“La primera mañana que el Comandante Goeth salió a la puerta de la fachada de su casa y asesinó a un prisionero escogido al azar, surgió una tendencia a ver esto también, al igual que la primera ejecución en Chujowa Gorka, como un hecho único, ajeno a lo que sería la vida habitual en el campo. La realidad, por supuesto, es que los asesinatos desde la colina pronto se convertirían en algo habitual, la rutina mañanera de Amon. Vistiendo una camisa, pantalones y botas de montar brillantes por el betún dado por su ordenanza, salía a la entrada de su residencia temporal. Estaban reformando para él un sitio mejor al otro lado del perímetro del campo. Cuando empezara a hacer calor, se le vería salir sin camisa, porque le encantaba el sol. Pero por el momento salía con la misma ropa con la que había desayunado, un par de prismáticos en una mano y un rifle de francotirador en la otra. Oteaba el área del campo y los trabajos en la cantera, y miraba a los prisioneros que empujaban o tiraban de las vagonetas sobre los raíles que pasaban por delante de su puerta. Los que se paraban a mirar podían ver el humo del cigarrillo que sujetaba entre sus labios, muy caído, la forma en la que fuma un hombre que tiene las manos atareadas con alguna cosa. Durante los primeros días de la vida del campo, aparecía así delante de su casa y disparaba a algún prisionero que le pareciera que no estuviera empujando con suficiente ímpetu las vagonetas con piedra caliza. Nadie conocía las razones exactas por las que Amon se fijaba en el prisionero al que disparaba – Amon, evidentemente, no dejó por escrito cuáles eran sus motivos. Con un tiro desde la puerta, el hombre era apartado del grupo de prisioneros que trabajaba y caía a un lado de la carretera. Los otros dejaban de moverse, por supuesto, con los músculos congelados, temiendo una carnicería. Pero Amon les hacía un gesto, como diciéndoles que por ahora estaba contento con el trabajo que estaban haciendo.
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El polvo de los muertos caía en los cabellos y la ropa tendida en el jardín trasero de las casas de los oficiales jóvenes. Oskar estaba desconcertado al ver la forma en que el personal dejaba salir el humo como si las cenizas suspendidas en el aire fueran cualquier producto de una actividad industrial normal y corriente. Y entre el humo, Amon cabalgaba con Majola, los dos en sus sillas, tranquilamente. Leo John llevaba a su hijo de doce años a coger renacuajos en el pantanoso suelo del bosque. Las llamas y el hedor no suponían nada en su vida cotidiana.
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Un día de aquel verano, Regina Horowitz vio la película de Auschwitz que habían hecho loThomas Keneallys rusos y que mostraban a la población polaca gratis. Vio las famosas escenas del campo de los niños, que miraban por detrás del alambre espino o eran acompañados por monjas detrás de la verja electrificada de Auschwitz I. Al ser tan pequeño y encantador, su hijo Richard salía en la mayoría de las escenas. Pero después de lo que el niño había visto del patíbulo de Plaszow y Auschwitz, nunca más podría llevarle a un parque sin que él se pusiera histérico al ver las maderas de los columpios. “

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Thomas Keneally (1935-)

Escritor australiano, Thomas Keneally es conocido principalmente por su novela El arca de Schlinder, obra adaptada al cine por el director Steven Spielberg bajo el título La lista de Schlinder.

Estudió en St. Patrick’s College de Strathfield, donde se ha establecido un premio literario en su nombre. Ingresó en el Seminario de San Patricio para ordenarse como sacerdote católico, pero abandonó. Ejerció la docencia en una escuela de Sidney y posteriormente en la Universidad de Nueva Inglaterra. Después se dedicó de lleno a la escritura, cambiando su nombre habitual, Mick, por Thomas, que utilizó desde su primera publicación.

Se trata de un autor muy conocido y de gran prestigio en Australia. Keneally suele escribir novelas históricas o recreaciones de grandes acontecimientos. También son muy conocidas sus crónicas de no ficción, memorias y sus guiones.