brazo por los hombros, me condujo hasta una campana de gases y luego encendió el extractor, que rugió como veinte secadores de pelo juntos. Pensé: «Me he traicionado sola».
—No, no llores —dijo.
La campana era terriblemente estrecha, diseñada para que un restaurador pudiera limpiar un objeto antiguo con un disolvente tóxico. Eric me acariciaba la espalda como si yo fuera un caballo.
—Vamos a cuidar de ti —me dijo.
En medio de mi llanto, por fin caí en la cuenta de que Croft conocía mi secreto.
—Ahora vete a tu casa —añadió en voz baja.
Pensé que había delatado nuestra relación y que Matthew se cabrearía.
—Te espero mañana en el bodegón, frente al Anexo. ¿Te parece bien a las diez? ¿Crees que estarás en condiciones?
—Sí —repuse.
Y pensé que me iban a echar a patadas del museo principal para encerrarme en el Anexo. Por indiscreta.
—Muy bien —dijo con una enorme sonrisa, y las arrugas de las comisuras de la boca le dieron la apariencia de un gato.
Apagó el extractor, y de pronto me llegó el olor de su loción de afeitar.
—Primero vamos a conseguirte una baja por enfermedad —prosiguió—. Vamos a superar esto juntos. Tengo algo para que resuelvas. Un objeto realmente precioso.
Así es como habla la gente en Swinburne. Dicen «objeto» en lugar de «reloj».
Me dije que quería exiliarme, enterrarme. El Anexo estaba situado detrás del Olympia, donde mi duelo sería tan privado como mi amor.
Así que ese extraño machista de Croft era gentil conmigo. Lo besé en la áspera mejilla, que olía a sándalo, y ambos nos miramos atónitos. Luego salí disparada hacia la húmeda calle y caminé pesadamente hasta el Albert Hall, con el ridículo y querido sombrero de Matthew estrujado en la mano.
Peter Carey
2
Llegué a casa, y seguía sin saber cómo había muerto mi amado. Supuse que se había caído y se había golpeado en la cabeza. Yo siempre había detestado su costumbre de echar hacia atrás la silla.
Ahora habría un funeral. Desgarré mi camisa por la mitad y le arranqué las mangas. Pasé toda la noche imaginando cómo habría muerto, atropellado, aplastado, acuchillado, empujado a las vías. Cada visión era una conmoción, un desgarro, un llanto. Catorce horas más tarde, cuando llegué al Olympia para encontrarme con Eric, estaba en estas mismas condiciones.
El Olympia no le gusta a nadie. Es un lugar horrible. Pero allí se hallaba el Anexo del Swinburne, de manera que era el sitio adonde me mandarían, como si yo fuera una viuda a quien había que quemar viva. «Que enciendan las hojas y la leña de la pira —me dije—, porque nada podrá hacerme más daño que esto».
Detrás del centro de exposiciones del Olympia, las estrechas aceras estaban extrañamente calientes. Las callejuelas tenían curvas y ángulos abruptos. Camionetas veloces y nefastas levantaban el polvo y desperdigaban colillas por toda la calle donde se alzaba el Anexo. No era una cárcel —una cárcel habría tenido un letrero—, pero su alta verja delantera estaba festoneada de alambre de cuchillas.
La mayoría de los restauradores del museo había pasado una temporada en el Anexo, trabajando en algún objeto cuya restauración no podía llevarse a cabo apropiadamente en el edificio principal. Muchos aseguraban que habían gozado su estancia, pero ¿cómo soportaría yo verme separada de mi Swinburne, mi museo, mi vida, donde cada escalera y humilde vestíbulo, cada trozo desconchado de enlucido, cada molécula de acetona contenía mi amor por Matthew y mi corazón vacío?
Encontré el Café de George frente al Anexo, con las puertas abiertas de par en par al calor inesperado.
Cualquiera habría pensado que el autor de «Balanza de pagos: el comercio de Sonsonetes con China en el siglo dieciocho» se distinguiría claramente de los cuatro sudorosos policías del reservado del fondo, los conductores del Olympia, los empleados de la oficina de correos de West Kensington, a quienes, por lo visto, se les permitía llevar pantalones cortos. Era una idea equivocada, pero no tenía importancia. Si el distinguido restaurador no se hubiera puesto de pie (con torpeza, porque los reservados de madera contrachapada no facilitan este tipo de movimiento a los hombres corpulentos), quizá habría sido incapaz de reconocerlo.
A Croft le agradaba decir que era un «perfecto don nadie». No obstante, a pesar de su confuso acento popular y de su demoledor apretón de manos, que debía de explicarse por la época de su nacimiento, en los viriles años cincuenta, podía presentarse en los cócteles ofrecidos al ministro de Cultura, donde, si uno tenía la suerte de ser invitado, se enteraría tal vez de que la semana anterior había estado cazando en Escocia en compañía de Ellsworth (o sir Ellis Crispin, para el resto de los mortales). Al parecer, yo iba a gozar de la protección de este hombre importante.
Lo miré a los ojos, y vi una compasión que daba miedo. Bregué con el paraguas y puse una libreta en la mesa, pero él me cubrió la mano con la suya, una mano grande, seca y caliente en la que se podrían haber incubado huevos.
—Todo esto es horroroso —dijo.
—Dime, por favor, Eric. ¿Qué pasó?
—Oh, Dios —exclamó—. Claro, no lo sabes.
Yo era incapaz de mirarlo. Liberé mi mano y la oculté en el regazo.
—Un ataque al corazón, terrible. No sabes cómo lo siento. En el metro.
El metro. Había estado toda la noche imaginando el metro, ese lugar oscuro, caliente y violento. Cogí el menú y pedí judías en salsa de tomate y dos huevos escalfados. Sentía los ojos de Eric clavados en mí, tiernos y húmedos. No me servían de ayuda, de ninguna ayuda. Ordené mis cubiertos con brusquedad.
—Lo bajaron en Notting Hill.
Pensé que iba a añadir que era una suerte que hubiera muerto tan cerca de su casa. No lo hizo. Pero yo no podía soportar la idea de que lo hubieran llevado de vuelta junto a esa mujer.
Y ella, la gran diseñadora de la «comprensión» conyugal, representaría el papel de la viuda doliente.
—Supongo que el funeral será en Kensal Green, ¿no? —dije.
«Carretera Harrow arriba, a un paso», pensé.
—Será mañana, de hecho.
—No puede ser, Eric. Es imposible.
—Mañana a las tres —ahora era él el que no podía mirarme—. No sé qué es lo que quieres hacer.
Por supuesto, por supuesto. Estarían todos presentes, su mujer, sus hijos, sus colegas. Se suponía que yo tenía que ir, pero no podía. Saldría todo a la luz.
—Es imposible enterrar tan rápido a alguien —objeté—. Esa mujer está tratando de esconder algo.
«Lo que quiere es verlo sepultado bajo tierra para alejarlo de mí», pensé.
—No, no, cariño, no es así. Ni siquiera esa espantosa Margaret es capaz de algo semejante.
—¿Alguna vez tuviste que reservar hora para un funeral? Tardé dos semanas en conseguir que enterraran a mi padre.
—En este caso, hubo una cancelación.
—¿Una qué?
—Una cancelación.
No sé quién rió primero. Quizá fui yo, porque pasaron unos segundos hasta que me serené.
—¿Que hubo una cancelación? ¿Alguien decidió no morirse?
—No sé qué ocurrió, Catherine. Tal vez alguien consiguió un precio mejor en otro cementerio, pero es mañana a las tres.
Empujó hacia mí sobre la mesa una hoja doblada.
—¿Qué es esto?
—Una receta de un somnífero. Vamos a cuidar de ti —dijo otra vez.
—¿Vamos?
—Nadie sabrá nada.
Guardamos silencio, y me pusieron delante una abrumadora cantidad de comida. Eric había ordenado prudentemente un único huevo duro.
Lo observé mientras rompía la cáscara y la quitaba para dejar a la vista una membrana blanda y brillante.
—¿Qué ocurre con sus correos electrónicos? —pregunté, porque también había estado pensando en eso toda la noche.
Nuestra vida personal estaba conservada en el servidor de Swinburne, en un edificio sin ventanas del barrio de Shepherd’s Bush.
—No funcionan.
—¿Quieres decir que no se pueden consultar o que los han borrado?
—No, no, todo el sistema del museo ha dejado de funcionar. Una ola de calor. Me han dicho que se estropeó el aire acondicionado.
—De manera que no los han borrado.
—Escúchame, Cat.
«Cat no es una palabra para decir en público —pensé—. Es una cosita frágil y desnuda, en carne viva y dolorida. Por favor, no me llames Cat».
—Espero que no os hayáis mandado mensajes por el correo del museo.
—Sí, lo hicimos, y no quiero que los lea un extraño.
—Ya se habrán encargado de eso —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
La pregunta pareció ofenderlo, y su tono se volvió más autoritario.
—¿Te acuerdas del escándalo de Derek Peabody y de los documentos que trató de vender a Yale? Cuando volvió para vaciar su despacho, todos sus correos electrónicos habían desaparecido.
No tenía ni idea de que hubiera habido un escándalo con Peabody.
—¿Quieres decir que han borrado sus correos para siempre?
—Por supuesto —respondió sin pestañear.
—Eric, quiero que nadie tenga acceso a esos mensajes. Ni los informáticos, ni tú, ni su mujer, nadie.
—Muy bien, Catherine. Te aseguro que tu deseo ya ha sido satisfecho.
Pensé que era un mentiroso. Él pensó que yo era una zorra.
—Lo siento —dije—. ¿Quién más lo sabe?
—¿Lo tuyo con Matthew? —hizo una pausa, como si hubiera toda una gama de respuestas que pudiera darme—. Nadie.
—La verdad es que me espanta que alguien lo sepa —dije, y me di cuenta de que mis palabras lo habían herido—. Lo siento, no quería ofenderte.
—No pasa nada. He hecho arreglos para que te den la baja por enfermedad. Si alguien pregunta, tienes bronquitis. Pero supongo que te interesará saber cómo será el futuro. Quizá deberías echar una ojeada al objeto que te estará esperando cuando te reintegres al trabajo.
De manera que no iba a insistirme para que fuera al funeral. Tendría que haberlo hecho, pero no lo hizo. Su mirada había cambiado y ahora expresaba una emoción muy diferente despertada por el «objeto», que, según yo presuponía, debía de ser algún horrible mecanismo de Sonsonete. Los expertos pueden ser así. Ni siquiera la muerte de un compañero logra hacer desaparecer por completo el placer de un «hallazgo».
No era que yo estuviera disgustada con él. Mi furia se debía a que había quedado excluida del funeral, pero sin duda estaba demasiado trastornada para acudir a Kensal Green. ¿Por qué iba a rebajarme a estar allí junto al resto? Ellos no lo conocían. No sabían absolutamente nada de Matthew.
—¿Podríamos hablar de esto más tarde? —repliqué.
Sabía que era una grosería por mi parte y lo lamentaba mucho. No quería lastimarlo. Observé cómo quitaba la tapa del salero atascado y vertía sal hasta formar una pequeña pila, donde hundió el huevo pelado.
—Por supuesto —contestó.
Pero se sentía desairado.
—¿Lo encontraron en alguna parte? —inquirí.
En respuesta a esta mínima muestra de interés, me dedicó una sonrisa maliciosa. De manera que estaba perdonada, pese a mi falta de amabilidad.
Pensé que, mientras Matthew caía fulminado por el ataque al corazón, Eric hurgaba en los viejos catálogos del museo. Había descubierto un tesoro desconocido por todos los restauradores actuales, algún ingenio extraño y horrible que podría ser el tema de su próximo libro.
Me pregunté si el objeto satisfaría la obsesión de algún esnob, la afición de un ministro o un directivo. Se lo podría haber preguntado de forma cortés, pero la verdad es que no quería saberlo. Un reloj es un reloj, pero un Sonsonete puede ser una pesadilla que incluya vidrio, loza, metal o telas. Si tal era el caso, me vería obligada a trabajar con restauradores de todas esas disciplinas. No quería —ni podía— trabajar con nadie. Gritaría, lloraría y me traicionaría.
—Lo siento —dije, esperando que eso disculpara todas mis ofensas.
Y eran ofensas, porque él me estaba tratando con extraordinaria amabilidad.
Nos fuimos de la taberna. Enfrente había aparcado un Mini Morris rojo reluciente. No era el Mini que yo conocía, aunque parecía igual, e intuí que Eric deseaba hablar de la coincidencia. Pero yo no podía, no quería. Crucé corriendo la calle y entré en el anexo de museo más vigilado de Londres.
Desde luego, los guardias no tenían ningún interés en la relojería. Habrían preferido estar en sus Harley, chillando como abejas enfurecidas por la circunvalación norte. Para mi estupefacción, sabían quién era yo y me mostraron una inesperada ternura que me volvió loca de recelo.
—Bienvenida, encanto. Permítame que le pase la tarjeta.
Cuando cruzábamos el segundo control, aún seguía conmocionada por el Mini. Sentía la mano de Eric suspendida a escasos centímetros de mi espalda. Sólo quería consolarme, pero yo estaba fuera de mí. La proximidad de la mano me agobiaba, era peor que el contacto. Traté de apartarla de un golpe, pero no había mano alguna.
En el cuarto piso me permitieron que yo misma pasara la tarjeta. Entramos en un corredor sin ventanas y demasiado frío, con lámparas fluorescentes en el techo y paredes revestidas de azulejos, blancos en su mayoría. Sentí que se me erizaba el vello de la nuca.
En el bolso tenía media pastilla de Lorazepam de 0,5 miligramos, pero no conseguía encontrarla (debía de haber quedado atrapada entre la pelusa adherida a las costuras).
Eric empujó una puerta, y causamos un sobresalto a una mujercita menuda de gafas sentada ante una máquina de coser.
La puerta siguiente, la correcta, resistió el empellón hasta que giró sobre sus goznes y golpeó contra la pared. Yo estaba inmóvil, al igual que la descomunal estructura de cemento del Anexo. A los relojeros no nos agradan las vibraciones extrañas, así que era de suponer que aquél sería un buen sitio para mí. Me acometió una intensa sensación de claustrofobia.
En el taller había tres altas ventanas bañadas por el sol de la mañana. Yo sabía bien que era mejor no levantar las persianas.
Apiladas contra la pared, debajo de las ventanas, había ocho grandes cajas de madera y otras cuatro, más largas y estrechas.
¿Sería yo la primera restauradora del mundo que no deseaba abrir una caja?
En lugar de eso, abrí una puerta. Mi taller tenía lavabo propio. En suite, como se suele decir. La mirada de mi protector me indicó que se suponía que esto tenía que complacerme. Encontré un guardapolvos y me embutí dentro.
Cuando volví, allí estaba Eric, y las cajas de madera. De pronto tuve la certeza de que se trataba de una horrible horda de monos de cuerda que echaban humo. Sir Kenneth Claringbold tenía una espantosa colección de autómatas, chinos de cuerda y cantantes femeninas de toda clase. De hech …

Peter Carey, Australia

NADIE ES PROFETA en su tierra, especialmente cuando no se vive en ella. El escritor australiano Peter Carey (Victoria, 1943) fijó su residencia en Manhattan hace diez años. En octubre, su novela True History of the Kelly Gang (University of Queensland Press. Queensland, 2000) ganó el Booker Prize. Era la segunda vez que Carey conseguía el galardón más prestigioso en la órbita literaria de la Commonwealth e Irlanda (sólo J. M. Coetzee lo había conseguido antes). El éxito de crítica logrado por la obra en Estados Unidos y el Reino Unido Bretaña fue incluso superior a Oscar and Lucinda (1988). Pero en Australia sembró la controversia. La noticia del galardón ha sido recibida con total indiferencia, lo mismo que 30 Days in Sydney (Bloomsbury Publishing Plc. Londres, 2001), su libro más reciente.
True History of the Kelly Gang se basa en Ned Kelly, el mítico bandolero que murió colgado en Melbourne en 1880. Bajo la forma de una confesión, Carey hace que el protagonista escriba por sí mismo la narración de su vida familiar y andanzas delictivas desde los 12 años hasta su trágico final. La Jerilderie letter,que en 1879 Ned Kelly dictó a Joe Byrne, miembro de su banda, ha sido el ADN donde Carey ha hallado el lenguaje coloquial y arcaico con acento irlandés, las inacabables frases puntuadas al estilo Beckett y coloreadas de humor sutil que caracteriza True History. Este manifiesto personal de 8.000 palabras que se guarda en la State Library of Victoria sirvió al bandolero para justificarse ante la opinión pública. Él mismo mandó imprimirlo en Jerilderie (Nueva Gales del Sur) ante la negativa de los periódicos a publicarla. Ocurrió después de robar el que sería su penúltimo banco y de quemar certificados hipotecarios. Al año siguiente, se enfrentaba con la policía con una armadura que habría hecho las delicias de Dalí, y era finalmente detenido. La novela de Carey parte de hechos y carácteres reales combinados con otros fruto de su imaginación. Ned Kelly nació en el seno de una familia irlandesa en 1854, en Beveridge (Victoria). Fue un personaje complejo y trágico y sobre todo enigmático. Su leyenda fascinó a artistas como Sidney Nolan y Albert Tucker. En la obra, su perfil psicológico es el de un hombre torturado como un personaje shakespeareano que se dabate entre el amor y la venganza, tan sensible y solidario con su familia como implacable con sus enemigos. Implacable pero con sentido moral: ‘Nunca he matado a nadie que no debiera (…) Ellos me hubieran disparado si yo no lo hubiera hecho primero’, dice refiriéndose a la policía.
Nadie encarna mejor que Ned Kelly un periodo de la historia moderna de Australia, cuando era colonia penal inglesa y los pobres -entre ellos muchos irlandeses que habían sido deportados desde su país- tenían que vérselas todos los días contra la tiranía y el abuso. Para ellos, que alguien del mismo origen social y geográfico se enfrentara al poder y fuera solidario económicamente con los suyos se convertía en un Bob Roy.
True History es un monumento literario en cuanto a estructura y estilo. A través de sus páginas, lo que es y ha sido esta isla de los antípodas echa raíces en el imaginario literario de los lectores no australianos. Lo mismo que con sus novelas anteriores. Lo mismo que cuando sea publicada la novela que le ocupa sobre el poeta Ern Malley, que los también poetas James McAuley y Harold Stewart se inventaron para dejar en ridículo a los partidarios de las vanguardias literarias en los años cuarenta.
Sin embargo, de ello no han sido pocos los críticos y colegas de Carey en Australia a los que True History les ha dolido en las vísceras. Según ellos, el autor ha mezclado realidad y ficción con alevosía, es decir, sin avisar al lector. Consideran que ha construido un personaje que actúa en un contexto de valores políticos de finales del siglo pasado y no del XIX, como la corrupción de la administración pública, el odio a los políticos elegidos democráticamente y el republicanismo.
Y le han exigido que aclarase el porqué de las preguntas -en boca de Thomas Curnow, delator de Ned Kelly- con las que finaliza la novela: ‘¿Qué nos pasa a los australianos? ¿Qué es lo que anda mal entre nosotros? ¿Por qué no hemos tenido un Jefferson? ¿Un Disraeli? ¿No hemos podido encontrar nadie mejor para admirar que a un ladrón de caballos y asesino? ¿Por qué tenemos siempre que dar este penoso espectáculo de nosotros mismos?
John Banville señalaba en su crítica en The New York Review of Books a propósito de la polémica que la respuesta está en la misma True History y que los críticos australianos ‘sólo pueden sentirse orgullosos de Peter Carey‘.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de febrero de 2002
Peter Carey

Toni Morrinson, (qepd) premio nobel, fragmentos literarios.

Toni Morrison

Toni Morrison nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, (Estados Unidos) en el seno de una familia de clase trabajadora. Toni Morrison cursó estudios en la Universidad de Howard, donde se incorporó a un grupo de teatro universitario y se graduó en 1953 con una licenciatura en Inglés. En 1955 fue admitida en la Universidad de Cornell, donde realizó un curso de posgrado de Literatura inglesa.

Escribió una tesis sobre el suicidio en la obra de William Faulkner y Virginia Woolf.

Además dio clases en las universidades de Texas y de Howard. Allí conoció a Harold Morrison, un arquitecto jamaicano con el que se casó y tuvo dos hijos. En 1964 se divorciaron, en el mismo año en que, abandonó la enseñanza para trabajar en la editorial Random House de Nueva York.

En 1975 su novela Sula fue nominada al National Book Award, y en 1977, La canción de Salomón, fue considerada por la crítica como gran acontecimiento literario. La isla de los caballeros (1981) también tuvo una excelente acogida.

En 1987, publicó Beloved, que se convirtió en otro éxito de crítica y ganó el Premio Pulitzer de ficción y un American Book Award. En ese mismo año, Toni Morrison entró como profesora visitante en el Bard College.

A continuación publicó Jazz (1992) y Jugando en la oscuridad (1992).

Sus novelas dan cuenta del abandono y el dolor a los que estuvo sometida la raza negra durante las guerras del sur en los Estados Unidos; los maltratos y la esclavitud son retratados de una manera cruda, pero poética.

Desde 1989 se desempeña, como profesora de letras en la elitista Universidad de Princeton, en el estado de Nueva Jersey. En 1988 fue galardonada con el Premio Pulitzer.

En 1993 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

El 29 de mayo de 2012, el presidente Barack Obama le entregó a Morrison la Medalla Presidencial de la Libertad. En 2016, recibió el Premio PEN/Saul Bellow.

Toni Morrison falleció el lunes 5 de agosto de 2019 en un hospital la ciudad de Nueva York.

 

Sssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de 18 años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro solo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cunado la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: “Te quiero”.
Pasaje de Beloved (1987) en la mitad: «-Estaba hablando del tiempo. Me resulta difícil creer en el tiempo. Algunas cosas pasan. Otras se quedan. Antes pensaba que era mi memoria. Ya sabes, algunas cosas se olvidan, otras siempre se recuerdan. Pero no es eso. Los lugares, los lugares siguen en su sitio. Si una casa se incendia, desaparece, pero el lugar… la imagen del lugar permanece, y no solo en mi memoria sino allí, en el mundo. Lo que yo recuerdo es una imagen flotando en redondo fuera de mi cabeza. Quiero decir que aunque lo piense, aunque se muera, la imagen de lo que hice, o supe, o vi, sigue allí. Exactamente en el lugar donde ocurrió.
– ¿Y los demás pueden verla? -inquirió denver.
– Oh, sí. Oh, sí, sí, sí. Algún día irás andando por el camino y oíras o verás algo. Con toda claridad. Y pensarás que eres tú la que está pensando. Una imagen pensada. Pero no. Es cuando tropiezas con un recuerdo que le pertenece a otro».
Pasaje de Amor (2003), hacia el desenlace: «Él la mira. Azorada (¿le habrá visto menear las caderas?) y temerosa. Él es el guapo gigante propietario del hotel y al que nadie replica. Heed se detiene, incapaz de moverse o decir: ‘Disculpe. Lo siento’. (…)
Le toca el mentón y entonces, con naturalidad, sin dejar de sonreír, le toca un pezón, o mejor el lugar bajo el traje de baño donde habrá un pezón (…) Heed se queda ahí durante un tiempo que le parece una hora pero que es menos del que se requiere para hacer una burbuja de chicle perfecta. (…)
Heed no ha traído las piezas. Le dice a Christine que no las ha encontrado. Esa primera mentira, de las muchas que seguirán, se debe a que Heed cree que Christine sabe lo que ha sucedido y eso la ha hecho vomitar. Así pues, hay algo en Heed que no está bien. El viejo lo ha visto enseguida, y por ello le ha bastado con tocarla para que se moviera, como él sabía que iba a suceder, porque esa cosa mala ya estaba ahí, esperando que un pulgar la despertara. Ahora Christine también sabe que eso está ahí, y no puede mirarla porque la cosa mala es visible».
Canción-de-SalomonFinal de La canción de Salomón (1987): «-¿Quieres mi vida? – Lechero ya no gritaba-. ¿La necesitas? ¡Tómala!
Sin secarse las lágrimas, sin respirar hondo, sin doblar siquiera las rodillas, saltó al vacío. Ligero y resplandeciente como la estrella polar, fue girando en el aire hacia Guitarra. No importa cuál de los dos entregara su espíritu en los brazos asesinos de su hermano porque ahora Lechero sabía lo que Shalimar había sabido años atrás: que si te rindes al aire, puedes cabalgar en él».
«Soy Beloved y ella es mía. Sethe es la que recogía flores, flores amarillas en el lugar anterior al encogimiento. Las separaba de sus hojas verdes. Ahora están en la colcha donde dormimos. Estaba a punto de sonreírme cuando llegaron los hombres sin piel y nos llevaron a la luz del sol con los muertos y empujaron a éstos al mar. Sethe entró en el mar. Entró. No la empujaron. Entró. Se estaba preparando para sonreírme y cuando vio a los muertos empujados al mar también entró y me dejó allí sin rostro y sin ella. Sethe es el rostro que encontré y perdí en el agua bajo el puente. Cuando entré, vi su rostro acercándose a mí y también era mi rostro. Quise unirnos. Intenté unirnos pero ella emergió del agua entre fragmentos de luz. Volví a perderla, pero encontré la casa que me había susurrado y allí estaba, por fin sonriente. Eso es bueno, pero no puedo volver a perderla. Lo único que quiero es saber por qué se internó en el agua en el lugar donde estábamos encogidos. ¿Por qué hizo eso justo cuando estaba a punto de sonreírme? Yo quise unirme a ella en el mar pero no podía moverme, quise ayudarla cuando recogía flores, pero las nubes de uno de los disparos me enceguecieron y la perdí. Tres veces la perdí: una con las flores debido a las nubes de humo alborotadoras, una cuando se metió en el mar en lugar de sonreírme, una bajo el puente cuando quise unirme a ella y ella vino a mí pero no me sonreía. Me susurró, me masticó y se alejó nadando. Ahora la he encontrado en esta casa. Me sonríe y es mi propio rostro sonriendo. No volveré a perderla. Es mía.
Dime la verdad. ¿No has venido del más allá?
Sí. Estaba en el más allá.
¿Has vuelto por mí?
Sí.
¿Me recuerdas?
Sí. Te recuerdo.
¿Nunca me olvidaste?
Tu rostro es el mío.
¿Me perdonas? ¿Te quedarás? Ahora estás a salvo aquí.
¿Dónde están los hombres sin piel?
Afuera. Lejos.
¿Pueden entrar aquí?
No. Lo intentaron aquella vez, pero yo lo impedí. Jamás volverán. Uno de ellos estaba en la misma casa que yo. Me hizo daño.
No pueden volver a hacernos daño.
¿Dónde están tus pendientes?
Me los quitaron.
¿Los hombres sin piel se los llevaron?
Sí.
Iba a ayudarte pero las nubes se interpusieron.
Aquí no hay nubes.
Si te ponen un círculo de hierro alrededor del cuello, lo arrancaré a mordiscos.
Beloved.
Te haré un canasto redondo.
Has vuelto. Has vuelto.
¿Me sonreiremos?
¿No ves que estoy sonriendo?
Amo tu rostro. «

https://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2013/01/la-gran-hechicera-toni-morrison.html

http://www.epdlp.com/texto.php?id2=8349

La muerte de Morris West

Un paro cardíaco mientras estaba en su escritorio rodeado de libros puso fin a la vida de Morris West, acaso uno de los escritores más exitosos de los últimos cuarenta años.Murió serenamente mientras escribía, en mitad de una frase, fue el anuncio que ayer hizo Chris OHanlon, uno de los seis hijos del escritor nacido en un suburbio de Melbourne, Australia. Morris West tenía 83 años y en su herencia se cuentan 27 novelas y las regalías por 60 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.Según su hijo, Morris West se encontraba trabajando en un libro que ya tenía título : La última confesión. Mi padre hubiese querido morir de ese modo, agregó. El funeral privado se celebrará en Sydney pasado mañana.Varias de las novelas de West giraron alrededor de la Iglesia Católica. No es un detalle caprichoso: su fam
ilia era de origen católico-irlandés y nadie se sorprendió cuando, tras concluir sus estudios secundarios, ingresó en la Roman Catholic Order of Christian Brothers. Pero su visión crítica de la institución lo llevó a traicionar el mandato familiar cuando los West creían ya contar con sacerdote propio.A partir de ahí empezó a construir una biografía tan rica como desconcertante: fue secretario de un primer ministro australiano, en el ejército revistó en las filas del servicio de inteligencia -donde germinó una idea un tanto conspirativa del mundo- y en la década del 40 y parte del 50 se convirtió en una suerte de niño prodigio de la radiofonía australiana, en calidad de productor, publicista, libretista y hasta director de una broadcasting.Transformado en una verdadera máquina de trabajar, sufrió un colapso que lo tuvo un año sin caminar, postrado en un hospital. De allí salió caminando y convencido de que había llegado la hora de convertirse en escritor, profesión que había ensayado en sus tiempos libres dentro del ejército (siendo soldado escribió su primer libro, La luna en mi bolsillo). Al cobrar el cheque por su novela Kundu, abandonó Australia y se instaló en Europa.Las primeras novelas las escribió con seudónimo. ¿Si fue por vergüenza? No, fue por hambre, se justificó tiempo después, ya siendo famoso con su nombre de Morris West. El australiano recordó que por entonces los editores europeos sólo le compraban un libro por año. En consecuencia, debió multiplicarse en varios apellidos para ganar dinero. Michael East fue su seudónimo más batallador.En Nápoles, alumbró su primer éxito editorial con su verdadero nombre: Los hijos del Sol. Su gran golpe lo pegó en 1959, con El abogado del diablo. En veinte meses vendió tres millones de ejemplares.A partir de entonces empezó a forjar su prestigio de profeta. Su fórmula era simple: Yo estoy comprometido con este mundo. Esta es la misión del escritor, pero también la del ingeniero, el músico o el pintor, se impuso.Dueño de un incomparable olfato para pronosticar posibles desenlaces de los hechos más trascendentes de la política mundial, hilvanó una impresionante seguidilla de éxitos editoriales: en El embajador pronosticó el desastre militar que le esperaba a la intervención estadounidense en Vietnam. En La torre de Babel escribió acerca del tumultuoso papel que jugaría Israel en Oriente Medio. En Arlequín se animó a una trama de fraudes y crímenes informáticos. Todo fue escrito a mediados de los sesenta.Su gran profecía fue escrita en 1963. Las sandalias del pescador anticipaba la llegada al Vaticano de un sacerdote surgido del este (comunista) europeo. Quince años después, el polaco Karol Wojtyla era ungido Papa.Creía por entonces que un sacerdote que hubiese sufrido persecución ideológica, de llegar a ser Papa sería el más compasivo de todos. Pero me equivoqué. Juan Pablo II me desilusionó por su intolerancia, dijo a mediados de los ochenta.De físico fuerte y gran estatura, le gustaba el mar y era un pésimo jugador de golf. Colaboró con Amnesty International y militó contra la intervención australiana en Vietnam.Sus millones de libros vendidos no fueron suficientes para ganarse la simpatía en los círculos literarios de más prestigio. Sobre el Premio Nobel de literatura dijo con ostensible desgano: Preocuparme por ese premio es algo tonto y más bien triste.Su última profecía literaria fue El ojo del samurai, donde se anticipó al fin de la era Gorbachov, en la ex URSS. Sobre sus profecías literarias, dijo: El hecho de que las profecías se cumplieran no me proporcionó ninguna satisfacción.
Resultado de imagen para morris west
https://www.clarin.com/sociedad/murio-escritor-novelas-luego-volvian-realidad_0_Bybb2FnlRKl.html

Libros en pdf gratuitos:

https://libros-gratis.com/author/ebooks/morris-west/

Los bufones de Dios de Morris West*

Es el primer capitulo si desea seguir va donde lo encontré: https://cdn.website-editor.net/cc440f87e2024d9ea00ba39c7ca32376/files/uploaded/11West%2520Morris%2520-%2520Los%2520Bufones%2520De%2520Dios.pdf

Morris West

 

La mujer parecía una campesina, robusta, vestida de tosca lana, con el
cabello gris asomando por debajo del sombrero de paja y las redondas mejillas
encendidas como manzanas. Se mantenía erguida sobre la silla con las manos
cruzadas sobre una amplia cartera de cuero marrón pasada de moda. Se veía
cansada pero nada en ella denotaba temor. Parecía estar examinando la
mercancía que le ofrecían en una feria desconocida.
Carl Mendelius, profesor de Estudios patrísticos y bíblicos en el
Wilhelmsstift, que una vez fuera llamado el ilustre Colegio de la Universidad de
Tübingen, estiró sus largas piernas por debajo del escritorio, juntó las manos
formando un puente con los dedos índices y sonriéndole por encima de esta
precaria construcción se dirigió a ella con toda gentileza.
—¿Usted deseaba verme, señora?
—Me dijeron que usted comprendía el francés —ella hablaba con el
acento abierto y arrastrado del midi.
—Así es.
—Me llamo Teresa Mathieu. En religión soy —era— la hermana
Mechtilda.
—¿Debo comprender que ha dejado los hábitos?
—No. Fui dispensada de mis votos. Pero él dijo que siempre debería
conservar y llevar el anillo con que profesé porque mi servicio sigue siendo el
servicio del Señor.
Estiró hacia él una grande y gastada mano de trabajadora mostrando el
anillo de plata que llevaba en el anular.
—¿Él? ¿Quién es él?
—Su Santidad, el papa Gregorio, Yo formaba parte del grupo de
hermanas que atendían su casa: limpiaba su estudio y sus habitaciones
privadas: le servía su café. A veces, en los días de fiesta, cuando las otras
hermanas descansaban, solía prepararle sus comidas. Decía que le gustaba mi
forma de cocinar porque le recordaba su hogar… En esas ocasiones, a veces,
conversaba conmigo. Conocía muy bien mi tierra natal porque su familia poseía
viñedos en el Var… Y así, cuando, mi sobrina perdió a su marido y quedó sola
con cinco niños y con el restaurante que atender, yo se lo conté. Y él me
comprendió. Dijo que tal vez mi sobrina me necesitaba más que el papa, que
de todos modos tenía mucha gente a su servicio. El me ayudó a pensar con
libertad y a darme cuenta de que la caridad es la más importante de todas las
virtudes… Mi decisión de regresar al mundo fue tomada entonces, cuando la
gente en el Vaticano comenzó a decir todas aquellas cosas terribles, que el
Santo Padre estaba enfermo de la cabeza, que podía ser peligroso, todo eso. El
día que abandoné Roma fui a verlo para solicitarle su bendición. Y él me pidió,
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
como un favor especial, que pasara por Tübingen y le entregara a usted esta
carta, en sus propias manos. Y me colocó bajo obediencia, haciéndome
prometer que no debería contarle a nadie lo que él había dicho o lo que yo
llevaba. Y por eso estoy aquí…
Hurgó en el gran bolso y extrajo de él un grueso sobre de papel que
extendió hacia él por sobre el escritorio. Carl Mendelius lo recibió y lo sostuvo
en las manos evaluando su peso antes de depositarlo sobre la mesa.
—¿Vino usted aquí directamente desde Roma?
—No. Fui primero donde mi sobrina a quien acompañé durante una
semana. Su Santidad dijo que eso era lo que tenía que hacer, porque era lo
natural y propio. Me dio dinero para el viaje y un regalo para mi sobrina.
—¿Le entregó algún otro mensaje para mí?
—No. Sólo que le enviaba a usted todo su afecto. Y agregó que si me
hacía preguntas, yo debía contestarlas.
—Veo que encontró en usted un fiel mensajero —dijo Carl Mendelius
gentilmente, pero su rostro estaba serio—. ¿Querría tomar un café?
—No, gracias.
Ella cruzó las manos sobre la amplia cartera y esperó. Todo en su actitud
trasuntaba la monja que había sido y que aún parecía ser pese a su ropa de
confección casera. Mendelius hizo la pregunta siguiente con todo cuidado y
como restándole importancia.
—Estos problemas, estas murmuraciones en el Vaticano ¿recuerda
cuándo comenzaron? ¿Y por qué se produjeron?
—Sí, sé cuándo comenzaron —la respuesta de la mujer fue decidida, sin
una sombra de vacilación—. Fue al regreso de la gira que el Santo Padre hizo
por América del Sur y los Estados Unidos. Parecía entonces muy cansado, casi
enfermo y luego vinieron aquellas visitas de los chinos y los rusos y de esos
africanos que lo dejaron aún más preocupado. Después de aquello resolvió
retirarse por dos semanas a Monte Cassino. Y fue al volver de allí cuando
comenzaron los problemas…
—¿Qué clase de problemas?
—Yo nunca comprendía muy bien realmente de qué se trataba. Como
usted sabe, yo era sólo alguien muy insignificante, una hermana que hacía un
trabajo doméstico. Y nos han entrenado para no hacer comentarios sobre
materias que no nos conciernen. La Madre Superiora reprueba severamente
toda murmuración. Pero sin embargo no pude dejar de notar que el Santo
Padre parecía enfermo, que permanecía largas horas orando en la capilla, que
las reuniones con los miembros de la Curia se multiplicaban y que al salir todos
ellos parecían enojados y refunfuñaban entre sí. No recuerdo lo que hablaban,
salvo una vez que oí al Cardenal Arnaldo decir: «¡Dios Santo del cielo! ¡Tenemos
que vérnosla con un demente!
—¿Y el Santo Padre mismo, qué aspecto tenía?
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
—Conmigo nunca dejó de ser el mismo, bondadoso y cortés. Pero era
evidente que estaba muy acongojado. Un día me pidió que le llevara una
aspirina para tomarla con su café. Yo le pregunté si deseaba que llamara a su
médico. El me respondió con una curiosa pequeña sonrisa y dijo: «Hermana
Mechtilda, lo que yo necesito no es un médico, sino el don de las lenguas. A
veces me parece como si estuviera enseñando música a los sordos y pintura a
los ciegos…» Bueno, al final, claro, vino el médico y luego varios otros en los
días que siguieron. Y después de aquello el cardenal Drexel llegó a verlo; es el
Decano del Sacro Colegio y un hombre muy severo. Permanecieron encerrados
todo el día en el apartamento papal y yo ayudé a servirles el almuerzo. Y
después de ese día… bueno… ocurrió todo aquello.
—¿Comprendió usted algo de lo que estaba sucediendo?
—No. Lo único que nos dijeron fue que, por razones de salud y para
beneficio de las almas, el Santo Padre había decidido abdicar y pasar el resto de
su vida sirviendo a Dios en un monasterio. Nos pidieron que rogáramos por él y
por la Iglesia.
—¿Y él no le dio nunca ninguna explicación de lo que estaba ocurriendo?
—¿A mí? —Ella se lo quedó mirando con una auténtica e inocente
sorpresa—. ¿Por qué a mí? Yo era nadie. Pero después que me bendijo
deseándome buen viaje, él puso sus manos en mis mejillas y dijo: «Tal vez,
hermanita, ambos somos afortunados por habernos encontrado». Y esa fue la
última vez que lo vi.
—¿Y ahora qué piensa hacer usted?
—Volver a casa con mi sobrina, ayudarla con los niños, cocinar en el
restaurante. Es un negocio pequeño, pero si logramos mantenerlo como se
debe, es bastante bueno.
—Estoy seguro de que lo conseguirán —dijo Carl Mendelius
respetuosamente al tiempo que se levantaba y extendía su mano hacia ella—.
Gracias hermana Mechtilda, gracias por venir a verme y por lo que ha hecho
por él.
—Oh, no es nada. El era un hombre bueno que siempre comprendió a la
gente corriente como yo.
La palma de la mano de la mujer tenía la piel seca y agrietada por el
lavado y la friega de las cazuelas y Mendelius, al verla, sintió vergüenza de sus
propias diestras y suaves manos en las cuales Gregorio XVII, sucesor del
príncipe de los apóstoles había depositado su último, su más secreto memorial.
Aquella noche, en su enorme estudio del ático, cuyas ventanas miraban
hacia el bulto gris de la Stiftskirche de St. George, Mendelius veló hasta tarde,
teniendo por únicos testigos de su meditación a los bustos de Melanchthon y de
Hegel, el primero de los cuales había sido asistente de profesor y el otro
alumno de la antigua universidad; pero hacía ya tiempo que la muerte había
absuelto a ambos de toda perplejidad.
Delante de él, abierta y extendida sobre la mesa, yacía la carta de Jean
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
Marie Barette, el Gregorio portador del número diez y siete en la línea de la
sucesión papal: treinta páginas de fina cursiva manuscrita, de impecable estilo
gálico, testimonio de una tragedia personal y de una crisis política de dimensión
mundial.
Mi querido Carl:
«En ésta, la larga noche de mi alma, cuando la razón se
tambalea al borde del abismo y la fe de toda una vida pareciera,
haberse perdido, acudo a usted en busca de la gracia de la
comprensión.
«Hace ya muchos años que somos amigos. Sus libros y sus
cartas han sido hasta ahora mis inseparables compañeros de viaje:
bagaje infinitamente más esencial para mí que mis camisas o mis
zapatos. En numerosos momentos de ansia e inquietud sus consejos
han sido fuente de paz para mí, así como su visión y sabiduría no
han dejado de ser la luz que ha guiado mis pasos por los oscuros
laberintos del poder. Y por eso, a pesar de que las sendas de
nuestras vidas parecieran haber divergido, me consuela creer que
nuestros espíritus han mantenido la unidad de sus valores.
«Mi silencio durante estos últimos meses de mi purgatorio
personal se ha debido al hecho de que he deseado mantenerlo al
margen para no comprometerlo en lo que me estaba ocurriendo.
Desde hace ya algún tiempo he vivido sometido a una estrecha
vigilancia y en consecuencia no me ha sido posible mantener nada
privado, ni aun mis papeles más secretos. En verdad tengo que
confesarle que si esta carta cae en manos equivocadas, usted
quedará expuesto a un gran riesgo y si decide llevar a cabo la misión
que intento encomendarle, el peligro a que aludo se multiplicará con
cada día que pase.
«Comenzaré a contarle la historia por su desenlace. El mes
pasado, los cardenales del Sacro Colegio, entre los cuales creo que
cuento con algunos amigos, decidieron, por una amplia mayoría, que
yo estaba, si no loco, por lo menos no en un estado mental
competente para desempeñar las tareas del pontificado. Esta
decisión, motivada por razones que más adelante le explicaré en
detalle, colocó a mis hermanos cardenales frente a un dilema que
resultó trágico y cómico a la vez.
«Sólo existían dos fórmulas para librarse de mí: deponerme u
obligarme a abdicar. Deponerme implicaba dar explicaciones
públicas, lo que evidentemente era imposible por lo que nadie se
atrevió siquiera a considerar esta primera opción, ya que el olor a
conspiración habría sido demasiado fuerte y el riesgo de cisma
consiguiente demasiado grande. Por otra parte, la abdicación, en
tanto que acto legal, no habría podido ser llevada a cabo por un
hombre mentalmente enfermo, pues habría carecido de toda validez
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
jurídica.
«Mi dilema personal, en cambio, era completamente diferente.
Yo no había pedido ser elegido. Había aceptado, con temor, pero
confiando en el Espíritu Santo para encontrar la luz y la fuerza
necesarias. Aquel día en Monte Cassino creí —e intento
desesperadamente continuar creyendo— que había recibido una
iluminación especial del Señor y que mi deber consistía en comunicar
esa luz a un mundo atrapado en la oscuridad de la última hora antes
de medianoche. Por otra parte comprendí que sin la ayuda de mis
más antiguos colaboradores, los hombres claves de la Iglesia,
ninguna acción era posible para mí. Me veía reducido a la impotencia
porque mis declaraciones podían ser distorsionadas y las directivas
que impartiera anuladas. Los hijos de Dios podrían haber sido así
sumidos en la confusión o impulsados a la revuelta.
«Fue entonces cuando Drexel vino a verme. Como usted sabe,
es el Decano del Sacro Colegio de Cardenales y fui yo mismo quien
lo nombró en su actual cargo de Prefecto de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe. A usted le sobran razones
para saber que es un formidable perro guardián, sin embargo en
privado es un ser comprensivo, sensible y muy humano. Al momento
vi que para él era muy dolorosa la misión que se le había impuesto,
pues venía como emisario de sus hermanos los cardenales con cuya
opinión no estaba de acuerdo pero había sido encargado de
transmitirme su decisión. Se me pedía que abdicara y me retirara
enseguida a la oscuridad de un monasterio. En el caso de que no
aceptara ellos estaban dispuestos a correr el riesgo de hacerme
declarar insano e internarme bajo vigilancia médica en un
establecimiento para enfermos mentales.
«Como comprenderá, el impacto recibido fue muy fuerte, pues
jamás había yo imaginado siquiera que pudieran atreverse a tanto. A
este primer momento de sorpresa siguió otro de puro terror pues
conozco lo suficiente la historia de este cargo para no ignorar que la
amenaza era real. El Vaticano es un estado independiente y todo lo
que ocurre dentro de sus muros carece de audiencia exterior cuando
los que gobiernan aquí así lo han decidido.
«Luego el terror también pasó y logré encontrar la calma
suficiente para preguntarle a Drexel qué pensaba de la situación. Me
respondió al instante y sin vacilaciones. No le cabían dudas de que
sus colegas podían cumplir su amenaza y que estaban plenamente
dispuestos a hacerlo. Sabían que el daño —considerando el crítico
momento internacional— sería grande, pero no irreparable. La
Iglesia había sobrevivido a los Theophylacts, a los Borgia y a las
orgías de Avignon. Podría sobrevivir a la locura lunática de Jean
Marie Barette. En vista de lo anterior Drexel me ofrecía, muy
amistosamente, su opinión personal: lo que me convenía era
inclinarme ante lo inevitable y abdicar aduciendo motivos de mala
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
salud. Concluyó agregando su pequeña cláusula propia que cito
textualmente para usted: «Haga lo que le piden, Santidad, pero nada
más, ni un ápice más. Usted se irá. Se retirará a la vida privada. Y yo
me enfrentaré a cualquier documento o instrumento que intente
amarrarlo a algo más. Y en cuanto a esta luz que usted declara
haber recibido, no es a mí a quien corresponde juzgar si viene de
Dios o si es simplemente el fruto de un espíritu sobrecargado por las
ansiedades propias de su alta investidura. Si fuera solamente una
ilusión, espero que antes que transcurra mucho tiempo, sabrá
desecharla. Si es algo que viene de Dios, entonces estoy seguro de
que Él permitirá que, cuando llegue el momento, la verdad se haga
manifiesta… Pero si entretanto lo declaran insano, quedará usted
completamente desacreditado y la luz que hay en usted se apagará
para siempre. La historia, especialmente la de la Iglesia, sólo se ha
escrito para justificar a los sobrevivientes».
«Comprendí perfectamente lo que sus palabras significaban,
pero aun así no podía decidirme a aceptar una solución tan tajante.
Hablamos durante todo aquel día, examinando cada alternativa
posible. Más tarde, y por largas horas aquella noche, oré en la
soledad de mis habitaciones hasta que, finalmente, en un estado de
total agotamiento, terminé por rendirme. A las nueve de la mañana
siguiente mandé llamar a Drexel y le comuniqué que estaba pronto
para abdicar.
«Hasta aquí, mi querido Carl, le he contado cómo sucedió todo.
Relatar el por qué tomará mucho más tiempo: y entonces usted
también, mi dilecto amigo, será llamado a juzgarme. Ahora mismo,
escribir estas líneas temo que su juicio pueda serme desfavorable.
Así es la fragilidad humana. Todavía no he aprendido a confiar en el
Señor cuyo Evangelio intento proclamar…»
La angustia implícita en aquel llamado conmovió profundamente a
Mendelius y sintió que las letras se borraban delante de sus doloridos ojos. Se
reclinó en su silla y se entregó al torrente de sus recuerdos. Se habían conocido
en Roma, hacía ya dos décadas, cuando Jean Marie Barette, en su cargo de
cardenal era el miembro más joven de la Curia romana y el padre Mendelius, S.
J., estaba apenas iniciando en la Universidad Gregoriana su primer curso sobre
Elementos para la Interpretación de las Escrituras. El joven cardenal había
asistido como invitado a una clase sobre las comunidades judías en los primeros
tiempos de la Iglesia. Después habían cenado juntos y se habían quedado
conversando hasta muy entrada la noche. Al separarse aquella madrugada, una
amistad había nacido.
Más adelante, cuando vinieron los días malos y Mendelius, delatado por
sospecha de herejía ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue
sometido durante largos meses a una implacable investigación, Jean Marie
Barette nunca dejó de apoyarlo con todo el peso del poder e influencia de que
entonces disponía. Y más tarde, cuando él había sentido que su vocación
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
sacerdotal ya no lo satisfacía y había pedido ser devuelto a la vida laica,
solicitando al mismo tiempo el permiso para casarse, Barette había sido su
abogado ante un renuente e irascible pontífice. Y cuando, finalmente, había
presentado su candidatura para la cátedra en Tübingen, la más brillante
recomendación llevaba la firma de Gregorio XVII, Pontífice Máximo.
Ahora sus mutuas posiciones se habían invertido. Jean Marie Barette se
encontraba desterrado en tanto que él, Carl Mendelius, florecía en la libre zona
de un matrimonio dichoso y de una vida profesional plenamente realizada.
Cualquiera que fuera el costo él se debía a sí mismo permanecer fiel a los
deberes de la amistad. Volvió a inclinarse sobre la interrumpida lectura de la
carta.
«…Usted conoce las circunstancias de mi elección. Mi
predecesor, que centró su acción en lo social logró completar con
éxito la misión que se había fijado. Reforzó a la vez la centralización
de la Iglesia y la disciplina y restauró la línea dogmática tradicional.
Su enorme encanto personal —magnetismo propio de un gran
actor— ocultó por mucho tiempo el hecho de que sus actitudes eran
esencialmente rigoristas. Al envejecer se fue tornando cada vez más
intolerante, menos y menos abierto a los argumentos que le parecían
ajenos. Se veía a sí mismo como el Instrumento de Dios, encargado
de destruir a las fuerzas de la impiedad. Era difícil convencerlo de
que, a menos que ocurriera un milagro, todos los hombres —
creyentes o incrédulos por igual— estaban condenados a
desaparecer. Habíamos llegado a la última década del siglo y con ella
a sólo unos pasos de la guerra nuclear. Cuando asumí el cargo —
elección que fue el resultado de un compromiso después de un
Cónclave que duró seis días— me sentí aterrado ante la perspectiva
de lo que esperaba a la raza humana.
«No necesito leerle el texto apocalíptico tan claramente impreso
en el mundo de hoy, el angustioso clamor del Tercer Mundo
oscilando al borde de la total inanición, el permanente riesgo de
colapso económico de los países occidentales, el creciente costo de
la energía, la loca y salvaje carrera armamentista, la tentación de los
militaristas de llevar a cabo su última y más demente jugada, cuando
aún les es posible calcular las consecuencias de sus apuestas. Para
mí, sin embargo, lo más espantoso dentro de este cuadro era la
atmósfera de reprimida desesperación prevaleciente entre los líderes
mundiales, la sensación oficial de impotencia, la extraña y atávica
regresión hacia una visión mágica del universo.
«Usted y yo hemos discutido muy a menudo la proliferación de
los cultos nuevos y su manipulación en provecho del dinero y del
poder. Hemos presenciado asimismo la explosión de estos
fanatismos en las antiguas religiones. Algunos de nuestros fanáticos
particulares deseaban que yo proclamara un Año Mariano y que
lanzara un llamado para una vasta movilización de masas en
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
peregrinaciones a todos los santuarios de la Virgen a través del
mundo. Les contesté que jamás haría nada semejante. Lo último que
necesitamos es el estallido de un pánico de los mojigatos.
«Creo que el mejor servicio que actualmente puede ofrecer la
Iglesia es el de la mediación fundada en la razón y en la caridad para
con todos. Esa es, por lo demás, la tarea para la cual yo, como
pontífice, me sentía más apto y en consecuencia, más llamado a
realizar. Por eso hice saber que, en aras de la paz, estaba dispuesto
a ir donde fuera y a recibir a quien fuera, pero tratando al mismo
tiempo de dejar muy en claro que no poseía ninguna fórmula mágica
capaz de resolver problemas ni tampoco ninguna ilusión sobre los
alcances de mi propio poder. Conozco demasiado bien la mortal
inercia de las instituciones, la locura que matemáticamente lleva a
los hombres a pelear a muerte entre sí sobre la más sencilla
ecuación de cualquier compromiso. Me dije a mí mismo y traté de
convencer de ello a los líderes de las naciones que aun un solo año
de respiro antes del advenimiento de Armageddon constituía de por
sí una victoria. Pero no obstante el temor de un inminente
holocausto me perseguía noche y día, socavando mis reservas de
valor y de confianza.
«Finalmente decidí que, para conservar algún sentido de
perspectiva y rehacer mis reservas espirituales era imprescindible
que descansara. En consecuencia resolví hacer dos semanas de
retiro en el monasterio de Monte Cassino. Usted conoce bien el lugar
que fue fundado por San Benito en el siglo sexto. Pablo el diácono
escribió allí sus historias y mi tocayo Gregorio IX hizo la paz con
Federico de Hohenstaufen. Pero sobre todo es un lugar aislado y
sereno y su abad, el padre Andrew es un hombre de singular piedad
y gran discernimiento. Me colocaría pues bajo su dirección espiritual
y me dedicaría a meditar en silencio para renovar mi ser interior.
«Así lo había planeado yo, mi querido Carl, y así había
comenzado a realizar mi plan. Pero llevaba allí solamente tres días
cuando ocurrió aquel acontecimiento».
La frase terminaba al final de la página y Mendelius vaciló antes de
continuar, sintiendo un débil estremecimiento de disgusto, como si le estuvieran
pidiendo que presenciara la realización de un acto de intimidad corporal de otra
persona. Solo merced a un gran esfuerzo logró proseguir la lectura.
«…Doy el nombre de acontecimiento a aquello que ocurrió pues
no deseo prejuiciar en ninguna forma su apreciación del hecho y
también porque aquello tuvo para mí una dimensión física. Sucedió.
No es algo que yo imaginara. La experiencia fue tan real como el
desayuno que acababa de tomar en el refectorio del convento.
«Eran las nueve de la mañana de un día claro y soleado, y me
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
hallaba sentado en un banco de piedra en el jardín del claustro. Un
poco más allá un monje preparaba tierra en unos tiestos destinados
a recibir flores. Me sentía bien, relajado y plácido. Comencé a leer el
capítulo catorce del Evangelio de San Juan que el abad había
propuesto como tema para la meditación de aquel día. Usted
recuerda la forma en que comienza este capítulo, con el discurso del
Señor en la Ultima Cena: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en
Dios, creed también en Mí…» El texto mismo, reconfortante,
consolador, pleno de seguridades, calmaba con mi estado de ánimo.
Cuando llegué al versículo:
«y el que me ame será amado de mi Padre…»
cerré el libro y levanté la vista.
«A mi alrededor, todo había cambiado. El monasterio, el jardín, el
monje que trabajaba habían desaparecido y yo me encontraba solo
en una alta y estéril cumbre cercada por negras montañas cuyo perfil
se destacaba, desigual y nítido, sobre la lobreguez del cielo. Todo el
lugar se hallaba sumido en un silencio de tumba. No sentí temor sino
un terrible vacío como si me hubieran abandonado a la intemperie,
como si algo hubiera socavado el meollo de mi ser dejando tan solo
la cáscara. Y supe entonces, sin lugar a dudas, que estaba
presenciando las consecuencias de la última locura del hombre: un
planeta muerto. No encuentro palabras adecuadas para describirle lo
que ocurrió en -seguida. Fue como si súbitamente un enorme
incendio hubiera estallado dentro de mí, como si hubiera sido cogido
en un furioso torbellino y proyectado, fuera de toda dimensión
humana, hacia el centro de una luz insostenible. La luz era una voz y
la voz era una luz y todo mi ser pareció impregnarse del mensaje de
esa voz y de esa luz. Era el final de todo, el comienzo mismo de
todo: punto omega del tiempo, punto alfa de la eternidad. Habían
dejado de existir los símbolos para dar paso a la existencia de la
pura, simple y única Realidad. Se habían cumplido todas las
profecías. El orden había surgido del caos y la última verdad se había
hecho patente. En un momento de exquisita agonía comprendí que
debía anunciar este acontecimiento, que debía preparar al mundo
para su advenimiento. Había sido llamado para proclamar que los
últimos días estaban próximos y que la humanidad debía aprontarse
para la Parusía: es decir para la Segunda Venida del Señor Jesús.
«Y justo en el momento en que sentí que aquella agonía estaba a
punto de explotar en mí, destruyéndome, todo terminó. Y me
encontré de regreso en el jardín del claustro. El monje seguía
trabajando en la tierra destinada a sus rosas, el Nuevo Testamento
reposaba sobre mis rodillas, abierto en el Capítulo veinticuatro de
San Mateo «porque como el relámpago sale por oriente y brilla hasta
el occidente, así será la venida del Hijo del hombre,..» ¿Accidente o
destino? No lo sé y creo que ya no tiene importancia.
«Y esto es Carl, lo que ha ocurrido, dicho en las palabras más claras
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
y cercanas a mi visión que he podido encontrar, para el amigo más
próximo a mi corazón. Cuando a mi regreso a Roma intenté explicar
a mis colegas lo que había sucedido, vi en sus rostros el impacto que
mis palabras producían: ¿Un papa con revelaciones privadas? ¿Un
precursor de la Segunda Venida del Señor? ¡Locura! La última y más
explosiva sinrazón. Yo me había transformado en una bomba de
tiempo que había que desconectar tan pronto como fuera posible. Y
sin embargo así como no me era posible cambiar el color de mis
ojos, tampoco me era posible cambiar lo que había ocurrido, que
había quedado para siempre impreso en cada fibra de mi ser del
mismo modo y con tanta fuerza como la huella genética dejada en
mí por mis padres. Me sentía impelido a hablar de ello, condenado a
anunciar lo que había visto a un mundo que se precipitaba, sin
rumbo, hacia su extinción.
«Comencé entonces a trabajar en la preparación de una
Encíclica, una Carta a la Iglesia Universal. El texto se iniciaba con
estas palabras: «In his ultimis annis fatalibus…». En estos últimos y
fatales días del milenio… Mi secretario encontró sobre mi escritorio el
borrador, lo fotografió secretamente y distribuyó copias de su
descubrimiento entre los miembros de la Curia. Todos quedaron
horrorizados. Se dedicaron entonces —separadamente y en
conjunto— a urgirme para que suprimiera el documento. Cuando
rehusé hacerlo pusieron sitio a mis habitaciones y bloquearon todas
mis comunicaciones con el mundo exterior. Luego citaron a una
reunión de emergencia del Sacro Colegio y convocaron al Vaticano a
un grupo de médicos y psiquiatras para que examinaran mi estado
mental y de esta manera iniciaron el curso de los acontecimientos
que culminaron en mi abdicación.
«Y así, ahora, en esta extrema penuria a la que me he visto
reducido, recurro a usted no sólo porque es amigo mío, sino también
porque usted, que ha sufrido los rigores de la inquisición comprende
y sabe cómo la persistente presión de los interrogatorios es capaz de
hacer tambalear la razón. Si juzga que estoy loco, lo absuelvo
anticipadamente de toda culpa que pueda sentir por la censura que
me haga, y le agradezco la amistad que he tenido el privilegio de
compartir con usted. Si se encuentra capaz de creer por lo menos
que no he hecho otra cosa sino contarle una simple y terrible verdad,
le ruego que estudie los dos documentos que acompañan esta carta:
una copia de mi Encíclica a la Iglesia Universal y una lista de
personas de diversos países con las cuales mantuve excelentes
relaciones durante mi pontificado y que tal vez estén preparadas
para confiar en mí o para actuar de mensajeros en mi nombre. En
ese caso trate de ponerse en contacto con ellas, de hacerles
comprender todo lo que aún pueden hacer en estos últimos y fatales
años. No creo que sea posible impedir la inevitable catástrofe, pero sí
creo que tengo la obligación de continuar hasta el fin proclamando la
buena nueva del amor y la salvación.
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
«Si acepta esta tarea que deseo encomendarle, correrá un gran
riesgo; tal vez, incluso, el riesgo de su propia vida. Recuerde el
Evangelio de Mateo «…Entonces os entregarán a la tortura y os
matarán… Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y
odiarán mutuamente».
«Muy pronto abandonaré este lugar para dirigirme a la soledad
de Monte Cassino. Espero que llegaré ahí sin problemas. Si no fuera
así, me encomiendo, así como a su familia y a usted mismo al
amoroso cuidado de Dios.
«Se ha hecho tarde. Hace ya mucho tiempo que la merced del
sueño me ha sido negada, pero ahora que esta carta ha sido escrita
tal vez me sea concedida.
«Soy, como siempre, suyo en Cristo
Jean Marie Barette».
Bajo la firma había garabateado un irónico agregado:
«Feu le pape»… el ex-pontífice.
Carl Mendelius, aturdido y casi privado de sensibilidad por el doble efecto
del impacto de los acontecimientos del día y el cansancio, no se encontró capaz
de leer el apretado texto de la encíclica, y en cuanto a la larga lista de nombres,
por lo que a él se refería, bien podía haber estado escrita en sánscrito. Dobló
cuidadosamente la carta y los documentos y los colocó en la antigua y negra
caja fuerte donde guardaba los papeles sellados de su casa, su póliza de
seguros y las porciones más importantes de su material de investigación.
Lotte estaría esperándolo abajo, tejiendo tranquilamente junto al hogar,
pero él no se atrevía a enfrentarla hasta no haberse compuesto una actitud y
haber encontrado alguna forma de respuesta a las inevitables preguntas: «Carl,
¿qué decía la carta? ¿Qué es lo que realmente le ha sucedido a nuestro querido
Jean Marie?»
¿Qué, en realidad? Fuera lo que fuera Carl Mendelius —sacerdote
fracasado, marido amante, padre perplejo, creyente escéptico— era por sobre
todo un investigador de la historia, rígido y exigente en su aplicación de las
reglas de la evidencia interna y externa. En un texto, le era posible oler a la
distancia cualquier interpolación y seguir su pista con meticulosidad y exactitud
hasta su fuente misma, ya fuera ésta gnóstica, maniquea o essenita.
Sabía que la doctrina de la Parusía —la Segunda Venida del Redentor
que marcaría el fin de los tiempos históricos— pertenecía a la más antigua y
auténtica tradición. Estaba inscrita en los Evangelios Sinópticos, afianzada en el
Credo, recordada cada día en la liturgia: «Cristo murió, Cristo volverá». Esta
tradición representaba la más firme esperanza del creyente para la justificación
final del plan divino, la victoria última del orden sobre el caos, del bien sobre el
mal. El hecho de que Jean Marie Barette, que acababa de ser papa, creyera eso
y lo predicara como un artículo de fe era tan natural y necesario para él como
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
el hecho mismo de respirar.
Pero que este mismo Jean Marie Barette estuviera mezclado y
comprometido en la forma más primitiva y más estrecha de la fe — el
advenimiento de un cataclismo universal seguido por un juicio universal
también, para el cual era preciso prepararse— era, por decir lo menos,
perturbador. A lo largo de la historia, la milenaria tradición había tomado
muchas formas y no todas ellas habían sido religiosas. Estaba por ejemplo
implícita en la idea hitlerista del Reich de mil años, así como en la promesa
marxista de que el capitalismo desaparecería para dar paso a la fraternidad
universal del socialismo. Jean Marie Barette no había necesitado de visión
alguna para dar forma a su idea del milenium. Podía perfectamente haberla
copiado de mil fuentes diversas, desde el libro de Daniel hasta los profetas
Cevennoles del siglo XVII.
Pero el hecho de haber sido él, el papa, quien tuviera la visión,
representaba un elemento a la vez perturbador y familiar en el diseño de la
reflexión de Mendelius. Porque el ministro de una religión organizada era, por
su función misma, ordenado a exponer, bajo su autoridad, una doctrina que los
siglos habían fijado y hecho consensual. Sise excedía en su mandato podía ser
silenciado o excomulgado por la misma autoridad que le había confiado el
encargo de desempeñar esa función.
El profeta, sin embargo, pertenecía enteramente a otro orden de
criaturas. Proclamaba su relación directa con el Todopoderoso y en
consecuencia el mandato de que estaba investido no respondía ante ninguna
instancia humana ni podía ser prohibido por ningún agente humano. Podía
desafiar al más sagrado de los pasados con la clásica frase, la misma que había
usado Cristo: «Está escrito… pero Yo os digo…» De manera que el profeta era
siempre el extraño, el heraldo del cambio, el retador al orden existente.
El problema de los cardenales no consistía en la locura misma de Jean
Marie Barette sino en el hecho de que hubiera aceptado la función oficial de
gran sacerdote y de supremo maestro y que luego hubiera asumido otro rol,
contradictorio con este primero.
En teoría, por supuesto, no era preciso que hubiera contradicción. La
doctrina de la revelación privada, de la comunicación personal entre la criatura
y su creador era tan antigua como la doctrina de la Parusía. En Pentecostés el
Espíritu Santo había descendido sobre los apóstoles reunidos; Saulo había sido
derribado en el camino de Damasco, Juan cogido y envuelto en la revelación
apocalíptica en Patmos y todos estos eran acontecimientos enraizados en la
tradición. Por consiguiente, ¿era tan impensable que en esta última y fatal
década del milenio, cuando la posibilidad de la destrucción planetaria era un
hecho probado y un peligro real y vivo, Dios hubiera elegido a un nuevo profeta
para hacer su llamado al arrepentimiento y a la salvación?
En términos teológicos por lo menos, esta era una proposición
completamente conforme a la ortodoxia. Para Carl Mendelius, sentado allí en su
estudio de historiador y llamado a juzgar la sanidad mental de un amigo, era
una especulación altamente peligrosa. De todos modos estaba demasiado
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
cansado para ser capaz de emitir juicio alguno sobre nada, ni aun sobre el tema
más sencillo; de manera que cerró la puerta de su estudio y bajó a la sala de
estar.
Lotte, rubia, rolliza, afectuosa y satisfecha como una gata con su rol de
madre de dos bellos hijos y de esposa del profesor Mendelius, le sonrió y
levantó el rostro para que él la besara, y él, cogido bruscamente en un impulso
de pasión, la acercó a sí y la sostuvo apretadamente por unos momentos. Ella
lo miró, un tanto extrañada y dijo:
—¿A qué se debe esto?
—Te amo.
—Yo te amo también.
—Vamos a la cama.
—No puedo ir todavía. Johann ha telefoneado para decir que olvidó la
llave y le dije que lo esperaría. ¿Quieres un coñac?
—Acepto. Es lo mejor después de lo otro.
Ella le sirvió el licor y comenzó a hacerle exactamente las preguntas que
el había temido. Comprendió que no podía usar de argucias con ella. Era
demasiado inteligente para contentarse con verdades a medias, de manera que
le contestó directa y sencillamente.
—Los cardenales lo forzaron a abdicar porque creyeron que estaba loco.
—¿Loco? ¡Dios santo! Yo hubiera pensado que no hay nadie tan cuerdo
como él.
Le alcanzó la bebida y se sentó en la alfombra dejando descansar la
cabeza en las rodillas de él. Levantaron sus copas deseándose mutuamente
salud. Mendelius acarició la cabeza y los cabellos de su mujer. Ella volvió a
preguntar.
—¿Cuál fue el motivo que les hizo pensar que estaba loco?
—El declaró —como me lo ha declarado a mí— que había tenido una
revelación privada mostrándole que el fin del mundo estaba próximo y
urgiéndolo a actuar como mensajero de la segunda venida de Cristo.
—¿Qué? —Ella se atoró con su copa, escupiendo la bebida. Mendelius le
pasó su pañuelo para ayudarla a limpiar su blusa.
—Es verdad, schatz. En su carta me describe la experiencia, en la que
cree absolutamente. Y ahora que lo han silenciado acude a mí para que lo
ayude a proclamar y propagar la noticia.
—Aún no puedo creerlo. Siempre fue tan… tan francés y tan práctico. Tal
vez es cierto que se ha vuelto loco.
—Un hombre loco no habría podido escribir la carta que él me ha escrito.
Puedo aceptar que haya sido juego de una ilusión, de una idea fija resultante
de un exceso de tensiones o incluso puedo creer en un ejercicio defectuoso de
su propia lógica. Eso puede sucederle a cualquiera. Los hombres cuerdos
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
creyeron en una época que el mundo era plano. Y hombres cuerdos guían sus
vidas por los horóscopos de los diarios dominicales… Millones, como tú y yo,
creen en un Dios cuya existencia no pueden probar.
—Sí, pero no vamos por allí proclamando que el mundo terminará
mañana.
—No schatz, no lo hacemos. Pero sabemos que si los rusos y los
americanos aprietan el botón, eso es exactamente lo que puede suceder.
Vivimos bajo la sombra de esa realidad y nuestros hijos están conscientes de
eso.
—Carl, no sigas.
—Lo siento.
Se inclinó y besó sus cabellos mientras ella respondía apretando la mano
de él contra sus mejillas… Unos pocos momentos después ella preguntó
quietamente.
—¿Y harás lo que Jean Marie te pide?
—No lo sé, Lotte. Realmente no lo sé. Creo que debo pensarlo muy
cuidadosamente. Primero necesito hablar con la gente que estuvo más cerca de
él. Después quiero verlo a él mismo… me parece que es lo menos que le debo.
Ambos le debemos eso.
—Eso significa que deberás irte.
—Sólo por un tiempo muy corto.
—Odio cuando estás lejos. Te echo tanto de menos.
—Ven conmigo entonces… Hace siglos que no has ido a Roma. Y hay
muchísima gente a quien podrías ver.
—No puedo ahora Carl, tú lo sabes. Los niños me necesitan. Este es un
año muy importante para Johann y me gustaría no perder de vista a Katrin y a
su joven enamorado.
La pequeña y familiar discusión había vuelto a surgir, como siempre,
entre ellos. La constante preocupación de gallina que Lotte sentía por los niños
y sus propios celos de hombre de mediana edad por esas atenciones
maternales no dirigidas a él. Pero esta noche estaba demasiado cansado para
discutir de manera que se contentó con posponer el tema.
—Hablaremos de eso otro día, schatz. Antes que me sea posible poner
un pie fuera de Tübingen, necesito algunos consejos profesionales.
A los cincuenta y tres años Anneliese Meissner había alcanzado una
amplia variedad de distinciones académicas —la más notable de las cuáles era
la de haber sido designada por unanimidad como la mujer más fea de todas las
facultades de la Universidad. Rechoncha, gorda, de piel cetrina y boca de rana,
tenía los ojos escasamente visibles detrás de unas gruesas gafas de miope, un
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
desordenado y desvaído cabello amarillento enmarcaba este rostro haciéndolo
semejar a una cabeza de Medusa y acentuaba esta impresión el hecho de que
su voz fuera rasposa y dura. En cuanto a su vestimenta era a la vez amanerada
y descuidada. Si a todo esto añadimos un humor sardónico y un despiadado
desprecio por la mediocridad se obtenía, como una vez dijo un colega «el perfil
perfecto de una personalidad condenada a la alienación».
Y sin embargo, en virtud de algún milagro, ella había logrado salvarse de
la sentencia y al contrario, se había transformado, al amparo del viejo castillo
de Hohentübingen, en una especie de diosa tutelar de aquel lugar. Su
apartamento del Burgsteige, donde estudiantes y profesoras, sentados en
banquetas o encaramados en cajones solían reunirse para beber y discutir
fieramente hasta altas horas de la madrugada, se asemejaba más a un club que
a una habitación privada. Los cursos que dictaba en psicología clínica
desbordaban de alumnos y sus trabajos se publicaban en las mejores revistas
científicas en una docena de lenguas diferentes. La mitología estudiantil la
había dotado incluso de un amante, un gnomo de las montañas Harsz, que en
los domingos o en los grandes días de fiesta de la Universidad, bajaba
secretamente a visitarla.
Al día siguiente de haber recibido la carta de Jean Marie, Carl Mendelius
la invitó a almorzar con él en un comedor privado de la Weinstube Forelle.
Anneliese Meissner comió y bebió copiosamente, sin dejar no obstante de
monologar, en su usual forma punzante y ácida, sobre los más variados temas,
la administración de los dineros de la Universidad, la política local de Badén
Württenburg, el trabajo presentado por un colega sobre la depresión endógena,
trabajo que calificó de «desecho pueril» y la vida sexual de los trabajadores
turcos de la industria local de papel. Llegaron así hasta el café antes que
Mendelius juzgara oportuno colocar su pregunta.
—¿Si yo le mostrara una carta, estaría usted en condiciones de
ofrecerme una opinión clínica sobre la persona que la escribió?
Ella lo miró con su mirada miope y sonrió. La sonrisa era terrorífica pues
parecía como si ella se preparara para engullirlo junto con las últimas migajas
de su pastel de manzanas.
—¿Me va a mostrar esa carta, Carl?
—Sí, si le otorga los privilegios de una comunicación profesional.
—De usted sí, Carl, estoy dispuesta a aceptarla. Pero antes que me la
enseñe, creo preferible dejar en claro, para que usted los comprenda bien,
algunos axiomas de mi disciplina. No deseo que me comunique un documento
que obviamente es importante para usted y que luego venga a quejarse
diciendo que mi comentario es inadecuado. ¿Comprendido?
—Comprendido.
—Primero, entonces: la escritura manuscrita, tal como se presenta en
estudios seriales de diversos ejemplares, es un indicador bastante confiable del
estado cerebral, ya que aun la simple hipoxia —inadecuación o insuficiencia de
la carga de oxígeno que recibe el cerebro— produce un rápido deterioro de la
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
escritura. Segundo: un sujeto, aunque se encuentre en un grado avanzado de
su enfermedad psicótica, puede tener sin embargo períodos lúcidos durante los
cuales sus escritos o dichos se ajustan completamente al patrón racional.
Holderlin murió de una esquizofrenia sin remedio en esta misma ciudad
nuestra. Y sin embargo ¿podría usted, al leer su «Pan y vino» o su ‘»Empédocles
en el Etna» siquiera imaginar nada semejante? Nietzsche murió de una parálisis
general que suele ser consecuencia de la locura y que se debió probablemente
a una infección sifilítica. ¿Podría usted diagnosticar eso con la sola evidencia de
«Así hablaba Zarathustra»? Tercer punto: toda carta personal contiene
indicadores de los estados emocionales o aun de las tendencias psíquicas de su
autor; pero son sólo indicadores. Los estados patológicos pueden ser
superficiales, las propensiones pueden hallarse perfectamente encuadradas
dentro de la normalidad. ¿Me he expresado claramente?
—Admirablemente, profesora —dijo Carl Mendelius haciendo un cómico
gesto de rendición—. Estoy colocando mi carta en manos seguras. —Se la
tendió a través de la mesa—. Hay además otros documentos, pero aún no he
tenido tiempo para estudiarlos. El autor de todo es el papa Gregorio XVII que
acaba de abdicar la semana pasada.
Anneliese Meissner juntó sus gruesos labios en un silbido de sorpresa,
pero no dijo nada. Leyó la carta lentamente, sin hacer comentarios, mientras
Mendelius sorbía su café y mordisqueaba algunos «petits fours», lo cual era sin
duda muy inconveniente para su cintura, pero en todo caso mejor que el
cigarrillo cuyo hábito estaba desesperadamente intentando abandonar.
Finalmente Anneliese terminó su lectura. Depositó la carta en la mesa frente a
ella y la cubrió con sus grandes y regordetas manos. Eligió sus primeras
palabras con clínico cuidado.
—No estoy demasiado segura, Carl, de ser la persona adecuada para
comentar esto. No soy creyente, nunca lo he sido. Cualquiera que sea la
facultad que nos capacita para dar el salto de la razón a la fe, jamás la he
tenido. Algunas personas son sordas, otras son daltónicas, yo he sido siempre
una incurable atea. Créame que a menudo lo he lamentado. A veces, en mi
trabajo clínico, y con relación a algunos pacientes con fuertes creencias
religiosas, me he sentido en posición desmedrada. Vea usted Carl —continuó
riéndose entre dientes larga y ruidosamente —de acuerdo con mis luces, usted
y los suyos viven en un estado de engañosa ilusión que es por definición,
locura. Por otra parte, sin embargo, como no estoy en condiciones de probar
que el estado de ustedes es en verdad ilusión engañosa, tengo que aceptar que
tal vez la enferma soy yo.
Mendelius le sonrió al tiempo que colocaba en la boca de ella el último
«petit four».
—Hemos acordado que sus conclusiones serán cuidadosamente
evaluadas. Y puede estar segura de que conmigo su reputación está
perfectamente resguardada.
—De manera que la evidencia tal como yo la veo dice así —tomó la carta
y comenzó a anotar—. Letra: ningún signo de perturbación. Es una bella letra.
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
La carta misma es precisa y lógica. Las secciones narrativas son clásicamente
simples. Las emociones del autor están perfectamente bajo control. Aun cuando
habla de que se encuentra bajo vigilancia no hay ningún énfasis que indique un
estado paranoico. La sección que se refiere a la experiencia visionaria es,
dentro de sus límites, muy clara. No hay imágenes patológicas con
implicaciones de violencia o sexualidad… Prima facie, en consecuencia, el autor
de esta carta estaba perfectamente sano cuando la escribió.
—Pero él expresa dudas respecto de su propia cordura.
—De hecho no lo hace. Se limita a afirmar que otros tienen dudas sobre
esa cordura, pero en cuanto a él, está absolutamente convencido de la realidad
de su experiencia visionaria.
—¿Y qué piensa usted sobre esa experiencia?
—Estoy convencida de que él tuvo esa experiencia. Ahora, la forma en
que yo interpreto esa experiencia es otro problema. Digamos que creo en ella
de la misma manera en que estoy convencida de que Martín Lutero vio al diablo
en su celda y le lanzó un tintero. Eso no significa que yo crea en el diablo sino
simplemente en la realidad de la experiencia para Lutero. —Rió de nuevo y
continuó, relajándose—: Usted es un ex-jesuita, Carl, de manera que sabe
perfectamente de lo que estoy hablando. Los pacientes presas de ilusiones
engañosas son mi pan de cada día y al trabajar con ellos debo partir de la
premisa de que sus ilusiones son reales y efectivas para ellos.
—¿Está afirmando, entonces, que Jean Marie ha sido engañado por una
ilusión de sus sentidos?
—No ponga en mi boca palabras que no he pronunciado, Carl —dijo ella
con inmediato y cortante reproche. Cogió la carta y se la alcanzó—. Mire, lea de
nuevo los párrafos relativos a la visión, así como los trozos anteriores y
posteriores y dígame si todo eso no cae precisamente en lo que llamamos la
estructura de un sueño despierto. El se encuentra leyendo y meditando en un
soleado jardín. No olvide que toda meditación implica algún grado de autohipnosis. Su sueño se compone de dos partes: las consecuencias de un
cataclismo que ha dejado tras sí una tierra desolada y desierta y luego el paso,
en un arrebatado torbellino, hacia un espacio exterior. Estas dos imágenes son
muy vividas, pero esencialmente banales y podrían haber sido extraídas de
cualquier buen film de ciencia ficción. El ha pensado en ellas en muchas
ocasiones, especialmente en este último tiempo. Ahora no sólo las piensa, sino
que las sueña. Cuando se despierta se encuentra de regreso en el soleado
jardín. Todo eso forma parte de un fenómeno muy común.
—Pero él cree que su experiencia se debe a una intervención
sobrenatural.
—El dice que lo cree.
—¿Qué demonios está usted queriendo decir con eso?
—Quiero decir —la respuesta de Anneliese Meissner fue fría y sin
circunloquios— que él puede estar mintiendo.
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
—¡No! ¡Eso es imposible! Conozco muy bien a este hombre. Hemos sido,
somos, casi hermanos.
—Como analogía, me parece bastante desafortunada —dijo Anneliese
Meissner suavemente—. Las relaciones de parentesco pueden ser infernalmente
complicadas. Cálmese, Carl. Usted quería una opinión profesional y eso es lo
que está recibiendo. Por lo menos tómese el tiempo y la tranquilidad necesarios
para examinar una hipótesis razonable.
—Esta hipótesis suya es pura fantasía.
—¿Lo es? Usted es un historiador. Eche una mirada: retrospectiva a la
historia que conoce, y dígame si no hay en ella cualquier cantidad de milagros
extremadamente convenientes y de revelaciones igualmente oportunas. Cada
secta se siente en el deber de proveer de milagros y revelaciones a sus devotos
adeptos. Los Mormones tienen a José Smith y a sus fabulosas tablas de oro, el
reverendo Sun Myung Moon se erigió a sí mismo como el Señor del Segundo
Advenimiento y hasta el mismo Jesús se inclinó ante él y lo adoró. De manera,
Carl, que no veo razón alguna por la que no podamos suponer —solamente
suponer— que su Gregorio XVII no haya podido decidir que su institución
estaba en crisis y que había llegado el momento para que la Divinidad se
manifestara nuevamente a los hombres.
—Pero eso significaría estar en un juego extremadamente peligroso y
arriesgado.
—Por eso mismo lo perdió. ¿No estará entonces ahora, tratando de
recobrar algo de lo destrozado y usándolo a usted para ver si su juego puede,
después de todo, resultar?
—Me parece una idea monstruosa.
—A mí no me lo parece. ¿Por qué se impresiona tanto? Se lo diré.
Porque si bien usted se considera un pensador liberal, continúa, no obstante,
formando parte de la familia Católica Romana, y necesita, por consiguiente,
proteger al mito. Lo necesita para su propia seguridad interior. Lo percibí muy
claramente cuando usted ni siquiera se arrugó ante mi mención de los
Mormones o de los Moonitas. Vamos, amigo mío, dígame lo que está pensando.
—Me parece que ando un tanto extraviado —dijo Carl Mendelius
sombríamente.
—Si quiere un consejo, se lo doy: olvide todo el asunto.
—¿Por qué?
—Porque usted es un académico con una reputación internacional. No
tiene para qué mezclarse en asuntos de locura o de magia popular.
—Jean Marie es amigo mío. Y lo menos que le debo es una investigación
honrada del problema que me ha planteado.
—Entonces lo que usted necesita es un Beisitzer, un asesor que le ayude
a evaluar la evidencia.
—¿Querría usted ser ese Beisitzer Anneliese? Podría tal vez ofrecerle la
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
oportunidad de algunos nuevos descubrimientos clínicos.
El había lanzado la idea como una broma, en un intento por restar acidez
a la discusión, pero su chanza cayó en el vacío. Anneliese no le contestó y por
un largo momento permaneció muda considerando la proposición. Al fin
anunció firmemente.
—Muy bien. Acepto. Hacer de inquisidor de un papa será sin duda una
experiencia nueva para mí. Pero, querido colega —extendió hacia él y colocó
sobre su muñeca su mano grande y amistosa —la verdad es que mi interés
principal en este asunto es conservarlo a usted tan honrado como siempre lo he
conocido.
Aquella tarde, después de su última clase, Carl Mendelius caminó
lentamente por la ribera del río y luego se sentó, por un largo rato, a
contemplar el majestuoso paso de los cisnes por las grises y tranquilas aguas.
Su conversación con Anneliese Meissner lo había dejado profundamente
perturbado. Ella le había planteado un desafío, poniendo en tela de juicio no
sólo sus relaciones con Jean Marie Barette sino su propia integridad como
académico y su honradez moral como investigador de la verdad. Había
señalado, con extrema agudeza, el punto más débil de su coraza intelectual: su
inclinación a juzgar a su propia familia religiosa con una benevolencia que no
otorgaba a ninguna otra forma de fe. Por muy escépticas que fueran sus
tendencias, continuaba obsesionado con Dios, condicionado por los reflejos de
Pavlov de su pasado jesuita y prácticamente dispuesto —en el caso de
encontrar contradicciones entre sus descubrimientos como historiador y su
tradición ortodoxa— a conformar aquéllos con ésta antes que enfrentar lisa y
llanamente lo que una contradicción semejante podría involucrar. Por eso
siempre había preferido la comodidad del hogar familiar a la soledad del
innovador. Hasta ahora, sin embargo, jamás se había hecho traición a sí mismo
y le era aun posible mirar su imagen en el espejo y respetar al hombre que en
ella veía. Pero el peligro estaba allí, acechándolo, así como el pequeño aguijón
de la lujuria está siempre al acecho del hombre, pronto para coger fuego e
incendiarse en el momento preciso, con la precisa mujer.
En el caso de Jean Marie Barette, el peligro de auto-traición podía
resultarle mortal. El problema estaba allí, frente a él, planteado con tal claridad
que no era posible interpretarlo o soslayarlo. Existían solo tres posibilidades,
cada una de ellas excluyente de las otras dos. Jean Marie era un loco. Jean
Marie era un mentiroso. Jean Marie era un hombre elegido por Dios para
entregar al mundo un mensaje fundamental.
Frente a este dilema, tenía dos elecciones posibles: podía rehusar verse
envuelto en el asunto —con lo cual no haría sino ejercer el derecho de todo
hombre honrado que se juzgara a sí mismo incompetente— o podía someter
todo el caso al más rígido escrutinio y actuar en seguida sin miedo ni favor
conforme a la evidencia que descubriera. Con Anneliese Meissner ruda e
inflexible, a su lado como Beisitzer, difícilmente le sería posible hacer otra cosa.
¿Pero, qué sucedería con Jean Marie Barette, que por tanto tiempo había
sido el amigo de su corazón? ¿Cuál sería su reacción cuando se enterara de las
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
duras condiciones de la investigación a que serían sometidos su persona y sus
actos? ¿Cómo se sentiría cuando el amigo al que había acudido para que fuera
abogado de su causa se presentara en cambio como el Gran Inquisidor? Una
vez más Carl Mendelius se encontró vacilando, retrocediendo ante la posibilidad
de semejante confrontación.
Allá a lo lejos, cerca de la clínica, sonó la sirena de una ambulancia,
largo y prolongado gemido que resultaba aterrorizante en el creciente
atardecer. Mendelius se estremeció bajo el impacto de un recuerdo de infancia
que bruscamente surgió en su memoria: el sonido de las sirenas de alarma
aérea seguidas, inmediatamente después, por el rugido de los motores de los
aviones y las aterradoras explosiones de las bombas incendiarias estallando en
la ciudad de Dresden.
Cuando llegó a su casa encontró a su familia aglomerada en torno de la
televisión. En su última sesión de la tarde de aquel día el Cónclave reunido en
Roma había elegido a un nuevo papa que había tomado el nombre de León
XIV. La ocasión se había caracterizado por su carencia de magia, que se había
reflejado en la total falta de entusiasmo de los comentarios de los periodistas.
Aun la muchedumbre romana parecía afectada por esta indiferencia y las
aclamaciones tradicionales habían sonado a hueco.
El nuevo pontífice tenía sesenta y nueve años de edad y era un hombre
robusto, con una nariz como pico de águila, ojos fríos, un áspero acento
emiliano y veinticinco años de práctica en los asuntos de la Curia. Se elección
había sido el resultado de un cuidadoso, pero obviamente doloroso acto de
virtuosismo político.
Después de dos papas extranjeros, hacía falta un italiano que
comprendiera las reglas del juego papal. Para suceder a un actor que se había
transformado en fanático y a un diplomático que se había vuelto místico,
Roberto Arnaldo, burócrata por cuyas venas corría agua helada, parecía la
elección más segura. No despertaría pasiones ni tampoco proclamaría visiones,
se contentaría tan solo con los anuncios más indispensables y éstos se
presentarían tan cuidadosamente envueltos en una retórica italiana que tanto
los liberales como los conservadores los aceptarían con igual satisfacción. Pero
sobre todo era un hombre que sufría de una tasa de colesterol muy alta por lo
cual, de acuerdo con los galenos, su reinado no sería probablemente ni muy
corto ni muy largo.
Estas noticias ayudaron a mantener viva la conversación durante la
comida hogareña de Mendelius, por lo que él se sintió agradecido, ya que
Johann debido a un ensayo que no lograba resultarle, estaba de mal humor,
Katrin se mostraba arisca y Lotte se hallaba en el punto más bajo de una de sus
depresiones menopáusicas. Era ésa una de aquellas veladas en que él solía
interrogarse con sardónico humor sobre las bondades que parecían recomendar
el celibato y que resultaban especialmente visibles en la existencia de un nocélibe como él. Sin embargo, tenía suficiente práctica en las lides del
matrimonio como para guardar cuidadosamente estos pensamientos para sí
mismo.
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
Al terminar la cena se retiró a su estudio y llamó por teléfono a Herman
Frank, director de la Academia Alemana de Arte en Roma.
—¿Herman? Aquí Carl Mendelius. Lo llamo para pedirle un favor. Estoy
planeando ir a Roma por una semana o diez días, ahora a finales de mes.
¿Podría usted recibirme?
—¡Encantado! —Frank era un cortés compañero, de sienes plateadas,
historiador de los pintores del Cinquecento y cuya mesa era reputada por una
de las mejores de Roma—. ¿Viene Lotte con usted? Disponemos de mucho
espacio.
—Posiblemente. Pero aún no lo hemos decidido.
—¡Tráigala! Hilde estará encantada. La compañía de otra muchacha le
hará mucho bien.
—Gracias por su atención y su bondad, Herman.
—No tanto, no tanto. Usted también está en condiciones de hacerme un
favor.
—Dígamelo.
—En la misma época en que usted planea encontrarse aquí, la Academia
recibirá a un grupo de pastores evangélicos. El programa será el usual en estos
casos, conferencias por la mañana, discusiones por la tarde, visitas a la ciudad
en los intervalos. Sería un estupendo punto a mi favor si yo pudiera anunciar
que el gran Mendelius estaría dispuesto a dar un par de conferencias, tal vez
incluso a dirigir un pequeño seminario…
—Encantado de poder hacerlo, amigo mío.
—¡Maravilloso! ¡Maravilloso! Hágame saber la fecha de su llegada para ir
a recogerlo al aeropuerto…
Mendelius colocó el teléfono en su horqueta y emitió un cloqueo de
satisfacción. La invitación de Herman Frank a dar conferencias era en realidad
un verdadero golpe de suerte. La Academia Alemana de Arte era una de las
más antiguas y prestigiadas academias nacionales de Roma. Fundada en 1910
bajo el reinado de Guillermo II de Prusia, había sobrevivido a dos guerras y a
los ideólogos analfabetos del Tercer Reich y aún se las arreglaba para mantener
una reputación de sólido exponente de lo mejor de la cultura germana. En
consecuencia ofrecía a Mendelius una base de operaciones y una cobertura
eminentemente respetables para su delicada investigación.
El grupo germano del Vaticano respondería sin duda dichoso a una
invitación a cenar a la casa de Herman Frank.
El libro de huéspedes de Frank contenía títulos tan exóticos como
resplandecientes en el estilo de «Rector Magnífico del Instituto Bíblico Pontificio»
y «Gran Canciller del Instituto de Arqueología Bíblica». El problema, ahora, era
saber en qué forma Lotte respondería a la idea de semejante viaje. Carl
Mendelius comprendió que debía buscar un momento más propicio para
desplegar ante ella su pequeña sorpresa. Su siguiente paso consistió en
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
preparar una lista de contactos a los cuales poder escribir y anunciar su visita.
Había residido en Roma el tiempo suficiente para acumular una amplia y
variada colección de amigos y conocidos, que iban desde el áspero y viejo
cardenal que había desaprobado su defección pero conservaba sin embargo la
generosidad suficiente para apreciar su valor académico, hasta el custodio de
los Incunables de la Biblioteca del Vaticano y la anciana viuda de los Pierloni
que, desde su silla de inválida, dirigía aún los comentarios y chismes de Roma.
Se encontraba así, sumido en su rastreo de nombres cuando llegó Lotte
trayéndole una taza de café. Parecía arrepentida y desamparada, incierta en
cuanto a la bienvenida que pudiera esperarla.
—Los niños salieron y abajo está muy solitario. ¿Te importa si me siento
aquí contigo?
El la cogió en sus brazos y la besó.
—También esto está muy solitario, schatz. Siéntate y descansa. Te
serviré café.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy arreglando nuestras vacaciones.
Le contó entonces de su conversación con Herman Frank y alabó
copiosamente los placeres que podría brindar Roma en el verano, la
oportunidad de volver a ver a viejos amigos, y la posibilidad de visitar
nuevamente algunos bellos lugares. Ella lo oyó con una sorprendente calma y al
final, preguntó:
—Se trata de Jean Marie, ¿no es así?
—Sí. Pero también se trata de nosotros. Te necesito a mi lado, Lotte. Te
necesito. Si los niños quieren venir, arreglaré para que se hospeden en algún
pequeño hotel.
—Ellos tienen otros planes, Carl. Estábamos precisamente discutiendo
sobre eso antes que regresaras a casa. Katrin desea ir a París con su
enamorado, Johann desea recorrer a pie ciertos lugares de Austria. En cuanto a
él, está muy bien, pero ella…
—Katrin es ahora una mujer, schatz. Y hará lo que quiere hacer, se lo
permitamos nosotros o no. Después de todo… —se inclinó y la besó de nuevo—
ellos sólo nos han sido prestados, de manera que cuando se van, nos
encontramos de regreso en el punto de partida. Mejor que comencemos cuanto
antes a practicar juntos cómo se hace el amor.
—Sí, así me parece —dijo ella alzándose de hombros en un leve gesto de
derrota—, Pero, Carl… —se interrumpió como temerosa de expresar en
palabras lo que estaba pensando. Mendelius la presionó gentilmente.
—¿Pero qué, schatz?
—Sé que los niños están destinados a dejarnos y me estoy
acostumbrando a la idea. ¿Pero, qué sucedería si Jean Marie, de alguna
manera, te separa de mí? Esto… esta cosa que te pide es en verdad muy
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre 2005
extraña y me da miedo —bruscamente y sin que nada permitiera presagiarlo,
estalló en sollozos—. ¡Tengo miedo, Carl… tengo mucho, muchísimo miedo!

Morris West, escritor profético (Australia)

Morris West

(1916/04/26 – 1999/10/10)

Morris West
«Por naturaleza y práctica soy un contador de historias. A partir de ellas la gente selecciona lo que desea y rechaza aquello que no quiere. La elección está en manos de ellos, no en las mías»

Nació el 26 de abril de 1916 en Saint KildaMelbourne. Cursó estudios en su ciudad natal y en Hobart. Ingresó en la congregación de los Hermanos cristianos y dio clases en las escuelas de la orden en Nueva Gales del Sur.

En 1939 abandonó los hábitos, ingresó en el ejército y tiempo después, trabajó durante diez años como productor de radio hasta que en 1954 se dedicó por completo a la literatura.

Vivió en varios países europeos y en Estados Unidos antes de volver a Australia en los años ochenta.

Reconocido como el mayor fabricador de best seller en la historia literaria de Australia, con 60 millones de ejemplares vendidos y más de treinta títulos editados.

Se hizo famoso por una trilogía de novelas que fueron catalogadas de proféticasLas sandalias del pescadorLos bufones de Dios, y Lázaro.

En 1945 se publicó su primera novela, La luna en el bolsillo, aunque consiguió la fama con su cuarta novela, Hijos del sol (1957). Su libro siguiente, El abogado del diablo (1959) fue un éxito internacional. Entre sus obras destacan: Las sandalias del pescador (1963), La salamandra (1973), Proteo (1979), El maestro de ceremonias (1991) y Los amantes(1993).

Varias de ellas han sido llevadas al cine. Además ha escrito obras de teatro.

Morris West falleció el 10 de octubre de 1999 debido a problemas cardíacos en Sydney.

Escritor profético

En Las sandalias del pescador, anticipó la llegada de un Papa venido del Este; en La torre de Babel se ocupó del desencadenante papel de Israel en la política de Medio Oriente; en Arlequín se introdujo en el mundo de los fraudes informáticos ¡Y apenas era 1974! Y así, su obra estuvo concatenada con hechos que más tarde le dieron la razón. No se equivocó con la lastimosa retirada de las tropas americanas de Vietnam en su novela El embajador, ni con su última profecía, El ojo del samurai; donde escribió acerca del fin de la era Gorvachov.

http://blancamiosiysumundo.blogspot.com/2012/08/morris-west-el-escritor-profeta.html

Obras

La luna en el bolsillo (1945)
Patíbulos en la arena (1956)
Kundu (1956)
El caso Orgagna (1957)
The Big Story (1957)
La segunda victoria (1958)
McCreary Moves In (1958)
El abogado del diablo (1959)
El país desnudo (1960)
Hija del silencio (1961)
Las sandalias del pescador (1963)
El embajador (1965)
La torre de Babel (1968)
Sutnis (1969)
El verano del lobo rojo (1971)
La salamandra (1973)
Arlequín (1974)
El navegante (1976)
Proteo (1979)
Los bufones de Dios (1981)
El mundo es de cristal (1983)
Dios salve su alma (Cassidy) (1986)
Masterclass (1988)
Lazaro (1990)
El maestro de ceremonias (1991)
Los amantes (1993)
Al final del camino (Vanishing point) (1996)
Eminencia (1998)
La última confesión (2000)

 

https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/2886/Morris%20West