Los bestiarios, es decir, las colecciones de relatos breves sobre animales, ya sean reales o fantásticos, tienen una larga tradición en Occidente, que podemos remontar hasta el mundo clásico, con Esopo. Son célebres los de Julio Cortázar, Franz Kafka o Jorge Luis Borges.
México tiene la fortuna de haber contribuido a esa tradición con una pequeña obra maestra: el Bestiario de Juan José Arreola.
La génesis del libro es curiosa. Encargado por la UNAM, la fecha fatal para entregar el original era el 15 de diciembre de 1958. De no hacerlo, se le exigiría al autor el regreso del adelanto, que ya había gastado en la manutención de su familia, un verdadero drama para un Arreola que sobrevivía a duras penas. Preso del pánico, se sentía incapacitado para escribirlo. Un bloqueo de escritor.
Los jóvenes que iban al taller que impartía de manera gratuita en su casa de Lerma y Elba estaban preocupados. Uno de ellos tuvo la idea de obligar al narrador a dictar sus textos.
Así, el 8 de diciembre, a una semana del plazo fatal, se presentó en su casa un jovencísimo José Emilio Pacheco y prácticamente obligó a Arreola a concentrase en su libro.
Como una flecha, precisa y exacta, el libro nacería en seis días de vértigo de la voz de Arreola y la pluma de Pacheco.
El Bestiario de Arreola nace de mirar a los animales en el zoológico de Chapultepec. Le gustaba visitarlo al atardecer, cuando los animales, en palabras del propio Arreola, inician una “”enorme sinfónica bestial””.
Los cautivos entonces gruñen, braman, rugen, graznan, bufan, gritan, ladran, barritan, aúllan, relinchan, ululan, crotoran, y nos despiden con una monumental “”rechifla””.
Con un estilo pulido y telegráfico, con la electricidad metafórica del verdadero poeta, los animales de Arreola corresponden a las bestias de carne y hueso pero también a sus símbolos culturales, verdaderos animales de papel.
Calificado por Octavio Paz de libro perfecto -y qué más se podría añadir a este adjetivo-, el Bestiario de Arreola tiene humor y gracia verbal. Es leve y profundo al tiempo. Y al hablar de los animales lo hace también de los humanos.
Algunos ejemplos de la genial orfebrería de Arreola: de la hiena, cuyo “”ladrido espasmódico”” es “”la carcajada nocturna que trastorna el manicomio””, dice que su apostolado no ha sido en vano, pues “”es el animal con más prosélitos entre los humanos””.
El búho es un “”armonioso capitel de plumas labradas que apoya una metáfora griega””. La tarea más difícil de la boa, su verdadera pelea, no es la caza sino la digestión del conejo.
El bisonte es “”tiempo acumulado, un montículo de polvo impalpable””. Los cisnes “”atraviesan el estanque con vulgaridad fastuosa de frases hechas””. El avestruz es “”la falda más corta y el escote más bajo””.
La jirafa “”busca en las alturas lo que otros encuentran al ras de suelo””. El rinoceronte “”alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista.””
Y la cebra “”toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida””.
Dato curioso:
El título original de la obra fue Punta de plata, en homenaje a la técnica que usaba el pintor Héctor Xavier, injustamente olvidado, para los dibujos que ilustraban los textos de Arreola en la primera edición del libro. Desde 1963 se edita bajo el título de Bestiario. Urge una edición que recupere el prólogo de Pacheco y los grabados de Héctor Xavier.

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