Muerto, y nadie me lo dijo. Cuando pasé frente a su despacho, su secretaria sollozaba a gritos.
—¿Qué ocurre, Felicia?
—¿Cómo, no lo sabes? El señor Tindall ha muerto.
Lo que oí fue: «El señor Tindall se ha herido en la cabeza».[1] Y pensé: «Por Dios, cálmate».
—¿Dónde está él, Felicia?
Era una pregunta un tanto imprudente. Matthew Tindall y yo habíamos sido amantes durante trece años, pero ambos lo manteníamos en secreto. En la vida real, yo eludía a su secretaria.
Felicia tenía ya la el carmín de los labios corrido, y frunció la boca como un horrible calcetín.
—¿Que dónde está? —exclamó, llorando—. Qué pregunta más espantosa.
No entendí su respuesta, de modo que repetí mi pregunta.
—Catherine, está muerto —dijo.
Y esto le desencadenó un nuevo acceso de sollozos.
Como para demostrar que Felicia se equivocaba, entré en el despacho de Matthew, algo que nadie solía hacer. Mi amor secreto era un personaje importante, el director del Departamento de Metales. Sobre el escritorio estaba la foto de sus dos hijos y, en un estante, su ridículo sombrero de tweed. Lo cogí, sin saber por qué lo hacía.
Por supuesto, su secretaria me vio robarlo, pero ya no me importaba. Bajé corriendo la escalera hasta la planta baja. Aquella tarde de abril, entre los miles de visitantes diarios de las salas georgianas del Museo Swinburne y los ochenta empleados, no había ni un alma que tuviera la más mínima idea de lo que acababa de ocurrir.
Todo el mundo tenía el mismo aire de siempre. Era imposible que Matthew no estuviera en alguna parte, esperando para sorprenderme. Mi amado era muy peculiar. Con aquella arruga vertical justo a la izquierda de la larga y pronunciada nariz, el cabello abundante y la boca grande, suave y siempre tierna. Por supuesto, estaba casado. Por supuesto. Contaba cuarenta años cuando reparé en él por primera vez, siete antes de que nos hiciéramos amantes. Por entonces yo aún no había cumplido los treinta y era un bicho raro, es decir, la primera mujer relojera que el museo había visto nunca.
Trece años. Mi vida entera. Durante todo ese tiempo habíamos vivido en un mundo hermoso: el Museo Swinburne, uno de los muchos sitios de Londres que albergan tesoros casi desconocidos. El museo tenía un importante Departamento de Relojería con una colección de relojes, autómatas e ingenios mecánicos de fama mundial. Quienquiera que estuviera allí el 21 de abril de 2010 podría haberme visto, una mujer alta y particularmente elegante que estrujaba en las manos un sombrero de tweed. Puede que pareciera loca, pero quizá no me diferenciaba demasiado de mis colegas, los diversos conservadores y restauradores que atravesaban las galerías públicas de camino a una reunión, un taller o un almacén donde se proponían «interrogar» a un objeto antiguo, una espada, un edredón o tal vez un reloj de agua islámico. Formábamos el personal del museo, profesores, sacerdotes, restauradores, lijadores, científicos, fontaneros, mecánicos —coleccionistas obsesivos, en realidad—, especialistas en metales, vidrios, telas y loza. Afirmábamos que éramos gente de toda clase, si bien en el fondo creíamos que los estereotipos al respecto eran ciertos. Un experto en relojería, por ejemplo, nunca sería una mujer joven con piernas bonitas, sino un hombre algo retraído de menos de un metro setenta, precavido, un tanto extraño, con finos cabellos rubios y poco propenso a mirar a la gente a los ojos. Se escurriría como un ratón por las galerías de la planta baja, con su eterno manojo tintineante de llaves como si fuera el guardián de los misterios. De hecho, nadie del museo conocía el laberinto entero. Todos teníamos un territorio reducido de atajos, de rutas que sabíamos que nos llevarían a donde queríamos ir. Esto convertía el museo en un lugar maravilloso para llevar una vida secreta y para gozar del perverso placer que tal vida puede proporcionar.
En la muerte, resultaba horroroso. Es decir, era igual, pero más brillante, más nítido. Todo parecía más definido y, a la vez, más lejano. ¿Cómo había muerto Matthew? ¿Cómo podía ser que hubiera muerto?
Volví a toda prisa a mi taller y busqué «Matthew Tindall» en Google, pero no había noticia alguna de un accidente. En cambio, en la bandeja de entrada de mi correo vi un mensaje que hizo que me saltara el corazón de alegría, hasta que me di cuenta de que me lo había enviado a las cuatro de la tarde del día anterior. «Besos en los dedos de los pies.» Lo marqué como «no leído».
No había nadie a quien me atreviera a acudir. Decidí ponerme a trabajar, tal como siempre he hecho en momentos de crisis. Para eso servían los relojes, con su complejidad, su peculiar enigma. Me senté ante la mesa del taller para tratar de entender un reloj francés del siglo dieciocho extremadamente extraño. Mis herramientas descansaban sobre una suave gamuza gris. Veinte minutos antes, aquel reloj me gustaba, pero ahora lo encontraba vano y ostentoso. Hundí la nariz dentro del sombrero de Matthew. «Para olfatear», habríamos dicho. «Te olfateo toda.» «Te olfateo el cuello.»
Podría haber acudido a Sandra, la administradora. Era una mujer muy amable siempre, pero yo no podía soportar que nadie, ni siquiera ella, se ocupara de mis asuntos privados, los desplegara sobre la mesa y los manoseara como a otras tantas cuentas de un collar roto.
Hola, Sandra. ¿Qué le ha pasado al señor Tindall, lo sabes?
Mi abuelo alemán y mi padre, inglés de pura cepa, fabricaban relojes —primero en el barrio de Clerkenwell, luego en pleno centro, luego otra vez en Clerkenwell—; nada demasiado espectacular, en general sólidos relojes ingleses de cinco ruedas, pero para mí era casi un artículo de fe, aun siendo niña, que se trataba de una ocupación muy placentera y relajante. Durante años pensé que confeccionar relojes calmaba toda agitación interna. Confiaba plenamente en mi opinión, y estaba equivocada por completo.
La señora que servía el té me tendió su deprimente oferta. Observé cómo giraba la leche —un tanto cortada— en sentido contrario a las agujas del reloj, supongo que esperando que él apareciese. De modo que, cuando una mano me tocó, fue como si me deshiciera. Parecía la mano de Matthew, pero Matthew estaba muerto, y en su lugar se hallaba Eric Croft, el director del Departamento de Relojería. Me eché a berrear sin poder contenerme.
No podría haber elegido un testigo peor en todo el mundo.
Para decirlo de una forma muy burda, Croft era una autoridad en todo lo que hiciera tictac. Un erudito, un historiador, un experto. En comparación, yo no era más que una mecánica bien educada. Croft era famoso por su trabajo de investigación sobre los «Sonsonetes», denominación con que se refería a esa total incomprensión imperial de la cultura oriental que exportábamos con gran éxito a China en el siglo dieciocho, cajas de música de exquisita elaboración encerradas en las más fantasiosas composiciones de animales exóticos y edificios, a menudo posadas sobre un trabajado pie. Así eran las cosas para la gente como nosotros. Basábamos nuestra inestable vida en objetos como éstos. Las bestias movían los ojos, las orejas y la cola. Las pagodas se alzaban y se desmoronaban. Las estrellas hechas de piedras preciosas giraban, y las varillas rotatorias de vidrio daban una ilusión perfecta de agua.
Berreé y berreé hasta que fue mi boca la que se frunció como una marioneta de calcetín.
Como robusto presidente de un club de rugby que tenía un chihuahua como mascota, Eric no se asemejaba en absoluto a sus «Sonsonetes», que más bien parecían la pasión de un homosexual delgado y quisquilloso. Tenía una especie de entusiasmo heterosexual, tal como se esperaba de los expertos en metales.
—No, no —gritó—. Chist.
¿Chist? No se mostró brusco, sino que me pasó un grueso brazo por los hombros, me condujo hasta una campana de gases y luego encendió el extractor, que rugió como veinte secadores de pelo juntos. Pensé: «Me he traicionado sola».
—No, no llores —dijo.
La campana era terriblemente estrecha, diseñada para que un restaurador pudiera limpiar un objeto antiguo con un disolvente tóxico. Eric me acariciaba la espalda como si yo fuera un caballo.
—Vamos a cuidar de ti —me dijo.
En medio de mi llanto, por fin caí en la cuenta de que Croft conocía mi secreto.
—Ahora vete a tu casa —añadió en voz baja.
Pensé que había delatado nuestra relación y que Matthew se cabrearía.
—Te espero mañana en el bodegón, frente al Anexo. ¿Te parece bien a las diez? ¿Crees que estarás en condiciones?
—Sí —repuse.
Y pensé que me iban a echar a patadas del museo principal para encerrarme en el Anexo. Por indiscreta.
—Muy bien —dijo con una enorme sonrisa, y las arrugas de las comisuras de la boca le dieron la apariencia de un gato.
Apagó el extractor, y de pronto me llegó el olor de su loción de afeitar.
—Primero vamos a conseguirte una baja por enfermedad —prosiguió—. Vamos a superar esto juntos. Tengo algo para que resuelvas. Un objeto realmente precioso.
Así es como habla la gente en Swinburne. Dicen «objeto» en lugar de «reloj».
Me dije que quería exiliarme, enterrarme. El Anexo estaba situado detrás del Olympia, donde mi duelo sería tan privado como mi amor.
Así que ese extraño machista de Croft era gentil conmigo. Lo besé en la áspera mejilla, que olía a sándalo, y ambos nos miramos atónitos. Luego salí disparada hacia la húmeda calle y caminé pesadamente hasta el Albert Hall, con el ridículo y querido sombrero de Matthew estrujado en la mano.
Peter Carey
2
Llegué a casa, y seguía sin saber cómo había muerto mi amado. Supuse que se había caído y se había golpeado en la cabeza. Yo siempre había detestado su costumbre de echar hacia atrás la silla.
Ahora habría un funeral. Desgarré mi camisa por la mitad y le arranqué las mangas. Pasé toda la noche imaginando cómo habría muerto, atropellado, aplastado, acuchillado, empujado a las vías. Cada visión era una conmoción, un desgarro, un llanto. Catorce horas más tarde, cuando llegué al Olympia para encontrarme con Eric, estaba en estas mismas condiciones.
El Olympia no le gusta a nadie. Es un lugar horrible. Pero allí se hallaba el Anexo del Swinburne, de manera que era el sitio adonde me mandarían, como si yo fuera una viuda a quien había que quemar viva. «Que enciendan las hojas y la leña de la pira —me dije—, porque nada podrá hacerme más daño que esto».
Detrás del centro de exposiciones del Olympia, las estrechas aceras estaban extrañamente calientes. Las callejuelas tenían curvas y ángulos abruptos. Camionetas veloces y nefastas levantaban el polvo y desperdigaban colillas por toda la calle donde se alzaba el Anexo. No era una cárcel —una cárcel habría tenido un letrero—, pero su alta verja delantera estaba festoneada de alambre de cuchillas.
La mayoría de los restauradores del museo había pasado una temporada en el Anexo, trabajando en algún objeto cuya restauración no podía llevarse a cabo apropiadamente en el edificio principal. Muchos aseguraban que habían gozado su estancia, pero ¿cómo soportaría yo verme separada de mi Swinburne, mi museo, mi vida, donde cada escalera y humilde vestíbulo, cada trozo desconchado de enlucido, cada molécula de acetona contenía mi amor por Matthew y mi corazón vacío?
Encontré el Café de George frente al Anexo, con las puertas abiertas de par en par al calor inesperado.
Cualquiera habría pensado que el autor de «Balanza de pagos: el comercio de Sonsonetes con China en el siglo dieciocho» se distinguiría claramente de los cuatro sudorosos policías del reservado del fondo, los conductores del Olympia, los empleados de la oficina de correos de West Kensington, a quienes, por lo visto, se les permitía llevar pantalones cortos. Era una idea equivocada, pero no tenía importancia. Si el distinguido restaurador no se hubiera puesto de pie (con torpeza, porque los reservados de madera contrachapada no facilitan este tipo de movimiento a los hombres corpulentos), quizá habría sido incapaz de reconocerlo.
A Croft le agradaba decir que era un «perfecto don nadie». No obstante, a pesar de su confuso acento popular y de su demoledor apretón de manos, que debía de explicarse por la época de su nacimiento, en los viriles años cincuenta, podía presentarse en los cócteles ofrecidos al ministro de Cultura, donde, si uno tenía la suerte de ser invitado, se enteraría tal vez de que la semana anterior había estado cazando en Escocia en compañía de Ellsworth (o sir Ellis Crispin, para el resto de los mortales). Al parecer, yo iba a gozar de la protección de este hombre importante.
Lo miré a los ojos, y vi una compasión que daba miedo. Bregué con el paraguas y puse una libreta en la mesa, pero él me cubrió la mano con la suya, una mano grande, seca y caliente en la que se podrían haber incubado huevos.
—Todo esto es horroroso —dijo.
—Dime, por favor, Eric. ¿Qué pasó?
—Oh, Dios —exclamó—. Claro, no lo sabes.
Yo era incapaz de mirarlo. Liberé mi mano y la oculté en el regazo.
—Un ataque al corazón, terrible. No sabes cómo lo siento. En el metro.
El metro. Había estado toda la noche imaginando el metro, ese lugar oscuro, caliente y violento. Cogí el menú y pedí judías en salsa de tomate y dos huevos escalfados. Sentía los ojos de Eric clavados en mí, tiernos y húmedos. No me servían de ayuda, de ninguna ayuda. Ordené mis cubiertos con brusquedad.
—Lo bajaron en Notting Hill.
Pensé que iba a añadir que era una suerte que hubiera muerto tan cerca de su casa. No lo hizo. Pero yo no podía soportar la idea de que lo hubieran llevado de vuelta junto a esa mujer.
Y ella, la gran diseñadora de la «comprensión» conyugal, representaría el papel de la viuda doliente.
—Supongo que el funeral será en Kensal Green, ¿no? —dije.
«Carretera Harrow arriba, a un paso», pensé.
—Será mañana, de hecho.
—No puede ser, Eric. Es imposible.
—Mañana a las tres —ahora era él el que no podía mirarme—. No sé qué es lo que quieres hacer.
Por supuesto, por supuesto. Estarían todos presentes, su mujer, sus hijos, sus colegas. Se suponía que yo tenía que ir, pero no podía. Saldría todo a la luz.
—Es imposible enterrar tan rápido a alguien —objeté—. Esa mujer está tratando de esconder algo.
«Lo que quiere es verlo sepultado bajo tierra para alejarlo de mí», pensé.
—No, no, cariño, no es así. Ni siquiera esa espantosa Margaret es capaz de algo semejante.
—¿Alguna vez tuviste que reservar hora para un funeral? Tardé dos semanas en conseguir que enterraran a mi padre.
—En este caso, hubo una cancelación.
—¿Una qué?
—Una cancelación.
No sé quién rió primero. Quizá fui yo, porque pasaron unos segundos hasta que me serené.
—¿Que hubo una cancelación? ¿Alguien decidió no morirse?
—No sé qué ocurrió, Catherine. Tal vez alguien consiguió un precio mejor en otro cementerio, pero es mañana a las tres.
Empujó hacia mí sobre la mesa una hoja doblada.
—¿Qué es esto?
—Una receta de un somnífero. Vamos a cuidar de ti —dijo otra vez.
—¿Vamos?
—Nadie sabrá nada.
Guardamos silencio, y me pusieron delante una abrumadora cantidad de comida. Eric había ordenado prudentemente un único huevo duro.
Lo observé mientras rompía la cáscara y la quitaba para dejar a la vista una membrana blanda y brillante.
—¿Qué ocurre con sus correos electrónicos? —pregunté, porque también había estado pensando en eso toda la noche.
Nuestra vida personal estaba conservada en el servidor de Swinburne, en un edificio sin ventanas del barrio de Shepherd’s Bush.
—No funcionan.
—¿Quieres decir que no se pueden consultar o que los han borrado?
—No, no, todo el sistema del museo ha dejado de funcionar. Una ola de calor. Me han dicho que se estropeó el aire acondicionado.
—De manera que no los han borrado.
—Escúchame, Cat.
«Cat no es una palabra para decir en público —pensé—. Es una cosita frágil y desnuda, en carne viva y dolorida. Por favor, no me llames Cat».
—Espero que no os hayáis mandado mensajes por el correo del museo.
—Sí, lo hicimos, y no quiero que los lea un extraño.
—Ya se habrán encargado de eso —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
La pregunta pareció ofenderlo, y su tono se volvió más autoritario.
—¿Te acuerdas del escándalo de Derek Peabody y de los documentos que trató de vender a Yale? Cuando volvió para vaciar su despacho, todos sus correos electrónicos habían desaparecido.
No tenía ni idea de que hubiera habido un escándalo con Peabody.
—¿Quieres decir que han borrado sus correos para siempre?
—Por supuesto —respondió sin pestañear.
—Eric, quiero que nadie tenga acceso a esos mensajes. Ni los informáticos, ni tú, ni su mujer, nadie.
—Muy bien, Catherine. Te aseguro que tu deseo ya ha sido satisfecho.
Pensé que era un mentiroso. Él pensó que yo era una zorra.
—Lo siento —dije—. ¿Quién más lo sabe?
—¿Lo tuyo con Matthew? —hizo una pausa, como si hubiera toda una gama de respuestas que pudiera darme—. Nadie.
—La verdad es que me espanta que alguien lo sepa —dije, y me di cuenta de que mis palabras lo habían herido—. Lo siento, no quería ofenderte.
—No pasa nada. He hecho arreglos para que te den la baja por enfermedad. Si alguien pregunta, tienes bronquitis. Pero supongo que te interesará saber cómo será el futuro. Quizá deberías echar una ojeada al objeto que te estará esperando cuando te reintegres al trabajo.
De manera que no iba a insistirme para que fuera al funeral. Tendría que haberlo hecho, pero no lo hizo. Su mirada había cambiado y ahora expresaba una emoción muy diferente despertada por el «objeto», que, según yo presuponía, debía de ser algún horrible mecanismo de Sonsonete. Los expertos pueden ser así. Ni siquiera la muerte de un compañero logra hacer desaparecer por completo el placer de un «hallazgo».
No era que yo estuviera disgustada con él. Mi furia se debía a que había quedado excluida del funeral, pero sin duda estaba demasiado trastornada para acudir a Kensal Green. ¿Por qué iba a rebajarme a estar allí junto al resto? Ellos no lo conocían. No sabían absolutamente nada de Matthew.
—¿Podríamos hablar de esto más tarde? —repliqué.
Sabía que era una grosería por mi parte y lo lamentaba mucho. No quería lastimarlo. Observé cómo quitaba la tapa del salero atascado y vertía sal hasta formar una pequeña pila, donde hundió el huevo pelado.
—Por supuesto —contestó.
Pero se sentía desairado.
—¿Lo encontraron en alguna parte? —inquirí.
En respuesta a esta mínima muestra de interés, me dedicó una sonrisa maliciosa. De manera que estaba perdonada, pese a mi falta de amabilidad.
Pensé que, mientras Matthew caía fulminado por el ataque al corazón, Eric hurgaba en los viejos catálogos del museo. Había descubierto un tesoro desconocido por todos los restauradores actuales, algún ingenio extraño y horrible que podría ser el tema de su próximo libro.
Me pregunté si el objeto satisfaría la obsesión de algún esnob, la afición de un ministro o un directivo. Se lo podría haber preguntado de forma cortés, pero la verdad es que no quería saberlo. Un reloj es un reloj, pero un Sonsonete puede ser una pesadilla que incluya vidrio, loza, metal o telas. Si tal era el caso, me vería obligada a trabajar con restauradores de todas esas disciplinas. No quería —ni podía— trabajar con nadie. Gritaría, lloraría y me traicionaría.
—Lo siento —dije, esperando que eso disculpara todas mis ofensas.
Y eran ofensas, porque él me estaba tratando con extraordinaria amabilidad.
Nos fuimos de la taberna. Enfrente había aparcado un Mini Morris rojo reluciente. No era el Mini que yo conocía, aunque parecía igual, e intuí que Eric deseaba hablar de la coincidencia. Pero yo no podía, no quería. Crucé corriendo la calle y entré en el anexo de museo más vigilado de Londres.
Desde luego, los guardias no tenían ningún interés en la relojería. Habrían preferido estar en sus Harley, chillando como abejas enfurecidas por la circunvalación norte. Para mi estupefacción, sabían quién era yo y me mostraron una inesperada ternura que me volvió loca de recelo.
—Bienvenida, encanto. Permítame que le pase la tarjeta.
Cuando cruzábamos el segundo control, aún seguía conmocionada por el Mini. Sentía la mano de Eric suspendida a escasos centímetros de mi espalda. Sólo quería consolarme, pero yo estaba fuera de mí. La proximidad de la mano me agobiaba, era peor que el contacto. Traté de apartarla de un golpe, pero no había mano alguna.
En el cuarto piso me permitieron que yo misma pasara la tarjeta. Entramos en un corredor sin ventanas y demasiado frío, con lámparas fluorescentes en el techo y paredes revestidas de azulejos, blancos en su mayoría. Sentí que se me erizaba el vello de la nuca.
En el bolso tenía media pastilla de Lorazepam de 0,5 miligramos, pero no conseguía encontrarla (debía de haber quedado atrapada entre la pelusa adherida a las costuras).
Eric empujó una puerta, y causamos un sobresalto a una mujercita menuda de gafas sentada ante una máquina de coser.
La puerta siguiente, la correcta, resistió el empellón hasta que giró sobre sus goznes y golpeó contra la pared. Yo estaba inmóvil, al igual que la descomunal estructura de cemento del Anexo. A los relojeros no nos agradan las vibraciones extrañas, así que era de suponer que aquél sería un buen sitio para mí. Me acometió una intensa sensación de claustrofobia.
En el taller había tres altas ventanas bañadas por el sol de la mañana. Yo sabía bien que era mejor no levantar las persianas.
Apiladas contra la pared, debajo de las ventanas, había ocho grandes cajas de madera y otras cuatro, más largas y estrechas.
¿Sería yo la primera restauradora del mundo que no deseaba abrir una caja?
En lugar de eso, abrí una puerta. Mi taller tenía lavabo propio. En suite, como se suele decir. La mirada de mi protector me indicó que se suponía que esto tenía que complacerme. Encontré un guardapolvos y me embutí dentro.
Cuando volví, allí estaba Eric, y las cajas de madera. De pronto tuve la certeza de que se trataba de una horrible horda de monos de cuerda que echaban humo. Sir Kenneth Claringbold tenía una espantosa colección de autómatas, chinos de cuerda y cantantes femeninas de toda clase. De hech …