Es el primer capitulo si desea seguir va donde lo encontré: https://cdn.website-editor.net/cc440f87e2024d9ea00ba39c7ca32376/files/uploaded/11West%2520Morris%2520-%2520Los%2520Bufones%2520De%2520Dios.pdf

Morris West

 

La mujer parecía una campesina, robusta, vestida de tosca lana, con el
cabello gris asomando por debajo del sombrero de paja y las redondas mejillas
encendidas como manzanas. Se mantenía erguida sobre la silla con las manos
cruzadas sobre una amplia cartera de cuero marrón pasada de moda. Se veía
cansada pero nada en ella denotaba temor. Parecía estar examinando la
mercancía que le ofrecían en una feria desconocida.
Carl Mendelius, profesor de Estudios patrísticos y bíblicos en el
Wilhelmsstift, que una vez fuera llamado el ilustre Colegio de la Universidad de
Tübingen, estiró sus largas piernas por debajo del escritorio, juntó las manos
formando un puente con los dedos índices y sonriéndole por encima de esta
precaria construcción se dirigió a ella con toda gentileza.
—¿Usted deseaba verme, señora?
—Me dijeron que usted comprendía el francés —ella hablaba con el
acento abierto y arrastrado del midi.
—Así es.
—Me llamo Teresa Mathieu. En religión soy —era— la hermana
Mechtilda.
—¿Debo comprender que ha dejado los hábitos?
—No. Fui dispensada de mis votos. Pero él dijo que siempre debería
conservar y llevar el anillo con que profesé porque mi servicio sigue siendo el
servicio del Señor.
Estiró hacia él una grande y gastada mano de trabajadora mostrando el
anillo de plata que llevaba en el anular.
—¿Él? ¿Quién es él?
—Su Santidad, el papa Gregorio, Yo formaba parte del grupo de
hermanas que atendían su casa: limpiaba su estudio y sus habitaciones
privadas: le servía su café. A veces, en los días de fiesta, cuando las otras
hermanas descansaban, solía prepararle sus comidas. Decía que le gustaba mi
forma de cocinar porque le recordaba su hogar… En esas ocasiones, a veces,
conversaba conmigo. Conocía muy bien mi tierra natal porque su familia poseía
viñedos en el Var… Y así, cuando, mi sobrina perdió a su marido y quedó sola
con cinco niños y con el restaurante que atender, yo se lo conté. Y él me
comprendió. Dijo que tal vez mi sobrina me necesitaba más que el papa, que
de todos modos tenía mucha gente a su servicio. El me ayudó a pensar con
libertad y a darme cuenta de que la caridad es la más importante de todas las
virtudes… Mi decisión de regresar al mundo fue tomada entonces, cuando la
gente en el Vaticano comenzó a decir todas aquellas cosas terribles, que el
Santo Padre estaba enfermo de la cabeza, que podía ser peligroso, todo eso. El
día que abandoné Roma fui a verlo para solicitarle su bendición. Y él me pidió,
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como un favor especial, que pasara por Tübingen y le entregara a usted esta
carta, en sus propias manos. Y me colocó bajo obediencia, haciéndome
prometer que no debería contarle a nadie lo que él había dicho o lo que yo
llevaba. Y por eso estoy aquí…
Hurgó en el gran bolso y extrajo de él un grueso sobre de papel que
extendió hacia él por sobre el escritorio. Carl Mendelius lo recibió y lo sostuvo
en las manos evaluando su peso antes de depositarlo sobre la mesa.
—¿Vino usted aquí directamente desde Roma?
—No. Fui primero donde mi sobrina a quien acompañé durante una
semana. Su Santidad dijo que eso era lo que tenía que hacer, porque era lo
natural y propio. Me dio dinero para el viaje y un regalo para mi sobrina.
—¿Le entregó algún otro mensaje para mí?
—No. Sólo que le enviaba a usted todo su afecto. Y agregó que si me
hacía preguntas, yo debía contestarlas.
—Veo que encontró en usted un fiel mensajero —dijo Carl Mendelius
gentilmente, pero su rostro estaba serio—. ¿Querría tomar un café?
—No, gracias.
Ella cruzó las manos sobre la amplia cartera y esperó. Todo en su actitud
trasuntaba la monja que había sido y que aún parecía ser pese a su ropa de
confección casera. Mendelius hizo la pregunta siguiente con todo cuidado y
como restándole importancia.
—Estos problemas, estas murmuraciones en el Vaticano ¿recuerda
cuándo comenzaron? ¿Y por qué se produjeron?
—Sí, sé cuándo comenzaron —la respuesta de la mujer fue decidida, sin
una sombra de vacilación—. Fue al regreso de la gira que el Santo Padre hizo
por América del Sur y los Estados Unidos. Parecía entonces muy cansado, casi
enfermo y luego vinieron aquellas visitas de los chinos y los rusos y de esos
africanos que lo dejaron aún más preocupado. Después de aquello resolvió
retirarse por dos semanas a Monte Cassino. Y fue al volver de allí cuando
comenzaron los problemas…
—¿Qué clase de problemas?
—Yo nunca comprendía muy bien realmente de qué se trataba. Como
usted sabe, yo era sólo alguien muy insignificante, una hermana que hacía un
trabajo doméstico. Y nos han entrenado para no hacer comentarios sobre
materias que no nos conciernen. La Madre Superiora reprueba severamente
toda murmuración. Pero sin embargo no pude dejar de notar que el Santo
Padre parecía enfermo, que permanecía largas horas orando en la capilla, que
las reuniones con los miembros de la Curia se multiplicaban y que al salir todos
ellos parecían enojados y refunfuñaban entre sí. No recuerdo lo que hablaban,
salvo una vez que oí al Cardenal Arnaldo decir: “¡Dios Santo del cielo! ¡Tenemos
que vérnosla con un demente!
—¿Y el Santo Padre mismo, qué aspecto tenía?
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—Conmigo nunca dejó de ser el mismo, bondadoso y cortés. Pero era
evidente que estaba muy acongojado. Un día me pidió que le llevara una
aspirina para tomarla con su café. Yo le pregunté si deseaba que llamara a su
médico. El me respondió con una curiosa pequeña sonrisa y dijo: “Hermana
Mechtilda, lo que yo necesito no es un médico, sino el don de las lenguas. A
veces me parece como si estuviera enseñando música a los sordos y pintura a
los ciegos…” Bueno, al final, claro, vino el médico y luego varios otros en los
días que siguieron. Y después de aquello el cardenal Drexel llegó a verlo; es el
Decano del Sacro Colegio y un hombre muy severo. Permanecieron encerrados
todo el día en el apartamento papal y yo ayudé a servirles el almuerzo. Y
después de ese día… bueno… ocurrió todo aquello.
—¿Comprendió usted algo de lo que estaba sucediendo?
—No. Lo único que nos dijeron fue que, por razones de salud y para
beneficio de las almas, el Santo Padre había decidido abdicar y pasar el resto de
su vida sirviendo a Dios en un monasterio. Nos pidieron que rogáramos por él y
por la Iglesia.
—¿Y él no le dio nunca ninguna explicación de lo que estaba ocurriendo?
—¿A mí? —Ella se lo quedó mirando con una auténtica e inocente
sorpresa—. ¿Por qué a mí? Yo era nadie. Pero después que me bendijo
deseándome buen viaje, él puso sus manos en mis mejillas y dijo: “Tal vez,
hermanita, ambos somos afortunados por habernos encontrado”. Y esa fue la
última vez que lo vi.
—¿Y ahora qué piensa hacer usted?
—Volver a casa con mi sobrina, ayudarla con los niños, cocinar en el
restaurante. Es un negocio pequeño, pero si logramos mantenerlo como se
debe, es bastante bueno.
—Estoy seguro de que lo conseguirán —dijo Carl Mendelius
respetuosamente al tiempo que se levantaba y extendía su mano hacia ella—.
Gracias hermana Mechtilda, gracias por venir a verme y por lo que ha hecho
por él.
—Oh, no es nada. El era un hombre bueno que siempre comprendió a la
gente corriente como yo.
La palma de la mano de la mujer tenía la piel seca y agrietada por el
lavado y la friega de las cazuelas y Mendelius, al verla, sintió vergüenza de sus
propias diestras y suaves manos en las cuales Gregorio XVII, sucesor del
príncipe de los apóstoles había depositado su último, su más secreto memorial.
Aquella noche, en su enorme estudio del ático, cuyas ventanas miraban
hacia el bulto gris de la Stiftskirche de St. George, Mendelius veló hasta tarde,
teniendo por únicos testigos de su meditación a los bustos de Melanchthon y de
Hegel, el primero de los cuales había sido asistente de profesor y el otro
alumno de la antigua universidad; pero hacía ya tiempo que la muerte había
absuelto a ambos de toda perplejidad.
Delante de él, abierta y extendida sobre la mesa, yacía la carta de Jean
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Marie Barette, el Gregorio portador del número diez y siete en la línea de la
sucesión papal: treinta páginas de fina cursiva manuscrita, de impecable estilo
gálico, testimonio de una tragedia personal y de una crisis política de dimensión
mundial.
Mi querido Carl:
“En ésta, la larga noche de mi alma, cuando la razón se
tambalea al borde del abismo y la fe de toda una vida pareciera,
haberse perdido, acudo a usted en busca de la gracia de la
comprensión.
“Hace ya muchos años que somos amigos. Sus libros y sus
cartas han sido hasta ahora mis inseparables compañeros de viaje:
bagaje infinitamente más esencial para mí que mis camisas o mis
zapatos. En numerosos momentos de ansia e inquietud sus consejos
han sido fuente de paz para mí, así como su visión y sabiduría no
han dejado de ser la luz que ha guiado mis pasos por los oscuros
laberintos del poder. Y por eso, a pesar de que las sendas de
nuestras vidas parecieran haber divergido, me consuela creer que
nuestros espíritus han mantenido la unidad de sus valores.
“Mi silencio durante estos últimos meses de mi purgatorio
personal se ha debido al hecho de que he deseado mantenerlo al
margen para no comprometerlo en lo que me estaba ocurriendo.
Desde hace ya algún tiempo he vivido sometido a una estrecha
vigilancia y en consecuencia no me ha sido posible mantener nada
privado, ni aun mis papeles más secretos. En verdad tengo que
confesarle que si esta carta cae en manos equivocadas, usted
quedará expuesto a un gran riesgo y si decide llevar a cabo la misión
que intento encomendarle, el peligro a que aludo se multiplicará con
cada día que pase.
“Comenzaré a contarle la historia por su desenlace. El mes
pasado, los cardenales del Sacro Colegio, entre los cuales creo que
cuento con algunos amigos, decidieron, por una amplia mayoría, que
yo estaba, si no loco, por lo menos no en un estado mental
competente para desempeñar las tareas del pontificado. Esta
decisión, motivada por razones que más adelante le explicaré en
detalle, colocó a mis hermanos cardenales frente a un dilema que
resultó trágico y cómico a la vez.
“Sólo existían dos fórmulas para librarse de mí: deponerme u
obligarme a abdicar. Deponerme implicaba dar explicaciones
públicas, lo que evidentemente era imposible por lo que nadie se
atrevió siquiera a considerar esta primera opción, ya que el olor a
conspiración habría sido demasiado fuerte y el riesgo de cisma
consiguiente demasiado grande. Por otra parte, la abdicación, en
tanto que acto legal, no habría podido ser llevada a cabo por un
hombre mentalmente enfermo, pues habría carecido de toda validez
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jurídica.
“Mi dilema personal, en cambio, era completamente diferente.
Yo no había pedido ser elegido. Había aceptado, con temor, pero
confiando en el Espíritu Santo para encontrar la luz y la fuerza
necesarias. Aquel día en Monte Cassino creí —e intento
desesperadamente continuar creyendo— que había recibido una
iluminación especial del Señor y que mi deber consistía en comunicar
esa luz a un mundo atrapado en la oscuridad de la última hora antes
de medianoche. Por otra parte comprendí que sin la ayuda de mis
más antiguos colaboradores, los hombres claves de la Iglesia,
ninguna acción era posible para mí. Me veía reducido a la impotencia
porque mis declaraciones podían ser distorsionadas y las directivas
que impartiera anuladas. Los hijos de Dios podrían haber sido así
sumidos en la confusión o impulsados a la revuelta.
“Fue entonces cuando Drexel vino a verme. Como usted sabe,
es el Decano del Sacro Colegio de Cardenales y fui yo mismo quien
lo nombró en su actual cargo de Prefecto de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe. A usted le sobran razones
para saber que es un formidable perro guardián, sin embargo en
privado es un ser comprensivo, sensible y muy humano. Al momento
vi que para él era muy dolorosa la misión que se le había impuesto,
pues venía como emisario de sus hermanos los cardenales con cuya
opinión no estaba de acuerdo pero había sido encargado de
transmitirme su decisión. Se me pedía que abdicara y me retirara
enseguida a la oscuridad de un monasterio. En el caso de que no
aceptara ellos estaban dispuestos a correr el riesgo de hacerme
declarar insano e internarme bajo vigilancia médica en un
establecimiento para enfermos mentales.
“Como comprenderá, el impacto recibido fue muy fuerte, pues
jamás había yo imaginado siquiera que pudieran atreverse a tanto. A
este primer momento de sorpresa siguió otro de puro terror pues
conozco lo suficiente la historia de este cargo para no ignorar que la
amenaza era real. El Vaticano es un estado independiente y todo lo
que ocurre dentro de sus muros carece de audiencia exterior cuando
los que gobiernan aquí así lo han decidido.
“Luego el terror también pasó y logré encontrar la calma
suficiente para preguntarle a Drexel qué pensaba de la situación. Me
respondió al instante y sin vacilaciones. No le cabían dudas de que
sus colegas podían cumplir su amenaza y que estaban plenamente
dispuestos a hacerlo. Sabían que el daño —considerando el crítico
momento internacional— sería grande, pero no irreparable. La
Iglesia había sobrevivido a los Theophylacts, a los Borgia y a las
orgías de Avignon. Podría sobrevivir a la locura lunática de Jean
Marie Barette. En vista de lo anterior Drexel me ofrecía, muy
amistosamente, su opinión personal: lo que me convenía era
inclinarme ante lo inevitable y abdicar aduciendo motivos de mala
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salud. Concluyó agregando su pequeña cláusula propia que cito
textualmente para usted: “Haga lo que le piden, Santidad, pero nada
más, ni un ápice más. Usted se irá. Se retirará a la vida privada. Y yo
me enfrentaré a cualquier documento o instrumento que intente
amarrarlo a algo más. Y en cuanto a esta luz que usted declara
haber recibido, no es a mí a quien corresponde juzgar si viene de
Dios o si es simplemente el fruto de un espíritu sobrecargado por las
ansiedades propias de su alta investidura. Si fuera solamente una
ilusión, espero que antes que transcurra mucho tiempo, sabrá
desecharla. Si es algo que viene de Dios, entonces estoy seguro de
que Él permitirá que, cuando llegue el momento, la verdad se haga
manifiesta… Pero si entretanto lo declaran insano, quedará usted
completamente desacreditado y la luz que hay en usted se apagará
para siempre. La historia, especialmente la de la Iglesia, sólo se ha
escrito para justificar a los sobrevivientes”.
“Comprendí perfectamente lo que sus palabras significaban,
pero aun así no podía decidirme a aceptar una solución tan tajante.
Hablamos durante todo aquel día, examinando cada alternativa
posible. Más tarde, y por largas horas aquella noche, oré en la
soledad de mis habitaciones hasta que, finalmente, en un estado de
total agotamiento, terminé por rendirme. A las nueve de la mañana
siguiente mandé llamar a Drexel y le comuniqué que estaba pronto
para abdicar.
“Hasta aquí, mi querido Carl, le he contado cómo sucedió todo.
Relatar el por qué tomará mucho más tiempo: y entonces usted
también, mi dilecto amigo, será llamado a juzgarme. Ahora mismo,
escribir estas líneas temo que su juicio pueda serme desfavorable.
Así es la fragilidad humana. Todavía no he aprendido a confiar en el
Señor cuyo Evangelio intento proclamar…”
La angustia implícita en aquel llamado conmovió profundamente a
Mendelius y sintió que las letras se borraban delante de sus doloridos ojos. Se
reclinó en su silla y se entregó al torrente de sus recuerdos. Se habían conocido
en Roma, hacía ya dos décadas, cuando Jean Marie Barette, en su cargo de
cardenal era el miembro más joven de la Curia romana y el padre Mendelius, S.
J., estaba apenas iniciando en la Universidad Gregoriana su primer curso sobre
Elementos para la Interpretación de las Escrituras. El joven cardenal había
asistido como invitado a una clase sobre las comunidades judías en los primeros
tiempos de la Iglesia. Después habían cenado juntos y se habían quedado
conversando hasta muy entrada la noche. Al separarse aquella madrugada, una
amistad había nacido.
Más adelante, cuando vinieron los días malos y Mendelius, delatado por
sospecha de herejía ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue
sometido durante largos meses a una implacable investigación, Jean Marie
Barette nunca dejó de apoyarlo con todo el peso del poder e influencia de que
entonces disponía. Y más tarde, cuando él había sentido que su vocación
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sacerdotal ya no lo satisfacía y había pedido ser devuelto a la vida laica,
solicitando al mismo tiempo el permiso para casarse, Barette había sido su
abogado ante un renuente e irascible pontífice. Y cuando, finalmente, había
presentado su candidatura para la cátedra en Tübingen, la más brillante
recomendación llevaba la firma de Gregorio XVII, Pontífice Máximo.
Ahora sus mutuas posiciones se habían invertido. Jean Marie Barette se
encontraba desterrado en tanto que él, Carl Mendelius, florecía en la libre zona
de un matrimonio dichoso y de una vida profesional plenamente realizada.
Cualquiera que fuera el costo él se debía a sí mismo permanecer fiel a los
deberes de la amistad. Volvió a inclinarse sobre la interrumpida lectura de la
carta.
“…Usted conoce las circunstancias de mi elección. Mi
predecesor, que centró su acción en lo social logró completar con
éxito la misión que se había fijado. Reforzó a la vez la centralización
de la Iglesia y la disciplina y restauró la línea dogmática tradicional.
Su enorme encanto personal —magnetismo propio de un gran
actor— ocultó por mucho tiempo el hecho de que sus actitudes eran
esencialmente rigoristas. Al envejecer se fue tornando cada vez más
intolerante, menos y menos abierto a los argumentos que le parecían
ajenos. Se veía a sí mismo como el Instrumento de Dios, encargado
de destruir a las fuerzas de la impiedad. Era difícil convencerlo de
que, a menos que ocurriera un milagro, todos los hombres —
creyentes o incrédulos por igual— estaban condenados a
desaparecer. Habíamos llegado a la última década del siglo y con ella
a sólo unos pasos de la guerra nuclear. Cuando asumí el cargo —
elección que fue el resultado de un compromiso después de un
Cónclave que duró seis días— me sentí aterrado ante la perspectiva
de lo que esperaba a la raza humana.
“No necesito leerle el texto apocalíptico tan claramente impreso
en el mundo de hoy, el angustioso clamor del Tercer Mundo
oscilando al borde de la total inanición, el permanente riesgo de
colapso económico de los países occidentales, el creciente costo de
la energía, la loca y salvaje carrera armamentista, la tentación de los
militaristas de llevar a cabo su última y más demente jugada, cuando
aún les es posible calcular las consecuencias de sus apuestas. Para
mí, sin embargo, lo más espantoso dentro de este cuadro era la
atmósfera de reprimida desesperación prevaleciente entre los líderes
mundiales, la sensación oficial de impotencia, la extraña y atávica
regresión hacia una visión mágica del universo.
“Usted y yo hemos discutido muy a menudo la proliferación de
los cultos nuevos y su manipulación en provecho del dinero y del
poder. Hemos presenciado asimismo la explosión de estos
fanatismos en las antiguas religiones. Algunos de nuestros fanáticos
particulares deseaban que yo proclamara un Año Mariano y que
lanzara un llamado para una vasta movilización de masas en
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peregrinaciones a todos los santuarios de la Virgen a través del
mundo. Les contesté que jamás haría nada semejante. Lo último que
necesitamos es el estallido de un pánico de los mojigatos.
“Creo que el mejor servicio que actualmente puede ofrecer la
Iglesia es el de la mediación fundada en la razón y en la caridad para
con todos. Esa es, por lo demás, la tarea para la cual yo, como
pontífice, me sentía más apto y en consecuencia, más llamado a
realizar. Por eso hice saber que, en aras de la paz, estaba dispuesto
a ir donde fuera y a recibir a quien fuera, pero tratando al mismo
tiempo de dejar muy en claro que no poseía ninguna fórmula mágica
capaz de resolver problemas ni tampoco ninguna ilusión sobre los
alcances de mi propio poder. Conozco demasiado bien la mortal
inercia de las instituciones, la locura que matemáticamente lleva a
los hombres a pelear a muerte entre sí sobre la más sencilla
ecuación de cualquier compromiso. Me dije a mí mismo y traté de
convencer de ello a los líderes de las naciones que aun un solo año
de respiro antes del advenimiento de Armageddon constituía de por
sí una victoria. Pero no obstante el temor de un inminente
holocausto me perseguía noche y día, socavando mis reservas de
valor y de confianza.
“Finalmente decidí que, para conservar algún sentido de
perspectiva y rehacer mis reservas espirituales era imprescindible
que descansara. En consecuencia resolví hacer dos semanas de
retiro en el monasterio de Monte Cassino. Usted conoce bien el lugar
que fue fundado por San Benito en el siglo sexto. Pablo el diácono
escribió allí sus historias y mi tocayo Gregorio IX hizo la paz con
Federico de Hohenstaufen. Pero sobre todo es un lugar aislado y
sereno y su abad, el padre Andrew es un hombre de singular piedad
y gran discernimiento. Me colocaría pues bajo su dirección espiritual
y me dedicaría a meditar en silencio para renovar mi ser interior.
“Así lo había planeado yo, mi querido Carl, y así había
comenzado a realizar mi plan. Pero llevaba allí solamente tres días
cuando ocurrió aquel acontecimiento”.
La frase terminaba al final de la página y Mendelius vaciló antes de
continuar, sintiendo un débil estremecimiento de disgusto, como si le estuvieran
pidiendo que presenciara la realización de un acto de intimidad corporal de otra
persona. Solo merced a un gran esfuerzo logró proseguir la lectura.
“…Doy el nombre de acontecimiento a aquello que ocurrió pues
no deseo prejuiciar en ninguna forma su apreciación del hecho y
también porque aquello tuvo para mí una dimensión física. Sucedió.
No es algo que yo imaginara. La experiencia fue tan real como el
desayuno que acababa de tomar en el refectorio del convento.
“Eran las nueve de la mañana de un día claro y soleado, y me
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hallaba sentado en un banco de piedra en el jardín del claustro. Un
poco más allá un monje preparaba tierra en unos tiestos destinados
a recibir flores. Me sentía bien, relajado y plácido. Comencé a leer el
capítulo catorce del Evangelio de San Juan que el abad había
propuesto como tema para la meditación de aquel día. Usted
recuerda la forma en que comienza este capítulo, con el discurso del
Señor en la Ultima Cena: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en
Dios, creed también en Mí…” El texto mismo, reconfortante,
consolador, pleno de seguridades, calmaba con mi estado de ánimo.
Cuando llegué al versículo:
“y el que me ame será amado de mi Padre…”
cerré el libro y levanté la vista.
“A mi alrededor, todo había cambiado. El monasterio, el jardín, el
monje que trabajaba habían desaparecido y yo me encontraba solo
en una alta y estéril cumbre cercada por negras montañas cuyo perfil
se destacaba, desigual y nítido, sobre la lobreguez del cielo. Todo el
lugar se hallaba sumido en un silencio de tumba. No sentí temor sino
un terrible vacío como si me hubieran abandonado a la intemperie,
como si algo hubiera socavado el meollo de mi ser dejando tan solo
la cáscara. Y supe entonces, sin lugar a dudas, que estaba
presenciando las consecuencias de la última locura del hombre: un
planeta muerto. No encuentro palabras adecuadas para describirle lo
que ocurrió en -seguida. Fue como si súbitamente un enorme
incendio hubiera estallado dentro de mí, como si hubiera sido cogido
en un furioso torbellino y proyectado, fuera de toda dimensión
humana, hacia el centro de una luz insostenible. La luz era una voz y
la voz era una luz y todo mi ser pareció impregnarse del mensaje de
esa voz y de esa luz. Era el final de todo, el comienzo mismo de
todo: punto omega del tiempo, punto alfa de la eternidad. Habían
dejado de existir los símbolos para dar paso a la existencia de la
pura, simple y única Realidad. Se habían cumplido todas las
profecías. El orden había surgido del caos y la última verdad se había
hecho patente. En un momento de exquisita agonía comprendí que
debía anunciar este acontecimiento, que debía preparar al mundo
para su advenimiento. Había sido llamado para proclamar que los
últimos días estaban próximos y que la humanidad debía aprontarse
para la Parusía: es decir para la Segunda Venida del Señor Jesús.
“Y justo en el momento en que sentí que aquella agonía estaba a
punto de explotar en mí, destruyéndome, todo terminó. Y me
encontré de regreso en el jardín del claustro. El monje seguía
trabajando en la tierra destinada a sus rosas, el Nuevo Testamento
reposaba sobre mis rodillas, abierto en el Capítulo veinticuatro de
San Mateo “porque como el relámpago sale por oriente y brilla hasta
el occidente, así será la venida del Hijo del hombre,..” ¿Accidente o
destino? No lo sé y creo que ya no tiene importancia.
“Y esto es Carl, lo que ha ocurrido, dicho en las palabras más claras
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y cercanas a mi visión que he podido encontrar, para el amigo más
próximo a mi corazón. Cuando a mi regreso a Roma intenté explicar
a mis colegas lo que había sucedido, vi en sus rostros el impacto que
mis palabras producían: ¿Un papa con revelaciones privadas? ¿Un
precursor de la Segunda Venida del Señor? ¡Locura! La última y más
explosiva sinrazón. Yo me había transformado en una bomba de
tiempo que había que desconectar tan pronto como fuera posible. Y
sin embargo así como no me era posible cambiar el color de mis
ojos, tampoco me era posible cambiar lo que había ocurrido, que
había quedado para siempre impreso en cada fibra de mi ser del
mismo modo y con tanta fuerza como la huella genética dejada en
mí por mis padres. Me sentía impelido a hablar de ello, condenado a
anunciar lo que había visto a un mundo que se precipitaba, sin
rumbo, hacia su extinción.
“Comencé entonces a trabajar en la preparación de una
Encíclica, una Carta a la Iglesia Universal. El texto se iniciaba con
estas palabras: “In his ultimis annis fatalibus…”. En estos últimos y
fatales días del milenio… Mi secretario encontró sobre mi escritorio el
borrador, lo fotografió secretamente y distribuyó copias de su
descubrimiento entre los miembros de la Curia. Todos quedaron
horrorizados. Se dedicaron entonces —separadamente y en
conjunto— a urgirme para que suprimiera el documento. Cuando
rehusé hacerlo pusieron sitio a mis habitaciones y bloquearon todas
mis comunicaciones con el mundo exterior. Luego citaron a una
reunión de emergencia del Sacro Colegio y convocaron al Vaticano a
un grupo de médicos y psiquiatras para que examinaran mi estado
mental y de esta manera iniciaron el curso de los acontecimientos
que culminaron en mi abdicación.
“Y así, ahora, en esta extrema penuria a la que me he visto
reducido, recurro a usted no sólo porque es amigo mío, sino también
porque usted, que ha sufrido los rigores de la inquisición comprende
y sabe cómo la persistente presión de los interrogatorios es capaz de
hacer tambalear la razón. Si juzga que estoy loco, lo absuelvo
anticipadamente de toda culpa que pueda sentir por la censura que
me haga, y le agradezco la amistad que he tenido el privilegio de
compartir con usted. Si se encuentra capaz de creer por lo menos
que no he hecho otra cosa sino contarle una simple y terrible verdad,
le ruego que estudie los dos documentos que acompañan esta carta:
una copia de mi Encíclica a la Iglesia Universal y una lista de
personas de diversos países con las cuales mantuve excelentes
relaciones durante mi pontificado y que tal vez estén preparadas
para confiar en mí o para actuar de mensajeros en mi nombre. En
ese caso trate de ponerse en contacto con ellas, de hacerles
comprender todo lo que aún pueden hacer en estos últimos y fatales
años. No creo que sea posible impedir la inevitable catástrofe, pero sí
creo que tengo la obligación de continuar hasta el fin proclamando la
buena nueva del amor y la salvación.
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“Si acepta esta tarea que deseo encomendarle, correrá un gran
riesgo; tal vez, incluso, el riesgo de su propia vida. Recuerde el
Evangelio de Mateo “…Entonces os entregarán a la tortura y os
matarán… Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y
odiarán mutuamente”.
“Muy pronto abandonaré este lugar para dirigirme a la soledad
de Monte Cassino. Espero que llegaré ahí sin problemas. Si no fuera
así, me encomiendo, así como a su familia y a usted mismo al
amoroso cuidado de Dios.
“Se ha hecho tarde. Hace ya mucho tiempo que la merced del
sueño me ha sido negada, pero ahora que esta carta ha sido escrita
tal vez me sea concedida.
“Soy, como siempre, suyo en Cristo
Jean Marie Barette”.
Bajo la firma había garabateado un irónico agregado:
“Feu le pape”… el ex-pontífice.
Carl Mendelius, aturdido y casi privado de sensibilidad por el doble efecto
del impacto de los acontecimientos del día y el cansancio, no se encontró capaz
de leer el apretado texto de la encíclica, y en cuanto a la larga lista de nombres,
por lo que a él se refería, bien podía haber estado escrita en sánscrito. Dobló
cuidadosamente la carta y los documentos y los colocó en la antigua y negra
caja fuerte donde guardaba los papeles sellados de su casa, su póliza de
seguros y las porciones más importantes de su material de investigación.
Lotte estaría esperándolo abajo, tejiendo tranquilamente junto al hogar,
pero él no se atrevía a enfrentarla hasta no haberse compuesto una actitud y
haber encontrado alguna forma de respuesta a las inevitables preguntas: “Carl,
¿qué decía la carta? ¿Qué es lo que realmente le ha sucedido a nuestro querido
Jean Marie?”
¿Qué, en realidad? Fuera lo que fuera Carl Mendelius —sacerdote
fracasado, marido amante, padre perplejo, creyente escéptico— era por sobre
todo un investigador de la historia, rígido y exigente en su aplicación de las
reglas de la evidencia interna y externa. En un texto, le era posible oler a la
distancia cualquier interpolación y seguir su pista con meticulosidad y exactitud
hasta su fuente misma, ya fuera ésta gnóstica, maniquea o essenita.
Sabía que la doctrina de la Parusía —la Segunda Venida del Redentor
que marcaría el fin de los tiempos históricos— pertenecía a la más antigua y
auténtica tradición. Estaba inscrita en los Evangelios Sinópticos, afianzada en el
Credo, recordada cada día en la liturgia: “Cristo murió, Cristo volverá”. Esta
tradición representaba la más firme esperanza del creyente para la justificación
final del plan divino, la victoria última del orden sobre el caos, del bien sobre el
mal. El hecho de que Jean Marie Barette, que acababa de ser papa, creyera eso
y lo predicara como un artículo de fe era tan natural y necesario para él como
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el hecho mismo de respirar.
Pero que este mismo Jean Marie Barette estuviera mezclado y
comprometido en la forma más primitiva y más estrecha de la fe — el
advenimiento de un cataclismo universal seguido por un juicio universal
también, para el cual era preciso prepararse— era, por decir lo menos,
perturbador. A lo largo de la historia, la milenaria tradición había tomado
muchas formas y no todas ellas habían sido religiosas. Estaba por ejemplo
implícita en la idea hitlerista del Reich de mil años, así como en la promesa
marxista de que el capitalismo desaparecería para dar paso a la fraternidad
universal del socialismo. Jean Marie Barette no había necesitado de visión
alguna para dar forma a su idea del milenium. Podía perfectamente haberla
copiado de mil fuentes diversas, desde el libro de Daniel hasta los profetas
Cevennoles del siglo XVII.
Pero el hecho de haber sido él, el papa, quien tuviera la visión,
representaba un elemento a la vez perturbador y familiar en el diseño de la
reflexión de Mendelius. Porque el ministro de una religión organizada era, por
su función misma, ordenado a exponer, bajo su autoridad, una doctrina que los
siglos habían fijado y hecho consensual. Sise excedía en su mandato podía ser
silenciado o excomulgado por la misma autoridad que le había confiado el
encargo de desempeñar esa función.
El profeta, sin embargo, pertenecía enteramente a otro orden de
criaturas. Proclamaba su relación directa con el Todopoderoso y en
consecuencia el mandato de que estaba investido no respondía ante ninguna
instancia humana ni podía ser prohibido por ningún agente humano. Podía
desafiar al más sagrado de los pasados con la clásica frase, la misma que había
usado Cristo: “Está escrito… pero Yo os digo…” De manera que el profeta era
siempre el extraño, el heraldo del cambio, el retador al orden existente.
El problema de los cardenales no consistía en la locura misma de Jean
Marie Barette sino en el hecho de que hubiera aceptado la función oficial de
gran sacerdote y de supremo maestro y que luego hubiera asumido otro rol,
contradictorio con este primero.
En teoría, por supuesto, no era preciso que hubiera contradicción. La
doctrina de la revelación privada, de la comunicación personal entre la criatura
y su creador era tan antigua como la doctrina de la Parusía. En Pentecostés el
Espíritu Santo había descendido sobre los apóstoles reunidos; Saulo había sido
derribado en el camino de Damasco, Juan cogido y envuelto en la revelación
apocalíptica en Patmos y todos estos eran acontecimientos enraizados en la
tradición. Por consiguiente, ¿era tan impensable que en esta última y fatal
década del milenio, cuando la posibilidad de la destrucción planetaria era un
hecho probado y un peligro real y vivo, Dios hubiera elegido a un nuevo profeta
para hacer su llamado al arrepentimiento y a la salvación?
En términos teológicos por lo menos, esta era una proposición
completamente conforme a la ortodoxia. Para Carl Mendelius, sentado allí en su
estudio de historiador y llamado a juzgar la sanidad mental de un amigo, era
una especulación altamente peligrosa. De todos modos estaba demasiado
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cansado para ser capaz de emitir juicio alguno sobre nada, ni aun sobre el tema
más sencillo; de manera que cerró la puerta de su estudio y bajó a la sala de
estar.
Lotte, rubia, rolliza, afectuosa y satisfecha como una gata con su rol de
madre de dos bellos hijos y de esposa del profesor Mendelius, le sonrió y
levantó el rostro para que él la besara, y él, cogido bruscamente en un impulso
de pasión, la acercó a sí y la sostuvo apretadamente por unos momentos. Ella
lo miró, un tanto extrañada y dijo:
—¿A qué se debe esto?
—Te amo.
—Yo te amo también.
—Vamos a la cama.
—No puedo ir todavía. Johann ha telefoneado para decir que olvidó la
llave y le dije que lo esperaría. ¿Quieres un coñac?
—Acepto. Es lo mejor después de lo otro.
Ella le sirvió el licor y comenzó a hacerle exactamente las preguntas que
el había temido. Comprendió que no podía usar de argucias con ella. Era
demasiado inteligente para contentarse con verdades a medias, de manera que
le contestó directa y sencillamente.
—Los cardenales lo forzaron a abdicar porque creyeron que estaba loco.
—¿Loco? ¡Dios santo! Yo hubiera pensado que no hay nadie tan cuerdo
como él.
Le alcanzó la bebida y se sentó en la alfombra dejando descansar la
cabeza en las rodillas de él. Levantaron sus copas deseándose mutuamente
salud. Mendelius acarició la cabeza y los cabellos de su mujer. Ella volvió a
preguntar.
—¿Cuál fue el motivo que les hizo pensar que estaba loco?
—El declaró —como me lo ha declarado a mí— que había tenido una
revelación privada mostrándole que el fin del mundo estaba próximo y
urgiéndolo a actuar como mensajero de la segunda venida de Cristo.
—¿Qué? —Ella se atoró con su copa, escupiendo la bebida. Mendelius le
pasó su pañuelo para ayudarla a limpiar su blusa.
—Es verdad, schatz. En su carta me describe la experiencia, en la que
cree absolutamente. Y ahora que lo han silenciado acude a mí para que lo
ayude a proclamar y propagar la noticia.
—Aún no puedo creerlo. Siempre fue tan… tan francés y tan práctico. Tal
vez es cierto que se ha vuelto loco.
—Un hombre loco no habría podido escribir la carta que él me ha escrito.
Puedo aceptar que haya sido juego de una ilusión, de una idea fija resultante
de un exceso de tensiones o incluso puedo creer en un ejercicio defectuoso de
su propia lógica. Eso puede sucederle a cualquiera. Los hombres cuerdos
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creyeron en una época que el mundo era plano. Y hombres cuerdos guían sus
vidas por los horóscopos de los diarios dominicales… Millones, como tú y yo,
creen en un Dios cuya existencia no pueden probar.
—Sí, pero no vamos por allí proclamando que el mundo terminará
mañana.
—No schatz, no lo hacemos. Pero sabemos que si los rusos y los
americanos aprietan el botón, eso es exactamente lo que puede suceder.
Vivimos bajo la sombra de esa realidad y nuestros hijos están conscientes de
eso.
—Carl, no sigas.
—Lo siento.
Se inclinó y besó sus cabellos mientras ella respondía apretando la mano
de él contra sus mejillas… Unos pocos momentos después ella preguntó
quietamente.
—¿Y harás lo que Jean Marie te pide?
—No lo sé, Lotte. Realmente no lo sé. Creo que debo pensarlo muy
cuidadosamente. Primero necesito hablar con la gente que estuvo más cerca de
él. Después quiero verlo a él mismo… me parece que es lo menos que le debo.
Ambos le debemos eso.
—Eso significa que deberás irte.
—Sólo por un tiempo muy corto.
—Odio cuando estás lejos. Te echo tanto de menos.
—Ven conmigo entonces… Hace siglos que no has ido a Roma. Y hay
muchísima gente a quien podrías ver.
—No puedo ahora Carl, tú lo sabes. Los niños me necesitan. Este es un
año muy importante para Johann y me gustaría no perder de vista a Katrin y a
su joven enamorado.
La pequeña y familiar discusión había vuelto a surgir, como siempre,
entre ellos. La constante preocupación de gallina que Lotte sentía por los niños
y sus propios celos de hombre de mediana edad por esas atenciones
maternales no dirigidas a él. Pero esta noche estaba demasiado cansado para
discutir de manera que se contentó con posponer el tema.
—Hablaremos de eso otro día, schatz. Antes que me sea posible poner
un pie fuera de Tübingen, necesito algunos consejos profesionales.
A los cincuenta y tres años Anneliese Meissner había alcanzado una
amplia variedad de distinciones académicas —la más notable de las cuáles era
la de haber sido designada por unanimidad como la mujer más fea de todas las
facultades de la Universidad. Rechoncha, gorda, de piel cetrina y boca de rana,
tenía los ojos escasamente visibles detrás de unas gruesas gafas de miope, un
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desordenado y desvaído cabello amarillento enmarcaba este rostro haciéndolo
semejar a una cabeza de Medusa y acentuaba esta impresión el hecho de que
su voz fuera rasposa y dura. En cuanto a su vestimenta era a la vez amanerada
y descuidada. Si a todo esto añadimos un humor sardónico y un despiadado
desprecio por la mediocridad se obtenía, como una vez dijo un colega “el perfil
perfecto de una personalidad condenada a la alienación”.
Y sin embargo, en virtud de algún milagro, ella había logrado salvarse de
la sentencia y al contrario, se había transformado, al amparo del viejo castillo
de Hohentübingen, en una especie de diosa tutelar de aquel lugar. Su
apartamento del Burgsteige, donde estudiantes y profesoras, sentados en
banquetas o encaramados en cajones solían reunirse para beber y discutir
fieramente hasta altas horas de la madrugada, se asemejaba más a un club que
a una habitación privada. Los cursos que dictaba en psicología clínica
desbordaban de alumnos y sus trabajos se publicaban en las mejores revistas
científicas en una docena de lenguas diferentes. La mitología estudiantil la
había dotado incluso de un amante, un gnomo de las montañas Harsz, que en
los domingos o en los grandes días de fiesta de la Universidad, bajaba
secretamente a visitarla.
Al día siguiente de haber recibido la carta de Jean Marie, Carl Mendelius
la invitó a almorzar con él en un comedor privado de la Weinstube Forelle.
Anneliese Meissner comió y bebió copiosamente, sin dejar no obstante de
monologar, en su usual forma punzante y ácida, sobre los más variados temas,
la administración de los dineros de la Universidad, la política local de Badén
Württenburg, el trabajo presentado por un colega sobre la depresión endógena,
trabajo que calificó de “desecho pueril” y la vida sexual de los trabajadores
turcos de la industria local de papel. Llegaron así hasta el café antes que
Mendelius juzgara oportuno colocar su pregunta.
—¿Si yo le mostrara una carta, estaría usted en condiciones de
ofrecerme una opinión clínica sobre la persona que la escribió?
Ella lo miró con su mirada miope y sonrió. La sonrisa era terrorífica pues
parecía como si ella se preparara para engullirlo junto con las últimas migajas
de su pastel de manzanas.
—¿Me va a mostrar esa carta, Carl?
—Sí, si le otorga los privilegios de una comunicación profesional.
—De usted sí, Carl, estoy dispuesta a aceptarla. Pero antes que me la
enseñe, creo preferible dejar en claro, para que usted los comprenda bien,
algunos axiomas de mi disciplina. No deseo que me comunique un documento
que obviamente es importante para usted y que luego venga a quejarse
diciendo que mi comentario es inadecuado. ¿Comprendido?
—Comprendido.
—Primero, entonces: la escritura manuscrita, tal como se presenta en
estudios seriales de diversos ejemplares, es un indicador bastante confiable del
estado cerebral, ya que aun la simple hipoxia —inadecuación o insuficiencia de
la carga de oxígeno que recibe el cerebro— produce un rápido deterioro de la
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escritura. Segundo: un sujeto, aunque se encuentre en un grado avanzado de
su enfermedad psicótica, puede tener sin embargo períodos lúcidos durante los
cuales sus escritos o dichos se ajustan completamente al patrón racional.
Holderlin murió de una esquizofrenia sin remedio en esta misma ciudad
nuestra. Y sin embargo ¿podría usted, al leer su “Pan y vino” o su ‘”Empédocles
en el Etna” siquiera imaginar nada semejante? Nietzsche murió de una parálisis
general que suele ser consecuencia de la locura y que se debió probablemente
a una infección sifilítica. ¿Podría usted diagnosticar eso con la sola evidencia de
“Así hablaba Zarathustra”? Tercer punto: toda carta personal contiene
indicadores de los estados emocionales o aun de las tendencias psíquicas de su
autor; pero son sólo indicadores. Los estados patológicos pueden ser
superficiales, las propensiones pueden hallarse perfectamente encuadradas
dentro de la normalidad. ¿Me he expresado claramente?
—Admirablemente, profesora —dijo Carl Mendelius haciendo un cómico
gesto de rendición—. Estoy colocando mi carta en manos seguras. —Se la
tendió a través de la mesa—. Hay además otros documentos, pero aún no he
tenido tiempo para estudiarlos. El autor de todo es el papa Gregorio XVII que
acaba de abdicar la semana pasada.
Anneliese Meissner juntó sus gruesos labios en un silbido de sorpresa,
pero no dijo nada. Leyó la carta lentamente, sin hacer comentarios, mientras
Mendelius sorbía su café y mordisqueaba algunos “petits fours”, lo cual era sin
duda muy inconveniente para su cintura, pero en todo caso mejor que el
cigarrillo cuyo hábito estaba desesperadamente intentando abandonar.
Finalmente Anneliese terminó su lectura. Depositó la carta en la mesa frente a
ella y la cubrió con sus grandes y regordetas manos. Eligió sus primeras
palabras con clínico cuidado.
—No estoy demasiado segura, Carl, de ser la persona adecuada para
comentar esto. No soy creyente, nunca lo he sido. Cualquiera que sea la
facultad que nos capacita para dar el salto de la razón a la fe, jamás la he
tenido. Algunas personas son sordas, otras son daltónicas, yo he sido siempre
una incurable atea. Créame que a menudo lo he lamentado. A veces, en mi
trabajo clínico, y con relación a algunos pacientes con fuertes creencias
religiosas, me he sentido en posición desmedrada. Vea usted Carl —continuó
riéndose entre dientes larga y ruidosamente —de acuerdo con mis luces, usted
y los suyos viven en un estado de engañosa ilusión que es por definición,
locura. Por otra parte, sin embargo, como no estoy en condiciones de probar
que el estado de ustedes es en verdad ilusión engañosa, tengo que aceptar que
tal vez la enferma soy yo.
Mendelius le sonrió al tiempo que colocaba en la boca de ella el último
“petit four”.
—Hemos acordado que sus conclusiones serán cuidadosamente
evaluadas. Y puede estar segura de que conmigo su reputación está
perfectamente resguardada.
—De manera que la evidencia tal como yo la veo dice así —tomó la carta
y comenzó a anotar—. Letra: ningún signo de perturbación. Es una bella letra.
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La carta misma es precisa y lógica. Las secciones narrativas son clásicamente
simples. Las emociones del autor están perfectamente bajo control. Aun cuando
habla de que se encuentra bajo vigilancia no hay ningún énfasis que indique un
estado paranoico. La sección que se refiere a la experiencia visionaria es,
dentro de sus límites, muy clara. No hay imágenes patológicas con
implicaciones de violencia o sexualidad… Prima facie, en consecuencia, el autor
de esta carta estaba perfectamente sano cuando la escribió.
—Pero él expresa dudas respecto de su propia cordura.
—De hecho no lo hace. Se limita a afirmar que otros tienen dudas sobre
esa cordura, pero en cuanto a él, está absolutamente convencido de la realidad
de su experiencia visionaria.
—¿Y qué piensa usted sobre esa experiencia?
—Estoy convencida de que él tuvo esa experiencia. Ahora, la forma en
que yo interpreto esa experiencia es otro problema. Digamos que creo en ella
de la misma manera en que estoy convencida de que Martín Lutero vio al diablo
en su celda y le lanzó un tintero. Eso no significa que yo crea en el diablo sino
simplemente en la realidad de la experiencia para Lutero. —Rió de nuevo y
continuó, relajándose—: Usted es un ex-jesuita, Carl, de manera que sabe
perfectamente de lo que estoy hablando. Los pacientes presas de ilusiones
engañosas son mi pan de cada día y al trabajar con ellos debo partir de la
premisa de que sus ilusiones son reales y efectivas para ellos.
—¿Está afirmando, entonces, que Jean Marie ha sido engañado por una
ilusión de sus sentidos?
—No ponga en mi boca palabras que no he pronunciado, Carl —dijo ella
con inmediato y cortante reproche. Cogió la carta y se la alcanzó—. Mire, lea de
nuevo los párrafos relativos a la visión, así como los trozos anteriores y
posteriores y dígame si todo eso no cae precisamente en lo que llamamos la
estructura de un sueño despierto. El se encuentra leyendo y meditando en un
soleado jardín. No olvide que toda meditación implica algún grado de autohipnosis. Su sueño se compone de dos partes: las consecuencias de un
cataclismo que ha dejado tras sí una tierra desolada y desierta y luego el paso,
en un arrebatado torbellino, hacia un espacio exterior. Estas dos imágenes son
muy vividas, pero esencialmente banales y podrían haber sido extraídas de
cualquier buen film de ciencia ficción. El ha pensado en ellas en muchas
ocasiones, especialmente en este último tiempo. Ahora no sólo las piensa, sino
que las sueña. Cuando se despierta se encuentra de regreso en el soleado
jardín. Todo eso forma parte de un fenómeno muy común.
—Pero él cree que su experiencia se debe a una intervención
sobrenatural.
—El dice que lo cree.
—¿Qué demonios está usted queriendo decir con eso?
—Quiero decir —la respuesta de Anneliese Meissner fue fría y sin
circunloquios— que él puede estar mintiendo.
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—¡No! ¡Eso es imposible! Conozco muy bien a este hombre. Hemos sido,
somos, casi hermanos.
—Como analogía, me parece bastante desafortunada —dijo Anneliese
Meissner suavemente—. Las relaciones de parentesco pueden ser infernalmente
complicadas. Cálmese, Carl. Usted quería una opinión profesional y eso es lo
que está recibiendo. Por lo menos tómese el tiempo y la tranquilidad necesarios
para examinar una hipótesis razonable.
—Esta hipótesis suya es pura fantasía.
—¿Lo es? Usted es un historiador. Eche una mirada: retrospectiva a la
historia que conoce, y dígame si no hay en ella cualquier cantidad de milagros
extremadamente convenientes y de revelaciones igualmente oportunas. Cada
secta se siente en el deber de proveer de milagros y revelaciones a sus devotos
adeptos. Los Mormones tienen a José Smith y a sus fabulosas tablas de oro, el
reverendo Sun Myung Moon se erigió a sí mismo como el Señor del Segundo
Advenimiento y hasta el mismo Jesús se inclinó ante él y lo adoró. De manera,
Carl, que no veo razón alguna por la que no podamos suponer —solamente
suponer— que su Gregorio XVII no haya podido decidir que su institución
estaba en crisis y que había llegado el momento para que la Divinidad se
manifestara nuevamente a los hombres.
—Pero eso significaría estar en un juego extremadamente peligroso y
arriesgado.
—Por eso mismo lo perdió. ¿No estará entonces ahora, tratando de
recobrar algo de lo destrozado y usándolo a usted para ver si su juego puede,
después de todo, resultar?
—Me parece una idea monstruosa.
—A mí no me lo parece. ¿Por qué se impresiona tanto? Se lo diré.
Porque si bien usted se considera un pensador liberal, continúa, no obstante,
formando parte de la familia Católica Romana, y necesita, por consiguiente,
proteger al mito. Lo necesita para su propia seguridad interior. Lo percibí muy
claramente cuando usted ni siquiera se arrugó ante mi mención de los
Mormones o de los Moonitas. Vamos, amigo mío, dígame lo que está pensando.
—Me parece que ando un tanto extraviado —dijo Carl Mendelius
sombríamente.
—Si quiere un consejo, se lo doy: olvide todo el asunto.
—¿Por qué?
—Porque usted es un académico con una reputación internacional. No
tiene para qué mezclarse en asuntos de locura o de magia popular.
—Jean Marie es amigo mío. Y lo menos que le debo es una investigación
honrada del problema que me ha planteado.
—Entonces lo que usted necesita es un Beisitzer, un asesor que le ayude
a evaluar la evidencia.
—¿Querría usted ser ese Beisitzer Anneliese? Podría tal vez ofrecerle la
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oportunidad de algunos nuevos descubrimientos clínicos.
El había lanzado la idea como una broma, en un intento por restar acidez
a la discusión, pero su chanza cayó en el vacío. Anneliese no le contestó y por
un largo momento permaneció muda considerando la proposición. Al fin
anunció firmemente.
—Muy bien. Acepto. Hacer de inquisidor de un papa será sin duda una
experiencia nueva para mí. Pero, querido colega —extendió hacia él y colocó
sobre su muñeca su mano grande y amistosa —la verdad es que mi interés
principal en este asunto es conservarlo a usted tan honrado como siempre lo he
conocido.
Aquella tarde, después de su última clase, Carl Mendelius caminó
lentamente por la ribera del río y luego se sentó, por un largo rato, a
contemplar el majestuoso paso de los cisnes por las grises y tranquilas aguas.
Su conversación con Anneliese Meissner lo había dejado profundamente
perturbado. Ella le había planteado un desafío, poniendo en tela de juicio no
sólo sus relaciones con Jean Marie Barette sino su propia integridad como
académico y su honradez moral como investigador de la verdad. Había
señalado, con extrema agudeza, el punto más débil de su coraza intelectual: su
inclinación a juzgar a su propia familia religiosa con una benevolencia que no
otorgaba a ninguna otra forma de fe. Por muy escépticas que fueran sus
tendencias, continuaba obsesionado con Dios, condicionado por los reflejos de
Pavlov de su pasado jesuita y prácticamente dispuesto —en el caso de
encontrar contradicciones entre sus descubrimientos como historiador y su
tradición ortodoxa— a conformar aquéllos con ésta antes que enfrentar lisa y
llanamente lo que una contradicción semejante podría involucrar. Por eso
siempre había preferido la comodidad del hogar familiar a la soledad del
innovador. Hasta ahora, sin embargo, jamás se había hecho traición a sí mismo
y le era aun posible mirar su imagen en el espejo y respetar al hombre que en
ella veía. Pero el peligro estaba allí, acechándolo, así como el pequeño aguijón
de la lujuria está siempre al acecho del hombre, pronto para coger fuego e
incendiarse en el momento preciso, con la precisa mujer.
En el caso de Jean Marie Barette, el peligro de auto-traición podía
resultarle mortal. El problema estaba allí, frente a él, planteado con tal claridad
que no era posible interpretarlo o soslayarlo. Existían solo tres posibilidades,
cada una de ellas excluyente de las otras dos. Jean Marie era un loco. Jean
Marie era un mentiroso. Jean Marie era un hombre elegido por Dios para
entregar al mundo un mensaje fundamental.
Frente a este dilema, tenía dos elecciones posibles: podía rehusar verse
envuelto en el asunto —con lo cual no haría sino ejercer el derecho de todo
hombre honrado que se juzgara a sí mismo incompetente— o podía someter
todo el caso al más rígido escrutinio y actuar en seguida sin miedo ni favor
conforme a la evidencia que descubriera. Con Anneliese Meissner ruda e
inflexible, a su lado como Beisitzer, difícilmente le sería posible hacer otra cosa.
¿Pero, qué sucedería con Jean Marie Barette, que por tanto tiempo había
sido el amigo de su corazón? ¿Cuál sería su reacción cuando se enterara de las
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duras condiciones de la investigación a que serían sometidos su persona y sus
actos? ¿Cómo se sentiría cuando el amigo al que había acudido para que fuera
abogado de su causa se presentara en cambio como el Gran Inquisidor? Una
vez más Carl Mendelius se encontró vacilando, retrocediendo ante la posibilidad
de semejante confrontación.
Allá a lo lejos, cerca de la clínica, sonó la sirena de una ambulancia,
largo y prolongado gemido que resultaba aterrorizante en el creciente
atardecer. Mendelius se estremeció bajo el impacto de un recuerdo de infancia
que bruscamente surgió en su memoria: el sonido de las sirenas de alarma
aérea seguidas, inmediatamente después, por el rugido de los motores de los
aviones y las aterradoras explosiones de las bombas incendiarias estallando en
la ciudad de Dresden.
Cuando llegó a su casa encontró a su familia aglomerada en torno de la
televisión. En su última sesión de la tarde de aquel día el Cónclave reunido en
Roma había elegido a un nuevo papa que había tomado el nombre de León
XIV. La ocasión se había caracterizado por su carencia de magia, que se había
reflejado en la total falta de entusiasmo de los comentarios de los periodistas.
Aun la muchedumbre romana parecía afectada por esta indiferencia y las
aclamaciones tradicionales habían sonado a hueco.
El nuevo pontífice tenía sesenta y nueve años de edad y era un hombre
robusto, con una nariz como pico de águila, ojos fríos, un áspero acento
emiliano y veinticinco años de práctica en los asuntos de la Curia. Se elección
había sido el resultado de un cuidadoso, pero obviamente doloroso acto de
virtuosismo político.
Después de dos papas extranjeros, hacía falta un italiano que
comprendiera las reglas del juego papal. Para suceder a un actor que se había
transformado en fanático y a un diplomático que se había vuelto místico,
Roberto Arnaldo, burócrata por cuyas venas corría agua helada, parecía la
elección más segura. No despertaría pasiones ni tampoco proclamaría visiones,
se contentaría tan solo con los anuncios más indispensables y éstos se
presentarían tan cuidadosamente envueltos en una retórica italiana que tanto
los liberales como los conservadores los aceptarían con igual satisfacción. Pero
sobre todo era un hombre que sufría de una tasa de colesterol muy alta por lo
cual, de acuerdo con los galenos, su reinado no sería probablemente ni muy
corto ni muy largo.
Estas noticias ayudaron a mantener viva la conversación durante la
comida hogareña de Mendelius, por lo que él se sintió agradecido, ya que
Johann debido a un ensayo que no lograba resultarle, estaba de mal humor,
Katrin se mostraba arisca y Lotte se hallaba en el punto más bajo de una de sus
depresiones menopáusicas. Era ésa una de aquellas veladas en que él solía
interrogarse con sardónico humor sobre las bondades que parecían recomendar
el celibato y que resultaban especialmente visibles en la existencia de un nocélibe como él. Sin embargo, tenía suficiente práctica en las lides del
matrimonio como para guardar cuidadosamente estos pensamientos para sí
mismo.
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Al terminar la cena se retiró a su estudio y llamó por teléfono a Herman
Frank, director de la Academia Alemana de Arte en Roma.
—¿Herman? Aquí Carl Mendelius. Lo llamo para pedirle un favor. Estoy
planeando ir a Roma por una semana o diez días, ahora a finales de mes.
¿Podría usted recibirme?
—¡Encantado! —Frank era un cortés compañero, de sienes plateadas,
historiador de los pintores del Cinquecento y cuya mesa era reputada por una
de las mejores de Roma—. ¿Viene Lotte con usted? Disponemos de mucho
espacio.
—Posiblemente. Pero aún no lo hemos decidido.
—¡Tráigala! Hilde estará encantada. La compañía de otra muchacha le
hará mucho bien.
—Gracias por su atención y su bondad, Herman.
—No tanto, no tanto. Usted también está en condiciones de hacerme un
favor.
—Dígamelo.
—En la misma época en que usted planea encontrarse aquí, la Academia
recibirá a un grupo de pastores evangélicos. El programa será el usual en estos
casos, conferencias por la mañana, discusiones por la tarde, visitas a la ciudad
en los intervalos. Sería un estupendo punto a mi favor si yo pudiera anunciar
que el gran Mendelius estaría dispuesto a dar un par de conferencias, tal vez
incluso a dirigir un pequeño seminario…
—Encantado de poder hacerlo, amigo mío.
—¡Maravilloso! ¡Maravilloso! Hágame saber la fecha de su llegada para ir
a recogerlo al aeropuerto…
Mendelius colocó el teléfono en su horqueta y emitió un cloqueo de
satisfacción. La invitación de Herman Frank a dar conferencias era en realidad
un verdadero golpe de suerte. La Academia Alemana de Arte era una de las
más antiguas y prestigiadas academias nacionales de Roma. Fundada en 1910
bajo el reinado de Guillermo II de Prusia, había sobrevivido a dos guerras y a
los ideólogos analfabetos del Tercer Reich y aún se las arreglaba para mantener
una reputación de sólido exponente de lo mejor de la cultura germana. En
consecuencia ofrecía a Mendelius una base de operaciones y una cobertura
eminentemente respetables para su delicada investigación.
El grupo germano del Vaticano respondería sin duda dichoso a una
invitación a cenar a la casa de Herman Frank.
El libro de huéspedes de Frank contenía títulos tan exóticos como
resplandecientes en el estilo de “Rector Magnífico del Instituto Bíblico Pontificio”
y “Gran Canciller del Instituto de Arqueología Bíblica”. El problema, ahora, era
saber en qué forma Lotte respondería a la idea de semejante viaje. Carl
Mendelius comprendió que debía buscar un momento más propicio para
desplegar ante ella su pequeña sorpresa. Su siguiente paso consistió en
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preparar una lista de contactos a los cuales poder escribir y anunciar su visita.
Había residido en Roma el tiempo suficiente para acumular una amplia y
variada colección de amigos y conocidos, que iban desde el áspero y viejo
cardenal que había desaprobado su defección pero conservaba sin embargo la
generosidad suficiente para apreciar su valor académico, hasta el custodio de
los Incunables de la Biblioteca del Vaticano y la anciana viuda de los Pierloni
que, desde su silla de inválida, dirigía aún los comentarios y chismes de Roma.
Se encontraba así, sumido en su rastreo de nombres cuando llegó Lotte
trayéndole una taza de café. Parecía arrepentida y desamparada, incierta en
cuanto a la bienvenida que pudiera esperarla.
—Los niños salieron y abajo está muy solitario. ¿Te importa si me siento
aquí contigo?
El la cogió en sus brazos y la besó.
—También esto está muy solitario, schatz. Siéntate y descansa. Te
serviré café.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy arreglando nuestras vacaciones.
Le contó entonces de su conversación con Herman Frank y alabó
copiosamente los placeres que podría brindar Roma en el verano, la
oportunidad de volver a ver a viejos amigos, y la posibilidad de visitar
nuevamente algunos bellos lugares. Ella lo oyó con una sorprendente calma y al
final, preguntó:
—Se trata de Jean Marie, ¿no es así?
—Sí. Pero también se trata de nosotros. Te necesito a mi lado, Lotte. Te
necesito. Si los niños quieren venir, arreglaré para que se hospeden en algún
pequeño hotel.
—Ellos tienen otros planes, Carl. Estábamos precisamente discutiendo
sobre eso antes que regresaras a casa. Katrin desea ir a París con su
enamorado, Johann desea recorrer a pie ciertos lugares de Austria. En cuanto a
él, está muy bien, pero ella…
—Katrin es ahora una mujer, schatz. Y hará lo que quiere hacer, se lo
permitamos nosotros o no. Después de todo… —se inclinó y la besó de nuevo—
ellos sólo nos han sido prestados, de manera que cuando se van, nos
encontramos de regreso en el punto de partida. Mejor que comencemos cuanto
antes a practicar juntos cómo se hace el amor.
—Sí, así me parece —dijo ella alzándose de hombros en un leve gesto de
derrota—, Pero, Carl… —se interrumpió como temerosa de expresar en
palabras lo que estaba pensando. Mendelius la presionó gentilmente.
—¿Pero qué, schatz?
—Sé que los niños están destinados a dejarnos y me estoy
acostumbrando a la idea. ¿Pero, qué sucedería si Jean Marie, de alguna
manera, te separa de mí? Esto… esta cosa que te pide es en verdad muy
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extraña y me da miedo —bruscamente y sin que nada permitiera presagiarlo,
estalló en sollozos—. ¡Tengo miedo, Carl… tengo mucho, muchísimo miedo!