Adelina Gurrea
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En esta liga pueden bajar el libro. como ejemplo de su estilo, el cuento Talisay

_/ jaque l talisay gigantesco que soleaba su follaje en los días de sol ardiente y cabeceaba humillado bajo el zarandeo de los tifones, no había estado siempre solitario como cuando yo le conocí. En lejanos días había sido sombra de un jardín
y del techo ñipado2
de la casa de un párroco, cuando en la localidad existía un barrio3
.
El talisay reinaba arrogante, empuñando el cetro de su altura sobre la casa, los arbustos y las matas olorosas del Oriente, y de noche miraba desde su terraza vegetal la iluminación del jardín con sus mil bombillas microscópicas que encendían y apagaban las luciérnagas en torno al aroma
fuerte de los ramajes en flor. De la casa sólo veía la claridad que se asomaba a través de las ventanas abiertas o resbalaba
1.-Árbol tropical frondoso de hojas anchas ovaladas.
2.-Techado con ñipas; palma filipina, con cuyas hojas se hacen paredes y techumbres.
3.- Barrio se llamaba en Filipinas a un poblado aislado, unas veces con cura y otras sin él.
*E1 gobierno y otras instituciones filipinas han tendido desde mediados del siglo XX
a sustituir el español barrio por el término nativo barangay de origen prehispano que
constituía una unidad de organización política en comunidades pequeñas. El vocablo
barrio sirvió para designar a la pequeñas poblaciones creadas durante el periodo español
y que generalmente contaban con la supervisión de un sacerdote. Los estudios sobre la
unidad social que constituye el barrio y su importancia en la vida filipina son muchos,
siendo uno de los más representativos el del antropólogo Felipe Landa Jocano, Growing
up in a Philippine Barrio (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1969.)
por debajo de los párpados de sus viseras pajizas. El talisay se sentía feliz y eterno; eterno no sólo en su existir sino en la vida también de lo que en torno suyo palpitaba, y creía que siempre, siempre, tendría a sus pies aquel huerto regado con amor por la mano de un hombre y que este hombre iba a perpetuarse también en el lugar, a su lado, con la gran camaradería del indefinido vivir cotidiano. El talisay no sabía nada de las luchas del alma con la carne, de las disciplinas por enderezar hacia el bien el continuo desviarse del hombre hacia el mal, de la turbia marejada humana, gastando su fuerza por la fuerza y su vida por la vida, en ese morir para vivir que es la existencia. El talisay, dentro de su eterna primavera tropical, creía en la felicidad de todos tal como él la sentía cuando el vigor ascendente de la savia que de la tierra le llegaba, le impregnaba, para robustecerse aún más con aquel otro alimento que tomaba del aire y del sol, de la humedad de la lluvia y el relente de las noches; y del beso cálido de las auroras y de las brisas, esponjando su follaje. El talisay bendecía a Dios por lo que a él le daba y por los dones que suponía recibía todo lo creado, en especial el hombre. El talisay no sabía que existía el diablo. Algún mal espíritu quizás al que Dios permitía que le mortificase un poco en los largos estiajes o los violentos huracanes, pero después de ello el bien y la bendición se gustaban mejor y aquel pequeño mal era sólo una preparación para el mejor goce. El talisay, ¡ay! vivía en estado de inocencia, porque no había conocido ni heredado el pecado original.
Y ahora después de muchos años estaba allí, viviendo la madurez de su soledad aparente, sin compañía vegetal alguna, ni hogar al que dar sombra. Esta sombra la pintaba la aurora
sobre la tierra en el lado opuesto al de la salida del sol. Una sombra alargada que iba mermándose y recogiéndose sobre sí misma hasta meterse debajo del tronco y desaparecer al mediodía, para volver a asomarse por el otro lado y estirarse, estirarse con el ocaso, muriendo en la noche. No había casa
ni jardín que le acompañasen de cerca. La nueva casa, que
surgió unos años después de desaparecer la que él protegía, y
el huerto que se formó en torno de aquella, estaban alejados,
al otro lado de la calzada. Frente por frente a él quedaba la
encrucijada del camino con una carretera corta que moría
delante de la nueva casa y el canal del riego para la huerta
que se cubría con un imbornal* limitado por dos bancos de
piedra. El imbornal había existido siempre porque era el
mismo canal el que regaba la huerta antigua. Y el agua del
canal discurría cristalina y lírica por debajo de aquél. Los
demás árboles del huerto habían desaparecido, por el rayo, por
sequías prolongadas o por el hacha del hombre que necesitaba
el terreno para otras siembras. En efecto, en una ocasión le dio
a aquel por plantar caña de azúcar, y fue precisamente cuando
se levantó la casa nueva y vinieron unas gentes blancas como
su amigo el párroco. Pero a él le respetaron siempre, no sabía
por qué, pero le respetaron. En torno suyo crecía ahora la
caña, y el arado daba un rodeo para no tocarle. El talisay tenía
la protección de algún ser ultraterrenal. Él lo ignoraba pero
lo sospechaba el cocinero Epifanio y años más tarde lo supo
Juana la criada de la casa de los amos del lugar. Pero ignoraba
entonces la historia de esa protección, y si conocía algo de ella,
el conocimiento era muy limitado.
El talisay estaba habitado. Pero no por asuang sino por
un espíritu indefinido y desconocido para el pueblo. Epifanio
lo sabía y tenía cierto trato con el huésped del talisay, así
como con la huéspeda del imbornal; porque también el
imbornal era hogar de un espíritu. En noches de luna clara,
Se llama así en Filipinas el paso cubierto de
5 Nombre general que se da a los duendes en un canalillo en el cruce de dos caminos. dialecto visava.
Cuando Epifanio volvía del pueblo de hacer su compra, le salía
al paso el habitante del talisay, y otras veces, oía una canción
dulcísima cantada por una voz que emergía del imbornal. El
espíritu tenía la figura de un fraile. No le hacía daño ni le
habló nunca, pero no le dejaba pasar y le entretenía cuando
llevaba prisa. Si a Epifanio le reñían por llegar tarde, se
excusaba con que el fraile del talisay le había impedido seguir
por más que intentase esquivarle encontrándole siempre como
una barrera delante de él.
—Tú estás borracho Epifanio —le decía entonces Juana—.
Y ves visiones.
Pero Epifanio juraba que no había bebido ni una gota ese
día y le soplaba el aliento a Juana para que comprobase que
no llevaba olor a aguardiente ni a tuba6
. Juana le llamaba “marrano” y salía de estampía para no ser víctima de otros
atropellos.
Esto sucedía cuando yo tenía nueve años7 y vivía en la
casa nueva de la hacienda azucarera. Los amos eran mis
padres, y éramos seis hermanos. A mi curiosidad infantil le
intrigaban mucho los cuentos de Epifanio, pero como Juana
no los confirmaba, poniéndolos siempre en duda, la curiosidad
se hacía débil y se difuminaba en los juegos y en el interés por
otras cosas.
Una noche Epifanio llegó pálido y sudoroso. Apenas podía
hablar.
—Y hoy ¿qué te ocurre que vienes así? —preguntó Juana.
—¿Para qué te lo voy a contar si no me lo vas a creer?
—respondió, fatigoso, el cocinero.
6
Bebida que se hace fermentando el líquido
7 “Recuérdese que Adelina nació en 1896,
que segrega la flor truncada de varias palme- justo al comenzar la revolución filipina frenras de Filipinas. te al gobierno colonial español, de modo que
después de nueve años nos sitúa en 1905,

—¿El pari otra vez? —inquirió Juana burlonamente.
—Mira Juana, tú tienes que pasar por el talisay entre las
ocho y las diez de la noche y algún día verás al pari y quizás a
la mujer del imbornal.
—Ah, ¿pero también hay una mujer en el imbornal?
—No te he dicho mil veces que he oído canciones cantadas
por una voz de mujer, melodías dulcísimas como venidas de
otros mundos.
—Sí.
—Pues hoy la he visto por primera vez. Oí la canción
celestial y me paré a escucharla, fijos mis ojos en las aguas del
canal. De pronto, vi que flotaba en ellas una túnica blanca
terminada en una cabeza bellísima de mujer, una mujer pálida
con una cabellera de oro que flotaba también sobre las aguas.
—Pero qué borracho estás Epifanio —le recriminó Juana.
—Pero rayo, si estoy más sobrio que el señor obispo de
Jaro8 ; la vi en el canal y luego surgió de él alta y esplendorosa,
blanca, blanca toda, los pies desnudos como la flor del algodón
que siembra el amo, el pelo como el palay maduro y las manos ;
la cara y todo, todo, blanquísimo.
Estábamos los hermanos arremolinados en torno a Juana y
yo me atreví a opinar.
—Juana ¿por qué no lo crees? Tú prueba a pasar muchas
veces por el talisay de ocho a diez como te dice Epifanio, a ver
si la ves alguna vez.
—Está bien, si me acuerdo lo haré después de que os haya
acostado a todos.

*La diócesis de Jaro se estableció en 1865 asolicitud de la reina Isabel II. Tenía jurisdicción sobre una gran extensión territorial queincluía la isla de Negros en la que se desarrollan los cuentos. Su sede estaba en la isla dePanay que pertenece al grupo de las islas Visayas y está situada en el centro del país.
¿Y no te da miedo, Juana? —pregunté admirando su valor.
—¿Cómo me va a dar miedo si no lo creo? Yo sé que hay
asuang, pero estos son, o turnaos, o tictiques, bagats9
, pero nunca un fraile ni una mujer blancos. No hay asuang blancos
en Filipinas.
—Bueno, pues aunque no lo creas, si no tienes miedo vete
donde el talisay. Yo te lo recordaré.
Y a partir del día siguiente Juana iba todas las noches
a pasear frente al árbol misterioso y el aún más misterioso
imbornal.
De una de estas salidas, Juana no volvió, pero nadie se
dio cuenta de ello hasta el día siguiente, porque Juana era la
última que se acostaba de la gente de mi casa. Como también
era la primera que se levantaba se la echó de menos enseguida.
Los criados la buscaron y la encontraron, tendida al borde del
canalillo, sin conocimiento. Nadie consiguió arrancar de ella
una explicación de lo sucedido y se excusaba alegando que
quizás se resbalase y se diese en la cabeza un golpe que la dejase
sin sentido. Los señores de la casa no se enteraron de este episodio porque cuando les hizo falta el servicio de Juana, ésta ya estaba metida en las faenas del hogar. Y nosotros, los niños,
tampoco supimos de aquella noche pasada en compañía, quizás, de los fantasmas.
Lo único que sucedió fue que Juana jamás se volvió a reír
de lo que Epifanio le contaba, en las noches que llegaba tarde a
hacer la cena, ni le reñía, ni encontraba anormal su conducta.
Suplía su ausencia poniendo a hervir la tinola™ y mondando las
patatas para que la cena estuviese a su hora, a pesar del retraso
del cocinero.
Duendes con distintos modos y procedímientos de vida y de venganza
10
Gallina hervida con patata y papaya
—Juana, ¿crees ya lo que te cuenta Epifanio? —La pregunté
en una ocasión.
Dudó un rato para preparar la respuesta.
—Bueno, sí —-tartamudeó Juana—, ¿y para qué le voy a
llevar la contraria? —concluyó.
A mí no me satisfizo la respuesta.
—Pero ¿crees o no? —insistí.
Juana se puso muy seria.
Indayu
, cuando seas mayor contestaré a esta pregunta, y te
pediré que me ayudes en una cosa —dijo solemnemente.
—Dímelo ahora y te ayudaré enseguida.
—Ahora no puedes ayudarme, y no debes saber mi
respuesta.
—¿Cuándo voy a ser mayor?
—Cuando cumplas los dieciséis años.
Estaba desplumando un pollo y se levantó para tirar las
plumas en el fogón.
Yo quise insistir, pero ella salió al pantauu
y cogió agua de una tinaja para poner el pollo a hervir. A un lado tenía peladas,
limpias y cortadas en rajas longitudinales las papayas verdes que
debían cocer con el pollo. Echó leña al fuego y colocó la olla
sobre la placa caliente. Se volvió a sentar en el suelo y se puso a mascar buyo™.
Ese año me enviaron a Manila a estudiar. La novedad de la
capital, los libros y las compañeras de clase me hicieron olvidar
a Juana. Sólo por las tardes en la melancolía de los ocasos, que
coincidían con la hora de estudio, volvía a surgir el recuerdo
de mi hogar, de los cañadulzales, de las calzadas polvorientas,
11
Nena.
13
Mascada de hojas de betel, nuez de areca
‘2Plataforma de madera incorruptible que y cal.
separa la cocina y habitaciones para la higiene, del resto de la casa.
de las riberas bordeadas de tigbawalesw donde miles de
mayas™ hacían su nido para que los chicos nos apoderásemos
cruelmente de los huevos blancos destinados a romperse
en pajarillos y cuyo destino truncábamos comiéndonoslos
crudos, con cascara y todo. Y entre los recuerdos surgían
Juana y Epifanio y siempre, siempre, el talisay con su misterio
escondido en su tronco y el imbornal de enfrente. Y así un
año y otro, contando los que iba cumpliendo hasta llegar a los
dieciséis. Aquellas vacaciones, Juana tenía que revelarme el
misterio del talisay y pedirme el favor que me había anunciado.
Ya no era una curiosidad infantil la que me intrigaba y me
hacía partícipe del misterio del talisay. Me consideraba una
mujer, tenía estudios hechos, había empezado a comprender
que del alma iba surgiendo un calor, desnudándose un fuego,
algo así como un rescoldo fuerte, cubierto con cenizas que una
mano iba aventando suavemente echando al tacto exterior el
calor, cada vez más fuerte a medida que la capa que lo cubría
se iba haciendo menos espesa. Pero esa brasa encendida no
era una cosa material; no era el despertar del instinto en el
organismo, cuando alcanza su desarrollo, avivando exigencias
dormidas en lo embrionario. No, ésta era una fuerza espiritual
cuyo latir se hacía cada vez más vigoroso y que incluso apagaba
o frenaba la carrera de lo fisiológico, inundando el ser con la
curiosidad de la vida impalpable. Yo sabía que había un Dios,
una Madre suya, muchos ángeles y muchos santos, pero todo
esto pertenecía a lo invisible, a ese mundo que los sentidos
no captan pero que pone una sed escocida en esa otra cosa
impalpable que se llama el alma. Pues si nos habían enseñado
en el regazo maternal y en las aulas del colegio, que existía este
mundo así poblado, también podían alentar en el mismo otras
Donde crece una planta llamada tigbaw
15
Pájaro pequeño que vuela en bandadas,
parecida al carrizo.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
cosas y otros seres que acompañasen la existencia material de
los hombres, con mandatos, con susurros, con bendiciones y
también, ¿por qué no? con influencias maléficas, maldiciones y
venganzas. También existía el diablo y el diablo había de tener
asimismo su cortejo infernal.
A ese mundo, bueno o malo, podían pertenecer el pari del
talisay y la dama hermosa del imbornal. Por eso, a medida que
el rescoldo fue irradiando su calor a través de la ceniza que le
tenía oculto, me fue interesando más y más el caso del árbol y
su leyenda.
Como siempre, regresé a la hacienda para las vacaciones.
Hacía ya tres o cuatro años que no pasaba las veladas con
Juana en la cocina. Conforme iba creciendo fueron exigiendo
mi presencia en la sala y en la tertulia familiar. Se agrandaban
las distancias horizontales y verticales. Yo era la señorita y
Juana la sirviente. Pero ella, me había visto crecer y seguía
llamándome Inday. Y en correspondencia a ese orgullo que
sentía por haberme servido siempre, yo guardaba el calor de
gratitud y de cariño por sus cuidados, sus ternuras y su amor16
.
Y por si todo esto fuera poco, existía entre ella y yo ese enigma
del talisay que teníamos que descifrar. Esa respuesta que había
de dar Juana a mi pregunta de niña y ese favor que tenía que
pedirme cuando recibiese aquella.
“Ahora no puedes ayudarme y no debes saber mi
respuesta”, me dijo entonces.
Pero había alcanzado la edad señalada, podía ayudarle y
tenía derecho a saberla.
Y se la exigí.
‘La relación que la autora muestra
con Juana es muy personal, como deja
traslucir en los cuentos que publicó; no
obstante, en este relato inédito se acentúa
su profundidad. Será la aventura en torno
al talisay la que explique mejor su cercanía.
Como vimos en la introducción, uno de los
temas centrales que subyacen a la trama
sobrenatural son las relaciones entre los nativos y los colonizadores.
CUENTOS DE JUANA
•—-Pero, ¿crees o no crees, Juana?
Y esto fue lo que me contó.
Tenía que creer porque lo había visto muy claro. Aquella
noche que pasó fuera de casa, había ido tal como me prometió
a pasear un poco frente al talisay. Eran las nueve de la noche.
En ninguna visita anterior logró ver cosa alguna extraordinaria
ni anormal, e incrédula y distraída, daba paseos para arriba y
para abajo, dispuesta ya a regresar al hogar y acostarse. En el
término de unos minutos salió la luna y el campo se iluminó,
una iluminación clara y plateada con contrastes de sombras
vegetales que hundían el paisaje en una irrealidad. La noche
tropical era cálida y bochornosa, con ese ruido sin ruido de las
cigarras que hacen silencios con su inapreciable monotonía.
La falta de perspectiva hacía del talisay una masa oscura
cobijadora, pero el imbornal con sus dos guiones encalados de
piedra armada resaltaba sobre la corriente, hundida en la grama
que bordeaba el canalillo. Un guiño de la luna bajó el párpado
de una nube y en la sombra del minuto surgió el pari desde el
talisay, y la fontana de una túnica blanca empenachada por una
cabellera rubia de debajo del imbornal. Juana creyó que era su
vista la que se había oscurecido y que las visiones eran fruto de
una alucinación patológica. Pero ¿por qué precisamente iban a
ser el pari y la mujer blanca?
Sus piernas se doblaron y cayó al suelo. Lo que ocurrió
luego no sabía si lo soñó. Pero la impresión fue tan fuerte que se
creyó obligada no sólo a guardar el secreto sino a realizar tan
pronto pudiese lo que los fantasmas le habían suplicado hacer.
Juana sabía que sólo con la ayuda de un blanco podría llevarlo
a cabo. Y el único gran amigo blanco que tenía era yo.
Por eso tuvo que esperar a que cumpliese dieciséis años.
Cuando Juana cayó al suelo, una nube muy espesa cobijó
a la luna y se hizo más acentuada la oscuridad, pero a ambos
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
lados suyos quedaron arrodillados el fraile con su hábito blanco
y la mujer en su túnica blanca también, destacando sobre el
fondo de negrura de la noche. Ella sentía el aliento de sus bocas
vagar sutilmente sobre su cara, un aliento fresco con olor de
tanglad’17
y de azahar. Pero sus rostros eran tan inexpresivos que
por ellos se convenció de que estaban muertos. Adivinaba que
querían hablarle. Sin embargo pasaban los minutos y no decían
nada, con las pupilas turbias fijas en el pecho de Juana y las
manos rígidas entrelazadas sobre los suyos propios.
Juana fue la primera que habló.
—¿Estáis en el infierno?
—No —dijo el fraile—, vivimos en un mundo del cual no
podemos salir para entrar en el mar de la Gloria de Dios. Antes
de que una mano piadosa haga desaparecer unas cartas…
—Unas cartas —interrumpió la mujer con la misma voz
monótona fantasmal del fraile— que no debí de haber escrito
nunca.
—La culpa fue mía, la culpa fue mía por no haberlas
destruido, por no haber previsto el mal que podían haber
traído.
—Si yo no las hubiera escrito, cometiendo un pecado y
haciendo pecar.
Y la voz se hizo más cavernosa pasando como un aliento de
expiación sobre la rigidez alba de las dos figuras.
Y se hizo un silencio que pesaba sobre el pecho de Juana
con un ahogo de angustia. Juana habló al fin para tratar de
librarse de ella.
—Y ¿qué puedo hacer yo, si soy una pobre sirviente nativa
sin poder para nada?
Planta de hojas largas y olorosas.
::E1 cymbopogon o andropogon citratus, se utiliza
como hierba medicinal y en la cocina por su
aroma que parecido al del limón hace que
en inglés se la conozca como lemon grass o
hierba de limón.
CUENTOS DE JUANA
•—Eres nativa —replicó el fraile—, pero vives con castilas™,
y tú o tus amos podrán introducirse algún día en el convento
del párroco del pueblo y extraer del archivo la caja que contiene
las cartas.
—Tienes que hacerlo, Juana, tienes que hacerlo para que
nosotros podamos volar a Dios —dijo la dama blanca.
Y como si el fraile no la hubiese oído continuó dando
instrucciones.
—En el último anaquel, junto al techo, en la esquina pegada
a la ventana, detrás de unos libros de partidas de bautismo,
comidos ya por el anay”. Haz desaparecer la caja, Juana, hazla
desaparecer del mundo vuestro, por la salvación de tu alma y de
las nuestras.
—Hazlas desaparecer —repitió como un eco la voz grave y
doliente de la mujer— hazlas desaparecer, lo más pronto posible
para librarnos de la cadena que nos ata al talisay y al imbornal.
En este momento llegó hasta Juana, cabalgando sobre la
oscuridad y el olor fuerte de las madreselvas, la voz del reloj
del comedor abierto, que daba las doce de la noche. Con cada
toque las figuras se iban haciendo más tenues como si las fuese
desvaneciendo gradualmente el sonido del reloj y las voces se
iban apagando en su cantinela lúgubre de súplica trágica, tras
de cada golpe:
—Hazlas desaparecer, hazlas desaparecer, hazlas
desaparecer…
El estribillo en dúo quedó cortado con la ausencia de los
dos espíritus al toque último de la medianoche.
En ese momento salió la luna y como un lamento, más que
como una frase, la voz lejana de la dama blanca ululó estas
palabras:
18
De Castilla, castellano: nombre que los
19
Termita,
naturales de Filipinas daban a los españoles.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Pero guarda el secreto si no quieres ser maldita.
Juana perdió el conocimiento y ya no supo si la luna estuvo
encendida toda la noche o si la raptó de la tierra la envidia
de los nubarrones. Ya no se dio cuenta de nada basta que a la
mañana siguiente la despertaron los criados de la casa, que
dormían fuera de ella.
Y tampoco supo si había soñado, tan sólo soñado. Pero en
su oído quedó resonando con lamento de caracola, la súplica y la
maldición profètica. “Hazlas desaparecer”. “Pero guarda el secreto
si no quieres ser maldita”.
Juana hubiera querido actuar enseguida y, enseguida
también, hacer desaparecer la caja de las cartas. Pero ¿cómo? En
el convento vivía el bata20
, que era al mismo tiempo el sacristán,
y servía como cocinero un hombre muy viejo llamado Ticong,
(su nombre era Escolástico) Juana conocía a Ticong. Había sido
cocinero de Doña María, su antigua ama, antes de entrar al
servicio del Señor Cura, del Padre Andrés. Cuando Juana, de
mocita, le conoció, era ya hombre maduro. Juana no sabía dónde
había servido antes. Y trató de averiguarlo.
A ella no le daba tiempo de ir a misa los domingos. Eso
era cosa para los amos únicamente, que no tenían que aviar
la casa y podían hacer los cuatro kilómetros que distaba la
hacienda del pueblo en un quiles2
^ tirado por una vaca22
o en un
carruaje al que se enganchaba el Moro23
de la cuadra del señor.
Pero en Semana Santa sí la dejaban ir al pueblo para los cultos
de la Pasión y también acompañaba a las niñas cuando había
que llevarlas a las flores de Mayo. En una ocasión como ésta
Criado joven. *Este sustantivo perteneciente al tagalo se refiere a “un chico o muchacho”. Es homógrafa a otras formas diferentes en su pronunciación. Como adjetivo
a partir del anterior significa “inmaduro” o
“joven”.
Especie de tartana.
“Probablemente se trata de un carabao.
”El caballo.
CUENTOS DE JUANA
Juana dejó a las niñas que iban a la procesión en casa de Doña
Rosaura, la maestra del pueblo, y pidió permiso para ir a ver a
una comadre.
Se fue al convento. Subió a la cocina por la escalera de
bambú del uso exclusivo de la servidumbre. Ticong estaba
degollando un pollo y después de cortarle la cabeza lo tiró sobre
la plataforma de madera que separaba la cocina del cuerpo
principal de la casa parroquial. Sobre tal plataforma el animal
decapitado seguía dando volteretas por impulso mecánico de su
sistema nervioso.
—Buenas tardes Ticong •—le saludó sacando de su cintura
un envoltorio.
—Buenas tardes. ¿Has venido de compras? —preguntó
aquél extrañado de la visita.
—No, he venido acompañando a las niñas y me acordé de
traerte un poco de butung-butung24 •—y le entregó el envoltorio.
—Gracias, pero mal tengo ya la dentadura. El buyo no me
sirve y el humo del tabulait25 apenas me mata el bicho que me
causa el dolor en las muelas.
—Insiste con el tabulait que al fin acaba por matarlo —le
aconsejó Juana.
—Ya lo hago, ya lo hago.
—De joven ¿no te lavabas los dientes con polvos de
carboncillo de bonga26 quemada? —insinuó Juana para ver si
conseguía que le hablase de sus tiempos de mozo.
24
Golosina hecha con el almíbar de la caña
de azúcar, dejándolo enfriar cuando está a
punto de cristalizar, y estirando y plegando
continuamente la masa correosa hasta dejarla dorada.
2 5
Fruto de un arbusto. ‘Solanum cumingii,
planta autóctona de Filipinas que recibe diferentes nombres en las distintas lenguas del
archipiélago. De entre 30 y 60 centímetros
de altura, tiene flores violáceas, se utilizan
tanto las hojas como las semillas en preparaciones que sirven para mitigar inflamaciones
y en particular el dolor de muelas.
Nuez de areca. *En Filipinas esta nuez
carbonizada y después pulverizada se utiliza
para blanquear los dientes.
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
—No tenía mucho tiempo para esas cosas. Vivía yo
entonces lejos del pueblo.
—¿En dónde?
—-¿En dónde? Pues donde vives tú ahora, sólo que entonces
la casa estaba unos metros más cerca de la carretera, junto a un
talisay.
—¿Y con quién vivías tú allí? —preguntó Juana encantada
del giro de la conversación.
— Ah, entonces aquello era un barrio, un barrio con pari y
yo vivía con él.
— ¿Y cómo desapareció ese barrio}
—Huu, eso es largo de contar. Fue una historia triste.
—Anda hombre cuéntamela; ya sabes cómo me han gustado
siempre las historias tristes.
Y Juana se sentó en el suelo y comenzó a tomar su mascada.
—Sí, sí, pero esto fue una pena. ¡El pari Javier era tan
bueno!, luego se trastornó, o se enfermó o algún asuang le echó
mal de ojo. El caso es que el Pari andaba como sonámbulo, y
hablaba solo y se levantaba a media noche o de madrugada y se
paseaba como un loco por el jardín.
—Estaría loco de verdad.
—No, no, una noche le vi llorar. Se postró de rodillas en
medio del huerto y decía en castila27
: “Arráncamela del alma,
Señor, arráncamela de los ojos y de la memoria y de la sangre,
de la sangre, Señor, arráncamela.” Y después de eso se tiró de
bruces sobre el suelo y lloró. Yo no me atreví a ayudarle, porque
los castilas se enfurecen cuando nosotros los nativos nos damos
cuenta de que también tienen debilidades28
.
—¡Qué extraño! —exclamó compasiva Juana.
En castellano. la autora muy a propósito de las relaciones
*Otro de esos interesantes comentarios de entre los nativos y los colonizadores.
CUENTOS DE JUANA
—Sí, era extraño, pero que Dios me perdone si pienso que en
ello, y aunque fuese pari, andaba una mujer.
—Sus, María, Usep —se santiguó Juana—• eso es pecado.
—Sí, es pecado, pero nadie está libre del pecado. Pari Javier
era un santo y antes de recibir unas cartas que le llegaban
de allá de su tierra, era jovial, trabajador, e incansable en
enseñarnos el catecismo, la bondad y la caridad. Luego se puso
triste y flaco y pálido y amarillo con una cosa que los castilas
llaman melancolía.
—¿Por culpa de las cartas? — inquirió Juana, deseando más
detalles sobre el tema.
—Por lo menos ellas fueron el principio de su mal. Y venían
de una mujer, que yo vi firma en una de ellas y decía “Rosario”.
—Tú verías la firma, pero si no leíste la escritura, la firma
podía ser de cualquiera de su familia.
—Nunca había recibido carta alguna de nadie. No tenía
familia o no se acordaban de él, porque nadie le escribía,
pero cuando empezaron a venir esas cartas, fueron como un
vendaval que arrasa y destruye cuanto encuentra a su paso,
como una inundación que al bajar deja todo enterrado en cieno.
Ticong calló y Juana insistió.
—Y ¿qué pasó por fin con el pobre Pari}
—Le quitaron de allí y se lo trajeron al convento del pueblo.
—¿Por qué? —insistió Juana.
—Por qué… pues porque se dieron cuenta de que le ocurrían
cosas extrañas —contestó el viejo Ticong algo molesto con las
preguntas de Juana.
—Y tú ¿te viniste al convento con el Pari} —continuó aún
Juana.
—No mujer, no, yo me quedé allí en la casa cuidando de las
cosas del Pari —replicó con impaciencia el viejo.
—¿Hasta cuándo?
CLÁSICOS H1SPANOFILIPINOS
—¿Y a ti qué te importa todo esto? —gruñó Ticong fuera
de sí.
—Hombre no te enfades —suavizó Juana— es por mera
curiosidad. Como hace tanto tiempo que no nos vemos… pues…
es por saber de tu vida.
—Demasiada curiosidad y… comprendo que quieras saber
de mi vida más reciente, pero no de lo que ocurrió hace treinta
años.
—Nada, nada, no cuentes más y no te enfades, perdona
hombre. Al fin y al cabo a mí de qué me sirve enterarme de
cosas.
—Eso digo yo —murmuró más calmado el cocinero, y
continuó— las mujeres siempre queréis enteraros de todo.
—Algo hay que hacer, y es agradable escuchar historias y
repetirlas luego ante otras personas.
—Pues esta historia no es para irla cantando.
—Razón tendrás —contestó Juana con indiferencia fingida.
Resbaló otra pausa sobre un silencio.
—Te voy a ofrecer un trago de una tuba especial —rompió
Ticong.
—No gracias, no bebo.
—Pruébala, esto no lo has catado nunca. El pari Javier la
tomaba y hasta le calmaba los nervios.
—De bastante le sirvió si al fin se murió.
—Mujer, se murió, bueno se murió porque… no, no,
—clamó con rabia el viejo— no es porque tenía que morirse,
porque joven y fuerte lo estaba.., pero aquello fue obra de un
asuang. Yo creo Juana que del bagat29
.
—¿Por qué el bagat precisamente?
‘Para seguir la discusión sobre los seres
sobrenaturales entre Ticong y Juana véase la
introducción.
CUENTOS DE JUANA
—Pues creo que el bagat —comenzó Ticong a titubear—
creo, en fin que quería vivir en el talisay y la presencia del pari
Javier lo impedía. Los asuang son cosas del demonio y el pari
llevaba la cruz siempre con él.
•—Pues tiene más trazas de que fuese un tamao, que son los
que desean habitar en los árboles —replicó Juana.
—No, no, tú no comprendes, era un bagat, tenía que ser un
bagat.
—No sé por qué Ticong —le discutió Juana—; pero en fin
tamao o bagat pudo más —siguió Juana, escupiendo luego la
salivación roja de su mascada.
—No pudo —chilló el viejo con amor propio herido— no
pudo porque aún no ha conseguido vivir en el talisay.
—El tamao mató al pari y el talisay está habitado.
Pregúntaselo a Paño (Paño era Epifanio) —recalcó Juana.
—Nada me importa lo que diga Paño, pero el bagat no vive
en el talisay.
—Tú no sabes nada de eso —le espetó Juana tratando de
exasperarle para que hablara—. ¿Quién habita el talisay más
que el tamao}; el tamao que venció al pari Javier.
Era más de lo que Ticong podía soportar. Cogió a Juana de
una muñeca la hizo levantar del suelo y la llevó a la ventana.
Allí le susurró al oído con mucho misterio:
—Para que lo sepas, yo soy el único que sabe todo. Y te diré
que el talisay está habitado por el alma del pari Javier.
—Sus, María, Usep —volvió a invocar Juana—, tú estás
loco, las almas de los castilas se van al cielo o al infierno pero
no a los talisays30
.
—Rayo de mujer —gritó exasperado Ticong— no estoy
loco y te diré otra cosa. Si alguien pudiera enterrar al pie del
*Ante la desgracia y la muerte el destino tivos. Véase en la introducción el apartado
de los castilas es el mismo que el de los na- sobre la religiosidad primitiva.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
talisay una caja que contiene las cartas de aquella mujer, el pari
se vería libre de su cárcel dentro del árbol y además el bagat no
podría ya nunca tomar posesión de él.
—¿Y por qué no haces tú eso para ayudar a tu antiguo amo?
¿Por qué le tienes allí condenado si puedes evitarlo?
—’Rayos y demonios otra vez. Cómo voy a llevar allí las
cartas si el bagat… bueno.., bueno he hablado demasiado y no
digo una palabra más, ¡hala!, ¡sulung^l, y llévate tu butungbutung, que sólo de verlo me están doliendo las muelas.
La empujó hacia la plataforma donde descansaba la escalera
de bambú para los criados. A Juana le dio miedo la actitud del
viejo y no quiso ofrecer resistencia. En el suelo yacía el pollo
muerto y la cabeza con los párpados cerrados entre el pico
blanco y la cresta desteñida, sola y alejada del cuerpo, le dio un
escalofrío.
Bajó deprisa la escalera, arrojada por Ticong que repetía
cada vez más reciamente: “\Sulung, sulungV.
Abajo, el huerto estaba ya anegado en sombras, mientras el
sol se ponía rápidamente. El relente olía a flores en la oscuridad
y Juana apresuró el paso para salir de ella. Atravesó la cerca de
madera vestida con el verde de las enredaderas y respiró más
libremente en el espacio abierto de la calle.
Las campanas de la iglesia comenzaron su repique y su voz
volaba sobre la ñipa de los techos, sobre las planchas de hierro
galvanizado que cubrían las casas ricas.
Las estrellas se asomaron para ver cómo la Reina de los
cielos entraba en la iglesia de vuelta ya de su gran paseo con
un cortejo de niñas y de almas blancas. Tules y flores sobre las
cabezas, canciones en los labios, llamas de fe en los pechos.
Juana nos llevó de la mano al quiles que esperaba en la esquina
Largo de aquí.
CUENTOS DE JUANA
enganchado a una vaca. Y el trote corto de ésta nos durmió,
mientras Juana atisbaba con pavor la negrura de las sombras
del camino.
Juana habló otra vez con Ticong cuando el padre Andrés
fue a la hacienda a visitar a los amos. Ticong hacía de cochero
del padre siempre que no había otro que lo hiciese. El padre se
quedó a comer y Ticong pasó a la cocina a hacer lo propio con
el servicio. El viejo cocinero parecía triste, recordando el lugar.
Después de la comida Epifanio se marchó al pueblo a hacer
la compra y el criado tuvo que bajar al río con las latas y la
pinga32 en busca de agua. Juana le miró alejarse con satisfacción
porque quería quedarse a solas con Ticong.
Cuando vio su silueta en mitad de la plaza, la pinga sobre el
hombro derecho y las dos latas balanceándose colgadas de los
extremos, trató de iniciar una conversación con el cocinero.
—Te encuentro callado y triste, Ticong. ¿Es que te ha
sentado mal la comida? —preguntó Juana.
—Estoy haciendo bien la digestión y la comida fue de
mi gusto; bien te lo demostré eructando dos veces cuando
acabamos —calló para recordar—. Estoy mirando el talisay.
Está hermoso pero muy solo.
—Solo no, que dentro le acompaña el pari Javier y enfrente
tiene a la mujer blanca.
—Esa no me importa, pero el pari Javier sí. Fue bueno,
bueno, y me da mucha pena su mala suerte.
Juana puso delante de Ticong un tabo33 lleno de tuba bien
fermentada. Ticong comenzó a beber.
—Y además, cuánto sufrió antes de morir, sufrió hasta
volverse casi loco.
Juana callaba y le dejaba hablar. Ticong bebía.
Tira ancha de bambú que sirve para llevar apoyado el centro sobre el hombro.
dos recipientes colgando de sus extremos y Recipiente hecho con la cascara del coco.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Cada vez que recibía una carta de allá y de ella,
quedaba días y días callado, con la cara desencajada, las
orejas hundidas y los ojos entornados a veces, y otras muy
abiertos, como los de un loco. Y de noche no dormía. Se
revolvía en su cama, rugiendo a ratos, y a ratos sollozando
hasta que se levantaba y andaba por el huerto.
Y así toda la noche y así casi todas las noches.
Juana escuchaba. Ticong bebía. Cuando se vació el tabo
lo volvió a llenar hasta tres veces. Después de eso el cocinero
hablaba y hablaba y hablaba. Y Juana se enteró de todo. De
cómo llegó al convento la murmuración sobre la locura del
padre Javier, de cómo se le llamó y tuvo que dejar el lugar, de
cómo un día recibió una carta que dio al traste con su entereza
y le hundió en una crisis desesperada. Y cómo, más tarde, llegó
la noticia de que un barco que venía a Filipinas naufragó en el
mar de la China, pereciendo el pasaje y la tripulación, cuando
casi tocaba el puerto de Manila.
En ese barco venían varios frailes de la misma orden del
Padre Andrés y un militar con su esposa. La mujer era ella. El
padre Javier se desmoronó en el colmo de su dolor. Y una noche
huyó del convento.
El hábito blanco cruzó las calles dormidas del pueblo a
las que la luz de la luna apenas llegaba, filtrada por el ramaje
del arbolado que las sombreaba. Con las manos sujetando
algo debajo del brazo izquierdo, el pelo encrespado y el hábito
extendido por el viento hacia atrás, su figura pasaba en trágica
carrera por entre la paz y el descanso cobijados por las ñipas y
los tabiques de tiras de bambú. Era la hora del sueño profundo
y ni los animales le sintieron casi. Apenas un ladrido, ya en
las afueras, cuando dejaba el poblado y se alejaba, cada vez
más enloquecido, por el camino estrecho —entonces sólo una
vereda— que ahora era ya la calzada real. Y el eco de la voz
CUENTOS DE JUANA
de los canes, se fue debilitando en la distancia y en las matas
espesas de tigbaw, de ricino, de tuba-tuba34 que bordeaban
el paso, estrechándolo con su follaje. El piso irregular le hizo
caer varias veces antes de llegar y en los riachuelos que tuvo
que cruzar, se le embarró el hábito mojado por el agua. Obseso
y alucinado llegó al talisay y a la casa. El caserío del barrio,
alejado de ella casi trescientos metros, soñaba su descanso a lo
largo del río.
El padre Javier se tiró al suelo, dejó a un lado la caja que
traía y con las uñas comenzó a cavar un hoyo al pie del talisay.
Jadeaba, y su jadeo, ruidoso y trágico despertó a Ticong.
—Me levanté muy despacito y miré por las cañas del suelo,
por si alguien debajo de ellas intentaba lancearme. Como no
vi a nadie me asomé con mucho cuidado a la ventana. El pari
Javier, como un perro con prisas de enterrar el alimento, cavaba
y cavaba con las uñas. Quise bajarle un azadón pero dudé y
mientras vacilaba, ocurrió una cosa terrible.
Ticong hizo una pausa, se llevó las manos a la frente y se
limpió el sudor, transpiración de vino y de terror. Juana no
quiso instarle a que reanudara el relato y esperó callada.
—Dame agua —murmuró Ticong— y no me traigas más
tuba, que tengo que conducir el quiles de vuelta al pueblo.
Juana se fue al pantau y enjuagó el tabo llenándolo después
con agua limpia de las tinajas. Ticong bebió, vertió el agua
sobrante sobre su cabeza y se encontró mejor.
—Una cosa terrible —repitió— no sé qué fuerza invisible
pareció agarrar al pari Javier del cuello, lo levantó haciéndole
girar para atrás sobre sus rodillas y lo apretó luego contra el
suelo. Un estertor salió de su garganta. Venciendo mi horror al
asuang bajé corriendo a ayudarle, pero el Pari yacía ya muerto,
Planta muy corriente en la vegetación de Filipinas.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
su cara hundida en un charco de sangre que de su boca manaba
hasta el suelo. En el cuello tenía las huellas rojas de unas uñas
de un tamaño gigante. Le había estrangulado el bagat.
—¿Por qué te empeñas en que tiene que ser el bagat? Los
bagats no suelen matar directamente.
—Es extraño sí, pero lo que nunca ha sucedido, es que un
tamao te salga al paso en una calzada y no te deje continuar tu
camino.
—Este asuang ¿lo hace? —preguntó perpleja Juana.
—Lo hace, sí; pero eso no importa ahora. El caso es que
en aquel momento no me di cuenta de la terrible situación en
que me encontraba, pero luego pensé que podían echarme la
culpa de la muerte del pari Javier. Sin embargo, a mí lo que más
me preocupaba era realizar lo que hubiese querido terminar
de hacer el Pari. Quise enterrar la caja y fui en busca de un
azadón. Empeño inútil, Juana, el azadón sonaba contra el suelo
como si éste fuese de piedra y se mellaba sin conseguir ahondar
lo más mínimo.
—Era el tamao, Ticong, era el tamao —interrumpió
Juana.
—Tamao y bagat en todo caso —cedió Ticong—, pero
yo no sabía qué hacer. Registré todo el cuerpo del pari
Javier y le quité una carta y el rosario. No sé por qué, como
si una voz sobrenatural me lo ordenase, eché el rosario al
hoyo que había hecho el pari Javier y lo tapé rápidamente,
pisoteándolo furiosamente. Cuando terminé creí que el asuang
me iba a estrangular a mí también, pero no; se levantó un
viento muy fuerte que hizo cabecear furiosamente al talisay
y se calmó instantáneamente, tal como había surgido. Subí
apresuradamente la caja y la escondí entre la viga mayor y el
techo y marché al convento del pueblo sin tocar el cuerpo del
pari Javier, a dar cuenta de todo al párroco.
CUENTOS DE JUANA
—¡Qué valiente! —admiró Juana.
—No, yo quería que el párroco supiese lo ocurrido antes
que nadie y antes que amaneciese. Y me arriesgué. Relaté lo
acaecido sin mencionar la caja, la carta ni el rosario. Le dije que
el pari Javier escarbaba, escarbaba el suelo y el párroco pensó
que lo hacía porque estaba loco. Yo estaba temblando mientras
lo contaba, esperando que de un momento a otro me acusase el
pari de asesino. Pero no, no me dijo nada35
.
Ticong volvió a enjugarse el sudor y a pedir agua mientras
bebía y se remojaba la cabeza, Juana preguntó impaciente:
—¿Entonces qué ocurrió?
—Me mandó el parí que calladamente ensillase dos caballos
y nos fuimos rápidamente al barrio, recogimos el cuerpo del
pari Javier, borramos la sangre de la tierra y lo trajimos al
convento.
Al romper el día, colocado en su cama, parecía que había
muerto de enfermedad.
—¿Y no sospecharon de ti? —preguntó Juana.
—A mí nada me dijeron. Esto me asombró; únicamente y en
la misma noche del suceso, después de colocar al pari Javier en
su lecho, me dijo el pari párroco:
—Ticong, tú eres un hombre leal y querías mucho al pari
Javier.
— Sí pari —contesté emocionado.
—Pues no debes decir ni una palabra de esto a nadie, a
nadie, si quieres que pari Javier te lo agradezca y te bendiga en
el cielo.
— Sí pa… rí—y la emoción me cortó la palabra.
‘Ticong se sorprende de no ser acusado
de asesinato, puesto que es lo que el sistema colonial hubiese destinado injustamente
para él en un caso como éste. No obstante, a
favor de Ticong juega el hecho de que se quisieran ocultar tanto el modo en que falleció
el padre Javier como las circunstancias que
lo rodearon.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Yo te bendigo también y gracias Ticong —me dijo
trazando una cruz en el aire con la mano derecha.
—Yo no pude más, Juana, y me eché a llorar.
Calló un rato y continuó.
—Ves, han pasado ya más de treinta años y todavía se sube
a mi garganta un ahogo y a mis ojos las lágrimas.
—Bueno, hombre, ya no cuentes más. Perdona que te haya
hecho hablar —balbuceó Juana contagiada por el dolor de
Ticong.
—’No, si me ha hecho mucho bien el poder desahogarme.
Llevo tantísimo tiempo callándolo y sólo porque tú ya sabías
el misterio del talisay, me decidí a hablar. Pero quisiera saber
cómo te enteraste tú.
Entonces Juana le relató las apariciones del parí Javier a
Epifanio y lo que le sucedió a ella en la noche fantasmal cuando
además le hablaron ambos espíritus suplicándole la destrucción
de las cartas.
—No podrás hacerlo, Juana, no te dejará el bagat.
—¿Por qué no me señalas el lugar exacto donde está
enterrado el rosario?
—No, no, no quiero acercarme al talisay, pero te diré que
está en el lado donde la sombra da por la tarde y justamente
entre dos raíces enormes que surgen del tronco y vuelven a
la tierra a tres pasos del mismo. Pero el bagat no te dejará
trasportar la caja si la encuentras; no te dejará, es muy maligno
y muy poderoso. Si supieras, Juana, que al siguiente día de
enterrar al pari Javier, cuando fuimos a recoger sus cosas de la
casa, la hierba se hallaba crecida sobre el lugar del hoyo, como
si nada hubiese ocurrido allí dos días antes?
—¿Y la caja de las cartas?
—No te diré dónde está —replicó firmemente el viejo.
Juana sonrió segura de que lo sabía ya.
CUENTOS DE JUANA
—¿Y la casa? —volvió a preguntar.
—Se la llevaron entera a otro barrio36
. El caserío fue
desapareciendo poco a poco también, hasta que vino tu amo y
lo reconstruyó.
Y meditó un rato.
—A las pocas semanas de ocurrir aquello me fui del
convento porque allí no podía olvidar lo que necesitaba borrar
de mí; y fui a servir con doña María.
—Y ¿para qué volviste al convento?
—Juana, hay dos fuerzas dentro de mí que luchan y me
empujan para un lado y otro. Dos voces que me mandan. Una
viene del pari Javier la otra del asuang. El pari quiere que
entierre las cartas; el otro me impide que lo haga. Y yo sufro.
Juana le miró con lástima. Entonces, más que nunca debió
jurarse a sí misma la destrucción de aquello que hacía sufrir a
Ticong. El pobre viejo se merecía unos últimos días de su vida
tranquilo y en paz.
Cuando Juana acabó su relato yo le pregunté:
—¿Y la carta que encontró en el bolsillo del padre Javier?
—La tiene con él, pero como ninguno de los dos sabemos
descifrar la escritura a mano bien, ignoramos lo que dice.
—Pídele que te la dé para que la lea yo y os entere de su
contenido.
—Lo intentaré — respondió.
Pero Juana dudaba de conseguirlo.
Sin embargo días después me la entregó. La carta decía así:
“Javier, Javier, Javier: Nada hay en el mundo que me
* Procedimiento habitual en Filipinas donde
las casas se construyen de tal modo que se
transportan de un emplazamiento a otro. El
pueblo entero ayuda al traslado de la casa a
la que se colocan unos palos de bambú para
poder levantarla entre todos. Al proceso
acompaña una fiesta para celebrar y agradecer
el esfuerzo realizado. Esta tradición recibe el
nombre de bayanihan, término que hoy sirve
para referirse al esfuerzo conjunto de la comunidad y al espíritu de cooperación.
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
obligue a pensar que tú hoy, como ayer, como siempre, eres sólo
eso, Javier para mí. Nada que me obligue a olvidar tu nombre,
que me impida llevarlo siempre en los labios, en el pensamiento
y ¡ay! en la sangre; esta sangre que pasa por el corazón y es la
que lo mueve.
“Inútil será que me recuerdes que mi matrimonio me
separa de ti, que tu estado sacerdotal te separa de mí. Se me
han roto todos los diques a fuerza de resistir lo irresistible y
no hay nada capaz de detener el torrente desbordado en su
ansia de llanuras y de alturas. No puedo vivir sin ti, ni quiero
morir lejos de tu lado.
“He convencido a Valentín para que acepte el cargo de
Gobernador de esa isla donde tú haces labor misional y pasado
mañana saldremos para Filipinas. Puede que yo llegue antes
que esta carta si el mar, envidioso de este amor, no impide
que nos veamos, pero ni la muerte me hace temblar. Abismo
por abismo, prefiero el de los océanos al de la vorágine de mi
propia pasión. Si el mar me devora, ¡qué piedad la suya! Si me
sirve de camino hacia tu presencia ¡qué compasiva senda serán
sus aguas!
“Ya sé que te estoy destrozando, que voy a aniquilarte
y que los dos perderemos el alma en la condenación de esta
locura, pero los dos somos culpables: yo por mi debilidad al no
enfrentarme con la propia muerte antes de haberme casado con
otro, y tú, porque no supiste vencer el orgullo que te dominaba,
para hacerme tuya cuando aún era tiempo de salvar nuestra
felicidad. Tú encontraste el remedio con la fe y la distancia, pero
¿y yo? Yo me desangraba en el recuerdo y se me iba quedando
sin pulso la vida. Y he preferido turbar la tuya y tu paz y tu
virtud para conquistar una vez más el calor de tus brazos que sé
que vive dormido pero no muerto. Si no es posible ya evadirte
de mí, concéntralo aún más para esperarme, para abrazarme.
CUENTOS DE JUANA
Perdona esta locura y comprende que el volcán sólo puede
librarse de su fuego abrasando todo cuanto le rodea.
“Hasta que mis manos ardan en las tuyas.
Rosario.”
A los dieciséis años estas cartas hacen llorar y yo lloré
también. Su amor me pareció lo más hermoso del mundo
y su historia inacabada merecía el esfuerzo de darle un fin
romántico. No traduje esta carta a Juana ni a Ticong. Les dije
que no la entenderían, pero prometí a Juana que llevaría las
cartas al talisay, después de convertirlas en cenizas37
.
A mí no me preocupaba todavía el bagat, pero a Juana sí.
Ella creía firmemente que ese ente misterioso deseaba la posesión
del talisay para su hogar y que lucharía por conseguirlo. Si el
impedimento era la fe católica del padre Javier, su rosario y las
cartas, procuraría que éstas no llegasen a ser enterradas junto
al árbol. Sí, Juana sabía que el tamao lucharía con todas sus
fuerzas por impedirlo. Y estaba fuertemente obsesionada.
Todos los domingos subía yo al convento después de la misa.
El convento era, como todas las viviendas de los blancos en las
haciendas de Negros, un caserón amplio distribuido así: una
escalera desde el exterior o por debajo del piso alto partiendo
de lo que se llamaba el silong3B
. La escalera desembocaba en
una amplia veranda que daba paso al comedor y desde el cual se
entraba en una sala que tenía a derecha e izquierda dos enormes
piezas. En el convento, una era el dormitorio del párroco y la
*La actitud de la niña de dieciséis años
reproduce y mantiene el sistema colonial que
sitúa a los blancos como superiores, quienes, para su propia protección encubren las
transgresiones de su congéneres.
*Las casas se construían con una elevación
de tres a cuatro metros sobre el suelo. Una
escalera de acceso conducía a las estancias
principales, y el espacio que quedaba debajo
de la casa y que recibe el nombre de silong
podía servir como taller, para almacenamiento u otros. Este sistema era también
muy adecuado para evitar la humedad del
terreno y las grandes crecidas de agua que se
producían con las lluvias torrenciales.
CLASICOS HISPANOFIUPINOS
otra el archivo biblioteca. Detrás del comedor estaba el pantau,
plataforma abierta que separaba la cocina y demás servicios más
o menos higiénicos, con sus olores más o menos desagradables,
del cuerpo principal ya descrito.
En la sala quedaban las visitas, después de misa, tomando
un cóctel, bebida introducida en la isla por los ingleses de
Iloilo39
.
Yo no bebía y pedía permiso al Padre Andrés para entrar
en la biblioteca a hojear sus libros. Si alguno había que podía
interesarme yo no lo buscaba. Era sólo el pretexto para
encontrar la caja de las cartas. Pero las estanterías estaban
llenas de carpetas y legajos, de libros que guardaban la fe de los
bautismos y los contratos de casamientos. Yo no tenía que hacer
nada en ellos y si el padre Andrés me encontraba revolviendo
aquel archivo, pensaría cualquier cosa. Y sin embargo tenía que
arriesgarme. En la primera oportunidad cuando la conversación
de la caídaw
estaba más animada y oía la voz del padre Andrés
hablando de no sé qué cambio de política en España41
, cogí
una silla y me encaramé en ella. Pasé el brazo por encima de
los libracos del último anaquel, cerca de la ventana del frente,
e introduje la mano por detrás de ellos corriéndola hacia dicha
ventana. ¡Cómo temblaba mi mano en el vacío polvoriento que
formaba el hueco entre los folios y la pared! Pero el temblor
se hizo angustia de emoción cuando tropecé con una cosa
dura, que al palparla comprobé que era una caja. Volví la
cabeza para mirar a la puerta y no vi a nadie; escuché y la voz
*Si su relato mantiene cierta veracidad con
su biografía nos está hablando de 1912; por
ello creemos que la introducción del cóctel
que aquí menciona debieron de haberla
hecho los estadounidenses durante su gobierno de las islas.
*Es el espacio de la casa en el que desemboca la escalera principal. Tiene las funciones de recibidor, sala de reuniones, tertulias
y zona de juegos. Suele tener una buena ventilación ya que está abierta hacia un jardín o
huerto, o hacia un patio interior.
*Quizás se tratara del asesinato del jefe
del gobierno José Canalejas en 1912.
CUENTOS DE JUANA
animada del Padre Andrés echaba anatemas de condenación
contra los ateos y masones que llevaban la política de su patria
al abismo. Sí, nadie se movería de la caída, pendientes como
estaban de la palabra del Padre Andrés y podía intentar sacar
la caja y echarla un vistazo. Lo hice. La caja era de un metal
amarillo repujado. Tenía una Uavecita incrustada en el ojo de
la cerradura, una llave herrumbrosa que intenté hacer girar,
forzándola hasta que rechinó y cedió. Levanté la tapa. Había
un paquete lacrado dentro con esta inscripción: “Quemadlas sin
leerlas”. No cabía duda aquélla era la caja y aquéllas eran las
cartas. Las volví a colocar en su sitio y me bajé de la silla.
Entonces repasé con los ojos unos títulos de libros y saqué
uno. Tenía que darme por enterada de lo que allí había si el
Padre Andrés preguntaba.
Al domingo siguiente todo estaba dispuesto para
apoderarnos del objeto deseado. Yo llevaba una cuerda y
Juana esperaría en el huerto para recibirlo cuando se lo enviase
con ayuda de la cuerda, desde la ventana del otro lado de la
biblioteca. Y así lo hicimos. Juana cortó la cuerda para no
perder tiempo y yo tiré de ella y la guardé enrollada en el
bolso. Pretexté no encontrarme bien y me marché rápidamente,
pero cuando llegué a la araña42
, donde el Moro, enganchado,
ramoneaba unas hojas de las ramas cercanas, para matar su
hambre, Juana no estaba allí. El cochero no la había visto y yo
me dirigí al huerto por la puerta de atrás. Encontré a Juana en
acalorada discusión con Ticong.
—Te he dicho que no, Juana. No quiero que te ocurra una
desgracia irremediable.
—Déjame, hombre, que Inday se va a enfadar.
Vehículo de dos ruedas parecido a una
calesa.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Es preferible que se enfade a que te mate el bagat o el
tamao —insistía enérgicamente Ticong.
—Ticong, Dios co
A3
, déjame que me lleve la caja. Si a ti no
te ha de ocurrir nada, pues déjame que me la lleve —insistía
desesperadamente Juana.
•—Te he dicho que no, y no —rugía el cocinero.
Aquí llegué yo. Y traté de convencerle.
Estaba plantado delante de Juana y con la mano derecha
sujetaba la caja por el asa de la tapa. Juana hacía lo propio y los
dos la sostenían en la disputa.
—Ticong, tú que querías al pari Javier, no querrás que se
pase la eternidad preso en el talisay sin poder volar a la Gloria
de Dios —le interpelé.
—Si no podréis llevar la caja al talisay —contestó—. El
bagat lo impedirá, como me ha impedido a mí hacerlo. Me salía
al paso unas veces en forma de macho cabrío que a cornadas
me hacía retroceder. Otras era un gigante cerrando el camino
con sus brazos, otras, en fin, un perro fiero, enseñándome los
colmillos sangrientos y aterradores.
—Pero nosotros vamos en coche, Ticong —insistí.
—Uy, Inday, el caballo se plantará y no querrá andar
cuando el fantasma se ponga delante.
—Tenemos que intentarlo, Ticong, tenemos que intentarlo o
no podremos tener ya paz en lo que nos quede de vida.
—No lo permitiré, no lo permitiré. No quiero
responsabilidades —insistía angustiado Ticong.
—Ticong, piensa que no volveremos a tener una
oportunidad como ésta. Ahí está el vehículo, no tenemos más
que meter en él la caja y salir corriendo; en pleno mediodía no
nos atacará el asuang.
Dios mío. ^Corresponde al pronombre la en Filipinas se escribe ko.
forma co, que en la forma ortográfica actual
CUENTOS DE JUANA
•—Lo hará, lo hará, porque cuando se entierre la caja, el
pari Javier se irá del talisay, pero las cartas llevan la fuerza de
su espíritu y servirán de anting-anting44 para que el bagat no
pueda ya nunca ocupar el talisay que es su mayor ambición.
—Yo corro el riesgo y con la responsabilidad. Déjanos la
caja Ticong —ordené enérgica.
—No Inday, no puedo, no puedo.
La voz del Padre Andrés, voló fuerte e iracunda sobre el
huerto:
—Ticong, ¿dónde te has metido, hombre? Llevo diez
minutos llamándote.
— Sí, parí, corriendo voy.
Y dirigiéndose a nosotros, tiró de la caja.
— Dádmela, dádmela que me la vuelva a subir.
Juana le mordió la mano que la sujetaba, al mismo
tiempo que con el pie derecho le dio una patada en la espinilla
tirándole de bruces. La mano aflojó y saltó la presa, Juana huyó
rápidamente y yo la seguí.
—Tira, cochero, deprisa, deprisa —le ordené mientras
subíamos y nos acomodábamos.
El cochero de un salto empuñó las riendas y partimos al
galope.
Detrás, envuelta en la polvareda de nuestra carrera quedaba
la voz de Ticong, amenazadora y acongojada:
“Volved, volved, volved, por el amor de Cristo”.
Todo fue bien hasta que pasamos la hacienda Cristina y
llegamos a la revuelta de Bucruz, donde el camino pasaba por
un puentecillo de piedra y torcía bruscamente formando casi
una barquilla.
Amuleto contra los males.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
El giro no tenía visibilidad alguna porque el cañaveral
ocupaba el hueco de la barquilla con su ramaje cabeceante
inclinado hacia la calzada. Y allí, de pronto, apenas dimos la
vuelta, se nos plantó el macho cabrío. El caballo se encabritó y
comenzó a relinchar furiosamente intentando volver hacia atrás.
El cochero, lívido, le sujetaba mientras balbuceaba trémulo: “el
bagat, el bagat”.
—Coge la fusta y castiga al caballo. Hazle correr a toda
velocidad —ordené yo con autoridad.
Su instinto de disciplina le hizo obedecer automáticamente,
pero el caballo sufría el castigo y se encabritaba aún más, sin
adelantar un paso. El macho cabrío se alejó, como si quisiera
abandonarnos y batirse en retirada y aproveché el momento
para animar a mi gente. Juana callaba acurrucada en cuclillas
en el fonda del vehículo.
—Venga, Blas, castiga más fuerte al Moro.
Y el Moro pareció reaccionar e intentó partir al galope.
Pero en ese instante, el macho cabrío volvió grupas y tomando
carrera se lanzó carretera abajo contra nosotros. El cochero
aterrado saltó del coche y salió huyendo campo traviesa. Juana
iba a hacer lo propio cuando yo la agarré de un brazo, mientras
con el otro que mantuve libre, cogí las riendas para impedir que
el caballo huyese desbocado.
—No me dejes Juana, no me dejes por el amor de Cristo
—grité.
No sé por qué razón el macho cabrío se paró de pronto
y pegó un brinco dando una terrible voltereta en el aire.
Cuando cayó al suelo quedó despatarrado unos instantes, que
yo aproveché para soltar a Juana y empuñar la fusta. Pero
Juana debió creer que había sido la palabra “Cristo” la que
había detenido al bagat porque comenzó a gritar con todas
sus fuerzas, “Cristo”, “Cristo”. No fue una heroicidad lo que
CUENTOS DE JUANA
hice después. Fue el terrible pánico que también me invadía.
El macho cabrío se había enderezado e intentaba acometer una
vez más. Pero yo blandí el látigo y ciegamente intenté lanzar
al caballo a toda velocidad, carretera abajo, mientras Juana
con sus gritos, conjuraba al espíritu duende a que nos dejase
el camino libre. ¿Fue un desvanecimiento momentáneo? ¿Fue
una alucinación que se disipaba? El caso es que el animal
desapareció de pronto y el caballo partió en desenfrenada
carrera. Juana hecha un ovillo, fue bajando el tono de su voz
a medida que nos alejábamos del lugar hasta llegar a musitar
únicamente, anulada por el terror, su letanía profano-religiosa:
“Cristo”, “Cristo”, “Cristo”.
Cerca ya de casa refrené el caballo y al parar frente a ella
el Moro echaba espumarajos por la boca, mientras el sudor,
batido por los arreos, inundaba de espumilla blanca su pelaje.
Mi corazón palpitante, impulsaba la sangre por mis venas
desenfrenadamente, congestionando mi rostro, bañado, como
toda yo, de un sudor escalofriado.
Habíamos ganado la primera batalla.
En los labios trémulos de Juana, moría su último “Cristo”.
Afortunadamente mi madre se había ido a comer con una
amiga a otra hacienda. Y cuando alguien iba a pasar un día con
cualquier otra amistad era una descortesía dejarle volver antes
de las veinticuatro horas45
.
Esto quería decir que Juana y yo teníamos la tarde y la noche
libres para terminar la tarea del enterramiento de las cartas46
.
Aunque la súplica del fraile del talisay se limitó a la
desaparición de las mismas, el hecho de que en vida intentase
enterrarlas bajo el árbol y la idea que Ticong comunicó a
45
*La hospitalidad es otro de los valores
esenciales de la cultura filipina.
“Debido a su situación geográfica en
Filipinas anochece siempre alrededor de las
seis de la tarde, es por ello que eligen el principio de la noche para enterrar las cartas.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
Juana de que el espíritu de dichas cartas impediría que el
duende llegase a habitar el árbol si las mismas descansaban
en el lugar, nos impulsó a quemar primero los papeles y dejar
enterradas las cenizas en el hoyo donde quedó el rosario. Para
hacerlo más rápidamente propuse a Juana descubrir el hoyo
tan pronto como anocheciese y tan pronto también como
encontrásemos el rosario, como señal de que aquel era el lugar,
realizar la operación.
•—¿Por qué no nos acompaña Epifanio? —insinuó Juana.
—¿Para qué? —le dije yo envalentonada.
—Y ¿si vuelve el bagatí •—preguntó medrosa.
—No hay tal bagat, Juana, —respondí aparentando una
absoluta seguridad’— lo que vimos esta mañana fue un macho
cabrío como cualquier otro, que luego se marchó.
-— Ay no, ay no Inday —aseguró Juana—apareció de repente
y desapareció de repente también cuando dijimos Cristo. Menos
mal que la palabra es un anting-anting contra él.
—Bueno, •—le dije yo—pues sigue pronunciando la palabra
y no te ocurrirá nada.
Juana dudaba aún, pero calló y se conformó.
Aquella tarde me la pasé contemplando el talisay desde el
balcón corrido de mi hogar, descansando sobre la silla larga47
.
Estaba nerviosa, medrosa y cansada. En algún momento me
pregunté por qué había yo intervenido en el oscuro suceso del
talisay y si al fin y al cabo, no podría ser todo una patraña de
Juana relacionada con su conocimiento de la existencia de la
caja en aquel rincón de la biblioteca del convento parroquial,
conocimiento que pudo haber adquirido en sus conversaciones
con Ticong y que su imaginación hubiese aplicado a la supuesta
Típico butacón de madera con asiento y colocar sobre ellos todo el largo de las pierrespaldo de rejilla que prolongaba sus brazos nas.
paralelamente al suelo para que se pudiese
CUENTOS DE JUANA
o real aparición del habitante del talisay. Que el Padre Javier
había existido era un hecho, que en torno a él hubo una
historia de amor, también lo era. La carta que yo leí y que me
impulsó a obrar con espíritu de aventura en aquel asunto, la
exponía sin dudas. ¿Pero y toda la trama de las apariciones? La
interferencia del espíritu, —bagat o tamao— ¿no podía ser una
farsa confeccionada por el impulso atávico de Juana, Epifanio
y Ticong? Mis padres habían negado siempre rotundamente la
existencia de los asuangs, aunque muchas veces reconociesen
que ocurrían cosas muy extrañas. Yo tenía mi fe flotante
entre dos aguas, la exterior y cristalina de las creencias de
mis padres y la otra, oscura y misteriosa de los indígenas
pero por enigmática y ultraterrenal quizás más obsesionante,
y me debatía en esos momentos zarandeada por su oleaje. Lo
de aquella mañana había sido muy fuerte, ya que a pesar de
mi negación absoluta de hecho alguno sobrenatural frente al
terror de Juana, yo había visto al animal al doblar la revuelta
de Bucruz, y lo que era peor aún y más convincente, había visto
disiparse la forma del bruto en la reverberación cegadora de
las hondas del intenso calor del mediodía. El bicho no huyó
ni se ocultó bajo la vegetación de los lados del camino, no, se
esfumó y se borró luego repentinamente y esto es lo que ponía
esa palpitación de miedo también en mi corazón. Fuese lo que
fuese, ya no había medio de retroceder ni de dejar a Juana que
resolviese por sí sola el final de la odisea.
Y bajo este convencimiento me fue tranquilizando la
determinación de acabar. Recosté la cabeza contra el respaldo
del sillón, coloqué cómodamente los pies sobre los brazos
largos y quise cerrar los ojos. Los cerré casi pero no acabé de
dormirme. Por debajo de mis párpados divisaba el ramaje del
talisay con sus verdes contrastados por los claroscuros que
la luz pintaba en él, con el pincel de sus contactos, y en un
CLÁSICOS HISPANOFIUPINOS
duermevela fui soñando la vida del árbol tratando de asimilar
sus sentimientos de antes y del momento.
Sí, su aspecto presente daba la sensación de una ingenuidad
vegetal, ¡con cuánta más razón debió haber nacido blanco y casto,
y crecer, crecer siempre, limpio de corazón! Si no había logrado
enturbiar sus sentidos la trágica resaca que se fue replegando
día tras día sobre sí misma bajo su ramaje, si no se endureció su
corazón a la vista del luchar y del sufrir de aquel Fray Javier al
que cobijó amoroso y tierno con cuidados paternales, ni maldijo
ante su impotencia para librarle de las garras infernales de aquel
espíritu que lo estranguló sobre el temblor de sus raíces, si todo
eso no pareció hacer mella en él, es que el árbol tenía la bendición
de la inocencia y por manso y por límpido de corazón se merecía
todas las bienaventuranzas.
El talisay, por esa o por otra causa, parecía feliz, muy feliz.
Y pensé que, susceptible de amar —¿por qué no?— estuviese
todo él impregnado de un latido de amor por el Padre Javier, el
fraile heroico, abnegado y santo que se había merecido aquel
amor extraordinario y sobrenatural del árbol de Dios. Pero
entonces, si esto pudiera ser cierto ¿qué sucedería con el talisay
cuando ahora, al cumplirse la precisa condición de la destrucción
de las cartas, le fuese a abandonar el Padre Javier? Pobre talisay,
hermoso en el calor y la jugosidad de su fronda, sonando
ingenuamente con la inmortalidad de su predestinada felicidad,
si de pronto se encontraba solo, con esta felicidad truncada para
siempre. Me revolví en el sillón y desperté un poco. Ah, estaba
soñando. Menos mal.
Pero despierta ya, pensé: ¿Y si pudiera ser cierta toda esta
desgracia que estoy fraguando contra el árbol en este proyecto
de enterrar las cenizas de las cartas entre sus propias raíces,
acto que va a ser como un salvoconducto para que el padre
Javier lo abandone en su viaje a la gloria eterna?
CUENTOS DE JUANA
Decididamente los nervios tensos habían puesto en carne
viva mi sensibilidad. No me convenía ni descansar siquiera.
Llamé al criado y pregunté por mis hermanos. A la niña
pequeña se la había llevado mi madre. Los mayores, mocitos
ya, nadie sabía dónde estaban, y los pequeños de doce y ocho
años se habían ido a casa del cabo Alberto, quien les había
prometido llevarlos a la pelea de gallos.
—Pregunta a Juana si habrá que ir a buscarlos o si los
traerá el cabo.
—Los traerá, señorita —contestó el criado que era nuevo y
me daba ese tratamiento.
—¿Has preparado el farol?
—Ya está colgado en el balcón.
—Bueno, echa agua en la tina del baño y vete luego si
quieres, le ordené.
—Sí, señorita.
El muchacho se fue y le vi más tarde cruzar la plaza, una
inmensa explanada limitada por canales de riego, edificios para
almacenar el azúcar y el combustible destinado a la cocción
del mismo, extendiéndose delante de la casa para morir allá, al
final, sobre el talud del río.
En su centro se alzaba el camarín con el techo bajo de
cinc, y a un lado, la chimenea de ladrillo, encalada, que
vigilaba con su altura blanca, bajo el remate de su corona
ennegrecida por el hollín, la finca hasta su último confín.
Me levanté y fui a tomar mi baño, metiéndome en la enorme
tina y vertiendo agua fresca sobre hombros y cabeza con un
tabo de cascara de coco. Era el lujo primitivo de las haciendas
de azúcar. El baño me entonó y salí de él después de levantar un
tapón de corcho que en el centro del fondo de la tina cubría el
agujero del desagüe.
Después de esto busqué a Juana. La encontré en mi alcoba
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
sentada en el suelo junto a la caja de las cartas, temerosa de
que aún a última hora alguien se la pudiera quitar.
Al comenzar la noche no había luna. La oscuridad era
absoluta. Juana encendió el farol que el muchacho había
colgado en la ventana antes de irse a la gallera o a jugar a
las cartas. Pero el resplandor del farol no llegaba al talisay.
Alumbraban más las miles de luciérnagas del jardín en
aquella noche de bochorno, presagio de tormenta. Arriba los
nubarrones arropaban a las estrellas, ocultándolas.
—Vamos, Juana. ¿Tienes listo un azadón y las cerillas?
Juana, por toda contestación, cogió la caja y se palpó la
cintura, para cerciorarse de que debajo de los pliegues del
patadiong48 tenía la caja de fósforos.
—Es menester que nos llevemos el farol, de otra forma no
veremos nada.
Juana me entregó la caja y se encaramó sobre la baranda del
balcón corrido para descolgarlo. Noté su mano fría cuando volvió
a hacerse cargo de la caja de las cartas.
—Dame el farol —ordené.
Y fui delante alumbrando el camino. No me atreví a
acortarlo cruzando el jardín, donde las sombras guardaban
atisbos fantasmales.
Junto al talisay encontramos el azadón y un rastrillo
viejo abandonado, aplastada su parrilla contra la tierra. Un
siseo monótono me había venido siguiendo haciéndose más
fuerte conforme nos acercábamos al talisay, hasta que me di
cuenta de que era Juana la que lo emitía. Había comenzado su
letanía, muy espaciada todavía, pero los intervalos se fueron
haciendo más breves, a medida que avanzábamos. Dejé el farol
en el suelo.
sem
Funda de tela que hace las veces de
falda en Visayas.
CUENTOS DE JUANA
—Aquí están las dos raíces que me indicó Ticong —y
musitó— Cristo.
—Venga el azadón —pedí decidida.
Levanté con cuidado las capas de tierra cubiertas con hierba
y las fui dejando a un lado para volver a colocarlas luego tal
como estaban sentadas en el lugar. El bochorno era tal que
comencé a sudar cuando aún no había empezado a cavar. La
atmósfera llevaba una carga de electricidad que apretaba mis
sienes y me tensaba la nuca dolorosamente.
Al primer golpe de la azada Juana invocó más alto
la protección del cielo creyendo que cuanto más recia y
frecuentemente pronunciase la palabra mágica, tanto más
iba a ahuyentar el peligro. Yo tenía ganas de acabar y dejaba
caer fuertemente la azada sobre la tierra. La sequía la había
endurecido y la fatiga martilleaba sobre mis sienes con los
latidos del corazón.
—Alumbra el hoyo, Juana; levanta un poco el farol —
ordené.
La claridad penduleaba sobre la tierra herida. ¡Pobre Juana,
estaba temblando y sus labios trémulos tartamudeaban ya su
palabra amuleto! Cuando metí la mano desnuda entre la tierra
removida se oía perfectamente el medroso respirar de su pecho.
Mis dedos se enredaron en unas cuentas engarzadas. Era el
rosario. Lo saqué y lo dejé a un lado. Agrandé el hoyo y pedí a
Juana la caja. Me temblaba un poco la mano cuando rasgué el
papel lacrado que envolvía las cartas. Estaban metidas en sus
sobres y pedí a Juana que las fuese sacando de ellos.
—Ay Inday, Cristo co, hazlo todo tú sola. Yo no puedo,
tengo miedo.
—Tardaremos más —le dije.
Y esto es lo que yo sentía, porque tenía prisa. Encendí
una cerilla y la acerqué a la primera carta sosteniéndola con
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
la mano izquierda. La fecha era relativamente reciente. El
fuego prendió en la esquina inferior del papel y fue lamiéndolo
iluminando y ennegreciendo su superficie. Mientras se hacía
ceniza se leían perfectamente sus líneas a la luz de la llama.
“Es inútil, es inútil, lo tengo decidido”. Y más abajo: “no
pongas murallas al destino”, después la firma precedida de esta
frase: “con mi locura delirante”.
La siguiente llevaba fecha más atrasada. Prendí otra cerilla
y en ese momento retumbó un trueno terrible.
—Dios co, Cristo co, Cristo co, —gimoteó Juana.
Yo me había estremecido. La llama consumía rápidamente
el papel: “¿por qué me niegas este consuelo?”, “te falta caridad
para conmigo”, “tu santidad es cruel”.
Otra descarga atronó el espacio y comenzaron a caer gotas.
—Ayúdame, Juana —le grité—, o no acabaremos nunca,
vete sacando las cartas de los sobres.
Juana obedeció otra vez. Pero jadeaba, entrecortando su
estribillo. Con la llama de una carta encendía otra, y otra, y
otra.
Las frases desfilaban ante mis ojos y me iban contando una
historia hacia atrás:
“Tú tuviste la culpa”, “parecías fuerte”, “estabas lleno de
soberbia”.
“Habías dejado el seminario por mi amor”, “pero y
ahora…”, “qué vanidad la tuya”, “creíste que mi catástrofe era
la voz del cielo”, “una señal para que volvieras al camino de tu
vocación”.
Y más adelante…
“cobarde, cobarde”, “¿qué iba a hacer yo?”, “la muerte de
mi padre nos dejó en la miseria…”
La lluvia comenzó a caer más reciamente, y aunque no nos
mojábamos aún, cobijadas como estábamos bajo el árbol, el
CUENTOS DE JUANA
viento iba apagando las llamas y llevándose las cenizas49
.
—Qué noche más perra nos ha tocado —balbuceé.
—Vamonos ya Inday —suplicó Juana—, mañana
terminaremos.
—Nunca, vete tú si quieres •—corté secamente.
Juana se quedó y el viento me arrebató una carta a medio
quemar. Las descargas se hacían más frecuentes.
—Dame ese rastrillo, Juana.
Lo trajo trémula y lo colocamos sobre el hoyo cubriéndolo
con su enrejado para impedir que se volasen los papeles. Juana
iba dándome una por una las cartas:
“mi madre enferma”, “mis hermanos terminando la
carrera”, “la hacienda empeñada”, “sólo yo podía salvar el
patrimonio”, “Comprende Javier, no podía negarme”;
“¿por qué no me raptaste para evitar mi boda?”, “te faltó
hombría para descargarme de la responsabilidad”, “a veces es
más fácil renunciar”, “volviste a tu vocación sacerdotal por
cobardía”.
El viento apagó las llamas, y era casi imposible encender
de nuevo, pero metí las manos en el hoyo por entre la reja del
rastrillo y volvió a arder otra carta.
“Tu silencio me destrozó después”, “Ya no me escribías”,
“tuve celos de Dios”, “tu última carta había sido insultante”,
“me despreciabas con toda tu alma, decías”, “pero era tu
soberbia”.
La lluvia comenzó a caer terriblemente racheada y el
viento había cambiado de dirección. Empezó a caer agua sobre
nosotras y sobre el hoyo. Si no terminábamos en seguida no
podríamos continuar. Las descargas encendían la campiña
dejando una rúbrica zigzagueante de luz en el negro de las
^Recuérdese la extensión en horizontal de nombre de umbrella tree, o sea, árbol paralas ramas del talisay, que en inglés recibe el guas.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
nubes. Los trazos se hacían cada vez más largos cruzando la
bóveda del cielo en varias direcciones. Retumbaba el trueno y la
naturaleza se estremecía de pavor.
—Vamonos, vamonos —suplicó Juana—, nos puede caer un
rayo.
—Saca todas las cartas y arrúgalas con la mano-—-ordené—,
mételas, mételas en el hoyo.
Y con prisas fuimos metiendo todo el contenido de la caja
por debajo de la parrilla. Cuando aquella quedó vacía, introduje
también la carta que Ticong había encontrado en el bolsillo del
Padre Javier, e intente prender fuego a los papeles. El viento me
apagó las cerillas hasta tres veces. Estaba muy nerviosa. Juana
ya no rezaba, ni decía nada. Dijérase que había enmudecido de
pavor. “Zing, zang”, caían las descargas y la tronada retumbaba
por la llanura prolongándose y enlazando un trueno con otro.
Al fin prendió una llama y una racha de viento la avivó.
Como en un caleidoscopio, vi danzar ante mí palabras y
palabras que iluminaba y ennegrecía después la llama:
“fue mi despecho”, “me casé”, “a aborrecerte”,
“desgraciada”, “tormento”, “le odiaba”, “qué calvario”, “te
buscaba”, “la vida imposible”, “desesperación”, “Mil veces
la muerte”, “el pecado”, “te busqué”, “ni un consuelo”, “no
tuve hijos”, “las maldiciones”, “todo era blasfemia”, “castigo”,
“cruz”, “camino de amargura”.
Y otra vez, y otra vez las palabras, “llanto”, “tormento”,
“muerte”, “ceguera”, “desesperación”, “maldición”…
“Zing, zang”. “Zing, zang”. Y una terrible descarga
que cayó a pocos pasos de nosotras nos sacudió con una
convulsión iluminando ya las cenizas negras dentro del hoyo.
—El asuang, el asuang nos va a matar, —gritó Juana en
su locura de terror—. Esto no es tormenta, es el asuang —y
comenzó a correr como una loca hacia la casa.
CUENTOS DE JUANA
Cogí la azada y cubrí de tierra el hoyo sin levantar el
rastrillo. Llovía sobre mis espaldas y chorreaba toda yo.
Cuando quedó el hoyo cubierto, levanté deprisa la parrilla y
eché más tierra.
Aún tuve fuerzas para coger las láminas de tierra y hierba
medio deshechas y colocarlas sobre la superficie, dejando debajo
de ellas el rosario. El farol se había apagado hacía un rato y el
canalillo se había desbordado. La calzada era ya una torrentera
que me impedía correr hacia la casa. Chapoteé sobre el agua,
zarandeada por la fuerza del viento. Me fue alumbrando la luz
de los relámpagos. Había tirado la caja debajo del imbornal y
defendía el farol apagado.
Cuando llegué a la casa, Juana me estaba esperando en el
portalón. Yo no la miré siquiera y subí las escaleras penetrando
en mi alcoba, para cambiarme de ropa. Enseguida me tendí
rendida sobre la cama y cerré los ojos. Cuando los abrí vi a
Juana en cuclillas acurrucada en un ángulo de la habitación. No
la había sentido entrar. Me incorporé y ella se levantó. La miré
fijamente con indignación.
—¿No te da vergüenza Juana, de haberme dejado sola? —la
reprendí con severidad.
Por toda contestación se echó a llorar desconsoladamente.
Media hora más tarde se había calmado la tormenta; se
habían dispersado las nubes y la luna iluminaba el paisaje
lavado y quieto.
Desde el balcón vi llegar a los hermanitos cobijados debajo
del capote del cabo Alberto, como dos pollitos bajo las alas de
su gallina madre. Detrás, a mucha distancia, venían los mayores
cantando a voz en grito. ¿De cortejar a qué ¿alagas morenas,
vendrían? Juana se mantenía detrás de mí como una sombra. En
estas circunstancias agradecía su compañía.
—¿Ha venido Epifanio? —pregunté.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
—Aún no —me contestó tímidamente.
No se atrevió a decir “y me da miedo estar sola en la cocina
para hacer la cena”. Pero yo lo adiviné y la arrastré conmigo.
—Hala, vamos a cocinar —la ordené secamente.
Al poco rato subían los hermanos y los mayores
comenzaron a dar voces. La cena, la cena que tenemos hambre.
Los pequeños me buscaron en la cocina al no encontrarme
en la sala ni en la alcoba…
—Id a mudaros enseguida que yo tengo que hacer aquí.
Obedecieron.
Por la ventana de la cocina divisé el talisay a la luz de
la luna. ¿Qué habría sucedido dentro de él? ¿Estaría ya
deshabitado? ¿Iba a vivir solo todo lo que le quedaba de
vida? ¿Estaría llorando su desamparo o deseando, en su
desesperación, que un rayo hubiese partido su tronco en dos
dejándole sin vida? ¡Aquél que cayó tan cerca, pudo habernos
carbonizado a los tres! La luna plateaba su copa, poniéndole
un halo de santidad. Sí, era un árbol santo escogido por Dios
para darle su gracia. No parecía triste, pero si todo se había
cumplido conforme a las predicciones, el talisay tenía que
estar vegetando ya en su soledad. Me entró un remordimiento.
¿Tendría yo la culpa? Le pedí perdón y me dolió el corazón. El
Padre Javier estaría probablemente gozando de su gloria. Sin
embargo, si se dio cuenta del intenso amor y de la absoluta
lealtad del talisay, su gloria no podía ser completa sin la sombra
del árbol que tan bien le acompañó en vida. Me sacaron de mis
meditaciones las pisadas de Epifanio subiendo a zancadas los
tramos de bambú de la escalera de servicio.
—Buenas noches —saludó—, perdón Inday por llegar
tarde, pero el mal tiempo no me dejó seguir.
—Menos mal que fue el mal tiempo —le contesté—, peor
hubiera sido que te hubiera entretenido el parí del talisay.
CUENTOS DE JUANA
—’Pues Inday, —me dijo muy alegre— hacía ya años que
no le veía y esta noche se me ha vuelto a aparecer, pero sin
impedirme continuar —Juana y yo palidecimos y nos miramos
con terror.
—• Sí, sí, no se crean que estoy loco, — confirmó Epifanio.
Juana se le acercó.
—Échame el aliento, Epifanio —y Epifanio lo hizo.
—’Pues no huele a vino —murmuró Juana.
—Claro que no —repuso Epifanio satisfecho, y continuó—,
antes se me plantaba delante y no me dejaba llegar a casa.
—’¿Has visto también a la mujer del imbornal? —le
pregunté.
•—No, no, esa debe haber desaparecido porque ni la he visto
ni la he oído desde hace mucho tiempo.
—Y ¿el Pari! —continué preguntando.
—Pues estaba abrazado al tronco del talisay, con cara
de vivo y muy sonriente. Antes parecía un muerto fantasma,
adusto y grave. Y nunca me hablaba, pero esta noche me
miró al pasar, me siguió con la vista y cuando ya me iba
—observando de reojo por si acaso—, me dijo: “gracias a
todos”. ¿Por qué me daría las gracias? ¡Qué raro!
—Muy raro —dije yo.
Y volví a mirar a Juana. Epifanio continuó:
—Al otro lado del árbol había una cabra comiéndose
unos papeles secos; me chocó que estuviesen secos después del
diluvio que había caído.
Volvimos a mirarnos, Juana y yo, con más terror aún.
—¿Pero qué os sucede, que no me creéis nada hoy? —
preguntó Epifanio indignado.
—¿Estás seguro de que era una cabra? ¿Que no fue un
macho cabrío? —interrogó Juana.
•—Vaya, como que era la Cambang; ahí la tengo atada;
CLASICOS HISPANOFILIPINOS
asómate a verla. Bonita faena si se hubiera metido en un campo
a comer la caña; precisamente cuando la señora no está en la
hacienda.
Juana se había asomado ya a comprobar que era la
Cambang el animal al que se refería Epifanio.
—Es verdad —-murmuró convencida— pero no es posible
que comiera papeles secos.
—Rayo y demonio, que me estás cansando ya. Toma el
pedazo que le saqué de la boca —dijo sacando un trozo blanco
del bolsillo.
Alargué el brazo para recibirlo yo. Y leí a la luz del
quinqué: “Javier, Javier, Javier…”
—La cenaaa —bramó desde la veranda el mayor de los
hermanos.
Aquella noche me sentí feliz cuando acostada en la cama
de mi madre con Juana en el suelo durmiendo a mis pies, fui
cerrando los ojos bajo la caricia rojiza del globo, que amparando
del viento la mariposa de aceite, bañaba la alcoba con tenue
claridad durante la noche. Tenía el convencimiento de que Padre
Javier había volado a su gloria en un gran vuelo del espíritu pero
sin haber atravesado espacios ni distancias. El Padre Javier seguía
habitando el talisay. Si la gloria es el contacto con Dios, su
presencia está en todas partes y toda la creación puede ser Cielo.
El Padre Javier había alcanzado el suyo en el talisay y el Señor
había premiado al árbol con ello. Un premio a su fe, a su blanca
candidez, a su limpieza de corazón, a su infantil ingenuidad
simbolizando la inocencia del paraíso antes del pecado. Y sólo
esta perfección, dentro del más desinteresado de los afectos,
constituyó, a su vez, el Cielo que le había correspondido al Padre
Javier, iluminado con la presencia de Dios, desde luego. Yo
reflexionaba con la lógica de mis dieciséis años, incubada bajo
el calor del blando nido del colegio, pero con la envergadura
CUENTOS DE JUANA
embrionaria de mi fuerte personalidad. Comprendí que el buen
fraile había tenido razón y por eso alcanzó su premio. La mujer
del imbornal fue su calvario. Ella no había procedido por el
camino del espíritu ni tampoco supo comprender la línea recta
por donde fue pisando el angélico Padre Javier. Ignoraba en
qué mundo estaría ahora purificándose de sus pecados. No me
interesaba saberlo.. El sueño y el cansancio fueron cerrando mis
párpados y cuando desperté el sol entraba por la ventana y mi
madre había regresado.
—Hola, hola niños. Hola Juana: qué, ¿qué ha sucedido por
aquí en mi ausencia?
No supimos que contestar. Mi madre locuaz, no esperó la
respuesta y continuó:
—¿No ha pasado nada? Con la tormenta de ayer, ¿ninguna
gotera? ¿ninguna plancha volada del tejado? ¿No mató el rayo
a nadie? ¿Ningún carabao muerto? Las cabras y las ovejas ¿no
se escaparon ni se comieron ningún campo de cañas? Si es así
hemos tenido suerte.
Y después de una breve pausa acabó:
—Así es que no pasó nada, nada.
—No, no pasó nada, mamá —contesté yo al fin.
A Juana le envalentonó mi mentira y respondió también.
—Nada Señora, nada, no pasó nada guid50
.
Lo grande se confunde con lo pequeño. Ocurrió tanto que
no había ocurrido nada.
Palabra visaya que sirve para subrayar y
dar énfasis a la frase.
CLÁSICOS HISPANOFILIPINOS
CUENTOS DE JUANA
GLOSARI O
BAGAZO-Fibra leñosa que queda después de prensar la caña de azúcar en los
molinos para extraer de ella su jugo.
BOLO-Cuchillo de hoja grande, parecido a un machete, que sirve para cortar caña
y las malezas del bosque; también se utiliza como arma.
BONGA-Areca o nuez de betel, se utiliza con el buyo en el preparado que se
masca.
BUGANG-Se trata del tigbaw, caña de azúcar silvestre (saccharum
spontaneum).
BUYO-Hoja de una planta de la familia del betel con la que se elabora la
mascada. Se forma un pequeño paquete con bonga y cal, al que se puede
añadir tabaco, y se introduce en la boca.
CAMARÍN-Edificio grande de una sola planta, abierto, pero techado, donde se
instalaban los hornos, maquinarias, calderos, enfriaderas, depósitos, etc., para
elaborar el azúcar de caña.
CAMOTE-Variedad de batata cultivada por todo el país que se utiliza mucho en
la cocina filipina.
CANLAON-Volcán de unos 2.500 metros de altura que divide la isla de Negros,
hoy escrito Kanlaon.
CARABAO-Búfalo doméstico característico de Filipinas. Se utiliza para
trabajar en los campos de arroz y tirar de los carromatos.
CUCUYO-Luciérnagas.
DALAGA-Mujer joven y soltera.
GUMAMELA-Arbusto de flores muy grandes conocidas como rosa de China, de
pétalos generalmente rojos o rosa fuerte.
IÑAM-Arbusto silvestre de ramaje grueso y retorcido cuyos frutos son
comestibles.
JOLÓ-Isla de Joló, al sur de Filipinas en la provincia de Sulu.
KAMUNING-Árbol que da unas flores blancas que desprenden una fuerte y
singular fragancia.
LUNUK-Más conocido por el nombre de balete, se trata del árbol ficus que
CLÁSICOS HISPANOFIUPINOS
ocupa una gran extensión con las raíces que caen de su tronco y ramas,
haciendo que adquiera un aspecto misterioso.
MANGO – MANGA-Nombres del árbol y la fruta que éste produce. El fruto, de
forma ovoide, en la variedad cultivada en Filipinas suele ser amarillo, carnoso
y jugoso. También se come el mango verde.
MASCADA-Se refiere al buyo.
MAYAS-Se trata de un pájaro que abunda en los arrozales y puede convertirse
en una plaga.
NIPA-Palma cuyas hojas se utilizan para construir la casa tradicional filipina;
también se utiliza para hacer tejidos.
PALAY-Nombre que en tagalo reciben tanto la planta del arroz como su semilla
antes de ser preparada como producto alimenticio.
PANTAU-Plataforma de madera incorruptible que separa la cocina y
habitaciones para la higiene del resto de la casa.
PARÍ-Padre, refiriéndose a los sacerdotes.
SAMPAGUITA-Flor de la especie de los jazmines, de color blanco y amarillo,
exhala un profundo aroma. Es la flor nacional de Filipinas.
SENSITIVA-Planta que contrae y recoge sus hojas al roce, también es muy
sensible al humo.
TABO-Recipiente pequeño que tradicionalmente se fabricaba puliendo la
cascara del coco.
TAMARINDO-Árbol que puede alcanzar los 25 metros de altura con un follaje
siempre verde. Su fruto, con forma de vaina, tiene un característico sabor
agridulce.
TiFÓN-Tormenta tropical que se origina en el océano Pacífico que al acercarse
a tierra tiene grandes efectos destructivos.
TIGBAW-Caña de azúcar silvestre (saccharum spontaneum).
TUBA-Bebida alcohólica tradicional de Filipinas. Se extrae del jugo que
segrega la flor del cocotero.
TUBALINA-Primera extracción del jugo dulce del cocotero, no contiene alcohol.
Si se deja fermentar se transforma en tuba