Corazones solitarios de Rubem Fonseca Brasil -2

Yo trabajaba en un diario popular como repórter de casos policiacos. Hace mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante, que envolviera a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo.
Crimen así ni en Roma, París, Nueva York, decía el editor del diario, estamos en un mal momento. Pero dentro de poco cambiará. La cosa es cíclica, cuando menos lo esperamos estalla uno de aquellos escándalos que da materia para un año. Todo está podrido, a punto, es cosa de esperar.
Antes de que estallara me corrieron.
Solamente hay pequeño comerciante matando socio, pequeño bandido matando a pequeño comerciante, policía matando a pequeño bandido. Cosas pequeñas, le dije a Oswaldo Peçanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer.
Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas, dijo Peçanha.
Pero fuera de mi área, dije.
¿Ya leíste Mujer?, Peçanha preguntó.
Admití que no. Me gusta más leer libros.
Peçanha sacó una caja de puros del cajón y me ofreció uno. Encendimos los puros. Al poco tiempo el ambiente era irrespirable. Los puros eran corrientes, estábamos en verano, las ventanas cerradas, y el aparato de aire acondicionado no funcionaba bien.
Mujer no es una de esas publicaciones en color para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de la clase C, que come arroz con frijoles y si engorda es cosa suya. Echa una ojeada.
Peçanha tiró frente a mí un ejemplar del diario. Formato tabloide, encabezados en azul, algunas fotos desenfocadas. Fotonovela, horóscopo, entrevistas con artistas de televisión, corte y costura.
¿Crees que podrías hacer la sección De mujer a mujer, nuestro consultorio sentimental? El tipo que lo hacía se despidió.
De mujer a mujer estaba firmado por una tal Elisa Gabriela. Querida Elisa Gabriela, mi marido llega todas las noches borracho y…
Creo que puedo, dije.
Estupendo. Comienza hoy. ¿Qué nombre quieres usar?
Pensé un poco.
Nathanael Lessa.
¿Nathanael Lessa?, dijo Peçanha, sorprendido y molesto, como si hubiera dicho un nombre feo, u ofendido a su madre.
¿Qué tiene? Es un nombre como otro cualquiera. Y estoy rindiendo dos homenajes.
Peçanha dio unas chupadas al puro, irritado.
Primero, no es un nombre como cualquier otro. Segundo, no es un nombre de la clase C. Aquí sólo usamos nombres que agraden a la clase C, nombres bonitos. Tercero, el diario rinde homenajes sólo a quien yo quiero y no conozco a ningún Nathanael Lessa y, finalmente —la irritación de Peçanha aumentaba gradualmente, como si estuviera sacando algún provecho de ella— aquí, nadie, ni siquiera yo mismo, usa seudónimos masculinos. ¡Mi nombre es María de Lourdes!
Di otra ojeada al diario, inclusive en el directorio. Sólo había nombres de mujer.
¿No te parece que un nombre masculino da más crédito a las respuestas? Padre, marido, médico, sacerdote, patrón, sólo hay hombres diciendo lo que ellas tienen que hacer. Nathanael Lessa pega mejor que Elisa Gabriela.
Es eso justamente lo que no quiero. Aquí se sienten dueñas de su nariz, confían en nosotros, como si fuéramos comadres. Llevo veinticinco años en este negocio. No me vengas con teorías no comprobadas. Mujer está revolucionando la prensa brasileña, es un diario diferente que no da noticias viejas de la televisión de ayer.
Estaba tan irritado que no pregunté lo que Mujer se proponía. Tarde o temprano me lo diría. Yo sólo quería el empleo.
Mi primo, Machado Figueiredo, que también tiene veinticinco años de experiencia, en el Banco del Brasil, suele decir que está siempre abierto a teorías no comprobadas. Yo sabía que Mujer debía dinero al banco. Y sobre de la mesa de Peçanha había una carta de recomendación de mi primo.
Al oír el nombre de mi primo, Peçanha palideció. Dio un mordisco al puro para controlarse, después cerró la boca, pareciendo que iba a silbar, y sus gruesos labios temblaron como si tuviera un grano de pimienta en la lengua. En seguida abrió la boca y golpeó con la uña del pulgar sus dientes sucios de nicotina, mientras me miraba de manera que él debía considerar llena de significados.
Podía añadir Dr. a mi nombre: Dr. Nathanael Lessa.
¡Rayos! Está bien, está bien, rezongó Peçanha entre dientes, empiezas hoy.
Fue así como pasé a formar parte del equipo de Mujer.
Mi mesa quedaba cerca de la mesa de Sandra Marina, que firmaba el horóscopo. Sandra era conocida también como Marlene Katia, al hacer entrevistas. Era un muchacho pálido, de largos y ralos bigotes, también conocido como João Albergaria Duval. Había salido hacía poco tiempo de la escuela de comunicaciones y vivía lamentándose, ¿por qué no estudié odontología?, ¿por qué?
Le pregunté si alguien traía las cartas de los lectores a mi mesa. Me dijo que hablara con Jacqueline, en expedición. Jacqueline era un negro grande de dientes muy blancos.
Queda mal que sea yo el único aquí dentro que no tiene nombre de mujer, van a pensar que soy maricón. ¿Las cartas? No hay ninguna carta. ¿Crees que la mujer de la clase C escribe cartas? Elisa inventaba todas.
Apreciado Dr. Nathanael Lessa. Conseguí una beca de estudios para mi hija de diez años, en una escuela elegante de la zona sur. Todas sus compañeritas van al peluquero, por lo menos una vez a la semana. Nosotros no tenemos dinero para eso, mi marido es conductor de autobús de la línea Jacaré-Cajú, pero dice que va a trabajar horas extras para mandar a Tania Sandra, nuestra hijita, al peluquero. ¿No cree usted que los hijos se merecen todos los sacrificios? Madre Dedicada. Villa Kennedy.
Respuesta: Lave la cabeza de su hija con jabón de coco y colóquele papillotes. Queda igual que en el peluquero. De cualquier manera, su hija no nació para ser muñequita. Ni tampoco la hija de nadie. Coge el dinero de las horas extras y compra otra cosa más útil. Comida, por ejemplo.
Apreciado Dr. Nathanael Lessa. Soy bajita, gordita y tímida. Siempre que voy al mercado, al almacén, a la abacería me dejan en la cola. Me engañan en el peso, en el cambio, los frijoles tienen bichos, la harina de maíz está mohosa, cosas así. Acostumbraba sufrir mucho, pero ahora estoy resignada. Dios los está mirando y en el Juicio Final van a pagarlo. Doméstica Resignada. Penha.
Respuesta: Dios no está mirando a nadie. Quien tiene que defenderte eres tú misma. Sugiero que grites, vocees a todo el mundo, que hagas escándalo. ¿No tienes ningún pariente en la policía? Bandido también sirve. Arréglate, gordita.
Apreciado Dr. Nathanael Lessa: Tengo veinticinco años, soy mecanógrafa y virgen. Encontré a ese muchacho que dice que me ama mucho. Trabaja en el Ministerio de Transportes y dice que quiere casarse conmigo, pero que primero quiere probar. ¿Qué te parece? Virgen Loca. Parada de Lucas.
Respuesta: Escucha esto, Virgen Loca, pregúntale al tipo lo que va a hacer si no le gusta la experiencia. Si dice que te planta, dáselo, porque es un hombre sincero. No eres grosella ni caldo de jilo para ser probada, pero hombres sinceros hay pocos, vale la pena intentar. Fe y adelante, firme.
Fui a almorzar.
A la vuelta Peçanha mandó llamarme. Tenía mi trabajo en la mano.
Hay algo aquí que no me gusta, dijo.
¿Qué?, pregunté.
¡Ah! ¡Dios mío!, qué idea la gente se hace de la clase C, exclamó Peçanha, balanceando la cabeza pensativamente, mientras miraba para el techo y ponía boca de silbido. Quienes gustan ser tratadas con palabrotas y puntapiés son las mujeres de la clase A. Acuérdate de aquel lord inglés que dijo que su éxito con las mujeres era porque trataba a las damas como putas y a las putas como damas.
Está bien. ¿Entonces cómo debo tratar a nuestras lectoras?
No me vengas con dialécticas. No quiero que las trates como putas. Olvida al lord inglés. Pon alegría, esperanza, tranquilidad y confianza en las cartas, eso es lo que quiero.
Dr. Nathanael Lessa. Mi marido murió y me dejó una pensión muy pequeña, pero lo que me preocupa es estar sola, a los cincuenta y cinco años de edad. Pobre, fea, vieja y viviendo lejos, tengo miedo de lo que me espera. Solitaria de Santa Cruz.
Respuesta: Graba esto en tu corazón, Solitaria de Santa Cruz: ni dinero, ni belleza, ni juventud, ni una buena dirección dan felicidad. ¿Cuántos jóvenes ricos y hermosos se matan o se pierden en los horrores del vicio? La felicidad está dentro de nosotros, en nuestros corazones. Si somos justos y buenos, encontraremos la felicidad. Sé buena, sé justa, ama al prójimo como a ti misma, sonríe al tesorero del INPS * cuando vayas a recibir tu pensión.
Al día siguiente Peçanha me llamó y me preguntó si podía también escribir la fotonovela. Producíamos nuestras propias fotonovelas, no es fumeti italiano traducido. Elige un nombre.
Elegí Clarice Simone, eran otros dos homenajes, pero no le dije eso a Peçanha.
El fotógrafo de las novelas vino a hablar conmigo.
Mi nombre es Mónica Tutsi, dijo, pero puedes llamarme Agnaldo. ¿Tienes la papa lista?
Papa era la novela. Le expliqué que acababa de recibir el encargo de Peçanha y que necesitaba por lo menos dos días para escribir.
¿Días? Ja, ja, carcajeó, haciendo el ruido de un perro grande, ronco y domesticado, ladrándole al dueño.
¿Dónde está la gracia?, pregunté.
Norma Virginia escribía la novela en quince minutos. Tenía una fórmula
Yo también tengo una fórmula. Ve a dar una vuelta y te apareces por aquí en quince minutos, que tendrás tu novela lista.
¿Qué pensaba de mí ese fotógrafo idiota? Sólo porque yo había sido repórter policial no significaba que fuera una bestia. Si Norma Virginia, o como fuera su nombre, escribía una novela en quince minutos, yo también la escribiría. A fin de cuentas leí todos los trágicos griegos, los ibsens, los o’neals, los beckets, los chejovs, los shakespeares, las four hundred best television plays. Era sólo chupar una idea de aquí, otra de allá, y listo.
Un niño rico es robado por los gitanos y dado por muerto. El niño crece pensando que es un gitano auténtico. Un día encuentra una moza riquísima y los dos se enamoran. Ella vive en una rica mansión y tiene muchos automóviles. El gitanillo vive en un carromato. Las dos familias no quieren que ellos se casen. Surgen conflictos. Los millonarios mandan a la policía prender a los gitanos. Uno de los gitanos es muerto por la policía. Un primo rico de la muchacha es asesinado por los gitanos. Pero el amor de los dos jóvenes enamorados es superior a todas esas vicisitudes. Resuelven huir, romper con las familias. En la fuga encuentran un monje piadoso y sabio que sacramenta la unión de los dos en un antiguo, pintoresco y romántico convento en medio de un bosque florido. Los dos jóvenes se retiran a la cámara nupcial. Son hermosos, esbeltos, rubios de ojos azules. Se quitan la ropa. Oh, dice la muchacha, ¿qué es ese cordón de oro con medalla claveteada de brillantes que tienes en el pecho? ¡Ella tiene una medalla igual! ¡Son hermanos! ¡Tú eres mi hermano desaparecido!, grita la muchacha. Los dos se abrazan. (Atención, Mónica Tutsi: ¿qué tal un final ambiguo?, haciendo aparecer en la cara de los dos un éxtasis no fraternal, ¿eh? Puedo también cambiar el final y hacerlo más sofocliano: los dos descubren que son hermanos sólo después del hecho consumado; desesperada, la moza salta de la ventana del convento reventándose allá abajo.)
Me gustó tu historia, dijo Mónica Tutsi.
Un pellizco de Romeo y Julieta, una cucharadita de Edipo Rey, dije modestamente.
Pero no sirve para que yo la fotografíe. Tengo que hacer todo en dos horas. ¿Dónde voy a encontrar la rica mansión? ¿Los automóviles? ¿El convento pintoresco? ¿El bosque florido?
Ése es tú problema.
¿Dónde voy a encontrar, continuó Mónica Tutsi, como si no me hubiera oído, los dos jóvenes rubios, esbeltos, de ojos azules? Nuestros artistas son todos medio tirando a mulatos. ¿Dónde voy a encontrar el carromato? Haz otra, muchacho. Vuelvo dentro de quince minutos. ¿Y qué es sofocliano?
Roberto y Betty son novios y van a casarse. Roberto, que es muy trabajador, economiza dinero para comprar un departamento y amueblarlo, con televisión a color, equipo musical, refrigerador, lavadora, enceradora, licuadora, batidora, lavaplatos, tostador, plancha eléctrica y secador de pelo. Betty también trabaja. Ambos son castos. El casamiento está fijado. Un amigo de Roberto, Tiago, le pregunta, ¿te vas a casar virgen?, necesitas ser iniciado en los misterios del sexo. Tiago, entonces, lleva a Roberto a casa de la Superputa Betatrón. (Atención, Mónica Tutsi, el nombre es un toque de ficción científica.) Cuando Roberto llega allí descubre que la Superputa es Betty, su noviecita. ¡Oh! ¡Cielos! ¡Sorpresa terrible! Alguien dirá, tal vez un portero, ¡Crecer es sufrir! Fin de la novela.
Una palabra vale mil fotografías, dijo Mónica Tutsi, estoy siempre en la parte podrida. De aquí a poco vuelvo.
Dr. Nathanael. Me gusta cocinar. Me gusta mucho también bordar y hacer crochet. Y más que nada me gusta ponerme un vestido largo de baile, pintar mis labios de carmesí, darme bastante colorete, ponerme rímel en los ojos. ¡Ah, qué sensación! Es una pena que tenga que quedarme encerrado en mi cuarto. Nadie sabe que me gusta hacer esas cosas. ¿Estoy equivocado? Pedro Redgrave. Tijuca.
Respuesta: ¿Equivocado, por qué? ¿Estás haciendo daño a alguien con eso? Ya tuve otro consultante que, como a ti, también le gustaba vestirse de mujer. Llevaba una vida normal, productiva y útil a la sociedad, tanto que llegó a ser obrero-supervisor. Viste tus vestidos largos, pinta tu boca de escarlata, pon color en tu vida.
Todas las cartas deben ser de mujeres, advirtió Peçanha.
Pero esa es verdadera, dije.
No creo.
Entregué la carta a Peçanha. La miró poniendo cara de policía examinando un billete groseramente falsificado.
¿Crees que es una broma?, preguntó Peçanha.
Puede ser, dije. Y puede no ser.
Peçanha puso su cara reflexiva. Después:
Añade a tu carta una frase animadora, como por ejemplo, escribe siempre.
Me senté a la máquina.
Escribe siempre. Pedro, sé que éste no es tu nombre, pero no importa, escribe siempre, cuenta conmigo. Nathanael Lessa.
Coño, dijo Mónica Tutsi, fui a hacer tu dramón y me dijeron que está calcado de una película italiana.
Canallas, atajo de babosos, sólo porque fui repórter policial me están llamando plagiario.
Calma, Virginia.
¿Virginia? Mi nombre es Clarice Simone, dije. ¿Qué cosa más idiota es esa de pensar que sólo las novias de los italianos son putas? Pues mira, ya conocí una novia de aquéllas realmente serias, era hasta hermana de la caridad, y fueron a ver, también era puta.
Está bien, muchacho, voy a fotografiar esa historia. ¿La Betatrón puede ser mulata? ¿Qué es Betatrón?
Tiene que ser rubia, pecosa. Betatrón es un aparato para la producción de electrones, dotado de gran potencial energético y alta velocidad, impulsado por la acción de un campo magnético que varía rápidamente, dije.
¡Coño! Eso sí que es nombre de Puta, dijo Mónica Tutsi, con admiración, retirándose.
Comprensivo Nathanael Lessa. He usado gloriosamente mis vestidos largos. Y mi boca ha sido tan roja como la sangre de un tigre y el romper de la aurora. Estoy pensando en ponerme un vestido de satén e ir al Teatro Municipal. ¿Qué te parece? Y ahora voy a contarte una gran y maravillosa confidencia, pero quiero que guardes el mayor secreto de mi confesión. ¿Lo juras? Ah, no sé si decirlo o no decirlo. Toda mi vida he sufrido las mayores desilusiones por creer en los demás, Soy básicamente una persona que no perdió su inocencia. La perfidia, la estupidez, la falta de pudor, la bribonería, me dejaron muy impresionada. Oh, cómo me gustaría vivir aislada en un mundo utópico hecho de amor y bondad. Mi sensible Nathanael, déjame pensar. Dame tiempo. En la próxima carta contaré más, tal vez todo. Pedro Redgrave.
Respuesta: Pedro. Espero tu carta, con tus secretos, que prometo guardar en los arcanos inviolables de mi recóndita conciencia. Continúa así, enfrentando altanero la envidia y la insidiosa alevosía de los pobres de espíritu. Adorna tu cuerpo sediento de sensualidad, ejerciendo los desafíos de tu mente valerosa.
Peçanha preguntó:
¿Esas cartas también son verdaderas?
Las de Pedro Redgrave sí.
Extraño, muy extraño, dijo Peçanha golpeando con las uñas en los dientes, ¿qué te parece?
No me parece nada, dije.
Parecía preocupado por algo. Hizo preguntas sobre la fotonovela, sin interesarse, sin embargo, por las respuestas.
¿Qué tal la carta de la cieguita?, pregunté.
Peçanha cogió la carta de la cieguita y mi respuesta y leyó en voz alta: Querido Nathanael. No puedo leer lo que escribes. Mi abuelita adorada me lo lee. Pero no pienses que soy analfabeta. Lo que soy es cieguita. Mi querida abuelita me está escribiendo la carta, pero las palabras son mías. Quiero enviar unas palabras de consuelo a tus lectores, para que ellos, que sufren tanto con pequeñas desgracias, se miren en mi espejo. Soy ciega pero soy feliz, estoy en paz, con Dios y con mis semejantes. Felicidades para todos. Viva el Brasil y su pueblo. Cieguita Feliz. Carretera del Unicornio, Nova Iguacu. P. S. Olvidé decir que también soy paralítica.
Peçanha encendió un puro. Conmovedor, pero Carretera del Unicornio suena falso. Me parece mejor que pongas Carretera de Catavento, o algo así. Veamos ahora tu respuesta. Cieguita Feliz, enhorabuena por tu fuerza moral, por tu fe inquebrantable en la felicidad, en el bien, en el pueblo y en el Brasil. Las almas de aquéllos que desesperan en la adversidad deberían nutrirse con tu edificante ejemplo, un haz de luz en las noches de tormenta.
Peçanha me devolvió los papeles. Tienes futuro en la literatura. Esta es una gran escuela. Aprende, aprende, sé aplicado, no te desanimes, suda la camisa.
Me senté a la máquina.
Tesio, banquero, vecino de la Boca do Mato, en Lins de Vasconcelos, casado en segundas nupcias con Frederica, tiene un hijo, Hipólito, del primer matrimonio. Frederica se enamora de Hipólito. Tesio descubre el amor pecaminoso entre los dos. Frederica se ahorca en el mango del patio de la casa. Hipólito pide perdón al padre, huye de casa y vagabundea desesperado por las calles de la ciudad cruel hasta ser atropellado y muerto en la Avenida Brasil.
¿Cuál es la salsa aquí?, preguntó Mónica Tutsi.
Eurípides, pecado y muerte. Voy a contarte una cosa: Yo conozco el alma humana y no necesito de ningún griego viejo para inspirarme. Para un hombre de mi inteligencia y sensibilidad basta sólo mirar en torno. Mírame bien a los ojos. ¿Has visto una persona más alerta, más despierta?
Mónica Tutsi me miró fijo a los ojos y dijo:
Creo que estás loco.
Continué:
Cito los clásicos sólo para mostrar mis conocimientos. Como fui repórter policial, si no lo hiciera no me respetarían los cretinos. Leí miles de libros. ¿Cuántos libros crees que ha leído Peçanha?
Ninguno. ¿La Frederica puede ser negra?
Buena idea. Pero Tesio e Hipólito tienen que ser blancos.
Nathanael. Yo amo, un amor prohibido, un amor vedad. Amo a otro hombre. Y él también me ama. Pero no podemos andar por la calle de la mano, como los demás, besarnos en los jardines y en los cines, como los demás, tumbarnos abrazados en la arena de las playas, como los demás, bailar en las boites, como los demás. No podemos casarnos, como los demás, y juntos enfrentar la vejez, la enfermedad y la muerte, como los demás. No tengo fuerzas para resistir y luchar. Es mejor morir. Adiós. Ésta es mi última carta. Manda decir una misa por mí. Pedro Redgrave.
Respuesta: ¿Qué es eso, Pedro? ¿Vas a desistir ahora que encontraste tu amor? Osear Wilde sufrió el demonio, fue desmoralizado, ridiculizado, humillado, procesado, condenado, pero aguantó la embestida. Si no puedes casarte, arrímate. Hagan testamento, uno a favor del otro. Defiéndanse. Usen la ley y el sistema en su beneficio. Sean, como los demás, egoístas, encubridores, implacables, intolerantes e hipócritas. Exploten. Expolien. Es legítima defensa. Pero, por favor, no hagan ninguna locura.
Mandé la carta y la respuesta a Peçanha. Las cartas sólo eran publicadas con su visto bueno.
Mónica Tutsi apareció con una muchacha.
Ésta es Mónica, dijo Mónica Tutsi.
Qué coincidencia, dije.
¿Qué coincidencia, qué?, preguntó la muchacha Mónica.
Que tengan el mismo nombre, dije.
¿Se llama Mónica?, preguntó Mónica apuntando al fotógrafo.
Mónica Tutsi. ¿Tú también eres Tutsi?
No. Mónica Amelia.
Mónica Amelia se quedó royendo una uña y mirando a Mónica Tutsi.
Tú me dijiste que tu nombre era Agnaldo, dijo ella.
Allá afuera soy Agnaldo. Aquí dentro soy Mónica Tutsi.
Mi nombre es Clarice Simone, dije.
Mónica Amelia nos observó atentamente, sin entender nada. Veía dos personas circunspectas, demasiado cansadas para bromas, desinteresadas del propio nombre.
Cuando me case mi hijo, o mi hija, va a llamarse Hei Psiu, dije.
¿Es un nombre chino?, preguntó Mónica.
O bien Fiu Fiu, silbé.
Te estás volviendo nihilista, dijo Mónica Tutsi, retirándose con la otra Mónica.
Nathanael. ¿Sabes lo que es dos personas que se gustan? Éramos nosotros dos, María y yo. ¿Sabes lo que es dos personas perfectamente sincronizadas? Éramos nosotros dos, María y yo. Mi plato predilecto es arroz, frijoles, col a la mineira, farofa y chorizo frito. ¿Imaginas cuál era el de María? Arroz, frijoles, col a la mineira, farofa y chorizo frito. Mi piedra preciosa preferida es el Rubí. La de María, verás, era también el Rubí. Número de la suerte, el 7; color, el Azul; día, el Lunes; película, del Oeste; libro, El Principito; bebida, Cerveza; colchón, el Anatón; equipo, el Vasco da Gama; música, la Samba; pasatiempo, el Amor; todo igualito entre ella y yo, una maravilla. Lo que hacíamos en la cama, muchacho, no es para presumir, pero si fuera en el circo y cobráramos la entrada nos hacíamos ricos. En la cama ninguna pareja jamás fue alcanzada por tanta locura resplandeciente, fue capaz de performance tan hábil, imaginativa, original, pertinaz, esplendorosa y gratificante como la nuestra. Y repetíamos varias veces por día. Pero no era sólo eso lo que nos unía. Si te faltara una pierna continuaría amándote, me decía. Si tú fueras jorobada no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueras sordomudo continuaría amándote, decía ella. Si tú fueras bizca no dejaría de amarte, yo respondía. Si estuvieras barrigón y feo continuaría amándote, decía ella. Si estuvieras toda marcada de viruela no dejaría de amarte, yo respondía. Si fueras viejo e impotente continuaría amándote, decía ella. Y estábamos intercambiando estos juramentos cuando un deseo de ser verdadero me golpeó, hondo como una puñalada, y le pregunté, ¿y si no tuviera dientes, me amarías?, y ella respondió, si no tuvieras dientes continuaría amándote. Entonces me saqué la dentadura y la puse encima de la cama, con un gesto grave, religioso y metafísico. Quedamos los dos mirando la dentadura sobre la sábana, hasta que María se levantó, se puso un vestido y dijo, voy a comprar cigarros. Hasta hoy no ha vuelto. Nathanael, explícame qué fue lo que sucedió. ¿El amor acaba de repente? ¿Algunos dientes, miserables pedacitos de marfil, valen tanto? Odontos Silva.
Cuando iba a responder apareció Jacqueline y dijo que Peçanha me estaba llamando.
En la oficina de Peçanha había un hombre con gafas y patillas.
Éste es el Dr. Pontecorvo, que es…, ¿qué es usted realmente?, preguntó Peçanha.
Investigador motivacional, dijo Pontecorvo. Como iba diciendo, hacemos primero un acopio de las características del universo que estamos investigando. Por ejemplo: ¿quiénes son los lectores de Mujer? Vamos a suponer que es mujer y de la clase C. En nuestras investigaciones anteriores ya estudiamos todo sobre la mujer de la clase C, dónde compra sus alimentos, cuántas bragas tiene, a qué hora hace el amor, a qué horas ve la televisión, los programas de televisión que ve, en suma, un perfil completo.
¿Cuántas bragas tiene?, preguntó Peçanha.
Tres, respondió Pontecorvo, sin vacilar.
¿A qué hora hace el amor?
A las veintiuna treinta, respondió Pontecorvo con prontitud.
¿Y cómo descubren ustedes todo eso? ¿Llaman a la puerta de doña Aurora, en el conjunto residencial del INPS, abre la puerta y ustedes le dicen a qué hora se echa su acostón? Escucha, amigo mío, estoy en este negocio hace veinticinco años y no necesito a nadie para que me diga cuál es el perfil de la mujer de la clase C. Lo sé por experiencia propia. Ellas compran mi diario, ¿entendiste? Tres bragas… Ja!
Usamos métodos científicos de investigación. Tenemos sociólogos, psicólogos, antropólogos, especialistas en estadísticas y matemáticos en nuestro staff, dijo Pontecorvo, imperturbable.
Todo para sacar dinero a los ingenuos, dijo Peçanha con no disimulado desprecio.
Además, antes de venir para acá, recogí algunas informaciones sobre su diario, que creo pueden ser de su interés, dijo Pontecorvo.
¿Y cuánto cuesta?, preguntó Peçanha con sarcasmo.
Se la doy gratis, dijo Pontecorvo. El hombre parecía de hielo. Hicimos una miniinvestigación sobre sus lectores y, a pesar del tamaño reducido de la muestra, puedo asegurarle, sin sombra de duda, que la gran mayoría, la casi totalidad de sus lectores, está compuesta por hombres, de la clase B.
¿Qué?, gritó Peçanha.
Eso mismo, hombres, de la clase B.
Primero, Peçanha se puso pálido. Después se fue poniendo rojo, y después violáceo, como si lo estuvieran estrangulando, la boca abierta, los ojos desorbitados, y se levantó de su silla y caminó tambaleante, los brazos abiertos, como un gorila loco en dirección a Pontecorvo. Una imagen impactante, incluso para un hombre de acero como Pontecorvo, incluso para un ex-repórter policial. Pontecorvo retrocedió ante el avance de Peçanha hasta que, con la espalda en la pared, dijo, intentando mantener la calma y compostura: Tal vez nuestros técnicos se hayan equivocado.
Peçanha, que estaba a un centímetro de Pontecorvo, tuvo un violento temblor y, al contrario de lo que yo esperaba, no se tiró sobre el otro como un perro rabioso. Agarró sus propios cabellos y comenzó a arrancárselos, mientras gritaba: farsantes, estafadores, ladrones, aprovechados, mentirosos, canallas. Pontecorvo, ágilmente, se escabulló en dirección a la puerta, mientras Peçanha corría tras él arrojándole los mechones de pelo que había arrancado de su propia cabeza. ¡Hombres! ¡Hombres! ¡Clase B!, graznaba Peçanha, con aire alocado.
Después, ya totalmente sereno —creo que Pontecorvo huyó por las escaleras—, Peçanha, nuevamente sentado detrás de su escritorio, me dijo: Es a ese tipo de gente a la que el Brasil está entregado, manipuladores de estadísticas, falsificadores de informaciones, patrañeros con sus computadoras creando todos la Gran Mentira. Pero conmigo no podrán. Puse al hipócrita en su sitio, ¿o no?
Dije cualquier cosa, concordando. Peçanha sacó la caja de mata-ratas del cajón y me ofreció uno. Permanecimos fumando y conversando sobre la Gran Mentira. Después me dio la carta de Pedro Redgrave y mi respuesta, con su visto bueno, para que la llevara a composición.
En mitad del camino verifiqué que la carta de Pedro Redgrave no era la que yo le había enviado. El texto era otro:
Apreciado Nathanael, tu carta fue un bálsamo para mi corazón afligido. Me dio fuerzas para resistir. No haré ninguna locura, prometo que…
La carta terminaba ahí. Había sido interrumpida en la mitad. Extraño. No entendí. Había algo equivocado.
Fui a mi mesa, me senté y comencé a escribir la respuesta al Odontos Silva:
Quien no tiene dientes tampoco tiene dolor de dientes. Y como dijo el héroe de la conocida pieza Mucho ruido y pocas nueces, nunca hubo un filósofo que pudiera aguantar con paciencia un dolor de dientes. Además de eso, los dientes son también instrumentos de venganza, como dice el Deuteronomio: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los dientes son despreciados por los dictadores. ¿Recuerdas lo que dijo Hitler a Mussolini sobre un nuevo encuentro con Franco?: Prefiero arrancarme cuatro dientes. Temes estar en la situación del héroe de aquella obra Todo está bien si al final nadie se equivoca, sin dientes, sin gusto, sin todo. Consejo: ponte los dientes nuevamente y muerde. Si la dentellada no fuera buena, da puñetazos y puntapiés.
Estaba en la mitad de la carta del Odontos Silva cuando comprendí todo. Peçanha era Pedro Redgrave. En vez de devolverme la carta en que Pedro me pedía que mandara rezar una misa y que yo le había entregado junto con mi respuesta hablando sobre Oscar Wilde, Peçanha me entregó una nueva carta, inacabada, ciertamente por equivocación, y que debía de llegar a mis manos por correo.
Cogí la carta de Pedro Redgrave y fui a la oficina de Peçanha.
¿Puedo entrar?, pregunté.
¿Qué hay? Entra, dijo Peçanha.
Le entregué la carta de Pedro Redgrave. Peçanha leyó la carta y advirtiendo el equívoco que había cometido, palideció, como era su natural. Nervioso, revolvió los papeles de su mesa.
Todo era una broma, dijo después, intentando encender un puro. ¿Estás disgustado?
En serio o en broma, me da lo mismo, dije.
Mi vida da para una novela…, dijo Peçanha. Esto queda entre nosotros, ¿de acuerdo?
Yo no sabía bien lo que él quería que quedara entre nosotros, que su vida daba para una novela o que él era Pedro Redgrave. Pero respondí:
Claro, sólo entre nosotros.
Gracias, dijo Peçanha. Y dio un suspiro que cortaría el corazón de cualquiera que no fuera un ex-repórter policial.
Tomado de teecuento.wordpress.com

 

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Rubem Fonseca brasileño Texto uno

Biografía

Rubem Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 11 de mayo de 1925) es un escritor y guionista de cine brasileño. Estudió Derecho y se especializó en Derecho Penal. A pesar de su amplio reconocimiento como escritor, no fue hasta los 38 años de edad que decidió dedicarse de lleno a la literatura. Antes de ser escritor de tiempo completo, ejerció varias actividades, entre ellas la de abogado litigante. En 2003, ganó el Premio Camões, el más prestigiado galardón literario para la lengua portuguesa, una especie de Nobel para escritores lusos, en 2004 recibió el Premio Konex Mercosur a las Letras, y en 2012 el Premio Iberoamericano de Narrativa «Manuel Rojas».

En 31 de diciembre de 1952 inició su carrera en la policía, como comisario en el 16º Distrito Policial, en São Cristóvão, en Río de Janeiro. Muchos de los hechos vividos en aquella época y de sus compañeros de trabajo están inmortalizados en sus libros.3 Alumno brillante de la Escuela de Policía, no demostraba, entonces, propensiones literarias. Pasó poco tiempo en las calles. La mayor parte del tiempo en que trabajó, hasta ser exonerado el 6 de febrero de 1958, fue un policía de oficina. Cuidaba del servicio de relaciones públicas de la policía.
En junio de 1954 recibió una beca para estudiar y después dar clases sobre ese tema en la Fundación Getúlio Vargas, en Río de Janeiro. En la Escuela de Policía se destacó en psicología. Los contemporáneos de Rubem Fonseca dicen que, en aquella época, los policías eran más jueces de paz, separadores de pelea, que autoridades. Rubem veía, debajo de las definiciones legales, las tragedias humanas y conseguía resolverlas. En ese aspecto, afirman, él era admirable. Fue elegido, entre septiembre de 1953 y marzo de 1954, junto con otros nueve policías cariocas para especializarse en Estados Unidos. Aprovechó la oportunidad para estudiar Administración de Empresas en Boston y en Nueva York. Más adelante, mientras litigaba a favor de hombres que caían injustamente en manos de la justicia -por lo general negros-, Fonseca intentó conseguir un puesto como juez. Fue durante esta etapa en la que pudo observar de cerca la corrupción y la violencia, tanto entre ciudadanos como la del Estado hacia éstos. La oportunidad de observar esto sería crucial para el desarrollo de su estilo narrativo.
Es conocido por ser una persona recluida que adora el anonimato y se rehúsa a dar entrevistas, como Dalton Trevisan y como Thomas Pynchon, que es su amigo personal. Aun así es descrito por sus amigos como persona sencilla, afable y de óptimo humor. Tello Garrido nos narra un comentario que le hizo Fonseca durante una visita a México sobre los motivos que lo llevan a mantenerse al margen de los reflectores literarios:
Al parecer Rubem Fonseca prefiere pensar que un escritor puede decir todo lo que a él le parezca importante, independientemente de lo que los lectores puedan opinar al respecto, pero siempre a través de sus obras y no como personaje público que dicta sentencias en cuanto tiene un micrófono enfrente. Él mismo me comentó después que John Updike le había dicho alguna vez que la fama es como una máscara que los hombres suelen ponerse, y que resulta peligrosa porque devora el rostro original, le impone gestos, niega la identidad de quien se la ha echado encima.

Las obras de Rubem Fonseca generalmente retratan, en estilo seco, áspero y directo, la lujuria sexual y la violencia humana, en un mundo donde marginales, asesinos, prostitutas, delegados y pobres se mezclan. Fonseca dice que un escritor debe tener el coraje para mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir. La historia a través de la ficción es también una marca de Rubem Fonseca, como en las novelas Agosto (su libro más famoso) en la que retrata las conspiraciones que resultaron en el suicidio de Getúlio Vargas, y en El Salvaje de la Ópera en la que narra la vida de Carlos Gomes, o aún sobre la obra La Caballería roja, libro de Isaac Babel retratado en Vastas Emociones y Pensamientos Imperfectos. Casi todos los autores brasileños contemporáneos reconocen la importancia de Fonseca, y algunos de la nueva generación, tales como Patrícia Melo o Luis Ruffato, dicen que es una gran influencia.

Creó, para protagonizar algunos de sus cuentos y novelas, un personaje antológico: el abogado Mandrake, mujeriego, cínico y amoral, además de profundo conocedor del submundo carioca. Mandrake fue transformado en serie para la cadena de televisión HBO, con guiones de José Henrique Fonseca, hijo de Rubem, y el actor Marcos Palmeira en el papel protagonista.
Dado que le interesa profundamente el arte cinematográfico, escribe también guiones para filmes, muchos de ellos premiados.
Es viudo y tiene tres hijos.
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Los relatos de Rubem Fonseca no dejan indiferente. Si en su obra maestra “El cobrador” es la furia del pobre, aquí son dos personajes aparentemente desvitalizados y sin embargo llenos de vida

En mi caso, me despierta el ruido causado por el movimiento de gases en los intestinos, pero hay gente que no advierte esa señal prodrómica – mi mujer dice que eso no es una enfermedad, y no siendo una enfermedad no tiene elementos precursores, como el aviso que recibe un epiléptico momentos antes de que se desencadene el ataque, como ocurría con nuestro hijo, Dios le tenga en la gloria, pero mi mujer se empeña en llevarme la contraria en todo lo que digo, en hostilizarme constantemente, ese es el pasatiempo de su vida -, pero decía yo que mi flatulencia se anuncia con esos ruidos de los gases desplazándose en el abdomen, y eso me permite, casi siempre, una retirada estratégica para ir a expeler los gases lejos de los oídos y narices de los otros.

Por otra parte, prefiero hacer eso aislado, pues los gases, al ser expulsados, me proporcionan un gran placer que se manifiesta en mi rostro, eso lo sé, pues la mayor parte de las veces los libero en el baño, el mejor lugar para hacerlo, y puedo ver en mi rostro, reflejado en el espejo, una placentera expresión de alivio, el deleite provocado por esa esencia odorífera, y también cierta euforia cuando resultan muy ruidosos. Y, siendo en un ámbito cerrado, tengo otra emoción, tal vez más placentera, que es la de gozar con exclusividad de ese peculiar olor. Sí, sé que para la mayoría de la gente – desde luego, no para quien la soltó – el aroma de la flatulencia ajena es ofensiva y repugnante. Mi mujer, por ejemplo, cuando estamos en la cama y oye el barullo de mis intestinos, me grita, lárgate de aquí y vete a pedorrear lejos de mí, asqueroso. Salgo de la cama a la carrera y voy al cuarto de baño. En esas ocasiones, como he dicho ya, prefiero estar solo, y tras soltar los gases con la puerta cerrada, cuando ni siquiera he acabado de gozar la satisfacción que aquello me propicia, grita ella desde el cuarto, Dios santo, hasta aquí llega el hedor de ese pedorro, es que estas podrido, realmente.

El olor no es tan fuerte, a mi hasta me gustaría que fuese más intenso, pues me daría aún más placer, pero a veces es tan suave que tengo que inclinarme y olfatear con las narices casi pegadas a la barriga para sentir el aroma desprendido de la ventosidad; pero, incluso así, en esos días, ella grita insultos desde el dormitorio, como si un olor tan suave pudiera hacer un recorrido tan largo sin desvanecerse por el camino. Otro día, en la cena, por otra parte eso ocurre casi todos los días, al repetir el plato de judías, ella me dijo, come más, llena las tripas, así soltarás más fuertes los pedos, pero lo mismo dice si repito las judías al mediodía, soy flaco y no consigo dejar de ser flaco coma lo que coma, ella es gorda, y no deja de ser gorda, pues vive a base de pastelillos, pudines de leche y mouse de chocolate, pero si soy yo el que repite el pudin o la mouse, me dice, te vas a pasar la noche soltando unos pedos de caballo, y por si fuera poco, me echa la culpa de su gordura, que es muy desgraciada y que come para compensar las frustraciones que le provoco, y tiene razón, pues no consigo cumplir mis obligaciones de marido por más que lo intento, y la verdad es que ya ni lo intento.

Podría irme de casa, pedir el divorcio, pero recuerdo lo que ella sufrió durante la enfermedad de nuestro hijo, creo que jamás hubo en el mundo madre más entregada, y empezó a engordar después de que se murió nuestro hijo, y a veces la sorprendo llorando con el retrato del hijo en la mano, no debo abandonarla en esta situación, no puedo ser tan desalmado y egoísta, y aún más porque, siendo como soy, delgado y elegante, podría encontrar otra mujer, pero ella nunca iba a poder encontrar otro hombre, y la soledad aumentaría aún más su sufrimiento, y ella al fin y al cabo es una buena mujer, no merece esto.

Estamos acostados, ella de espaldas a mi, pensé que estaba durmiendo, pero mis intestinos empezaron a gemir a borbotones y ella, sin volverse, gritó, Dios santo, que vida la mía, vete a soltar tus pedos al cuarto de baño, y yo fui, e hice lo que me mandó y contemplé en el espejo la felicidad que el estampido y el intenso olor grababan en mi rostro.

Olga Tokarczuk Nobel 2019

Todos los años se cobraba un buen tributo por llevar a lomo las barcas, pues no había uno en que no se ahogara alguien, ya fuera un niño al bañarse durante los tórridos días de verano o un borracho que, a saber por qué, se había tambaleado en el puente y, a pesar de la baranda, había caído al agua. A los ahogados siempre se los buscaba durante largo tiempo y montando bastante alboroto, lo que mantenía en tensión a todo el territorio. Se organizaban equipos de buzos y lanchas motoras del ejército. Según los relatos de los adultos que espié, los cuerpos rescatados aparecían hinchados y pálidos: el agua les había chupado todo rastro de vida, desdibujando hasta tal punto sus rostros que los allegados a duras penas eran capaces de reconocer los cadáveres.
Plantada sobre el terraplén anti inundaciones, la mirada fija en la corriente, descubrí que –pese a todos los peligros– siempre sería mejor lo que se movía que lo estático, que sería más noble el cambio que la quietud, que lo estático estaba condenado a desmoronarse, degenerar y acabar reducido a la nada; lo móvil, en cambio, duraría incluso toda la eternidad. Desde entonces el río se convirtió en una aguja clavada en mi seguro y estable paisaje del parque, de los invernaderos donde germinaban tímidamente las hileras de hortalizas y de las losas de cemento de la acera donde se jugaba a la rayuela. Lo atravesaba por completo, como marcando verticalmente una tercera dimensión; lo agujereaba, y el mundo infantil no resultaba ser más que un juguete de goma del que el aire escapaba emitiendo un silbido.
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Fragmentos de Tahar Ben Jellou

Cuando Mohamed hubo terminado de rezar el azalá de la noche, se quedó sentado con las piernas cruzadas sobre su tapiz de rezos de seda sintética. Observó el reloj de plástico fabricado en China, colgado en la pared frente a él. No tanto las agujas, sino la imagen que rodeaba la esfera: una muchedumbre vestida de blanco girando alrededor de la piedra sagrada de la Kaaba, y, en el fondo, un cielo lleno de pájaros y ángeles. Pensó en su propia peregrinación a La Meca, que le había dejado un recuerdo un tanto decepcionante. Pues, si bien se había emocionado y sentido feliz de orar allí, también lo había pasado mal por la promiscuidad y violencia de algunos peregrinos. No entendía por qué se zarandeaban, se empujaban unos a otros, llegaban incluso a provocar avalanchas que se saldaban con varias muertes. Enseguida se dio cuenta de que los lugares sagrados alteraban la percepción de las cosas. Los fieles cambiaban. Dejaban de pertenecerse a sí mis
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mos, se entregaban al trance, perdían el conocimiento, deseando ardientemente morir de esa muerte tantas veces magnificada por el desvarío de los embaucadores. Morían aplastados por los pisotones de hombres más fuertes que ellos, unos colosos que propinaban golpes y violentos codazos, abriéndose paso sin tan siquiera darse la vuelta para ver los daños que dejaban tras de sí, y seguían su camino con la cabeza y los ojos alzados hacia el cielo como si éste les exigiese ese fervor salvaje. Los más débiles morían, yacían en el suelo, cubiertos de polvo y sangre; ninguna mirada se detenía en ellos para rezarles una última oración. Esas escenas son inevitables en un lugar que en sólo unos días rebosa con más de dos millones de creyentes llegados a La Meca para lavar sus pecados y regresar a sus países satisfechos y colmados de virtudes que emanan de su fe. En realidad, no era un espectáculo muy agradable. Mohamed siempre había temido a la multitud; cuando ésta se fanatiza, se vuelve peligrosa. Más vale evitarla, no verse frente a ella ni arrastrado por su marea. En la fábrica hacía huelga como sus compañeros, pero no se manifestaba con pancartas por las calles. Mohamed soñaba con una peregrinación en solitario, justo con algunas personas de su cábila, y en primavera. Como temía las situaciones de violencia, le asustaba morir en La Meca; debía de ser el único en pensarlo, aunque
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no se lo confesaba a nadie. Temía morir pisoteado por unos pies fanáticos. Se mantenía apartado, observándolos. ¿A qué se parecen unos pies fanáticos? Están sucios, a veces descalzos, otras, enfundados en babuchas gastadas. Mohamed había visto a peregrinos que calzaban babuchas viejas. No eran de su país, hablaban un dialecto árabe del que no entendía ni una palabra. ¿De dónde venían? Para él, un musulmán sólo podía ser árabe o bereber. Le costaba considerar musulmanes a los demás peregrinos. Los llamaba los africanos, los chinos y los turcos. Todos los peregrinos tenían la mirada inflamada por el fuego, la llama de la fe, la pasión del islam. Él se preguntaba, en cambio, por qué su mirada era serena, tranquila. Así era su temperamento. Llevaba mucho tiempo queriendo realizar ese viaje, soñando con ello, quizá con excesiva sencillez, pues él no se planteaba objetivos inalcanzables. Únicamente se alteraba cuando pensaba en el futuro de sus hijos. Entonces se sentía mal, invadido por la melancolía y la tristeza, desamparado, y se ponía a rezar, a cumplir con los ritos de la peregrinación, pero siempre con una extraña calma. Una mañana, al salir de la Mezquita Grande de La Meca, no encontró sus babuchas, recién estrenadas y confeccionadas por un artesano de Fez. Se sorprendió de que se las hubiera robado un peregrino. No lo entendía. Era algo inadmisible. Su indignación se apaciguó
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cuando un compañero de habitación le contó que unas bandas de malhechores atacaban diariamente a los peregrinos y les robaban su dinero. Añadió: cuando las autoridades detienen a alguno, le cortan la mano; por cierto, hoy a la hora del azalá del mediodía cortarán unas cuantas en la plaza pública. ¡Estás invitado al espectáculo! La semana pasada azotaron a un yemení por haber faltado al respeto al hijo de un emir. Hace un año, condenaron a muerte a un cristiano, creo que era de Italia, porque lo pillaron con una chica perteneciente a una gran familia saudí, y está prohibido que una musulmana salga, mejor dicho, se vea a escondidas, con un no musulmán, y no digamos ya casarse con él. ¡Aquí no se andan con chiquitas, tienen sus leyes, dicen que está escrito en el Corán y tiran para adelante! ¡No hay nada más que hablar! No existe ningún derecho. Nosotros venimos aquí a rezar ante la tumba de nuestro amado profeta, cumplimos con las oraciones, con el ritual, y luego regresamos a nuestro país, si es que no hemos muerto aplastados en el tumulto o nos han dejado mancos, pues pueden equivocarse y acusarte de robo, y, sin comerlo ni beberlo, te encuentras con una mano menos, es lo que se llama justicia rápida, no hay tiempo de pensar, de todos modos, aquí, más vale no pensar, aquí te entregas a Dios, sin el menor titubeo, perteneces a Dios y Dios dispone de ti como quiere, ¿lo
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entiendes, hermano? Mohamed consideraba que cortar una mano por robar una babucha era una exageración, por no decir una salvajada. Se quedó mirando sus manos, juntas y abiertas, y se dijo: sin ellas, yo no habría sido nada, ni un pobre mendigo. ¡Que Alá nos preserve del mal y de las desgracias! Un mendigo le tendió su muñón. Mohamed le deslizó un billete en el bolsillo. Le habría gustado hablar con él, conocer su historia. Quizá se había quedado manco por un accidente o bien por un error. El mendigo ya había desaparecido. Cuando a veces relataba su peregrinación a La Meca a sus amigos, a éstos les desagradaban sus críticas. Mientras se estaba bebiendo una cerveza bien fresquita, Bachir, que opinaba sobre cualquier cosa, lo reconvino: un musulmán no debe hablar mal de lo que ocurre durante la peregrinación. Ya se encargan de ello los enemigos del islam, que quieren vernos sumidos eternamente en el subdesarrollo, vestidos de harapos, sucios y con aspecto inhumano. Ahora han conseguido colgar la etiqueta de terrorista a todo musulmán. Está muy claro: nuestro sino es estancarnos o retroceder, así que deja ya de criticar, aunque sea cierto lo que dices, si no, vas a dejar de llevar el título de peregrino, de hach. Mohamed se atrevió a decir con voz suave: pero si no nos criticamos, nunca avanzaremos. Qué le vamos a ha
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cer, me callaré y os deseo buen viaje, que disfrutéis de La Meca; yo, si vuelvo allá, será fuera del periodo oficial, me contentaré con la peregrinación menor, la Omra. Tendríamos que aprender a ser tolerantes, ¿ves?, por ejemplo, tú te estás bebiendo una cerveza y no te lo reprocho, es asunto tuyo. ¡Deja, pues, de criticar a los que tienen el valor de criticarse!
Una enorme mosca zumbaba por la habitación y lo distrajo de sus recuerdos. Era una mosca ciega que se daba golpes contra la pared. Habría deseado salvarla pero no se sentía con fuerzas para levantarse. Revoloteaba como si ella también estuviera prisionera. Mohamed ladeó la cabeza, le pareció oír a alguien que lo llamaba, una voz, una especie de murmullo procedente de una grieta de la pared, de una raja que el papel pintado de los años sesenta ya no disimulaba. El edificio estaba en tal estado de ruina que el ayuntamiento y la empresa de alquiler de viviendas de renta limitada lo había dado de baja de su lista. Tenían que hacer demasiadas reformas, sobre todo desde la llegada masiva y caótica de nuevos inmigrantes africanos. La combinación de magrebíes con africanos subsaharianos no funcionaba. Los insultos racistas llovían de ambos lados, seguidos de peleas entre adolescentes de ambos clanes. Mohamed ya no sabía si el racismo lo suscitaba el
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color de la piel o la extrema pobreza. Recordó que un viejo tío suyo que hacía comercio con países de África se había traído al pueblo una mujer senegalesa que todos consideraban una esclava, alguien despreciable. Era aún un niño, pero la escena sigue obsesionándolo: su tío se había marchado a trabajar al extranjero y, aprovechando su ausencia, el pueblo entero expulsó a la mujer africana, que no hablaba ni árabe ni bereber. Se habían aliado contra ella por ser negra y porque no entendían su idioma. Salió huyendo a pie de allí y no se supo más de ella. Aquella mujer de la que nadie hablaba siguió rondando por los recuerdos de niñez de Mohamed. Ahora se preguntaba qué habría sido de ella. Quizá había muerto o regresado a su país. Acabó diciéndose que aquella mujer era eterna y que nunca moriría. Mohamed odiaba el racismo y, debido a aquel recuerdo, estaba convencido de que el color de la piel y la pobreza eran dos ingredientes que se mezclaban bien para rechazar a un ser humano cuyo único delito era no ser rico ni de piel blanca. Era evidente. La primera vez que oyó la palabra «moro» fue en un vagón de tren donde el revisor insultaba a un viejo argelino que no encontraba su billete. Mohamed no sabía qué significaba, pero entendió que debía de ser algo poco amable, un insulto. El argelino se puso de pie y empezó a desnudarse como si le hubieran ordenado que se dejase registrar. El
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revisor le dijo algo así como vale, vale ya, estos moros nunca entienden nada.

Vladímir Maiakovski (1893-1930)

Vladímir Vladímirovich Maiakovski nació el 7 de julio de 1893 en Baddadi (Georgia). Su padre era guarda forestal y su madre de ascendencia cosaca. La vida familiar era dura, sometida al cuidado de una vasta hacienda. A los cinco años Maiakovski ya leía y recitaba poemas de Pushkin. También muy pronto comenzó a manifestar su habilidad por el dibujo. En 1906, tras la muerte del padre, el resto de la familia se traslada a Moscú. Las dificultades económicas limitarían su asistencia a la escuela. Nuestro autor entra en contacto con el ambiente revolucionario, lee literatura marxista y se integra en los movimientos más radicales. Se afilia al Partido Bolchevique; es encarcelado en varias ocasiones y en una de las prisiones, en 1909, escribe un cuaderno de poesía que no se ha conservado y que supone el inicio de la carrera literaria de Maiakovski. Tras ser puesto en libertad dedica su actividad a la pintura. En 1911 se matricula en la Escuela de Bellas Artes de Moscú, tomando contacto con el grupo futurista. Maiakovski reparte su labor creadora entre la pintura y la lírica, decantándose finalmente por ésta última. A partir de 1912 se convierte en cabeza del movimiento futurista, intento de transformación revolucionaria en el mundo del arte. Publica sus primeros poemas en revistas diversas y aparece su poemario: “Yo”. Por entonces comienza una gira por Rusia dando recitales poéticos, actividad ésta que no se interrumpirá hasta el final de su vida. Al inicio de la I Guerra Mundial se ofrece como voluntario al frente, pero sus sospechosas actividades motivan que sea rechazado. En 1915 escribe Una nube con pantalones, que es una protesta contra la burguesía y el capitalismo y un canto al amor. De este mismo año es la publicación de La flauta vertebrada, donde canta a un futuro utópico. La guerra y el universo (1916) es una visión idealizada del futuro. En Hombre (1919), se refleja una muerte y resurrección espiritual para redimir a la humanidad. Con la toma del poder por los bolcheviques, Vladímir se sumerge en el espíritu revolucionario, exaltando los nuevos valores. Escribe muchas poesías sobre variada temática (crítica de la burocracia, asuntos sociales, políticos, públicos…) tanto de Rusia como del extranjero. En 1918 escribe “Misterio Bufo”, obra de teatro donde parodia el diluvio universal bíblico, haciendo del proletariado el conquistador de la tierra y el cielo. Esta obra pasó por todo un calvario de censuras hasta poder ser estrenada. A partir de 1919 comienza a trabajar en la creación de pancartas y carteles de agitación y propaganda revolucionarias (unas 1.100 en tres años) muy originales, directas, breves y concisas. Su primera antología aparece en 1919: Toda la creación de Vladímir Maiakovski y un año después concluye su poema 150.000.000 En 1922 colabora en la creación del LEF (Frente Izquierdista del Arte), cuyas teorías literarias serán el credo estético de la literatura rusa, y de la revista literaria con las mismas siglas. Sucesivamente van naciendo nuevas creaciones de su pluma: “Amo” (1921), “Vladímir Ilich Lenin”, y “Bien” (1924). Sus dos obras dramáticas más famosas son “La chinche” (1929) y “El Baño” (1930), cuyo carácter satírico molesta a la censura. En su obra póstuma “A media voz”, habla con las generaciones venideras sobre él, sobre el futuro, y predica los principios que debe poseer un verdadero artista. Llega un momento en que Maikovski comienza a percibir que la revolución tan ardientemente amada ha caído en manos de filisteos. Cada vez tiene más problemas con el Partido; sufre un aislamiento y acoso social y político cada vez más insoportables. LEF es censurado, recibe críticas de sus amigos. Las autoridades le niegan salir del país, sus relaciones con Tatiana Yaklovevna se degradan. Vladímir decide poner fin a su vida, acción que lleva a cabo el 14 de abril de 1930 pegándose un tiro en la sien. Un poema de despedida con el epígrafe: “A todos” es el punto final a una vida entregada a sus ideales artísticos y sociales.

La juventud tiene mil ocupaciones.

Estudiamos gramática hasta atontarnos.

A mí, me echaron del quinto año, y fui a apolillar las cárceles de Moscú.

En nuestro pequeño mundo doméstico,

para las camas aparecen poetas de pelo rizado.

¿Qué saben estos líricos anémicos?

A mí, pues, me enseñaron a amar en la cárcel.

¿Qué vale comparado con esto, la tristeza del bosque de Boulogne?

¿Qué valen comparado con esto, los suspiros ante un paisaje de mar?

Yo, pues, me enamoré de la ventanilla de la cámara 103, de la «oficina de pompas fúnebres».

Hay gente que mira al sol todos los días y se enorgullece. «No valen mucho sus rayos» -dicen.

Pero yo, entonces, por un rayito de sol amarillo, reflejado sobre mi pared, hubiera dado todo en el mundo.

Vladímir Maiakovski

Tahar Ben Jelloun (Marruecos 1944) tres poemas

Tahar Ben Jelloun

Uno de los escritores marroquíes contemporáneos más populares internacionalmente

Novelista y poeta nacido en Fez (Marruecos) en 1944, sus obras han sido traducidas a más de treinta idiomas. Desde los 6 años asistió a un colegio bilingüe franco-marroquí. Comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad Mohamed V en Rabat, pero tuvo que abandonarlos al ser sospechoso de haber organizado manifestaciones de estudiantes y a causa de esta acusación tuvo que asistir durante dos años a un campo disciplinario del ejército.
Tras ser liberado, retomó sus estudios y comenzó a trabajar de profesor. Más tarde, gracias a una beca, se trasladó a Francia para especializarse en psicología.
Escribió su primer poema, L’aube des dalles, durante su cautiverio en el campo disciplinario y lo publicó en 1968 en la revista Souffles. También publicó el poemario Hommes sous linceul de silence (1971). Escribió su primera novela, Harrouda, en 1973, donde puede verse reflejada su visión de la cultura islámica.
Algunas de sus obras, como La réclusion solitaire (1976), fueron adaptadas al teatro. Además, también escribió novelas pedagógicas como El racismo explicado a mi hija (1997), que obtuvo un gran éxito internacional, llegando a ser traducido a más de treinta idiomas (entre ellos el esperanto).
El autor se ha quejado en varias ocasiones de que aunque muchos de sus libros han sido traducidos al árabe, con la edición marroquí revisada por él, ésta es sistemáticamente pirateada en países como Siria o Egipto por aquellos a los que Jelloun llama ‘pseudoeditores’, eliminando pasajes enteros que podrían provocar la censura local. El autor ha denunciado pública y continuamente esta práctica, aún siendo consciente de que es una causa perdida, pues como él mismo dice: «La piratería que actúa con rigor en el mundo árabe, indirectamente nos informa del estado de la cultura en estos países».
En 1987 recibió uno de los premios literarios más importantes en Francia, el Premio Goncourt, gracias a la novela La noche sagrada y fue elegido miembro de la Academia Goncourt en 2008.
Después de los atentados del 11S y la confusión general provocada por los medios de comunicación y esa amalgama de información en la que se confundía Islam y terrorismo como una misma cosa, decide explicar el Islam a los niños con enseñanzas y lenguaje lo suficientemente claros como para que también sirviese a los adultos, por lo que es frecuentemente reclamado desde muchos colegios europeos para hablar a los niños de racismo, además de haber sido colaborador de periódicos como El País, La Vanguardia o el Corriere della Sera.
De 2006 a 2009 se trasladó a vivir con su familia a Tánger, pero volvió a París, donde actualmente trabaja, entre otras cosas, como cronista de Le Monde.
Fuente:
http://www.taharbenjelloun.org/

FATIMA ABOU MAYYALA
Han entrado por el tejado
han cerrado las puertas y las ventanas
han metido un puñado de arena en la boca y en la nariz
de Fátima.
Las manos desgarraron su vientre
orinaron sobre su cara.
Fátima agarro la mano de la estatua
y caminó ligera entre los árboles y los niños dormidos.
Llegó hasta el mar
el cuerpo alzado por encima de la muerte.

IBRAHIM KHODR NAJJAR
14-4-83
Ibrahim Khodr Najjar
no vivirá más entre las zarzas del cementario.
Hoja desdoblada en el polvo
la cabeza soberana
arrastrada por las olas del río
su cuerpo de pequeño comerciante
no será jamás memoria caduca
en los faustos del olvido.

ALI SALEH SALEH
29-4-83
Han traido cu cuerpo envuelto en una piel de cordero
sobresalian su cabeza y sus pies descalzos
blancos de polvo.
Lentamente sus miembros se han tendido en el día
el suelo se ha abierto y lo han estrechado en un abrazo infinito.
Tenía dieciseis años.
Ali Saleh Saleh
vivió su primer amor en Saïda
la muerte anudada a la cintura de un árbol.

Su obra

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El mundo de cabeza de Olga Tocarczuk

Hice mi primer viaje a través de los campos, a pie. Durante mucho tiempo nadie advirtió mi desaparición, lo que permitió que me alejara bastante. Recorrí todo el parque; después, por caminos de tierra, atravesando maizales y prados cubiertos de caléndulas y surcados por zanjas de drenaje, logré alcanzar el río. El río, de todas formas, era omnipresente en la llanura, empapaba la tierra bajo la hierba, lamía los sembrados.
Al encaramarme al terraplén de contención, pude ver una cinta oscilante, un camino que serpenteaba hasta más allá del encuadre, del mundo. Y, con suerte, se podían ver sobre ella unas barcazas planas desplazándose en ambos sentidos sin reparar en las orillas, ni en los árboles, ni en las personas que se hallaban en el terraplén, al considerarlos, seguramente, puntos de orientación inestables, indignos de atención, meros testigos de su grácil movimiento. Yo soñaba con trabajar en una barca de esas cuando fuera mayor o, mejor todavía, con convertirme en una de ellas.
No era un gran río, tan solo el Odra, pero por entonces también yo era pequeña. Ocupaba su propio lugar en la jerarquía de los ríos –cosa que más tarde comprobaría en un mapa–, segundón, aunque notable, como de vizcondesa de provincias en la corte de la reina Amazonas. A mí, no obstante, me bastaba y me sobraba, me parecía inmenso. Fluía a sus anchas, sin regular desde hacía ya tiempo, amigo de desbordarse, indómito. En ciertos lugares, junto a las márgenes, sus aguas se arremolinaban al topar con algún que otro obstáculo subacuático. Fluía, desfilaba, fiel a sus razones ocultas tras el horizonte, en algún remoto lugar del norte. Imposible posar sobre él la mirada, la arrastraba más allá del horizonte hasta el punto de hacerle perder a una el equilibrio. Ocupadas en sí mismas, las aguas no reparaban en mí, aguas viajeras, cambiantes, en las que jamás se podría entrar dos veces, como supe más tarde.
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Juegos Sagrados de Vikram Chandra

Se trasladó con su familia a Bombay, y después estudió en el Colegio Mayo de Ajmer y el St. Xavier´s College de Bombay. Marchó a Estados Unidos, licenciándose en Literatura inglesa en la Pomona University e iniciando estudios en la Escuela de Cine de la Universidad de Columbia, en Nueva York, que no concluyó. Hizo estudios de postgrado en la Universidad de Houston, de la que después sería profesor, y un master en Escritura Creativa en la Johns Hopkins University. Vive a caballo entre Estados Unidos y la India.

La novela en la que se ha basado la gran serie de Netflix. Una historia sobre la amistad, la traicion, la violencia y el poder de una deslumbrante ciudad moderna y su parte oscura.Heredera de la narrativa victoriana de las mejores historias de misterio, Juegos sagrados es una novela apasionada y apasionante, intrigante e inteligente.La novela nacio a partir de numerosos encuentros y se mueve por todos esos paisajes: un agente de policia se enamora; una mujer joven se marcha a la gran ciudad para convertirse en estrella de cine; una joven intenta comprender que ha sido de su familia en medio del caos politico y los asesinatos en masa; una viuda lucha contra la pobreza y las presiones urbanas que tuercen las vidas de sus jovenes hijos; un agente secreto novato e inexperto conduce a una patrulla del ejercito hasta los inhospitos y helados picos del Himalaya; una mujer astuta e inteligenteacepta dinero turbio para producir programas de television sobre el sufrimiento de las mujeres; un estudiante universitario idealista, acosado por la policia y los politicos locales, se refugia en las fi las de las guerrillas maoistas; un dirigente religioso de derechas celebra un enormesacrificio para los ciudadanos de Bombay; un conocido y despiadado lider dirige una banda que acumula victorias y descubre el extraño vacio de conseguir lo que uno quiere.Vikram ChandraReseñas:Vikram Chandra es un escritor que leo desde hace tiempo. Siempre me ha gustado y siempre le he envidiado. La envidia es un buen test para detectar si hablamos de un gran escritor.Salman RushdieUna vision caleidoscopica de una ciudad inmensa, rutilante y sordida, rebosante de energia, superpoblada e impulsada por las fuerzas volatiles de la ambicion, la desesperacion y el fervor religioso.The Sunday TimesEste es un momento que merece la pena señalar. Es un hito en la historia de la literatura india en lengua inglesa. Dentro de unas decadas, volveremos la mirada a la lista de las grandes novelas contemporaneas y nuestros labios pronunciaran con veneracion el titulo Juegos sagrados. Vikram Chandra ha escrito una de las obras maestras de la literatura.Ashok Banker, Hindustan Times
Fragmento
–Sí.
–¿Qué le parece eso?
–Me asusta.
–¿No está entusiasmado por haber sido escogido para trabajar en un caso grande?
Sartaj echó atrás la cabeza y se rió.
–El entusiasmo es una cosa. Pero los casos grandes pueden engullir a inspectores pequeños.
Ahora fue ella la que sonrió de oreja a oreja.
–Pero ¿trabajará en él?
–Hago lo que me dicen.
–Sí. Siento no poder decirle mucho más. Pero digamos que incumbe a la seguridad nacional, un gran peligro para la seguridad nacional.
De nuevo, ella esperaba que él dijera algo.
–¿Entiende lo que digo?
Sartaj se encogió de hombros.
–Ese tipo de cosas siempre me parecen filmi. Por lo general lo más excitante que hago es arrestar a taporis locales por extorsión. Un asesinato aquí y allí.
–Esto es real.
–Vale.
–Y muy grande.
–Entiendo.
Sartaj no entendía en absoluto, pero si era el tipo adecuado de caso grande, tal vez no fuera malo estar relacionado con él. Tal vez habría reconocimientos y menciones de honor por haber hecho cosas pequeñas para un caso grande.

–Necesitamos saber más sobre lo que Jojo y Gaitonde estaban haciendo juntos. Cuál era el negocio que tenían juntos.
–Sí.
–A Jojo la encontró muy rápido. Shabash. Pero necesitamos saber más. Presione la investigación por el lado de Gaitonde. Siga a sus socios, sus empleados, a cualquiera que encuentre. Mire a ver qué dicen.
–Eso haré.
–Haré que alguien de la comisaría de Colaba compruebe el número de teléfono de la hermana, y, cuando la hayamos localizado, vaya y hable con ella, mire qué puede sonsacarle sobre Jojo.
–¿Tendré que hablar con la hermana?
–Sí.
Era imposible investigar sin modificar lo que estabas investigando, sin que los sujetos se volviesen precavidos. Y Anjali Mathur, por razones que no iba a revelar, estaba deseando que sus sospechosos creyesen que esta era una investigación local. Sartaj pensó que tenía un buen rostro de investigadora, curiosa pero neutral, sin revelar nada.
–Muy bien, señora –contestó–. ¿Puedo decirle dónde murió su hermana?
–Sí. Averigüe si sabe algo de los tratos de su hermana con Gaitonde. Y como antes, infórmeme directamente a mí. Solo a mí. A ese número de teléfono.
Y eso fue todo, por lo que se refirió a las instrucciones y aclaraciones de Anjali Mathur. Sartaj cogió la botella y un vaso de la mesa, y lo llevó al pasillo para Katekar, a quien para entonces el sudor empapaba hombros y espalda. Estaba mucho menos fastidiado que Sartaj por el calor del verano, le daba igual caminar unos tres kilómetros en una tarde de mayo, pero sudaba mucho más. Sartaj atribuía esta resistencia al calor a toda una vida de preparación: Katekar había crecido sin ni siquiera un ventilador, y de esa forma sobrevivía alegremente las olas de calor. Todo era cuestión de a qué estabas acostumbrado. Katekar bebió un vaso de agua.
–¿Hemos terminado? –preguntó con una pequeña inclinación de cabeza sobre el hombro izquierdo, que incluía al apartamento, a Jojo y a Anjali Mathur.
–Todavía no –respondió Sartaj.
Katekar no dijo nada.
–Bébetelo todo –dijo Sartaj, sonriendo burlón–. Tenemos mucho que hacer. La seguridad nacional depende de nosotros.
En comisaría había alguien más que quería hablar sobre seguridad nacional con Sartaj. Su nombre era Wasim Zafar Ali Ahmad, y estaba impreso en hindi, urdu e inglés en la tarjeta que le dio a Sartaj. Bajo el nombre había un título, «Trabajador Social», y dos números de teléfono.
–Me sorprendió oír, inspector saab –comenzó–, que había estado dos veces en Navnagar y no había contactado conmigo. Pensé que quizá era difícil encontrarme. Por lo general no estoy en casa. Me muevo mucho, por trabajo.
Sartaj giró la tarjeta con las yemas de los dedos y la dejó en la mesa. –Fui a la bura bengalí.
Estaban sentados en el escritorio de Sartaj, uno frente al otro. –Que está justo en Navnagar. Trabajo mucho allí.
Tenía unos treinta años, este Ahmad de nombre largo, un poco rellenito y un poco alto y muy seguro de sí mismo. Había estado esperando a Sartaj en la parte delantera de la comisaría y le había seguido al entrar, con la tarjeta preparada. Llevaba una camisa blanca con pequeños bordados blancos en los puños, impecables pantalones blancos y una expresión resuelta.
–¿Conoces al chico que mataron? –preguntó Sartaj.
–Sí, le había visto algunas veces.
Sartaj también había visto a Ahmad, estaba seguro. Le resultaba familiar, y sin duda iba y venía por comisaría, los trabajadores sociales lo hacían a menudo.
–¿Vives en Navnagar?
–Sí. En la parte de la carretera. Mi familia fue una de las primeras allí. En aquellos tiempos, la mayoría de la gente venía de Uttar Pradesh, de Tamil Nadu. Los de Bangladesh… ellos vinieron más tarde. Demasiados, pero ¿qué se puede hacer? Así que trabajo con ellos.
–¿Y conocías a los apradhis? ¿Y a ese tipo de Bihar que era su jefe? –Solo de vista, inspector saab. No lo bastante como para saludarle. Pero conozco a gente que los conoce. Y ahora este asesinato que han cometido. Es muy malo. Vienen de fuera y hacen cosas malas en nuestro país. Y arruinan el nombre de gente buena que es de aquí.
Se refería a los indios musulmanes, que sufrían una difamación y un odio ampliamente extendidos y difundidos por los fundamentalistas hindúes. Sartaj se recostó, se frotó la barba. Wasim Zafar Ali Ahmad era sin duda interesante. Como la mayoría de los supuestos trabajadores sociales, quería prosperar, convertirse en un gran hombre en la zona, un hombre con contactos que atrajesen a la clientela, un hombre que pudiese llamar la atención de los partidos políticos como organizador local y voluntario y finalmente candidato potencial. Los trabajadores sociales se habían convertido en diputados o incluso congresistas, costaba mucho tiempo pero se había hecho muchas veces. Ahmad tenía el don del político para decir tópicos sin sonar ridículo. Parecía lo bastante inteligente, y quizá tenía el empuje y la crueldad.
–Así que –contestó Sartaj–, por el bien del país y de los buenos ciudadanos, ¿quieres ayudarme en este caso?
–Claro, inspector saab, claro.
La alegría de Ahmad al ser comprendido surgía de su estómago, de todo su cuerpo. Puso los codos encima de la mesa y se inclinó hacia delante, hacia Sartaj.
–Conozco a todo el mundo en Navnagar, e incluso en la bura bengalí tengo muchos contactos, trabajo con esa gente, les conozco. Así que puedo preguntar tranquilamente, ya sabe. Intentar averiguar qué dice la gente, qué sabe la gente.
–¿Y qué sabes tú ahora? ¿Sabes algo?
Ahmad se rió con satisfacción.
–Arre, no, no, inspector saab. Pero estoy seguro de que puedo descubrir algo aquí y allí, alguna cosita.
Y se recostó, regordete y satisfecho.
Sartaj cedió. Ahmad no era lo bastante estúpido como para derrochar buenas propinas por nada, o a sus fuentes.
–Bien –replicó Sartaj–. Te estaré agradecido si puedes ofrecer alguna ayuda. ¿Y hay algo que yo pueda hacer por ti?
Entonces se entendieron el uno al otro.
–Sí, saab, la verdad es que lo hay.
Ahmad dejó de lado su encanto y planteó sus condiciones con tranquilidad, sin rodeos.
–En Navnagar hay dos hermanos, chicos jóvenes, uno de diecinueve, el otro de veinte años. Todos los días molestan a las chicas cuando van a trabajar, les dicen esto y lo otro. Les pedí que parasen, pero entonces me amenazaron. Han dicho claramente que me romperán los brazos y las piernas. Podría actuar contra ellos yo mismo, pero me he refrenado. Pero cuando el agua comienza a cubrirle a uno, inspector saab…
–¿Nombres? ¿Edad? ¿Dónde les encuentro?
Ahmad ya había escrito los detalles con cuidado en su agenda, y arrancó la página para Sartaj con sumo esmero. Proporcionó descripciones y detalles de la familia, y después se disculpó.
–Ya le he quitado bastante tiempo, saab –dijo–. Pero por favor llámeme en cualquier momento, de día o de noche, si necesita algo.
–Llamaré después de haber visto a estos dos –contestó Sartaj. –Los ciudadanos de Navnagar estarán muy contentos, saab, si puede salvar a sus hermanas e hijas de este problema diario.
Con eso, Wasim Zafar Ali Ahmad se puso una mano en el pecho y se retiró. Había invocado a la gente de Navnagar, pero tanto él como Sartaj sabían que los dos hermanos tenían que ser castigados porque Ahmad así lo quería. Esta era la primera ofrenda en su relación, esta prueba de confianza y buena voluntad. Sartaj agarraría a estos Romeos del borde de la carretera, cuya principal ofensa era sin duda no su acoso a las mujeres que pasaban sino su falta de respeto hacia Ahmad. Sartaj se ocuparía de ellos, y Ahmad le daría algo de información. Entonces a Ahmad le verían en la basti como un hombre con contactos en la policía, y su nombre sonaría y más gente acudiría a su puerta, en busca de su auspicio y ayuda, y a cambio inflaría su influencia. Si todo le iba bien, tal vez en unos pocos años sería Sartaj quien le llamase a él «saab». Pero todo eso quedaba muy lejos, y primero estaba esta pequeña tarea de escarmiento a los hermanos acosadores sexuales. Todas las grandes carreras comenzaban con estos intercambios pequeños y se mantenían gracias a ellos. El interés mutuo era el aceite lubricante que hacia funcionar la pequeña y gran maquinaria del mundo, y Sartaj lo utilizaría para mandar a los criminales patinando hacia el cautiverio. Notó de qué modo la excitación le pellizcaba en el cuello y por los antebrazos, ese estremecimiento antiguo que llegaba a él cuando sentía que un caso se abría. Bueno, bueno, esto era bueno. Era absurdo esperar un éxito, pero Sartaj no podía evitar saborear la anticipación. Encontraría a los asesinos, los atraparía, ganaría: la idea de la victoria despertó en su pecho como un ardor diminuto, y tomó energía de ella todo el día.
Aquella tarde, frente a un vaso de whisky escocés, Sartaj le habló a Majid Khan de su nueva fuente de nombre tan largo. Majid no era bebedor, pero tenía una botella de Johnny Walker Etiqueta Negra para Sartaj. Sartaj bebía de ella cada vez que iba a cenar, y esa tarde estaba dependiendo demasiado de ella, tragando con glotonería. Le estaba hablando a Majid de Wasim Zafar Ali Ahmad mientras los hijos de Majid ponían los platos sobre la mesa y su madre hacía ruido con las cucharas en la cocina.
–Sí, conozco al tal Ahmad –dijo Majid–. En realidad, conozco a su padre.
–¿Cómo?
–Lo encontré durante los disturbios, justo al lado de la carretera en Bandra. Yo iba a Mahim con cuatro agentes. Desde lejos, vi a esos tres bastardos de pie encima de algo. Las calles estaban vacías por completo, ¿sabes?, y solo la carretera vacía y esos tres. Así que le dije al conductor: vamos, vamos. Y aceleramos, y tan pronto como vieron el jeep, los tres chutiyas se fueron corriendo. Entonces vi a ese hombre tumbado en el suelo, ¿sabes?, barba gris, kurta blanca limpia, topi blanco, solo un viejo caballero musulmán. Había intentado correr, le habían alcanzado, derribado. Estaba muy asustado, pero no estaba herido.
–Lo hubiera estado. Si no le hubieses salvado. Muerto.
–Arre, no le salvé. Pasamos por allí por casualidad.
Majid no estaba siendo falsamente modesto, comentaba hechos sin más. Se rascó el pecho, y bebió de su vaso de nimbu pani.
–De cualquier forma, lo pusimos en la parte trasera del jeep, nos lo llevamos. No pudo hablar durante una hora. Pero desde entonces viene cada Bakr’id a mi oficina, me trae algo de gosht, pico algo y le mando de vuelta con ello. Pero viene sin falta. Un viejo agradable.
Estaban de pie en la terraza del apartamento de Majid en un octavo piso, apoyados en la barandilla. Había una luna llena perfecta colgada a baja altura por encima de los rectángulos escalonados de los tejados, sobre el borde oscuro de las tierras bajas acuosas y la hilera de kholis con techo de hojalata y el mar más allá. Sartaj no podía pensar en la última vez que había visto la luna llena. Quizá necesitas estar a esta altura para verla, pensó, alto por encima de las calles.
–¿Su hijo nunca ha ido con el padre? ¿Para darte las gracias y pedirte ayuda?
–No.
–Tío listo.
Ahmad demostraba su inteligencia al no presumir del hilo de gratitud que ataba a su padre y a Majid, tirando de él. Estaba actuando a su manera, a través de Sartaj, el inspector local. Si Ahmad pudiera hacer felices a Sartaj y los agentes, ellos le recomendarían a Majid, quien tal vez haría posible que Ahmad ganase influencia y llevase a cabo actividades de legalidad cuestionable, aportando prosperidad y mayor desarrollo.
–Sí –contestó Majid–. No es un inocente como su padre.
–Los inocentes tienen muy buena suerte a veces, ¿no?
–A veces. El padre dijo que tenían algún familiar que fue asesinado en los disturbios. Un primo hermano.
–¿Primo cercano?
–No, lejano, al parecer. El viejo armó mucho lío con eso la primera vez que vino a verme. Le dije que tenía suerte de que solo hubiera sido un primo lejano. En este país, si miras a cualquier familia el tiempo suficiente, encontrarás a algún primo lejano cuya suerte se ha torcido. Si no es en este disturbio, entonces en algún otro.
Era cierto. Sartaj había oído historias de su propia familia, sobre gente que abandonaba casas en medio de la noche.
–Vamos, vosotros dos –llamó Reshana desde dentro.
Tenía en la mano el bol de plástico familiar con su tapa ajustada y diseño de rosas rojas. Había estado preparando rotis en la cocina. Habría hecho la khima antes, por la tarde, con la ayuda de su sirvienta, y entre las dos conseguirían una delicia o un desastre. Siempre era una lotería, y Sartaj tiró de la silla contento por el whisky que había bebido. Imtiaz y Farah se daban codazos el uno a la otra al sentarse. Los conocía desde que eran niños, y ahora que habían crecido el pequeño apartamento parecía más pequeño.
Imtiaz le pasó un bol.
–Tío, ¿has visto la página web de la CIA? –preguntó.
–¿La CIA, de los americanos? –indagó Sartaj.
–Sí, tienen una web, y te dejan mirar en sus documentos secretos. Farah estaba sirviendo raita en un cuenco para Sartaj.
–Si te dejan leerlo no es secreto, idiota. Tío, se pasa horas buscando artículos raros y hablando con chicas por Internet.
–Cállate –pidió Imtiaz–. Nadie está hablando contigo.
Majid sonreía.
–¿En esto gasto miles y miles de rupias, para que mi hijo pueda hablar con chicas en América?
–Europa –replicó Farah–. Tiene una novia en Bélgica, y otra en Francia.
–¿Tienes novias? –preguntó Sartaj–. ¿Cuántos años tienes? –Quince.
–Catorce –corrigió Farah. Sonriendo–. Apuesto a que les ha dicho que tiene dieciocho.
–Al menos parece que tengo dieciocho. No como alguna gente que se comporta como si todavía tuviese once.
Farah alargó la mano por debajo de la mesa, e Imtiaz hizo un gesto de dolor. Levantó el brazo.
–Las uñas de las mujeres –dijo, con aspecto de estar muy satisfecho de sí mismo– son más mortales que las de los hombres.
–Parad, vosotros dos –terció su madre–. Dejad comer al tío. Sartaj comió y se sintió aliviado al descubrir que aquella tarde algo se había salvado del caos culinario.
–¿Nuevo corte de pelo? –le preguntó a Farah.
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megustaleer - Juegos sagrados - Vikram Chandra

Sobre la escritura de Annie Ernaux

Por esto escribo, para dar existencia a lo que de otra forma se perdería. No es sólo una lucha en contra del olvido y la muerte, es más bien una manera de dominar el tiempo. Me interesa que el Yo esté vinculado con un Nosotros, que ahí haya una conexión indisoluble entre individualidad y colectividad a través de la presencia de la historia.

 

http://triunfoarciniegas.blogspot.com

Bio breve

Biografía de Annie Ernaux

Autora francesa, Annie Ernaux estudió en la Universidad de Rouen, completando su formación por la de Burdeos en Literatura Francesa. Ernaux fue profesora en centros de secundaria antes de unirse al CNED, la universidad a distancia nacional francesa.

En lo literario, Ernaux se inició en la narrativa en 1974, aunque su primer gran éxito le llegaría en 1984 al resultar ganadora del Premio Renaudot. A partir de ahí ha recibido otros galardones, como el Marguerite Duras o el François Mauriac.

La mayor parte de su obra tiene un gran trasfondo autobiográfico y su estilo se muestra neutro y sin mayor ambición que el de transmitir la palabra con sencillez. Además, Ernaux ha tratado de usar un enfoque sociológico al tratar de usar sus propios recuerdos para atraer la memoria colectiva.

Jesús Balmori escritor de Filipinas

Los pájaros de fuego de Jesús Balmori
El autor
Jesús Balmori nació en el barrio manileño de Ermita el 10 de enero de 1886. Estudió en el Ateneo Municipal y obtuvo su bachillerato en 1900 en el Colegio de San Juan de Letrán. Después de trabajar como abogado, decidió dedicarse a la prensa y a la literatura. La prensa filipina en español vivía sus mejores momentos, y Balmori fue uno de sus más activos colaboradores. Así, puede ser considerado como uno de los escritores filipinos más prolíficos. No sólo escribía para sí mismo, sino que se creó también un alter ego burlón de una prolijidad casi similar. Batikuling firmará gran cantidad de columnas poéticas satíricas, ciclos que se agruparán conformando verdaderos y deliciosos libros sobre la vida político-social de la época . Empleará también otro pseudónimo, está vez con nombre más señorial —Julio Brial— sobre todo para reimprimir obras anteriormente aparecidas en otros lugares.
A la edad de 17 años publicó un libro revolucionario de la lírica filipina: Rimas Malayas. Sería definitivamente en 1908 cuando su nombre se hizo presente en la escena literaria manileña al desafiar a los poetas filipinos más consagrados. En el concurso literario del Día de Rizal ganó, bajo pseudónimo, los tres primeros premios, con sus poemas Spes, Vae Victis Himno a Rizal, lo que originó una polémica en verso con Cecilio Apóstol. A partir de este momento Jesús Balmori pasará a ser figura principal de la creación poética filipina.
En 1926 Balmori recibió el Premio Zóbel  —el más importante galardón literario filipino en lengua española— por las justas poéticas mantenidas junto a Manuel Bernabé en el género literario propio de las Letras Filipinas conocido como Balagtasan.
En 1940 Balmori gana el Premio de la Mancomunidad con la obra Mi casa de nipa, en la que se realiza plenamente su intento de crear una estética filipina, superando así al Modernismo para alcanzar un nuevo estadio literario, la culminación de la literatura áurea hispanofilipina.
Como narrador, es autor de dos novelas trascendentales del periodo, Bancarrota de almas (1910), novela naturalista que describe la degradación de la voluntad de los protagonistas hasta la ataraxia, y Se deshojó la flor (1915), una crítica a los nuevos valores impuestos por los invasores norteamericanos.
El manuscrito de su tercera novela, Los pájaros de fuego, que el autor fue redactando y enterrando dentro de frascos de cristal en su jardín durante los últimos meses de la ocupación japonesa, permaneció perdido durante decenios. Rescatado recientemente del olvido, CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS inaugura su colección con este relato inédito de una de las figuras capitales de las letras filipinas en español.
La obra
La obra balmoriana culmina en la novela Los pájaros de fuego, escrita durante la dominación japonesa y concluida en 1945, pocos meses después de terminada la guerra. Se trata de la única novela en español sobre la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico escrita por un asiático en contemporaneidad al conflicto.
La obra consta de cuatro partes divididas en cinco capítulos cada una. Las primeras tres partes se escribieron durante la dominación japonesa y se encuentran mecanografiadas; la última parte se escribió después de la guerra y está manuscrita, tal como indica el proemio.
El texto fue adquirido por el gobierno filipino y permaneció ilocalizable durante años.
La novela nunca ha sido publicada por lo que pocos han sido los lectores que han tenido el privilegio de leerla en más de medio siglo. Es por este motivo por el que la actual edición crítica representa la puesta en valor y recuperación para las Letras Filipinas de una obra capital, la culminación de la obra balmoriana y el testimonio del fin de un mundo.

Cuentos de Juana de Adelina Gurrea

Adelina Gurrea
http://www.cervantesvirtual.com/obra/cuentos-de-juana–narraciones-malayas-de-las-islas-filipinas-incluye-el-relato-inedito-el-talisay/

En esta liga pueden bajar el libro. como ejemplo de su estilo, el cuento Talisay

_/ jaque l talisay gigantesco que soleaba su follaje en los días de sol ardiente y cabeceaba humillado bajo el zarandeo de los tifones, no había estado siempre solitario como cuando yo le conocí. En lejanos días había sido sombra de un jardín
y del techo ñipado2
de la casa de un párroco, cuando en la localidad existía un barrio3
.
El talisay reinaba arrogante, empuñando el cetro de su altura sobre la casa, los arbustos y las matas olorosas del Oriente, y de noche miraba desde su terraza vegetal la iluminación del jardín con sus mil bombillas microscópicas que encendían y apagaban las luciérnagas en torno al aroma
fuerte de los ramajes en flor. De la casa sólo veía la claridad que se asomaba a través de las ventanas abiertas o resbalaba
1.-Árbol tropical frondoso de hojas anchas ovaladas.
2.-Techado con ñipas; palma filipina, con cuyas hojas se hacen paredes y techumbres.
3.- Barrio se llamaba en Filipinas a un poblado aislado, unas veces con cura y otras sin él.
*E1 gobierno y otras instituciones filipinas han tendido desde mediados del siglo XX
a sustituir el español barrio por el término nativo barangay de origen prehispano que
constituía una unidad de organización política en comunidades pequeñas. El vocablo
barrio sirvió para designar a la pequeñas poblaciones creadas durante el periodo español
y que generalmente contaban con la supervisión de un sacerdote. Los estudios sobre la
unidad social que constituye el barrio y su importancia en la vida filipina son muchos,
siendo uno de los más representativos el del antropólogo Felipe Landa Jocano, Growing
up in a Philippine Barrio (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1969.)
por debajo de los párpados de sus viseras pajizas. El talisay se sentía feliz y eterno; eterno no sólo en su existir sino en la vida también de lo que en torno suyo palpitaba, y creía que siempre, siempre, tendría a sus pies aquel huerto regado con amor por la mano de un hombre y que este hombre iba a perpetuarse también en el lugar, a su lado, con la gran camaradería del indefinido vivir cotidiano. El talisay no sabía nada de las luchas del alma con la carne, de las disciplinas por enderezar hacia el bien el continuo desviarse del hombre hacia el mal, de la turbia marejada humana, gastando su fuerza por la fuerza y su vida por la vida, en ese morir para vivir que es la existencia. El talisay, dentro de su eterna primavera tropical, creía en la felicidad de todos tal como él la sentía cuando el vigor ascendente de la savia que de la tierra le llegaba, le impregnaba, para robustecerse aún más con aquel otro alimento que tomaba del aire y del sol, de la humedad de la lluvia y el relente de las noches; y del beso cálido de las auroras y de las brisas, esponjando su follaje. El talisay bendecía a Dios por lo que a él le daba y por los dones que suponía recibía todo lo creado, en especial el hombre. El talisay no sabía que existía el diablo. Algún mal espíritu quizás al que Dios permitía que le mortificase un poco en los largos estiajes o los violentos huracanes, pero después de ello el bien y la bendición se gustaban mejor y aquel pequeño mal era sólo una preparación para el mejor goce. El talisay, ¡ay! vivía en estado de inocencia, porque no había conocido ni heredado el pecado original.
Y ahora después de muchos años estaba allí, viviendo la madurez de su soledad aparente, sin compañía vegetal alguna, ni hogar al que dar sombra. Esta sombra la pintaba la aurora
sobre la tierra en el lado opuesto al de la salida del sol. Una sombra alargada que iba mermándose y recogiéndose sobre sí misma hasta meterse debajo del tronco y desaparecer al mediodía, para volver a asomarse por el otro lado y estirarse, estirarse con el ocaso, muriendo en la noche. No había casa
ni jardín que le acompañasen de cerca. La nueva casa, que
surgió unos años después de desaparecer la que él protegía, y
el huerto que se formó en torno de aquella, estaban alejados,
al otro lado de la calzada. Frente por frente a él quedaba la
encrucijada del camino con una carretera corta que moría
delante de la nueva casa y el canal del riego para la huerta
que se cubría con un imbornal* limitado por dos bancos de
piedra. El imbornal había existido siempre porque era el
mismo canal el que regaba la huerta antigua. Y el agua del
canal discurría cristalina y lírica por debajo de aquél. Los
demás árboles del huerto habían desaparecido, por el rayo, por
sequías prolongadas o por el hacha del hombre que necesitaba
el terreno para otras siembras. En efecto, en una ocasión le dio
a aquel por plantar caña de azúcar, y fue precisamente cuando
se levantó la casa nueva y vinieron unas gentes blancas como
su amigo el párroco. Pero a él le respetaron siempre, no sabía
por qué, pero le respetaron. En torno suyo crecía ahora la
caña, y el arado daba un rodeo para no tocarle. El talisay tenía
la protección de algún ser ultraterrenal. Él lo ignoraba pero
lo sospechaba el cocinero Epifanio y años más tarde lo supo
Juana la criada de la casa de los amos del lugar. Pero ignoraba
entonces la historia de esa protección, y si conocía algo de ella,
el conocimiento era muy limitado.
El talisay estaba habitado. Pero no por asuang sino por
un espíritu indefinido y desconocido para el pueblo. Epifanio
lo sabía y tenía cierto trato con el huésped del talisay, así
como con la huéspeda del imbornal; porque también el
imbornal era hogar de un espíritu. En noches de luna clara,
Se llama así en Filipinas el paso cubierto de
5 Nombre general que se da a los duendes en un canalillo en el cruce de dos caminos. dialecto visava.
Cuando Epifanio volvía del pueblo de hacer su compra, le salía
al paso el habitante del talisay, y otras veces, oía una canción
dulcísima cantada por una voz que emergía del imbornal. El
espíritu tenía la figura de un fraile. No le hacía daño ni le
habló nunca, pero no le dejaba pasar y le entretenía cuando
llevaba prisa. Si a Epifanio le reñían por llegar tarde, se
excusaba con que el fraile del talisay le había impedido seguir
por más que intentase esquivarle encontrándole siempre como
una barrera delante de él.
—Tú estás borracho Epifanio —le decía entonces Juana—.
Y ves visiones.
Pero Epifanio juraba que no había bebido ni una gota ese
día y le soplaba el aliento a Juana para que comprobase que
no llevaba olor a aguardiente ni a tuba6
. Juana le llamaba «marrano» y salía de estampía para no ser víctima de otros
atropellos.
Esto sucedía cuando yo tenía nueve años7 y vivía en la
casa nueva de la hacienda azucarera. Los amos eran mis
padres, y éramos seis hermanos. A mi curiosidad infantil le
intrigaban mucho los cuentos de Epifanio, pero como Juana
no los confirmaba, poniéndolos siempre en duda, la curiosidad
se hacía débil y se difuminaba en los juegos y en el interés por
otras cosas.
Una noche Epifanio llegó pálido y sudoroso. Apenas podía
hablar.
—Y hoy ¿qué te ocurre que vienes así? —preguntó Juana.
—¿Para qué te lo voy a contar si no me lo vas a creer?
—respondió, fatigoso, el cocinero.
6
Bebida que se hace fermentando el líquido
7 «Recuérdese que Adelina nació en 1896,
que segrega la flor truncada de varias palme- justo al comenzar la revolución filipina frenras de Filipinas. te al gobierno colonial español, de modo que
después de nueve años nos sitúa en 1905,

—¿El pari otra vez? —inquirió Juana burlonamente.
—Mira Juana, tú tienes que pasar por el talisay entre las
ocho y las diez de la noche y algún día verás al pari y quizás a
la mujer del imbornal.
—Ah, ¿pero también hay una mujer en el imbornal?
—No te he dicho mil veces que he oído canciones cantadas
por una voz de mujer, melodías dulcísimas como venidas de
otros mundos.
—Sí.
—Pues hoy la he visto por primera vez. Oí la canción
celestial y me paré a escucharla, fijos mis ojos en las aguas del
canal. De pronto, vi que flotaba en ellas una túnica blanca
terminada en una cabeza bellísima de mujer, una mujer pálida
con una cabellera de oro que flotaba también sobre las aguas.
—Pero qué borracho estás Epifanio —le recriminó Juana.
—Pero rayo, si estoy más sobrio que el señor obispo de
Jaro8 ; la vi en el canal y luego surgió de él alta y esplendorosa,
blanca, blanca toda, los pies desnudos como la flor del algodón
que siembra el amo, el pelo como el palay maduro y las manos ;
la cara y todo, todo, blanquísimo.
Estábamos los hermanos arremolinados en torno a Juana y
yo me atreví a opinar.
—Juana ¿por qué no lo crees? Tú prueba a pasar muchas
veces por el talisay de ocho a diez como te dice Epifanio, a ver
si la ves alguna vez.
—Está bien, si me acuerdo lo haré después de que os haya
acostado a todos.

*La diócesis de Jaro se estableció en 1865 asolicitud de la reina Isabel II. Tenía jurisdicción sobre una gran extensión territorial queincluía la isla de Negros en la que se desarrollan los cuentos. Su sede estaba en la isla dePanay que pertenece al grupo de las islas Visayas y está situada en el centro del país.
¿Y no te da miedo, Juana? —pregunté admirando su valor.
—¿Cómo me va a dar miedo si no lo creo? Yo sé que hay
asuang, pero estos son, o turnaos, o tictiques, bagats9
, pero nunca un fraile ni una mujer blancos. No hay asuang blancos
en Filipinas.
—Bueno, pues aunque no lo creas, si no tienes miedo vete
donde el talisay. Yo te lo recordaré.
Y a partir del día siguiente Juana iba todas las noches
a pasear frente al árbol misterioso y el aún más misterioso
imbornal.
De una de estas salidas, Juana no volvió, pero nadie se
dio cuenta de ello hasta el día siguiente, porque Juana era la
última que se acostaba de la gente de mi casa. Como también
era la primera que se levantaba se la echó de menos enseguida.
Los criados la buscaron y la encontraron, tendida al borde del
canalillo, sin conocimiento. Nadie consiguió arrancar de ella
una explicación de lo sucedido y se excusaba alegando que
quizás se resbalase y se diese en la cabeza un golpe que la dejase
sin sentido. Los señores de la casa no se enteraron de este episodio porque cuando les hizo falta el servicio de Juana, ésta ya estaba metida en las faenas del hogar. Y nosotros, los niños,
tampoco supimos de aquella noche pasada en compañía, quizás, de los fantasmas.
Lo único que sucedió fue que Juana jamás se volvió a reír
de lo que Epifanio le contaba, en las noches que llegaba tarde a
hacer la cena, ni le reñía, ni encontraba anormal su conducta.
Suplía su ausencia poniendo a hervir la tinola™ y mondando las
patatas para que la cena estuviese a su hora, a pesar del retraso
del cocinero.
Duendes con distintos modos y procedímientos de vida y de venganza
10
Gallina hervida con patata y papaya
—Juana, ¿crees ya lo que te cuenta Epifanio? —La pregunté
en una ocasión.
Dudó un rato para preparar la respuesta.
—Bueno, sí —-tartamudeó Juana—, ¿y para qué le voy a
llevar la contraria? —concluyó.
A mí no me satisfizo la respuesta.
—Pero ¿crees o no? —insistí.
Juana se puso muy seria.
Indayu
, cuando seas mayor contestaré a esta pregunta, y te
pediré que me ayudes en una cosa —dijo solemnemente.
—Dímelo ahora y te ayudaré enseguida.
—Ahora no puedes ayudarme, y no debes saber mi
respuesta.
—¿Cuándo voy a ser mayor?
—Cuando cumplas los dieciséis años.
Estaba desplumando un pollo y se levantó para tirar las
plumas en el fogón.
Yo quise insistir, pero ella salió al pantauu
y cogió agua de una tinaja para poner el pollo a hervir. A un lado tenía peladas,
limpias y cortadas en rajas longitudinales las papayas verdes que
debían cocer con el pollo. Echó leña al fuego y colocó la olla
sobre la placa caliente. Se volvió a sentar en el suelo y se puso a mascar buyo™.
Ese año me enviaron a Manila a estudiar. La novedad de la
capital, los libros y las compañeras de clase me hicieron olvidar
a Juana. Sólo por las tardes en la melancolía de los ocasos, que
coincidían con la hora de estudio, volvía a surgir el recuerdo
de mi hogar, de los cañadulzales, de las calzadas polvorientas,
11
Nena.
13
Mascada de hojas de betel, nuez de areca
‘2Plataforma de madera incorruptible que y cal.
separa la cocina y habitaciones para la higiene, del resto de la casa.
de las riberas bordeadas de tigbawalesw donde miles de
mayas™ hacían su nido para que los chicos nos apoderásemos
cruelmente de los huevos blancos destinados a romperse
en pajarillos y cuyo destino truncábamos comiéndonoslos
crudos, con cascara y todo. Y entre los recuerdos surgían
Juana y Epifanio y siempre, siempre, el talisay con su misterio
escondido en su tronco y el imbornal de enfrente. Y así un
año y otro, contando los que iba cumpliendo hasta llegar a los
dieciséis. Aquellas vacaciones, Juana tenía que revelarme el
misterio del talisay y pedirme el favor que me había anunciado.
Ya no era una curiosidad infantil la que me intrigaba y me
hacía partícipe del misterio del talisay. Me consideraba una
mujer, tenía estudios hechos, había empezado a comprender
que del alma iba surgiendo un calor, desnudándose un fuego,
algo así como un rescoldo fuerte, cubierto con cenizas que una
mano iba aventando suavemente echando al tacto exterior el
calor, cada vez más fuerte a medida que la capa que lo cubría
se iba haciendo menos espesa. Pero esa brasa encendida no
era una cosa material; no era el despertar del instinto en el
organismo, cuando alcanza su desarrollo, avivando exigencias
dormidas en lo embrionario. No, ésta era una fuerza espiritual
cuyo latir se hacía cada vez más vigoroso y que incluso apagaba
o frenaba la carrera de lo fisiológico, inundando el ser con la
curiosidad de la vida impalpable. Yo sabía que había un Dios,
una Madre suya, muchos ángeles y muchos santos, pero todo
esto pertenecía a lo invisible, a ese mundo que los sentidos
no captan pero que pone una sed escocida en esa otra cosa
impalpable que se llama el alma. Pues si nos habían enseñado
en el regazo maternal y en las aulas del colegio, que existía este
mundo así poblado, también podían alentar en el mismo otras
Donde crece una planta llamada tigbaw
15
Pájaro pequeño que vuela en bandadas,
parecida al carrizo.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
cosas y otros seres que acompañasen la existencia material de
los hombres, con mandatos, con susurros, con bendiciones y
también, ¿por qué no? con influencias maléficas, maldiciones y
venganzas. También existía el diablo y el diablo había de tener
asimismo su cortejo infernal.
A ese mundo, bueno o malo, podían pertenecer el pari del
talisay y la dama hermosa del imbornal. Por eso, a medida que
el rescoldo fue irradiando su calor a través de la ceniza que le
tenía oculto, me fue interesando más y más el caso del árbol y
su leyenda.
Como siempre, regresé a la hacienda para las vacaciones.
Hacía ya tres o cuatro años que no pasaba las veladas con
Juana en la cocina. Conforme iba creciendo fueron exigiendo
mi presencia en la sala y en la tertulia familiar. Se agrandaban
las distancias horizontales y verticales. Yo era la señorita y
Juana la sirviente. Pero ella, me había visto crecer y seguía
llamándome Inday. Y en correspondencia a ese orgullo que
sentía por haberme servido siempre, yo guardaba el calor de
gratitud y de cariño por sus cuidados, sus ternuras y su amor16
.
Y por si todo esto fuera poco, existía entre ella y yo ese enigma
del talisay que teníamos que descifrar. Esa respuesta que había
de dar Juana a mi pregunta de niña y ese favor que tenía que
pedirme cuando recibiese aquella.
«Ahora no puedes ayudarme y no debes saber mi
respuesta», me dijo entonces.
Pero había alcanzado la edad señalada, podía ayudarle y
tenía derecho a saberla.
Y se la exigí.
‘La relación que la autora muestra
con Juana es muy personal, como deja
traslucir en los cuentos que publicó; no
obstante, en este relato inédito se acentúa
su profundidad. Será la aventura en torno
al talisay la que explique mejor su cercanía.
Como vimos en la introducción, uno de los
temas centrales que subyacen a la trama
sobrenatural son las relaciones entre los nativos y los colonizadores.
CUENTOS DE JUANA
•—-Pero, ¿crees o no crees, Juana?
Y esto fue lo que me contó.
Tenía que creer porque lo había visto muy claro. Aquella
noche que pasó fuera de casa, había ido tal como me prometió
a pasear un poco frente al talisay. Eran las nueve de la noche.
En ninguna visita anterior logró ver cosa alguna extraordinaria
ni anormal, e incrédula y distraída, daba paseos para arriba y
para abajo, dispuesta ya a regresar al hogar y acostarse. En el
término de unos minutos salió la luna y el campo se iluminó,
una iluminación clara y plateada con contrastes de sombras
vegetales que hundían el paisaje en una irrealidad. La noche
tropical era cálida y bochornosa, con ese ruido sin ruido de las
cigarras que hacen silencios con su inapreciable monotonía.
La falta de perspectiva hacía del talisay una masa oscura
cobijadora, pero el imbornal con sus dos guiones encalados de
piedra armada resaltaba sobre la corriente, hundida en la grama
que bordeaba el canalillo. Un guiño de la luna bajó el párpado
de una nube y en la sombra del minuto surgió el pari desde el
talisay, y la fontana de una túnica blanca empenachada por una
cabellera rubia de debajo del imbornal. Juana creyó que era su
vista la que se había oscurecido y que las visiones eran fruto de
una alucinación patológica. Pero ¿por qué precisamente iban a
ser el pari y la mujer blanca?
Sus piernas se doblaron y cayó al suelo. Lo que ocurrió
luego no sabía si lo soñó. Pero la impresión fue tan fuerte que se
creyó obligada no sólo a guardar el secreto sino a realizar tan
pronto pudiese lo que los fantasmas le habían suplicado hacer.
Juana sabía que sólo con la ayuda de un blanco podría llevarlo
a cabo. Y el único gran amigo blanco que tenía era yo.
Por eso tuvo que esperar a que cumpliese dieciséis años.
Cuando Juana cayó al suelo, una nube muy espesa cobijó
a la luna y se hizo más acentuada la oscuridad, pero a ambos
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
lados suyos quedaron arrodillados el fraile con su hábito blanco
y la mujer en su túnica blanca también, destacando sobre el
fondo de negrura de la noche. Ella sentía el aliento de sus bocas
vagar sutilmente sobre su cara, un aliento fresco con olor de
tanglad’17
y de azahar. Pero sus rostros eran tan inexpresivos que
por ellos se convenció de que estaban muertos. Adivinaba que
querían hablarle. Sin embargo pasaban los minutos y no decían
nada, con las pupilas turbias fijas en el pecho de Juana y las
manos rígidas entrelazadas sobre los suyos propios.
Juana fue la primera que habló.
—¿Estáis en el infierno?
—No —dijo el fraile—, vivimos en un mundo del cual no
podemos salir para entrar en el mar de la Gloria de Dios. Antes
de que una mano piadosa haga desaparecer unas cartas…
—Unas cartas —interrumpió la mujer con la misma voz
monótona fantasmal del fraile— que no debí de haber escrito
nunca.
—La culpa fue mía, la culpa fue mía por no haberlas
destruido, por no haber previsto el mal que podían haber
traído.
—Si yo no las hubiera escrito, cometiendo un pecado y
haciendo pecar.
Y la voz se hizo más cavernosa pasando como un aliento de
expiación sobre la rigidez alba de las dos figuras.
Y se hizo un silencio que pesaba sobre el pecho de Juana
con un ahogo de angustia. Juana habló al fin para tratar de
librarse de ella.
—Y ¿qué puedo hacer yo, si soy una pobre sirviente nativa
sin poder para nada?
Planta de hojas largas y olorosas.
::E1 cymbopogon o andropogon citratus, se utiliza
como hierba medicinal y en la cocina por su
aroma que parecido al del limón hace que
en inglés se la conozca como lemon grass o
hierba de limón.
CUENTOS DE JUANA
•—Eres nativa —replicó el fraile—, pero vives con castilas™,
y tú o tus amos podrán introducirse algún día en el convento
del párroco del pueblo y extraer del archivo la caja que contiene
las cartas.
—Tienes que hacerlo, Juana, tienes que hacerlo para que
nosotros podamos volar a Dios —dijo la dama blanca.
Y como si el fraile no la hubiese oído continuó dando
instrucciones.
—En el último anaquel, junto al techo, en la esquina pegada
a la ventana, detrás de unos libros de partidas de bautismo,
comidos ya por el anay». Haz desaparecer la caja, Juana, hazla
desaparecer del mundo vuestro, por la salvación de tu alma y de
las nuestras.
—Hazlas desaparecer —repitió como un eco la voz grave y
doliente de la mujer— hazlas desaparecer, lo más pronto posible
para librarnos de la cadena que nos ata al talisay y al imbornal.
En este momento llegó hasta Juana, cabalgando sobre la
oscuridad y el olor fuerte de las madreselvas, la voz del reloj
del comedor abierto, que daba las doce de la noche. Con cada
toque las figuras se iban haciendo más tenues como si las fuese
desvaneciendo gradualmente el sonido del reloj y las voces se
iban apagando en su cantinela lúgubre de súplica trágica, tras
de cada golpe:
—Hazlas desaparecer, hazlas desaparecer, hazlas
desaparecer…
El estribillo en dúo quedó cortado con la ausencia de los
dos espíritus al toque último de la medianoche.
En ese momento salió la luna y como un lamento, más que
como una frase, la voz lejana de la dama blanca ululó estas
palabras:
18
De Castilla, castellano: nombre que los
19
Termita,
naturales de Filipinas daban a los españoles.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Pero guarda el secreto si no quieres ser maldita.
Juana perdió el conocimiento y ya no supo si la luna estuvo
encendida toda la noche o si la raptó de la tierra la envidia
de los nubarrones. Ya no se dio cuenta de nada basta que a la
mañana siguiente la despertaron los criados de la casa, que
dormían fuera de ella.
Y tampoco supo si había soñado, tan sólo soñado. Pero en
su oído quedó resonando con lamento de caracola, la súplica y la
maldición profètica. «Hazlas desaparecer». «Pero guarda el secreto
si no quieres ser maldita».
Juana hubiera querido actuar enseguida y, enseguida
también, hacer desaparecer la caja de las cartas. Pero ¿cómo? En
el convento vivía el bata20
, que era al mismo tiempo el sacristán,
y servía como cocinero un hombre muy viejo llamado Ticong,
(su nombre era Escolástico) Juana conocía a Ticong. Había sido
cocinero de Doña María, su antigua ama, antes de entrar al
servicio del Señor Cura, del Padre Andrés. Cuando Juana, de
mocita, le conoció, era ya hombre maduro. Juana no sabía dónde
había servido antes. Y trató de averiguarlo.
A ella no le daba tiempo de ir a misa los domingos. Eso
era cosa para los amos únicamente, que no tenían que aviar
la casa y podían hacer los cuatro kilómetros que distaba la
hacienda del pueblo en un quiles2
^ tirado por una vaca22
o en un
carruaje al que se enganchaba el Moro23
de la cuadra del señor.
Pero en Semana Santa sí la dejaban ir al pueblo para los cultos
de la Pasión y también acompañaba a las niñas cuando había
que llevarlas a las flores de Mayo. En una ocasión como ésta
Criado joven. *Este sustantivo perteneciente al tagalo se refiere a «un chico o muchacho». Es homógrafa a otras formas diferentes en su pronunciación. Como adjetivo
a partir del anterior significa «inmaduro» o
«joven».
Especie de tartana.
«Probablemente se trata de un carabao.
»El caballo.
CUENTOS DE JUANA
Juana dejó a las niñas que iban a la procesión en casa de Doña
Rosaura, la maestra del pueblo, y pidió permiso para ir a ver a
una comadre.
Se fue al convento. Subió a la cocina por la escalera de
bambú del uso exclusivo de la servidumbre. Ticong estaba
degollando un pollo y después de cortarle la cabeza lo tiró sobre
la plataforma de madera que separaba la cocina del cuerpo
principal de la casa parroquial. Sobre tal plataforma el animal
decapitado seguía dando volteretas por impulso mecánico de su
sistema nervioso.
—Buenas tardes Ticong •—le saludó sacando de su cintura
un envoltorio.
—Buenas tardes. ¿Has venido de compras? —preguntó
aquél extrañado de la visita.
—No, he venido acompañando a las niñas y me acordé de
traerte un poco de butung-butung24 •—y le entregó el envoltorio.
—Gracias, pero mal tengo ya la dentadura. El buyo no me
sirve y el humo del tabulait25 apenas me mata el bicho que me
causa el dolor en las muelas.
—Insiste con el tabulait que al fin acaba por matarlo —le
aconsejó Juana.
—Ya lo hago, ya lo hago.
—De joven ¿no te lavabas los dientes con polvos de
carboncillo de bonga26 quemada? —insinuó Juana para ver si
conseguía que le hablase de sus tiempos de mozo.
24
Golosina hecha con el almíbar de la caña
de azúcar, dejándolo enfriar cuando está a
punto de cristalizar, y estirando y plegando
continuamente la masa correosa hasta dejarla dorada.
2 5
Fruto de un arbusto. ‘Solanum cumingii,
planta autóctona de Filipinas que recibe diferentes nombres en las distintas lenguas del
archipiélago. De entre 30 y 60 centímetros
de altura, tiene flores violáceas, se utilizan
tanto las hojas como las semillas en preparaciones que sirven para mitigar inflamaciones
y en particular el dolor de muelas.
Nuez de areca. *En Filipinas esta nuez
carbonizada y después pulverizada se utiliza
para blanquear los dientes.
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
—No tenía mucho tiempo para esas cosas. Vivía yo
entonces lejos del pueblo.
—¿En dónde?
—-¿En dónde? Pues donde vives tú ahora, sólo que entonces
la casa estaba unos metros más cerca de la carretera, junto a un
talisay.
—¿Y con quién vivías tú allí? —preguntó Juana encantada
del giro de la conversación.
— Ah, entonces aquello era un barrio, un barrio con pari y
yo vivía con él.
— ¿Y cómo desapareció ese barrio}
—Huu, eso es largo de contar. Fue una historia triste.
—Anda hombre cuéntamela; ya sabes cómo me han gustado
siempre las historias tristes.
Y Juana se sentó en el suelo y comenzó a tomar su mascada.
—Sí, sí, pero esto fue una pena. ¡El pari Javier era tan
bueno!, luego se trastornó, o se enfermó o algún asuang le echó
mal de ojo. El caso es que el Pari andaba como sonámbulo, y
hablaba solo y se levantaba a media noche o de madrugada y se
paseaba como un loco por el jardín.
—Estaría loco de verdad.
—No, no, una noche le vi llorar. Se postró de rodillas en
medio del huerto y decía en castila27
: «Arráncamela del alma,
Señor, arráncamela de los ojos y de la memoria y de la sangre,
de la sangre, Señor, arráncamela.» Y después de eso se tiró de
bruces sobre el suelo y lloró. Yo no me atreví a ayudarle, porque
los castilas se enfurecen cuando nosotros los nativos nos damos
cuenta de que también tienen debilidades28
.
—¡Qué extraño! —exclamó compasiva Juana.
En castellano. la autora muy a propósito de las relaciones
*Otro de esos interesantes comentarios de entre los nativos y los colonizadores.
CUENTOS DE JUANA
—Sí, era extraño, pero que Dios me perdone si pienso que en
ello, y aunque fuese pari, andaba una mujer.
—Sus, María, Usep —se santiguó Juana—• eso es pecado.
—Sí, es pecado, pero nadie está libre del pecado. Pari Javier
era un santo y antes de recibir unas cartas que le llegaban
de allá de su tierra, era jovial, trabajador, e incansable en
enseñarnos el catecismo, la bondad y la caridad. Luego se puso
triste y flaco y pálido y amarillo con una cosa que los castilas
llaman melancolía.
—¿Por culpa de las cartas? — inquirió Juana, deseando más
detalles sobre el tema.
—Por lo menos ellas fueron el principio de su mal. Y venían
de una mujer, que yo vi firma en una de ellas y decía «Rosario».
—Tú verías la firma, pero si no leíste la escritura, la firma
podía ser de cualquiera de su familia.
—Nunca había recibido carta alguna de nadie. No tenía
familia o no se acordaban de él, porque nadie le escribía,
pero cuando empezaron a venir esas cartas, fueron como un
vendaval que arrasa y destruye cuanto encuentra a su paso,
como una inundación que al bajar deja todo enterrado en cieno.
Ticong calló y Juana insistió.
—Y ¿qué pasó por fin con el pobre Pari}
—Le quitaron de allí y se lo trajeron al convento del pueblo.
—¿Por qué? —insistió Juana.
—Por qué… pues porque se dieron cuenta de que le ocurrían
cosas extrañas —contestó el viejo Ticong algo molesto con las
preguntas de Juana.
—Y tú ¿te viniste al convento con el Pari} —continuó aún
Juana.
—No mujer, no, yo me quedé allí en la casa cuidando de las
cosas del Pari —replicó con impaciencia el viejo.
—¿Hasta cuándo?
CLÁSICOS H1SPANOFILIPINOS
—¿Y a ti qué te importa todo esto? —gruñó Ticong fuera
de sí.
—Hombre no te enfades —suavizó Juana— es por mera
curiosidad. Como hace tanto tiempo que no nos vemos… pues…
es por saber de tu vida.
—Demasiada curiosidad y… comprendo que quieras saber
de mi vida más reciente, pero no de lo que ocurrió hace treinta
años.
—Nada, nada, no cuentes más y no te enfades, perdona
hombre. Al fin y al cabo a mí de qué me sirve enterarme de
cosas.
—Eso digo yo —murmuró más calmado el cocinero, y
continuó— las mujeres siempre queréis enteraros de todo.
—Algo hay que hacer, y es agradable escuchar historias y
repetirlas luego ante otras personas.
—Pues esta historia no es para irla cantando.
—Razón tendrás —contestó Juana con indiferencia fingida.
Resbaló otra pausa sobre un silencio.
—Te voy a ofrecer un trago de una tuba especial —rompió
Ticong.
—No gracias, no bebo.
—Pruébala, esto no lo has catado nunca. El pari Javier la
tomaba y hasta le calmaba los nervios.
—De bastante le sirvió si al fin se murió.
—Mujer, se murió, bueno se murió porque… no, no,
—clamó con rabia el viejo— no es porque tenía que morirse,
porque joven y fuerte lo estaba.., pero aquello fue obra de un
asuang. Yo creo Juana que del bagat29
.
—¿Por qué el bagat precisamente?
‘Para seguir la discusión sobre los seres
sobrenaturales entre Ticong y Juana véase la
introducción.
CUENTOS DE JUANA
—Pues creo que el bagat —comenzó Ticong a titubear—
creo, en fin que quería vivir en el talisay y la presencia del pari
Javier lo impedía. Los asuang son cosas del demonio y el pari
llevaba la cruz siempre con él.
•—Pues tiene más trazas de que fuese un tamao, que son los
que desean habitar en los árboles —replicó Juana.
—No, no, tú no comprendes, era un bagat, tenía que ser un
bagat.
—No sé por qué Ticong —le discutió Juana—; pero en fin
tamao o bagat pudo más —siguió Juana, escupiendo luego la
salivación roja de su mascada.
—No pudo —chilló el viejo con amor propio herido— no
pudo porque aún no ha conseguido vivir en el talisay.
—El tamao mató al pari y el talisay está habitado.
Pregúntaselo a Paño (Paño era Epifanio) —recalcó Juana.
—Nada me importa lo que diga Paño, pero el bagat no vive
en el talisay.
—Tú no sabes nada de eso —le espetó Juana tratando de
exasperarle para que hablara—. ¿Quién habita el talisay más
que el tamao}; el tamao que venció al pari Javier.
Era más de lo que Ticong podía soportar. Cogió a Juana de
una muñeca la hizo levantar del suelo y la llevó a la ventana.
Allí le susurró al oído con mucho misterio:
—Para que lo sepas, yo soy el único que sabe todo. Y te diré
que el talisay está habitado por el alma del pari Javier.
—Sus, María, Usep —volvió a invocar Juana—, tú estás
loco, las almas de los castilas se van al cielo o al infierno pero
no a los talisays30
.
—Rayo de mujer —gritó exasperado Ticong— no estoy
loco y te diré otra cosa. Si alguien pudiera enterrar al pie del
*Ante la desgracia y la muerte el destino tivos. Véase en la introducción el apartado
de los castilas es el mismo que el de los na- sobre la religiosidad primitiva.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
talisay una caja que contiene las cartas de aquella mujer, el pari
se vería libre de su cárcel dentro del árbol y además el bagat no
podría ya nunca tomar posesión de él.
—¿Y por qué no haces tú eso para ayudar a tu antiguo amo?
¿Por qué le tienes allí condenado si puedes evitarlo?
—’Rayos y demonios otra vez. Cómo voy a llevar allí las
cartas si el bagat… bueno.., bueno he hablado demasiado y no
digo una palabra más, ¡hala!, ¡sulung^l, y llévate tu butungbutung, que sólo de verlo me están doliendo las muelas.
La empujó hacia la plataforma donde descansaba la escalera
de bambú para los criados. A Juana le dio miedo la actitud del
viejo y no quiso ofrecer resistencia. En el suelo yacía el pollo
muerto y la cabeza con los párpados cerrados entre el pico
blanco y la cresta desteñida, sola y alejada del cuerpo, le dio un
escalofrío.
Bajó deprisa la escalera, arrojada por Ticong que repetía
cada vez más reciamente: «\Sulung, sulungV.
Abajo, el huerto estaba ya anegado en sombras, mientras el
sol se ponía rápidamente. El relente olía a flores en la oscuridad
y Juana apresuró el paso para salir de ella. Atravesó la cerca de
madera vestida con el verde de las enredaderas y respiró más
libremente en el espacio abierto de la calle.
Las campanas de la iglesia comenzaron su repique y su voz
volaba sobre la ñipa de los techos, sobre las planchas de hierro
galvanizado que cubrían las casas ricas.
Las estrellas se asomaron para ver cómo la Reina de los
cielos entraba en la iglesia de vuelta ya de su gran paseo con
un cortejo de niñas y de almas blancas. Tules y flores sobre las
cabezas, canciones en los labios, llamas de fe en los pechos.
Juana nos llevó de la mano al quiles que esperaba en la esquina
Largo de aquí.
CUENTOS DE JUANA
enganchado a una vaca. Y el trote corto de ésta nos durmió,
mientras Juana atisbaba con pavor la negrura de las sombras
del camino.
Juana habló otra vez con Ticong cuando el padre Andrés
fue a la hacienda a visitar a los amos. Ticong hacía de cochero
del padre siempre que no había otro que lo hiciese. El padre se
quedó a comer y Ticong pasó a la cocina a hacer lo propio con
el servicio. El viejo cocinero parecía triste, recordando el lugar.
Después de la comida Epifanio se marchó al pueblo a hacer
la compra y el criado tuvo que bajar al río con las latas y la
pinga32 en busca de agua. Juana le miró alejarse con satisfacción
porque quería quedarse a solas con Ticong.
Cuando vio su silueta en mitad de la plaza, la pinga sobre el
hombro derecho y las dos latas balanceándose colgadas de los
extremos, trató de iniciar una conversación con el cocinero.
—Te encuentro callado y triste, Ticong. ¿Es que te ha
sentado mal la comida? —preguntó Juana.
—Estoy haciendo bien la digestión y la comida fue de
mi gusto; bien te lo demostré eructando dos veces cuando
acabamos —calló para recordar—. Estoy mirando el talisay.
Está hermoso pero muy solo.
—Solo no, que dentro le acompaña el pari Javier y enfrente
tiene a la mujer blanca.
—Esa no me importa, pero el pari Javier sí. Fue bueno,
bueno, y me da mucha pena su mala suerte.
Juana puso delante de Ticong un tabo33 lleno de tuba bien
fermentada. Ticong comenzó a beber.
—Y además, cuánto sufrió antes de morir, sufrió hasta
volverse casi loco.
Juana callaba y le dejaba hablar. Ticong bebía.
Tira ancha de bambú que sirve para llevar apoyado el centro sobre el hombro.
dos recipientes colgando de sus extremos y Recipiente hecho con la cascara del coco.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Cada vez que recibía una carta de allá y de ella,
quedaba días y días callado, con la cara desencajada, las
orejas hundidas y los ojos entornados a veces, y otras muy
abiertos, como los de un loco. Y de noche no dormía. Se
revolvía en su cama, rugiendo a ratos, y a ratos sollozando
hasta que se levantaba y andaba por el huerto.
Y así toda la noche y así casi todas las noches.
Juana escuchaba. Ticong bebía. Cuando se vació el tabo
lo volvió a llenar hasta tres veces. Después de eso el cocinero
hablaba y hablaba y hablaba. Y Juana se enteró de todo. De
cómo llegó al convento la murmuración sobre la locura del
padre Javier, de cómo se le llamó y tuvo que dejar el lugar, de
cómo un día recibió una carta que dio al traste con su entereza
y le hundió en una crisis desesperada. Y cómo, más tarde, llegó
la noticia de que un barco que venía a Filipinas naufragó en el
mar de la China, pereciendo el pasaje y la tripulación, cuando
casi tocaba el puerto de Manila.
En ese barco venían varios frailes de la misma orden del
Padre Andrés y un militar con su esposa. La mujer era ella. El
padre Javier se desmoronó en el colmo de su dolor. Y una noche
huyó del convento.
El hábito blanco cruzó las calles dormidas del pueblo a
las que la luz de la luna apenas llegaba, filtrada por el ramaje
del arbolado que las sombreaba. Con las manos sujetando
algo debajo del brazo izquierdo, el pelo encrespado y el hábito
extendido por el viento hacia atrás, su figura pasaba en trágica
carrera por entre la paz y el descanso cobijados por las ñipas y
los tabiques de tiras de bambú. Era la hora del sueño profundo
y ni los animales le sintieron casi. Apenas un ladrido, ya en
las afueras, cuando dejaba el poblado y se alejaba, cada vez
más enloquecido, por el camino estrecho —entonces sólo una
vereda— que ahora era ya la calzada real. Y el eco de la voz
CUENTOS DE JUANA
de los canes, se fue debilitando en la distancia y en las matas
espesas de tigbaw, de ricino, de tuba-tuba34 que bordeaban
el paso, estrechándolo con su follaje. El piso irregular le hizo
caer varias veces antes de llegar y en los riachuelos que tuvo
que cruzar, se le embarró el hábito mojado por el agua. Obseso
y alucinado llegó al talisay y a la casa. El caserío del barrio,
alejado de ella casi trescientos metros, soñaba su descanso a lo
largo del río.
El padre Javier se tiró al suelo, dejó a un lado la caja que
traía y con las uñas comenzó a cavar un hoyo al pie del talisay.
Jadeaba, y su jadeo, ruidoso y trágico despertó a Ticong.
—Me levanté muy despacito y miré por las cañas del suelo,
por si alguien debajo de ellas intentaba lancearme. Como no
vi a nadie me asomé con mucho cuidado a la ventana. El pari
Javier, como un perro con prisas de enterrar el alimento, cavaba
y cavaba con las uñas. Quise bajarle un azadón pero dudé y
mientras vacilaba, ocurrió una cosa terrible.
Ticong hizo una pausa, se llevó las manos a la frente y se
limpió el sudor, transpiración de vino y de terror. Juana no
quiso instarle a que reanudara el relato y esperó callada.
—Dame agua —murmuró Ticong— y no me traigas más
tuba, que tengo que conducir el quiles de vuelta al pueblo.
Juana se fue al pantau y enjuagó el tabo llenándolo después
con agua limpia de las tinajas. Ticong bebió, vertió el agua
sobrante sobre su cabeza y se encontró mejor.
—Una cosa terrible —repitió— no sé qué fuerza invisible
pareció agarrar al pari Javier del cuello, lo levantó haciéndole
girar para atrás sobre sus rodillas y lo apretó luego contra el
suelo. Un estertor salió de su garganta. Venciendo mi horror al
asuang bajé corriendo a ayudarle, pero el Pari yacía ya muerto,
Planta muy corriente en la vegetación de Filipinas.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
su cara hundida en un charco de sangre que de su boca manaba
hasta el suelo. En el cuello tenía las huellas rojas de unas uñas
de un tamaño gigante. Le había estrangulado el bagat.
—¿Por qué te empeñas en que tiene que ser el bagat? Los
bagats no suelen matar directamente.
—Es extraño sí, pero lo que nunca ha sucedido, es que un
tamao te salga al paso en una calzada y no te deje continuar tu
camino.
—Este asuang ¿lo hace? —preguntó perpleja Juana.
—Lo hace, sí; pero eso no importa ahora. El caso es que
en aquel momento no me di cuenta de la terrible situación en
que me encontraba, pero luego pensé que podían echarme la
culpa de la muerte del pari Javier. Sin embargo, a mí lo que más
me preocupaba era realizar lo que hubiese querido terminar
de hacer el Pari. Quise enterrar la caja y fui en busca de un
azadón. Empeño inútil, Juana, el azadón sonaba contra el suelo
como si éste fuese de piedra y se mellaba sin conseguir ahondar
lo más mínimo.
—Era el tamao, Ticong, era el tamao —interrumpió
Juana.
—Tamao y bagat en todo caso —cedió Ticong—, pero
yo no sabía qué hacer. Registré todo el cuerpo del pari
Javier y le quité una carta y el rosario. No sé por qué, como
si una voz sobrenatural me lo ordenase, eché el rosario al
hoyo que había hecho el pari Javier y lo tapé rápidamente,
pisoteándolo furiosamente. Cuando terminé creí que el asuang
me iba a estrangular a mí también, pero no; se levantó un
viento muy fuerte que hizo cabecear furiosamente al talisay
y se calmó instantáneamente, tal como había surgido. Subí
apresuradamente la caja y la escondí entre la viga mayor y el
techo y marché al convento del pueblo sin tocar el cuerpo del
pari Javier, a dar cuenta de todo al párroco.
CUENTOS DE JUANA
—¡Qué valiente! —admiró Juana.
—No, yo quería que el párroco supiese lo ocurrido antes
que nadie y antes que amaneciese. Y me arriesgué. Relaté lo
acaecido sin mencionar la caja, la carta ni el rosario. Le dije que
el pari Javier escarbaba, escarbaba el suelo y el párroco pensó
que lo hacía porque estaba loco. Yo estaba temblando mientras
lo contaba, esperando que de un momento a otro me acusase el
pari de asesino. Pero no, no me dijo nada35
.
Ticong volvió a enjugarse el sudor y a pedir agua mientras
bebía y se remojaba la cabeza, Juana preguntó impaciente:
—¿Entonces qué ocurrió?
—Me mandó el parí que calladamente ensillase dos caballos
y nos fuimos rápidamente al barrio, recogimos el cuerpo del
pari Javier, borramos la sangre de la tierra y lo trajimos al
convento.
Al romper el día, colocado en su cama, parecía que había
muerto de enfermedad.
—¿Y no sospecharon de ti? —preguntó Juana.
—A mí nada me dijeron. Esto me asombró; únicamente y en
la misma noche del suceso, después de colocar al pari Javier en
su lecho, me dijo el pari párroco:
—Ticong, tú eres un hombre leal y querías mucho al pari
Javier.
— Sí pari —contesté emocionado.
—Pues no debes decir ni una palabra de esto a nadie, a
nadie, si quieres que pari Javier te lo agradezca y te bendiga en
el cielo.
— Sí pa… rí—y la emoción me cortó la palabra.
‘Ticong se sorprende de no ser acusado
de asesinato, puesto que es lo que el sistema colonial hubiese destinado injustamente
para él en un caso como éste. No obstante, a
favor de Ticong juega el hecho de que se quisieran ocultar tanto el modo en que falleció
el padre Javier como las circunstancias que
lo rodearon.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Yo te bendigo también y gracias Ticong —me dijo
trazando una cruz en el aire con la mano derecha.
—Yo no pude más, Juana, y me eché a llorar.
Calló un rato y continuó.
—Ves, han pasado ya más de treinta años y todavía se sube
a mi garganta un ahogo y a mis ojos las lágrimas.
—Bueno, hombre, ya no cuentes más. Perdona que te haya
hecho hablar —balbuceó Juana contagiada por el dolor de
Ticong.
—’No, si me ha hecho mucho bien el poder desahogarme.
Llevo tantísimo tiempo callándolo y sólo porque tú ya sabías
el misterio del talisay, me decidí a hablar. Pero quisiera saber
cómo te enteraste tú.
Entonces Juana le relató las apariciones del parí Javier a
Epifanio y lo que le sucedió a ella en la noche fantasmal cuando
además le hablaron ambos espíritus suplicándole la destrucción
de las cartas.
—No podrás hacerlo, Juana, no te dejará el bagat.
—¿Por qué no me señalas el lugar exacto donde está
enterrado el rosario?
—No, no, no quiero acercarme al talisay, pero te diré que
está en el lado donde la sombra da por la tarde y justamente
entre dos raíces enormes que surgen del tronco y vuelven a
la tierra a tres pasos del mismo. Pero el bagat no te dejará
trasportar la caja si la encuentras; no te dejará, es muy maligno
y muy poderoso. Si supieras, Juana, que al siguiente día de
enterrar al pari Javier, cuando fuimos a recoger sus cosas de la
casa, la hierba se hallaba crecida sobre el lugar del hoyo, como
si nada hubiese ocurrido allí dos días antes?
—¿Y la caja de las cartas?
—No te diré dónde está —replicó firmemente el viejo.
Juana sonrió segura de que lo sabía ya.
CUENTOS DE JUANA
—¿Y la casa? —volvió a preguntar.
—Se la llevaron entera a otro barrio36
. El caserío fue
desapareciendo poco a poco también, hasta que vino tu amo y
lo reconstruyó.
Y meditó un rato.
—A las pocas semanas de ocurrir aquello me fui del
convento porque allí no podía olvidar lo que necesitaba borrar
de mí; y fui a servir con doña María.
—Y ¿para qué volviste al convento?
—Juana, hay dos fuerzas dentro de mí que luchan y me
empujan para un lado y otro. Dos voces que me mandan. Una
viene del pari Javier la otra del asuang. El pari quiere que
entierre las cartas; el otro me impide que lo haga. Y yo sufro.
Juana le miró con lástima. Entonces, más que nunca debió
jurarse a sí misma la destrucción de aquello que hacía sufrir a
Ticong. El pobre viejo se merecía unos últimos días de su vida
tranquilo y en paz.
Cuando Juana acabó su relato yo le pregunté:
—¿Y la carta que encontró en el bolsillo del padre Javier?
—La tiene con él, pero como ninguno de los dos sabemos
descifrar la escritura a mano bien, ignoramos lo que dice.
—Pídele que te la dé para que la lea yo y os entere de su
contenido.
—Lo intentaré — respondió.
Pero Juana dudaba de conseguirlo.
Sin embargo días después me la entregó. La carta decía así:
«Javier, Javier, Javier: Nada hay en el mundo que me
* Procedimiento habitual en Filipinas donde
las casas se construyen de tal modo que se
transportan de un emplazamiento a otro. El
pueblo entero ayuda al traslado de la casa a
la que se colocan unos palos de bambú para
poder levantarla entre todos. Al proceso
acompaña una fiesta para celebrar y agradecer
el esfuerzo realizado. Esta tradición recibe el
nombre de bayanihan, término que hoy sirve
para referirse al esfuerzo conjunto de la comunidad y al espíritu de cooperación.
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
obligue a pensar que tú hoy, como ayer, como siempre, eres sólo
eso, Javier para mí. Nada que me obligue a olvidar tu nombre,
que me impida llevarlo siempre en los labios, en el pensamiento
y ¡ay! en la sangre; esta sangre que pasa por el corazón y es la
que lo mueve.
«Inútil será que me recuerdes que mi matrimonio me
separa de ti, que tu estado sacerdotal te separa de mí. Se me
han roto todos los diques a fuerza de resistir lo irresistible y
no hay nada capaz de detener el torrente desbordado en su
ansia de llanuras y de alturas. No puedo vivir sin ti, ni quiero
morir lejos de tu lado.
«He convencido a Valentín para que acepte el cargo de
Gobernador de esa isla donde tú haces labor misional y pasado
mañana saldremos para Filipinas. Puede que yo llegue antes
que esta carta si el mar, envidioso de este amor, no impide
que nos veamos, pero ni la muerte me hace temblar. Abismo
por abismo, prefiero el de los océanos al de la vorágine de mi
propia pasión. Si el mar me devora, ¡qué piedad la suya! Si me
sirve de camino hacia tu presencia ¡qué compasiva senda serán
sus aguas!
«Ya sé que te estoy destrozando, que voy a aniquilarte
y que los dos perderemos el alma en la condenación de esta
locura, pero los dos somos culpables: yo por mi debilidad al no
enfrentarme con la propia muerte antes de haberme casado con
otro, y tú, porque no supiste vencer el orgullo que te dominaba,
para hacerme tuya cuando aún era tiempo de salvar nuestra
felicidad. Tú encontraste el remedio con la fe y la distancia, pero
¿y yo? Yo me desangraba en el recuerdo y se me iba quedando
sin pulso la vida. Y he preferido turbar la tuya y tu paz y tu
virtud para conquistar una vez más el calor de tus brazos que sé
que vive dormido pero no muerto. Si no es posible ya evadirte
de mí, concéntralo aún más para esperarme, para abrazarme.
CUENTOS DE JUANA
Perdona esta locura y comprende que el volcán sólo puede
librarse de su fuego abrasando todo cuanto le rodea.
«Hasta que mis manos ardan en las tuyas.
Rosario.»
A los dieciséis años estas cartas hacen llorar y yo lloré
también. Su amor me pareció lo más hermoso del mundo
y su historia inacabada merecía el esfuerzo de darle un fin
romántico. No traduje esta carta a Juana ni a Ticong. Les dije
que no la entenderían, pero prometí a Juana que llevaría las
cartas al talisay, después de convertirlas en cenizas37
.
A mí no me preocupaba todavía el bagat, pero a Juana sí.
Ella creía firmemente que ese ente misterioso deseaba la posesión
del talisay para su hogar y que lucharía por conseguirlo. Si el
impedimento era la fe católica del padre Javier, su rosario y las
cartas, procuraría que éstas no llegasen a ser enterradas junto
al árbol. Sí, Juana sabía que el tamao lucharía con todas sus
fuerzas por impedirlo. Y estaba fuertemente obsesionada.
Todos los domingos subía yo al convento después de la misa.
El convento era, como todas las viviendas de los blancos en las
haciendas de Negros, un caserón amplio distribuido así: una
escalera desde el exterior o por debajo del piso alto partiendo
de lo que se llamaba el silong3B
. La escalera desembocaba en
una amplia veranda que daba paso al comedor y desde el cual se
entraba en una sala que tenía a derecha e izquierda dos enormes
piezas. En el convento, una era el dormitorio del párroco y la
*La actitud de la niña de dieciséis años
reproduce y mantiene el sistema colonial que
sitúa a los blancos como superiores, quienes, para su propia protección encubren las
transgresiones de su congéneres.
*Las casas se construían con una elevación
de tres a cuatro metros sobre el suelo. Una
escalera de acceso conducía a las estancias
principales, y el espacio que quedaba debajo
de la casa y que recibe el nombre de silong
podía servir como taller, para almacenamiento u otros. Este sistema era también
muy adecuado para evitar la humedad del
terreno y las grandes crecidas de agua que se
producían con las lluvias torrenciales.
CLASICOS HISPANOFIUPINOS
otra el archivo biblioteca. Detrás del comedor estaba el pantau,
plataforma abierta que separaba la cocina y demás servicios más
o menos higiénicos, con sus olores más o menos desagradables,
del cuerpo principal ya descrito.
En la sala quedaban las visitas, después de misa, tomando
un cóctel, bebida introducida en la isla por los ingleses de
Iloilo39
.
Yo no bebía y pedía permiso al Padre Andrés para entrar
en la biblioteca a hojear sus libros. Si alguno había que podía
interesarme yo no lo buscaba. Era sólo el pretexto para
encontrar la caja de las cartas. Pero las estanterías estaban
llenas de carpetas y legajos, de libros que guardaban la fe de los
bautismos y los contratos de casamientos. Yo no tenía que hacer
nada en ellos y si el padre Andrés me encontraba revolviendo
aquel archivo, pensaría cualquier cosa. Y sin embargo tenía que
arriesgarme. En la primera oportunidad cuando la conversación
de la caídaw
estaba más animada y oía la voz del padre Andrés
hablando de no sé qué cambio de política en España41
, cogí
una silla y me encaramé en ella. Pasé el brazo por encima de
los libracos del último anaquel, cerca de la ventana del frente,
e introduje la mano por detrás de ellos corriéndola hacia dicha
ventana. ¡Cómo temblaba mi mano en el vacío polvoriento que
formaba el hueco entre los folios y la pared! Pero el temblor
se hizo angustia de emoción cuando tropecé con una cosa
dura, que al palparla comprobé que era una caja. Volví la
cabeza para mirar a la puerta y no vi a nadie; escuché y la voz
*Si su relato mantiene cierta veracidad con
su biografía nos está hablando de 1912; por
ello creemos que la introducción del cóctel
que aquí menciona debieron de haberla
hecho los estadounidenses durante su gobierno de las islas.
*Es el espacio de la casa en el que desemboca la escalera principal. Tiene las funciones de recibidor, sala de reuniones, tertulias
y zona de juegos. Suele tener una buena ventilación ya que está abierta hacia un jardín o
huerto, o hacia un patio interior.
*Quizás se tratara del asesinato del jefe
del gobierno José Canalejas en 1912.
CUENTOS DE JUANA
animada del Padre Andrés echaba anatemas de condenación
contra los ateos y masones que llevaban la política de su patria
al abismo. Sí, nadie se movería de la caída, pendientes como
estaban de la palabra del Padre Andrés y podía intentar sacar
la caja y echarla un vistazo. Lo hice. La caja era de un metal
amarillo repujado. Tenía una Uavecita incrustada en el ojo de
la cerradura, una llave herrumbrosa que intenté hacer girar,
forzándola hasta que rechinó y cedió. Levanté la tapa. Había
un paquete lacrado dentro con esta inscripción: «Quemadlas sin
leerlas». No cabía duda aquélla era la caja y aquéllas eran las
cartas. Las volví a colocar en su sitio y me bajé de la silla.
Entonces repasé con los ojos unos títulos de libros y saqué
uno. Tenía que darme por enterada de lo que allí había si el
Padre Andrés preguntaba.
Al domingo siguiente todo estaba dispuesto para
apoderarnos del objeto deseado. Yo llevaba una cuerda y
Juana esperaría en el huerto para recibirlo cuando se lo enviase
con ayuda de la cuerda, desde la ventana del otro lado de la
biblioteca. Y así lo hicimos. Juana cortó la cuerda para no
perder tiempo y yo tiré de ella y la guardé enrollada en el
bolso. Pretexté no encontrarme bien y me marché rápidamente,
pero cuando llegué a la araña42
, donde el Moro, enganchado,
ramoneaba unas hojas de las ramas cercanas, para matar su
hambre, Juana no estaba allí. El cochero no la había visto y yo
me dirigí al huerto por la puerta de atrás. Encontré a Juana en
acalorada discusión con Ticong.
—Te he dicho que no, Juana. No quiero que te ocurra una
desgracia irremediable.
—Déjame, hombre, que Inday se va a enfadar.
Vehículo de dos ruedas parecido a una
calesa.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Es preferible que se enfade a que te mate el bagat o el
tamao —insistía enérgicamente Ticong.
—Ticong, Dios co
A3
, déjame que me lleve la caja. Si a ti no
te ha de ocurrir nada, pues déjame que me la lleve —insistía
desesperadamente Juana.
•—Te he dicho que no, y no —rugía el cocinero.
Aquí llegué yo. Y traté de convencerle.
Estaba plantado delante de Juana y con la mano derecha
sujetaba la caja por el asa de la tapa. Juana hacía lo propio y los
dos la sostenían en la disputa.
—Ticong, tú que querías al pari Javier, no querrás que se
pase la eternidad preso en el talisay sin poder volar a la Gloria
de Dios —le interpelé.
—Si no podréis llevar la caja al talisay —contestó—. El
bagat lo impedirá, como me ha impedido a mí hacerlo. Me salía
al paso unas veces en forma de macho cabrío que a cornadas
me hacía retroceder. Otras era un gigante cerrando el camino
con sus brazos, otras, en fin, un perro fiero, enseñándome los
colmillos sangrientos y aterradores.
—Pero nosotros vamos en coche, Ticong —insistí.
—Uy, Inday, el caballo se plantará y no querrá andar
cuando el fantasma se ponga delante.
—Tenemos que intentarlo, Ticong, tenemos que intentarlo o
no podremos tener ya paz en lo que nos quede de vida.
—No lo permitiré, no lo permitiré. No quiero
responsabilidades —insistía angustiado Ticong.
—Ticong, piensa que no volveremos a tener una
oportunidad como ésta. Ahí está el vehículo, no tenemos más
que meter en él la caja y salir corriendo; en pleno mediodía no
nos atacará el asuang.
Dios mío. ^Corresponde al pronombre la en Filipinas se escribe ko.
forma co, que en la forma ortográfica actual
CUENTOS DE JUANA
•—Lo hará, lo hará, porque cuando se entierre la caja, el
pari Javier se irá del talisay, pero las cartas llevan la fuerza de
su espíritu y servirán de anting-anting44 para que el bagat no
pueda ya nunca ocupar el talisay que es su mayor ambición.
—Yo corro el riesgo y con la responsabilidad. Déjanos la
caja Ticong —ordené enérgica.
—No Inday, no puedo, no puedo.
La voz del Padre Andrés, voló fuerte e iracunda sobre el
huerto:
—Ticong, ¿dónde te has metido, hombre? Llevo diez
minutos llamándote.
— Sí, parí, corriendo voy.
Y dirigiéndose a nosotros, tiró de la caja.
— Dádmela, dádmela que me la vuelva a subir.
Juana le mordió la mano que la sujetaba, al mismo
tiempo que con el pie derecho le dio una patada en la espinilla
tirándole de bruces. La mano aflojó y saltó la presa, Juana huyó
rápidamente y yo la seguí.
—Tira, cochero, deprisa, deprisa —le ordené mientras
subíamos y nos acomodábamos.
El cochero de un salto empuñó las riendas y partimos al
galope.
Detrás, envuelta en la polvareda de nuestra carrera quedaba
la voz de Ticong, amenazadora y acongojada:
«Volved, volved, volved, por el amor de Cristo».
Todo fue bien hasta que pasamos la hacienda Cristina y
llegamos a la revuelta de Bucruz, donde el camino pasaba por
un puentecillo de piedra y torcía bruscamente formando casi
una barquilla.
Amuleto contra los males.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
El giro no tenía visibilidad alguna porque el cañaveral
ocupaba el hueco de la barquilla con su ramaje cabeceante
inclinado hacia la calzada. Y allí, de pronto, apenas dimos la
vuelta, se nos plantó el macho cabrío. El caballo se encabritó y
comenzó a relinchar furiosamente intentando volver hacia atrás.
El cochero, lívido, le sujetaba mientras balbuceaba trémulo: «el
bagat, el bagat».
—Coge la fusta y castiga al caballo. Hazle correr a toda
velocidad —ordené yo con autoridad.
Su instinto de disciplina le hizo obedecer automáticamente,
pero el caballo sufría el castigo y se encabritaba aún más, sin
adelantar un paso. El macho cabrío se alejó, como si quisiera
abandonarnos y batirse en retirada y aproveché el momento
para animar a mi gente. Juana callaba acurrucada en cuclillas
en el fonda del vehículo.
—Venga, Blas, castiga más fuerte al Moro.
Y el Moro pareció reaccionar e intentó partir al galope.
Pero en ese instante, el macho cabrío volvió grupas y tomando
carrera se lanzó carretera abajo contra nosotros. El cochero
aterrado saltó del coche y salió huyendo campo traviesa. Juana
iba a hacer lo propio cuando yo la agarré de un brazo, mientras
con el otro que mantuve libre, cogí las riendas para impedir que
el caballo huyese desbocado.
—No me dejes Juana, no me dejes por el amor de Cristo
—grité.
No sé por qué razón el macho cabrío se paró de pronto
y pegó un brinco dando una terrible voltereta en el aire.
Cuando cayó al suelo quedó despatarrado unos instantes, que
yo aproveché para soltar a Juana y empuñar la fusta. Pero
Juana debió creer que había sido la palabra «Cristo» la que
había detenido al bagat porque comenzó a gritar con todas
sus fuerzas, «Cristo», «Cristo». No fue una heroicidad lo que
CUENTOS DE JUANA
hice después. Fue el terrible pánico que también me invadía.
El macho cabrío se había enderezado e intentaba acometer una
vez más. Pero yo blandí el látigo y ciegamente intenté lanzar
al caballo a toda velocidad, carretera abajo, mientras Juana
con sus gritos, conjuraba al espíritu duende a que nos dejase
el camino libre. ¿Fue un desvanecimiento momentáneo? ¿Fue
una alucinación que se disipaba? El caso es que el animal
desapareció de pronto y el caballo partió en desenfrenada
carrera. Juana hecha un ovillo, fue bajando el tono de su voz
a medida que nos alejábamos del lugar hasta llegar a musitar
únicamente, anulada por el terror, su letanía profano-religiosa:
«Cristo», «Cristo», «Cristo».
Cerca ya de casa refrené el caballo y al parar frente a ella
el Moro echaba espumarajos por la boca, mientras el sudor,
batido por los arreos, inundaba de espumilla blanca su pelaje.
Mi corazón palpitante, impulsaba la sangre por mis venas
desenfrenadamente, congestionando mi rostro, bañado, como
toda yo, de un sudor escalofriado.
Habíamos ganado la primera batalla.
En los labios trémulos de Juana, moría su último «Cristo».
Afortunadamente mi madre se había ido a comer con una
amiga a otra hacienda. Y cuando alguien iba a pasar un día con
cualquier otra amistad era una descortesía dejarle volver antes
de las veinticuatro horas45
.
Esto quería decir que Juana y yo teníamos la tarde y la noche
libres para terminar la tarea del enterramiento de las cartas46
.
Aunque la súplica del fraile del talisay se limitó a la
desaparición de las mismas, el hecho de que en vida intentase
enterrarlas bajo el árbol y la idea que Ticong comunicó a
45
*La hospitalidad es otro de los valores
esenciales de la cultura filipina.
«Debido a su situación geográfica en
Filipinas anochece siempre alrededor de las
seis de la tarde, es por ello que eligen el principio de la noche para enterrar las cartas.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
Juana de que el espíritu de dichas cartas impediría que el
duende llegase a habitar el árbol si las mismas descansaban
en el lugar, nos impulsó a quemar primero los papeles y dejar
enterradas las cenizas en el hoyo donde quedó el rosario. Para
hacerlo más rápidamente propuse a Juana descubrir el hoyo
tan pronto como anocheciese y tan pronto también como
encontrásemos el rosario, como señal de que aquel era el lugar,
realizar la operación.
•—¿Por qué no nos acompaña Epifanio? —insinuó Juana.
—¿Para qué? —le dije yo envalentonada.
—Y ¿si vuelve el bagatí •—preguntó medrosa.
—No hay tal bagat, Juana, —respondí aparentando una
absoluta seguridad’— lo que vimos esta mañana fue un macho
cabrío como cualquier otro, que luego se marchó.
-— Ay no, ay no Inday —aseguró Juana—apareció de repente
y desapareció de repente también cuando dijimos Cristo. Menos
mal que la palabra es un anting-anting contra él.
—Bueno, •—le dije yo—pues sigue pronunciando la palabra
y no te ocurrirá nada.
Juana dudaba aún, pero calló y se conformó.
Aquella tarde me la pasé contemplando el talisay desde el
balcón corrido de mi hogar, descansando sobre la silla larga47
.
Estaba nerviosa, medrosa y cansada. En algún momento me
pregunté por qué había yo intervenido en el oscuro suceso del
talisay y si al fin y al cabo, no podría ser todo una patraña de
Juana relacionada con su conocimiento de la existencia de la
caja en aquel rincón de la biblioteca del convento parroquial,
conocimiento que pudo haber adquirido en sus conversaciones
con Ticong y que su imaginación hubiese aplicado a la supuesta
Típico butacón de madera con asiento y colocar sobre ellos todo el largo de las pierrespaldo de rejilla que prolongaba sus brazos nas.
paralelamente al suelo para que se pudiese
CUENTOS DE JUANA
o real aparición del habitante del talisay. Que el Padre Javier
había existido era un hecho, que en torno a él hubo una
historia de amor, también lo era. La carta que yo leí y que me
impulsó a obrar con espíritu de aventura en aquel asunto, la
exponía sin dudas. ¿Pero y toda la trama de las apariciones? La
interferencia del espíritu, —bagat o tamao— ¿no podía ser una
farsa confeccionada por el impulso atávico de Juana, Epifanio
y Ticong? Mis padres habían negado siempre rotundamente la
existencia de los asuangs, aunque muchas veces reconociesen
que ocurrían cosas muy extrañas. Yo tenía mi fe flotante
entre dos aguas, la exterior y cristalina de las creencias de
mis padres y la otra, oscura y misteriosa de los indígenas
pero por enigmática y ultraterrenal quizás más obsesionante,
y me debatía en esos momentos zarandeada por su oleaje. Lo
de aquella mañana había sido muy fuerte, ya que a pesar de
mi negación absoluta de hecho alguno sobrenatural frente al
terror de Juana, yo había visto al animal al doblar la revuelta
de Bucruz, y lo que era peor aún y más convincente, había visto
disiparse la forma del bruto en la reverberación cegadora de
las hondas del intenso calor del mediodía. El bicho no huyó
ni se ocultó bajo la vegetación de los lados del camino, no, se
esfumó y se borró luego repentinamente y esto es lo que ponía
esa palpitación de miedo también en mi corazón. Fuese lo que
fuese, ya no había medio de retroceder ni de dejar a Juana que
resolviese por sí sola el final de la odisea.
Y bajo este convencimiento me fue tranquilizando la
determinación de acabar. Recosté la cabeza contra el respaldo
del sillón, coloqué cómodamente los pies sobre los brazos
largos y quise cerrar los ojos. Los cerré casi pero no acabé de
dormirme. Por debajo de mis párpados divisaba el ramaje del
talisay con sus verdes contrastados por los claroscuros que
la luz pintaba en él, con el pincel de sus contactos, y en un
CLÁSICOS HISPANOFIUPINOS
duermevela fui soñando la vida del árbol tratando de asimilar
sus sentimientos de antes y del momento.
Sí, su aspecto presente daba la sensación de una ingenuidad
vegetal, ¡con cuánta más razón debió haber nacido blanco y casto,
y crecer, crecer siempre, limpio de corazón! Si no había logrado
enturbiar sus sentidos la trágica resaca que se fue replegando
día tras día sobre sí misma bajo su ramaje, si no se endureció su
corazón a la vista del luchar y del sufrir de aquel Fray Javier al
que cobijó amoroso y tierno con cuidados paternales, ni maldijo
ante su impotencia para librarle de las garras infernales de aquel
espíritu que lo estranguló sobre el temblor de sus raíces, si todo
eso no pareció hacer mella en él, es que el árbol tenía la bendición
de la inocencia y por manso y por límpido de corazón se merecía
todas las bienaventuranzas.
El talisay, por esa o por otra causa, parecía feliz, muy feliz.
Y pensé que, susceptible de amar —¿por qué no?— estuviese
todo él impregnado de un latido de amor por el Padre Javier, el
fraile heroico, abnegado y santo que se había merecido aquel
amor extraordinario y sobrenatural del árbol de Dios. Pero
entonces, si esto pudiera ser cierto ¿qué sucedería con el talisay
cuando ahora, al cumplirse la precisa condición de la destrucción
de las cartas, le fuese a abandonar el Padre Javier? Pobre talisay,
hermoso en el calor y la jugosidad de su fronda, sonando
ingenuamente con la inmortalidad de su predestinada felicidad,
si de pronto se encontraba solo, con esta felicidad truncada para
siempre. Me revolví en el sillón y desperté un poco. Ah, estaba
soñando. Menos mal.
Pero despierta ya, pensé: ¿Y si pudiera ser cierta toda esta
desgracia que estoy fraguando contra el árbol en este proyecto
de enterrar las cenizas de las cartas entre sus propias raíces,
acto que va a ser como un salvoconducto para que el padre
Javier lo abandone en su viaje a la gloria eterna?
CUENTOS DE JUANA
Decididamente los nervios tensos habían puesto en carne
viva mi sensibilidad. No me convenía ni descansar siquiera.
Llamé al criado y pregunté por mis hermanos. A la niña
pequeña se la había llevado mi madre. Los mayores, mocitos
ya, nadie sabía dónde estaban, y los pequeños de doce y ocho
años se habían ido a casa del cabo Alberto, quien les había
prometido llevarlos a la pelea de gallos.
—Pregunta a Juana si habrá que ir a buscarlos o si los
traerá el cabo.
—Los traerá, señorita —contestó el criado que era nuevo y
me daba ese tratamiento.
—¿Has preparado el farol?
—Ya está colgado en el balcón.
—Bueno, echa agua en la tina del baño y vete luego si
quieres, le ordené.
—Sí, señorita.
El muchacho se fue y le vi más tarde cruzar la plaza, una
inmensa explanada limitada por canales de riego, edificios para
almacenar el azúcar y el combustible destinado a la cocción
del mismo, extendiéndose delante de la casa para morir allá, al
final, sobre el talud del río.
En su centro se alzaba el camarín con el techo bajo de
cinc, y a un lado, la chimenea de ladrillo, encalada, que
vigilaba con su altura blanca, bajo el remate de su corona
ennegrecida por el hollín, la finca hasta su último confín.
Me levanté y fui a tomar mi baño, metiéndome en la enorme
tina y vertiendo agua fresca sobre hombros y cabeza con un
tabo de cascara de coco. Era el lujo primitivo de las haciendas
de azúcar. El baño me entonó y salí de él después de levantar un
tapón de corcho que en el centro del fondo de la tina cubría el
agujero del desagüe.
Después de esto busqué a Juana. La encontré en mi alcoba
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
sentada en el suelo junto a la caja de las cartas, temerosa de
que aún a última hora alguien se la pudiera quitar.
Al comenzar la noche no había luna. La oscuridad era
absoluta. Juana encendió el farol que el muchacho había
colgado en la ventana antes de irse a la gallera o a jugar a
las cartas. Pero el resplandor del farol no llegaba al talisay.
Alumbraban más las miles de luciérnagas del jardín en
aquella noche de bochorno, presagio de tormenta. Arriba los
nubarrones arropaban a las estrellas, ocultándolas.
—Vamos, Juana. ¿Tienes listo un azadón y las cerillas?
Juana, por toda contestación, cogió la caja y se palpó la
cintura, para cerciorarse de que debajo de los pliegues del
patadiong48 tenía la caja de fósforos.
—Es menester que nos llevemos el farol, de otra forma no
veremos nada.
Juana me entregó la caja y se encaramó sobre la baranda del
balcón corrido para descolgarlo. Noté su mano fría cuando volvió
a hacerse cargo de la caja de las cartas.
—Dame el farol —ordené.
Y fui delante alumbrando el camino. No me atreví a
acortarlo cruzando el jardín, donde las sombras guardaban
atisbos fantasmales.
Junto al talisay encontramos el azadón y un rastrillo
viejo abandonado, aplastada su parrilla contra la tierra. Un
siseo monótono me había venido siguiendo haciéndose más
fuerte conforme nos acercábamos al talisay, hasta que me di
cuenta de que era Juana la que lo emitía. Había comenzado su
letanía, muy espaciada todavía, pero los intervalos se fueron
haciendo más breves, a medida que avanzábamos. Dejé el farol
en el suelo.
sem
Funda de tela que hace las veces de
falda en Visayas.
CUENTOS DE JUANA
—Aquí están las dos raíces que me indicó Ticong —y
musitó— Cristo.
—Venga el azadón —pedí decidida.
Levanté con cuidado las capas de tierra cubiertas con hierba
y las fui dejando a un lado para volver a colocarlas luego tal
como estaban sentadas en el lugar. El bochorno era tal que
comencé a sudar cuando aún no había empezado a cavar. La
atmósfera llevaba una carga de electricidad que apretaba mis
sienes y me tensaba la nuca dolorosamente.
Al primer golpe de la azada Juana invocó más alto
la protección del cielo creyendo que cuanto más recia y
frecuentemente pronunciase la palabra mágica, tanto más
iba a ahuyentar el peligro. Yo tenía ganas de acabar y dejaba
caer fuertemente la azada sobre la tierra. La sequía la había
endurecido y la fatiga martilleaba sobre mis sienes con los
latidos del corazón.
—Alumbra el hoyo, Juana; levanta un poco el farol —
ordené.
La claridad penduleaba sobre la tierra herida. ¡Pobre Juana,
estaba temblando y sus labios trémulos tartamudeaban ya su
palabra amuleto! Cuando metí la mano desnuda entre la tierra
removida se oía perfectamente el medroso respirar de su pecho.
Mis dedos se enredaron en unas cuentas engarzadas. Era el
rosario. Lo saqué y lo dejé a un lado. Agrandé el hoyo y pedí a
Juana la caja. Me temblaba un poco la mano cuando rasgué el
papel lacrado que envolvía las cartas. Estaban metidas en sus
sobres y pedí a Juana que las fuese sacando de ellos.
—Ay Inday, Cristo co, hazlo todo tú sola. Yo no puedo,
tengo miedo.
—Tardaremos más —le dije.
Y esto es lo que yo sentía, porque tenía prisa. Encendí
una cerilla y la acerqué a la primera carta sosteniéndola con
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
la mano izquierda. La fecha era relativamente reciente. El
fuego prendió en la esquina inferior del papel y fue lamiéndolo
iluminando y ennegreciendo su superficie. Mientras se hacía
ceniza se leían perfectamente sus líneas a la luz de la llama.
«Es inútil, es inútil, lo tengo decidido». Y más abajo: «no
pongas murallas al destino», después la firma precedida de esta
frase: «con mi locura delirante».
La siguiente llevaba fecha más atrasada. Prendí otra cerilla
y en ese momento retumbó un trueno terrible.
—Dios co, Cristo co, Cristo co, —gimoteó Juana.
Yo me había estremecido. La llama consumía rápidamente
el papel: «¿por qué me niegas este consuelo?», «te falta caridad
para conmigo», «tu santidad es cruel».
Otra descarga atronó el espacio y comenzaron a caer gotas.
—Ayúdame, Juana —le grité—, o no acabaremos nunca,
vete sacando las cartas de los sobres.
Juana obedeció otra vez. Pero jadeaba, entrecortando su
estribillo. Con la llama de una carta encendía otra, y otra, y
otra.
Las frases desfilaban ante mis ojos y me iban contando una
historia hacia atrás:
«Tú tuviste la culpa», «parecías fuerte», «estabas lleno de
soberbia».
«Habías dejado el seminario por mi amor», «pero y
ahora…», «qué vanidad la tuya», «creíste que mi catástrofe era
la voz del cielo», «una señal para que volvieras al camino de tu
vocación».
Y más adelante…
«cobarde, cobarde», «¿qué iba a hacer yo?», «la muerte de
mi padre nos dejó en la miseria…»
La lluvia comenzó a caer más reciamente, y aunque no nos
mojábamos aún, cobijadas como estábamos bajo el árbol, el
CUENTOS DE JUANA
viento iba apagando las llamas y llevándose las cenizas49
.
—Qué noche más perra nos ha tocado —balbuceé.
—Vamonos ya Inday —suplicó Juana—, mañana
terminaremos.
—Nunca, vete tú si quieres •—corté secamente.
Juana se quedó y el viento me arrebató una carta a medio
quemar. Las descargas se hacían más frecuentes.
—Dame ese rastrillo, Juana.
Lo trajo trémula y lo colocamos sobre el hoyo cubriéndolo
con su enrejado para impedir que se volasen los papeles. Juana
iba dándome una por una las cartas:
«mi madre enferma», «mis hermanos terminando la
carrera», «la hacienda empeñada», «sólo yo podía salvar el
patrimonio», «Comprende Javier, no podía negarme»;
«¿por qué no me raptaste para evitar mi boda?», «te faltó
hombría para descargarme de la responsabilidad», «a veces es
más fácil renunciar», «volviste a tu vocación sacerdotal por
cobardía».
El viento apagó las llamas, y era casi imposible encender
de nuevo, pero metí las manos en el hoyo por entre la reja del
rastrillo y volvió a arder otra carta.
«Tu silencio me destrozó después», «Ya no me escribías»,
«tuve celos de Dios», «tu última carta había sido insultante»,
«me despreciabas con toda tu alma, decías», «pero era tu
soberbia».
La lluvia comenzó a caer terriblemente racheada y el
viento había cambiado de dirección. Empezó a caer agua sobre
nosotras y sobre el hoyo. Si no terminábamos en seguida no
podríamos continuar. Las descargas encendían la campiña
dejando una rúbrica zigzagueante de luz en el negro de las
^Recuérdese la extensión en horizontal de nombre de umbrella tree, o sea, árbol paralas ramas del talisay, que en inglés recibe el guas.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
nubes. Los trazos se hacían cada vez más largos cruzando la
bóveda del cielo en varias direcciones. Retumbaba el trueno y la
naturaleza se estremecía de pavor.
—Vamonos, vamonos —suplicó Juana—, nos puede caer un
rayo.
—Saca todas las cartas y arrúgalas con la mano-—-ordené—,
mételas, mételas en el hoyo.
Y con prisas fuimos metiendo todo el contenido de la caja
por debajo de la parrilla. Cuando aquella quedó vacía, introduje
también la carta que Ticong había encontrado en el bolsillo del
Padre Javier, e intente prender fuego a los papeles. El viento me
apagó las cerillas hasta tres veces. Estaba muy nerviosa. Juana
ya no rezaba, ni decía nada. Dijérase que había enmudecido de
pavor. «Zing, zang», caían las descargas y la tronada retumbaba
por la llanura prolongándose y enlazando un trueno con otro.
Al fin prendió una llama y una racha de viento la avivó.
Como en un caleidoscopio, vi danzar ante mí palabras y
palabras que iluminaba y ennegrecía después la llama:
«fue mi despecho», «me casé», «a aborrecerte»,
«desgraciada», «tormento», «le odiaba», «qué calvario», «te
buscaba», «la vida imposible», «desesperación», «Mil veces
la muerte», «el pecado», «te busqué», «ni un consuelo», «no
tuve hijos», «las maldiciones», «todo era blasfemia», «castigo»,
«cruz», «camino de amargura».
Y otra vez, y otra vez las palabras, «llanto», «tormento»,
«muerte», «ceguera», «desesperación», «maldición»…
«Zing, zang». «Zing, zang». Y una terrible descarga
que cayó a pocos pasos de nosotras nos sacudió con una
convulsión iluminando ya las cenizas negras dentro del hoyo.
—El asuang, el asuang nos va a matar, —gritó Juana en
su locura de terror—. Esto no es tormenta, es el asuang —y
comenzó a correr como una loca hacia la casa.
CUENTOS DE JUANA
Cogí la azada y cubrí de tierra el hoyo sin levantar el
rastrillo. Llovía sobre mis espaldas y chorreaba toda yo.
Cuando quedó el hoyo cubierto, levanté deprisa la parrilla y
eché más tierra.
Aún tuve fuerzas para coger las láminas de tierra y hierba
medio deshechas y colocarlas sobre la superficie, dejando debajo
de ellas el rosario. El farol se había apagado hacía un rato y el
canalillo se había desbordado. La calzada era ya una torrentera
que me impedía correr hacia la casa. Chapoteé sobre el agua,
zarandeada por la fuerza del viento. Me fue alumbrando la luz
de los relámpagos. Había tirado la caja debajo del imbornal y
defendía el farol apagado.
Cuando llegué a la casa, Juana me estaba esperando en el
portalón. Yo no la miré siquiera y subí las escaleras penetrando
en mi alcoba, para cambiarme de ropa. Enseguida me tendí
rendida sobre la cama y cerré los ojos. Cuando los abrí vi a
Juana en cuclillas acurrucada en un ángulo de la habitación. No
la había sentido entrar. Me incorporé y ella se levantó. La miré
fijamente con indignación.
—¿No te da vergüenza Juana, de haberme dejado sola? —la
reprendí con severidad.
Por toda contestación se echó a llorar desconsoladamente.
Media hora más tarde se había calmado la tormenta; se
habían dispersado las nubes y la luna iluminaba el paisaje
lavado y quieto.
Desde el balcón vi llegar a los hermanitos cobijados debajo
del capote del cabo Alberto, como dos pollitos bajo las alas de
su gallina madre. Detrás, a mucha distancia, venían los mayores
cantando a voz en grito. ¿De cortejar a qué ¿alagas morenas,
vendrían? Juana se mantenía detrás de mí como una sombra. En
estas circunstancias agradecía su compañía.
—¿Ha venido Epifanio? —pregunté.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Aún no —me contestó tímidamente.
No se atrevió a decir «y me da miedo estar sola en la cocina
para hacer la cena». Pero yo lo adiviné y la arrastré conmigo.
—Hala, vamos a cocinar —la ordené secamente.
Al poco rato subían los hermanos y los mayores
comenzaron a dar voces. La cena, la cena que tenemos hambre.
Los pequeños me buscaron en la cocina al no encontrarme
en la sala ni en la alcoba…
—Id a mudaros enseguida que yo tengo que hacer aquí.
Obedecieron.
Por la ventana de la cocina divisé el talisay a la luz de
la luna. ¿Qué habría sucedido dentro de él? ¿Estaría ya
deshabitado? ¿Iba a vivir solo todo lo que le quedaba de
vida? ¿Estaría llorando su desamparo o deseando, en su
desesperación, que un rayo hubiese partido su tronco en dos
dejándole sin vida? ¡Aquél que cayó tan cerca, pudo habernos
carbonizado a los tres! La luna plateaba su copa, poniéndole
un halo de santidad. Sí, era un árbol santo escogido por Dios
para darle su gracia. No parecía triste, pero si todo se había
cumplido conforme a las predicciones, el talisay tenía que
estar vegetando ya en su soledad. Me entró un remordimiento.
¿Tendría yo la culpa? Le pedí perdón y me dolió el corazón. El
Padre Javier estaría probablemente gozando de su gloria. Sin
embargo, si se dio cuenta del intenso amor y de la absoluta
lealtad del talisay, su gloria no podía ser completa sin la sombra
del árbol que tan bien le acompañó en vida. Me sacaron de mis
meditaciones las pisadas de Epifanio subiendo a zancadas los
tramos de bambú de la escalera de servicio.
—Buenas noches —saludó—, perdón Inday por llegar
tarde, pero el mal tiempo no me dejó seguir.
—Menos mal que fue el mal tiempo —le contesté—, peor
hubiera sido que te hubiera entretenido el parí del talisay.
CUENTOS DE JUANA
—’Pues Inday, —me dijo muy alegre— hacía ya años que
no le veía y esta noche se me ha vuelto a aparecer, pero sin
impedirme continuar —Juana y yo palidecimos y nos miramos
con terror.
—• Sí, sí, no se crean que estoy loco, — confirmó Epifanio.
Juana se le acercó.
—Échame el aliento, Epifanio —y Epifanio lo hizo.
—’Pues no huele a vino —murmuró Juana.
—Claro que no —repuso Epifanio satisfecho, y continuó—,
antes se me plantaba delante y no me dejaba llegar a casa.
—’¿Has visto también a la mujer del imbornal? —le
pregunté.
•—No, no, esa debe haber desaparecido porque ni la he visto
ni la he oído desde hace mucho tiempo.
—Y ¿el Pari! —continué preguntando.
—Pues estaba abrazado al tronco del talisay, con cara
de vivo y muy sonriente. Antes parecía un muerto fantasma,
adusto y grave. Y nunca me hablaba, pero esta noche me
miró al pasar, me siguió con la vista y cuando ya me iba
—observando de reojo por si acaso—, me dijo: «gracias a
todos». ¿Por qué me daría las gracias? ¡Qué raro!
—Muy raro —dije yo.
Y volví a mirar a Juana. Epifanio continuó:
—Al otro lado del árbol había una cabra comiéndose
unos papeles secos; me chocó que estuviesen secos después del
diluvio que había caído.
Volvimos a mirarnos, Juana y yo, con más terror aún.
—¿Pero qué os sucede, que no me creéis nada hoy? —
preguntó Epifanio indignado.
—¿Estás seguro de que era una cabra? ¿Que no fue un
macho cabrío? —interrogó Juana.
•—Vaya, como que era la Cambang; ahí la tengo atada;
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
asómate a verla. Bonita faena si se hubiera metido en un campo
a comer la caña; precisamente cuando la señora no está en la
hacienda.
Juana se había asomado ya a comprobar que era la
Cambang el animal al que se refería Epifanio.
—Es verdad —-murmuró convencida— pero no es posible
que comiera papeles secos.
—Rayo y demonio, que me estás cansando ya. Toma el
pedazo que le saqué de la boca —dijo sacando un trozo blanco
del bolsillo.
Alargué el brazo para recibirlo yo. Y leí a la luz del
quinqué: «Javier, Javier, Javier…»
—La cenaaa —bramó desde la veranda el mayor de los
hermanos.
Aquella noche me sentí feliz cuando acostada en la cama
de mi madre con Juana en el suelo durmiendo a mis pies, fui
cerrando los ojos bajo la caricia rojiza del globo, que amparando
del viento la mariposa de aceite, bañaba la alcoba con tenue
claridad durante la noche. Tenía el convencimiento de que Padre
Javier había volado a su gloria en un gran vuelo del espíritu pero
sin haber atravesado espacios ni distancias. El Padre Javier seguía
habitando el talisay. Si la gloria es el contacto con Dios, su
presencia está en todas partes y toda la creación puede ser Cielo.
El Padre Javier había alcanzado el suyo en el talisay y el Señor
había premiado al árbol con ello. Un premio a su fe, a su blanca
candidez, a su limpieza de corazón, a su infantil ingenuidad
simbolizando la inocencia del paraíso antes del pecado. Y sólo
esta perfección, dentro del más desinteresado de los afectos,
constituyó, a su vez, el Cielo que le había correspondido al Padre
Javier, iluminado con la presencia de Dios, desde luego. Yo
reflexionaba con la lógica de mis dieciséis años, incubada bajo
el calor del blando nido del colegio, pero con la envergadura
CUENTOS DE JUANA
embrionaria de mi fuerte personalidad. Comprendí que el buen
fraile había tenido razón y por eso alcanzó su premio. La mujer
del imbornal fue su calvario. Ella no había procedido por el
camino del espíritu ni tampoco supo comprender la línea recta
por donde fue pisando el angélico Padre Javier. Ignoraba en
qué mundo estaría ahora purificándose de sus pecados. No me
interesaba saberlo.. El sueño y el cansancio fueron cerrando mis
párpados y cuando desperté el sol entraba por la ventana y mi
madre había regresado.
—Hola, hola niños. Hola Juana: qué, ¿qué ha sucedido por
aquí en mi ausencia?
No supimos que contestar. Mi madre locuaz, no esperó la
respuesta y continuó:
—¿No ha pasado nada? Con la tormenta de ayer, ¿ninguna
gotera? ¿ninguna plancha volada del tejado? ¿No mató el rayo
a nadie? ¿Ningún carabao muerto? Las cabras y las ovejas ¿no
se escaparon ni se comieron ningún campo de cañas? Si es así
hemos tenido suerte.
Y después de una breve pausa acabó:
—Así es que no pasó nada, nada.
—No, no pasó nada, mamá —contesté yo al fin.
A Juana le envalentonó mi mentira y respondió también.
—Nada Señora, nada, no pasó nada guid50
.
Lo grande se confunde con lo pequeño. Ocurrió tanto que
no había ocurrido nada.
Palabra visaya que sirve para subrayar y
dar énfasis a la frase.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
CUENTOS DE JUANA
GLOSARI O
BAGAZO-Fibra leñosa que queda después de prensar la caña de azúcar en los
molinos para extraer de ella su jugo.
BOLO-Cuchillo de hoja grande, parecido a un machete, que sirve para cortar caña
y las malezas del bosque; también se utiliza como arma.
BONGA-Areca o nuez de betel, se utiliza con el buyo en el preparado que se
masca.
BUGANG-Se trata del tigbaw, caña de azúcar silvestre (saccharum
spontaneum).
BUYO-Hoja de una planta de la familia del betel con la que se elabora la
mascada. Se forma un pequeño paquete con bonga y cal, al que se puede
añadir tabaco, y se introduce en la boca.
CAMARÍN-Edificio grande de una sola planta, abierto, pero techado, donde se
instalaban los hornos, maquinarias, calderos, enfriaderas, depósitos, etc., para
elaborar el azúcar de caña.
CAMOTE-Variedad de batata cultivada por todo el país que se utiliza mucho en
la cocina filipina.
CANLAON-Volcán de unos 2.500 metros de altura que divide la isla de Negros,
hoy escrito Kanlaon.
CARABAO-Búfalo doméstico característico de Filipinas. Se utiliza para
trabajar en los campos de arroz y tirar de los carromatos.
CUCUYO-Luciérnagas.
DALAGA-Mujer joven y soltera.
GUMAMELA-Arbusto de flores muy grandes conocidas como rosa de China, de
pétalos generalmente rojos o rosa fuerte.
IÑAM-Arbusto silvestre de ramaje grueso y retorcido cuyos frutos son
comestibles.
JOLÓ-Isla de Joló, al sur de Filipinas en la provincia de Sulu.
KAMUNING-Árbol que da unas flores blancas que desprenden una fuerte y
singular fragancia.
LUNUK-Más conocido por el nombre de balete, se trata del árbol ficus que
CLÁSICOS HISPANOFIUPINOS
ocupa una gran extensión con las raíces que caen de su tronco y ramas,
haciendo que adquiera un aspecto misterioso.
MANGO – MANGA-Nombres del árbol y la fruta que éste produce. El fruto, de
forma ovoide, en la variedad cultivada en Filipinas suele ser amarillo, carnoso
y jugoso. También se come el mango verde.
MASCADA-Se refiere al buyo.
MAYAS-Se trata de un pájaro que abunda en los arrozales y puede convertirse
en una plaga.
NIPA-Palma cuyas hojas se utilizan para construir la casa tradicional filipina;
también se utiliza para hacer tejidos.
PALAY-Nombre que en tagalo reciben tanto la planta del arroz como su semilla
antes de ser preparada como producto alimenticio.
PANTAU-Plataforma de madera incorruptible que separa la cocina y
habitaciones para la higiene del resto de la casa.
PARÍ-Padre, refiriéndose a los sacerdotes.
SAMPAGUITA-Flor de la especie de los jazmines, de color blanco y amarillo,
exhala un profundo aroma. Es la flor nacional de Filipinas.
SENSITIVA-Planta que contrae y recoge sus hojas al roce, también es muy
sensible al humo.
TABO-Recipiente pequeño que tradicionalmente se fabricaba puliendo la
cascara del coco.
TAMARINDO-Árbol que puede alcanzar los 25 metros de altura con un follaje
siempre verde. Su fruto, con forma de vaina, tiene un característico sabor
agridulce.
TiFÓN-Tormenta tropical que se origina en el océano Pacífico que al acercarse
a tierra tiene grandes efectos destructivos.
TIGBAW-Caña de azúcar silvestre (saccharum spontaneum).
TUBA-Bebida alcohólica tradicional de Filipinas. Se extrae del jugo que
segrega la flor del cocotero.
TUBALINA-Primera extracción del jugo dulce del cocotero, no contiene alcohol.
Si se deja fermentar se transforma en tuba

Adelina Gurrea literatura de Filipinas

Cuentos de Juana de Adelina Gurrea
La obra
En Cuentos de Juana Adelina Gurrea no sólo narra historias de seres extraños de la región de Negros, sino que también recoge la cultura y el espíritu de su pueblo. Los «aromas folklóricos» que menciona en su dedicatoria son una forma de introducirse en los problemas reales que el país sufría: políticos y económicos, pero sobre todo sociales. Cuentos de Juana consta de cinco relatos principales más una introducción sobre el personaje de Juana, personaje real y fuente oral de los mismos. Sin embargo, la creatividad de la autora los ha modificado y adaptado, de modo que son relevantes tanto la estructura del libro como el estilo, y todos los suaves pero críticos comentarios que realiza.
Juana cuenta historias de seres que pertenecen al folklore y la cultura popular visayas, las islas centrales de Filipinas. Éstos son de dos tipos: malos y buenos. Básicamente aparecen tres: dos malos y uno bueno. El tamao y el asuang son entes malignos y el duendecillo Camá-camá es bueno, aunque travieso. El tamao actúa por iniciativa propia o para defender su morada, que siempre es un árbol anciano y grande. Cuando su morada se ve amenazada puede causar la muerte a los atacantes. El asuang, el más malvado de todos, actúa por venganza. Es generalmente mortal y vive entre la gente. Suele tratarse de una persona que ha hecho un pacto con las fuerzas diabólicas y por ello rehuye las iglesias. Dentro del asuang puede haber variaciones, así aparece uno mitad hombre, mitad duende, que vive entre los hombres, el Tic-tic; y otro que toma formas diferentes según las circunstancias y cuya actividad principal es la de desviar de su sendero a los caminantes, el Bagat. Probablemente el origen del asuang está en el siglo XVI, en los consejeros religiosos y políticos de los reyezuelos que recibían este nombre, quienes, con la llegada de los misioneros católicos, fueron estigmatizados como aliados del demonio. El Camá-Camá es un duendecillo bueno pero muy travieso. En el libro se nos cuenta cómo se crearon estos duendes.
La primera edición no tenía índice pero la segunda presenta ocho secciones, aunque en realidad consta de cinco relatos. Están ordenados con una estructura determinada que aporta su significado al conjunto. Se abre y se cierra el libro con el mismo tipo de ente maligno y en el centro queda enmarcada la leyenda sobre el duende bueno, el Camá-camá, el más extenso de todos.
La autora
María Adelaida Gurrea Monasterio nació el 27 de septiembre de 1896 en la hacienda familiar en el término de La Carlota, en Negros Occidental (Visayas, Filipinas). Pertenecía a una familia de origen español y fue la tercera de seis hermanos. Su familia era propietaria de grandes extensiones dedicadas a la explotación de la caña de azúcar, el producto principal de esta zona de Filipinas. Estudió en Manila en el colegio de Santa Escolástica, donde terminó un bachillerato en letras e hizo un curso de teneduría de libros. En 1921 se trasladó a España donde vivió hasta su fallecimiento en 1971, aunque siempre mantuvo su nacionalidad filipina.
Su apego a Filipinas la llevó a participar en la fundación de la Asociación España-Filipinas en 1934 en Madrid, y en 1950 del Círculo Hispano-Filipino. Realizó varias visitas a Filipinas, permaneciendo un largo periodo en 1958 tras el fallecimiento de su madre.
La incursión de Adelina Gurrea en la literatura comenzó en su adolescencia. A los 15 años recibió su primer premio en el concurso de cuentos de la revista El Bufón. En su juventud, y todavía interna en el colegio, se encargó de dirigir la Sección Femenina y Literaria de los sabatinos del periódico La Vanguardia de Manila. Compartió con José P. Bantug el premio Zobel en 1956, el uno por su estudio de medicina histórica y ella por su libro de versos A lo largo del camino (1954).
Bibliografía de Adelina Gurrea
  • Cuentos de Juana. Narraciones malayas de las islas Filipinas. Madrid: Prensa Española, 1943. Segunda edición 1955. Primer premio de relato del Círculo Internacional de Periodistas y Escritores de la Unión Latina en 1951.
  • A lo largo del camino. Madrid: Círculo Filipino, 1954. Prólogo de Federico Muelas. Viñetas y grabados de Beatriz Figueirido. Libro por el que la autora fue galardonada con el premio Zobel en 1956.
  • Filipinas; auto histórico-satírico. Valladolid: Imprenta Agustiniana, 1954.
    Portada de Antonio de la Fuente..
  • Filipinas, heredera privilegiada; decía ayer, digo hoy. Madrid: Círculo Filipino, 1954. Conferencia pronunciada en el Círculo Filipino de Madrid el día 30 de enero de 1954.
  • Más senderos. Madrid: la autora, 1967.
  • Rizal en la literatura hispano-filipina. Manila: Universidad de Santo Tomas, 1967.
    Discurso leído con motivo de su ingreso en la Academia Filipina correspondiente de la Real Academia Española en la sesión pública celebrada el 27 de noviembre de 1966.
  • En agraz. Madrid: la autora, 1968. Poemario en el que recoge sus escritos de juventud, compuestos desde 1916 a 1926.
  • https://manila.cervantes.es/es/cultura_espanol/Clasicos_hispanofilipinos/cuentos_de_juana.htm

Clásicos hispanofilipinos

La literatura hispanofilipina, abocada a la tragedia de devenir un corpus sin lectores, es, a pesar de su interés, la gran desconocida tanto en Filipinas como en los países hispanohablantes. Las obras escritas en español por autores filipinos, fruto de una cultura hoy en extinción, resultan en la actualidad productos de difícil, cuando no imposible, acceso. La Biblioteca Clásicos Hispanofilipinos, proyecto que se inaugura con Cuentos de Juana (Adelina Gurrea) y Los pájaros de fuego (Jesús Balmori), publicará en su primera fase ocho títulos en ediciones anotadas y prologadas por filólogos expertos en esta literatura. La colección pretende sacar a la luz sobre todo obras de autores filhispanos de principios del siglo XX, agotadas o inéditas. Con ello se busca, además de preservar y vindicar el legado literario de los últimos escritores que se expresaron en castellano en Filipinas, dar a conocer y poner a disposición del público las obras de una literatura en español de notable valor histórico y literario.
Una literatura por descubrir
La presencia de la lengua española en Filipinas dista mucho de la situación notable de que gozaba hace unas décadas. Si en 1940 se contabilizaban unos seis millones de hablantes, el censo de 1990 refleja únicamente varios miles de hablantes de español como lengua materna.
La literatura hispanofilipina no ha quedado inmune ante esa extinción paulatina de la lengua, y su evolución, una rica y apasionante historia, con muchos capítulos aún por investigar, ha sido reflejo de ese progresivo declive.
La literatura filipina escrita nace en español, ya que, si bien ya existía en las Islas una tradición literaria de tipo oral, la irrupción del español lo convertirá en el idioma en el que se fija por escrito esa tradición y se plasman de forma literaria interesantes procesos de transculturación: en castellano escribe su obra José Rizal, el gran clásico nacional filipino. Curiosamente, ese proceso no termina con el fin de la colonia, pues la “edad de oro” de la literatura hispanofilipina coincide con el período de la ocupación norteamericana.
En esos años, en torno a un número de periódicos, y utilizando la lengua como seña de identidad y símbolo de un programa independentista, se va articular la resistencia a la conquista norteamericana por parte de los más importantes intelectuales filipinos del momento. En las primeras décadas del siglo XX se dan a conocer escritores como T.M. Kalaw, Jesús Balmori, Claro Mayo Recto, Manuel Bernabé, Enrique Laygo o Antonio Abad, entre otros.
Pero si todavía en las dos primeras décadas del siglo XX se publicaban 27 diarios en español y en 1940 la Oficina de Publicaciones contabilizaba 40 publicaciones en castellano, las trabas a la enseñanza del español impuestas durante la ocupación norteamericana y las consecuencias de la guerra mostrarán un paisaje muy distinto a partir de 1945: después de la II Guerra Mundial, tan sólo reanudan su publicación algún diario y escasas revistas de corta vida o de alcance regional.
Con la práctica desaparición del castellano de la vida pública y de la educación, la literatura hispanofilina sólo pudo hallar refugio en las publicaciones literarias de los departamentos de español de universidades, de donde desapareció progresivamente conforme el español perdía peso en las carreras. Las consecuencias en los estudios de Filología hispanofilipina son igualmente demoledoras: al haber desaparecido el castellano como lengua hablada en Filipinas, la literatura filhispana es la gran olvidada, tanto en las Islas como en el mundo hispanohablante.
Con todo, esa recesión que ha sufrido la lengua española en Filipinas se ha frenado últimamente, pues desde hace unos años se abre paso una tendencia que, proveniente de EE.UU., está favoreciendo la recuperación del castellano en la sociedad. La reinstauración del español en la educación secundaria a partir de 2008 abre además una etapa llena de posibilidades que no se deberían desaprovechar.
Clásicos hispanofilipinos
La colección CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS pretende publicar una selección de obras filipinas escritas y publicadas en español durante la primera mitad del siglo XX, para su conservación, conocimiento y difusión en Filipinas y en el mundo hispanohablante.
La colección constará de ocho títulos en su primera fase. Cada una de las obras ofrecerá una introducción a cargo de un filólogo especializado en literatura hispanofilipina, y el texto, que se presentará en su versión original en castellano, vendrá acompañado de notas críticas.
Los principales objetivos de CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS son:
  • La recuperación de algunas obras de escritores hispanofilipinos de la primera mitad del siglo XX que hoy son inaccesibles o de muy difícil acceso, en ediciones críticas y anotadas.
  • El dar a conocer la literatura hispanofilipina en Filipinas y en el mundo hispanohablante, reivindicando su relevancia tanto en la cultura filipina como en los estudios de Filología Hispánica.
  • Fomentar el hispanismo y los estudios filológicos hispánicos en las universidades filipinas.
Aunque no renuncia a su carácter académico, la colección CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS está destinada al público en lengua española, tanto en Filipinas, España e Iberoamérica como, en general, a los hablantes y estudiantes del español en cualquier lugar del mundo.
La colección
En una primera etapa, CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS constará de ocho títulos, a publicar entre 2001 y 2017, a razón de uno al año. Inauguran la colección las tres siguientes obras:
La selección de obras y especialistas para cada uno de los textos correrá a cargo del coordinador del proyecto, asistido por un Consejo Asesor, formado por hispanistas de reconocido prestigio en la edición de clásicos y/o en la literatura hispanofilipina.

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Me piden versos de José Rizal

José Rizal

José Rizal

Poeta, Escritor y Médico Filipino cuyo nombre completo es José Protasio Rizal Mercado y Alonso Realonda

Calambá, 19 de junio de 1861-Manila, 30 de diciembre de 1896

Piden que pulse la lira
Ha tiempo callada y rota:
Si ya no arranco una nota
Ni mi musa ya me inspira!
Balbuce fría y delira
Si la tortura mi mente;
Cuando ríe solo miente;
Como miente su lamento:
Y es que en mi triste aislamiento
Mi alma ni goza ni siente.

Hubo un tiempo … Y es verdad!
Pero ya aquel tiempo huyo,
En que vate me llamo
La indulgencia a la amistad.
Ahora de aquella edad
El recuerdo apenas resta
Como quedan de una fiesta
Los misteriosos sonidos
Que retienen los oídos
Del bullicio de la orquesta.

Soy planta apenas crecida
Arrancada del Oriente,
Donde es perfume el ambiente,
Donde es un sueno la vida:
Patria que jamas se olvida!
Enseñaronme a cantar
Las aves, con su trinar;
Con su rumor, las cascadas;
Y en sus playas dilatadas,
Los murmurios de la mar.

Mientras en la infancia mia
Pude a su sol sonreír,
Dentro de mi pecho hervir
Volcán de fuego sentia;
Vate fui, porque quería
Con mis versos, con mi aliento,
Decir al rápido viento:
Vuela; su fama pregona!
Cántala de zona en zona;
De la tierra al firmamento!

La deje! … Mis patrios lares.
Arbol despojados y seco!
Ya no repiten el eco
De mis pasados cantares
Yo cruce los vastos mares
Ansiando cambiar de suerte,
Y mi locura no advierte
Que en vez del bien que buscaba,
El mar conmigo surcaba
El espectro de la muerte.

Toda mis hermosa ilusión,
Amor, entusiasmo, anhelo,
Allá quedan bajo el cielo
De tan florida región:
No pidáis al corazón
Cantos de amor, que esta yerto;
Porque en medio del desierto
Donde discurro sin calma,
Siento que agoniza el alma
Y mi numen esta muerto.

https://www.buscapalabra.com/poetas.html?nombre=José%20Rizal

¡ Por Dios, a quién condenamos!

280 páginas

“La figura humana de Rizal es digna de profundo estudio. Vivió treinta y cinco años; a los veintisiete había dado la vuelta al mundo; fue médico, novelista, poeta, político, filólogo, pedagogo, agricultor, tipógrafo, políglota (hablaba más de diez lenguas), escultor, pintor, naturalista, miembro de Centros científicos europeos, que dieron su nombre a especies nuevas por él descubiertas; vivió y estudió en las grandes capitales de Europa y América; el índice de sus libros y escritos varios ocupa no pocas páginas de este volumen. Dedicaron a su muerte veladas y recuerdos necrológicos varias Sociedades científicas, y la Prensa de todo el mundo. Ese fue el hombre que fusilamos”. (Javier Gómez de la Serna, en W. E. Retana, Vida y Escritos del Dr. José Rizal).

“En lengua española pensó, y en lengua española dio a sus hermanos sus enseñanzas; en lengua española cantó su último y tiernísimo adiós a su patria, y este canto durará cuanto la lengua española durare; en lengua española dejó escrita para siempre la Biblia de Filipinas”. (Miguel de Unamuno)

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