Medio dormida, extiendes la mano sobre la colcha en busca del calor de tu marido. Pero tu marido no está, solo un espacio frío y liso. Murió, hace tiempo ya, murió, pero a veces se te olvida. Te sientes al borde de la cama, el rostro sujeto entre las manos, y susurrando su nombre, te convences: murió.
Te duchas, te pintas, te vistes, te miras al espejo, lista para llevar a cabo tu vida diaria. Por la noche
regresas a casa. Cenas algo frente al televisor, escuchas las noticias, no consigues que te interesen. Apagas la tele, su ruido, las luces del cuarto de estar, y, bañada por la luz de la calle que se filtra a través de los visillos, te diriges hacia el dormitorio. En medio del silencio, un rumor invade tus oídos, afelpado, reconfortante. No lo reconoces, sin embargo lo recuerdas, rebuscas en tu mente, pero no, no lo identificas; abandonas la búsqueda, dejando que te acompañe ese rumor que colma tus oídos, concentrándote en la sensación gozosa de tus pies descalzos pisando el suelo alfombrado y tibio; hasta llegar a la cama, donde, en el mismo momento de tumbarte, cesa ese rumor que tan dulcemente te acompañaba. Y te das cuenta, de golpe, te das cuenta: ese rumor no era otro que él de tus pies deslizándose sobre las alfombras, eco de sus pasos, huella que se pierde moldeada con la suya. Te abrazas a su almohada, hecha un ovillo, en el borde más extremo de la cama, e intentas dormir a pesar del frío que te coloniza.

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Foto de Anne Fatosme Normandía.