Se trasladó con su familia a Bombay, y después estudió en el Colegio Mayo de Ajmer y el St. Xavier´s College de Bombay. Marchó a Estados Unidos, licenciándose en Literatura inglesa en la Pomona University e iniciando estudios en la Escuela de Cine de la Universidad de Columbia, en Nueva York, que no concluyó. Hizo estudios de postgrado en la Universidad de Houston, de la que después sería profesor, y un master en Escritura Creativa en la Johns Hopkins University. Vive a caballo entre Estados Unidos y la India.

La novela en la que se ha basado la gran serie de Netflix. Una historia sobre la amistad, la traicion, la violencia y el poder de una deslumbrante ciudad moderna y su parte oscura.Heredera de la narrativa victoriana de las mejores historias de misterio, Juegos sagrados es una novela apasionada y apasionante, intrigante e inteligente.La novela nacio a partir de numerosos encuentros y se mueve por todos esos paisajes: un agente de policia se enamora; una mujer joven se marcha a la gran ciudad para convertirse en estrella de cine; una joven intenta comprender que ha sido de su familia en medio del caos politico y los asesinatos en masa; una viuda lucha contra la pobreza y las presiones urbanas que tuercen las vidas de sus jovenes hijos; un agente secreto novato e inexperto conduce a una patrulla del ejercito hasta los inhospitos y helados picos del Himalaya; una mujer astuta e inteligenteacepta dinero turbio para producir programas de television sobre el sufrimiento de las mujeres; un estudiante universitario idealista, acosado por la policia y los politicos locales, se refugia en las fi las de las guerrillas maoistas; un dirigente religioso de derechas celebra un enormesacrificio para los ciudadanos de Bombay; un conocido y despiadado lider dirige una banda que acumula victorias y descubre el extraño vacio de conseguir lo que uno quiere.Vikram ChandraReseñas:Vikram Chandra es un escritor que leo desde hace tiempo. Siempre me ha gustado y siempre le he envidiado. La envidia es un buen test para detectar si hablamos de un gran escritor.Salman RushdieUna vision caleidoscopica de una ciudad inmensa, rutilante y sordida, rebosante de energia, superpoblada e impulsada por las fuerzas volatiles de la ambicion, la desesperacion y el fervor religioso.The Sunday TimesEste es un momento que merece la pena señalar. Es un hito en la historia de la literatura india en lengua inglesa. Dentro de unas decadas, volveremos la mirada a la lista de las grandes novelas contemporaneas y nuestros labios pronunciaran con veneracion el titulo Juegos sagrados. Vikram Chandra ha escrito una de las obras maestras de la literatura.Ashok Banker, Hindustan Times
Fragmento
–Sí.
–¿Qué le parece eso?
–Me asusta.
–¿No está entusiasmado por haber sido escogido para trabajar en un caso grande?
Sartaj echó atrás la cabeza y se rió.
–El entusiasmo es una cosa. Pero los casos grandes pueden engullir a inspectores pequeños.
Ahora fue ella la que sonrió de oreja a oreja.
–Pero ¿trabajará en él?
–Hago lo que me dicen.
–Sí. Siento no poder decirle mucho más. Pero digamos que incumbe a la seguridad nacional, un gran peligro para la seguridad nacional.
De nuevo, ella esperaba que él dijera algo.
–¿Entiende lo que digo?
Sartaj se encogió de hombros.
–Ese tipo de cosas siempre me parecen filmi. Por lo general lo más excitante que hago es arrestar a taporis locales por extorsión. Un asesinato aquí y allí.
–Esto es real.
–Vale.
–Y muy grande.
–Entiendo.
Sartaj no entendía en absoluto, pero si era el tipo adecuado de caso grande, tal vez no fuera malo estar relacionado con él. Tal vez habría reconocimientos y menciones de honor por haber hecho cosas pequeñas para un caso grande.

–Necesitamos saber más sobre lo que Jojo y Gaitonde estaban haciendo juntos. Cuál era el negocio que tenían juntos.
–Sí.
–A Jojo la encontró muy rápido. Shabash. Pero necesitamos saber más. Presione la investigación por el lado de Gaitonde. Siga a sus socios, sus empleados, a cualquiera que encuentre. Mire a ver qué dicen.
–Eso haré.
–Haré que alguien de la comisaría de Colaba compruebe el número de teléfono de la hermana, y, cuando la hayamos localizado, vaya y hable con ella, mire qué puede sonsacarle sobre Jojo.
–¿Tendré que hablar con la hermana?
–Sí.
Era imposible investigar sin modificar lo que estabas investigando, sin que los sujetos se volviesen precavidos. Y Anjali Mathur, por razones que no iba a revelar, estaba deseando que sus sospechosos creyesen que esta era una investigación local. Sartaj pensó que tenía un buen rostro de investigadora, curiosa pero neutral, sin revelar nada.
–Muy bien, señora –contestó–. ¿Puedo decirle dónde murió su hermana?
–Sí. Averigüe si sabe algo de los tratos de su hermana con Gaitonde. Y como antes, infórmeme directamente a mí. Solo a mí. A ese número de teléfono.
Y eso fue todo, por lo que se refirió a las instrucciones y aclaraciones de Anjali Mathur. Sartaj cogió la botella y un vaso de la mesa, y lo llevó al pasillo para Katekar, a quien para entonces el sudor empapaba hombros y espalda. Estaba mucho menos fastidiado que Sartaj por el calor del verano, le daba igual caminar unos tres kilómetros en una tarde de mayo, pero sudaba mucho más. Sartaj atribuía esta resistencia al calor a toda una vida de preparación: Katekar había crecido sin ni siquiera un ventilador, y de esa forma sobrevivía alegremente las olas de calor. Todo era cuestión de a qué estabas acostumbrado. Katekar bebió un vaso de agua.
–¿Hemos terminado? –preguntó con una pequeña inclinación de cabeza sobre el hombro izquierdo, que incluía al apartamento, a Jojo y a Anjali Mathur.
–Todavía no –respondió Sartaj.
Katekar no dijo nada.
–Bébetelo todo –dijo Sartaj, sonriendo burlón–. Tenemos mucho que hacer. La seguridad nacional depende de nosotros.
En comisaría había alguien más que quería hablar sobre seguridad nacional con Sartaj. Su nombre era Wasim Zafar Ali Ahmad, y estaba impreso en hindi, urdu e inglés en la tarjeta que le dio a Sartaj. Bajo el nombre había un título, «Trabajador Social», y dos números de teléfono.
–Me sorprendió oír, inspector saab –comenzó–, que había estado dos veces en Navnagar y no había contactado conmigo. Pensé que quizá era difícil encontrarme. Por lo general no estoy en casa. Me muevo mucho, por trabajo.
Sartaj giró la tarjeta con las yemas de los dedos y la dejó en la mesa. –Fui a la bura bengalí.
Estaban sentados en el escritorio de Sartaj, uno frente al otro. –Que está justo en Navnagar. Trabajo mucho allí.
Tenía unos treinta años, este Ahmad de nombre largo, un poco rellenito y un poco alto y muy seguro de sí mismo. Había estado esperando a Sartaj en la parte delantera de la comisaría y le había seguido al entrar, con la tarjeta preparada. Llevaba una camisa blanca con pequeños bordados blancos en los puños, impecables pantalones blancos y una expresión resuelta.
–¿Conoces al chico que mataron? –preguntó Sartaj.
–Sí, le había visto algunas veces.
Sartaj también había visto a Ahmad, estaba seguro. Le resultaba familiar, y sin duda iba y venía por comisaría, los trabajadores sociales lo hacían a menudo.
–¿Vives en Navnagar?
–Sí. En la parte de la carretera. Mi familia fue una de las primeras allí. En aquellos tiempos, la mayoría de la gente venía de Uttar Pradesh, de Tamil Nadu. Los de Bangladesh… ellos vinieron más tarde. Demasiados, pero ¿qué se puede hacer? Así que trabajo con ellos.
–¿Y conocías a los apradhis? ¿Y a ese tipo de Bihar que era su jefe? –Solo de vista, inspector saab. No lo bastante como para saludarle. Pero conozco a gente que los conoce. Y ahora este asesinato que han cometido. Es muy malo. Vienen de fuera y hacen cosas malas en nuestro país. Y arruinan el nombre de gente buena que es de aquí.
Se refería a los indios musulmanes, que sufrían una difamación y un odio ampliamente extendidos y difundidos por los fundamentalistas hindúes. Sartaj se recostó, se frotó la barba. Wasim Zafar Ali Ahmad era sin duda interesante. Como la mayoría de los supuestos trabajadores sociales, quería prosperar, convertirse en un gran hombre en la zona, un hombre con contactos que atrajesen a la clientela, un hombre que pudiese llamar la atención de los partidos políticos como organizador local y voluntario y finalmente candidato potencial. Los trabajadores sociales se habían convertido en diputados o incluso congresistas, costaba mucho tiempo pero se había hecho muchas veces. Ahmad tenía el don del político para decir tópicos sin sonar ridículo. Parecía lo bastante inteligente, y quizá tenía el empuje y la crueldad.
–Así que –contestó Sartaj–, por el bien del país y de los buenos ciudadanos, ¿quieres ayudarme en este caso?
–Claro, inspector saab, claro.
La alegría de Ahmad al ser comprendido surgía de su estómago, de todo su cuerpo. Puso los codos encima de la mesa y se inclinó hacia delante, hacia Sartaj.
–Conozco a todo el mundo en Navnagar, e incluso en la bura bengalí tengo muchos contactos, trabajo con esa gente, les conozco. Así que puedo preguntar tranquilamente, ya sabe. Intentar averiguar qué dice la gente, qué sabe la gente.
–¿Y qué sabes tú ahora? ¿Sabes algo?
Ahmad se rió con satisfacción.
–Arre, no, no, inspector saab. Pero estoy seguro de que puedo descubrir algo aquí y allí, alguna cosita.
Y se recostó, regordete y satisfecho.
Sartaj cedió. Ahmad no era lo bastante estúpido como para derrochar buenas propinas por nada, o a sus fuentes.
–Bien –replicó Sartaj–. Te estaré agradecido si puedes ofrecer alguna ayuda. ¿Y hay algo que yo pueda hacer por ti?
Entonces se entendieron el uno al otro.
–Sí, saab, la verdad es que lo hay.
Ahmad dejó de lado su encanto y planteó sus condiciones con tranquilidad, sin rodeos.
–En Navnagar hay dos hermanos, chicos jóvenes, uno de diecinueve, el otro de veinte años. Todos los días molestan a las chicas cuando van a trabajar, les dicen esto y lo otro. Les pedí que parasen, pero entonces me amenazaron. Han dicho claramente que me romperán los brazos y las piernas. Podría actuar contra ellos yo mismo, pero me he refrenado. Pero cuando el agua comienza a cubrirle a uno, inspector saab…
–¿Nombres? ¿Edad? ¿Dónde les encuentro?
Ahmad ya había escrito los detalles con cuidado en su agenda, y arrancó la página para Sartaj con sumo esmero. Proporcionó descripciones y detalles de la familia, y después se disculpó.
–Ya le he quitado bastante tiempo, saab –dijo–. Pero por favor llámeme en cualquier momento, de día o de noche, si necesita algo.
–Llamaré después de haber visto a estos dos –contestó Sartaj. –Los ciudadanos de Navnagar estarán muy contentos, saab, si puede salvar a sus hermanas e hijas de este problema diario.
Con eso, Wasim Zafar Ali Ahmad se puso una mano en el pecho y se retiró. Había invocado a la gente de Navnagar, pero tanto él como Sartaj sabían que los dos hermanos tenían que ser castigados porque Ahmad así lo quería. Esta era la primera ofrenda en su relación, esta prueba de confianza y buena voluntad. Sartaj agarraría a estos Romeos del borde de la carretera, cuya principal ofensa era sin duda no su acoso a las mujeres que pasaban sino su falta de respeto hacia Ahmad. Sartaj se ocuparía de ellos, y Ahmad le daría algo de información. Entonces a Ahmad le verían en la basti como un hombre con contactos en la policía, y su nombre sonaría y más gente acudiría a su puerta, en busca de su auspicio y ayuda, y a cambio inflaría su influencia. Si todo le iba bien, tal vez en unos pocos años sería Sartaj quien le llamase a él «saab». Pero todo eso quedaba muy lejos, y primero estaba esta pequeña tarea de escarmiento a los hermanos acosadores sexuales. Todas las grandes carreras comenzaban con estos intercambios pequeños y se mantenían gracias a ellos. El interés mutuo era el aceite lubricante que hacia funcionar la pequeña y gran maquinaria del mundo, y Sartaj lo utilizaría para mandar a los criminales patinando hacia el cautiverio. Notó de qué modo la excitación le pellizcaba en el cuello y por los antebrazos, ese estremecimiento antiguo que llegaba a él cuando sentía que un caso se abría. Bueno, bueno, esto era bueno. Era absurdo esperar un éxito, pero Sartaj no podía evitar saborear la anticipación. Encontraría a los asesinos, los atraparía, ganaría: la idea de la victoria despertó en su pecho como un ardor diminuto, y tomó energía de ella todo el día.
Aquella tarde, frente a un vaso de whisky escocés, Sartaj le habló a Majid Khan de su nueva fuente de nombre tan largo. Majid no era bebedor, pero tenía una botella de Johnny Walker Etiqueta Negra para Sartaj. Sartaj bebía de ella cada vez que iba a cenar, y esa tarde estaba dependiendo demasiado de ella, tragando con glotonería. Le estaba hablando a Majid de Wasim Zafar Ali Ahmad mientras los hijos de Majid ponían los platos sobre la mesa y su madre hacía ruido con las cucharas en la cocina.
–Sí, conozco al tal Ahmad –dijo Majid–. En realidad, conozco a su padre.
–¿Cómo?
–Lo encontré durante los disturbios, justo al lado de la carretera en Bandra. Yo iba a Mahim con cuatro agentes. Desde lejos, vi a esos tres bastardos de pie encima de algo. Las calles estaban vacías por completo, ¿sabes?, y solo la carretera vacía y esos tres. Así que le dije al conductor: vamos, vamos. Y aceleramos, y tan pronto como vieron el jeep, los tres chutiyas se fueron corriendo. Entonces vi a ese hombre tumbado en el suelo, ¿sabes?, barba gris, kurta blanca limpia, topi blanco, solo un viejo caballero musulmán. Había intentado correr, le habían alcanzado, derribado. Estaba muy asustado, pero no estaba herido.
–Lo hubiera estado. Si no le hubieses salvado. Muerto.
–Arre, no le salvé. Pasamos por allí por casualidad.
Majid no estaba siendo falsamente modesto, comentaba hechos sin más. Se rascó el pecho, y bebió de su vaso de nimbu pani.
–De cualquier forma, lo pusimos en la parte trasera del jeep, nos lo llevamos. No pudo hablar durante una hora. Pero desde entonces viene cada Bakr’id a mi oficina, me trae algo de gosht, pico algo y le mando de vuelta con ello. Pero viene sin falta. Un viejo agradable.
Estaban de pie en la terraza del apartamento de Majid en un octavo piso, apoyados en la barandilla. Había una luna llena perfecta colgada a baja altura por encima de los rectángulos escalonados de los tejados, sobre el borde oscuro de las tierras bajas acuosas y la hilera de kholis con techo de hojalata y el mar más allá. Sartaj no podía pensar en la última vez que había visto la luna llena. Quizá necesitas estar a esta altura para verla, pensó, alto por encima de las calles.
–¿Su hijo nunca ha ido con el padre? ¿Para darte las gracias y pedirte ayuda?
–No.
–Tío listo.
Ahmad demostraba su inteligencia al no presumir del hilo de gratitud que ataba a su padre y a Majid, tirando de él. Estaba actuando a su manera, a través de Sartaj, el inspector local. Si Ahmad pudiera hacer felices a Sartaj y los agentes, ellos le recomendarían a Majid, quien tal vez haría posible que Ahmad ganase influencia y llevase a cabo actividades de legalidad cuestionable, aportando prosperidad y mayor desarrollo.
–Sí –contestó Majid–. No es un inocente como su padre.
–Los inocentes tienen muy buena suerte a veces, ¿no?
–A veces. El padre dijo que tenían algún familiar que fue asesinado en los disturbios. Un primo hermano.
–¿Primo cercano?
–No, lejano, al parecer. El viejo armó mucho lío con eso la primera vez que vino a verme. Le dije que tenía suerte de que solo hubiera sido un primo lejano. En este país, si miras a cualquier familia el tiempo suficiente, encontrarás a algún primo lejano cuya suerte se ha torcido. Si no es en este disturbio, entonces en algún otro.
Era cierto. Sartaj había oído historias de su propia familia, sobre gente que abandonaba casas en medio de la noche.
–Vamos, vosotros dos –llamó Reshana desde dentro.
Tenía en la mano el bol de plástico familiar con su tapa ajustada y diseño de rosas rojas. Había estado preparando rotis en la cocina. Habría hecho la khima antes, por la tarde, con la ayuda de su sirvienta, y entre las dos conseguirían una delicia o un desastre. Siempre era una lotería, y Sartaj tiró de la silla contento por el whisky que había bebido. Imtiaz y Farah se daban codazos el uno a la otra al sentarse. Los conocía desde que eran niños, y ahora que habían crecido el pequeño apartamento parecía más pequeño.
Imtiaz le pasó un bol.
–Tío, ¿has visto la página web de la CIA? –preguntó.
–¿La CIA, de los americanos? –indagó Sartaj.
–Sí, tienen una web, y te dejan mirar en sus documentos secretos. Farah estaba sirviendo raita en un cuenco para Sartaj.
–Si te dejan leerlo no es secreto, idiota. Tío, se pasa horas buscando artículos raros y hablando con chicas por Internet.
–Cállate –pidió Imtiaz–. Nadie está hablando contigo.
Majid sonreía.
–¿En esto gasto miles y miles de rupias, para que mi hijo pueda hablar con chicas en América?
–Europa –replicó Farah–. Tiene una novia en Bélgica, y otra en Francia.
–¿Tienes novias? –preguntó Sartaj–. ¿Cuántos años tienes? –Quince.
–Catorce –corrigió Farah. Sonriendo–. Apuesto a que les ha dicho que tiene dieciocho.
–Al menos parece que tengo dieciocho. No como alguna gente que se comporta como si todavía tuviese once.
Farah alargó la mano por debajo de la mesa, e Imtiaz hizo un gesto de dolor. Levantó el brazo.
–Las uñas de las mujeres –dijo, con aspecto de estar muy satisfecho de sí mismo– son más mortales que las de los hombres.
–Parad, vosotros dos –terció su madre–. Dejad comer al tío. Sartaj comió y se sintió aliviado al descubrir que aquella tarde algo se había salvado del caos culinario.
–¿Nuevo corte de pelo? –le preguntó a Farah.
https://www.megustaleer.mx/libros/juegos-sagrados/MES-012560/fragmento

megustaleer - Juegos sagrados - Vikram Chandra