Cuando Mohamed hubo terminado de rezar el azalá de la noche, se quedó sentado con las piernas cruzadas sobre su tapiz de rezos de seda sintética. Observó el reloj de plástico fabricado en China, colgado en la pared frente a él. No tanto las agujas, sino la imagen que rodeaba la esfera: una muchedumbre vestida de blanco girando alrededor de la piedra sagrada de la Kaaba, y, en el fondo, un cielo lleno de pájaros y ángeles. Pensó en su propia peregrinación a La Meca, que le había dejado un recuerdo un tanto decepcionante. Pues, si bien se había emocionado y sentido feliz de orar allí, también lo había pasado mal por la promiscuidad y violencia de algunos peregrinos. No entendía por qué se zarandeaban, se empujaban unos a otros, llegaban incluso a provocar avalanchas que se saldaban con varias muertes. Enseguida se dio cuenta de que los lugares sagrados alteraban la percepción de las cosas. Los fieles cambiaban. Dejaban de pertenecerse a sí mis
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mos, se entregaban al trance, perdían el conocimiento, deseando ardientemente morir de esa muerte tantas veces magnificada por el desvarío de los embaucadores. Morían aplastados por los pisotones de hombres más fuertes que ellos, unos colosos que propinaban golpes y violentos codazos, abriéndose paso sin tan siquiera darse la vuelta para ver los daños que dejaban tras de sí, y seguían su camino con la cabeza y los ojos alzados hacia el cielo como si éste les exigiese ese fervor salvaje. Los más débiles morían, yacían en el suelo, cubiertos de polvo y sangre; ninguna mirada se detenía en ellos para rezarles una última oración. Esas escenas son inevitables en un lugar que en sólo unos días rebosa con más de dos millones de creyentes llegados a La Meca para lavar sus pecados y regresar a sus países satisfechos y colmados de virtudes que emanan de su fe. En realidad, no era un espectáculo muy agradable. Mohamed siempre había temido a la multitud; cuando ésta se fanatiza, se vuelve peligrosa. Más vale evitarla, no verse frente a ella ni arrastrado por su marea. En la fábrica hacía huelga como sus compañeros, pero no se manifestaba con pancartas por las calles. Mohamed soñaba con una peregrinación en solitario, justo con algunas personas de su cábila, y en primavera. Como temía las situaciones de violencia, le asustaba morir en La Meca; debía de ser el único en pensarlo, aunque
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no se lo confesaba a nadie. Temía morir pisoteado por unos pies fanáticos. Se mantenía apartado, observándolos. ¿A qué se parecen unos pies fanáticos? Están sucios, a veces descalzos, otras, enfundados en babuchas gastadas. Mohamed había visto a peregrinos que calzaban babuchas viejas. No eran de su país, hablaban un dialecto árabe del que no entendía ni una palabra. ¿De dónde venían? Para él, un musulmán sólo podía ser árabe o bereber. Le costaba considerar musulmanes a los demás peregrinos. Los llamaba los africanos, los chinos y los turcos. Todos los peregrinos tenían la mirada inflamada por el fuego, la llama de la fe, la pasión del islam. Él se preguntaba, en cambio, por qué su mirada era serena, tranquila. Así era su temperamento. Llevaba mucho tiempo queriendo realizar ese viaje, soñando con ello, quizá con excesiva sencillez, pues él no se planteaba objetivos inalcanzables. Únicamente se alteraba cuando pensaba en el futuro de sus hijos. Entonces se sentía mal, invadido por la melancolía y la tristeza, desamparado, y se ponía a rezar, a cumplir con los ritos de la peregrinación, pero siempre con una extraña calma. Una mañana, al salir de la Mezquita Grande de La Meca, no encontró sus babuchas, recién estrenadas y confeccionadas por un artesano de Fez. Se sorprendió de que se las hubiera robado un peregrino. No lo entendía. Era algo inadmisible. Su indignación se apaciguó
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cuando un compañero de habitación le contó que unas bandas de malhechores atacaban diariamente a los peregrinos y les robaban su dinero. Añadió: cuando las autoridades detienen a alguno, le cortan la mano; por cierto, hoy a la hora del azalá del mediodía cortarán unas cuantas en la plaza pública. ¡Estás invitado al espectáculo! La semana pasada azotaron a un yemení por haber faltado al respeto al hijo de un emir. Hace un año, condenaron a muerte a un cristiano, creo que era de Italia, porque lo pillaron con una chica perteneciente a una gran familia saudí, y está prohibido que una musulmana salga, mejor dicho, se vea a escondidas, con un no musulmán, y no digamos ya casarse con él. ¡Aquí no se andan con chiquitas, tienen sus leyes, dicen que está escrito en el Corán y tiran para adelante! ¡No hay nada más que hablar! No existe ningún derecho. Nosotros venimos aquí a rezar ante la tumba de nuestro amado profeta, cumplimos con las oraciones, con el ritual, y luego regresamos a nuestro país, si es que no hemos muerto aplastados en el tumulto o nos han dejado mancos, pues pueden equivocarse y acusarte de robo, y, sin comerlo ni beberlo, te encuentras con una mano menos, es lo que se llama justicia rápida, no hay tiempo de pensar, de todos modos, aquí, más vale no pensar, aquí te entregas a Dios, sin el menor titubeo, perteneces a Dios y Dios dispone de ti como quiere, ¿lo
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entiendes, hermano? Mohamed consideraba que cortar una mano por robar una babucha era una exageración, por no decir una salvajada. Se quedó mirando sus manos, juntas y abiertas, y se dijo: sin ellas, yo no habría sido nada, ni un pobre mendigo. ¡Que Alá nos preserve del mal y de las desgracias! Un mendigo le tendió su muñón. Mohamed le deslizó un billete en el bolsillo. Le habría gustado hablar con él, conocer su historia. Quizá se había quedado manco por un accidente o bien por un error. El mendigo ya había desaparecido. Cuando a veces relataba su peregrinación a La Meca a sus amigos, a éstos les desagradaban sus críticas. Mientras se estaba bebiendo una cerveza bien fresquita, Bachir, que opinaba sobre cualquier cosa, lo reconvino: un musulmán no debe hablar mal de lo que ocurre durante la peregrinación. Ya se encargan de ello los enemigos del islam, que quieren vernos sumidos eternamente en el subdesarrollo, vestidos de harapos, sucios y con aspecto inhumano. Ahora han conseguido colgar la etiqueta de terrorista a todo musulmán. Está muy claro: nuestro sino es estancarnos o retroceder, así que deja ya de criticar, aunque sea cierto lo que dices, si no, vas a dejar de llevar el título de peregrino, de hach. Mohamed se atrevió a decir con voz suave: pero si no nos criticamos, nunca avanzaremos. Qué le vamos a ha
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cer, me callaré y os deseo buen viaje, que disfrutéis de La Meca; yo, si vuelvo allá, será fuera del periodo oficial, me contentaré con la peregrinación menor, la Omra. Tendríamos que aprender a ser tolerantes, ¿ves?, por ejemplo, tú te estás bebiendo una cerveza y no te lo reprocho, es asunto tuyo. ¡Deja, pues, de criticar a los que tienen el valor de criticarse!
Una enorme mosca zumbaba por la habitación y lo distrajo de sus recuerdos. Era una mosca ciega que se daba golpes contra la pared. Habría deseado salvarla pero no se sentía con fuerzas para levantarse. Revoloteaba como si ella también estuviera prisionera. Mohamed ladeó la cabeza, le pareció oír a alguien que lo llamaba, una voz, una especie de murmullo procedente de una grieta de la pared, de una raja que el papel pintado de los años sesenta ya no disimulaba. El edificio estaba en tal estado de ruina que el ayuntamiento y la empresa de alquiler de viviendas de renta limitada lo había dado de baja de su lista. Tenían que hacer demasiadas reformas, sobre todo desde la llegada masiva y caótica de nuevos inmigrantes africanos. La combinación de magrebíes con africanos subsaharianos no funcionaba. Los insultos racistas llovían de ambos lados, seguidos de peleas entre adolescentes de ambos clanes. Mohamed ya no sabía si el racismo lo suscitaba el
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color de la piel o la extrema pobreza. Recordó que un viejo tío suyo que hacía comercio con países de África se había traído al pueblo una mujer senegalesa que todos consideraban una esclava, alguien despreciable. Era aún un niño, pero la escena sigue obsesionándolo: su tío se había marchado a trabajar al extranjero y, aprovechando su ausencia, el pueblo entero expulsó a la mujer africana, que no hablaba ni árabe ni bereber. Se habían aliado contra ella por ser negra y porque no entendían su idioma. Salió huyendo a pie de allí y no se supo más de ella. Aquella mujer de la que nadie hablaba siguió rondando por los recuerdos de niñez de Mohamed. Ahora se preguntaba qué habría sido de ella. Quizá había muerto o regresado a su país. Acabó diciéndose que aquella mujer era eterna y que nunca moriría. Mohamed odiaba el racismo y, debido a aquel recuerdo, estaba convencido de que el color de la piel y la pobreza eran dos ingredientes que se mezclaban bien para rechazar a un ser humano cuyo único delito era no ser rico ni de piel blanca. Era evidente. La primera vez que oyó la palabra «moro» fue en un vagón de tren donde el revisor insultaba a un viejo argelino que no encontraba su billete. Mohamed no sabía qué significaba, pero entendió que debía de ser algo poco amable, un insulto. El argelino se puso de pie y empezó a desnudarse como si le hubieran ordenado que se dejase registrar. El
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revisor le dijo algo así como vale, vale ya, estos moros nunca entienden nada.