Orfandad de Inés Arredondo

A Mario Camelo Arredondo
Creí que todo era este sueño: sobre una cama dura, cubierta por una blanquísima sábana, estaba yo, pequeña, una niña con los brazos cortados arriba de los codos y las piernas cercenadas por encima de las rodillas, vestida con un pequeño batoncillo que descubría los cuatro muñones.

La pieza donde estaba era a ojos vistas un consultorio pobre, con vitrinas anticuadas. Yo sabía que estábamos a la orilla de una carretera de Estados Unidos por donde todo el mundo, tarde o temprano, tendría que pasar. Y digo estábamos porque junto a la cama, de perfil, había un médico joven, alegre, perfectamente rasurado y limpio. Esperaba.

Entraron los parientes de mi madre: altos, hermosos, que llenaron el cuarto de sol y de bullicio. El médico les explico:
-Sí, es ella. Sus padres tuvieron un accidente no lejos de aquí y ambos murieron, pero a ella pude salvarla. Por eso puse el anuncio, para que se detuvieran ustedes.
Una mujer muy blanca, que me recordaba vivamente a mi madre, me acarició las mejillas.
-¡Qué bonita es!
-¡Mira qué ojos!
-¡Y ese pelo rubio y rizado!
Mi corazón palpitó con alegría. Había llegado el momento de los parecidos, y en medio de aquella fiesta de alabanzas no hubo ni una sola mención a mis mutilaciones. Había llegado la hora de la aceptación: yo era parte de ellos.
Pero por alguna razón misteriosa, en medio de sus risas y parloteo, fueron saliendo alegremente y no volvieron la cabeza.
Luego vinieron los parientes de mi padre. Cerré los ojos. El doctor repitió lo que dijo a los primeros parientes:
-¿Para qué salvó eso?
-Es francamente inhumano.
-No, un fenómeno siempre tiene algo de sorprendente y hasta cierto punto chistoso.
Alguien fuerte, bajo de estatura, me asió por los sobacos y me zarandeó.
-Verá usted que se puede hacer algo más con ella.
Y me colocó sobre una especie de riel suspendido entre dos soportes.
-Uno, dos, uno, dos.
Iba adelantando por turnos los troncos de mis piernas en aquel apoyo de equilibrista sosteniéndome por el cuello del camisoncillo como a una muñeca grotesca. Yo apretaba los ojos.
Todos rieron.
-¡Claro que se puede hacer algo más con ella!
-¡Resulta divertido¡
Y entre carcajadas soeces salieron sin que yo los hubiera mirado.
-Cuando abrí los ojos, desperté.
Un silencio de muerte reinaba en la habitación oscura y fría. No había médico ni consultorio ni carretera. Estaba aquí. ¿ Por qué soñé en Estados Unidos? Estoy en el cuarto interior de un edificio. Nadie pasaba ni pasaría nunca. Quizá nadie pasó antes tampoco.
Los cuatro muñones y yo, tendidos en una cama sucia de excremento.
Mi rostro horrible, totalmente distinto al del sueño: las facciones son informes. Lo sé. No puedo tener una cara porque nunca ninguno me reconoció ni lo hará jamas.

Ines.

 

MInibiografía

Nació el 20 de marzo de 1928 en CuliacánSinaloa (México).

Hija del médico Mario Camelo y Vega, fue la mayor de nueve hermanos.

Cursó estudios de biblioteconomía y letras; colaboró en diversos suplementos literarios mexicanos.

Trabajó sobre el poeta Jorge Cuesta, del Grupo Contemporáneos.

Forma parte de la generación de escritores que empezó a publicar en la década de 1960: Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador ElizondoSergio Pitol, entre otros.

Su obra es breve y compacta: dos libros La señal (1965) y Río subterráneo (1979) analizan finamente complejos aspectos de la relación amorosa desde el punto de vista de una mirada femenina.

En 1958, se casó con el escritor Tomás Segovia, del que se divorciaría. Fue madre de tres hijos.

 

La narradora Inés Arredondo (Culiacán, Sinaloa, 20 de marzo, 1928 – Ciudad de México 2 de noviembre, 1989) trató de plasmar en sus cuentos la inexpresable ambigüedad de la existencia, expresó Eduardo Antonio Parra al participar en charla por los 90 años del natalicio de la escritora.

En el evento llevado a cabo en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, el miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca describió a la autora de 34 relatos como la principal narradora mexicana del siglo XX.

Ines.

Un día de estos de García Márquez

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

-Papá.

-Qué.

-Dice el alcalde que si le sacas una muela.

-Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

-Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

-Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

-Papá.

-Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

-Siéntese.

-Buenos días -dijo el alcalde.

-Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza.

Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

-Tiene que ser sin anestesia -dijo.

-¿Por qué?

-Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

-Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

-Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

-Me pasa la cuenta -dijo.

-¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

-Es la misma vaina.

Kafka y la muñeca

Un año antes de su muerte, Franz Kafka vivió una experiencia insólita. Paseando por el parque Steglitz, en Berlín, encontró a una niña llorando desconsolada: había perdido su muñeca.
Kafka se ofreció a ayudar a buscar la muñeca y se dispuso a reunirse con ella al día siguiente en el mismo lugar.
Incapaz de encontrar a la muñeca compuso una carta “escrita” por la muñeca y se la leyó cuando se reencontraron:
– “Por favor no llores, he salido de viaje para ver el mundo. Te voy a escribir sobre mis aventuras …“- Este fue el comienzo de muchas cartas.
Cuando él y la niña se reunían, él le leía estas cartas cuidadosamente compuestas de aventuras imaginarias sobre la querida muñeca. La niña fue consolada. Cuando las reuniones llegaron a su fin, Kafka le regaló una muñeca. Ella obviamente la veía diferente de la muñeca original . Una carta adjunta explicó:
-«mis viajes me han cambiado … “ –
Muchos años más tarde, la chica ahora crecida, encontró una carta metida en una grieta desapercibida dentro de la muñeca. En resumen, decía: -» Cada cosa que amas es muy probable que la pierdas, pero al final, el amor volverá de una forma diferente“- .
Kafka y la Muñeca… la omnipresencia de la pérdida.

kafka y la muñeca

Tomado de Fb

Amor secreto de Manuel Payno

Mucho tiempo hacía que Alfredo no me visitaba, hasta que el día menos pensado se presentó en mi cuarto. Su palidez, su largo cabello que caía en desorden sobre sus carrillos hundidos, sus ojos lánguidos y tristes y, por último, los marcados síntomas que le advertía de una grave enfermedad me alarmaron sobremanera, tanto, que no pude evitar el preguntarle la causa del mal, o mejor dicho, el mal que padecía.
—Es una tontería, un capricho, una quimera lo que me ha puesto en este estado; en una palabra, es un amor secreto.
—¿Es posible?
—Es una historia —prosiguió— insignificante para el común de la gente; pero quizá tú la comprenderás; historia, te repito, de esas que dejan huellas tan profundas en la existencia del hombre, que ni el tiempo tiene poder para borrar.
El tono sentimental, a la vez que solemne y lúgubre de Alfredo, me conmovió al extremo; así es que le rogué me contase esa historia de su amor secreto, y él continuó:
—¿Conociste a Carolina?
—¡Carolina! … ¿Aquella jovencita de rostro expresivo y tierno, de delgada cintura, pie breve?
—La misma.
—Pues en verdad la conocí y me interesó sobremanera… pero…
—A esa joven —prosiguió Alfredo— la amé con el amor tierno y sublime con que se ama a una madre, a un ángel; pero parece que la fatalidad se interpuso en mi camino y no permitió que nunca le revelara esta pasión ardiente, pura y santa, que habría hecho su felicidad y la mía.
“La primera noche que la vi fue en un baile; ligera, aérea y fantástica como las sílfides, con su hermoso y blanco rostro lleno de alegría y de entusiasmo. La amé en el mismo momento, y procuré abrirme paso entre la multitud para llegar cerca de esa mujer celestial, cuya existencia me pareció desde aquel momento que no pertenecía al mundo, sino a una región superior; me acerqué temblando, con la respiración trabajosa, la frente bañada de un sudor frío… ¡Ah!, el amor, el amor verdadero es una enfermedad bien cruel. Decía, pues, que me acerqué y procuré articular algunas palabras, y yo no sé lo que dije; pero el caso es que ella con una afabilidad indefinible me invitó que me sentase a su lado; lo hice, y abriendo sus pequeños labios pronunció algunas palabras indiferentes sobre el calor, el viento, etcétera; pero a mí me pareció su voz musical, y esas palabras insignificantes sonaron de una manera tan mágica a mis oídos que aún las escucho en este momento. Si esa mujer en aquel acto me hubiera dicho: Yo te amo, Alfredo; si hubiera tomado mi mano helada entre sus pequeños dedos de alabastro y me la hubiera estrechado; si me hubiera sido permitido depositar un beso en su blanca frente… ¡Oh!, habría llorado de gratitud, me habría vuelto loco, me habría muerto tal vez de placer.
“A poco momento un elegante invitó a bailar a Carolina. El cruel, arrebató de mi lado a mi querida, a mi tesoro, a mi ángel. El resto de la noche Carolina bailó, platicó con sus amigas, sonrió con los libertinos pisaverdes; y para mí, que la adoraba, no tuvo ya ni una sonrisa, ni una mirada ni una palabra. Me retiré cabizbajo, celoso, maldiciendo el baile. Cuando llegué a mi casa me arrojé en mi lecho y me puse a llorar de rabia.
“A la mañana siguiente, lo primero que hice fue indagar dónde vivía Carolina; pero mis pesquisas por algún tiempo fueron inútiles. Una noche la vi en el teatro, hermosa y engalanada como siempre, con su sonrisa de ángel en los labios, con sus ojos negros y brillantes de alegría. Carolina se rió unas veces con las gracias de los actores, y se enterneció otras con las escenas patéticas; en los entreactos paseaba su vista por todo el patio y palcos, examinaba las casacas de moda, las relumbrantes cadenas y fistoles de los elegantes, saludaba graciosamente con su abanico a sus conocidas, sonreía, platicaba… y para mí, nada… ni una sola vez dirigió la vista por donde estaba mi luneta, a pesar de que mis ojos ardientes y empapados en lágrimas seguían sus más insignificantes movimientos. También esa noche fue de insomnio, de delirio; noche de esas en que el lecho quema, en que la fiebre hace latir fuertemente las arterias, en que una imagen fantástica está fija e inmóvil en la orilla de nuestro lecho.
“Era menester tomar una resolución. En efecto, supe por fin dónde vivía Carolina, quiénes componían su familia y el género de vida que tenía. ¿Pero cómo penetrar hasta esas casas opulentas de los ricos? ¿Cómo insinuarme en el corazón de una joven del alto tono, que dedicaba la mitad de su tiempo a descansar en las mullidas otomanas de seda, y la otra mitad en adornarse y concurrir en su espléndida carroza a los paseos y a los teatros? ¡Ah!, si las mujeres ricas y orgullosas conociesen cuánto vale ese amor ardiente y puro que se enciende en nuestros corazones; si miraran el interior de nuestra organización, toda ocupada, por decirlo así, en amar; si reflexionaran que para nosotros, pobres hombres a quienes la fortuna no prodigó riquezas, pero que la naturaleza nos dio un corazón franco y leal, las mujeres son un tesoro inestimable y las guardamos con el delicado esmero que ellas conservan en un vaso de nácar las azucenas blancas y aromáticas, sin duda nos amarían mucho; pero… las mujeres no son capaces de amar el alma jamás. Su carácter frívolo las inclina a prenderse más de un chaleco que de un honrado corazón; de una cadena de oro o de una corbata, que de un cerebro bien organizado.
“He aquí mi tormento. Seguir lánguido, triste y cabizbajo, devorado con mi pasión oculta, a una mujer que corría loca y descuidada entre el mágico y continuado festín, de que goza la clase opulenta de México. Carolina iba a los teatros, allí la seguía yo; Carolina en su brillante carrera daba vueltas por las frondosas calles de árboles de la Alameda, también me hallaba yo sentado en el rincón oscuro de una banca. En todas partes estaba ella rebosando alegría y dicha, y yo, mustio, con el alma llena de acíbar y el corazón destilando sangre.
“Me resolví a escribirle. Di al lacayo una carta, y en la noche me fui al teatro lleno de esperanzas. Esa noche acaso me miraría Carolina, acaso fijaría su atención en mi rostro pálido y me tendría lástima… era mucho esto: tras de la lástima vendría el amor y entonces sería yo el más feliz de los hombres. ¡Vana esperanza! En toda la noche no logré que Carolina fijase su atención en mi persona. Al cabo de ocho días me desengañé que el lacayo no le había entregado mi carta. Redoblé mis instancias y conseguí por fin que una amiga suya pusiese en sus manos un billete, escrito con todo el sentimentalismo y el candor de un hombre que ama de veras; pero, ¡Dios mío!, Carolina recibía diariamente tantos billetes iguales; escuchaba tantas declaraciones de amor; la prodigaban desde sus padres hasta los criados tantas lisonjas, que no se dignó abrir mi carta y la devolvió sin preguntar aun por curiosidad quién se la escribía.
“¿Has experimentado alguna vez el tormento atroz que se siente, cuando nos desprecia una mujer a quien amamos con toda la fuerza de nuestra alma? ¿Comprendes el martirio horrible de correr día y noche loco, delirante de amor tras de una mujer que ríe, que no siente, que no ama, que ni aun conoce al que la adora?
“Cinco meses duraron estas penas, y yo constante, resignado, no cesaba de seguir sus pasos y observar sus acciones. El contraste era siempre el mismo: ella loca, llena de contento, reía y miraba al drama que se llama mundo al través de un prisma de ilusiones; y yo triste, desesperado con un amor secreto que nadie podía comprender, miraba a toda la gente tras la media luz de un velo infernal.
“Pasaban ante mi vista mil mujeres; las unas de rostro pálido e interesante, las otras llenas de robustez y brotándoles el nácar por sus redondas mejillas. Veía unas de cuerpo flexible, cintura breve y pie pequeño; otras robustas de formas atléticas; aquellas de semblante tétrico y romántico; las otras con una cara de risa y alegría clásica; y ninguna, ninguna de estas flores que se deslizaban ante mis ojos, cuyo aroma percibía, cuya belleza palpaba, hacía latir mi corazón, ni brotar en mi mente una sola idea de felicidad. Todas me eran absolutamente indiferentes; sólo amaba a Carolina, y Carolina… ¡Ah!, el corazón de las mujeres se enternece, como dice Antony, cuando ven un mendigo o un herido; pero son insensibles cuando un hombre les dice: ‘Te amo, te adoro, y tu amor es tan necesario a mi existencia como el sol a las flores, como el viento a las aves, como el agua a los peces.’ ¡Qué locura! Carolina ignoraba mi amor, como te he repetido, y esto era peor para mí que si me hubiese aborrecido.
“La última noche que la vi fue en un baile de máscaras. Su disfraz consistía en un dominó de raso negro; pero el instinto del amor me hizo adivinar que era ella. La seguí en el salón del teatro, en los palcos, en la cantina, en todas partes donde la diversión la conducía. El ángel puro de mi amor, la casta virgen con quien había soñado una existencia entera de ventura doméstica, verla entre el bullicio de un carnaval, sedienta de baile, llena de entusiasmo, embriagada con las lisonjas y los amores que le decían. ¡Oh!, si yo tuviera derechos sobre su corazón, la hubiera llamado, y con una voz dulce y persuasiva le hubiera dicho: ‘Carolina mía, corres por una senda de perdición; los hombres sensatos nunca escogen para esposas a las mujeres que se encuentran en medio de las escenas de prostitución y voluptuosidad; sepárate por piedad de esta reunión cuyo aliento empaña tu hermosura, cuyos placeres marchitan la blanca flor de tu inocencia; ámame sólo a mí, Carolina, y encontrarás un corazón sincero, donde vacíes cuantos sentimientos tengas en el tuyo: ámame, porque yo no te perderé ni te dejaré morir entre el llanto y los tormentos de una pasión desgraciada.’ Mil cosas más le hubiera dicho; pero Carolina no quiso escucharme; huía de mí y risueña daba el brazo a los que le prodigaban esas palabras vanas y engañadoras que la sociedad llama galantería. ¡Pobre Carolina! La amaba tanto, que hubiera querido tener el poder de un dios para arrebatarla del peligroso camino en que se hallaba.
“Observé que un petimetre de estos almibarados, insustanciales, destituidos de moral y de talento, que por una de tantas anomalías aprecia y puede decirse venera la sociedad, platicaba con gran interés con Carolina. En la primera oportunidad lo saqué fuera de la sala, lo insulté, lo desafié, y me hubiera batido a muerte; pero él, riendo me dijo: ‘¿Qué derechos tiene usted sobre esta mujer?’ Reflexioné un momento, y con voz ahogada por el dolor, le respondí: ‘Ningunos.’ ‘Pues bien —prosiguió riéndose mi antagonista—, yo sí los tengo y los va usted a ver.’ El infame sacó de su bolsa una liga, un rizo de pelo, un retrato, unas cartas en que Carolina le llamaba su tesoro, su único dueño. ‘Ya ve usted, pobre hombre —me dijo alejándose—, Carolina me ama, y con todo la voy a dejar esta noche misma, porque colecciones amorosas iguales a las que ha visto usted y que tengo en mi cómoda, reclaman mi atención; son mujeres inocentes y sencillas, y Carolina ha mudado ya ocho amantes.’
“Sentí al escuchar estas palabras que el alma abandonaba mi cuerpo, que mi corazón se estrechaba, que el llanto me oprimía la garganta. Caí en una silla desmayado, y a poco no vi a mi lado más que un amigo que procuraba humedecer mis labios con un poco de vino.
“A los tres días supe que Carolina estaba atacada de una violenta fiebre y que los médicos desesperaban de su vida. Entonces no hubo consideraciones que me detuvieran; me introduje en su casa decidido a declararle mi amor, a hacerle saber que si había pasado su existencia juvenil entre frívolos y pasajeros placeres, que si su corazón moría con el desconsuelo y vacío horrible de no haber hallado un hombre que la amase de veras, yo estaba allí para asegurarle que lloraría sobre su tumba, que el santo amor que le había tenido lo conservaría vivo en mi corazón. ¡Oh!, estas promesas habrían tranquilizado a la pobre niña, que moría en la aurora de su vida, y habría pensado en Dios y muerto con la paz de una santa.
“Pero era un delirio hablar de amor a una mujer en los últimos instantes de su vida, cuando los sacerdotes rezaban los salmos en su cabecera; cuando la familia, llorosa, alumbraba con velas de cera benditas, las facciones marchitas y pálidas de Carolina. ¡Oh!, yo estaba loco; agonizaba también, tenía fiebre en el alma. ¡Imbéciles y locos que somos los hombres!”
—Y ¿qué sucedió al fin?
—Al fin murió Carolina —me contestó—, y yo constante la seguí a la tumba, como la había seguido a los teatros y a las máscaras. Al cubrir la fría tierra los últimos restos de una criatura poco antes tan hermosa, tan alegre y tan contenta, desaparecieron también mis más risueñas esperanzas, las solas ilusiones de mi vida.
Alfredo salió de mi cuarto, sin despedida.

manet21

Al ritmo de tu lluvia de Luciana Garcés Sánchez

Quiero que me quieras ahora mismo,
bajo la luz brillante de los focos,
mientras fuera llueve y llueve,
y dentro, muy adentro, tu lluvia
me fecunda, me florece, me inunda.
Naveguemos ahora por esta agua
tibia, salada de deseo, dulce
de mirada, a costear nuestros
cuerpos fundidos, derritiéndose
en el arenal de la cala refugio.
Sonámbulos marineros,
pescadores de albas, madrugadas,
horas sin segundos,
eternidades.
Cae, se desliza,
marca senderos imposibles,
la lluvia en la ventana,
tu, en mi, manantial.
Danzan mis senos,
cachorrillos hambrientos,
mientras la lluvia cae,
cae, peina mi cabello,
resbalando a mi boca,
confundiendo jadeo
con sed, con ahogo,
y el ritmo de mis caderas,
alzadas hacia ti,
humedecen tus labios.
El agua de mi deseo,
mi sed de ti, húmeda.
Camino de puntillas,
danzo bajo el agua,
telón renovado
gota a gota,
cabalgo las olas
enredando,
ato con algas
tus manos,
mis manos,
al ondular
de la piel

Orgasmos Marcello Aprea

 

 

Pesadilla de W. Somerset Maugham

Acababa de llegar de Londres. Entré en el comedor y vi a mi anciana tía sentada, trabajando delante de su mesa. La lámpara estaba encendida. Me acerqué a mi tía y le toque el hombro. Profirió un grito ahogado y, al ver que era yo, se levantó, me echó los brazos al cuello y me besó:
—¡Hola, pequeño! —me dijo— ¡Creí que no volvería a verte nunca más! —Lanzó un suspiro y apoyó su vieja cabeza sobre mi pecho—. ¡Estoy tan triste, Willie! Sé que pronto moriré. No volveré a ver el invierno. Hubiera deseado que tu pobre tío se hubiese ido primero a fin de que se hubiera ahorrado el dolor de mi muerte. Las lágrimas brotaron de mis ojos y comenzaron a correr por mis mejillas. Entonces me di cuenta de que había soñado, porque mi tía llevaba ya dos años de muerta y, apenas había reposado en el dulce sueño de la muerte, mi tío se había vuelto a casar”

abuela

J. Grande

Los pasos perdidos Anne Fatosme

Medio dormida, extiendes la mano sobre la colcha en busca del calor de tu marido. Pero tu marido no está, solo un espacio frío y liso. Murió, hace tiempo ya, murió, pero a veces se te olvida. Te sientes al borde de la cama, el rostro sujeto entre las manos, y susurrando su nombre, te convences: murió.
Te duchas, te pintas, te vistes, te miras al espejo, lista para llevar a cabo tu vida diaria. Por la noche
regresas a casa. Cenas algo frente al televisor, escuchas las noticias, no consigues que te interesen. Apagas la tele, su ruido, las luces del cuarto de estar, y, bañada por la luz de la calle que se filtra a través de los visillos, te diriges hacia el dormitorio. En medio del silencio, un rumor invade tus oídos, afelpado, reconfortante. No lo reconoces, sin embargo lo recuerdas, rebuscas en tu mente, pero no, no lo identificas; abandonas la búsqueda, dejando que te acompañe ese rumor que colma tus oídos, concentrándote en la sensación gozosa de tus pies descalzos pisando el suelo alfombrado y tibio; hasta llegar a la cama, donde, en el mismo momento de tumbarte, cesa ese rumor que tan dulcemente te acompañaba. Y te das cuenta, de golpe, te das cuenta: ese rumor no era otro que él de tus pies deslizándose sobre las alfombras, eco de sus pasos, huella que se pierde moldeada con la suya. Te abrazas a su almohada, hecha un ovillo, en el borde más extremo de la cama, e intentas dormir a pesar del frío que te coloniza.

normandía

Foto de Anne Fatosme Normandía.

 

El logro de José Luis Vasconcelos

Le tomó años para lograrlo. Pruebas y más pruebas. Cientos de prados y jardines podrían atestiguarlo. Pero esta noche el viejo jardinero estaba feliz, realmente contento. Muy pocos podían darse el lujo de haber sembrado una planta de luz y ver la noche iluminada con sus frutos.

árbol de luz

Tomada de la tómbola de Ficticia.

 

El sello

Problemas con los hijos…

hijo-prodigo-rembrandt

Avatar de Sony RojasÉrase una vez...

Había llegado con la cabeza gacha aquella tarde de miércoles; dando pasos silenciosos para que no lo oyera entrar a la casa.

Lo recibí sentado en la sala, con una sonrisa. En su rostro era posible notar la sorpresa que le causó verme a esas horas en la casa, cuando normalmente regreso a las 7 de la tarde del banco. Escondido en algún rincón de sus ojos castaños, pude percibir una pizca de temor infantil. No quería encontrarse conmigo esa tarde. Probablemente tampoco con su madre.

– Papá -dijo con voz temblorosa- creí que aún estarías en el trabajo.

– Terminé antes de tiempo y me tomé la tarde libre. -respondí con total tranquilidad- ¿Cómo te fue en la escuela?

Su rostro se turbó. El miedo se abrió paso. Verlo así me dolió. No estaba seguro de qué pude haber hecho para que me tuviera tanto miedo. Me recordó a…

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Heisenberg y la incertidumbre de Rodrigo Azaola

Heisenberg llega al purgatorio. Un ángel se acerca libreta en mano y le dice: Bienvenido a la antesala del paraíso y del infierno, ¿desea usted saber su destino sin saber cuánto tiempo tardara en estar ahí, o prefiere saber su destino y mantener la incertidumbre de cuándo llegará?

tomado de Fb

Principio+de+Incertidumbre+de+Heisenberg

 

Las Tres preguntas de Sócrates — La Materialización Mundana de las Palabras*.

Sócrates, es considerado uno de los grandes pensadores de la antigüedad, tanto en el terreno de la filosofía occidental como universal. Los tres fueron los máximos representantes de la filosofía de la Antigua Grecia. Entre las muchas enseñanzas del filósofo, hoy hago mención de tres preguntas, las cuales deberíamos seguir teniendo muy en cuenta en multitud […]

attenas

 

a través de Las Tres preguntas de Sócrates — La Materialización Mundana de las Palabras.

  • Siempre lo adjudican a Socrates, no se si lo es, pero es una gran verdad y vale la pena incorporarlo a nuestra cotidianidad. Sendero

Los dos comerciantes de Leon Tolstoi

Un comerciante en hierros, al ir a emprender un largo viaje dejó sus mercancías en casa de un comerciante rico para que se las guardara.
Cuando volvió del viaje se fué a casa de su amigo a recoger las mercancías cuya guarda le había encomendado. Pero, con gran sorpresa suya, el otro dijo al verle:
-Tus mercancías se han estropeado. Nada tengo que entregarte.
-¡Cómo!
-Sí, las dejé en el desván y los ratones han roído el hierro. Si no quieres creerme puedes subir a verlo tú mismo.
El comerciante pobre no discutió y dijo sencillamente:
-Puesto que tú lo afirmas es bastante. No hace falta mirar. Desde hoy ya sé que los ratones comen hierro. Adiós.
Y se fué.
Ya en la calle vió a un niño, hijo del comerciante rico, que estaba jugando. Le acarició, le cogió en sus brazos, y se lo llevo a su casa.
Al día siguiente el comerciante rico fué a ver al pobre y le contó la desgracia que le agobiaba: le habían robado a su pequeño hijo y pedía consejo a su amigo para poder encontrarlo.
Ayer-repuso el comerciante pobre,-cuando salía de tu casa, vi justamente cómo un gavilán se apoderaba de un niño y se lo llevaba por los aires. Sin duda era tu hijo.
-¿Quieres burlarte de mí?- exclamo el rico lleno de cólera. ¿Cuándo se ha visto que un gavilán se lleve a un niño por los aires?
-No, no me burlo. Poco puede extrañar que un gavilán robe a un niño, en estos tiempos en que los ratones comen hierro. Todo puede suceder…
Reflexionó entonces el rico.
-Tu hierro- dijo al fin- no lo comieron los ratones. Yo lo vendí. Daría el doble de su precio por que el gavilán no se hubiese llevado a mi hijo.
-Yo puedo, en cambio, hacer que recobres a tu hijo, ya que los ratones no se han comido el hierro.
Y se fue a llamar al niño.

aguila-nino

Arreola y Pacheco – premio cervantes- Los bestiarios

Los bestiarios, es decir, las colecciones de relatos breves sobre animales, ya sean reales o fantásticos, tienen una larga tradición en Occidente, que podemos remontar hasta el mundo clásico, con Esopo. Son célebres los de Julio Cortázar, Franz Kafka o Jorge Luis Borges.
México tiene la fortuna de haber contribuido a esa tradición con una pequeña obra maestra: el Bestiario de Juan José Arreola.
La génesis del libro es curiosa. Encargado por la UNAM, la fecha fatal para entregar el original era el 15 de diciembre de 1958. De no hacerlo, se le exigiría al autor el regreso del adelanto, que ya había gastado en la manutención de su familia, un verdadero drama para un Arreola que sobrevivía a duras penas. Preso del pánico, se sentía incapacitado para escribirlo. Un bloqueo de escritor.
Los jóvenes que iban al taller que impartía de manera gratuita en su casa de Lerma y Elba estaban preocupados. Uno de ellos tuvo la idea de obligar al narrador a dictar sus textos.
Así, el 8 de diciembre, a una semana del plazo fatal, se presentó en su casa un jovencísimo José Emilio Pacheco y prácticamente obligó a Arreola a concentrase en su libro.
Como una flecha, precisa y exacta, el libro nacería en seis días de vértigo de la voz de Arreola y la pluma de Pacheco.
El Bestiario de Arreola nace de mirar a los animales en el zoológico de Chapultepec. Le gustaba visitarlo al atardecer, cuando los animales, en palabras del propio Arreola, inician una «»enorme sinfónica bestial»».
Los cautivos entonces gruñen, braman, rugen, graznan, bufan, gritan, ladran, barritan, aúllan, relinchan, ululan, crotoran, y nos despiden con una monumental «»rechifla»».
Con un estilo pulido y telegráfico, con la electricidad metafórica del verdadero poeta, los animales de Arreola corresponden a las bestias de carne y hueso pero también a sus símbolos culturales, verdaderos animales de papel.
Calificado por Octavio Paz de libro perfecto -y qué más se podría añadir a este adjetivo-, el Bestiario de Arreola tiene humor y gracia verbal. Es leve y profundo al tiempo. Y al hablar de los animales lo hace también de los humanos.
Algunos ejemplos de la genial orfebrería de Arreola: de la hiena, cuyo «»ladrido espasmódico»» es «»la carcajada nocturna que trastorna el manicomio»», dice que su apostolado no ha sido en vano, pues «»es el animal con más prosélitos entre los humanos»».
El búho es un «»armonioso capitel de plumas labradas que apoya una metáfora griega»». La tarea más difícil de la boa, su verdadera pelea, no es la caza sino la digestión del conejo.
El bisonte es «»tiempo acumulado, un montículo de polvo impalpable»». Los cisnes «»atraviesan el estanque con vulgaridad fastuosa de frases hechas»». El avestruz es «»la falda más corta y el escote más bajo»».
La jirafa «»busca en las alturas lo que otros encuentran al ras de suelo»». El rinoceronte «»alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista.»»
Y la cebra «»toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida»».
Dato curioso:
El título original de la obra fue Punta de plata, en homenaje a la técnica que usaba el pintor Héctor Xavier, injustamente olvidado, para los dibujos que ilustraban los textos de Arreola en la primera edición del libro. Desde 1963 se edita bajo el título de Bestiario. Urge una edición que recupere el prólogo de Pacheco y los grabados de Héctor Xavier.

pacheco

A cien años del nacimiento de J.J. Arreola de Marcial Fernández

LOS FICTIMÍNIMOS DE ARREOLA
Los habitantes de Ficticia somos realistas. Aceptamos
en principio que la liebre es un gato: Homero Santos
(JJA, Palindroma, 69 p.)
Juan Belmonte, el llamado fundador de la tauromaquia moderna, dijo: “Se torea como se es”. Tal frase, que ya tiene un siglo de ser citada, sirve de punto de partida para casi cualquier semblanza en la que se pretenda reflexionar sobre la vida y obra —o un aspecto de la obra— de tal o cual personaje, sea torero, médico, abogado, literato o buscador de tesoros.
¿Cómo era, pues, Juan José Arreola?, de quien estamos conmemorando sus cien años de nacido.
Yo, que salí del vientre de la ballena medio siglo después que Arreola, lo vi muchas veces por televisión, pero sólo una vez en persona, hará unos treinta años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la que dio una charla en petit comité —pese a su enorme popularidad— porque era época de exámenes extraordinarios y la mayoría de los compañeros estaban de vacaciones.
Ahí llegó tal como arribaba a cualquier set de televisión: un hombre con sombrero de copa y capa negra, más parecido a un mago que a un escritor, aunque los escritores como Arreola sean ilusionistas de la palabra, hombres capaces de encontrar el milagro de la existencia en cualquier cosa.
Arreola era, pues, un hombre de una cultura barroca que la expresaba con la sencillez y naturalidad de la proporción clásica, ésa que algunos llaman áurea y que posee la virtud implícita de Midas, de transformar las imágenes, ideas, anécdotas, personajes e, incluso, chismes, en oros codiciados. Arreola era, sí, un narrador que hablaba como poeta, y un poeta que escribía como narrador.
Así se descubre al Arreola gambusino, creador de fictimínimos en su obra en general y en los libros Punto de plata (1959) y Palindroma —sí, palindroma, sin acento en la i y con terminación femenina, que es como la nivola de Unamuno) (1971) en particular, en la que el prosista de Zapotlán el Grande legitima al más nuevo de los géneros literarios, ése que se práctica como tal en México desde principios del siglo XX en páginas de Díaz Dufóo hijo, Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Alfonso Reyes, Julio Torri y Salvador Novo.
Para la segunda mitad del siglo aparecen cuatro libros fundamentales para comprender lo que Edmundo Valadés llamaba, primero, “minificción” —pequeñas citas textuales, entendibles por sí mismas, que se sacan de un texto mayor—, que fue la pauta de origen de lo que después nombró “cuento brevísimo” (pequeños cuentos escritos ex professo como tales), que definía formalmente como “un texto que no exceda el tamaño de una cuartilla por una sola cara y a doble espacio de la máquina de escribir”, cuyo mayor cultor de los mencionados fue justo Arreola, tanto en papel como de manera oral, y esto es importante porque así como hablaba —y hablaba mucho—, escribía —y escribía poco.
Punta de plata —el germen de lo que a partir de 1963 se llamaría Bestiario— se publicó 10 años antes que La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso, y Palindroma, cinco años antes que El libro de la imaginación, de Edmundo Valadés —quien en la revista El cuento, promueve, desde 1968 hasta 1994, y de manera póstuma hasta 1999, el nuevo género literario que ahora también se le conoce como minicuento, microcuento, cuento jíbaro, bonsái, cuántico, liliputiense, fictimínimo, etcétera.
Pero ¿cómo se puede hablar de un nuevo género cuando los mismos autores titulan a sus libros como Bestiario y “fábulas”, dos géneros tan viejos como los orígenes de la literatura?
¿Qué es un bestiario?
Según el Breve diccionario de términos literarios, de Demetrio Estébanez Calderón, es el “Nombre con el que se designa ciertas obras medievales, aparecidas en Francia e Italia, en las que se presenta una amplia nómina de animales reales o imaginarios a los que confiere una significación alegórica o se les convierte en símbolos de una determinada virtud: el dragón y el cocodrilo son los símbolos del mal, el ave fénix de la inmortalidad o de la resurrección, etc. La fuente de estos bestiarios es un texto griego del siglo II d. C., hoy perdido, al que se le conoce con el título de Pshysiologus, que, a su vez tendría influencia de la Biblia (bestiario del Apocalipsis) y de otros libros orientales relativos a seres y monstruos imaginarios”.
El Bestiario de Arreola, sin embargo, es tan novedoso y único como novedosa y única sigue siendo la ironía de Sócrates, esa que dice “sólo sé que no sé nada” y, por lo tanto, no era susceptible a dejar una obra escrita, ya que quienes se acercaban al filósofo ateniense debían descubrir la verdad en el propio pensamiento mediante el método mayéutico —preguntas de Sócrates y respuestas de los educandos—, y si hoy se conoce tal técnica y otras posturas socráticas es gracias a su discípulo Platón, Aristóteles —discípulo de Platón—, Antístenes, Arístipo, entre otros.
En este sentido cuenta la leyenda que el Punta de plata de Arreola no fue escrito por él, sino por su discípulo o amanuense José Emilio Pacheco, siguiendo el método —se puede especular— mayéutico, pues el de Zapotlán el Grande era tan buen hablador como jugador de pingpong, razón por la que el mismo Octavio Paz escribiera que se trataba de un libro perfecto, según dicen varios oráculos de internet que, por supuesto, no citan la fuente.
O bien ese pingpong mayéutico o arreolino —es ésta otra especulación— también pudo haber sido con el pintor Héctor Xavier, quien ilustró Punta de plata y cuya técnica le dio nombre al libro, publicado por la UNAM. Sea lo que sea, tal bestiario es el antecedente directo de las fábulas monterrosinas, obras que, según ambos autores, Arreola y Monterroso, mucho le deben al aire, rugidos, aullidos, relinchos y demás onomatopeyas del zoológico de Chapultepec.
Pero ¿qué es una fábula?
Es un relato de animales que poseen características humanas o al revés y que, por lo común, siembran en el lector una moraleja tipo, lo que hoy se llamaría, superación personal. Sin embargo, tanto la cosecha arreolina como la de Monterroso no se caracterizan por su consejo moralizador, sino por su finísima ironía que, como se sabe, se trata de una figura retórica que sugiere lo contrario a lo que se escribe, detonando casi siempre una sonrisa discreta y, las más de las veces, inteligente, entre quien la comprende y quien la expresa, puente cómplice entre dos creadores: el autor y el lector.
Ahora bien, si las fábulas monterrosinas ponen énfasis en la anécdota y en el final sorpresivo, Arreola gusta más de jugar con las imágenes, en una suerte de greguerías —término inventado por Ramón Gómez de la Serna que las definía como la suma de una metáfora más humor— seguida una tras otra, que sitúa a las bestias arreolinas en un campo más poético y lúdico que prosístico.
Así, de ironía en ironía, de partida de ping pong en partida, como si la literatura fuera la pelotita del juego, o el caballo en el tablero de ajedrez —otra de las pasiones de Arreola—, el de hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, publica su libro Palindroma que, entre palíndromos —esas lecturas que lo mismo dicen al derecho y al revés—, fragmentos de diarios ficticios, cuentos, doxografías como el epígrafe que abrió la presente charla y una obra de teatro, se encuentran los denominados fictimínimos, en los que don Juan José, o bien se adelanta a su tiempo, o bien se intuye como el tronco de una de las ramas de un futuro ahuehuete bonsái.
La teoría palindromática de los fictimínimos arreolinos se sustenta no en la monotonía de lecturas banales como el palíndromo, léanse como se lean, de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, sino, más bien, se parece a aquellos discos de vinilo que, escuchados de manera normal, sonaban a rock pesado, pero, girados al revés, emitían, según la leyenda, frases e incluso himnos satánicos, con lo cual no se quiere decir que la literatura mínima de Palindroma sean versos satánicos, no, claro que no, son, eso sí, problemáticas que en un instante crean una tensión dramática que el destino lo resuelve como lo haría Esquilo, Sófocles o Eurípides, es decir, con la patente de quien conoce el sentido trágico de la vida, una vida paradójicamente sin sentido y que sólo es posible vivirla de manera religiosa —Arreola era creyente del Dios único occidental— o literaria, que es la parte pagana de un escritor erudito que, al final sabe que el humor es la única salida en un mundo cada vez más inhóspito, iletrado y poco dichoso.

Marcial Fernández

Narrador, antólogo y editor. Estudió Filosofía en la unam. Sus cuentos aparecen en más de una veintena de antologías y compilaciones de México, España y Canadá. Ha colaborado en diversos periódicos y revistas nacionales y extranjeras; es el creador de la ciudad virtual www.ficticia.com y Ficticia Editorial. Fue becario del fonca en el programa de apoyo a Jóvenes Creadores en tres ocasiones: Cuento (1994-1995/1999-2000) y Novela (1996-1997).

Marcial